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Tres modelos de entrevistas: las de Ana María Moix, Salvador Pániker y Lillian Ross

Rebuscando entre mis libros, me encuentro con 24 x 24, de Ana María Moix, con Conversaciones en Madrid, de Salvador Pániker, y con las entrevistas realizadas por Lillian Ross. Tres modelos distintos, pero todos sirven para describir no sólo al sujeto entrevistado sino para describir también una época cultural, política, artística. Las buenas entrevistas son pedazos de una vida que a veces dan una mejor idea del personaje que las biografías autorizadas o desautorizadas, pues unas son panegíricas y otras, centones de cotilleos sacados de aquí o allá que ni descubren ni sorprenden.

Ana María Moix (Barcelona 1947-2014), publicó mucho: relatos, poesía y también muchas entrevistas que eran breves y atinadas semblanzas de los personajes y de su entorno. Todas siempre con un rasgo de humor y hasta de impertinencia, de distancia discreta y sin el consabido listado de preguntas y respuestas, sino que los personajes hablan por sí mismos. Son un testimonio magnífico de lo que era la vida cultural, intelectual de una Barcelona que ya no existe, autohundida -que se ha sabordée- desde hace varios años en el nacionalismo más provinciano y cateto.

Ana María era la hermana del escritor Terenci (+2003) y conoció todos los entresijos de aquella ciudad que los madrileños entonces admirábamos, más europea, más italianizante, más abierta a las corrientes de aire fresco.

Sus entrevistas son heterodoxas, por ejemplo, la de Castilla del Pino, en la que intervienen también los estudiantes progres de Barcelona haciéndole preguntas impertinentes. O la de su hermano, o la de Quino, el creador de Mafalda, más semblanzas que entrevistas.

Muy distintas fueron las de Salvador Pániker (Barcelona 1927-2017), de esa gran familia de intelectuales, que nos dejó una fotografía de una España del final de la dictadura franquista en sus Conversaciones en Madrid (1969) y en Cataluña (1966). Sus conversaciones eran más profundas, más de ideas que de ambiente; el entrevistador era interlocutor que estaba opinando ya en la misma forma de preguntar, dirigiendo al personaje a lo que él quería destacar. Sugería un tema y sobre él se explayaban los dos. No estaba nada mal, por ejemplo, hacerle hablar y pronunciarse a Emilio Romero en esos años sobre las Comisiones Obreras.

También añadía el contexto, la voz afónica del entrevistado, el problema del micrófono, su aspecto, el lugar. Todas son para releer porque muestran una sociedad de hace cincuenta años de una manera muy vívida.

Lillian Ross (Nueva York, 1918-2017) fue una escritora y periodista, gran testigo de su tiempo, que retrató a fondo y con habilidad a políticos, actores, cineastas… y hasta a chavales de Nueva York. Era una de las columnas (y columnistas) de The New Yorker y sus libros son estudiados en las escuelas de periodismo. Reporting back: notes on journalism, es uno de los básicos. Se especializó, sin dejar su gran angular para otros temas, en actores, teatro y cine, pero también el mundo de la moda o los políticos (como sus entrevistas con Kennedy).  Con su conocimiento del tema iba construyendo una historia, como ella decía, a través de la entrevista o entrevistas (a veces, varias) que luego eran integradas en un largo artículo del New Yorker. De algunos entrevistados se hizo amiga, tan profundamente había estudiado al personaje y su entorno familiar, afectivo, cultural, sus gustos y costumbres.

Algunas de sus entrevistas o realmente reportajes, son antológicos, como el de Coppola y Kurosawa o el de los Redgrave y Harold Pinter.

Las de Moix tenían una gracia especial, las de Ross, mucha información, las de Pániker eran concienzudas, incluso las más breves. En las entrevistas de Moix y Ross los detalles cuentan -la vestimenta, el despacho, las bebidas, la estación del año, que Quino no hubiera traído ropa suficiente en el equipaje- y a veces el entrevistador se cuela también en el escenario dando ese toque íntimo, como cotidiano, al encuentro con el personaje, bajándolo del pedestal y acercándolo al lector. En eso Ana María Moix fue maestra. Había humor, como en las de Ross, quien consideraba que hacer reír al lector era ya un triunfo del reportero.

Estos tres entrevistadores nos presentaban al personaje, a veces sólo en un par de páginas, sin rodeos, sin retóricas. Los tres escritores poseían un acervo cultural realmente sólido, sabían con quién hablaban y de que había que hablar. De ahí sus referencias, sus temas, sus análisis que se perfilan bajo las palabras de los conversadores. Además, leídos veinte o treinta años después son un diagnóstico de la sociedad de entonces, nos devuelven también ese tiempo ya pasado, personas que ya se fueron. Sus bien trabadas conversaciones, encuentros, son piezas del mosaico de la pequeña historia de un país. ¿Quién recuerda, si no, al dibujante y humorista Cesc, a Cirici Pellicer, a Aranguren, al Marqués de la Deleitosa o a Mercedes Salisachs, al director de La Vanguardia Javier de Echarri, por ejemplo?

Destaco aquí sólo estos tres aunque hay muchos otros ejemplos de entrevista, como las de Francisco Umbral, los Lunch with the FT (Financial Times), las de La Contra de La Vanguardia, las de Lorenzo Gomis, fundador de El Ciervo y, las de Joaquín Soler Serrano, con sus Conversaciones con Josep Pla, todo un libro. No es casual que los catalanes hayan tenido a los mejores entrevistadores, biógrafos y también memorialistas, así como que haya buenos epistolarios (Joan Sales-Marius Torres), porque esas cuatro formas de contar pertenecen, en cierto modo, a la misma familia (Pla, Segarra, Villalonga, Ferrán Soldevila y tantos otros). El lector añadirá muchos nombres que olvido o desconozco.

Las entrevistas son un arte, siempre fueron uno de los puntales de un buen periódico, de un buen programa de radio o televisión; no son baratas ni fáciles. Algunos escritores, actores o artistas sólo acceden a ser entrevistados por un determinado medio, por uno que tenga relevancia. Todos aceptarán ser entrevistados por el Financial Times o Le Monde, pero no tantos por un periódico de provincias.

Pero eso no es óbice para que un medio modesto pueda publicar entrevistas memorables, sea por el personaje, sea por el momento, el ambiente o la circunstancia. A menudo, un escritor o un artista de provincias, un tractorista o un agricultor ante la sequía dirán más verdades que el consagrado y, por supuesto, que el político que se debe a la consigna. Éstos se atendrán a un guión la mayoría de las veces, a su ‘imagen’, pues ya están en el ‘parnaso’ o se deben a una línea política, a un tono que no ofenda a editores, colegas o políticos del día. El consagrado pocas veces será muy sincero y al entrevistador le será difícil, casi imposible, sacarle del cuévano en que se ha encajado y de su langue de bois, de la muletilla o la frase hecha. No se quitan el antifaz.

Y, por fin, hay que lamentar un problema de las entrevistas: se pierden en el tumulto de los diarios viejos, arrumbados, y ha de ser el editor curioso y osado quien las extraiga del olvido publicando un pequeño recuento de ellas, con las que podamos recordar al entrevistador y al entrevistado. A menudo, una recopilación de entrevistas es mejor que una novela o un libro de historia. Es cultura, es historia. Ana María Moix, Lillian Ross, Salvador Pániker, nos enseñan todavía mucho.

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