El lavado o pintura verde de REPSOL

El lavado verde, greenwashing, que intenta REPSOL con su campaña publicitaria Reforestar para garantizar el bienestar del planeta (ver www.fundacionrepsol.com) debería levantar ciertas dudas en la opinión pública acerca de la sinceridad de esta empresa, que sólo en 2022 ya ha protagonizado tres incidentes:

  1. Perú, fuga de petróleo de un barco contratado por REPSOLen la costa al sur de El Callao, en la refinería de La Pampilla, que la empresa atribuye a un “fenómeno natural inesperado”, en enero de 2022, sin que la prensa española haya dicho casi nada al respecto. https://www.ft.com/content/b74987a3-bda4-4d8c-a134-1307ce32e70e
  • Emisión de fuego y gas quemado en el Mar del Norte, lo que Noruega ha prohibido, pero REPSOL sigue haciendo en aguas británicas. La empresa ha comunicado que redujo esta quema en un 34% desde 2010 a 2018 y que se propone reducir otro 10%. Por cierto, REPSOL está asociada en el Mar del Norte a la muy discutible empresa del Estado chino SINOPEC. Ver: https://www.ft.com/content/a20fc5e4-b02b-4e39-a68c-bf48a2c55968

Pero si REPSOL quiere hacer su “lavado verde” puede empezar por algo muy fácil como es limpiar los bordes de su gasolinera en La Carlota, provincia de Córdoba (España), que están llenos de basura, detritus, plásticos y suciedad, acumulados desde años a tenor del olor y podredumbre, a tal punto que da asco dejar el auto estacionado (renunciamos a repostar y fuimos a otra gasolinera).

Pero por el momento parece que REPSOL prefiere la publicidad a la transparencia y a la comunicación real de dónde, cómo y con quién extrae el petróleo y el gas.

Días de ocio en Valencina de la Concepción

En este verano que los comentaristas de diarios nos anuncian como el postrero, con ese fin del mundo que se nos viene encima este otoño, cuando las casandras de todo credo y condición nos llenan de miedo y pavor, nada como sestear en Valencina, a unos pocos kilómetros de Sevilla.

Es éste un pueblo residencial, sin alardes, con casas confortables, patios y jardines, cipreses, olor a jazmín tras algunas tapias, buganvilias rebosantes de púrpura, piscinas escondidas para refrescarse y algún bar que otro, pocos, entre ellos El Bovito, con casi cien años -hoy llamado El Bobito-, o la Bodega Chispas, cerca de la Peña Cultural Bética, del Betis Balompié. Desde estos altos del Aljarafe se ve el mundo de otra manera. Sosiego. Calles pulcrísimas, gente amable, nombres de Vírgenes por todos lados, Rocío, Esperanza Macarena, Nieves, Concepción. Pero también están en el callejero Emilio Prados y Cela, por ejemplo.

Ayer, dos jinetes bajaban en sendos altos caballos cartujanos, sus cascos resonando rítmicos por la calle blanca. El campo nos rodea, olivares bastante secos y sufridos, pero campo al fin, no todo especulación (aunque aquí cerca hay carteles contra la especulación, en Gines).

Oigo en al patio de al lado a la mujer que le pregunta a la abuela “¿le hago un arrocito con salchicha?”, y la abuela, sorda, pregunta de nuevo. Los perros, innumerables, excesivos, vigilantes, ladran tras las verjas de las cocheras. Eso es lo único un poco molesto para el caminante inadvertido.

Se debe leer poco en este pueblo, a pesar de que la librería y editorial Renacimiento, de Abelardo Linares, una de las mejores de España, está en su término. Entre piscina, jardines y siestas larguísimas, queda poco espacio para leer. Sólo algunos raros lo hacemos. Los raros.

Lo más interesante y curioso de este lugar es lo lejos que nos sentimos de todos los conflictos que asolan el mundo. Ucrania parece no existir, como no existen los incendios forestales ni Taiwan, ni Sánchez ni Pelosi. Descanso total, que vendrá el invierno de todos los males y desgracias (nos dicen el ABC, El Mundo y demás optimistas natos). A vivir que son dos días, que luego -afirman- habrá llanto y rechinar de dientes (inflación, paro, frío y sin calefacción, todos los males traídos, cómo no, por el gobierno culpable)-.

Ah, y el calor es perfectamente soportable y por las noches uno se cree Lezama Lima o Hemingway fumándose un puro en el jardín oscuro, donde suena, leve, el gotero de riego moderado y ahorrativo.

La luz de los hombres

Cuando tras leer sus libros se nos han olvidado todos los nombres y las anécdotas que pueblan sus historias, nos queda la evocación de esa atmósfera rara que creaba Pierre Mac Orlan. En ellos no había conclusión, el único argumento era la vida, la lucha por la vida. Era el tiempo de entreguerras, de puertos del Mar del Norte, los cafés de marinos, Café du Port, Café de la Gare, mujeres fuertes, marinos retirados, delincuentes y fugitivos de la justicia y otros que huían de su propia vida, muchos, antiguos combatientes de la Gran Guerra, como fue el propio Mac Orlan, que resultó herido junto a su propio pueblo, Péronne. Hay brumas, recuerdos de combates o bombardeos, amores ocultos y escondidos, calles a media luz.

Decimos precisamente que un autor es memorable (quizás no llegue a clásico), cuando su lectura nos deja ese regusto, ese recuerdo agradable, a veces inquietante. En el escritor de Péronne (Picardie) encontramos ese poso.

También nos han quedado algunas de sus ideas, como ésta que encuentro en uno de sus libros, Le bal du Pont du Nord, la idea de que algunos hombres (y mujeres) emanan luz:

“pueden crear una cierta luz. Unos brillan como soles, otros enfocan directamente como dos luces de proyectores; otros os sorprenden como la luz súbita de una linterna. Los hay que se parecen a esas lamparillas multicolores que se cuelgan de los árboles en las fiestas. Algunos vacilan y alumbran en una humilde oscuridad como la llama de una vela. Éstos son, a veces, los más peligrosos y los más difíciles… de apagar”.

No en vano se dice a veces de una persona “eres un sol”, sus ojos pueden ser “chispeantes”, o tratarse de una persona “oscura”; o se dice al morir, “se apagó” o “se extinguió”. O se dice que alguien “es brillante”.

Y encontramos en Juan de Mairena este párrafo, que cuando lo leímos nos pasó desapercibido:

“Hemos de volver -añadía Mairena- a pensar la conciencia como una luz que avanza en las tinieblas, iluminando lo otro, siempre lo otro… Pero esta concepción tan luminosa de la conciencia, la más poética y la más antigua y acreditada de todas, es también la más oscura, mientras no se pruebe que hay una luz capaz de ver lo que ella misma ilumina”.

Así, casi por casualidad, enlazamos Mac Orlan, el gran excéntrico, con Antonio Machado. La excentricidad vestimentaria del francés, se correspondía con su excentricidad de pensamiento, de percepciones sobre el ser humano, el gran perdedor. Fuera del centro, lejos de los senderos trillados, Mac Orlan se parece unos instantes al filósofo heterodoxo Juan de Mairena.

Cinco clases de iluminación pueden irradiar los hombres según el escritor picardo:

  1. La completa, total, solar.
  2. La enfocada, concentrada, aguda, analítica.
  3. La repentina, pasajera.
  4. La pintoresca, humorística y frívola, pero no menos necesaria.
  5. La del pábilo de una vela, dudosa, débil, pero tenaz y más peligrosa por solapada, que no da confianza.

Podríamos con esta plantilla clasificar las personas, los políticos (a los que tanto les gusta refulgir y que les vean y fotografíen), los artistas y escritores.

La solar, Nelson Mandela. El foco, Albert Einstein. La repentina, un jugador de fútbol de moda cualquiera. La pintoresca y festiva, el inefable Noel Clarasó, o los hermanos Alvarez Quintero, por ejemplo. La dudosa, de una vela o candil, Vladimir Putin. A Mac Orlan se le olvidó, sin embargo, la sexta categoría, la de quienes son la oscuridad, el agujero negro.

Los lectores podrán aplicar alguna de estas categorías a sus personas y personajes favoritos.

El Cabo Espichel

Vuelvo al cabo Espichel cuyo recuerdo neblinoso de soledades en el viento, de lugar fuera del mundo, siempre me ha atraído. Todo el misterio de un país está en forzarnos a re-conocerlo. A cincuenta kilómetros al sur de Lisboa, tendida sobre el océano, yace la eterna mole rocosa y plana del cabo.

Hoy, Espichel está igual -por ahora, como digo al final de este texto de urgencia-, las ruinas siguen siendo ruinas, la pequeña iglesia barroca solitaria, el horizonte, no han sido ni pueden ser modificado, afortunadamente. La magia de los acantilados y los finisterrae, el mito del fin de las tierras, el mar tenebroso, es algo muy portugués. Como Europa está orientada hacia occidente, todos los finisterres están sobre el Atlántico, ya sea en Escocia, en Bretaña, Galicia o Portugal.

El otro cabo simbólico está al norte de Tajo, por debajo de Sintra; es el Cabo da Roca, que Camões cita en Os Lusíadas y que es el punto más occidental del continente europeo. El Espichel es más desolado, más agreste y solitario. En los días claros, su perfil se divisa como una lejana y alargada placa desde Meco, desde Caparica.

Se llega por una estrecha y sinuosa carretera, más o menos conservada, lo que le preserva de las masas turísticas. La zona es azotada por los vientos y todo rezuma antigüedad: las huellas (pegadas) de los dinosaurios, las capillas abandonadas, el acueducto. El faro es lo más moderno y su fábrica inicial es del siglo XVIII. Hay que visitarlo un día de niebla o de temporal, donde cobra sentido lo desconocido. Nos recuerda que Portugal es un país mágico.

Los portugueses del siglo XV, que desafiaban su destino de pobres labradores, de siervos, echándose al mar ‘tenebroso’, a la aventura y ventura, construyeron una capilla para aplacar la desesperación del hombre frente a lo desconocido. Las capillas, las imágenes, les daban una certidumbre, una cierta paz ante el terror del mar tenebroso.

La sensación de vértigo ante el oleaje, espuma furiosa que tiembla en el abismo como un estertor del fondo del mar oscuro, es única, sobre todo por los alrededores del faro, donde no hay una sola barandilla ni quitamiedos. El vértigo es el precipicio, es la caída al abismo. Atisbando a prudente distancia estos acantilados se tiene peligrosamente esa sensación de rotación, de casi pérdida del equilibrio. Ese mismo temor que vencieron los navegantes portugueses adentrándose en el mar. Desde los altos acantilados se ven algunos barcos pesqueros como miniaturas.

El cabo Espichel le interesará a los historiadores, a los soñadores y a los geólogos. Y a los filósofos. La sensación de soledad frente a la inmensidad es única, ya casi desconocida en nuestra poblada Europa. El cabo Espichel es una metáfora. Mirando ese mar, el hombre se siente impotente, aun en esta época en que parecemos dominar todo. Se recobra la sensación, cuán perdida, de incapacidad. Se piensa en el destino, en lo desconocido. Lugar idóneo para la meditación. La iglesia de Nossa Senhora do Cabo, elevada en 1701 (ya existía otra antes), y las construcciones aledañas, con sus arcadas abandonadas, las antiguas hospederías (Casas do Cirio), nos incitan a soñar y a la forma que cada cual elija de espiritualidad.

También interesa el Cabo a los herboristas y botánicos, que allí encuentran restos de las antiguas colonias herbáceas y arbustivas a menudo arrasadas por la agricultura antiecológica.

Recordemos finalmente al poeta español Francisco de Aldana (que moriría en la batalla de Alcazarquivir, 1578, sirviendo al rey portugués Dom Sebastião),

ver aquel alto piélago de olvido,
aquel sin hacer pie luengo vacío,…

Yo sugeriría un viaje largo por el Portugal simbólico frente al Océano con la visita de varios cabos singulares, alejados, extremos, todos de una belleza sobrecogedora. Aquí quedan mencionados solamentedos, Roca y Espichel, pero el viajero deberá descubrir los otros posibles. Sin olvidar que Portugal, país de alto simbolismo, tiene otros muchos puntos y lugares especiales, como por ejemplo el triángulo Braga-Tomar-Alcobaça (Templarios) que enriquecerán la percepción del viajero; o la pervivencia del mito de la Atlántida, del que las Azores serían el recuerdo; o las antas o menhires que pueblan el Alentejo, colocadas de forma no casual.

Pero, la final, una mala noticia: el escritor y ecólogo portugués Viriato Soromenho-Marques nos alerta en O Jornal de Letras (de 14-27 de julio 2021), del proyecto de construir junto al área protegida del cabo Espichel 58 unidades de residencia, además de 1528 habitaciones en la zona de la Aldeia do Meco. Todo ello en un área que se supondría protegida por la Red Nacional de Áreas Protegidas. ¿Para qué sirven los alcaldes y estas pomposas redes que parecen estar sólo vigentes sobre el papel?