Saltar al contenido.

Contra el despotismo de los partidos, confianza cívica.

Así, suele pensarse que el político ideal sería un hombre que, además de ser un gran estadista, fuese una buena persona. Pero ¿es que esto es posible?

Mirabeau o el político

Ortega y Gasset

Condorcet, en 1788, describió todas las formas de despotismo[1]:

  1. El de un cuerpo legislativo que no representa a la nación.
  2. El de las iglesias.
  3. De los financieros.
  4. De los militares.
  5. De los tribunales.

Para el científico y político francés, el despotismo más peligroso era el de los cuerpos privilegiados. Esto es aplicable hoy, además de a los grupos económicos, a los partidos políticos. Estos sólo escuchan a sus afiliados, a sus militantes, quienes, a su vez, sólo siguen las consignas de sus comités ejecutivos, donde no se piensa sino se obedece. Es casi peor que el centralismo democrático, pues en el PCE clandestino discutíamos más. Los partidos son organizaciones opuestas a las que preconizaba Antonio Gramsci como intelectuales orgánicos. Actualmente, la mayoría o todos los partidos con su estructura centralizada de disciplina, no son lugares de debate y pensamiento sino un freno, cuando no una amenaza, de la libertad de ideas y pensamiento. Hay mucha agitación ideológica pero poco -o nulo- debate de ideas, no se rompe la costra de las ideas. Ya el mismo apodo de ‘barones’ para los jefes lo dice todo: señores feudales, con mando. Sus estatutos y estructuras son un estorbo al debate libre. Aunque se me puede rebatir que los partidos son organizaciones de acción y no intelectuales, debería haber un equilibrio y abrir las puertas a los no militantes, al debate libre.

Cuando hay disidentes o “no salen en la foto”, como amenazaba Alfonso Guerra o, hace unos días, son expulsados, como Liz Cheney en Wyoming, una republicana pura que quería que Trump fuera traducido en justicia. En los partidos no hay lugar para la discusión o la independencia de criterio. Autoritarismo puro.

Es cierto que hablan mal de los partidos los populistas de derecha o izquierda, pero eso no impide que deban ser criticados, como toda institución u organización: no pueden ser inmunes. El problema no es sólo que los partidos tradicionales, el PP y el PSOE, sean una máquina meramente electoral y publicitaria – los otros y los populistas también lo son- sino que, además, las instituciones del Estado y no digamos las de las Autonomías están trufadas de militantes partidarios, y no escuchan ni atienden a los ciudadanos. Los partidos, en vez de ser el hilo conductor con los ciudadanos, la ósmosis, se han hecho impermeables, intocables, no hay contacto con el ciudadano de a pie. Hacen de pantalla, más que de comunicación. Por ejemplo:

  • Los ayuntamientos no son asambleas de ciudadanos sino organizaciones de los partidos y grupos de influencia donde una cadena comercial o una empresa constructora tiene más influencia que los vecinos. Éstas son las que deciden dónde se hacen las rotondas, la extensión de los parques y jardines, si es que existen, los que marcan la estética -o, más bien, la fealdad- de los pueblos y ciudades.
  • De las Diputaciones provinciales, ni hablemos. No representan a nadie. Son oficinas que no resuelven casi nada. Superfluas, prescindibles.
  • Las Cortes son un conglomerado de grupos ideológicos con un interés limitado, cuando existe, por la suerte de los ciudadanos. No hay independencia de los diputados: tienen que aplaudir y apretar el botón, sin salirse del guión ni la consigna. Eso, sin hablar del adorno inútil y costoso del Senado.

La voluntad ciudadana ha sido usurpada por los partidos, no tenemos voz y voto sólo el cuatrienal. Estamos excluidos. Sería tiempo de volver a leer a Sieyès, ¿Qué es el tercer estado? porque somos, de hecho, el tercero o cuarto estado, o último estado, o ninguno.

En cierto modo, los partidos son impostores. Y los políticos, más que hombres de Estado, políticos en el sentido más egregio, son lo que llaman los franceses politiciens, peyorativamente llamado en español, politicastros (que es peor, más insultante). Nosotros, el pueblo o los ciudadanos, percibimos que ellos están más al servicio de sí mismos o de su partido que al servicio de la nación y del Estado. Da la sensación de que los políticos, que barnizan sus discursos con latiguillos manoseados sin aportar nunca nada nuevo, sólo intrigas menudas, sólo van a su interés. Puede que sea injusto pero es lo que percibe una gran parte de la nación. No hay confianza social.

¿Quién de los lectores puede decir que ha sido alguna vez recibido, escuchado, atendido personalmente por un concejal, por un diputado, y no digamos por un alcalde o por un ministro? ¿A quién le ha sido contestada una carta enviada al alcalde o a un ministro que no haya sido con el formato de protocolo, de esas cartas corteses que no dicen nada ni resuelven nada?

Los cargos públicos son atribuidos en virtud de la militancia y pertenencia a un partido más que por el mérito, talento o capacidad de ejecutar. El desprestigio real de la política se debe a que una gran mayoría de sus protagonistas, enzarzados en luchas mezquinas de poder e influencia, no tienen nada que ver con la vida cotidiana de los ciudadanos. Esto es particularmente cierto en los alcaldes, diputados y bastantes ministros, no todos, afortunadamente.

Relegados, olvidados, ignorados, los ciudadanos nos refugiamos así en las redes sociales, en los blogs (como éste, por el mero derecho al pataleo), y muchos, cada vez más, no van a las urnas porque no predomina la Razón, ni siquiera la Voluntad General, sino la Voluntad de los partidos y sus oficinas electorales.

En España, la omnipresente, ubicua oligarquía de los partidos (véase si no cómo se nombra a los miembros del Consejo General del Poder Judicial, al Fiscal General del Estado, al Defensor del Pueblo, etc.), impide una verdadera democracia; aunque haya más garantías, no nos sentimos ni participantes ni representados, ni por los 8000 alcaldes ni por los centenares de diputados nacionales y autonómicos. Es necesario que haya unas garantías legales que permitan a los ciudadanos ejercer su derecho a decidir, más allá del mero depósito de una papeleta en una urna cada cuatro años, que se convierte automáticamente en un cheque en blanco para los partidos.

Contrasta la situación desahogada de la sociedad española, los servicios públicos bastante correctos, las buenas infraestructuras, la solidaridad de sus ciudadanos con las desgracias propias y ajenas, con el miserable y bastante rastrero debate político.

España es más ancha, sólida, generosa, culta y dinámica -esas cinco cosas- que sus políticos, y los españoles mejores que quienes dicen representarlos. Para que tengamos confianza social necesitamos otro tipo de partidos, asociaciones cívicas, móviles, revocables, responsables.


[1] Idées sur de despotisme à l’usage de ceux qui prononcent ce mot sans l’entendre.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

La pluma del cormorán

Una botella a merced de los furores de la mar (Reverdy)

Historia del ser

“Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro” (Descartes)

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

A %d blogueros les gusta esto: