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Bakú, cincuenta años después

Gracias a Olivier Rolin he podido descubrir cómo ha cambiado Bakú desde mi lejana estancia en la capital del Azerbaiyán, cuando tenía diecinueve años, era militante del PCE y estaba deslumbrado por lo que creía (creíamos) el progreso interminable, inalcanzable, inmarcesible, de la Unión Soviética (véase mi otro artículo https://wordpress.com/post/laplumadelcormoran.me/3355). Teníamos una religión.

Aun quedan -nos cuenta Rolin- restos de la época de los zares y de la Unión Soviética, entre ellas las mujeres que no están sometidas al velo y están en igualdad de condiciones (legales y educativas, la sumisión familiar y conyugal es otra cosa y algo ha empeorado con la resurgencia religiosa).

El libro del escritor francés, que data de hace una década, Bakou, derniers jours, es muy gráfico y está escrito con desenfado. De este autor, escasamente conocido en España -pues parece que los editores no se arriesgan con los franceses-, leí el mejor recorrido por el periférico de París (una especie de M 30 pero estrecha, fea y encajonada, permanentemente atascada por la que se tarda en llegar a Orly más que se tarda en volar de París a Madrid, además del sofoco y la irritación). Era Tigre en papier, una alusión a los tigres de papel que Mao decía eran las potencias imperialistas. Como yo, Rolin también fue marxista leninista en su juventud (Ara que tinc vint anys) pero luego se le pasó.

Lo que no nos contaban hace medio siglo los del Intourist es que la isla de Nargin, que se vislumbra en el horizonte, era una inmensa prisión para los disidentes (incluidos muchos antiguos bolcheviques).

El libro sobre Bakú, como tantos libros franceses, parece casi una guía literaria pues Rolin va haciendo alusiones a escritores y evocando libros, incluso los suyos. A los pedantes nos gusta ese tipo de libros, trufados de referencias históricas y culturales. No es un libro de viajes ni un relato, ni un diario. Además, con un humor raro, Rolin va hilando su deambular en la idea de que iba a morir en Bakú y eso no ha sucedido.

Bakú ya no es lo que era, como no lo es ninguna ciudad del mundo de las que guardamos postales marchitas. Como París ya no es la París de mi padre, allá por 1948, ni siquiera la mía de 1981; ahora es una mezcla de museo y de centro comercial poblado de gente cada día más insufrible que está harta de turistas, extranjeros y de ser piezas de museo y centro comercial. O como Bruselas que dejó de bruseler -que cantó Brel- hace décadas, antes de ser dinamitada por ellos mismos para preparar la Expo del 58. Lisboa va por el camino de Barcelona, de ser un puerto de cruceros gigantes y de barrios para turistas de los que previamente se ha expulsado a los lisboetas.  Bakú ahora está en manos de los nuevos ricos de Mercedes negros, rutilantes y temibles (por favor ¿quién diseña estos Mercedes de ahora? Son mamotretos que imprimen -mal- carácter), de corrupción y de una oligarquía que ha sustituido (¿o es la misma?) a la Nomenklatura.

Bakú siempre llamó la atención (rusa desde 1806), fue desde 1820 una de las ciudades soviéticas más importantes dada su riqueza petrolera. En el siglo XIX recordemos a Alexandre Dumas, en su Voyage au Caucase y en el XX a Banine, la amiga de Ernst Jünger, o a la familia Gulbenkian.

En su viaje al Turkmenistán evoca también al para nosotros desconocido Ronald Sinclair, oficial británico y viajero muerto con cien años en 1989. Este escribió su Adventures in Persia al final de su vida, rememorando su viaje en un Ford A en 1926. Sergei Essenin (el Rimbaud ruso, dice), Lev Nussinbaum (que escribió bajo el seudónimo Kurban Said), el capitán inglés Teague-Jones, y el mismo Koestler. Y, por supuesto, a Koba, Stalin, que por aquellas tierras hizo sus primeras acciones delictivas, unas, revolucionarias, otras.

El Azerbaiyán ha pertenecido a Roma, a Persia, a los Árabes, a los Mongoles y a los turcos seljúcidas. Terminço siendo anexionada por los rusos entre 1804 y 1828, tras las guerras ruso-persas. Hoy ha pasado, tras la desmembración de la URSS (automoribundia) por guerras crueles contra los armenios (Nagorno-Karabaj y hasta contra los georgianos, además de contra los rusos), no ha establecido una democracia sino una especie de satrapía más o menos tolerante en función de los precios del petróleo, una economía meramente extractiva y usuraria y un modelo de régimen acorde con todo ello. Una maravilla.

Rolin nos habla de las personas que va encontrando, algunas ya como barcos varados, desvencijados, restos de la URSS como el pintor Tahir Shalakhov (Chalajov) que del neorrealismo se recicla en el kitsch azerbaiyano, y otros, muy jóvenes que no han conocido aquellos tiempos y cuya ilusión es ser o parecer lo más occidentales posible.

Atraviesa también el Caspio en unos barcos de la época soviética que son pura chatarra y se adentra en la vecina Turkmenistán, otra satrapía donde perduran las ruinas de grandes ciudades milenarias, como Erk Kala, Merv o Marguch (arrasada en el siglo XIII por los mongoles), todas perdidas ya en la estepa. Evoca a Omar Khayam, a las mil y unas noches y todas esas civilizaciones desaparecidas.

No es, pues, un mero relato de viaje, sino un retrato de la ciudad, de sus habitantes, con sus referencias históricas y culturales. Rolin es un escritor que viaja. Además, carece por completo de ese espíritu de superioridad, de ironía o de desprecio encubierto de folklorismo que se percibe en tantos escritores de viajes. Me hace recordar las descripciones del país, y los encuentros con jóvenes koljozianos y komsommolianos, del entonces muy comunista Arthur Koestler, cuando viajó al Cáucaso en los años treinta (The invisible writing, en francés, Hiéroglyphes). Koestler no oculta su decepción por lo que va viendo de las consecuencias de la revolución.

Hoy, los edificios en Bakú han cambiado: la arquitecto Zaha Hadid ha diseñado el Centro Heydar Aliyev, padre del presidente, antiguo miembro del KGB y del Politburó del PCUS y un dictador total. Las tres Flame Towers, de 30 pisos (en Madrid tenemos cuatro de ese estilo, igual de arrogantes), evocan la religión de Zoroastro, y centenas de bloques y edificios singulares ocupan la capital azerbaiyana, así como las más lujosas cadenas hoteleras. Menos mal que el Bakú clásico, con los edificios de Nobel y Rothschild, y otros imitación del Moscú de 1930, con bulevares y bloques ampulosos, han sido preservados.

La retórica antioccidental sigue su curso, a pesar de las petroleras occidentales instaladas en el país, gracias a Aliyev hijo y su mujer, que es la Vicepresidente (algo parecido a Nicaragua). Y el número de presos por razones (más o menos) políticas sigue siendo desconocido. Como no volveré a Bakú, si es que alguna vez fui, este libro de Rolin me hace evocar otros tiempos.

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