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Nuestro gusto por el flagelo

La política imita al arte. Habría que contar cuántas flagelaciones hay en la pintura española, cuántos crucificados, azotados, coronados de espinas. No sé si alguien los habrá contado, pero son miles.

Lo que sí podemos contar es la cantidad de flagelos que nos infligimos a nosotros mismos. La culpa cristiana perdura aún en los más ateos españoles, especialmente en la sedicente izquierda y en los secesionistas vascos y catalanes, sobre todo.

Viene esto al caso ante la reacción (o su falta) de los intelectuales de izquierda ante las lúcidas, inteligentes y oportunas declaraciones de Pedro Castillo, el flamante presidente peruano, que siguen a las del inefable AMLO, quien aunque no cuida de sus ciudadanos, sí es capaz de estudiar la historia y echar la culpa de todos los males de México a España.

La actitud culposa de nuestros bienpensantes españoles se manifiesta cuando confirman el genocidio, el holocausto, la destrucción nuclear (por el núcleo, no por el átomo) de las culturas precolombinas. En fin, somos peores que los nazis y los salones de los secesionistas están de albricias y algarabía porque Castillo y López Obrador no hacen sino confirmar lo que ellos llevan sosteniendo: que los españoles somos crueles, destructores, opresores, de una maldad histórica irremediable.

Conocemos la cantinela, que no es muy nueva ni muy original, de echar culpas a otros. Es un deporte ejercido por todos los países que han tenido colonización y por los que vienen a reparar una avería, que tienen que denigrar el trabajo del anterior pintor, fontanero o electricista.

Todos los males de Argelia vienen, es sabido, de Francia, como los de Sudáfrica de los ingleses, los de Cuba de los yanquis, y así sucesivamente. Da igual que México y Perú lleven ya doscientos años de independencia del yugo castellano: ¡España es y será siempre culpable!

Como hay que aportar soluciones y no lamentos, yo propongo a AMLO y Castillo una serie de medidas urgentes, inaplazables, para liberarse del pesado gravamen español:

  1. Que arrasen todas las iglesias, monumentos, fuertes, rutas, puertos, todo lo que haya sido obra de los malvados españoles o los represente (eso ya lo han hecho en los EEUU con monumentos Cervantes, Fray Junípero Serra y Colón, y todos tan contentos).
  2. Que prohíban la lengua española en su territorio, sancionando a todos los que la usen, la escriban, guarden libros y documentos de los oprobiosos (un Fahrenheit 451º a la latinoamericana. Tienen que leer a Ray Bradbury). Eso ya está en marcha parcialmente en Cataluña con los rótulos, las escuelas (gracias a la señora Celáa), pero es que en Cataluña no tienen valor todavía para hacer lo que deberían llevar pronto a cabo los ínclitos presidentes peruano y mexicano.
  3. Que prohíban a sus súbditos visitar España, imponiendo drásticos visados y permisos de salida. Eso lo hizo muy bien Stalin, tienen donde aprender.
  4. Que prohíban a todos los españoles visitar y poner pie en sus países.
  5. Que repatríen todos los capitales de mexicanos y peruanos depositados en la malvada España.
  6. Que les den la nacionalidad mexicana, como conversos, a todos esos gachupines y demás que les han aplaudido y secundado, pero sin permitirles mantener la doble nacionalidad y, por tanto, pasaporte europeo. Podrán, eso sí, pedir pasaportes polacos, bielorrusos, serbios, croatas, todo, menos españoles.

En fin, cundirá el ejemplo en otros países de América donde nos hemos empeñado en la fábula de la ‘madre patria’ con una ideología digna de mejor causa. Esperemos que Bélgica, otro país oprimido y desarticulado por los necios y malévolos españoles (el Duque de Alba cabalga de nuevo, lo hemos visto con su apoyo a los secesionistas catalanes) no imponga todavía restricciones, porque allí están las sedes de unos cuantos organismos europeos a los que España pertenece todavía. En Bélgica lo harán más despacio, serán más cautos (el espíritu belga es timorato), por ejemplo, reconociendo la independencia de Cataluña, émula de Flandes y de La kermesse heroïque, podrán ir poco a poco prohibiendo el turismo belga a España, a Torrevieja y a Benidorm, y erradicar de Furnes, Amberes, Lier, Brujas, Gante, Malinas y Bruselas, por citar sólo algunas ciudades, todo residuo en tela, papel, pergamino, cuero, metal, piedra o ladrillo de los dos siglos de opresión (ah, y que devuelvan, o destruyan todos los cuadros, pinturas, la vieja imprenta de Plantin, etcétera).

Mientras tanto, en los salones sabios de lo que queda de España, los regocijados intelectuales leerán sólo a Eduardo Galeano como única fuente del conocimiento de América Latina (ojo, no Hispanoamérica, nunca más esa turbia palabra).

Entonen en voz alta nuestros intelectuales burgueses que se llaman progres:

Confiteor Dei omnipotenti et vobis fratres: qui peccavi nimis cogitatione, verbo, opera et omissione.
Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa.

2 Comentarios »

  1. Pues sí; pero no veo remedio porque un país que se autofragela de forma tan inmisericorde no inspira respeto a los foráneos. Aquí o fuera, he oído, por ejemplo, testimonios de extranjeros convencidos de que en España matamos a nuestras mujeres en nuestros ratos libres. He tenido que recurrir a estadísticas para demostrar que la tasa de feminicidios es de las más bajas del mundo. Tenemos un pueblo de tendencias cainitas que critican a este país de forma injusta y desaforada. Cuando un extranjero viene a España, en especial si es de latanamegique, y nos oye destripar al país, todo gozoso de suma a esta bonita práctica.
    Ha vivido en varios países extranjeros y en ninguno he visto una autocrítica hacia el propio país tan feroz y destructiva como la nuestra. En resumen, siguiendo con la autocrítica, los españoles tenemos cierta responsabilidad de ser vilipendiados en tantos sitios.
    Por otra parte, y acabo, la diplomacia española ha sido tradicionalmente poco eficiente en defender a nuestra nación. Solo ha roto relaciones diplomáticas con Guatemana en 1980 y para eso tuvo que haber un asalto a nuestra embajada y una masacre incluida. España podría ejercer las típicas presiones diplomáticas (llamar al embajador, retirarle el placet, llamar al nuestro a consultas, etc., eso lo sabe usted mejor que yo) que pueden llegar a la ruptura de relaciones. Si España, por el asunto Puigdemont, hubiera roto las relaciones diplomáticas con Bégica, habría habido un auténtico terremoso en la UE del que quizá España podría haber sacado un provecho mejor y algo de más respeto por esa nación que cualquier día se rompe en dos. Perdón por escribir tanto, pero este es un tema que me preocupa. Gracias por su artículo; muy bueno, verdaderamente.

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