Saltar al contenido.

Don Ramón Martínez Ruiz, médico de pueblo

Se aproxima la Feria de La Puerta de Segura en la provincia de Jaén, que hace medio siglo aun era un acontecimiento en el mercado de ganado de la comarca y el sur de La Mancha. Con esta ocasión, quiero evocar a una de las personas más egregias que allí vivieron y trabajaron.

A principios del siglo XX, cuando el arte de la medicina todavía parecía una rama de las bellas artes, en los pueblos el médico era el taumaturgo, el que velaba por la salud, a quien se confiaban las desgracias íntimas de alcobas y matrimonios, el que trataba de la higiene, de los alimentos. Un médico pasaba años, si no toda su vida, en el pueblo. El médico escribía cuidadosamente las historias y cuadros clínicos con pluma tras observar, hablar y preguntar al paciente. Como nos ha enseñado Gregorio Marañón, se inquiría sobre su modo de vida, su alimentación, su trabajo, su estado anímico incluso.

En aquellos años llegó a La Puerta de Segura, en el confín oriental de la provincia de Jaén, don Ramón Martínez Ruiz, encargado de luchar contra el paludismo endémico (es decir, malaria) de esa apartada) zona de la provincia de Jaén (aún hoy, sigue apartada de todo). Nacido en Monóvar en junio de 1880, había estudiado en Madrid, conocía personalmente a su admirado Santiago Ramón y Cajal y a muchos profesionales de la medicina. Se casó con la última señora feudal de la comarca (un feudalismo manso, pues gracias a ella pudo ejercer casi de benevolencia ya que no les cobraba a los pobres, que eran muchísimos) y su deber hipocrático le hizo quedarse en el pueblo toda su vida. Si no, don Ramón hubiera llegado a ser un médico de postín en Valencia o en Madrid.

El pueblo, que no es ni manchego ni andaluz y en el fondo aún guarda su antigua identidad de pertenencia al Reino de Murcia[1], estaba alejado de las ciudades más importantes; Úbeda, a cien kilómetros, que se tardaban en hacer más de dos horas, otro tanto, Albacete, Jaén, lejano y distante, como hoy.

Luis Bello, en su Viaje por las escuelas de España en aquellos años veinte, hace un siglo, nos habla del médico y de otras personas, Jenaro Navarro, Juan Ardoy, Mariano Cospedal. A pesar de la acción benéfica de éstos, dice Bello, el 73% de los habitantes aún no sabía leer (en Santiago de la Espada era el 93%). La Puerta, por entonces, tenía unos 1.900 habitantes y estaba lejos de todo. ”Cuando el zigzag nos tapa la carretera de La Puerta a Siles y no vemos automóviles, el mundo ha vuelto al siglo XIII”.

En España, entre 1924 y 1929, el promedio de muertes anuales por infecciones epidemiológicas era de 80 a 100.000, es decir, la cuarta parte de los fallecimientos, siendo las cinco más mortales el tifus, la tuberculosis, la pulmonía, la gripe y las infecciones intestinales de los niños. En esos cinco años habían muerto por tuberculosis 144.000 personas, 11.000 por meningitis tuberculosa y 24.000 por otras formas de tuberculosis. Todo esto lo relata don Gregorio Marañón. Las epidemias eran algo grave y el paludismo endémico de esta zona requería un tratamiento permanente.

No había Seguridad Social y sólo algunos Montepíos y los pacientes pagaban por igualas que don Ramón guardaba cuidadosamente en sus archivos. Eran entonces las medicinas Sulfoidol inyectable, Pepto-kola Robin, Peptonato de hierro, o Gránulos del Dr. Charles Chanteaud, Mucogène para el estreñimiento. Casi todos los medicamentos venían de Francia. Otros se preparaban en la botica de don Mariano Cospedal.

En 1934 fue vuelto a confirmar en el cargo del Dispensario Antipalúdico. Tenía como subalterno a Desiderio Moreno. Su prestigio hizo que fuese respetado durante la guerra porque él había cuidado a los enfermos sin distinción de clase ni condición. Era un médico hipocrático. Gracias a él se libraron del ‘paseo’ algunos familiares y vecinos que estaban presos, sin causa, en la catedral de Jaén, que se usó de prisión en los primeros meses de la guerra.

Callado, taciturno, era de una elegancia simple, algo triste y muy educado en su trato. Para las fiestas de su santo, el 31 de agosto, preparaba, con su saber pirotécnico levantino, pequeños fuegos artificiales, una de las pocas libertades que se permitía. Meticuloso, anotaba todas las circunstancias de sus pacientes, elaboraba él mismo las recetas y cultivaba sus conocimientos gracias a las revistas médicas españolas y francesas que el correo le traía. Hermano de un gran escritor, tenía una selecta biblioteca donde libros de Freud convivían con las Greguerías de Gómez de la Serna, y la famosa revista Cruz y Raya con el Blanco y Negro.

Anotaba todo y aún encuentro, en una vieja agenda, notas de un viaje a Úbeda para seguir a Madrid:

Billete auto                 16,15

Comida Úbeda           4

Propina Úbeda           1

Gabán                         200

Café                            2

Metro                         0’30    

4 ptas. Entrada teatro

O, de otro viaje a Villanueva del Arzobispo:

8 de mayo de 1918

Mozos y mulos                       13,75 ptas.

Gasto de 6 limonadas            18 ptas.

Vino a Juan Mª                       0,25

Propinas                                 2

En Úbeda a Juan Mª para el regreso 50 ptas.

No se le conocía religión practicante ni militancia política alguna, era laico, callaba, acudía a los oficios indispensables y nunca le cerró la puerta a nadie. Cuando subía a las cortijadas por caminos de cabra, a pie, donde su Chevrolet no podía llegar, siempre pedía una jofaina con agua, jabón y una parella antes de examinar al enfermo. Escrupuloso, siempre recomendaba lavarse las manos, incluso antes de acostarse y cuidar mucho de la higiene personal así como dar regularmente paseos.

En plena guerra, en marzo de 1938, la Dirección General de Luchas Sanitarias le confirmó en el cargo de médico local del Servicio de Paludismo. En 1947 todavía había en España 98.495 enfermos de paludismo, siendo Jaén la provincia con más casos: 14.806, y dentro de la provincia La Puerta de Segura era la que más tenía, 1.524 enfermos. El Dispensario aún estuvo activo hasta bien entrados los años cincuenta.

Acabada la guerra, hubo de afiliarse a la Falange como prueba de ser ‘afecto’, que era prácticamente la condición necesaria para seguir ejerciendo, sobre todo si había servido ‘bajo la República’. Además, tenía en el debe la dudosa decisión, para el nuevo Estado, de haber mandado a su hijo a estudiar al Instituto Escuela, de la Institución Libre de Enseñanza, en vez de a los Escolapios como hacían todas las familias de la clase media. Su trabajo público corría a cargo de la Caja Nacional de Seguro de Enfermedad y el Servicio Nacional Antipalúdico dependía de la Dirección General de Sanidad, del temido Ministerio de la Gobernación.

Hacia 1940 empezó a sufrir de algunas molestias en el corazón por lo que se hizo varios análisis, pues era algo hipocondríaco. Los resultados siempre fueron bastante positivos pero él insistía en consultar sus molestias con varios colegas suyos, el doctor Arroyo, el doctor Calandre y otros de Jaén, Valencia y Madrid. Pero siguió trabajando en La Puerta hasta su muerte, en 1960. Hoy ya casi nadie sabe quién fue.


[1] Don Javier de Burgos, en 1833, decidió, quizás por albergar la cuenca del Guadalquivir, que esta comarca se incorporase a la provincia de Jaén, algo de lo que todavía se resiente, dejada de lado por la Junta de Andalucía, sin transportes, aislada.

1 Comentario »

  1. Gracias por tan magnífico artículo del que he aprendido mucho. Imaginaba la situación sanitaria tan catastrófica de nuestra tierra en el pasado, pero desconocía su gravedad desde el punto de vista cuantitativo, por lo que le agradezco los datos que ofrece usted. Tengo recuerdos de La Puerta desde ca. 1951 y me acuerdo muy bien de don Ramón, seguramente ya jubilado entonces (el médico de La Puerta era don Gregorio con su inseparable garrota) y me alegra leer que ese hombre realizó en La Puerta una gran labor. No era fácil ser médico entonces, con unos medios diagnósticos similares a los de Hipócrates, con un arsenal terapéutico tan reducido y tan poco efectivo. Es cierto que entonces muchos médicos permanecían en el mismo pueblo toda la vida.
    Respecto a la situación de nuestra tierra ya no hay mucho que decir. No se ven movimientos reivindicativos y no sé bien qué va a ser de ella. Lo peor es que no se habla de nosotros. No contamos para nada.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

La pluma del cormorán

"Dejarlo dicho y nada más"

Historia del ser

“Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro” (Descartes)

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

A %d blogueros les gusta esto: