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Los ayuntamientos, raptados por los partidos

“porque sabe que las quejas no han de llegar donde él, (que) tiene cerrados todos los postigos de oír”

Baños de Velasco, siglo XVII

Todos hemos sentido alguna vez, como ciudadanos, como vecinos, la sorpresa ante una obra inesperada, una prohibición municipal, un nuevo edificio que rompe la armonía y estética de una calle. Todos nos hemos sentido sorprendidos, desprevenidos, pillados por sorpresa ante muchas decisiones municipales que no sabíamos se estaban preparando, ni cómo ni por quién. Todo nos es ajeno y no hemos participado.

Es la misma sorpresa que nos llevamos cuando erigen una estatua, cambian el nombre de una calle o talan unos árboles. No sabíamos ni sabemos por qué se ha decidido así.

Son los hechos consumados, todo ha sido decidido en las ‘alturas’ sin que hayamos tenido arte ni parte. La falta de transparencia, el secretismo incluso, producen esa sensación de alienación, de que no pintamos nada.

¿Por qué sucede esto?

Porque los partidos han monopolizado el poder municipal y la lucha por el poder se ha trasladado a los ayuntamientos. Esto les ha privado de su independencia y de la efectiva defensa de los intereses de los moradores y habitantes.

Así han sido ahogadas en la lucha partidaria las instituciones más antiguas de España, mientras que las clases medias urbanas y la clase obrera se han dejado arrebatar el poder y la autonomía para gobernar sus asuntos. Los partidos políticos han monopolizado también los oficios y cargos públicos, no sólo a nivel local sino regional y estatal. Cuando se utiliza el voto como una forma de cheque en blanco se llega a la autocracia de los partidos.

En el ámbito local esta inundación de la administración por los  partidos es mucho más evidente, encontrándonos casi de hecho en aquella situación de hace cinco siglos de la “venta de oficios” que bloqueaba el acceso a los cargos municipales si no se está integrado o apadrinado por una máquina partidaria. Es lo que Max Weber llamaba ‘dominación patrimonial’.

Veamos cuál es la pertenencia política de los 8135 municipios españoles:

2845                PP

2797                PSOE

360                  JxCAT

352                  ERC

182                  CS

144                  PAR

122                  PNV

118                  EH-Bildu

68                    Compromis

58                    IU

44                    PRC

29                    BNG

27                    Adelante

24                    NA+

18                    UP

7                      Vox

Todos en manos de los partidos y los alcaldes, intangibles.

Se dirá que es lógico. Pero no es lógico porque quienes mandan en los municipios no son los vecinos a través de sus representantes sino los partidos estatales o regionales, para los que los ayuntamientos son meras escalas para acceder al poder nacional o autonómico. Los vecinos son los que menos cuentan. Los partidos instrumentalizan los ayuntamientos y diputaciones para sus propios fines de dominio del poder.

Además, los partidos han dejado de ser asociaciones para convertirse en iglesias, con sus dogmas, sus mandamientos y sacerdotes. Por eso vemos que los alcaldes hablan siempre en clave partisana, partidaria, no para los vecinos, funcionando más como portavoces de los partidos a los que pertenecen, careciendo tanto de libertad como de independencia (y no deben salirse del guión, como sucede con Francisco de la Torre, el alcalde de Málaga al que el PP, su partido, no quiere). Otro ejemplo es cómo Almeida en Madrid ha reducido presupuesto de cultura para asegurarse el apoyo por acción u omisión, de Vox, para que le aprobasen los presupuestos. Si el PP o el PSOE dan una consigna sobre un tema, pandemia, bares, etc, sus alcaldes la siguen a pies juntillas, independientemente de si se adapta a su ciudad o pueblo. La autonomía municipal es un mito, como lo fue bajo el franquismo cuando los alcaldes eran nombrados por el poder central, y en las provincias por los gobernadores civiles. Se ha sustituido un caciquismo por otro. Es la continuidad de los vicios de nuestra política. Ahora son designados por los partidos y los votantes han de decidir en listas cerradas, precocinadas en los comités ejecutivos de los partidos.

Los partidos, a través de sus agentes locales, esa correa de transmisión que son los alcaldes y concejales, deciden cargos, contratos, favores, empleos. La obediencia de los alcaldes a sus consignas es ciega pues se juegan no estar incluidos en la próxima lista electoral. Como tales miembros de un partido no responden frente a sus electores sino frente al partido que los ha escogido para figurar en las listas (salvo cuando la corrupción se hace tan evidente que la prensa la descubre y los jueces intervienen, porque los partidos lo primero que hacen es tratar de encubrir a sus propios corruptos o minimizar el escándalo con el “y tú, más”).

Por eso muchos ayuntamientos, en vez de dedicarse a los intereses locales son simplemente el eco de las intrigas de poder político. Ganar una ciudad por un partido es ganar un peón más en el tablero, pero lo que importa es el tablero, no la localidad. Si se portan bien pueden ascender, como ahora Juan Espadas, ex alcalde de Sevilla que es promovido como candidato (probablemente perdedor) a la presidencia de la Junta.

El resultado y consecuencia de esta forma de hacer política es que cada vez hay más gente ajena a ella; es la misma tradición de nuestro antiguo anarquismo que venía justificado por el hartazgo de la dominación por unos cuantos caciques, hoy partidos; es la pérdida de la legitimidad que se traduce en abstención, apatía, nihilismo y populismo de los dos extremos. No un izquierdista, sino el antiguo consejero delegado de Unilever, Paul Polman, decía hace días en el Financial Times (24 enero 2022), que

“Nuestras democracias están fallando en medio de una marea de desinformación, mientras las olas del populismo y el extremismo no parecen disminuir.”

Esto es particularmente grave cuando se trata de la que se supone más cercana institución política a los ciudadanos, el ayuntamiento. Su origen lo podemos rastrear en los concejos, que ya existían en el siglo XII y hasta en la España visigoda, con los conventus publicus vicinorum[1]. En general, debido a esta distancia, se manifiesta una falta de afecto y de empatía de los ciudadanos hacia sus representantes, si no es para la adulación y la lisonja en busca de favores, contratos o cargos.

El problema es que esto ya no es siquiera un tema de debate. Se da por supuesto que los ayuntamientos son de los partidos, su propiedad privada y privativa. El pueblo, a votar y a callar. Recuerden los alcaldes que son fiduciarios de los ciudadanos.


[1] Precisamente ahora, el alcalde de Lisboa quiere organizar un Concelho de Cidadãos para facilitar más participación. Veremos con qué resultados.

2 Comentarios »

  1. En su artículo ‘Siles y los bárbaros silingi’ del 06.01.2022 le envié un comentario en el que expresaba mis dudas sobre el futuro, incluso sobre la viabilidad, de nuestra tierra, al que usted contestó: ‘Yo también soy pesimista, y no es solamente por el Estado, la Junta o los alcaldes’. Le hubiera preguntado por qué o por quién, entonces.
    No sé si usted estaba pensando igual que yo. Pienso que falla el pueblo, por su bajo nivel cultural, su apatía por temas comunales y por su dejación de responsabilidades en manos de los partidos. Los partidos son el reflejo del pueblo. No son peores que nosotros. Fíjese en Madrid, con su contaminación, su sanidad pública por los suelos, su desastre organizativo evidenciado con Filomena… y llevan 30 años votando a los mismos. Pero no tampoco somos tan malos; vean el pueblo italiano cuando votaba a Berlusconi o los británicos eligiendo al Boris… Gracias por su artículo. Un cordial saludo.

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