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Blasco Ibáñez en las últimas tardes del verano

Portugal es quizás el país donde más se leyó a Blasco Ibáñez hace un siglo, a tenor de la cantidad de libros que aparecen en los mercadillos de libros viejos y en los alfarrabistas, en las ediciones de Prometeo en español y en versiones en portugués. Blasco Ibáñez y Stefan Zweig fueron probablemente los extranjeros más leídos en Portugal en el primer tercio del siglo pasado, me dice un librero lisboeta. Pero el escritor Mário Cláudio ya ha dicho de él que era ‘um mau escritor’ , un mal escritor (Expresso, 23.09.06), y lo compara con el portugués Ferreira de Castro, afirmando que “hay mucho en él que nos predispone contra la convivencia con él”.

Este verano, en las largas siestas en la Sierra de Segura, he vuelo a leer Los muertos mandan, y leído (¡por primera vez!) Cañas y barro y Sónnica la cortesana. Los chuetas, los pescadores de anguilas de la Albufera, el cerco de Sagunto por Aníbal, tres temas diversos y unos personajes pintados con pasta impresionista.

¿Quién puede olvidar Sangonera, el vago redomado que vive de nada en las huertas y canales de la Albufera? Tiene toda una filosofía de vida, un elogio de la pereza que hasta superaría las teorías de Paul Lafargue. ¿O Sónnica, que algunos, malignamente compararon a la Salammbô de Flaubert, tratando de acusar de plagio a nuestro escritor? O la decadencia familiar de Jaime Febrer, las contradicciones entre el viejo feudalismo, el naciente capitalismo, representado por el chueta Valls, y la vida campesina de Ibiza hace más de cien años están perfectamente descritos. Me imagino que sentarían bastante mal en la Mallorca de la época.

Los dos primeros libros que leí de Blasco Ibáñez me fueron regalados por dos obreros. Mare Nostrum me lo regaló Gonzalo, trabajador de Re-Con y dirigente de Comisiones Obreras de Alcobendas, a quien conocí en la cárcel de Carabanchel. La Araña Negra me lo regaló Luis, el fontanero del paseo de Extremadura que había sido carabinero en la guerra y se le saltaban las lágrimas cuando me contaba la caída de Madrid. Efectivamente, don Vicente era un escritor para el pueblo, cuando el pueblo leía y no estaba adocenado por la televisión. El propio escritor dijo una vez que “la novela no es más que la epopeya de los humildes”.

Hubiera sido interesante que Marx hubiera leído a Blasco Ibáñez; nos gustaría leer sus impresiones, como las que dejó sobre Les Mystères de Paris, de Eugène Sue (en ese peculiar libro de Marx que es La Sagrada Familia ). Las novelas del valenciano son referencias históricas, están empapadas del espíritu de la época y podemos seguir la evolución de la sociedad española de su tiempo. En Cañas y barro, está el trasfondo de la guerra de Cuba, “donde Tonet reconocía que había matado tantos negros”, o los colonos levantinos en Argelia. La Horda es un cuadro del Madrid miserable de truhanes, ropavejeros, de los marginados, que considero superior a La Busca, de Baroja, aunque sea mucho menos conocido. Toda España y gran parte del mundo desfilan en sus páginas. Como Baroja o Azorín, fue además un excelente paisajista.

Una parte de la élite literaria española siempre tuvo cierto menosprecio por este escritor pletórico, tan prolífico como difundido, leído, traducido y, por tanto, tan bien remunerado. Amar la vida, no ser un cenizo ni un cariacontecido suele ser visto por la intelectualidad como algo vulgar. Y la riqueza en un escritor que la gana con sus derechos de autor, se suele ver como un cierto baldón más que como un mérito: “será un escritor popular”, o “un escritor para porteras”, como decían, en plan clasista, de algunos novelistas populares franceses como Ohnet, Ponson du Terrail y, más tarde, Pierre Benoit. En España Fernández y González fue también despreciado. Vender muchos libros sienta muy mal a los demás. Algo parecido a lo que sucede hoy con escritores de gran calidad y muchas ventas, como Arturo Pérez-Reverte.

Don Visént fue siempre un republicano federal, un irredento, sufrió cárcel y exilio y el ostracismo por parte de muchos intelectuales, unos de izquierda, otros del franquismo (Eugenio D’Ors hablaba de sus escritos como ‘fullerías’). Era todo lo contrario a las capillitas, a esas sacristías que abundan en el mundo de las artes y las letras que parecen tener reservado el derecho de admisión.

Precisamente, en una carta al crítico Julio Cejador decía:

“Así se conoce la vida (con la acción, la aventura, los viajes, la vida de soldado), creo yo, mejor que pasando la existencia en los cafés, viéndolo todo a través de los libros ajenos o de las conversaciones, reuniéndose siempre los mismos interlocutores, momificando el pensamiento con idénticas afirmaciones, nutriéndose de los propios jugos, sin ver otros horizontes, sin moverse de la orilla junto a la cual se desliza la corriente de la humanidad activa”.

Admirador de Balzac, Hugo y Zola, francófilo, era un defensor de la grandeza histórica de España. Otro motivo de la deserción de los lectores es que cultivamos un horror al tipismo y la intelectualidad tiene alergia a las cosas ‘españolas’; así, Sangre y arena queda excolmulgada para siempre. ¡Anatema pues habla de toros! Como buen espíritu libre, no encajaba en los moldes y era políticamente incorrecto.

Otro aspecto importante es que Vicente Blasco Ibáñez fue nuestro escritor más viajero, uno de los pioneros de esta categoría de escritores, con una cultura suficiente para respetar las gentes que veía, los ambientes, lejos de esa especie de distancia altiva y superioridad irónica de otros viajeros contemporáneos ingleses o franceses. Sus viajes a los Balcanes, a Turquía y China está reflejados de manera excepcional en su obra, además de la famosa Vuelta al mundo de un novelista sigue sin tener parangón en las letras españolas.

Ya sé que se escribe hoy de otra forma, que muchas de sus novelas se alargan a veces , como El fantasma de las alas de oro, por es es por lo que, desde Azorín a Blasco, hay muchos escritores arrumbados en el baúl de los recuerdos, meras referencias para los estudiantes de bachillerato. Por cierto, que eran amigos, ambos levantinos, aunque Martínez Ruiz era lo opuesto a don Vicente en cuanto a estilo, la frugalidad frente a la exuberancia, el dibujo a sanguina frente a la paleta rica, densa, de colores intensos.

Quizás haya pasado de moda (¿qué es la moda literaria?) pero qué satisfacción, qué solaz, facilidad, da leer algunos de esos cuadros impresionistas, mediterráneos, casi con el óleo aún por secar, de aquel Levante, de la Mallorca o la Costa Azul de antes del turismo de masas y de las urbanizaciones sin genio ni belleza, aquel mundo de aventuras, amores, andanzas y querellas campesinas y comerciales. Además, y por ello no es casualidad que a los obreros les gustase este escritor, sus obras reflejan muy bien la división en clases sociales, la lucha eterna entre pobres y ricos, solapada, encubierta y maquillada entonces por creencias y tradiciones ancestrales y hoy por el consumismo hedonista.

Nota: hay una fundación dedicada al escritor que se ocupa de fomentar la literatura https://ateneoblascoibanez.com/libros/

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