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‘Acta est Fabula’, las memorias del escritor portugués Eugénio Lisboa

¿Es necesario conocer la vida de un autor para leer su obra? Sí rotundo en este caso porque las memorias de Eugénio Lisboa (Lourenço Marques, 1930) son una gran guía personal y cultural, donde él entralaza su historia con la de Mozambique y Portugal.

Los cinco volúmenes de Acta Est Fabula pueden leerse incluso sin orden, al azar, porque siempre hay una frase, una nota sugerente, una referencia a un escritor y su obra, o a un evento que nos hace evocar toda una época. Para mí, en Portugal hay dos memorialistas y diaristas importantes: Miguel Torga y Eugénio Lisboa, totalmente diferentes, que nos hablan de realidades distintas, pero que escriben muy bien y con una sinceridad poco común. Porque estas memorias carecen precisamente de ese narcisismo que encontramos em muchas obras de esta naturaleza, que a veces parecen un escrito para la sociedad de bombos mutuos.

Son el resumen de una densa trayectoria literaria y cultural, un gran y ameno gráfico que nos muestra cómo ha evolucionado Portugal, sus letras, desde finales de los años cuarenta, cuando Eugénio Lisboa recién llegado de Lourenço Marques estudiaba en el Instituto Superior Técnico, cuando se encontraba con otros estudiantes en la Mexicana, ese café lisboeta tan clásico, junto a la Praça Londres, con esos magníficos paneles cerámicos del artista Querubim Lapa).

Eugénio Lisboa ha sido uno de los que rompió esa división entre las artes y las ciencias. Ingeniero siempre activo, nunca dejó las letras, la poesía, su interés por la gran cultura. Quería ser libre, pues “o Estado Novo ofendia seu espiritu de pensar libremente”. “O Estado era estúpido e caseiro. Usava a intensificação de uma emoção egoísta apoiada em armas violentas, mas canhestras (…) sabia promover, naquele povo amarfanhado e sem futuro que se visse, o medo da mudança e o apego ao chiqueiro em que se acomodava” [“el Estado Novo ofendía su espíritu de pensar libremente…el Estado era estúpido y casero. Utilizaba una emoción egoísta que se apoyaba en medios violentos pero burdos; sabía fomentar en aquel pueblo adormecido y sin porvenir, el miedo al cambio y el apego al chiquero en el que se acomodaba”]. Pero incluso en esos años Eugénio conseguía encontrar buenos libros en algunas librerías de Lisboa e incluso de Lourenço Marques, en la Baixa laurentina, como en la Minerva Central. Como él dice, había mucha gente culta, pero “o panorama geral era desolador”. Era el Lourenço Marques de cafés como los Scala o el Nicola, de los teatros de vanguardia, de los tele-clubs donde se podían ver más películas que en Lisboa, de las escapadas a Sudáfrica, del cosmopolitismo. Como me decía una amiga portuguesa de Angola, “tinhamos horizonte”, teníamos horizonte.

Hay evocaciones y retratos de muchos mozambiqueños que fueron la punta del iceberg de una vida cultural que después parece haberse olvidado en los círculos lisboetas, como Maria Lurdes Cortez, como e inefable Rui Knopfli, Reinaldo Ferreira, José Craveirinha y Alberto de Lacerda, entre otros. Pero también de los amigos de trabajo, como Francisco Bomba, trabajadores mozambiqueños, militares, empleados.

Lisboa es sobre todo un ensayista, especializado en José Régio y el grupo de la revista Presença, pero también en la poesía y literatura lusas. Como muchos portugueses divide su vida y sus lealtades entre Africa y Portugal, a lo que une una gran cultura anglosajona, que completó con su estancia de diecisiete años en Londres. También posee una amplia, aguda, cultura francesa -comparto su gusto por Roger Martin du Gard, injustamente “bajo la sombra do Proust”-. Es uno de esos intelectuales portugueses que tanto aire fresco trajeron al país, incluso en las épocas más cerradas del salazarismo, uno de los que hicieron posible que el país no se hundiera en la incultura y el provincianismo. Lisboa nos habla de sus trabajos en Mozambique, su tierra, en Johannesburgo, Estocolmo, Londres, de su primer viaje a París “esa ciudad generadora de ideas”, del servicio militar en Portalegre (Alto Alentejo), de amigos, escritores y poetas no solamente portugueses.

Encomia la prosa clara, a la Stendhal y la suya es precisamente así, limpia, viva, con gracia, usando incluso frases populares, el habla cotidiana, sin pedantería alguna.

Para un lector español es interesante esa parte tan propia de muchos portugueses de su pasado africano, ese vínculo con la tierra donde nacieron y vivieron millares de ellos, otra historia de la no bien contada descolonización (casi una desbandada mal gestionada por el gobierno de Lisboa), la ruptura de millones de vidas (tanto de los que emigraron como de los que se quedaron, indígenas que preferían, premonitoriamente el Estado portugués al desorden y guerras civiles que se avecinaban), fueron generaciones de africanos blancos que fueron menospreciados por los metropolitanos como colonialistas.

La vida en las colonias portuguesas no fue la que cuentan muchos manuales bienpensantes (políticamente correctos y bastante maniqueos). Desde hace poco, muchos escritores portugueses han empezado a contar el drama de los retornados, con objetividad, de esa otra historia que no es saudade sino contar cómo era la vida en Angola o Mozambique, más abierta que en Portugal, con más música, más cultura y más libertad de costumbres que en la metrópoli. Se había hecho bastante por la población indígena, como los Estudios Generales creados por Vega Simão. Recordemos que nunca hubo apartheid, que había mucha mezcla de razas, como el propio escritor sudafricano Laurens van der Post recordaría en sus viajes a Angola. Había diferencias económicas, pero quizás no mayores que las de ahora, cuando estos países llevan más de cuarenta años de independencia y se han convertido el cleptocracias. Eugénio Lisboa evoca la memoria de dos gobernadores generales de Mozambique que se destacaron por su trabajo a favor de los indígenas, como el almirante Sarmento Rodrigues y Baltasar Rebelo de Sousa, padre del actual presidente de la República Portuguesa. Son recuerdos que algunos no quieren ni oír ni reconocer.

Evidentemente, las opiniones de Eugénio Lisboa molestarán a muchos del establishment canónico cultural y político y sobre todo a los que él llama de “la ideología fría”. Se despide Eugénio Lisboa con toda su libertad con estas casi 1900 páginas que nunca cansan. La obra ha terminado, ‘la messe est dite’, Acta est Fabula, nos dice. Hay que agradecerle que nos hable de esos años que corren el riesgo de ser olvidados y, sobre todo, que no han sido debidamente interpretados y analizados, primero por la situación de guerra fría, que impedía todo debate objetivo, y, segundo, porque perdura una especie de sentimiento de culpa en Portugal respecto a la colonización, con una visión demasiado pesimista y negativa de lo que fueron las colonias.

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