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De la nomenklatura a los oligarcas: la continuidad rusa

Rusia era el país más impensable para una revolución socialista. Del zarismo se pasó a la Revolución de Octubre y a la toma del poder por Lenin y los bolcheviques, con una breve transición fallida tras la deposición del zar en febrero de 1917. Gramsci dijo que la revolución bolchevique, en cierto modo, desmentía a Marx. En efecto, Rusia era un país casi feudal donde la burguesía no había logrado imponerse, como hizo en Inglaterra, Francia o incluso en Alemania.

Lo que siguió también fue el desmentido más absoluto de una dictadura del proletariado. Se desvió hacia una dictadura del partido, y éste a su vez sería suplantado por sus dirigentes burócratas; así se llegó al estalinismo. La nueva clase de los ‘administradores’, la nomenklatura, fue tomando el poder, liquidó a los primeros bolcheviques en los procesos de Moscú de 1937, en la llamada yezhovina (por el gran verdugo, Nikolai Yezhov) y estos administradores se instalaron en el poder hasta la disolución de la URSS.

Tras la glasnost no se consiguió establecer una verdadera democracia burguesa ni una economía de mercado en el sentido de Adam Smith. Las privatizaciones vendieron al mejor postor los recursos industriales y mineros del país. Los descendientes y herederos de la nomenklatura se hicieron con el poder económico y han constituido la actual oligarquía. Occidente no ayudó en nada a la frustrada transición rusa, al contrario, parecía como si hubiera vencido, contentándose con ver pasar el cadáver de su enemigo. De ahí proviene parte del resentimiento ruso contra Occidente (ver https://laplumadelcormoran.me/2022/03/13/humillacion-y-resentimiento-claves-de-las-guerras/).

El poder no ha cambiado de naturaleza en Rusia. Se ha producido una continuidad perfecta, tiene un hilo conductor muy visible. El pueblo ruso, como siempre, ha estado ausente, amordazado, deportado, reprimido y con el cerebro lavado. De ahí, esa frustración, esa vuelta a las ‘raíces nacionales’. Hoy es el euroasianismo la ideología dominante, en la que participan incluso los herederos del nacionalismo más reaccionario, como los nacional-bolcheviques tipo Limónov. La Iglesia también ha aportado su ideología para completar el corsé.

El poder, en Rusia como en la URSS, ha precisado siempre de un enorme aparato represivo y de un gran aparato propagandístico. En los tiempos soviéticos, la terminología marxista sirvió de coartada pero no tenía nada que ver con lo que Marx y Engels pensaron que podía ser una transición al socialismo, aunque se aprovecharon de su terminología. El poder ruso se apoya en el trípode de los antiguos del KGB, de los militares y de los oligarcas, ayudados lateralmente por la Iglesia, como respaldo de ese asiento. La hegemonía de este cuadrúpedo es prácticamente invencible.

Por eso no es de extrañar que el ejército soviético, de obediencia ciega, sea inútil militarmente, pues ha sido formado como pilar del poder, para represión interna. En Afganistán fracasó, en Siria masacró. Sólo haciendo uso de los misiles de larguísimo alcance, de manera cobarde, es capaz de hacer algo, es decir, de matar indiscriminadamente, destruir hospitales, teatros, escuelas, casas. Ni honor militar, ni valentía ni gallardía. Bucha y fosas comunes, esa es su enseña y su huella.

Todo en Rusia sigue una lógica histórica perfecta, coherente. Nunca hubo revolución democrática, burguesa, los pocos pensadores rusos liberales -pienso en Herzen, en Plejánov, marxista, por ejemplo- fueron relegados al olvido. El marxismo fue utilizado como arma propagandística pero la realidad fue la masacre de los marinos comunistas de Kronstadt a manos de los bolcheviques y el Holodomor ucraniano organizado por Stalin, con millones de muertos de hambre. La revolución fue traicionada, dijo Trotski (aunque él apoyó la represión de Kronstadt). Victor Serge, otro trotskista, lo dejó muy claro en sus memorias. Rusia no ha sido ni será una democracia por mucho tiempo porque el espesor propagandístico, el control policial y militar son marmóreos, imposibles de erosionar. Los rusos obedecen, están acostumbrados a siglos de opresión. Y los oligarcas lo sostienen económicamente.

Un libro explica muy bien el origen del poder ruso actual. La Nomenklatura, los privilegiados en la URSS, de Michael Voslensky[1], fue publicado en 1981, en España con prólogo del comunista Fernando Claudín. Ha sido olvidado por la izquierda oficial y nunca reeditado. En él se describen con pormenor todos los entresijos del verdadero poder soviético, que no estaba ni en el proletariado industrial, ni en el pueblo, sino en esos ‘administradores’, antecesores de lo que hoy es el círculo de Putin, sus militares y sus oligarcas.

En este contexto de falta de espíritu crítico, ausente un pensamiento de izquierda de tipo gramsciano, no es de extrañar el desconcierto y desorientación de la izquierda que, con un reflejo pauloviano, siguen defendiendo, justificando o excusando a Putin y, de esa manera, apoyando la masacre en Ucrania. Nunca se ha visto mejor esa doble moral que hoy exhibe en España el Bloque Nacionalista Galego, la CUP, muchos de Podemos y millares de izquierdistas españoles a los que “les cae mal Zelensky”, o “les caen mal los ucranianos”. En Portugal, el Partido Comunista se ha opuesto incluso a que Zelensky hable al Parlamento y no han aprobado la declaración contra la guerra. Para todos estos, la OTAN es tanto o más culpable.

Parte de la izquierda, y la extrema izquierda europea, no están interesadas en pensar sino en mimetizarse con la idealizada herencia soviética, salvadora de los pueblos. Lo que, en cierto modo, se extiende también a la izquierda socialdemócrata, muy pusilánime en este caso, más preocupada con el precio de la energía y la inflación -que le pueden hacer perder las elecciones- que con Ucrania, sin darse cuenta que Ucrania es nuestro rompeolas de libertad. El egoísmo consumista de los europeos es paradigmático: la gasolina y la electricidad a precios confortables son más importantes que Mariúpol.

Como mucho, les mandamos unas cuantas armas y bloqueamos los yates y cuentas de unos ricachos que han hecho negocios muy discutibles, tolerados y aplaudidos en la UE. Ni siquiera hubiera sido necesario aplicarles sanciones, bastaba utilizar la legislación fiscal vigente. Además, ningún régimen ha caído nunca por sanciones económicas, ni el franquista, ni el castrista, ni la junta birmana.


[1] Michael Voslensky nació junto al Mar Negro, en Berdyansk, Ucrania, en 1920, fue dirigente del PCUS y formó parte de esa nomenklatura. Asqueado y decepcionado, pasó a Alemania, donde falleció, en Bonn, en 1997.

2 Comentarios »

  1. Me encantó el texto. Que pena que la izquierda vea en Putin un vínculo con el fantasma de la revolución más falsa de la historia. Estoy de acuerdo hay una continuidad en la vida rusa desde el siglo xvi hasta el presente.

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