João, un taxista de Lisboa (décimo retrato lisboeta)

«Mi padre sólo me dejó las calles para pasear”,

meu pai só me deixou as ruas para passeiar«

El viernes pasado iba yo a A Voz do Operário, en Lisboa, donde se alberga el Samambaia, un agradable local brasileño de copas, tapioca y música; el taxista era de los que hablan. No de política, sino de la vida. Y así, con esas conversaciones pasajeras, descubrimos un poco la vida real de los portugueses, a trozos, por entregas, prestando el oído a personas que hablan sin cansarnos y que no repiten lugares comunes. Un paréntesis para que el lector sepa qué es A Voz do Operário:

[A Voz do Operário, en el barrio de Graça -uno de los menos afectados por el hiperturismo- fue fundada hace siglo y medio como una organización filantrópica. Desde un pequeño ambulatorio donde había un practicante hace tiempo, hasta actividades culturales y de barrio. Hoy está en manos del PCP y dedica las páginas de su mensual del mismo nombre a defender a Putin y atacar a Ucrania”. Ya se les pasará.

A Voz do Operário ocupa un singular edificio, uno de los emblemas del barrio].

Lo interesante de mi recorrido fue la historia del taxista, al que llamaré João. A lo único que es fiel João es al Benfica, afirma rotundo. Si no, no pertenece a ningún partido y no le gusta ninguno. Hizo la tropa, el servicio militar, en septiembre de 1974, después del 25 de abril, “para defender la libertad, y ahora es esto”. “Ya no hay respeto”, concluye.

Es del mismo barrio de Graça y su abuela, mozambiqueña, era la jefa de las limpiadoras de A Voz do Operário, precisamente. Él empezó a trabajar a los nueve años, y ahora tiene 69. No envidia a nadie, pero se escandaliza por esos que cobran nueve mil euros al mes en algunos bancos sin hacer nada. “No sé de dónde sacan el dinero, pero no suena bien”. La desigualdad social en Portugal es cada día más grande a pesar de un gobierno que responde a las siglas del Partido Socialista.

“Mi padre sólo me dejó las calles para pasear”, “só me deixou as ruas para passeiar”, pero no pasa nada, siempre ha trabajado y el mejor empleo fue el de distribuidor de neumáticos Continental por todo el Alentejo.  Conducía, cargaba y descargaba, él solo, sin más ayuda. El patrón tenía nueve camiones pero a él y otros chóferes sólo les pagaba a destajo, tantos neumáticos distribuidos, tanto dinero. Al final ganaba bastante, 1500 escudos y encima, cada mes, el patrón de daba cinco contos, cinco mil escudos. Pero no cotizaba a la seguridad social, así que no tiene casi pensión y por eso debe seguir trabajando. Además, le gusta mucho conducir, es lo que más le gusta. Pero sobre todo conducir camiones. Él llevaba un Hanomag, un camión que ya no existe y todavía recuerda lo feliz que era por esas hermosas carreteras alentejanas, bordeadas de cipreses y pinos[1], cuando las carreteras eran para viajar viendo el paisaje.

A João hace unos años le quitaron medio pulmón. Es que fumaba paquete y medio, maço e meio., reconoce. “Era como conversar con uno mismo, entre cliente y cliente”. Pero ya no tiene problema, está flaco pero tiene salud. El cáncer no ha vuelto.

“Este país podría ser de los mejores de Europa, del mundo no porque es muy pequeño, pero tenemos de todo, buena comida, buen vino, buen clima, um jardim à beira do mar”, me dice, citando a Camões. “Pero no, no ha podido ser”. João no acusa a nadie, lo da por sobreentendido. La democracia que trajo el 25 de abril no deja de decepcionarle.

Tras seguir por un itinerario raro pero hábil -yo aprendo mucho con los taxistas-, bajando por Almirante Reis y girando a la izquierda en la esquina donde estaba el cine Lys, para subir por calles recoletas hasta la rua Damasceno Monteiro, llega justamente al Largo de Graça -es un excelente conocedor de Lisboa, treinta años en el oficio- y me deja en la calle, en la rua da Voz do Operário, una de las más bonitas de Lisboa. Ha anochecido, relucen los rieles del tranvía a la luz suave, antigua, de las farolas, y al fondo se ve el Mar da Palha. La iglesia monumental de São Vicente da Fora vela en silencio sobre todo el caserío.


[1] Salga el viajero de las trilladas y caras autopistas y recorra el Alentejo por las carreteras antiguas, sin prisas, para apreciar el país.

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