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Donde se fueron los moros que no se quisieron ir (y dos poemas)

A donde se fueron los moros que no se quisieron ir.

No sólo a las islas del Guadalquivir, como decía Fernando Villalón en su poema, sino a muchos otros lugares de España, de la España profunda, alejada de los centros de poder, se fueron aquellos moriscos, muchos probablemente convertidos pero aún así execrados. Por ejemplo, en la provincia de Alicante, me cuenta mi amigo Emilio Bauzá que por el Vall d’Alcalá hay varios pueblos de linaje morisco: Alcalá de la Jovada, Benixarcos, Rafelet, hasta Alcalalí y Parcent por encima del Coll de Rates. Me recuerdan esos enclaves a los de los hugonotes en el macizo central francés, inmortalizados en la pequeña novela de Jean Giono, Un de Baumugnes.

¿Habrá sido la Sierra de Segura, en el extremo oriental de Andalucía, en la provincia de Jaén, uno de esos lugares apartados refugio de moriscos? Como las tropas francesas de Napoleón quemaron, entre otros, Segura, los registros se han perdido y tenemos dificultad en encontrar muchos antecedentes y documentos. Poquísimo sabemos, salvo los estudios de Emilio de la Cruz y Genaro Navarro. Por eso hay espacio para una hipótesis.

Mi familia paterna viene de Santiago de la Espada, de esas sierras perdidas. Nadie de entre ellos, en los tres últimos siglos, desde que tengo registro, fue militar ni abrazó los hábitos. ¿Sería porque no podían demostrar su limpieza de sangre? Lo habitual, en familias sin grandes riquezas, era que alguno de ellos se hiciera cura, monja, militar o se fuese a Indias. Pero para esos pasos se requería no ser descendiente de judíos ni de moros, aunque se fuera ya cristiano, como dice esta escritura de 1767:

han estado y estan en esta Villa reputados por gente mui honrada, sin que assi en los parientes, como en sus antezesores se aia probado mancha ni raza alguna de Moros, Judios, Gitanos, ni Penitenziados por Delito alguno por el Sancto Tribunal, de la Inquisicion, y ni tienen, ni an tenido ninguna otra mala raza.

La escritura no se refiere a los Ruiz-Marín, sino a unos compradores de bienes de terceros; en ninguna parte aparece declarado que ellos, los Ruiz-Marín, estuvieran exentos de la “mancha”. Sólo en 1812 hay un Ruiz Marín que ostentó un cargo público, como Presidente de una Audiencia (y fue desterrado por Fernando VII). El siguiente, don Alfonso Ruiz-Marín Blázquez, hermano de mi abuelo, sería alcalde de Totana durante la guerra civil y por ello encarcelado en 1939, muriendo en la prisión de Murcia, viejo y enfermo, poco tiempo después. Ningún otro cargo público consta en la familia.

He ido releyendo a Julio Caro Baroja, al que siempre vuelvo, para desentrañar alguna pista que explique dónde “se fueron los moros que no se quisieron ir”.

Recordemos varios aspectos de Santiago de la Espada:

Era una aldea de pastores y hortelanos en la vega del Zumeta, llamada El Hornillo, poblada al parecer, dice Madoz, por pastores trashumantes de la serranía de Cuenca. Eso es como decir poblada por gente que no quería decir de dónde eran ni estaban bien identificados, es decir, que podrían ser de ascendencia morisca. Se establecen en uno de los lugares más apartados e inaccesibles de las sierras orientales. Una forma de borrar las pistas. Y como esas tierras están bajo la jurisdicción de los Montes de Marina y antes por la Orden de Santiago, se libran del control directo por el Estado, es decir, la Inquisición por allí no entra. Pertenecía al Reino de Murcia hasta la división provincial de 1833 y no tuvo ayuntamiento hasta 1691. No tiene torre ni castillo, ni está construida con un plan urbanístico, no como muchos pueblos andaluces, sólo una cárcel, pósito y la iglesia parroquial. Recordemos que su aislamiento hizo que fuera, con Mengíbar y con los pueblos de Alicante, precisamente los moriscos que he citado, uno de los últimos lugares de España donde hubo lepra endémica hasta hace setenta años.

No hay nobles ni aristócratas, viniendo la relativa riqueza de algunas familias de la Desamortización (con la consiguiente tala masiva y depredadora de los inmensos pinares, incluido Pinar Negro, que de pinar sólo tiene el nombre).

Allí las gentes distinguían los ‘castellanos’ de los demás, gitanos y otros. Todavía hace pocos años escuchaba yo decir, “ese es castellano”, equiparándolo a cristiano (cristiano viejo, se entiende).

Los moriscos, en general pobres y hortelanos o pastores, llamaron poco la atención de la Inquisición, no como los judaizantes, que solían ser profesionales, médicos, boticarios, etcétera, que residían en villas y poblaciones importantes y por tanto, con más influencia y peligrosidad a los ojos de la Inquisición, además de generar más envidia, lo que fomentaba la delación, incluso la falsa acusación. Los descendientes de los moriscos eran pobres y no suscitaban envidia alguna.

En fin, hacia los años sesenta del pasado siglo, los vínculos familiares, las formas de hablar y vivir se fueron perdiendo, disolviendo, con la televisión, la emigración, la uniformización del país. Pero yo dejo planteada esta hipótesis aquí. Poco probable, como muchos teoremas que los matemáticos persiguen toda su vida para resolvernos y no lo consiguen, pero no por ello menos probables.

Toponimia

¿Quién nombró estos campos,

los sotos, las navas y las hazas?

¿Quién nombró los calares y los montes?

Fueron exactos en palabras,

alguaciles, notarios o pastores

que guardaron celosos los papeles

que contaban

las lindes, las fanegas y las fuentes.

Hoy, unas chapas banales y uniformes

nos recuerdan a veces esos nombres

mágicos, vulgares o inocentes.

Tierras conquistadas, de frontera,

de magras cosechas y ganados,

Los Goldines, Los Moños, Pinar Negro,

La Encomienda y Acebeas, La Conquista,

Capellanías, El Patronato y Los Teatinos,

Cueva Rincón y Rambla Seca,

allá por el Zumeta. Y Prado Moro.

No sabemos quiénes fueron

los primeros pobladores de esas breñas,

pobres eran, por seguro, desterrados

que encontraron pegujales

donde criar a los hijos y las ovejas,

plantar colmenas y alzar con piedras

sus viviendas sin ventanas,

con su cuadra, su horno y su tinada.

Tejos caídos, zarzales y agavanzos

de las viejas huertas son recuerdo

pues se fueron

a otras tierras cuando llegaron

los camiones y el teléfono,

y supieron de otros sitios más propicios.

El serbal y unos perales, cermeños ya,

únicas huellas de labores. Nunca sabremos

quiénes fueran Antoñillo Cristales

o Miguel Sancho.

Antigüedad

En cuesta los olivos te conducen

por hiladas al monte oscuro

donde los pinos calmos y quietos

esconden los secretos,

las cuevas, simas y cavernas,

las que fueron pobladas

por las tribus milenarias

de estas tierras.

No sabemos cuántas vidas

estas tierras albergaron,

refugio fueron de desterrados,

vencidos y moriscos,

de los que huían de la peste

y de las guerras.

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