Saltar al contenido.

Shtisel, el Israel menos conocido

La serie de televisión Shtisel nos presenta los episodios de la vida de la familia homónima ashkenazi, los Shtisel, que son hassidim, judíos ortodoxos enfrentados también a la vida moderna, con unos toques de humor y de sátira que la hacen interesante, simpática e ilustrativa.

La comunidad haredi -que habla yiddish y a los que pertenecen los hassidim- han mantenido sus antiguos nombres europeos y no han adaptado sus apellidos al hebreo moderno. Viven principalmente en Geula en Jerusalén, contiguo a Mea Sharim, dos vetustos barrios donde se concentran los pertenecientes a esta corriente (hasid: piadoso) desde mediados del siglo XIX. Los hasidim rechazan el concepto de Estado de Israel, llaman sionistas a sus conciudadanos israelíes y además no ven con buenos ojos a los sefardíes. De hecho, Israel carece de Constitución como tal pues una gran corriente del judaísmo se opone a la creación jurídica de un Estado terrenal. Así, en vez de Constitución, el Estado tiene una serie de leyes fundamentales.

El hasidismo es una corriente mística que surge en Alemania en el siglo XII, “un movimiento que se distingue por una forma de devoción que no alimenta expectativas de recompensa en vida por los actos meritorios, ignora la esperanza de salvación y se mantiene aferrada al presente” (Simhoni, citado por Gershom Scholem). Es una especie de versión judía de la escuela cínica, de altruismo, ascetismo, serenidad y de soportar todo, de aceptar los vejámenes y la persecución. Una indiferencia a la alabanza y a la culpa. Esa pasividad proviene quizás de las experiencias de persecución, como la masacre total de la comunidad judía de Maguncia a manos de los cruzados de la Primera Cruzada, o las matanzas generalizadas a causa de la Peste Negra del siglo XIV. Lo que anunciaba el Holocausto o Shoah perpetrado setecientos años después por los nazis, que fueron ayudados por muchos bálticos, polacos y ucranianos, no lo olvidemos.

Los hasídicos son un mundo aparte, bien representado por el padre Shulem Shtisel (Dov Glickman, Tel Aviv, 1949), el patriarca que se pasa el día leyendo los textos sagrados, fumando y bebiendo té y que dirige un héder, una escuela religiosa. El otro personaje principal es su hijo Akiva, un tímido pintor que siempre está dudando (Michael Aloni, Tel Aviv 1984). Entre los más viejos siguen hablando el yiddish, esa mezcla de alemán con algo de hebreo que usaban los judíos de Europa central, lo que da pie a graciosos malentendidos con los nietos y bisnietos, que sólo hablan hebreo.

Beben sus cervezas, el vodka y el té, se enzarzan en discusiones, intentan hacer de casamenteros, viven pobremente y algunos leen y estudian mientras sus mujeres trabajan y cuidan de los hijos. Las actrices Neta Riskin (Giti Weiss) y Shira Haas (Ruchama Weiss, muy conocida por la reciente película Unorthodox), son excepcionales.

La historia y andanzas de los Shtisel enlaza y nos recuerdan las grandes historias de los judíos de Europa central que contaba con humor Sholom Aleichem (Ucrania 1859-Nueva York 1916), o las de Chaim Potok (Nueva York 1929-2002), sobre todo con su novela Mi nombre es Asher Lev, un pintor, como Akiva.

La cultura yiddish ha tenido una enorme influencia en Israel pues no hay que olvidar que el movimiento sionista surge en Europa central en la segunda mitad del siglo XIX, fuertemente impregnado de socialismo. Es paralelo al resurgir de movimientos nacionales como la Rinascitá, la Renascença en Cataluña o los que conducirán a la unificación alemana. Los pioneros socialistas del XIX procedían de Rusia, Ucrania, Polonia, del Imperio Austro-Húngaro y de Alemania, principalmente, todas tierras donde los judíos hablaban yiddish.

El yiddish, que ha desaparecido del mapa europeo por el nazismo, resiste paradójicamente en Israel. Los supervivientes son los que guardan la memoria de los shtels, de Galitzia, Ucrania, Bielorusia y Lituania, donde no queda ni rastro de lo que fue una gran minoría, intelectual y culturalmente importante. Basta con citar a personalidades como Isaiah Berlin, los centenares de músicos y compositores, pintores como Marc Chagall (Moshe Shagálov), escritores como Kafka, Koestler o Joseph Brodsky, los grandes psiquiatras desde Freud a Adler, todos proceden de ese ambiente del judaísmo centroeuropeo y ruso cuyos antepasados hablaban yiddish. De hecho, algunos de los que aún conservan la cultura yiddish sostienen, no sin razón, que en lo que a ellos respecta, Hitler ganó la guerra.

Cuando vemos la confusión política en Israel -en gran parte causada por su complejo sistema electoral-, que les forzará seguramente a las quintas elecciones legislativas en dos años, no podemos por menos que recordar a uno de estos grupos religiosos, una sociedad a parte que rechaza el Estado, el ejército y ahora, hasta la vacunación.

Para más información sobre la cultura yiddish, véase Yiddish civilisation, de Paul Kriwaczek (Random House, 2006). En literatura, el Premio Nobel Isaac Bashevis Singer y su hermano Israel Yehoshua Singer han conseguido transmitirnos algo de lo que fue aquel mundo desaparecido.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

La pluma del cormorán

"Dejarlo dicho y nada más"

Historia del ser

“Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro” (Descartes)

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

A %d blogueros les gusta esto: