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Los antiguos escritores y los viejos lectores

Hace sesenta o setenta años, o un siglo, los escritores eran más o menos libres. Pobres la mayoría, pero libres. No estaban sometidos a la lógica industrial de las editoriales, no tenían que pasarse días haciendo presentaciones de sus libros en ferias, librerías y otros establecimientos. Dedicaban sus libros a los amigos, amantes o colegas, no a cualquier cliente. Escribían si les apetecía, si les venía en gana, no porque tuvieran que entregar el manuscrito en una determinada fecha o con un determinado tema ni porque tuvieran que presentarse a un premio literario.

Durante la pandemia hemos leído el solaz de que confiesan haber disfrutado muchos escritores liberados temporalmente de la publicidad y el marketing a que los obligaban las empresas, pudiendo dedicarse a lo que les gusta: leer, soñar, escribir u holgazanear.

A veces, un párrafo de un libro retrata a esos escritores de otro tiempo (y retratarnos a los que, sin nada mejor que hacer, nos dedicamos a escribir como, por ejemplo, en este blog o cuaderno de bitácora). Así, encuentro en Azorín estas líneas:

Vive un caballero, por ejemplo, en la calle de la Montera; calle madrileña si las hay; se levanta por la mañana, apenas amanece; lee y escribe; medita cuando no lee ni escribe; recibe alguna visita; sale de casa lo menos posible; cuando sale entra en el pasaje de Murga y registra los libros que hay en un puesto de volúmenes de lance. Por la tarde nuestro protagonista vuelve a sus lecturas, escrituras y meditaciones. Si acaso baja a la Puerta del Sol y da una vuelta. Regresa a su hogar, charla con un amigo que ha venido a verle, y el resto del día no se ocupa de nada que valga la pena. Se acuesta y apaga la luz.

(La novela, Destino, Barcelona, 10 noviembre 1944)

Y en el escritor portugués Augusto Abelaira, poco o nada conocido en España,

Recientemente estuve a punto de volver a escribir, siempre es una manera de engañarnos a nosotros mismos en cuanto al fracaso de nuestras vidas…

(Enseada amena, 1965)

[Ensenada amena es Lisboa, es la Alis Ubbo de los fenicios que, navegando, descubrieron ese magnífico puerto natural. Abelaira no sigue, pues, la idea de que el antiguo nombre de Lisboa fuese Olissipo, aunque casi todos los historiadores prefieren este origen toponímico.]

Augusto Abelaira fue bastante conocido hace sesenta años, era parte de la corriente neo-realista y sus libros describen muy bien la sociedad urbana portuguesa de entonces, en plena dictadura salazarista.

Escribir, leer, no hacer nada que valga la pena, así se retrata el propio José Martínez Ruiz, Azorín, en ese pequeño artículo. Gran parte de su obra versa sobre esas vidas de caballeros ‘inactuales’, fuera del mundo y del tiempo. Los que no ‘producen’.

Los escritores, en cuanto adquieren un cierto renombre, pasan a la categoría de ‘capital humano’ a disposición de las empresas, al mismo título que un fresador, un tornero, un inmigrante en un vivero, un programador o un abogado de un bufete internacional: hay que producir, aumentar la cifra de negocios, obtener rendimientos. A cambio, se les garantizan unos ingresos. Una especie de ‘uberización‘ del escritor. Así lo contaba también Elio Vittorini sobre cómo los codiciosos editores de magazines perseguían a Edgar Allan Poe “para que se dejara explotar”

Tres trucos tienen las grandes empresas editoriales:

  • sugieren lo que hay que escribir, lo que vende; por eso, como en muchas películas, tiene que haber casi siempre una dosis de sangre y de sexo.
  • hay que comparar la cifra de ventas de la competencia.
  • hay que poner los libros en las bancas de las grandes librerías de una determinada manera y con un resalte ligado a la inversión. Eso se ve perfectamente en La Casa del Libro y en la FNAC.

Se dirá que eso es parecido al mecenazgo antiguo, a esos próceres a los que se encomendaba Cervantes al Conde de Lemos, de Andrade, de Villaba (Los trabajos de Persiles y Sigismunda).  Pero no, nada que ver. No se les exigía un número de hojas, no había plazos de entrega ni había premios a los que concurrir.

Por eso no ha de sorprendernos que no se reediten ciertas obras, pongamos por caso, de Abelaira o de Azorín: ya no son rentables. Tampoco merece la pena traducirlas. El criterio de la rentabilidad es casi el único que cuenta y ni a La Esfera de los Libros (Rizzoli), ni al grupo Berstelmann se les va a pasar por la cabeza publicar algo que lo van a leer cuatro.

Carlos Barral describió bastante bien cómo fue literalmente expulsado de su empresa ya que lo que proponía no era ‘rentable’. Así, también Mario Muchnik, despachado sin más de la noche a la mañana en razón de la productividad monetaria. Un editor ha de ser un manager en el más puro sentido del término (administrador, inversor, contable, experto en finanzas), contar el dinero, no brujulear entre los autores perdidos. Ya no estamos en los tiempos de Einaudi o de Feltrinelli, cuyos comités de lectura se guiaban por la calidad principalmente.

Quizás por esa especie de banalización de las editoriales, los raros nos dedicamos más bien a husmear en las librerías de viejo y en los puestos callejeros, sea en la Cuesta Moyano de Madrid o en el Jardim de Constantino, en Lisboa. Allí encontramos esos libros que ya no son rentables, y que tal vez nunca lo fueron, pero que nos gusta leer. En el fondo, los lectores empedernidos somos, como ese personaje de Azorín, ‘inactuales’.

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