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José Carlos Llop, territorio poético re-conocido

“Porque soy de letras

sé, que la oculta tentación

del geómetra es la geografía:

trazar las cartas marítimas

sobre una piel desconocida.”

José Carlos Llop

Volver a la poesía de Llop, que iguala las letras con la vida, es como visitar una biblioteca en una casa en el campo largo tiempo cerrada y volver a encontrar esos libros que leímos hace mucho y casi habíamos olvidado. Es como pasar una tarde en un jardín cerrado, fresco, bajo una pérgola tupida con sólo los viejos cipreses de guardianes, solos, oscuros, silenciosos, leyendo un libro polvoriento redescubierto en la casa veraniega.

De José Carlos Llop se ha publicado hace un par de meses Mediterráneos[1], que recopila su poesía de los últimos veinte años, más algunos inéditos. Con su poesía intelectual, evocadora, retornamos a Eliot, a Kavafis, a Durrell, de Jünger a Chatwin, a las antiguas ciudades casi Estado que dictadores destruyeron, islamizaron, como Alejandría, Beirut, sobre todo, pero también Tánger o Estambul, la antigua Constantinopla. Son las ciudades que él prefiere, ciudades portuarias con gaviotas y cafés [Como Lisboa, aunque ésta sea atlántica y los cafés cerca del puerto, populares, hayan sido convertidos en bares de copas para jóvenes turistas branchés y altivos, indiferentes, que sólo prestan atención a sus móviles y a sus laptops, y que han expulsado a los clientes de toda la vida].

Leo estos días a Llop rodeado de árboles, no precisamente mediterráneos, sino de robles, abedules, hayas, castaños, pero también de viejos olivos, naranjos, almeces y moreras. Es en el valle del río Vouga, un río con color de cobre viejo, en el centro de Portugal, en las termas de São Pedro do Sul, donde se bañaron los romanos, el rey Afonso Henriques y hasta la última reina de Portugal, dona Amélia de Orléans, en 1894. Lugar escondido entre los montes, en hondo valle, no lejos de las sierras donde fue explotado el wolframio que vendían tanto a los alemanes como a los ingleses durante la segunda guerra mundial, de cuyo negocio Aquilino Ribeiro dejó una interesante novela.

Esta colección nos trae de nuevo La avenida de la luz, Cuando acaba septiembre y otros, pero además nos regala, como una generosa propina, el largo poema sobre Bordeaux, Burdeos, La vida distinta, o La chanson de Bordeaux, que es como una guía de la ciudad. Empieza, precisamente, citando a quien fue amigo mío, Marc Lambron, y da la casualidad de que tenía programado un viaje a Burdeos para finales de julio, antes de leer este poema de cerca de 360 versos. También dedica a Burdeos, el Poema inacabado, que completa el paisaje urbano y cultural de la ciudad del Garona.

Afortunadamente el placer de su lectura no se agota, pues me faltan por leer muchas poesías de Llop y releerlas siempre da lugar a un nuevo hallazgo, un giro, una frase, una idea. Es una lectura como la “lectura de los clásicos, que siempre son modernos y enseñan lo que no sabes, hablándote de lo que sí” (del poema Mediterránea). La geografía, la historia, los libros que nos dejaron huella y las sensaciones se confunden en los versos de Llop. Pero también la vida cotidiana, las tardes pálidas y la idea del paso del tiempo, la alegría de vivir, y

sin embargo,

la vida continúa en posesión de los colores

más vivos.

Me identifico con él, en su Tríptico de Sa Marina, en esa sensación ante la despedida de un mundo, de un lugar en el que ha estado 33 años y muchas veces ha sido feliz, y tenía 29 años cuando llegó y ahora ya tiene más de sesenta.

Mis afinidades electivas con este poeta son bastantes más : el gusto por lecturas similares, la cultura francesa que se desprende en sus versos, los árboles, el mar. -aunque yo prefiero el Atlántico-. Por eso no puedo ser objetivo al comentar este último libro suyo. Sólo le conozco a través de sus versos que, por el azar de las librerías fui encontrando y leyendo en esas ediciones magníficas de Lumen. Quizá la única afinidad más física, no cultural, sea que él ha escrito un libro, inédito hasta ahora, El árbol de los cormoranes. Le interesan como a mí esas aves marinas que aparecen de vez en cuando en sus versos, pero ahí se detiene, en la cabecera de este libro de bitácora (que impropiamente llamamos blog) todo posible paralelismo. Y aún no he leído el poema de Brodsky, Intervención en La Sorbona, que Llop considera uno de los mejores del siglo XX, ni sus versos de Pasaporte diplomático, que un amigo poeta me recomienda como de lo mejor de José Carlos Llop.


[1] Ed. Vandalia, Fundación José Manuel Lara, abril 2022. Lástima que se hayan colado unas cuantas erratas en nombres: rue du Bac, no de Bach; Thurn und Taxis, no Thurnund; Etiopía, no Etopía; falta el cierre del entrecomillado tras la frase de Malaparte sobre Nápoles.

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