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‘Jacob’, de Bernard Lecache, del yiddish al francés

El espíritu de cada generación depende de la ecuación que esos dos ingredientes [lo aprendido y la sensibilidad espontánea, personal] formen, de la actitud que ante cada uno de ellos adopte la mayoría de sus individuos. ¿Se entregará a lo recibido, desoyendo las íntimas voces de lo espontáneo? ¿Será fiel a éstas e indócil a la autoridad del pasado?

Ortega y Gasset (El tema de nuestro tiempo, 1923)

Por las bancas de los alfarrabistas de Lisboa he encontrado una pieza única, tan olvidada como su autor: Jacob, una novela de Bernard Lecache con tintes claramente autobiográficos, que fue publicada por Gallimard en 1925. Es un libro que ilustra a la perfección ese pensamiento de Ortega que encabeza esta reseña, y es contemporáneo, como si Lacache hubiera leído el ensayo de Ortega.

Bernard Lecache

Bernard Lecache, judío de origen ucraniano, nació en París al final del siglo XIX y encarnó -como les gustaba decir a los fascistas- todo lo malo que se podría encarnar: judío, de origen extranjero, comunista y luego masón. Fue, en efecto, uno de los fundadores del PCF, que hubo de abandonar porque era masón y eso era incompatible. Fundó y dirigió la Liga Anti Pogroms, después transformada en Liga contra el Racismo y el Antisemitismo. Tras intentar alistarse infructuosamente como voluntario ante la invasión de 1940, hubo de refugiarse en Argelia, aunque allí fue internado por las autoridades vichystas. Falleció en 1968.

Su novela Jacob nos cuenta de la vida de esos judíos modestos, pobres, en su mayoría de origen del Este, que encontrarían refugio en el Marais a finales del XIX. Tiene paralelismos con la que nos contaría tiempo después Elias Canetti, con esa mezcla de culturas y lenguas.

Es una novela muy digna, un bildungsroman muy interesante, bien escrito, con un vocabulario vivo, pero sobre todo es un testimonio de lo que desapareció en Europa tras la devastación nazi. No solamente desaparecieron los shtetls de Polonia, Ucrania y Bielorrusia, sino también la forma de vida callada, humilde y religiosa de muchos judíos de Francia, Italia o Bélgica. La novela no es, sin embargo, una novela, por así decirlo, judía o judaica, sino una narración sobre los jóvenes desde principios del siglo XX hasta la postguerra en Francia, eso que a veces ha evocado Patrick Modiano. Me ha recordado un poco también a la novela perdida Los hijos del ghetto, del inglés Israel Zangwill y a la de Israel Yehoshua Singer, situada en Berlín.

El narrador es el hijo pequeño, Avroum y nos va contando la historia del desgarro entre la tradición judía y la modernidad republicana francesa. Jacob, el hermano mayor, inteligente, excelente estudiante, seguro de sí mismo, va rechazando el pasado, lo que ya se anuncia en las primeras páginas:

“… los hijos no hemos penetrado el alma paterna. Ella hablaba judío y la nuestra, francés”.

La adaptación de los jóvenes de la familia Radansky, contrasta con la personalidad de los padres, “encadenados por las leyes de Moisés, por las tradiciones del ghetto”, cuyas raíces están aún en Kharkov, Simferopol, Odessa, en Crimea -donde la abuela ha muerto en un pogrom-, que hablan en ruso entre ellos cuando no quieren ser entendidos por los hijos.

Jacob estudia medicina, se hace independiente e incluso alquila un piso en la rue Vaugirard, lejos de Barbès y del Marais donde viven los judíos, y adopta el nombre afrancesado de Jacques Radan. Pero su padre lo sigue considerando mejor que él. “Era lo que mi padre no había podido ser, el estudiante, el hombre que pudo aprender y crecer, y mi padre le amaba doblemente, amando a través suyo, la revancha contra su pasado”.

Jacob-Jacques es además un seductor sin muchos escrúpulos que deja embarazada a su prima Macha, a la que han de casar deprisa y corriendo con un tal Naplan, rico fabricante de gorras de Lieja, viejo, un ser maloliente, húmedo, “al que había que hacerle pantalones de doble fondo porque lo pudría todo”. Pero Jacob no siente remordimiento:  “El corazón es mala esponja, no limpia bien. Mejor un trapo bien seco, que sin olvidar nada, lo borra todo”.

***

La segunda parte de la novela transcurre tras la Primera guerra mundial. De los landós y la ‘imperiales’ tiradas por caballerías se ha pasado a los automóviles y volantes. Jacob, Jacques Radan, asciende en los negocios, automóviles de lujo, aviones, petróleo. Rosa vive desde hace años con un gran negociante holandés, repudiada por su anciano padre, Mendel Radansky, viejo sastre fiel a la tradición.

Fiel a su hermano, actúa para desarticular a la competencia de otra gran empresa seduciendo a la mujer del dueño. Por otro lado, su hermano Simón, mutilado de guerra se une a los comunistas, lo que desencadenará una campaña antisemita que salpica al hermano capitalista. Los ecos del asunto Dreyfus no se han apagado y se acusa a estos judíos, naturalizados franceses, de ser los hombres de Moscú. Los dos hermanos se enfrentarán, Simón le espeta:

“Te dan vergüenza el pequeño sastre que cose barato, la mujer que friega, zurce y lava. Son débiles. Si fueran ricos…”

En conclusión, un relato con unas descripciones perfectas de la familia tradicional, de los negocios, la prensa (el capítulo XXX), del Marais pobre y oscuro (XXIX), del Rastignac en que se va convirtiéndo el ambicioso y cínico Jacob, de los encuentros amorosos, del ambiente de la época. Novela de costumbres, está en la línea y época de Roger Martin du Gard (la saga de Los Thibault) o de Jules Romains (Los hombres de buena voluntad). Pero con la complejidad de esa asimilación que los hijos llevan a cabo mientras los padres conservan la tradición. Pero al final, el viejo padre, Mendel Radansky, acepta a sus hijos, al capitalista, al comunista, a la hija pródiga, y le dice a Avroum:

“¡Que me olviden, que me desprecien! Los veo reinar. Saludo su Ley.

La lengua hebrea reforzó su voz con las palabras de Job:

-Tú me los diste, tú me los quitaste. ¡Hágase tu voluntad!

Con la cara iluminada, mirándome, tuvo la fuerza de sonreir:

-¡Ve!, me dijo, haz como ellos.”

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