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ESG. Gobernanza social y medioambiental.

Las siglas ESG significan Environment Social Governance, es decir gobernanza en el área medioambiental y social, lo que implica entre otros criterios: bajo impacto en emisiones de dióxido de carbono y otros daños a la naturaleza, diversidad social y racial (y la biodiversidad), buena protección social de los trabajadores, inversión en países respetuosos de los derechos sociales y humanos. En España las empresas ESG o ASG parecen ser rentables para invertir, según la consultora KPGM. En Estados Unidos el número de empresas (en volumen de negocio) que aplican el ESG ha aumentado un 100% en los últimos cuatro años. Esperemos que cada vez más empresas españolas reúnan los requisitos ESG y que las escuelas de negocios incluyan el ESG en sus estudios.

Pero la medición del ESG tiene también sus riesgos y sus problemas:

  1. Los parámetros de medición deben ser unificados, objetivos y comparables.
  2. El modelo de negocio al que se puede aplicar y transparencia de sus cuentas es limitado. Los predominantes en España, el turismo -14% del PIB-, la agricultura y la construcción no son precisamente los mejores candidatos al ESG, con trabajadores inmigrantes mal pagados, impacto acústico y ambiental, utilización masiva de agrotóxicos, pesticidas y gasóleo, y un uso desmedido de agua potable y agotamiento de acuíferos.
  3. Los inversores activos (Fondos de Inversión y bancos) y de los inversores pasivos (los ahorradores particulares que optan por un Fondo) se preocupan sobre todo por el retorno de la inversión más que por el impacto ambiental o social. Muchas empresas americanas y europeas que cumplen los criterios ESG figuran en un índice y lo exhiben, lo que puede atraer inversores responsables, pero pueden alejar a otros, lo que se llama la ‘aversión al riesgo’. Muchas empresas americanas y europeas que cumplen los criterios ESG figuran en un índice y lo exhiben, lo que puede atraer inversores responsables, pero pueden alejar a otros, lo que se llama la ‘aversión al riesgo’.
  4. Cómo pueda aplicarse a economías emergentes, pues muchos países africanos se verían automáticamente excluidos lo que sería injusto pues no se puede aplicar el mismo criterio a Holanda que a Senegal.
  5. Que se convierta en una mera operación de marketing e imagen, falseando los datos, haciendo ‘como si’.

Por ejemplo, Tesla podría ser considerada en principio como una empresa cumplidora del ESG, pero no, porque hay que tener en cuenta de dónde y cómo consigue la materia prima como el níckel, lo que la excluye del criterio. Otras, como Amazon, con un problema grave con sus trabajadores, a los que niega derechos sindicales, tampoco podrán aspirar, lógicamente, a ser considerada ESG.

Otro ejemplo para las empresas es dónde y cómo fabrican los productos, como la ropa, lo que pondría en dificultades a grandes grupos como H&M o Zara. Una empresa que invierta en Myanmar estaría automáticamente excluida. Así, la cervecera japonesa Kirin se ha retirado de este país, pero es, por ahora, la única. Japón y China son los grandes inversores capitalistas en Myanmar. Casi por definición, todas las empresas chinas deberían ser excluidas del ESG, pues su economía reúne lo peor del comunismo y lo peor del capitalismo (entre otros productos, exporta algodón de Xinjiang, la provincia sometida a la represión de los uigures, la minoría musulmana, donde un millón de ellos están encerrados en campos de “reeducación”).

Las empresas con inversiones en países como China, Nigeria o Brasil podrían resultar automáticamente excluidas del ESG.

El ESG es importante porque España va a recibir de los fondos europeos (Recovery and Resilience Facility, RRF) en cinco años 70 mil millones de euros; en términos absolutos es el país que más recibe y por habitante es el tercero, tras Croacia y Grecia. En el PIB supondrá una inyección de un 2,6% de su total anual, según estimaciones del gobierno.

La preocupación es doble: si estos fondos se aplicarán realmente a inversiones estructurales, y el hecho de que por ahora no se hayan establecido procedimientos claros y concretos para evaluar los proyectos. Si se hace como en 2008, con gastos absurdos y no rentables en municipios y Comunidades Autónomas, se puede desperdiciar el dinero.

El ESG debería ser aplicado para aprobar las ayudas. No me parece que invertir en automóviles privados eléctricos sea ninguna solución, sino en transporte público; más de la mitad de la población española vive en ciudades de más de 50.000 habitantes, 25 millones y el teletrabajo va a reducir desplazamientos y edificios de oficinas. Además, las baterías necesarias para los autos eléctricos precisan de metales cuya extracción no es nada medioambiental, al contrario.

Me temo que lo único que interesa es que vuelvan los turistas en masa y sigamos construyendo desaforadamente en las costas. En un país donde hasta grandes empresas y bancos se han servido de un personaje como Villarejo, donde persiste una corrupción endémica en municipios y Comunidades Autónomas, y una burocracia atosigante, me parece que estamos bastante lejos de conseguir muchos marchamos ESG.

Al final, no sé qué pensaría Marx del ESG, si lo consideraría un mero postizo o afeite, un maquillaje para hacer más digerible y amable el capitalismo. Pero si al menos las ayudas se concentrasen en empresas ESG sería un cierto paso adelante.

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