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El perdón (Estados de alma 6)

Cuando viene la soberbia,
viene también la deshonra

Proverbios, 11.2

Mi amigo el padre Carlos, que ya se fue hace unos veranos, en su vida de sacerdote comprometido había aprendido algo que me dijo un día, en un momento de desazón: “nadie pedía perdón”, “en España nadie pide nunca perdón”. Sabía lo que decía tras una vida asistiendo a presos de toda condición y especialmente tras hablar con antiguos asesinos de la ETA que querían encontrar una salida, efectivamente, una salida de la prisión.

Pedir perdón nos parece rebajarnos, reconocer que hemos errado. Y los españoles difícilmente reconocemos habernos equivocado: suelen ser siempre los otros los que se equivocan. No en vano es uno de los países del mundo donde hay más abogados, pleitos y más juicios sin conclusión clara.

A la sociedad no le pedimos perdón y en nuestra vida privada nos cuesta mucho excusarnos.

A primera vista nos podría parecer curioso que en un país católico el perdón no se pida. O no tan extraño, pues para eso está la confesión, que nos absuelve, no hace falta pedir perdón al ofendido, basta con ir al confesionario. Aunque España haya dejado de ser católica hace mucho tiempo a manos del consumismo hedonista y el egoísmo, las huellas de la confesión perduran: no tenemos por qué pedir perdón, pues el confesor nos absolverá con una ligera penitencia, unos cuantos padrenuestros.

Nos cuesta pedir perdón por nuestras cóleras infundadas, injustas, por los exabruptos, por dejar el coche en doble fila bloqueando a otros, por avasallar. No es cuestión solamente de educación, aunque también pues los franceses se pasan la vida diciendo ‘pardon’ o ‘désolé’, pero es un mero recurso de falsa cortesía.

En excusa de los ciudadanos de a pie, hemos de decir que el ejemplo lo dan los políticos y los grandes empresarios que, como nunca se equivocan, jamás piden ni han pedido perdón (salvo don Manuel Azaña cuando, tras no lograr ejercer bien el poder, pidió “paz, piedad, perdón”, pero es una excepción). Recuérdeme el lector algún caso de pedir perdón. ¿Recuerda alguien, por ejemplo, que algún condenado por corrupción haya pedido perdón?

El no pedir perdón es endémico, está en nuestro código genético. De ahí ese incivismo generalizado en la evasión fiscal, de copiar en los exámenes, de perpetrar disparates urbanísticos que destrozan pueblos, ciudades y paisajes, en el tráfico rodado, en múltiples casos de la vida cotidiana.

La interpretación talmudista del perdón requiere que tres condiciones, si nos apoyamos en Génesis 50, 17 (sobre la venta de José por sus hermanos):

  1. Arrepentimiento sincero del ofensor.
  2. Pedir perdón al ofendido (y que éste lo acepte), y hacerlo público.
  3. Resarcir el mal causado, compensar con actos, retribución, pago.

Pero al final del camino nos encontramos con que aún no hemos pedido perdón por tantas cosas, por el dolor causado a veces casi involuntariamente, por nuestra mala cabeza, por decisiones erradas, por malas palabras que quedaron impunes pero hicieron daño. Quizás por eso en el judaísmo exista el día del perdón, el yom kippur, para pedir perdón por todos nuestros desafueros, errores y extravíos. Para pedir excusa, por ejemplo, para pasar o entrar en una conversación, tiene el idioma hebreo la más sencilla, selijá.

Quizás haya que recurrir a esa canción de Jacques Brel, Pardons,

Pardon pour cette fille
Que l’on a fait pleurer
Pardon pour ce regard
Que l’on quitte en riant
Pardon pour ce visage
Qu’une larme a changé

Et puis pour tous ces mots
Que l’on dit mots d’amour
Et que nous employons
En guise de monnaie
Et pour tous les serments
Qui meurent au petit jour
Pardons pour les jamais
Pardons pour les toujours

Et puis pardons surtout
De ne jamais savoir
Qui doit nous pardoner.

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