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Afganistán de oro

Uno de los países más antiguos, de una belleza sobrecogedora, áridas y altísimas montañas, valles fértiles, diversas razas y lenguas, está en el torbellino del mundo.

En el valle de Kabul los primeros conquistadores fueron persas, de los que se encuentran vestigios en Kapiça, al norte de Kabul y la antigua Gandhâra. De la conquista de Alejandro Magno, alrededor de Kandahar, la Alejandría del Cáucaso, y la Nicea de Afganistán, en Mandrawar, antigua Lampaka. O el yacimiento de Kâpiçi, en Bagram. Los sucesores de Alejandro controlaron todos los pasos a la India del Ganges. Luego, persas, dinastías musulmanas, invasión de Genghis Khan, dominio de Tamerlán en el siglo XIV, imperio Moghol, primera entrada de los británicos en 1839, la soviética ciento cuarenta años después, y el resto que conocemos algo más. Todo ello lo cuenta la Encyclopaedia Britannica. Entre las razas superpuestas de Afganistán, tras múltiples conquistas y migraciones, señala los Dravidas, los Indo-arios, griegos, escitas, árabes, turcos y mongoles. Los dos idiomas oficiales son el pashtún (que lo hablan los pashtunes y los tayiks) – y el dari, un dialecto del persa, pero hay bastantes más. Hubo incluso un pequeño grupo de judíos que hablaban dari.

El norte de Afganistán, entre Mazar e Sharif, ‘La tumba del noble’, y Herat, con vestigios de la invasión de Alejandro Magno, era uno de los ramales de la Ruta de la Seda, ese término decimonónico inventado por el geógrafo Friedrich von Richthofen a través de la cual nos llegó a Europa el papel. Al sur, la alta barrera del Hindu Kush separa el centro de Afganistán.

La perplejidad y el desconocimiento reinan sobre lo que sucede en Afganistán, con terroristas atacando a otros terroristas, todos contra todos. Esta guerra no estaba contemplada en los manuales, desde Von Clausewitz a Lenin. El dirigente soviético analizó bien los conceptos de guerra imperialista, guerras defensivas, guerra civil, guerras nacionales libertadoras (de 1789 a 1871, según él), sobre el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, etcétera. Ya en 1915 afirma claramente que uno de los objetivos de la Gran guerra es repartirse los dos imperios en decadencia, el Otomano y el Austro-Húngaro, como así hicieron Wilson, Lloyd George y Clemenceau. En los años de la Primera Guerra mundial, estas categorías parecían estar bastante claras. Pero a partir de entonces las aguas se enturbian. Nazismo, fascismo, guerras coloniales, y ahora, tras aquel fin de la historia preconizado por un profesor norteamericano, la confusión es total. No sabemos a qué responden los talibanes, el ISIS con sus diversas ramas, ya no sabemos dónde está el imperialismo y la liberación de los pueblos.

Las guerras imperialistas de viejo cuño (esa tumba de los imperios de las que ahora se habla con la tragedia de Afganistán), los vencedores solían ser otros, para Lenin significaban el progreso en la lucha de clases mundial. Pero esta guerra de Afganistán no estaba en el guion leninista, no es una guerra entre gobiernos o Estados, ni siquiera una guerra insurreccional ni con el propósito de liberarse de ningún yugo.

¿A quién beneficia este desorden? Podríamos rastrear las pistas sabiendo que Afganistán esconde una gran riqueza. Hierro, carbón, cobre, litio, aluminio, oro, mercurio, plomo, zinc, tierras raras, gas natural y otros minerales en el subsuelo de Afganistán hacen de este país una pieza a cobrar por las grandes potencias, especialmente China, cuya empresa nacional Metallurgic Group y Jiangxi Copper Company se aseguraron las respectivas concesiones en 2018 (ya han dicho, desde el embrión de gobierno talibán, que los intereses chinos serán respetados). Afganistán está precisamente situado en el llamado Cinturón geológico Thetyan, el Thetyan Belt, en los bordes del antiguo mar de Thetys, que abriga enormes riquezas minerales. El mar de Thetys era una inmensa vía de agua -un largo, ancho, y complejo geosinclinal que se desarrolló entre el antepaís septentrional de Europa y Asia (Eurasia) y el antepaís meridional de África, Arabia y la India -el sistema alpino-himalayo- (Arthur Holmes).

En todo caso, no olvidemos la contundente frase de Lenin, que siguen encerrando una gran verdad sobre los que sucede y va a suceder en Afganistán:

“La guerra llena los bolsillos de los capitalistas, a los que afluye el mar de oro del erario público de las grandes potencias” (Proclama sobre la guerra, agosto de 1915)

Se calcula que la cuarta parte de la financiación de los talibanes proviene de la minería. Sin embargo, dado el enclavamiento del país, la falta de transportes y líneas férreas, además de la corrupción, los señores de la guerra de las diferentes tribus, hacen difícil su explotación.

El imperialismo económico desarrollado por los británicos, por la antigua URSS y hasta ahora por los Estados Unidos, podría servir de manual para un análisis marxista o incluso leninista de cómo se expande el capital a costa de guerras. China es la nueva potencia. En los últimos diez años ha sido un imperialismo de un nuevo tipo, encubierto con la ayuda, sabiendo que el 80% del PIB del país procedía de la ayuda extranjera, sobre todo norteamericana. Era una pura economía asistida, de UCI. Pero, a su vez, esta ayuda era fundamentalmente en armamento, seguridad y defensa, ya vemos con qué resultado. Como ha señalado el viejo pero sabio Kissinger hace unos días, los Estados Unidos no han tenido clara ni la estrategia ni el objetivo político. Y a Biden el problema le ha superado.

Pero los que la han ganado, en realidad no son sino una nomenklatura religiosa o fanática, que utilizan el Corán -ese bello libro tan denostado cuya lectura puede dar lugar a muchas interpretaciones diferentes, como la Biblia- para asentar un poder económico de carácter capitalista primario que, me temo, inaugura una libertad de pillaje de todas las riquezas el país.

La depredación ecológica, además de la opresión del pueblo, en especial de las mujeres, y el enriquecimiento de la jerarquía talibán, ayudada por empresas de los más diversos países, va a ser el único argumento en esta regresión.

Desgraciadamente, Afganistán corre el riesgo de ser solamente una referencia geográfica, no un Estado, ni siquiera un país. No viene ahora al caso ahora depurar responsabilidades hasta la eternidad, tribunales tiene la historia, pero está claro que quienes decidieron entrar en esas tierras, desde 1839 hasta hoy, han cometido un trágico y repetido error.

Quizás la estrategia alemana sea la mejor, mantener contactos con los Taliban, ayuda humanitaria y en infraestructuras, algo que ya han experimentado en Mazar e Sharif, (Alemania es el enclave central de la presencia alemana (las tropas alemanas han sido la segunda fuerza militar presente en Afganistán después de los norteamericanos), donde se han dedicado, más que a combatir, a construir escuelas, carreteras y ayudar a la población local.

Recomiendo, por último, un libro muy interesante sobre lo que siempre se ha jugado en Asia central entre rusos e ingleses, The great game. On secret service in High Asia, de Peter Hopkirk (1990). Me temo que no hay ¡todavía! traducción castellana.

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