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La luz de los hombres (Estados de alma 5)

Cuando tras leer sus libros se nos han olvidado todos los nombres y las anécdotas que pueblan sus historias, nos queda la evocación de esa atmósfera rara que creaba Pierre Mac Orlan. En ellos no había conclusión, el único argumento era la vida, la lucha por la vida. Era el tiempo de entreguerras, de puertos del Mar del Norte, los cafés de marinos, Café du Port, Café de la Gare, mujeres fuertes, marinos retirados, delincuentes y fugitivos de la justicia y otros que huían de su propia vida, muchos, antiguos combatientes de la Gran Guerra, como fue el propio Mac Orlan, que resultó herido junto a su propio pueblo, Péronne. Hay brumas, recuerdos de combates o bombardeos, amores ocultos y escondidos, calles a media luz.

Decimos precisamente que un autor es memorable (quizás no llegue a clásico), cuando su lectura nos deja ese regusto, ese recuerdo agradable, a veces inquietante. En el escritor de Péronne (Picardie) encontramos ese poso.

También nos han quedado algunas de sus ideas, como ésta que encuentro en uno de sus libros, Le bal du Pont du Nord, la idea de que algunos hombres (y mujeres) emanan luz:

“pueden crear una cierta luz. Unos brillan como soles, otros enfocan directamente como dos luces de proyectores; otros os sorprenden como la luz súbita de una linterna. Los hay que se parecen a esas lamparillas multicolores que se cuelgan de los árboles en las fiestas. Algunos vacilan y alumbran en una humilde oscuridad como la llama de una vela. Éstos son, a veces, los más peligrosos y los más difíciles… de apagar”.

No en vano se dice a veces de una persona “eres un sol”, sus ojos pueden ser “chispeantes”, o tratarse de una persona “oscura”; o se dice al morir, “se apagó” o “se extinguió”. O se dice que alguien “es brillante”.

Y encontramos en Juan de Mairena a este párrafo, que cuando lo leímos nos pasó desapercibido:

“Hemos de volver -añadía Mairena- a pensar la conciencia como una luz que avanza en las tinieblas, iluminando lo otro, siempre lo otro… Pero esta luz concepción tan luminosa de la conciencia, la más poética y la más antigua y acreditada de todas, es también la más oscura, mientras no se pruebe que hay una luz capaz de ver lo que ella misma ilumina”.

Así, casi por casualidad, enlazamos Mac Orlan, el gran excéntrico, con Antonio Machado. La excentricidad vestimentaria del francés, se correspondía con su excentricidad de pensamiento, de percepciones sobre el ser humano, el gran perdedor. Fuera del centro, lejos de los senderos trillados, Mac Orlan se parece unos instantes al filósofo heterodoxo Juan de Mairena.

Cinco clases de iluminación pueden irradiar los hombres según el escritor picardo:

  1. La completa, total, solar.
  2. La enfocada, concentrada, aguda, analítica.
  3. La repentina, pasajera.
  4. La pintoresca, humorística y frívola, pero no menos necesaria.
  5. La del pábilo de una vela, dudosa, débil, pero tenaz y más peligrosa por solapada, que no da confianza.

Podríamos con esta plantilla clasificar las personas, los políticos (a los que tanto les gusta refulgir y que les vean y fotografíen), los artistas y escritores.

La solar, Nelson Mandela. El foco, Albert Einstein. La repentina, un jugador de fútbol de moda cualquiera. La pintoresca y festiva, el inefable Noel Clarasó, o los hermanos Alvarez Quintero, por ejemplo. La dudosa, de una vela o candil, Vladimir Putin. A Mac Orlan se le olvidó, sin embargo, la sexta categoría, la de quienes son la oscuridad, el agujero negro.

Los lectores podrán aplicar alguna de estas categorías a sus personas y personajes favoritos.

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