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‘El Murciélago’, probo funcionario

Era el primero que llegaba y el último que se iba. Con tesón inusitado, con su traje casi negro, siempre el mismo (¿o eran todos parecidos?), gris oscuro con una leve raya gris clara, una corbata indefinible, camisa blanca. Labios finos, herméticos, de los que no sueltan prenda. Gafas de montura metálica, fría.

Pese a su edad -ya había sido empleado de la censura franquista, censor, en sus años mozos de técnico administrativo- se movía con agilidad, espigado, algo cargado de espalda, pero quizás de propósito para mostrar más gravedad. Se sabía que era aficionado a la vela, lo que le mantenía en forma.

Hablaba inglés con acento, pero correctamente, lo que le hacía imprescindible para sus superiores que, como todos los ministros hispanos, no hablaban ninguna lengua conocida, y menos si venían, por ejemplo, de las Baleares.

Era el funcionario imprescindible, insoslayable, inevitable y ubicuo. Hacía alarde de una austeridad casi malsana, rigorista -recordaba a un calvinista de película, asexuado, inasequible al desaliento y a la tentación, fuera ésta sexual, gastronómica o alcohólica-, maniobraba con suavidad a los superiores y se salía siempre con la suya. Su único interés era el trabajo, el despacho de asuntos, era una especie de Felipe II en sus hábitos negros, su covachuela y su detallismo.

Mi admiración se centraba en cómo manejaba las carpetas, los expedientes, hojeándolos con parsimonia pero sin perder el tiempo, con una mezcla de sabiduría e intuición a la caza del papel imprescindible, relevante, que siempre terminaba por descubrir. También, con su voz inalterable, como tranquilizadora, ejercía como un arzobispo seglar sobre todos.

Era, cómo no, un hombre a un móvil pegado, jamás desperdiciaba un minuto, fuera en el tren que le llevaba al aeropuerto, a todos esos aeropuertos por donde siempre estaba, infatigable viajero de inspección a sus delegados. Cuando algún subordinado despachaba con él, siempre era de forma intermitente pues El Murciélago (no Batman) tenía que atender muchas otras llamadas que eran naturalmente más importantes. Eso hacía al subordinado sentirse mucho más subordinado: permanecía callado al otro lado de la mesa, sentado en el ‘confidente’ (así se llaman ese par de asientos del otro lado de la mesa). Si viajaba con algún subordinado, el móvil era lo único importante. Como mucho, le preguntaría al subordinado de turno por dónde estaba la salida o dónde se esperaba el tren de cercanías (nunca un taxi, había que ahorrar dinero al erario público, la austeridad por encima de todo, para dar ejemplo de integridad). Los únicos gastos que se le vieron hacer era comprar figuritas del cristal austríaco Swarovski, que coleccionaba, su única debilidad conocida.

Pero no se crea que era un solitario: tenía sus seguidores incondicionales, lo que podríamos llamar sus acólitos, de su misma generación y pasado (servicio de censura, cultura en tiempos de Franco) pero reciclados.

Le llamo ‘El Murciélago‘ porque no llegaba a la altura del vampiro, aunque vampirizaba, ni llegó a las altas cumbres de la administración. Revoloteaba en torno a los que mandaban, fueran Subsecretarios, Secretarios de Estado y no digamos Ministros, siempre subyugado y deslumbrado por el poder. Pero eso contrastaba con su mutismo porque sus ideas políticas eran desconocidas, era impenetrable, no se supo nunca de qué lado estaba. El perfecto funcionario.

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