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El mito de las «costas voltadas» entre España y Portugal

(Este artículo fue publicado en portugués por el Diário de Notícias el pasado 1º de diciembre, Día de la Restauración de la Independencia Nacional.)

Los tópicos son duros de borrar. Todavía algunos siguen creyendo en el mito de las costas voltadas (vueltos de espaldas) entre españoles y portugueses. Los tópicos y los mitos solamente sirven para ocultar y enmascarar la realidad. En mi opinión fue una invención del salazarismo porque había que reforzar una identidad y Castilla había sido en tiempos la amenaza y la barrera para Europa. Había que buscar un vecino indiferente y hostil.

Los españoles y portugueses, mientras tanto, eran amigos, se frecuentaban. No fue solamente Estoril con su realeza, con don Juan de Borbón y su hijo Juan Carlos, ni fue solamente don José María Gil Robles, el dirigente de la CEDA que Franco no quería, y muchos más, de esas derechas ilustradas, como Sainz de Robles y tantos monárquicos y liberales. Fueron también muchos escritores y poetas, desde Torga, Eugenio de Andrade o José Cardoso Pires hasta Álvaro Cunqueiro o Ángel Crespo -el que nos trajo Pessoa a los españoles- sin olvidar al inefable Fernando Assis Pacheco que conocía mejor España que los propios españoles.

Por otros lugares el pueblo se unía y se juntaba. La Raya era un medio de encontrarse más que una barrera. El contrabando recíproco de café, tabaco y hasta de pan, era también contrabando de corazones, con muchos matrimonios entre los naturales de ambos lados. Eso lo cuenta una pequeña novela que describe perfectamente lo que sucedió durante toda la postguerra, Estraperlo, de Expedi Vázquez.

Muchos españoles no saben que tras la Restauração en 1640 la guerra continuó veinticinco años, hasta la batalla de Montes Claros en 1665 que dio la definitiva victoria a los portugueses. Después siguió, efectivamente, un largo periodo de frialdad que sólo empezó a derretirse tras la Guerra Peninsular. En el siglo XIX comienza un acercamiento cultural y político que ya no se interrumpe aunque con ritmo desigual. Nuestras historias siguieron muy paralelas, con los miguelistas aquí y los carlistas en España, con el mapa color de rosa aquí y el 98 en España.

Después, en los tiempos de las dictaduras era natural y lógico que nuestros escritores y artistas, aunque se conocieran, miraran más allá de los Pirineos. Mirar a nuestros vecinos era como mirarnos en el espejo, deprimirnos. En sendos países había gobiernos represores, con censura, con cárcel y exilio como única solución, y unas burguesías atemorizadas por el comunismo, que les hizo aceptar, a veces a regañadientes, a Salazar y a Franco como mal menor.

Señalemos dos puntos de inflexión en nuestras relaciones: el primero, en 1974, el segundo, en 1986. Tras el 25 de abril, los españoles pasamos del afecto a Portugal a la admiración. Se nos había adelantado para recuperar la democracia. Y en 1986, nuestros sueños europeístas se confirmaron y nuestras rutas convergían para la consolidación de la democracia y el avance económico y social.

En todas las encuestas en España aparecen siempre, desde hace decenios, Portugal y los portugueses como los más cercanos y los más apreciados. Somos muy distintos y eso nos hace interesantes y nos atrae recíprocamente. Los españoles apreciamos el sosiego portugués, la amabilidad, la cortesía, la belleza de sus pueblos y paisajes; los portugueses gustan de la animación española, del ‘barullo’ y la vitalidad de muchas de nuestras ciudades. Si los españoles somos incapaces de hablar más de diez palabras en portugués, es por nuestra inveterada dificultad para hablar bien lenguas extranjeras.

Cierto que todavía hay algunos resabios de antiespañolismo, que hemos podido ver cuando algunos intelectuales se han volcado a favor de los separatistas catalanes, evocando 1640 y el ‘imperialismo castellano’. Algunos incluso acusaron a España de no ser un Estado de Derecho. Parecía como si nuestras dificultades gobierno les regocijasen, una especie de schaudenfreude. Afortunadamente, creo que esa actitud es minoritaria y residual, aunque algunos medios le dieron un realce excesivo lo que ha sido agrio para nosotros, sobre todo para los que vivimos en Portugal; lo hemos sentido como injusto y sin conocimiento de la realidad. Con sus prejuicios criticaban más que las medidas -acertadas o erróneas- del gobierno español, a España como tal, como deseando con alborozo su desunión.

Siempre ha habido un interés recíproco entre los dos pueblos si bien es verdad que ha sido más intenso de los portugueses hacia España que a la inversa. Pessoa, Saramago, Torga y muchos otros son bien conocidos por las clases cultas españolas. Ya hay tres premios de poesía concedidos en España a autores portugueses: Sophia de Melo Breyner, Nuno Júdice y Ana Luísa Amaral. Nos faltan Premios Príncipe de Asturias para portugueses que lo merecerían sobradamente.

Sobra en Madrid bastante ombliguismo en las editoriales, en las galerías de arte. Esto hace que no se conozcan mejor tantos escritores y poetas portugueses actuales y pasados y, sobre todo, artistas. Todavía me llama la atención que muchos españoles no sepan nada o poco antes de venir a Lisboa de los Painéis de Nuno Gonçalves, y que los museos de Paula Rego, Helena Vieira da Silva y Júlio Pomar, o Soares dos Reis en Oporto, sean relativamente poco visitados.

Aún falta bastante. Es un escándalo que nos falte ferrocarril -los designios de Renfe son inescrutables y lamentables-, debemos reforzar mucho una estrategia común de la naturaleza y del agua más sostenible y efectiva. Una carta de Lisboa a Barcelona tarda por lo menos una semana, como antes de la aviación. Y falta el portugués como lengua optativa en las escuelas, (menos en Extremadura).

Que notemos esos huecos pendientes de cubrir es precisamente la prueba de que nos importa lo que hacemos y queremos trabajar juntos y conocernos mejor. Vamos avanzando, estamos en el camino.

1 Comentario »

  1. Excelente artículo. Esencialmente, estoy de acuerdo con sus apreciaciones, pero no soy optimista respecto a una unión España-Portugal ni siquiera a largo plazo. Existen demasiado desconocimiento mutuo y demasiados recelos; lo que dice de la Schadenfreude por el asunto de Cataluña molestó a muchos (a mí, como iberista, no me hizo nada de gracia). Creo que en el pasado las universidades de Coimbra y Salamanca llevaban a cabo encuestas sobre iberismo, que reflejaban el deseo de ca. 1/3 de la población encuestada de formar una unión política (el % era algo mayor entre los portugueses, que daban por descontado que la capital debería estar en Lisboa). No sé si ese tipo de encuestas se ha continuado porque no conozco recientes. Lo que observo es un gran pasotismo en el pueblo español de ahora. Creo que al español medio le importa poco Portugal e Hispanoamérica y es una pena. Espero que el conocimiento mutuo se acreciente y, además de ir a comprar toallas y bacalao, los españoles visiten el sepulcro de Don Dinis y oigan algunas de sus cantigas.

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