Saltar al contenido.

Blasco Ibáñez o ‘la epopeya de los humildes’

Este es un título paradójico pues este gran vividor, que no desdeñaba lujos, era admirado precisamente por los menos favorecidos; Blasco dijo una vez que «la novela no es más que la epopeya de los humildes». Los dos primeros libros que leí de Blasco Ibáñez me los regalaron, en efecto, dos obreros. Mare Nostrum me lo regaló Gonzalo Gozalo Martín, trabajador de Re-Con y dirigente de Comisiones Obreras de Alcobendas, a quien conocí en la cárcel de Carabanchel. La Araña Negra me lo regaló Luis, el fontanero del paseo de Extremadura que había sido carabinero en la guerra y se emocionaba cuando me contaba la caída de Madrid o la manifestación pidiendo la liberación del comunista Thaëlmann, preso por los nazis. Efectivamente, don Vicente era un escritor para el pueblo, cuando el pueblo leía y no solamente veía la televisión.

He leído recientemente otras como Sónnica la cortesana, Cañas y Barro, y releído Los muertos mandan. Blasco Ibáñez acabó la novela de Sónnica en La Malvarrosa, en 1901, una historia del cerco y destrucción de Sagunto por Aníbal.

“Tuve que realizar vastos y monótonos estudios… necesité rehacer mis estudios latinos del bachillerato…para escribirla me inspiré en el poema sobre la segunda guerra púnica del poeta latino Silvio Hálico… algunos de mis personajes secundarios los he sacado de éste, así como determinadas escenas”. A Hannibal -como él lo escribe- lo presenta como un ser obseso por la guerra y la destrucción de Roma, tildándolo de áspero, no interesado ni en las mujeres, como en su encuentro con la amazona Asbyte. Es una novela que algunos, malignamente, compararon a la Salammbô de Flaubert, tratando de acusar de plagio a nuestro escritor, pero no se parece en nada. La descripción del cerco de Sagunto es soberbia, casi diríamos cinematográfica. En el relato también parecen personajes históricos como Publio Cornelio Escipión, el pelirrojo Catón o el dramaturgo Plauto, reducido a la esclavitud trabajando en un horno de pan. Blasco describe incluso los contratos entre romanos, como el dare sponsio, la Ley de los Quirites -derechos de los ciudadanos libres- y los censores (como Apio Claudio). Pero el verdadero protagonista es Sagunto, “le debía esta novela a mi tierra”, y dos personajes griegos, Acteón y Sónnica.

En 1862 se había publicado Salammbô, en la que Flaubert, sin duda mejor documentado que Blasco, ofrece la imagen que dio Roma de Cartago y los cartagineses, sobre los que planea el espectro legendario de Dido.

Otra novela muy conocida como Cañas y barro nos presenta ese personaje, Sangonera, el vago redomado que vive de nada en las huertas y canales de la Albufera. Tiene toda una filosofía de vida, un elogio de la pereza que hasta superaría las teorías de Paul Lafargue.

En Los muertos mandan, cuya lectura recomendaría a todos los herederos de familias de postín venidas a menos, se explaya sobre la decadencia familiar de Jaime Febrer, las contradicciones entre el viejo feudalismo, el naciente capitalismo, representado por el chueta Valls, y la vida campesina de Ibiza hace más de cien años están perfectamente descritos. Me imagino que sentarían bastante mal en la Mallorca de la época.

Hubiera sido interesante que Marx hubiera leído a Blasco Ibáñez; nos gustaría leer sus impresiones, como las que dejó sobre Les Mystères de Paris, de Eugène Sue (en ese peculiar libro de Marx que es La Sagrada Familia[1]). Las novelas del valenciano son referencias históricas, están empapadas del espíritu de la época y podemos seguir la evolución de la sociedad española de su tiempo. En Cañas y barro, está el trasfondo de la guerra de Cuba, “donde Tonet reconocía que había matado tantos negros”, o los colonos levantinos en Argelia. La Horda es un cuadro del Madrid miserable de truhanes, ropavejeros, de los marginados, que considero incluso superior a La Busca, de Pío Baroja, aunque sea mucho menos conocido. Toda España y gran parte del mundo desfilan en sus páginas. Como Baroja y Azorín, fue además un excelente paisajista.

Una cierta élite literaria española siempre tuvo cierto menosprecio por este escritor naturalista, pletórico, tan prolífico como difundido, leído, traducido y, por tanto, tan bien remunerado. Amar la vida, no ser un cenizo ni un cariacontecido suele ser visto por la intelectualidad como algo vulgar. Francisco Umbral lo apreciaba, aunque «los entusiasmos de entonces (por Blasco) se me han desfallecido hoy…» y, feroz, como a menudo era Umbral, dice que su cosmopolitismo «es de paleto valenciano». Y la riqueza en un escritor que la gana con sus derechos de autor, se suele ver como un cierto baldón más que como un mérito: “será un escritor popular”, o “un escritor para porteras”, como decían, en plan clasista, de algunos novelistas franceses como Ohnet, Ponson du Terrail y, más tarde, Pierre Benoit. En España Fernández y González fue también despreciado.  Vender muchos libros sienta muy mal a los concurrentes. Algo parecido a lo que sucede hoy con escritores de gran calidad y muchas ventas, como Arturo Pérez-Reverte.

La gran difusión de los libros populares siempre ha suscitado la curiosidad y a veces la envidia de los escritores llamados serios. Antonio Gramsci le dedicó muchas reflexiones en sus Nipoti del padre Bresciani. Entonces se trataba de Dumas o Eugène Sue, de Victor Hugo o también de Jules Verne. Decía Gramsci que una obra era tanto más popular cuanto su contenido moral, cultural, sentimental encajaba con la moralidad, cultura y sentimientos nacionales, lo que además nunca es estático sino que va cambiando.

Don Visént, como le llamaban en Valencia, fue siempre un republicano federal, un irredento, sufrió cárcel y exilio y el ostracismo por parte de muchos intelectuales, unos de izquierda, otros del franquismo (Eugenio D’Ors hablaba de sus escritos como ‘fullerías’). Era todo lo contrario a las capillitas, a esas sacristías que abundan en el mundo de las artes y las letras.

Precisamente, en una carta al crítico Julio Cejador decía:

“Así se conoce la vida (con la acción, la aventura, los viajes, la vida de soldado), creo yo, mejor que pasando la existencia en los cafés, viéndolo todo a través de los libros ajenos o de las conversaciones, reuniéndose siempre los mismos interlocutores, momificando el pensamiento con idénticas afirmaciones, nutriéndose de los propios jugos, sin ver otros horizontes, sin moverse de la orilla junto a la cual se desliza la corriente de la humanidad activa”.

Admirador de Balzac, Hugo y Zola, gran francófilo, Vicente Blasco Ibáñez era un defensor de la grandeza histórica de España, lo que hoy no está en absoluto de moda. Otro motivo de la deserción de los lectores es que cultivamos un horror al tipismo y la intelectualidad tiene alergia a las cosas ‘españolas’; así, Sangre y arena queda excolmulgada para siempre por muchos bienpensantes. Como buen espíritu libre, no encajaba en los moldes y era políticamente incorrecto.

Otro aspecto importante es que Vicente Blasco Ibáñez fue nuestro escritor más viajero, uno de los pioneros de esta categoría de escritores, con una cultura suficiente para respetar las gentes que veía, los ambientes, lejos de esa especie de distancia altiva y superioridad irónica de otros viajeros contemporáneos ingleses o franceses. Sus viajes a los Balcanes, a Turquía y China está reflejados de manera excepcional en su obra, además de la famosa Vuelta al mundo de un novelista sigue sin tener parangón en las letras españolas.

Ya sé que se escribe hoy de otra forma, que muchas de sus novelas se alargan a veces, como en El fantasma de las alas de oro, por lo que, desde Azorín a Blasco hay muchos escritores arrumbados en el baúl de los recuerdos, meras referencias para los estudiantes de bachillerato. Por cierto, que eran amigos, ambos levantinos, aunque el de Monóvar era lo opuesto a don Vicente en cuanto estilo, la frugalidad frente a la exuberancia, el dibujo a sanguina frente a la paleta rica, densa, de colores intensos.

Pasados tantos años, habiendo cambiado tanto el mundo de hace más de ciento veinte años, dos guerras mundiales, cambios de países, banderas, costumbres, ya no se lee a Blasco Ibáñez como antes, ni en sus obras, ni en la posición del lector. Quizás haya pasado de moda (¿qué es la moda literaria sino una invención de los actores de la vida literaria?) pero qué satisfacción, qué solaz, facilidad, da leer esos cuadros impresionistas, mediterráneos, casi con el óleo aún por secar, de aquel Levante, de la Mallorca o la Costa Azul de antes del turismo de masas y de las urbanizaciones y las torres, de aventuras, amores, andanzas y querellas campesinas y comerciales. Además, y por ello no es casualidad que a los obreros les gustase este escritor pues sus obras reflejan muy bien la división en clases sociales, la lucha eterna entre pobres y ricos, solapada, encubierta y maquillada entonces por creencias y tradiciones ancestrales y hoy por el consumismo hedonista.

Nota: hay una fundación dedicada al escritor https://ateneoblascoibanez.com/libros/


[1] Curiosamente, parece que Blasco Ibáñez se inspiró precisamente en El judío errante, de Eugène Sue, para escribir La araña negra, que consideraba su peor libro.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

La pluma del cormorán

"Dejarlo dicho y nada más"

Historia del ser

“Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro” (Descartes)

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

A %d blogueros les gusta esto: