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Rusia, Ucrania y la premonición de Koestler

Arthur Koestler, el famoso autor de El cero y el infinito, donde denunció los procesos estalinistas de Moscú, fue mal considerado por sus antiguos camaradas comunistas. No le perdonaron que levantase el velo sobre el terror estalinista, sobre el Pacto Germano-Soviético ni sobre las purgas en el Este de Europa incluso después de que Kruschev hubiera denunciado el culto a la personalidad y la dictadura soviética.

Algunos de los libros de Koestler eran de mi padre, que los leyó en francés cuando, tras salir de España en 1948, descubrió lo que había sido el nazismo, el comunismo de Stalin, el Holocausto. Entre ellos, Les hommes ont soif y La lie de la terre (La hez de la tierra).

Tras la segunda guerra mundial, la URSS había pasado de aliada a enemiga y la guerra fría era una realidad que atemorizaba a Occidente. La guerra de Corea, el proceso Slansky, la represión en Berlín Este, el aplastamiento de la rebelión húngara en 1956 (Koestler era un húngaro judío, comunista, periodista en la guerra de España, donde estuvo a punto de ser fusilado por Luis Bolín en la Málaga recuperada por los ‘nacionales’ (ver El testamento español). Luis Bolín sería después uno de los mandamases del Turismo de España). En fin, los años cincuenta se presentaban amenazadores. Después comenzarían las guerras de independencia de antiguas colonias, algunas extremadamente crueles, como la de Argelia, con masacres de los dos lados (de los dos, no sólo del lado francés, hay que subrayar).

En 1953, Koestler escribió La época del anhelo, que ha pasado desapercibido en los medios de izquierda, y con razón, pues denuncia el papanatismo de los intelectuales sedicentes progresistas que defendían el estalinismo, como Sartre o Merleau-Ponty, de los movimientos ‘pacifistas’ en Occidente orquestados por los soviéticos, etcétera. Koestler fue arrojado a los infiernos por los comunistas y también por gran parte de la izquierda políticamente correcta europea. Era considerado, sin paliativos, un traidor. Y encima muchos le acusaron de sionista, el mayor insulto que la izquierda utilizaba y todavía utiliza (Jeremy Corbin fue un ejemplo, como muchos de Podemos). En efecto, Koestler tuvo la osadía de escribir un libro sobre los pioneros judíos en Palestina, La torre de Ezra, lo que es imperdonable para la izquierda bien instalada en sus prejuicios.

El libro La época del anhelo, cuyo original en inglés es The age of longing y en francés, Les hommes ont soif, no existe en España (en Chile, sí). Y, sin embargo, en este momento de crisis, de desinformación constante por parte rusa (y también norteamericana), su lectura sería muy útil hoy. Es como una premonición.

El argumento principal es que La Confederación Libre quiere engullir el pequeño Estado ‘lapin’ (=conejo). Estados Unidos y Europa quieren hacer frente a la amenaza pero “América ya no estaba en condiciones de defender a esa Europa, esa que no había podido defender Polonia en 1939”.

Pero, exultan los de París,

Se había evitado la invasión y “el gobierno provisional de la República (lapin=conejo) había aceptado la propuesta de la Confederación (URSS) de suprimir las dos partes de las fortificaciones defensivas a lo largo de su frontera común…”

Otras circunstancias turbadoras coinciden en la novela:

“El tiempo era anormal para la estación. (…) los boletines meteorológicos mencionaban ‘el 11 de septiembre más caluroso desde 1885’ … ‘la tempestad atlántica más violenta de. los últimos veintisiete años’…”

“Se trataba de un virus vuelto loco por la invención de nuevos antibióticos y los esfuerzos necesarios para combatirlo generaban nuevas variedades invulnerables…”

En la novela, los representantes de La Confederación Libre -como designa irónicamente a la URSS-, juegan un papel ridículo de propaganda y desinformación en el París de principios de los años cincuenta, especialmente el protagonista Fedia Nikitin. Se celebra el 14 de julio, con los bailes en las plazas y constantes alusiones a la Bastilla, a los Borbones, a la comparación con el 1 de mayo, París es una fiesta.

Esta novela es un mosaico de la historia europea, incluido el genocidio de los armenios, pues Koestler conocía muy bien el Cáucaso y Armenia, donde había viajado invitado por el Komintern. Fedia Nikitin, nacido en Bakú, desciende de un abuelo armenio y es salvado por los rusos durante la guerra civil que siguió a la revolución de octubre.

Irónicamente, dice un personaje, los descendientes de quienes tomaron la Bastilla, los burgueses, “la honesta clase media”, escribe odas a la Cheka y se manifiesta “por La paz y el progreso”. Alude, en el capítulo El sabbat de los brujos, aun tal Lord Edwards, un aristócrata de izquierda, físico, militante por la paz, que no deja de recordar a Bertrand Russell. Aparece también una Mademoiselle Tissier, autora de La Confederación de los Pueblos Libres, libro elogioso de la (URSS), tras su viaje organizado por los ‘servicios’. Toda la novela es pues como un roman à clé, novela en clave, donde Koestler ajusta cuentas con los antiguos ‘compañeros de viaje’.

Pero el libro no es una oda a la reacción conservadora, sino el relato del desencanto, del anhelo. “Mi generación se tragaba Marx como quien traga caramelos de menta, para luchar contra la náusea”, dice uno de los desencantados, antiguo combatiente francés con los republicanos españoles en Teruel. Se habla de Jung y de la “canonización de Sigmund Freud”. El libro está trufado de referencias irónicas a lo políticamente correcto y a la inocencia (naïveté) de los progresistas europeos.

Los capítulos van alternando entre la vida de una joven norteamericana inquieta, Heydie, y la de Nikitin, educado en Moscú para integrar el ‘servicio’. Describe muy bien esos años de la revolución soviética, los usos y costumbres, cómo le van adiestrando. Su encuentro con Heydie es un constante diálogo entre ironía y atracción.

“-¡Ah, sí, la atmósfera! La atmósfera de la pobreza, la atmósfera de los simplones, de los pequeño-burgueses. Usted pertenece a la alta burguesía y le divierte jugar a Harun- al-Raschid, usted va al bistrot como los turistas van a China “- le espeta Nikitin a Heydie, en uno de sus encuentros en los que hay referencias a la cultura, a la política, a la revolución.

Los capítulos sobre el escenario de París son muy evocadores de esa ciudad que tanto ha cambiado, de ser aquel núcleo de cultura y arte, a ser hoy un mero parque temático. Al final Heydie y Nikitin son amantes, revelando todas las contradicciones y paradojas de la vida de un ‘agente’.

¿Crees que todo un continente puede de alguna manera perder su voluntad de vivir?”, pregunta otro personaje, pensando en esa Europa decadente.

En el capítulo Los ángeles caídos menciona la aniquilación de los viejos bolcheviques por Stalin, ese tema que a Koestler y a muchos comunistas les perturbaría y amargaría toda la vida.

El libro se termina con un epílogo de excusa sobre ese libro ‘apócrifo’, y por las ideas trasnochadas que, dice, responden a la ley de Boeckstein sobre la inercia de la imaginación: “el pensamiento resiste a toda extrapolación lógica hacia el porvenir, de las penosas tendencias del presente”.

Como explicó Koestler, “cuando escribo estas líneas otro Estado lapin (conejo) se va a hacer destripar por buitres con aspecto de palomas”.

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