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Sierra Bermeja como síntoma

No es el cambio climático, es el abandono de los montes y bosques. No se limpian, no se quita la broza, no se deja que el ganado coma en los ribazos porque está prohibido el pastoreo. La hierba seca, los restos de ramas secas son el combustible ideal para los incendiarios.

Mi primo Ramón Olivares, que conoce el campo y los montes andaluces, dice con vehemencia que ahora todo se achaca al cambio climático y que eso es falso. Y tiene inmensa razón. Una parte, es verdad, puede tener visos de realidad, pero sobre todo es la consecuencia del abandono de los montes, de las tierras de labor que los alternaban como pequeños mosaicos, roturadas, labradas, limpias, hoy abandonadas. La agricultura industrial del monocultivo y las pésimas políticas de subsidios para todo, menos para limpiar los montes, hacen que el gran incendio de Sierra Bermeja no sea una excepción sino el síntoma de lo que está pasando en toda España.

Los pegujales que había entre los montes ora con olivos, ora con pequeñas plantaciones, han sido abandonados para dedicar la agricultura al llamado agrobusiness. La Unión Europea, secundada alegremente por el Estado español y las Autonomías, decretaron el fin de la ganadería de pastos abiertos para estabular todo y producir más carne en menos tiempo y con piensos industriales. Así se mataban dos pájaros de un tiro: se ayudaba a las grandes empresas de productos ganaderos y se dejaba a los ganaderos viviendo en sus pueblos de subvenciones y ayudas, una especie de limosnas para que dejasen la tierra y los montes y dejasen de molestar.

Pero como me decía hace unos años un propietario forestal y ganadero en la Sierra de Segura, “y ahora sin cabras, ¿quién va a limpiar las zarzas de las cunetas, acequias y taludes?” La Administración tiene muy clara la solución: con glifosato y herbicidas a granel que, además, siempre están de oferta y te venden dos por el precio de uno. ¡A fumigar! Es decir, además de fomentar la industria multinacional de maquinaria agrícola y los productores de piensos, fomentamos la agroquímica.

Mi padre murió en 1963 de una leucemia, literalmente envenenado por los productos que almacenaba su Agencia de Extensión Agraria en Mora de Toledo. En España entonces no se sabía, o no se quería saber algo que advirtió -censurada y marginadas por todos en EEUU- Rachel Carson en La primavera silenciosa, que era el uso abusivo de DDT y demás venenos. Hoy, no estaría de más que en las escuelas leyesen algunos de sus capítulos, pues seguimos matando la naturaleza, el mar, el paisaje.

Cada vez hay menos trashumancia, menos pastores y los campos se dedican a plantaciones subvencionadas con monocultivo, laboreadas con máquinas modernas, gastando combustible y haciendo ruido. Los montes, con nuestros pinos carrasco o pinos de Aleppo, no son rentables porque su madera sólo sirve para hacer serrín para conglomerados.

En la Sierra de Segura, Jaén, por ejemplo quedan ya sólo dos o tres madereros, dos o tres aserradoras; el monte no produce y hay que abandonarlo. En Siles, antes pueblo próspero gracias a la madera, queda uno, que anuncia que se va a retirar. En Orcera, otro. Y hasta la fabricación de biomasa no se aprueba ni fomenta: los pinos cortados han de ser transformados en Valencia, en esta sierras y pueblos, no. Los montes, como mucho, se dejan para el llamado, malévolamente, agro-turismo, como el Parque Natural de las Sierras de Segura, Cazorla y Las Villas, con restricciones y prohibiciones abrumadoras, burocráticas, pesadísimas, para los propietarios y sin ningún beneficio para nadie: como mucho, de mero adorno para que los políticos se pongan medallas de conservacionismo. Lo que los anglosajones llaman el green-washing, lavado verde, hacer como si fueran ‘verdes’ y ecologistas, para que todo siga abandonado.

La prensa, la televisión, que de campo parece que saben poco, ‘compran’ la versión apocalíptica del cambio climático para responsabilizarlo de todas las desgracias y así exonerar a los responsables de las Administraciones públicas, desde alcaldes hasta ministros.

Así, si una riada se lleva casas edificadas con la bendición y licencia de los alcaldes en ramblas y lugares que de siempre estuvieron dejados a las aguas, la culpa es del cambio climático. Si las casas se caen por un temblor de tierra y los puentes romanos, no, la culpa es del cambio climático no de los constructores que especulan con materiales y se saltan, una vez más, con el beneplácito o indiferencia de los alcaldes, las mínimas normas de seguridad.

Proliferan los incendios y las catástrofes ‘naturales’ y ya tenemos el chivo expiatorio: el cambio climático (antes eran los ‘actos de Dios’, o de los dioses). Este puede exacerbar y agravar las consecuencias, pero la responsabilidad es nuestra, no de los astros pero, a tenor de lo que dicen, esto parece como una vuelta al milenarismo y a la astrología. A este paso, pronto vamos a organizar rogaciones y procesiones contra las tormentas, contra el granizo y contra los fuegos forestales. A poner lamparillas o ‘palomitas’ en aceite para alejar las nubes, como se hacía hace sesenta años en las cortijadas.

2 Comentarios »

  1. Tras leer su artículo, me han dado ganas de llorar; no queremos aplicar remedios conocidos, fáciles de obtener. No puedo estar más de acuerdo con usted. Desconocía la suerte que corrió su padre y lo siento (no sé si era un señor treintañero que conducía por La Puerta una moto de alta cilindrada, quizá una Sanglas)

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