La paradoja de Rusia, que tendrá su catarsis

Cuando se entierra una época

No se canta el salmo de los muertos

Anna Ajmátova

Así como Franco fue el muro contra la modernidad y la libertad, y paradójicamente el franquismo modernizó España, es posible que el desastre en que se está metiendo Rusia termine bien para ella, tras una dolorosa operación.

Los rusos, adormecidos por decenios, si no por siglos, de tiranía, de zarismo, estalinismo, oligarcas y capitalismo salvaje, quizás despertarán al bajar por esta espiral de Putin hacia el Infierno. Allí encontrarán la sala de los violentos corruptos, la de los defraudadores, la de los asesinos de Katyn (donde eliminaron a la élite del ejército polaco), de Bucha y Mariúpol, la de los hipócritas de la Iglesia Ortodoxa, y descenderán a más salas, cada vez más oscuras, horribles, impredecibles.

Pero los rusos, al final, guiados por Anton Chéjov, podrán salir de esa visita siniestra al Infierno aunque tendrán que pasar por el Purgatorio para salir a la superficie y descubrir cómo ha quedado su país: devastado moralmente. Los rusos habrán devastado Ucrania, pero Ucrania los hundirá y, paradójicamente, los sanará.

La Historia tiene estas cosas: el Holocausto ha sido la catarsis de Alemania y de todo su pasado nacionalista prusiano, después continuado con el nazismo. España pasó su catarsis de la guerra civil y hoy, pese a que somos irredentos y difíciles, ya no se nos pasa por la cabeza volver a una guerra (en el siglo XIX tuvimos cuatro, la de Independencia que tuvo bastante de civil, y las tres carlistas. La guerra de Secesión americana fue el inicio de la liberación, larga, dura, difícil, de la población negra.

Los pueblos no aprenden sólo con la historia sino con el desastre. Japón es un ejemplo. Los rusos, hoy alienados, despertarán.

Y ello será como tras la guerra contra Napoleón, con los Decembristas. Alguien surgirá en Rusia que le devuelva el honor perdido. Alguien en la tradición de Chéjov, de Anna Ajmátova, de Ossip y Nadia Mandelstam, alguien levantará el velo, como el dramaturgo lo hizo en la isla penitenciaria de Sajalín o Anna y Nadia en sus versos.

La paradoja de Putin será que su militarismo sanguinario, despiadado hasta con sus soldados, traerá como secuela la destrucción y marginación paulatina de la economía rusa, la desintegración social, el deterioro ambiental, la miseria moral; terminará enterrando el nacionalismo agresor ruso.

Quiero creerlo en honor de tantos rusos que nos han embellecido la vida, nos han enseñado y nos han civilizado, desde Tchaikovski a Stravinski, de Diaghilev a Stanislavski, de Pushkin a Tolstoi, de Andrei Sajárov a Marina Politovskaia, miles de rusos que históricamente han honrado a la Humanidad frente al terror, la dictadura y la guerra.

El patriotismo metafísico ruso

El hombre siempre ha querido encontrarle un sentido a la historia. Filósofos e historiadores han elucubrado sobre el devenir histórico, elaborado teorías sobre sus motivaciones, desde la religiosa, la del homo sapiens, la naturalista del homo faber, la de la decadencia y, finalmente, la ética de los valores y la responsabilidad (Max Scheler).

Hemos querido siempre encontrar un sentido al devenir histórico, un devenir de progreso (o decadencia, como proponía Spengler). Es muy difícil encontrar una razón a la historia, aunque Marx se esforzarse en definir unas ‘leyes’ y Hegel, otras. Ni lucha de clases, ni imperialismo, ni liberación. La razón también nos ha abandonado para explicarnos qué ha sucedido. No sirven Spengler ni Ranke ni Hegel ni Marx.

Todos se esfuerzan en encontrar las causas ideológicas, económicas, geopolíticas, incluso bucean en la psicología de Putin y su entorno exKGB. Pero todo parece inexplicable. No sabemos cómo enfrentarnos eficazmente a esta invasión sin hacer uso de las armas, es decir, sólo a base de teorías, palabras o diplomacia.

Marx consideró la evolución histórica como la lucha de clases para explicar la dinámica del mundo. Más que fijarse en el individuo y en su libre albedrío, puso el acento en la clase social, en la función histórica, mientras Hegel y otros ponían el énfasis en el historicismo metafísico, con el espíritu de una nación, el carácter de un pueblo que incluso, en otros autores eran referidos a la raza y rasgos espirituales, como si un poder misterioso, oculto, guiase los destinos de los pueblos.

Las diversas teorías de la historia no nos sirven para explicar o entender las causas profundas de esta guerra, más allá del afán de Rusia de hacerse con las riquezas de Ucrania o el odio de Putin a Occidente. Pero eso no explica por qué el pueblo ruso está a favor de la guerra: hay alguna causa más profunda, menos evidente. Pero parece que hay más metafísica que materialismo en la interpretación de por qué los rusos apoyan a Putin y la guerra.

¿Los rusos tienen libre albedrío? Parece que secundan mayoritariamente la invasión de Ucrania con las masacres, destrucción, deportaciones, que se siguen. Podríamos aventurar -es decir, suponer, presumir- que la inmensa mayoría de los rusos adolecen de manipulación y de ‘disonancia cognitiva’. Pero no está claro, quizás estén fervorosamente apoyando la guerra, en su inmensa mayoría. Es lo que parece y aparece y sólo una élite ha salido del país o resiste en el interior, una élite urbana de San Petersburgo y Moscú, históricamente separada, distante, de su propio pueblo, que no lo representa, desgraciadamente.

Marx escribió mucho sobre la alienación en el capitalismo, pero el fetichismo del pueblo ruso supera todas las previsiones. No es casualidad que la iglesia ortodoxa rusa, la más reaccionaria, fetichista y medieval del planeta, apoye la invasión, escenificando exactamente aquello que dijo Marx del ‘opio del pueblo’. El pueblo ruso, a pesar de estar al parecer relativamente educado (tasa de alfabetización, enseñanza de la música y la ciencia, etc), está profundamente alienado. ¿O no? Quizá es perfectamente consciente y que anexionar Ucrania forma parte de su espíritu histórico, de su código genético, ese espíritu del pueblo que defendían los filósofos idealistas -y nacionalistas- alemanes de finales del XVIII.

La sociedad civil de Rusia, si es que existe, está plenamente anestesiada por el poder del Estado y de los oligarcas y grandes empresas, nunca ha vivido una verdadera democracia ni ha tenido acceso a una verdadera libertad de expresión, prensa y comunicación. La solidez de Rusia es su estolidez. Un pueblo apático, resignado, es la base, el cimiento sobre el que se asienta la tiranía.

Quizás debamos pensar en otros métodos de interpretación, como la Teoría de los juegos o la teoría de las decisiones interdependientes. Por ahora, no les va demasiado mal, no sufren mucho con las sanciones (¿qué les importa que no haya Mac Donalds o BMWs?) Su economía, según informa The Economist, se está comportando asombrosamente bien: venden más automóviles, no hay escasez. Los rusos piensan que anexionar Ucrania es un buen negocio, que son fuertes frente al detestado Occidente y se ven encarnados en sus héroes como Alexander Nevski, y conservan una especie de patriotismo metafísico sólo que ahora luchando contra Occidente.

Como cualquier inversor, que cualquier capitalista, se pueden estar equivocando en sus decisiones pero como la bancarrota vendrá bastante después les da igual por ahora. Y el que la suya sea una causa perdida y suicida no quiere decir que a corto plazo vayan a cambiar. Ni son sensibles a la moral ni a la razón. Por eso resultan patéticas, casi ridículas, las pías y melifluas llamadas a la paz del Papa o del Secretario General de la ONU.

La guerra en Ucrania probablemente no la gane Putin, pero tampoco la van a ganar los ucranianos, aunque dentro de 20 años sean miembros de la UE, como se les promete (¡magro y lejanísimo consuelo!). El fin de la guerra no se vislumbra, hasta la destrucción total o casi total de los dos.

Hay además algo enfermo, mórbido, algo perverso en Rusia: un pueblo infeliz, triste, machacado históricamente, cuya revancha es machacar a otro pueblo en vez de rebelarse.

El lavado o pintura verde de REPSOL

El lavado verde, greenwashing, que intenta REPSOL con su campaña publicitaria Reforestar para garantizar el bienestar del planeta (ver www.fundacionrepsol.com) debería levantar ciertas dudas en la opinión pública acerca de la sinceridad de esta empresa, que sólo en 2022 ya ha protagonizado tres incidentes:

  1. Perú, fuga de petróleo de un barco contratado por REPSOLen la costa al sur de El Callao, en la refinería de La Pampilla, que la empresa atribuye a un “fenómeno natural inesperado”, en enero de 2022, sin que la prensa española haya dicho casi nada al respecto. https://www.ft.com/content/b74987a3-bda4-4d8c-a134-1307ce32e70e
  • Emisión de fuego y gas quemado en el Mar del Norte, lo que Noruega ha prohibido, pero REPSOL sigue haciendo en aguas británicas. La empresa ha comunicado que redujo esta quema en un 34% desde 2010 a 2018 y que se propone reducir otro 10%. Por cierto, REPSOL está asociada en el Mar del Norte a la muy discutible empresa del Estado chino SINOPEC. Ver: https://www.ft.com/content/a20fc5e4-b02b-4e39-a68c-bf48a2c55968

Pero si REPSOL quiere hacer su “lavado verde” puede empezar por algo muy fácil como es limpiar los bordes de su gasolinera en La Carlota, provincia de Córdoba (España), que están llenos de basura, detritus, plásticos y suciedad, acumulados desde años a tenor del olor y podredumbre, a tal punto que da asco dejar el auto estacionado (renunciamos a repostar y fuimos a otra gasolinera).

Pero por el momento parece que REPSOL prefiere la publicidad a la transparencia y a la comunicación real de dónde, cómo y con quién extrae el petróleo y el gas.

João, un taxista de Lisboa (décimo retrato lisboeta)

«Mi padre sólo me dejó las calles para pasear”,

meu pai só me deixou as ruas para passeiar«

El viernes pasado iba yo a A Voz do Operário, en Lisboa, donde se alberga el Samambaia, un agradable local brasileño de copas, tapioca y música; el taxista era de los que hablan. No de política, sino de la vida. Y así, con esas conversaciones pasajeras, descubrimos un poco la vida real de los portugueses, a trozos, por entregas, prestando el oído a personas que hablan sin cansarnos y que no repiten lugares comunes. Un paréntesis para que el lector sepa qué es A Voz do Operário:

[A Voz do Operário, en el barrio de Graça -uno de los menos afectados por el hiperturismo- fue fundada hace siglo y medio como una organización filantrópica. Desde un pequeño ambulatorio donde había un practicante hace tiempo, hasta actividades culturales y de barrio. Hoy está en manos del PCP y dedica las páginas de su mensual del mismo nombre a defender a Putin y atacar a Ucrania”. Ya se les pasará.

A Voz do Operário ocupa un singular edificio, uno de los emblemas del barrio].

Lo interesante de mi recorrido fue la historia del taxista, al que llamaré João. A lo único que es fiel João es al Benfica, afirma rotundo. Si no, no pertenece a ningún partido y no le gusta ninguno. Hizo la tropa, el servicio militar, en septiembre de 1974, después del 25 de abril, “para defender la libertad, y ahora es esto”. “Ya no hay respeto”, concluye.

Es del mismo barrio de Graça y su abuela, mozambiqueña, era la jefa de las limpiadoras de A Voz do Operário, precisamente. Él empezó a trabajar a los nueve años, y ahora tiene 69. No envidia a nadie, pero se escandaliza por esos que cobran nueve mil euros al mes en algunos bancos sin hacer nada. “No sé de dónde sacan el dinero, pero no suena bien”. La desigualdad social en Portugal es cada día más grande a pesar de un gobierno que responde a las siglas del Partido Socialista.

“Mi padre sólo me dejó las calles para pasear”, “só me deixou as ruas para passeiar”, pero no pasa nada, siempre ha trabajado y el mejor empleo fue el de distribuidor de neumáticos Continental por todo el Alentejo.  Conducía, cargaba y descargaba, él solo, sin más ayuda. El patrón tenía nueve camiones pero a él y otros chóferes sólo les pagaba a destajo, tantos neumáticos distribuidos, tanto dinero. Al final ganaba bastante, 1500 escudos y encima, cada mes, el patrón de daba cinco contos, cinco mil escudos. Pero no cotizaba a la seguridad social, así que no tiene casi pensión y por eso debe seguir trabajando. Además, le gusta mucho conducir, es lo que más le gusta. Pero sobre todo conducir camiones. Él llevaba un Hanomag, un camión que ya no existe y todavía recuerda lo feliz que era por esas hermosas carreteras alentejanas, bordeadas de cipreses y pinos[1], cuando las carreteras eran para viajar viendo el paisaje.

A João hace unos años le quitaron medio pulmón. Es que fumaba paquete y medio, maço e meio., reconoce. “Era como conversar con uno mismo, entre cliente y cliente”. Pero ya no tiene problema, está flaco pero tiene salud. El cáncer no ha vuelto.

“Este país podría ser de los mejores de Europa, del mundo no porque es muy pequeño, pero tenemos de todo, buena comida, buen vino, buen clima, um jardim à beira do mar”, me dice, citando a Camões. “Pero no, no ha podido ser”. João no acusa a nadie, lo da por sobreentendido. La democracia que trajo el 25 de abril no deja de decepcionarle.

Tras seguir por un itinerario raro pero hábil -yo aprendo mucho con los taxistas-, bajando por Almirante Reis y girando a la izquierda en la esquina donde estaba el cine Lys, para subir por calles recoletas hasta la rua Damasceno Monteiro, llega justamente al Largo de Graça -es un excelente conocedor de Lisboa, treinta años en el oficio- y me deja en la calle, en la rua da Voz do Operário, una de las más bonitas de Lisboa. Ha anochecido, relucen los rieles del tranvía a la luz suave, antigua, de las farolas, y al fondo se ve el Mar da Palha. La iglesia monumental de São Vicente da Fora vela en silencio sobre todo el caserío.


[1] Salga el viajero de las trilladas y caras autopistas y recorra el Alentejo por las carreteras antiguas, sin prisas, para apreciar el país.

Una carta de Lisboa a Sevilla tarda seis días, a Barcelona o Madrid, siete

¿De qué se ríen los ministros de Transportes de España y de Infraestructuras de Portugal cuando salen en las fotos de las Cumbres bilaterales o Cimeiras?

Dicen que hay 22 vuelos diarios de Lisboa a Madrid y sin embargo una carta no tarda menos de siete días. Y si es a St. Pere de Ribes, cerca de Sitges, donde escribo a un amigo mío, peor, siete días como poco. Y también dicen que hay 693 vuelos semanales de Lisboa a Barcelona, pero no me lo creo.

Y dentro de España, si tenemos la peregrina ocurrencia de mandar una carta desde un pueblo a Madrid o Barcelona, por ejemplo, desde Orcera, en la Sierra de Segura, otros ocho días mínimo. Pero, claro, para salir del enclave segureño ya tardará la carta varios días en llegar, pongamos, a Albacete, o peor, a Jaén.

Pero el culpable es el usuario, el cliente, que para Correos o para Correios nunca tiene razón. Se nos dirá que para qué escribimos cartas, que eso ya no se estila y además no tienen interés.

Cuando en España Correos dependía del fatídico Ministerio de la Gobernación, las cartas, bajo la disciplina de la autoridad incontestable del franquismo, tardaban mucho menos. Fatídico, pero funcionaba.

La solución es que no hay que escribir, hay que mandar whatsapps como todo el mundo, no hay que saber caligrafía porque eso es reaccionario y cursi, es más, sería mejor no leer ni escribir nada. Así se manda mejor a las masas. Pero, entonces, por favor, supriman Correos y los CTT, que hoy, semiprivatizados sólo sirven para dar cargos a los amiguetes respectivos del partido en el poder (algo así como ADIF, por cierto y además tampoco hay tren entre Madrid y Lisboa).

El juego de máscaras de los belgas, que siguen importando diamantes y acero rusos.

El escritor belga Hugo Claus escribió en 1983 uno de los mejores retratos de la sociedad belga, Le chagrin des Belges[1], contando, por ejemplo, los enredos, giros y escamoteos de tantos belgas cuando la ocupación alemana. Aunque, tras la liberación, naturalmente, todos habían sido resistentes. Pero antes de Claus (Brujas, 1929-Amberes 2008), también el pintor belga James Ensor (1860-1949) había retratado esa sociedad de máscaras en sus cuadros. Esas máscaras las vivió mi familia, pues mi abuelo, capitán de Estado Mayor, fue hecho prisionero por los alemanes y cuando volvió cinco años después, liberado por las tropas soviéticas del campo -Offlag- de Prenzlau, se encontró con que, al parecer, todos habían sido unos héroes de la resistencia y él, prisionero cinco años, no.

Pues seguimos igual, porque según el Financial Times (6 de octubre), Bélgica ha aplicado las sanciones a Rusia con la boca pequeña.

Por un lado, ha seguido importando acero ruso para su industria en Walonia, en el sur, pero por otro ha aumentado la importación de diamantes para su industria en Amberes, a través de la empresa exportadora rusa Alrosa. Precisamente en el mes de junio importaron 360 millones de euros. Entre abril y mayo unos trescientos millones. En marzo, en plena invasión, casi doscientos millones. Y siguen importando. La industria del lujo parece impermeable, como siempre ha sido, a las vicisitudes humanas, aunque los diamantes no solamente tengan uso en la joyería.

El primer ministro belga, De Croo, ha justificado estas excepciones de acero y diamantes porque no se pueden perder puestos de trabajo. Por lo menos ha sido sincero, cuando otros gobiernos y parte de la opinión pública piensan lo mismo y arrastran los pies en las sanciones, porque están más preocupados con el confort de las calefacciones y del aire acondicionado de sus clientes (iba a decir ciudadanos), que con los ucranianos bajo las bombas. Zelensky, que lo sabía, se lo echó en cara al Parlamento belga, pero los diputados, como si oyeran llover (y, en efecto, para variar, en Bruselas llovía). Y no olvidemos que De Croo tiene que hacer ejercicios malabares para mantener al país pegado, que no unido, pegado con papel-cello, para que los nacionalistas flamencos no tiren por la calle de en medio y decidan separarse. Los walones del sur y los flamencos del norte se quedan contentos, no se les priva de sus principales fuentes de ingresos y siguen manteniendo esa especie de unión nacional de ese Estado que fue creado en 1830 para taponar a Prusia frente a Francia.

Y, por supuesto, a la Comisión Europea, a su elefantiásica burocracia, se le ha “olvidado” señalar ese coladero de las sanciones a Rusia, a pesar de que es capaz de determinar el calibre de un tomate para poder exportarlo o averiguar si un queso está suficientemente pasteurizado o un mejillón debidamente pescado para autorizar su venta.

Dicho todo esto, que se sepa, ninguna dictadura ha caído por las sanciones económicas solamente: ni la de Franco en la autarquía, ni la de Corea del Norte, ni Venezuela, ni siquiera Cuba.

En fin, echo de menos a Hugo Claus.


[1] Cuyo título en español, La pena de Bélgica, me parece bastante discutible.