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El contraste entre el paisaje y los pueblos

España nos ofrece una naturaleza, unos paisajes y horizontes de una belleza indómita, prístina. A menudo parece intocada, otras, es un paisaje trabajado por el hombre desde hace milenios, como los olivares de Jaén. Así, recorremos las tierras extremeñas, La Mancha, Levante, los montes de Teruel, la Castilla inmensa, esas tierras de pan llevar y choperas que delinean los magros arroyos. La escasa población ha permitido dejar millones de hectáreas libres de construcciones, de postes eléctricos, de instalaciones diversas. “España es un gran museo al aire libre”, dijo el fotógrafo alemán Kurt Hielscher hace más de un siglo, cuando hizo más de 45.000 kilómetros con su Zeiss (La España incógnita, Espasa-Calpe, s/f). Aún hoy lo es.

Pero el viajero queda a menudo decepcionado cuando entra en un pueblo de una mezquindad estética deplorable. En algunos, parece como si no se hubiera construido nada bello desde hace dos siglos. Incluso en pueblos que fueron declarados Patrimonio de la Humanidad, como Úbeda, sus barrios modernos y sus alrededores son de una fealdad irremediable, como pasa en Talavera de la Reina, Simancas, de alta alcurnia, Mora de Toledo -donde vivió mi padre- o Calatayud, y así centenares de localidades. Por ejemplo, Tordesillas, de tanta solera histórica para España, Portugal y Flandes, muestra una parte contemporánea que desmerece de su denso pasado histórico. Otros pueblos bien cuidados, como La Solana, dejan sin embargo elevarse en la vecina colina desguaces y chatarra de automóviles, sin que el alcalde haya hecho nada. En Levante, no hay más que contrastar esos paisajes que parecen salir de la época cartaginesa y que Asdrúbal reconocería, para entrar en pueblos como Elda o como Preter o Carcaixent, Pretel o Carcagente, desfigurados. Queríamos seguir las descripciones de Azorín y nos topamos con bloques de ladrillo aberrantes, con construcciones que responden al desbarajuste constructor de más de media España.

Comparemos Peñíscola con el Mont Saint Michel, paremos en Sagunto. Cuanto más nos acercamos a las costas, menos probabilidades tenemos de encontrar pueblos bellos: el turismo ha sido la gran excavadora y la enorme apisonadora. No es nuevo ese desprecio por lo bello; ya Jovellanos se alarmaba de esa decadencia de pueblos y lugares, con la falta de plantaciones, paseos arbolados, riberas descuidadas. Pero hoy no tenemos la excusa de la pobreza.

La imagen que emana de esas poblaciones cuando nos acercamos, la sensación primera que producen y que transmitimos a nuestros visitantes es a menudo desoladora. Piquetas, deshonor y excavadoras. Afueras descuidadas y bloques disparatados y desparejados, además de los infames cables de la Telefónica colgando en las viejas y nobles fachadas, los excesivos y mal colocados postes de la luz y un exceso de alumbrado.

Menos mal que tenemos pueblos -que pasan bastante desapercibidos- que han conservado un cierto patriotismo estético, como Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), Sabiote (Jaén), Almonaster la Real (Huelva), Montoro y centenares de pueblos andaluces (sobre todo en Córdoba), castellanos, vascos, asturianos, etcétera.

A. Pueblos convertidos en meros centros demográficos. La alienación de los moradores.-

Pero no es solamente un problema de mal gusto. Hay algo más profundo: ¿a qué ideología puede corresponder ese envilecimiento, esa ausencia de estética que observamos? ¿Quizás a la carencia de formación cultural de la nueva clase media emergente en la España de la postguerra?

La forma de nuestros pueblos y barrios se corresponde sin duda con los valores predominantes de las clases poseedoras para las que el dinero y la ganancia estaban por encima de la belleza y la armonía. Así, vemos cómo unas ciudades como Gijón o Santander destruyeron sistemáticamente sus frentes marítimos para llenar de bloques sin gracia sus orlas, sus entornos. Basta contemplar las viejas fotografías de ciudades como Palma de Mallorca o las antes mencionadas para percibir la desaparición de lo bello. Las fotografías de Ortiz Echagüe son una buena muestra de lo que aquí se dice.

Este ‘envilecimiento estético’, como lo definió don Julio Caro Baroja se corresponde a esa enajenación de los habitantes respecto a su medio natural que este capitalismo primario de construcción y turismo ha deliberadamente engendrado. Los pueblos y ciudades han sido despersonalizados, sustituidos por conglomerados de urbanizaciones y polígonos. Lo mismo que la televisión ha ido borrando la antigua sabiduría popular, el gusto por las conversaciones, tertulias y sobremesas, así el modelo de construcción que desagrega la población en núcleos anónimos, intercambiables.

No es casual todo esto: el poder económico ha hecho que, lo mismo que los ciudadanos han perdido esa calidad para convertirse en meros clientes, en meros consumidores, los pueblos han perdido su alma para convertirse en meros centros demográficos, conjunto de urbanizaciones, polígonos, circunvalaciones, áreas comerciales y rotondas. Haga la prueba el lector de preguntar a un viandante por el nombre de una calle; con mucha frecuencia no sabrá indicarle: el habitante desconoce su propia ciudad, la alienación se ha consumado, lo mismo que el trabajador pierde el control de su producto, el habitante pierde su sentido de pertenencia.

B. El fracaso de la democracia local y de muchos ayuntamientos.-

La pregunta que nos hacemos es ¿qué ha sido de nuestros ayuntamientos teóricamente democráticos? ¿qué se ha hecho desde 1978? Porque no son nuestras costas las únicas asoladas por la construcción abusiva y sin gusto, son también nuestros pueblos del interior, muchos con más de mil años. Mientras las viejas casas se desmoronan y se dejan caer, se construyen edificios, ampliaciones que atentan contra toda belleza.

Parece que no se ha unido lo bello a lo útil, que el dinero y la ganancia han podrido todo. La armonía con el medio natural, es decir, con el paisaje que los rodea, la proporción y la simetría, hasta el color, la terminación de las calles y rotondas, están ausentes. Ciudades y pueblos de gran historia han perdido su carácter en pos de un falso progreso de autos, garajes, naves y locales comerciales.

Las próximas ayudas europeas son un gran peligro en manos de esos ayuntamientos que parecen más encargados de negocios de las inmobiliarias que representantes de los moradores.

El sistema fiscal, inapropiado para financiar los municipios, ha hecho que las licencias de construcción hayan sido la principal fuente de ingresos, con su cortejo de mal gusto, inversiones de dudoso mérito y el abandono de las zonas antiguas de los pueblos mientras se fomentan promociones inmobiliarias de nuevas ‘urbanizaciones’ a menudo feas y estrechas como, por ejemplo, las de Membrilla (la antigua Marmellaria romana, en Ciudad Real) con casas apretujadas, sin un árbol, que parecen una colonia penitenciaria.

Otra posible causa, en lo que al mal gusto respecta, quizás fue que grandes arquitectos españoles tuvieron que exilarse al final de la guerra civil, y otros, que permanecieron en el país, como un jardinero de la talla de Javier de Winthuysen, fueron relegados, marginados. La consigna parecía ser ‘enriqueceos’ a cualquier precio.

Se dirá, como excusa, que había pobreza, que éramos pobres, pero Portugal, con mucha menos renta, ha sabido mantener una cierta estética, como comprobamos si pasamos de Tuy a Viana do Castelo, de Verín a Chaves, o si comparamos muchos pueblos extremeños con sus vecinos del Alentejo, o los pueblos de Huelva con los aledaños del Algarve portugués, como Vila Real de Santo António.

La escasez de recursos o la pobreza no son una excusa. A veces ha sido lo contrario: la riqueza, el cemento, los materiales, han perjudicado la belleza. Una vieja casa de pueblo, un viejo cortijo o caserío suelen ser más bellos, en su sencillez, en su economía de líneas y usos, que los ‘chalets’ de las modernas urbanizaciones.

Diderot, en su Tratado de lo bello, un texto precursor del materialismo, expone su teoría de la relación. Las cosas son bellas en relación a algo, al entorno, a las de su especie, a su utilidad y finalidad. Los gustos pueden cambiar, divergen, en función de una serie de variantes, de las que el enciclopedista describe: el tamaño y la escala, el ambiente cultural e histórico, la perspectiva, la educación y la cultura del observador, el tiempo y la edad, la experiencia del pasado, las ideas y creencias y los valores. En muchas ciudades. Y pueblos ‘modernizados’ ninguna de estas excusas justifica el panorama que el viajero contempla.

C.  La belleza atrae inversiones y no sólo turismo.-

Esto tiene consecuencias económicas importantes. El capitalismo francés, italiano, europeo en suma han sido más inteligentes. El turismo interior (véase Provenza, Dordoña, Normandía, Bretaña, la Toscana, Austria, Irlanda) se apoya en la belleza de los pueblos, la armonía, el cuidado de parques y jardines, los restaurantes y cafés, los mercadillos de antigüedades, libros, buenos productos locales y la calidad de los servicios y las comunicaciones (tanto ferroviarias como digitales). Cuando vemos los esfuerzos de muchas regiones y comarcas españolas en atraer turismo de calidad (es decir, que gaste dinero), echamos de menos ese cuidado por preservar lo bello, por no hacer estropicios urbanos, por facilitar la calidad, el ordenamiento urbano, la sencillez, en promocionar los artistas locales, en organizar pequeños eventos culturales, musicales, de pintura. La llamada España vacía es a menudo la España maltratada y descuidada.

No es casual que muchas regiones europeas prosperen, sean atractivas a la inversión y a residentes extranjeros que buscan luz, sol, clima, pero también cultura, servicios, autenticidad. Los ayuntamientos deberían ser los impulsores de ese crecimiento armónico, estético y de convivencia. La belleza es rentable. El objeto crea el sujeto; un pueblo bello y cuidado genera más civismo, más cuidado, más sentido de la pertenencia y atrae capital.

Pueblos que fueron

Llegas a los pueblos de nombre antiguo

del Romancero, mas

¿qué se hizo de Olmedo y Madrigal,

de Medina y Almazán?

¿Dónde yacen Linares, Talavera?

Si Lope y Cervantes hoy volvieran,

caballeros y señores despertaran,

no entrarían más en los pueblos

que su historia

arrojaron al trastero,

que tiraron muros, torreones.

Ignorantes alcaldes de mal gusto,

encargados de negocios

de logreros constructores,

ganapanes

de comilonas y cochazos rutilantes.

Aduares y arrabales de rotondas,

aledaños de chatarras,

escombros y almacenes.

Solares esperando el pelotazo, 

semáforos y placas informantes,

bares, desguaces y carteles,

sus trofeos, su orgullo y su vergüenza.

1 Comentario »

  1. Gracias por un artículo tan bello y elaborado que, además, provee mucha información. Estamos de acuerdo que ha sido la incuria asociada a la codicia de los ayuntamientos españoles las que han provocado la destrucción urbanística y paisajística de nuestros medios urbanos. Incidentalmente, le digo que el caso de Vila Real de Sto. Antonio no es válido por haber sido una ciudad reconstruida por Pombal para dar envidia a sus vecinos españoles. Voy con frecuencia a Olhao y ahí también se ven desaguisados urbanísticos (pasee en google street por Avenida da Republica, por ejemplo). Quizá lo más preocupante haya sido el que los ayuntamientos, para sacar dinero, han permitido la construcción en zonas inestables e inundables, como se quejaba recientemente el consorcio de seguros. Han bastado unas lluvias intensas para afectar a barrios que no se deberían haber construido.
    Vivo en el Aljarafe y aquí los pueblos, en general sin grandes monumentos, son relativamente limpios, ordenados y bonitos (excepto Camas) todo lo contrario de lo que veo en La Puerta de Segura, un pueblo que usted y yo conocemos muy bien. Darme una vuelta por el Peñón, barrio de Beas, y las Riscas me dejan caer el alma a los pies y retrotraerme a nuestra infancia de hace 60-70 años, cuando las cosas eran tan pobres y oscuras. Unos barrios descuidados, pobremente urbanizados, con casas a medio construir y decididamente feos; para llorar. En noviembre iré por allí después de estos dos pandémicos años y volveré a ver la fealdad y miseria de nuestro pueblo, al que, pese a todo, me encuentro emocionalmente atado. Ya le contaré.
    (El mes pasado volví a Tordesillas después de treinta años, me había prometido no ir hasta que abolieran el Toro de la Vega, pero no vi los desaguisados de la parte ‘moderna’ que usted menciona).

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