El juego de máscaras de los belgas, que siguen importando diamantes y acero rusos.

El escritor belga Hugo Claus escribió en 1983 uno de los mejores retratos de la sociedad belga, Le chagrin des Belges[1], contando, por ejemplo, los enredos, giros y escamoteos de tantos belgas cuando la ocupación alemana. Aunque, tras la liberación, naturalmente, todos habían sido resistentes. Pero antes de Claus (Brujas, 1929-Amberes 2008), también el pintor belga James Ensor (1860-1949) había retratado esa sociedad de máscaras en sus cuadros. Esas máscaras las vivió mi familia, pues mi abuelo, capitán de Estado Mayor, fue hecho prisionero por los alemanes y cuando volvió cinco años después, liberado por las tropas soviéticas del campo -Offlag- de Prenzlau, se encontró con que, al parecer, todos habían sido unos héroes de la resistencia y él, prisionero cinco años, no.

Pues seguimos igual, porque según el Financial Times (6 de octubre), Bélgica ha aplicado las sanciones a Rusia con la boca pequeña.

Por un lado, ha seguido importando acero ruso para su industria en Walonia, en el sur, pero por otro ha aumentado la importación de diamantes para su industria en Amberes, a través de la empresa exportadora rusa Alrosa. Precisamente en el mes de junio importaron 360 millones de euros. Entre abril y mayo unos trescientos millones. En marzo, en plena invasión, casi doscientos millones. Y siguen importando. La industria del lujo parece impermeable, como siempre ha sido, a las vicisitudes humanas, aunque los diamantes no solamente tengan uso en la joyería.

El primer ministro belga, De Croo, ha justificado estas excepciones de acero y diamantes porque no se pueden perder puestos de trabajo. Por lo menos ha sido sincero, cuando otros gobiernos y parte de la opinión pública piensan lo mismo y arrastran los pies en las sanciones, porque están más preocupados con el confort de las calefacciones y del aire acondicionado de sus clientes (iba a decir ciudadanos), que con los ucranianos bajo las bombas. Zelensky, que lo sabía, se lo echó en cara al Parlamento belga, pero los diputados, como si oyeran llover (y, en efecto, para variar, en Bruselas llovía). Y no olvidemos que De Croo tiene que hacer ejercicios malabares para mantener al país pegado, que no unido, pegado con papel-cello, para que los nacionalistas flamencos no tiren por la calle de en medio y decidan separarse. Los walones del sur y los flamencos del norte se quedan contentos, no se les priva de sus principales fuentes de ingresos y siguen manteniendo esa especie de unión nacional de ese Estado que fue creado en 1830 para taponar a Prusia frente a Francia.

Y, por supuesto, a la Comisión Europea, a su elefantiásica burocracia, se le ha “olvidado” señalar ese coladero de las sanciones a Rusia, a pesar de que es capaz de determinar el calibre de un tomate para poder exportarlo o averiguar si un queso está suficientemente pasteurizado o un mejillón debidamente pescado para autorizar su venta.

Dicho todo esto, que se sepa, ninguna dictadura ha caído por las sanciones económicas solamente: ni la de Franco en la autarquía, ni la de Corea del Norte, ni Venezuela, ni siquiera Cuba.

En fin, echo de menos a Hugo Claus.


[1] Cuyo título en español, La pena de Bélgica, me parece bastante discutible.

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