El lavado o pintura verde de REPSOL

El lavado verde, greenwashing, que intenta REPSOL con su campaña publicitaria Reforestar para garantizar el bienestar del planeta (ver www.fundacionrepsol.com) debería levantar ciertas dudas en la opinión pública acerca de la sinceridad de esta empresa, que sólo en 2022 ya ha protagonizado tres incidentes:

  1. Perú, fuga de petróleo de un barco contratado por REPSOLen la costa al sur de El Callao, en la refinería de La Pampilla, que la empresa atribuye a un “fenómeno natural inesperado”, en enero de 2022, sin que la prensa española haya dicho casi nada al respecto. https://www.ft.com/content/b74987a3-bda4-4d8c-a134-1307ce32e70e
  • Emisión de fuego y gas quemado en el Mar del Norte, lo que Noruega ha prohibido, pero REPSOL sigue haciendo en aguas británicas. La empresa ha comunicado que redujo esta quema en un 34% desde 2010 a 2018 y que se propone reducir otro 10%. Por cierto, REPSOL está asociada en el Mar del Norte a la muy discutible empresa del Estado chino SINOPEC. Ver: https://www.ft.com/content/a20fc5e4-b02b-4e39-a68c-bf48a2c55968

Pero si REPSOL quiere hacer su “lavado verde” puede empezar por algo muy fácil como es limpiar los bordes de su gasolinera en La Carlota, provincia de Córdoba (España), que están llenos de basura, detritus, plásticos y suciedad, acumulados desde años a tenor del olor y podredumbre, a tal punto que da asco dejar el auto estacionado (renunciamos a repostar y fuimos a otra gasolinera).

Pero por el momento parece que REPSOL prefiere la publicidad a la transparencia y a la comunicación real de dónde, cómo y con quién extrae el petróleo y el gas.

João, un taxista de Lisboa (décimo retrato lisboeta)

«Mi padre sólo me dejó las calles para pasear”,

meu pai só me deixou as ruas para passeiar«

El viernes pasado iba yo a A Voz do Operário, en Lisboa, donde se alberga el Samambaia, un agradable local brasileño de copas, tapioca y música; el taxista era de los que hablan. No de política, sino de la vida. Y así, con esas conversaciones pasajeras, descubrimos un poco la vida real de los portugueses, a trozos, por entregas, prestando el oído a personas que hablan sin cansarnos y que no repiten lugares comunes. Un paréntesis para que el lector sepa qué es A Voz do Operário:

[A Voz do Operário, en el barrio de Graça -uno de los menos afectados por el hiperturismo- fue fundada hace siglo y medio como una organización filantrópica. Desde un pequeño ambulatorio donde había un practicante hace tiempo, hasta actividades culturales y de barrio. Hoy está en manos del PCP y dedica las páginas de su mensual del mismo nombre a defender a Putin y atacar a Ucrania”. Ya se les pasará.

A Voz do Operário ocupa un singular edificio, uno de los emblemas del barrio].

Lo interesante de mi recorrido fue la historia del taxista, al que llamaré João. A lo único que es fiel João es al Benfica, afirma rotundo. Si no, no pertenece a ningún partido y no le gusta ninguno. Hizo la tropa, el servicio militar, en septiembre de 1974, después del 25 de abril, “para defender la libertad, y ahora es esto”. “Ya no hay respeto”, concluye.

Es del mismo barrio de Graça y su abuela, mozambiqueña, era la jefa de las limpiadoras de A Voz do Operário, precisamente. Él empezó a trabajar a los nueve años, y ahora tiene 69. No envidia a nadie, pero se escandaliza por esos que cobran nueve mil euros al mes en algunos bancos sin hacer nada. “No sé de dónde sacan el dinero, pero no suena bien”. La desigualdad social en Portugal es cada día más grande a pesar de un gobierno que responde a las siglas del Partido Socialista.

“Mi padre sólo me dejó las calles para pasear”, “só me deixou as ruas para passeiar”, pero no pasa nada, siempre ha trabajado y el mejor empleo fue el de distribuidor de neumáticos Continental por todo el Alentejo.  Conducía, cargaba y descargaba, él solo, sin más ayuda. El patrón tenía nueve camiones pero a él y otros chóferes sólo les pagaba a destajo, tantos neumáticos distribuidos, tanto dinero. Al final ganaba bastante, 1500 escudos y encima, cada mes, el patrón de daba cinco contos, cinco mil escudos. Pero no cotizaba a la seguridad social, así que no tiene casi pensión y por eso debe seguir trabajando. Además, le gusta mucho conducir, es lo que más le gusta. Pero sobre todo conducir camiones. Él llevaba un Hanomag, un camión que ya no existe y todavía recuerda lo feliz que era por esas hermosas carreteras alentejanas, bordeadas de cipreses y pinos[1], cuando las carreteras eran para viajar viendo el paisaje.

A João hace unos años le quitaron medio pulmón. Es que fumaba paquete y medio, maço e meio., reconoce. “Era como conversar con uno mismo, entre cliente y cliente”. Pero ya no tiene problema, está flaco pero tiene salud. El cáncer no ha vuelto.

“Este país podría ser de los mejores de Europa, del mundo no porque es muy pequeño, pero tenemos de todo, buena comida, buen vino, buen clima, um jardim à beira do mar”, me dice, citando a Camões. “Pero no, no ha podido ser”. João no acusa a nadie, lo da por sobreentendido. La democracia que trajo el 25 de abril no deja de decepcionarle.

Tras seguir por un itinerario raro pero hábil -yo aprendo mucho con los taxistas-, bajando por Almirante Reis y girando a la izquierda en la esquina donde estaba el cine Lys, para subir por calles recoletas hasta la rua Damasceno Monteiro, llega justamente al Largo de Graça -es un excelente conocedor de Lisboa, treinta años en el oficio- y me deja en la calle, en la rua da Voz do Operário, una de las más bonitas de Lisboa. Ha anochecido, relucen los rieles del tranvía a la luz suave, antigua, de las farolas, y al fondo se ve el Mar da Palha. La iglesia monumental de São Vicente da Fora vela en silencio sobre todo el caserío.


[1] Salga el viajero de las trilladas y caras autopistas y recorra el Alentejo por las carreteras antiguas, sin prisas, para apreciar el país.

Una carta de Lisboa a Sevilla tarda seis días, a Barcelona o Madrid, siete

¿De qué se ríen los ministros de Transportes de España y de Infraestructuras de Portugal cuando salen en las fotos de las Cumbres bilaterales o Cimeiras?

Dicen que hay 22 vuelos diarios de Lisboa a Madrid y sin embargo una carta no tarda menos de siete días. Y si es a St. Pere de Ribes, cerca de Sitges, donde escribo a un amigo mío, peor, siete días como poco. Y también dicen que hay 693 vuelos semanales de Lisboa a Barcelona, pero no me lo creo.

Y dentro de España, si tenemos la peregrina ocurrencia de mandar una carta desde un pueblo a Madrid o Barcelona, por ejemplo, desde Orcera, en la Sierra de Segura, otros ocho días mínimo. Pero, claro, para salir del enclave segureño ya tardará la carta varios días en llegar, pongamos, a Albacete, o peor, a Jaén.

Pero el culpable es el usuario, el cliente, que para Correos o para Correios nunca tiene razón. Se nos dirá que para qué escribimos cartas, que eso ya no se estila y además no tienen interés.

Cuando en España Correos dependía del fatídico Ministerio de la Gobernación, las cartas, bajo la disciplina de la autoridad incontestable del franquismo, tardaban mucho menos. Fatídico, pero funcionaba.

La solución es que no hay que escribir, hay que mandar whatsapps como todo el mundo, no hay que saber caligrafía porque eso es reaccionario y cursi, es más, sería mejor no leer ni escribir nada. Así se manda mejor a las masas. Pero, entonces, por favor, supriman Correos y los CTT, que hoy, semiprivatizados sólo sirven para dar cargos a los amiguetes respectivos del partido en el poder (algo así como ADIF, por cierto y además tampoco hay tren entre Madrid y Lisboa).

El juego de máscaras de los belgas, que siguen importando diamantes y acero rusos.

El escritor belga Hugo Claus escribió en 1983 uno de los mejores retratos de la sociedad belga, Le chagrin des Belges[1], contando, por ejemplo, los enredos, giros y escamoteos de tantos belgas cuando la ocupación alemana. Aunque, tras la liberación, naturalmente, todos habían sido resistentes. Pero antes de Claus (Brujas, 1929-Amberes 2008), también el pintor belga James Ensor (1860-1949) había retratado esa sociedad de máscaras en sus cuadros. Esas máscaras las vivió mi familia, pues mi abuelo, capitán de Estado Mayor, fue hecho prisionero por los alemanes y cuando volvió cinco años después, liberado por las tropas soviéticas del campo -Offlag- de Prenzlau, se encontró con que, al parecer, todos habían sido unos héroes de la resistencia y él, prisionero cinco años, no.

Pues seguimos igual, porque según el Financial Times (6 de octubre), Bélgica ha aplicado las sanciones a Rusia con la boca pequeña.

Por un lado, ha seguido importando acero ruso para su industria en Walonia, en el sur, pero por otro ha aumentado la importación de diamantes para su industria en Amberes, a través de la empresa exportadora rusa Alrosa. Precisamente en el mes de junio importaron 360 millones de euros. Entre abril y mayo unos trescientos millones. En marzo, en plena invasión, casi doscientos millones. Y siguen importando. La industria del lujo parece impermeable, como siempre ha sido, a las vicisitudes humanas, aunque los diamantes no solamente tengan uso en la joyería.

El primer ministro belga, De Croo, ha justificado estas excepciones de acero y diamantes porque no se pueden perder puestos de trabajo. Por lo menos ha sido sincero, cuando otros gobiernos y parte de la opinión pública piensan lo mismo y arrastran los pies en las sanciones, porque están más preocupados con el confort de las calefacciones y del aire acondicionado de sus clientes (iba a decir ciudadanos), que con los ucranianos bajo las bombas. Zelensky, que lo sabía, se lo echó en cara al Parlamento belga, pero los diputados, como si oyeran llover (y, en efecto, para variar, en Bruselas llovía). Y no olvidemos que De Croo tiene que hacer ejercicios malabares para mantener al país pegado, que no unido, pegado con papel-cello, para que los nacionalistas flamencos no tiren por la calle de en medio y decidan separarse. Los walones del sur y los flamencos del norte se quedan contentos, no se les priva de sus principales fuentes de ingresos y siguen manteniendo esa especie de unión nacional de ese Estado que fue creado en 1830 para taponar a Prusia frente a Francia.

Y, por supuesto, a la Comisión Europea, a su elefantiásica burocracia, se le ha “olvidado” señalar ese coladero de las sanciones a Rusia, a pesar de que es capaz de determinar el calibre de un tomate para poder exportarlo o averiguar si un queso está suficientemente pasteurizado o un mejillón debidamente pescado para autorizar su venta.

Dicho todo esto, que se sepa, ninguna dictadura ha caído por las sanciones económicas solamente: ni la de Franco en la autarquía, ni la de Corea del Norte, ni Venezuela, ni siquiera Cuba.

En fin, echo de menos a Hugo Claus.


[1] Cuyo título en español, La pena de Bélgica, me parece bastante discutible.

Algunas propuestas para desenclavar la Sierra de Segura

La Sierra de Segura[1] en Jaén es un enclave que lleva siglos apartado del resto de España. En los últimos cincuenta años ha seguido perdiendo población, importancia económica y sigue tan aislada como siempre (en términos relativos, más aislada que hace medio siglo dada la mejora general de las comunicaciones en el resto del país, que aquí no han llegado). No resiste la comparación con el resto de España pues todas las demás regiones han ido mejorando mucho más que los doce pueblos de esta bella comarca.

Recursos.-

No faltan recursos pero están mal explotados, infrautilizados y no bien gestionados. La economía de la sierra es principalmente extractiva, no transformadora.

  • La riqueza forestal del inmenso parque natural y sus aledaños (213.000 Has, sólo el parque y otras 100.000 forestales fuera de él) no es aprovechada sino exportada a otras zonas. Ya casi no hay maderistas ni empresas de maderas, ni siquiera en Siles. La tonelada de madera de pino carrasco se vende a tres (3) euros la tonelada. Hay solamente una planta transformadora de biomasa -en Puente de Génave- y los maderistas cierran porque ni los precios compensan, ni los costes de extracción ni el transporte.
  • El olivar es el monocultivo pero la mayor parte del aceite (de muy buena calidad) se vende a granel a grandes empresas españolas y europeas. El valor añadido se va, como en la madera, fuera. La dependencia absoluta del olivar no es sana económicamente hablando. Es una fuente de ingresos relativa, sometida a altibajos. Si falla el aceite, falla todo y, además, el olivar no requiere una mano de obra especializada que está regulada por salarios decretados por norma administrativa, sin posibilidad de mejorar la productividad si no es a base de maquinaria, lo que en zonas montuosas es más complicado. La proliferación de almazaras y cooperativas, un auténtico minifundio de cooperativas, todas separadas y rivales, atomiza la oferta y la debilita frente a los potentes compradores nacionales e italianos. La gestión de las cooperativas resume a veces lo peor del capitalismo y lo peor del socialismo. El riego del olivar no es la solución por el cambio climático -los acuíferos vienen bajando desde hace decenios- y porque incluso regando no se está al abrigo de calores fuertes, de heladas, de pedrisco y otras inclemencias meteorológicas que perjudican las cosechas, como ha sucedido este año de 2022.
  • El turismo sigue siendo de muy poco valor añadido, sin apenas hoteles ni restaurantes de cierto nivel en toda la zona. No ha habido ni hay formación hotelera, condición previa para que puedan existir establecimientos de calidad. La pesadísima burocracia autonómica y provincial para crear empresas es otro obstáculo añadido. Tampoco ayuda la arquitectura de los pueblos y aldeas.
  • Otros dos recursos importantísimo pero invisibles para el Estado y la Junta, son la reducción de nuestra huella de dióxido de carbono gracias a la inmensa masa forestal, y el agua, pues la Sierra es madre de varios ríos importantes, como el Guadalquivir, el Segura, además del Mundo y del Guadalmena y muchos otros afluentes de los dos grandes. Pero eso no computa en las cuentas públicas. Es la aportación invisible de esta comarca, que nadie toma en consideración (esto ya se ha dicho hace dos años en mi artículo Lo que aportan a España las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, de 15 de septiembre de 2020).

Problemas.-

Comunicaciones: los malísimos accesos por carretera y la inexistencia de ferrocarril dificultan el comercio del aceite de oliva y de los productos forestales.

No hay separación clara entre el mundo del trabajo y el de las prestaciones sociales, porque hay una cada vez menos diferencia entre los salarios de los trabajadores y las pensiones de ‘desempleo’ de los asistidos, algunos de los cuales, en el núcleo familiar, consiguen, sin trabajar, más ingresos que la familia de un trabajador.

La consecuencia, evidentemente, es la emigración, el paro y, paradójicamente, el empleo de mano de obra inmigrada para la cosecha de la aceituna a pesar de una tasa de paro oficial del 25% al menos.  Otro índice dramático es el número de casas y cortijos en venta, sin comprador.

Propuestas.-

Habría tres formas de transformar y mejorar una región en el proceso de globalización mundial:

  • Mejorar el Intercambio de mercancías que tiene el gravísimo obstáculo de la innombrable e incalificable N 322, una auténtica vergüenza nacional[2].No hay tampoco un decente transporte público – Samar, Alsa, La Sepulvedana han desertado- y un viaje a Sevilla o a Madrid dura hasta seis horas con los autobuses actuales. De Siles a Jaén se tarda en automóvil más de dos horas, de La Puerta a Albacete, casi dos horas. De la leyenda del tren ya ni se puede hablar.
  • Mejora de las redes y comunicaciones informáticas. Cambio de oficinas, permitiendo el trabajo a distancia con oficinas virtuales, el llamado tele-trabajo que el covid ha fomentado. El teletrabajo ya existe en amplias zonas del interior francés, con buenas redes de internet, y en algunas zonas del norte de España. Por ejemplo, Aquitania y la zona de Burdeos ha experimentado un crecimiento enorme gracias a este nuevo modelo de globalización.
  • Implantación de pequeñas industrias o fábricas buscando el lugar donde hay más trabajadores formados y/o con salarios más competitivos, además de suelo más barato, instalaciones técnicas, etc. Crear empresas de transformación y comercialización de productos forestales. Reunificar almazaras y cooperativas (federar la oferta, fusión, asociación mercantil)para conseguir una oferta más potente, no tan dependiente de los grupos aceiteros.

Deberían ser los alcaldes los que presionasen para conseguir unas redes de tecnologías de la información que permitiesen trabajar a distancia y así atraer jóvenes de otras zonas del país que anhelan una vida rural, un paisaje, una tranquilidad y solaz que esta sierra procura. Más que repetir lo del “oro verde”, una frase que adora la Junta de Andalucía, hay hacer algo para desenclavar esa zona, aislada del resto de España. Querer la prosperidad sin querer hacer aquello que la fundamenta es un engaño propagandístico.

La zona de la Sierra de Segura no levantará cabeza ni turística, ni forestal ni agrícolamente, mientras perdure esa inercia, esa pasividad de las Administraciones locales, provincial, autonómica y estatal, y no haya comunicaciones y telecomunicaciones dignas de España (todo el resto de España está mejor comunicado).

Es indispensable y urgente una construcción social, económica y cultural. Si no, seguiremos como una zona asistida a base de subvenciones y subsidios, demasiado propicios al favoritismo, al clientelismo y a la corrupción (como se ha visto con los ERE).


[1] Hasta el nombre le han intentado quitar, nombrando a la sierra fronteriza, de Alcaraz (Albacete), Sierra ‘del’ Segura.

[2] Tras más de 30 años, resulta que la especie de autovía no llegará más que a Villanueva del Arzobispo. Seguirá sellado el acceso a Levante, a 165 kms de Albacete.

Reflexiones sobre la guerra

– (…) La historia se improvisa y no se repite sino raramente; se aprovecha de cualquier ocurrencia, llama simultáneamente a miles de puertas y nadie sabe cuáles se abrirán.

– ¿Puede que sean las puertas del Báltico, y entonces Rusia se desbordará impetuosamente sobre Europa?

– Puede.

Desde la otra orilla (1849)

Alexander Herzen

Como una terrible premonición, las palabras del pensador ruso Herzen resuenan hoy en Europa. Como siempre ha sucedido en todos los episodios bélicos, ahora hay un desconcierto considerable ante la guerra de Ucrania. La opinión pública -y privada- se divide, se enfrenta, los analistas se entremeten, los ideólogos fermentan. Para nosotros, espectadores, La guerra es de papel y de pantalla: en España y la UE no nos caen misiles, de ahí la abundancia de comentarios.

Se pueden examinar tres aspectos de una guerra:

  • su legitimidad y naturaleza,
  • los actos de armas o de matanzas derivados de ella,
  • la conclusión que pueda tener el conflicto.

Primero. Legitimidad y naturaleza de la guerra.-

Para algunos, es legítimo que Putin pretenda la recuperación de un territorio ruso que se independizó indebidamente, algo así como Francia recuperando la Alsacia y la Lorena, como me ha dicho un historiador francés hace unos días. Para otros, es una guerra de agresión, intolerable, imperialista, del poder tiránico contra una sociedad bastante democrática, del totalitarismo frente a la libertad.

Para muchos rusos, es una especie de guerra civil para recuperar a los ucranianos descarriados. La izquierda y la derecha europeas también están confusas; unos defienden a Rusia porque en el fondo quieren la vuelta de la URSS, una especie de reflejo condicionado; otros, porque son antinorteamericanos y piensan que Biden sólo quiere destruir Rusia y que Ucrania le importa un pepino (lo que es probablemente bastante verdad). Y hay derecha e izquierda pro Putin y también lo inverso.

De todas las guerras recientes esta es, efectivamente, la más civil de todas y, por consiguiente, la más cruel y la que más ha descolocado a los ideólogos de toda condición.

En las guerras civiles el enemigo es invisible, es cualquiera, por eso son más terroríficas. Nadie sabe dónde está ni quién es, puede ser el vecino, el portero, el ario del piso de abajo, el fanático de un templo cualquiera. Son guerras civiles casi todas las guerras, hoy, mucho más. Al no distinguir entre enemigo y criminal se justifica toda la destrucción. Algunos ejemplos históricos son la destrucción de Cartago hasta sus cimientos, la guerra de los Cien Años, el Holocausto y la masacre de pueblos rusos enteros por las tropas nazis (normalmente a manos de las SS, pero no sólo).

En una guerra civil se pretende no sólo aniquilar al enemigo sino humillarlo, aplastarlo por generaciones, eliminarlo para siempre. El enemigo es identificado a un criminal, o a una raza inferior, o a una clase social que hay que exterminar. Como ha dicho Rusia, para “limpiar Ucrania de nazis”. Esta frase no es baladí sino la consigna y el resumen perfecto de la forma de esta guerra: así, identificando al enemigo como un criminal sin derechos, acontecen los Auschwitz, Dachau, Treblinka, etc, las chekas, el gulag, Paracuellos, los más de cien mil ejecutados por el franquismo tras el 1º de abril de 1939, son las consecuencias lógicas, las armas eternas de las guerras civiles.

Otra historia es la idea de ‘guerra justa’ o, mejor dicho, justificada a posteriori, con que los Estados o los tiranos pretenden convencer al mundo y que puede basarse en:

  • ius commercii
  • Ius predicandi
  • Ius interventionis contra tyrannidem,
  • Ius protectionis socios, etc.

Esas eran unas de las tesis del Padre Vitoria para justificar la conquista de América. Parecidas a las justificaciones de la Compañía Holandesa de Indias para arrasar las factorías portuguesas en el Pacífico sur.

Putin y los rusos consideran que el ius commercii (apropiación de las riquezas de Ucrania) y el ius protectionnis socios (la minoría rusa del Este) justifican la invasión. Con esos mismos argumentos pueden invadir los tres países bálticos, estratégicos, ricos y con minorías rusas -no bien tratadas, hay que decirlo, por los Estados bálticos-.

La guerra de Ucrania reúne más las características de una guerra civil que de una guerra, por así decirlo, ‘convencional’, interestatal, dada la visión que Rusia y de la inmensa mayoría los rusos tienen de Ucrania y de su pueblo. No contemplan otra victoria que la anexión, la deportación, la masacre, la asimilación, rusificar Ucrania.

Segundo. Los actos y matanzas provocados por la guerra.-

Hay que distinguir en la valoración jurídica de una guerra muchos aspectos distintos, entre otros:

  • La guerra de agresión. Sancionada por el Derecho Internacional.
  • Los crímenes de guerra. Objeto del Derecho Penal.
  • Las inhumanidades. Imperativos morales.
  • Las crueldades. Imperativos morales.
  • El uso del terror masivo (como los bombardeos de Hamburgo, Dresde,  Hiroshima y Nagasaki, o Mariúpol o Guernica). Crímenes contra la humanidad, como los tipifica Philippe Sands.

La exigencia de responsabilidad retroactiva (como los procesos a los cargos y funcionarios fieles a la República tras la guerra española). Derecho administrativo.

La responsabilidad por estos crímenes varía, por tanto, según el derecho aplicable, la posibilidad misma de aplicarlo y el sujeto imputable, desde el jefe del Estado o los mandos militares al simple soldado -por obediencia debida o por salvajismo- o incluso a la posible víctima pero colaboradora de la fuerza invasora (la policía francesa de Vichy, por ejemplo, colaborando en detener y deportar judíos).

En el caso de la guerra de Ucrania aparecen y aún aparecerán muchos de estos pretextos para exculpar a los responsables y muchas de las ilegalidades flagrantes, tanto de Derecho Internacional como de simples derechos humanos de la población civil.

Tercero. ¿Cómo puede acabar?

Además de vestir al enemigo de criminal indeseable, la victoria en la guerra civil necesita dotarse de alguna legitimidad, ha de ser disfrazada, maquillada, enmascarada. Históricamente se ha hablado de ”Cruzada”, de “victoria sobre el comunismo”, “reunificación del país”, “guerra de liberación”, “aplastamiento de la subversión”, “independencia nacional”, cualquier frase retórica que haga digerir la masacre y justificarla. En el caso de Ucrania, desnazificar y devolver las ovejas a su redil ruso al que pertenecen, según piensa la -desgraciadamente- inmensa mayoría de los rusos.

Muchos sostienen que Ucrania deberá renunciar a sus territorios del Este y cederlos a Rusia, pero eso solamente alimentará una nueva guerra, no se cerrará la cicatriz pues los rusos se encargarán de deportar, aniquilar y neutralizar a los ucranianos que tengan la mala suerte de habitar en esos territorios. “Every war breeds fresh wars”, toda guerra alimenta nuevas guerras, decía Orwell.

Mientras en la guerra interestatal, la paz trae una cierta reconciliación, la paz de los bravos, con el respeto al enemigo, tras la guerra civil el odio y el resentimiento son casi inextinguibles por generaciones. Tras la guerra civil predomina la venganza.

Para concluir, las dos preguntas últimas, más cuantitativas que cualitativas, más de cálculo que de moral:

  • 1. ¿Hasta cuántos ucranianos va a matar el ejército de Putin y a cuántos millares de rusos está dispuesto Putin a sacrificar para reforzar su poder?
  • 2. ¿Cuánto está dispuesta a sacrificar de su bienestar la población de la Unión Europea para detener la masacre? No olvidemos que la población de la UE lo que quiere es comodidad, es una sociedad desideologizada que vota en función no de principios sino de intereses materiales (gas, electricidad, bienes de consumo, etc).