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El peligro de no comprender a Putin

En la medida que el pueblo cumpla la Ley, es decir, los términos del pacto, tendrá la protección de Dios: en la medida en que deje de cumplirlos, Dios le retirará la protección y le hará objeto de justo y terrible castigo.

El reino de Dios, arquetipo político

Manuel García-Pelayo

No comprendemos a Putin porque él se mueve en otro siglo, otros valores, otra mentalidad. Cierto que usa armas de destrucción y masacre modernas, pero su lenguaje es antiguo. Es el siglo XX contra el siglo XXI, o incluso el siglo XVIII o XIX contra el tercer milenio. Putin tiene un concepto del poder de pre-Ilustración. Ni Voltaire ni Rousseau, ni mucho menos Marx están presentes. Y su guerra no es la de Von Clausewitz. Se comporta como un zar antiguo, peor que Alejandro II. Y su guerra y su venganza está mejor descrita en la Biblia que en cualquier manual militar del siglo XV en adelante. No es casual que la Iglesia Ortodoxa Rusa le apoye, pues tiene también una mentalidad medieval. Pero casi habría que decir que la guerra de Putin no es ni siquiera medieval.

Las apariencias sobre Rusia engañan. Rusia tiene una sociedad de consumidores, un aspecto de economía de mercado bajo la tutela y control de los oligarcas, pero no tiene una sociedad de ciudadanos. Sin Parlamento digno de tal nombre, ni electores libres, ni partidos: simplemente súbditos a los que se les deja consumir mercancías como reclamo.

No hay sociedad civil salvo unos embriones, que son los que valientemente se manifiestan contra la guerra, pero la generalidad del pueblo ruso no tiene ni información fidedigna ni posibilidad de influir. Además, hay un desconocimiento casi total de lo que está perpetrando su ejército en Ucrania. Loin des yeux, loin du coeur.

No esperemos, por tanto, reacción popular, ni golpe palaciego, ni desertores ni objetores.

Ni el mundo cultural, salvo honrosas excepciones, ni la Iglesia Ortodoxa Rusa, han dicho nada. Y el Papa lo más que puede implorar son corredores humanitarios para limitar la masacre general. Y António Guterres, lamentarse, que es lo que se le da bien, mostrando una impotencia patética.

Las sanciones económicas perjudicarán al pueblo ruso principalmente, que se revolverá y generará más resentimiento aún contra lo que llaman Occidente. Y no derribarán nada, como no han derribado al estado iraní, ni a Cuba, ni a Myanmar ni derrotaron a Franco. Pero quitándoles los MacDonalds o Instagram no vamos a doblegar a Putin ni a todos sus seguidores, que son muchos, que son la gran mayoría de los rusos.

La personalidad de Putin es muy compleja, es un pequeño agente de policía resentido que añora el imperio ruso; no tenemos el mismo lenguaje. Imagínense si en España gobernase un miembro de la antigua Brigada Político-Social. Y su ejército proviene directamente del ejército soviético de Stalin. Es un ejército de robots con el cerebro lavado desde hace décadas. Putin se ve a sí mismo como el salvador del alma rusa al que unos decadentes y timoratos occidentales quieren una vez más amenazar y humillar.

Para que hubiera una reacción popular de amplitud considerable sería necesario que hubiera una sociedad informada. No basta con que sea letrada, que guste de la ópera, del ballet y de la música clásica y adore a Dostoievski y a Tolstoi. Los rusos no son precisamente ignorantes e incultos, no son ni mucho menos unos salvajes, pero carecen de una trama social, civil, política capaz de enfrentarse al poder de la policía, el ejército, al núcleo del poder de Vladímir Putin. Como mucho hay testimonios de todos esos que se dejan detener, maltratar y golpear por la policía. Han que ser muy valientes. Recuerdo que los que luchábamos contra el franquismo éramos una minoría, una pequeña minoría; los demás, como mucho, miraban, hacían chistes sobre Franco y de ahí no pasaban. La mayoría se acomodó y no movió un dedo.

¿Qué hacer? ¿Dejar que destruya todas las ciudades? ¿Reconocer la independencia de Lugansk y el Donbass? ¿Ceder hasta que llegue a las fronteras de la UE?

Estados Unidos, prepotente, parece querer hablar por Europa, por la Unión Europea que se remueve en un mar de dudas y temores. Pero Biden no entiende para nada a Rusia y eso es un peligro y no llevará a una solución del conflicto, de esta guerra de masacre, tierra quemada y aniquilamiento que está llevando a cabo. Echamos de menos a George Kennan (1904-2005), el gran experto norteamericano en la guerra fría que conocía bien a Rusia y la amaba.

Nadie en la UE quiere morir por Ucrania, y seguramente nadie querrá morir por los Países Bálticos, Polonia o Moldavia. A los muertos ucranianos, como mucho, les haremos un monumento. Los homenajes, las esquelas y funerales se nos dan muy bien.

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