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El honor perdido de los militares rusos

La invención de la pólvora contribuyó a debilitar físicamente a los soldados, porque ya no necesitaban llevar una pesada armadura ni tener la fuerza física de un legionario romano, quitando a la guerra la necesidad de soldados que fueran individuos fuertes, diestros en el manejo de las armas; así lo reconoce Giacomo Leopardi en uno de sus ensayos (Zibaldone di pensieri) citando a Montesquieu.

Hoy, sin necesidad de enfrentarse cara a cara, los misiles ultrasónicos han quitado totalmente la necesidad de soldados valerosos. Por eso el ejército ruso puede utilizar hoy la morralla social, el lumpenproletariado inculto, la bestial, dispuesto a asesinar, a violar y a robar, y también a ser carne de cañón. Es para lo que sirven las masas de soldados, como nos ha demostrado ese soldado ruso, con inexpresivos ojos de ignorante, que ha sido condenado a cadena perpetua en Ucrania por asesinar a sangre fría a un anciano porque le apetecía. Su estólido rostro es el ejemplo de la banalidad del mal: imperturbable el ademán.

El ejército ruso, de siempre acostumbrado al uso masivo de artillería, conservó cierta honra, incluso en la Segunda guerra mundial, a pesar de los desmanes de la soldadesca con las mujeres alemanas en 1945. Pero ese ejército dejó hace mucho de ser el de Guerra y paz, hace mucho que los Kutuzov y los príncipes como Andrei Bolkonsky no existen. No deja de ser paradójico, casi una ironía de la historia, que Rusia haya dado los mayores ejemplos de escritores que describen héroes modernos, como Pushkin, Lermóntov, o el mismo Tolstoi.

Hoy podemos decir que el ejército ruso no es ya ni la sombra de lo que fue, como lo está demostrando en Ucrania, como lo ha demostrado en Siria y como lo hace en Mali, donde los mercenarios de Wagner asesinan en masa a los africanos en las aldeas que toman, sin distinguir entre yihadistas y población civil. La masa del ejército ruso ya no es necesaria sino para aterrorizar mujeres, viejos, niños.

La guerra se puede ganar hoy a miles de kilómetros de distancia o arrojando, como hicieron en Hiroshima, un ‘little boy’, como llamaban siniestramente a la Bomba. Antes, en marzo de 1945, 334 aviones norteamericanos bombardearon Tokio matando y quemando a cien mil personas (lo contó el recientemente fallecido Saotome Katsumoto). Nada nuevo, pues así como los alemanes arrasaron Coventry, así Churchill ordenó la incineración de Hamburgo y el allanamiento asesino de Dresde. Lean, si no, De la destrucción, de W. G. Sebald, para tener datos de la masacre de población civil perpetrada por la aviación aliada en muchas ciudades alemanas.

Por supuesto, el honor militar ha sido abolido y si Alfred de Vigny volviera a la tierra tiraría su Servitude et grandeur militaires a la basura. Probablemente haría lo mismo Ernst Jünger, que conservó, como oficial de la Wehrmacht, y como los Von Stauffenberg, por ejemplo, un sentido del honor del que no parece haber ni rastro en el ejército ruso.

En el primer cuarto del siglo XXI la historia se repite. La diferencia es que Ucrania no le había hecho nada a Rusia, como sí hicieron Japón y Alemania atacando otros países.

El daño que está causando Putin y sus adláteres al pueblo ruso, ensuciando su historia y prestigio, es incalculable e interminable. Tendrán que pasar muchos años para que logren ser perdonados, aceptados en la comunidad internacional. Tardaremos muchos años en olvidar a las masas enfervorizadas de rusos, millares de jóvenes, como en Krasnodar, alzando su bandera y apoyando con entusiasmo la masacre de ucranianos.

Pero Putin es solamente la herramienta, hay algo detrás, es un sistema, una forma de pensar. No son sólo el eurasianismo y el nacionalismo rusos, que son los armatostes ideológicos que sostienen esta guerra, pues detrás hay todo un sistema que ha tomado lo peor del capitalismo y lo peor del comunismo (el estalinismo) y ha configurado una forma de ver el mundo, las relaciones entre pueblos y naciones en la que nadie podremos estar seguros. Es parecido a la mentalidad rabiosa y perturbada del pistolero de Uvalde (Texas) pero a nivel de Estado.

Nos queda la esperanza de que, como la guerra ruso japonesa precipitó la revolución de 1905 y la Primera guerra mundial la caída del zarismo, ésta precipite un cambio a medio plazo. Pero vista la alienación de la inmensa mayoría de los rusos, habrá que esperar y, dado el talante de la sociedad rusa actual, el sustituto de Putin puede ser aún peor, porque el ejército es el reflejo de la sociedad de la que emana. No es él el único enfermo, sino la inmensa mayoría del pueblo ruso.

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