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El último barojiano portugués

[Versión en español]

Encontré un viejo libro de Pío Baroja (1872-1956) en las baldas de la librera doña Crisálida, en el barrio lisboeta del Campo de Ourique. Esa librería de lance es un pozo sin fondo donde los hallazgos pueden ser sorprendentes algunos días, y otros, volvemos con las manos vacías. En Paseos de un solitario (Relatos sin ilación), publicado por Biblioteca Nueva en 1955, el autor divaga y deambula por París, contando sus recuerdos de su primera estancia, a principios del siglo XX y luego durante la guerra civil de España, de cuyos dos bandos, nacional y republicano, tuvo que escapar.

Un lector desconocido lo compró en la Livraria Ecléctica, que estaba en la Calçada do Combro. Este portugués leyó con atención el volumen pues hay pequeñas marcas a lápiz donde figuran nombres, autores, lugares. Y entre sus páginas encontré una entrada del Cinema Jardim de  17 de julio de 1965 (Matinée, 1ª Plateia, Fila L, nº 4, preço 6 $). El Cinema Jardim estaba en la avenida Alvares Cabral, junto al garaje Monumental. Ahora es una tienda china de dos plantas, y antes fue unos billares. Afortunadamente, el edificio es el mismo.

El libro de Baroja es una pura digresión (sin ilación, como él lo subtitula). Con su habitual visión desencantada nos cuenta de las calles desaparecidas de París, sobre todo las del barrio entre St. Séverin y el Sena, del Parque de las Buttes Chaumont, barrios del París ‘canalla’ del que él siempre gustó, más que los barrios más asépticos del VIII o el XVI. Le suele acompañar en sus andanzas el doctor Fournier -probablemente inventado o el nombre atribuido a algún amigo de la época. Visiones casi siempre negativas, escépticas. De los novelistas, sólo salva a Dickens, Balzac y alguno más. Y todos del XIX.

Baroja no tiene estilo, escribe como va pensando, sin adornos ni aderezos pedantes. De ahí que muchos críticos literarios lo hayan despreciado y dicho de él que era un mal escritor. Pero es precisamente esa espontaneidad, esa frescura, la que hace su obra interesante. Además, como su pensamiento y su escritura van a la par que sus paseos y divagaciones, puede decir una cosa y la contraria en pocas páginas.

Baroja solía pasear y buscar libros, revistas viejas y papeles para sus historias, en los bouquinistas de los muelles del Sena, y en Madrid por la Cuesta de Moyano. Una gran parte de su biblioteca está hoy en su casona de Itzea, en Vera del Bidasoa.

La lista de cosas de las que no gusta es inagotable. El lector se pregunta si le gustaba algo, si algo era aceptable -pero también confiesa que, como lo escribe con ochenta años, hay que excusarle esa desgana-. No le gusta ni el cementerio de Montparnasse (“feo y sin gracia”), ni los franceses, ni los judíos, ni los nuevos barrios construidos en lugar de los demolidos “barrios insalubres”.

“Siento en mí la desolación de todos estos lugares que recorro, su romanticismo, y comprendo que su aspecto de abandono y melancolía está un poco en consonancia con el tono sentimental de mi espíritu (…) La casa leprosa de las afueras de la gran ciudad, derrengada y con la pared reverdecida por la lluvia, da la impresión menos siniestra que el edificio nuevo, recién construido y recién pintado, que parece cosa de juguete .”

Baroja, gran andariego, fue un buen observador de las ciudades, de sus afueras y arrabales. Es probablemente, con Pérez Galdós, el escritor que más atención ha prestado al urbanismo. En sus novelas, siempre coloca a sus personajes en un contexto, rural, pueblerino o urbano, en un escenario bien vivo de los lugares que habitan o en donde se desenvuelve la acción. Los paisajes urbanos de Baroja son como una triste balada.

Tiene mucha razón, sin embargo, cuando escribe sobre la estupidez de la policía francesa. Y sus exigencias burocráticas, la Conciergerie y la Préfecture, donde pasa días para obtener documentos que luego no le sirven para nada. Todavía hoy yo he experimentado eso: la frase. Favorita de los funcionarios belgas y franceses de “il faut constituer un dossier”. Estamos entonces perdidos por meses, años. ¡Ah, el modélico centralismo jacobino!

Muchas de las cosas que cuenta ya nos las había contado en sus memorias (Desde la última vuelta del camino) y en su libro Desde el exilio. Vivió en diferentes barrios para recalar al fin en el Colegio o casa de España, en la Ciudad Universitaria del bulevar Jourdan, donde mi padre también se alojó a finales de los cuarenta. Cerca está el Parc Montsouris que Baroja frecuentaba y que aparece en su novela más parisina, Susana.

Todos han escrito sobre París, americanos, alemanes, italianos, portugueses, no es. una novedad. Lo que es más original en Baroja es la tristeza que se desprende; qué diferencia con las fantasiosas evocaciones de Carlos Fuentes en Terra Nostra o los paseos de la Maga y Oliveira en Rayuela (por cierto, Cortázar está enterrado en ese “cementerio feo y sin gracia” de Montparnasse). Baroja es, no obstante su melancolía, un gran pintor. Es el que mejor ha descrito su País Vasco, sus gentes y su pueblo. Aparentemente un misántropo, fue un hombre que conocía, por observarlos bien (era médico de formación, si no de ejercicio), la naturaleza humana.

Además de no seguir los cánones, él nunca pretendió ser significante ni importante. Lo que para él era importante no lo era para políticos y empresarios y, sin embargo, sus libros son un fiel reflejo de la España que vivió. Sin olvidar el fresco histórico del siglo XIX español que son sus veinte volúmenes de las aventuras de Eugenio de Aviraneta, Memorias de un hombre de acción, para algunos superior a los Episodios Nacionales de Pérez Galdós.

Quiero pensar que a nuestro desconocido lector que llevó el libro al cine y allí guardó la entrada, le gustaría Baroja porque su actitud le recordaba esa saudade y melancolía lisboetas, esos barrios un poco tristes como el de las Colónias, de la avenida del General Roçadas y la Penha de França, así como los barrios orientales como Marvila. Al igual que Baroja este portugués tendría nostalgia de los viejos edificios que eran echados abajo o reformados, que eran el alma de Lisboa y poco a poco van desapareciendo en aras de un supuesto progreso, robándoles el carácter, el alma de esta Ensenada Amena, como llamaba Augusto Abelaria a Lisboa.

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