Berlín manda, Europa y Alemania, por Paul Lever

18 mayo, 2017

 

(Berlin rules, Europe and the german way)

I.B. Tauris, London 2017, 270 págs.

ISBN 978 1 78453 929 0

El estudio de Paul Lever, diplomático británico que ha trabajado largos años en la Comisión Europea y que fue embajador en Alemania, nos permite comprender mejor la posición de Alemania en la Unión Europea y en el mundo, así como su política y su economía.

El libro se reparte en ochos temas:

La influencia de Alemania en la Unión, que se ha puesto de manifiesto, por ejemplo, con el preponderante papel de Alemania en las dos crisis más graves de la Unión, Grecia en julio 2015 y los refugiados, y hasta en la elección de Juncker, servidor de Alemania, pero poco apreciado por los británicos. El. Lever hace una semblanza de Angela Merkel, la que perfectamente encarna el poder tranquilo de Alemania, una dominación que los británicos siempre quisieron evitar pero que ahora ya no podrán contrarrestar. El autor nos describe la democracia completa de Alemania, sus instituciones y su empeño en no convertir la política en vana agresividad.Capa Berlin rules

El segundo capítulo está dedicado a la economía alemana. Hay que recordar que, descartado el plan Morgenthau, ideado en 1945 para dejar Alemania convertida en un país meramente rural y atrasado, la hora cero (Stunde Null, en 1945) y el Plan Marshall dieron un empujón para que los alemanes convirtieran su miseria en el famoso milagro. Lever destaca el papel de la mujer alemana en la reconstrucción, pues más cinco millones de hombres jóvenes habían muerto en la guerra.

Describe el paisaje industrial de las grandes empresas y el llamado Mittelstand, esas empresas de tipo medio, muchas de ellas familiares por varias generaciones. Muy interesantes son las páginas sobre el importante papel de los empresarios y de los sindicatos en su esfuerzo económico, en la innovación tecnológica y en la calidad, una actitud que, junto a la excelente formación profesional hace de los obreros alemanes los más competentes técnicamente del mundo, además de su virtud del Fleiss (trabajo duro). No existe el fenómeno de los Friday cars, esos coches que salen a trompicones de las fábricas antes de cerrar y que están mal terminados, como sucede en Inglaterra y en Estados Unidos. Junto a ello, la toma de decisiones en las empresas es compartida en gran medida y explica el acierto de la mayoría de las decisiones. Por fin, recalca el énfasis en la propiedad del capital y el escaso recurso al crédito.

Los retos de la reunificación, de integrar una tercera parte del país, mucho más atrasada, sin caer en el horror a la inflación y a los créditos al consumo, con ese afán de exportar más que importar, caracterizan también el modelo. Una austeridad, disciplina y productividad que explican también el rechazo a transferir fondos a países que no cumplen los requisitos del Pacto de Estabilidad.

El federalismo que fundó la Ley Básica de 1949, o Constitución, es objeto del tercer capítulo. Es interesante conocer cómo se vota en el Bundestag y en el Bundesrat o Senado para comprender la gran estabilidad del sistema y el correcto reparto de competencias entre el Estado federal y los Länder. Por ejemplo, en educación, aunque los sistemas parecen distintos según los Länder, la naturaleza de la educación es básicamente la misma y homologable en toda Alemania.

Curiosamente, para llegar al poder, contrariamente al Reino Unido, no es imprescindible haber pasado por el Parlamento. El Bundestag no es la vía central, sino que cuenta más la experiencia ejecutiva de haber sido presidentes de Länder. También, la forma de funcionamiento del Bundestag excluye la brillantez artificiosa de la oratoria privilegia la especialización técnica, la exactitud en las propuestas, así como en su posible aplicación.

De los 630 diputados, la mitad provienen de la representación regional, por lo que el vínculo nacional y el regional combinados aseguran que los intereses del país y sus territorios prevalezcan sobre los intereses meramente partidarios. Por ejemplo, los Länder son competentes en muchas materias que ningún ciudadano pensaría en atribuir al parlamento federal. Las responsabilidades están bien delimitadas.

Los partidos políticos son también analizados por Lever, desde su origen hasta en los debates actuales sobre política nacional y europea.

Un país sin pasado, como dice el autor, algo que se demuestra en sus dos eventos anuales, no en las celebraciones de batallas, guerras o victorias. Son aquellos, sólo el 3 de enero, conmemoración de la Reunificación y el 27 de enero, Día del Recuerdo del Holocausto. La segunda guerra mundial y los exterminios son hoy la razón del europeismo alemán. Alemania es el único país que ha revisado su pasado a fondo, en un proceso de catarsis y cura singular. De ahí también la reconciliación franco-alemana, el acento en la estabilidad de Europa y el antinacionalismo.

En cuanto respecta a los inmigrantes, los alemanes son humanos pero no ingenuos. Multiétnicos quizás, pero no multiculturales. La obligación de asimilarse es sentida por toda la población y todos los políticos, precisamente oponiéndose a todo tipo de ghettos. Sin embargo, el Ius sanguinis se antepone al Ius solis, como fórmula de integración privilegiada. La razón histórica es que casi quince millones de alemanes nacieron fuera de las fronteras actuales, expulsados en masa y de la forma más inhumana 1945 de los países del Este donde vivían desde siglos.

Alemania tiene fronteras con nueve países y muchas de ellas han sido complejas y controvertidas, sobre todo con Polonia y con Francia, pero también con Bélgica y con Dinamarca. Con Francia se firmó el Tratado del Elíseo en 1963 entre De Gaulle y Adenauer. Esto fomentó un contacto bilateral que siempre ha sido provilegiado por ambos Estados y que se manifiesta hasta en las relaciones entre funcionarios, el papel de la Ecole Nationale d’Administration como puente, la frecuente toma de decisiones conjunta de cara a temas europeos o bilaterales eso, que recuerda Paul Lever, irritaba tanto a Thatcher.

Con Polonia la relación ha sido muy difícil. Recordemos cuando Brandt cae arrodillado en el antiguo ghetto de Varsovia porque le faltaban las palabras. Alemania ha aceptado la línea Oder-Neisse, renunciando para siempre a Prusia Oriental y Silesia, tierras que habían sido alemanes durante muchos siglos.

Así, nos recuerda el autor, se ha formado el llamado Triángulo de Weimar entre Alemania, Francia y Polonia, pequeño acuerdo que, como el Benelux o el Grupo de Visegrado, es compatible con la UE.

Las relaciones con el Reino Unido se basan en la comunidad de valores, en la defensa del libre mercado. La ocupación británica ha sido la que más empatía demostró. Las últimas unidades británicas abandonarán Westfalia y Baja Sajonia tras 74 años, pero dejarán un recuerdo de amistad y protección, no como las tropas rusas, nos dice el embajador. Pero Alemania se distancia del Reino Unido con el Brexit, a pesar de aquellas palabras de Schäuble en 2014 de que “no se necesita más Europa, sino una Europa más “inteligente”.

Respecto a la Unión Europea, Alemania habla formalmente de unión política, pero nadie la define. Extrapolando la Constitución alemana, Paul Lever sugiere una serie de temas que podrían ser susceptibles de más Europa:

  • La Comisión dirige la política exterior y de defensa.
  • Inmigración y ciudadanía.
  • Moneda común.
  • Más impuestos.
  • Seguridad Social.
  • Grandes proyectos de infraestructuras.

 Pero no deberá compartir cargas de déficits causados por el incumplimiento de las normas básicas de correcta administración ni pagar las deudas de otros. Alemania siempre estará empeñada en hacer cumplir la disciplina del Pacto Fiscal y de Estabilidad y, por tanto, la viabilidad del euro. En estos temas la opinión pública alemana difiere bastante de las posiciones que proclaman sus dirigentes sobre una probable unión política. Hay menos disposición aun a pagar los platos rotos por la incuria de otros gobiernos que no han tenido disciplina fiscal.

Joschka Fischer y Wolfgang Schäuble, dos de los dirigentes más valorados y admirados por el autor, propusieron que hubiera más integración, reforzando el Consejo en vez de la Comisión y permitiendo incluso la elección directa del presidente de la Comisión. Pero a sabiendas que ni los partidos ni los ciudadanos europeos estarían preparados para ello.

El papel de los alemanes en las instituciones europeas es fundamental. De los presidentes del Parlamento europeo en los últimos veinte años, cinco han sido alemanes. Decenas de altos funcionarios alemanes presiden comisiones y grupos de trabajo.gracias en parte a ellos, el rigor fiscal y presupuestario, el euro y los requisitos medioambientales siguen estando en el centro de los asuntos más serios de la UE. También, el enfoque a los dos problemas más inmediatos, seguridad (Schengen), e inmigración (Frontex), son determinados por la sólida posición de Alemania.

El Tratado de Amsterdam de 1997 creó el puesto de Representante Europeo para Política Exterior y Seguridad, que fue ocupado por Javier Solana. Luego, el Tratado de Lisboa de 2007, estableció el Servicio de Acción Exterior europeo, cuyo director sería el Vicepresidente de la Comisión. Pero la Unión debe ser creíble, con una fuerza militar autónoma, consistente, sin perjuicio de las competencias de la OTAN. Lever es algo escéptico en que esto pueda ser una realidad en el futuro próximo.

En cuanto a las perspectivas con la salida del Reino Unido, Lever considera que no habrá un cambio drástico. La UE seguirá funcionando, resolviendo los problemas y las crisis a medida que se presenten, com ha hecho hasta ahora, sin grandes metas ni principios inamovibles o rígidos, con un gran pragmatismo. No habrá mucha más integración ni pérdida de soberanía, pero tampoco descomposición. No llegará a ser como un Estado federal, entre otras cosas, porque el presupuesto de la Unión es solamente del 1% del PIB europeo, mientras que el presupuesto del Estado federal norteamericano es del 20% del PIB.

Alemania seguirá liderando la UE, junto con Francia, de manera aun más fácil ahora que el Reino Unido ya no está. La Comisión quizá tenga algo más cuidado en no interferir tanto en las normas y costumbres nacionales (como cuando hasta ha regulado hasta cómo se debe servir el aceite de oliva en los restaurantes), quizá aplique el principio de discontinuidad, es decir, retirar un proyecto aprobado de reglas que puedan no ser muy necesarias e incluso repetitivas. Tendrá que haber más flexibilidad, aunque es posible que los países más centrales de la eurozona adquieran más compromisos que algunos periféricos. Esto no será la Europa a dos velocidades, pero habrá que tener en cuenta las realidades económicas y políticas para evitar voluntarismos como el que permitió aceptar a Grecia en la eurozona, por ejemplo. Pero los países periféricos permanecerán porque no tienen otro lugar a donde ir.

La última reflexión de Paul Lever es algo triste, y es que “dentro de veinte años muchos ya habrán olvidado que el Reino Unido fue miembro de la Unión Europea. Los partidarios del brexit no se arrepentirán y otros, mirando hacia atrás, pensarán que para qué sirvió tanto alboroto”.

El libro de Paul Lever es un ejemplo de cómo un diplomático conoce, observa, sintetiza y transmite su experiencia profesional. Un modelo de informe que se debería estudiar en las escuelas diplomáticas y universidades. Y, también, por qué no, un libro que nos gustaría que algún diplomático británico escribiera sobre cómo ve España, con esa objetividad, profundidad, simpatía no exenta de critica y claridad con la que Paul Lever nos ha descrito Alemania y su lugar en Europa y el mundo.


Misión en Angola. Episodio 26. Revelaciones tardías del barón Von Stapel

29 febrero, 2016

Además de Dumba, mi último gran amigo de aquellos tiempos fugaces del Planalto fue el barón Von Stapel, al que había conocido demasiado tarde. Con él reanudé la relación cuando casi doce años después se instaló en Lisboa, en un piso queirosiano de la rua Mouzinho da Silveira, frente al palacio Medeiros. En aquel piso, entre libros y mapas antiguos, con ese olor a polvo de sabiduría de las viejas bibliotecas, he pasado lo mejor de la década de los ochenta, lejos de los tumultos políticos y en la placidez de los tiempos pasados. Allí descubrí mi pasión por la bibliofilia y el spicy tea, única bebida que parecía tolerar el barón.

Recuerdo cómo, ya pasada la Revolución de los claveles, sacó una tarde un viejo archivador y, tras buscar unos minutos, extrajo dos papeles amarillentos, uno en francés, otro en alemán. Este, con una pequeña fotografía en el ángulo superior derecho. Era de un joven en uniforme -no distinguía bien las solapas, pero Von Stapel susurró, SS-.

-¿No le resulta un rostro familiar?

-Sí, algo me dice…

-¿Y el apellido?, Fürst.

-No caigo.

-Este señor no es sino el padre de su querida en Angola, de aquella señorita que no le dejaba un minuto, Liselotte…Forst, una leve variación de Fürst.

Ante mi sorpresa, el barón continuó.

-Yo tampoco lo supe hasta mucho más tarde, en Brasil. Su padre se estrenó como SS en Francia, tiene prohibida la entrada en ese país. Se refugió en Brasil donde vive su retiro con toda tranquilidad, admirado y reconfortado por el club alemán de Curitiba. De ahí la gran fluidez de aquella chica en portugués. Ella llegó al Brasil con apenas cinco años. Y después, en Angola trabajó para la PIDE, la naturaleza le llevaba a ese campo. Ella fue la que me denunció y la que le denunció a usted y, por supuesto, la responsable de la muerte de aquel belga.

-Lilo, ¡imposible! Al belga Herrinkx lo mató la guerrilla.

-No saque conclusiones tan pronto ¿Cómo cree que aquellos pides, que no sabían alemán, que rehuían acomplejados el contacto con los colonos alemanes, sabían tanto de toda aquella operación? Liselotte traducía para usted y también para la policía política portuguesa, no sea usted ingenuo.

-Sí, la verdad es que los tipos de Luanda sabían todo, pero yo lo atribuí a los chóferes de los Land Rover que nos condujeron por todo aquel periplo.

-No, esos no hablaban más que quimbundu y un poco de portugués. Fué ella. Desapareció de Angola al poco. En todo caso, aquí tiene dos documentos de su ilustre padre; como verá, la joven no podía tener mejor currículum, y me tendió los papeles para que los viera con tranquilidad.

-Bueno, pero ella no iba a ser culpable de lo que su padre hubiera hecho, dije, devolviéndole aquellos documentos tan evidentes.

-Sí, de acuerdo, pero vivió siempre con él, bebió en sus fuentes, y luego el conde y yo fuimos atando cabos. Nada más llegar usted, se hizo la encontradiza, lo sedujo, lo acompañó, estuvo presente en todas las cenas y reuniones, con el pretexto de traducirle y de hacer de cicerone. Esta señorita no había nunca frecuentado nuestras reuniones, no era como nosotros.

-¿Actuó por resentimiento?

-Y porque le pagaban bien. Ella no tenía dinero, vivía, digamos -dudó un momento en decirlo- de una prostitución de lujo, para entendernos.

-¿Y cómo un hombre tan avezado como el conde pudo recomendármela, contratarla ?

-El conde era demasiado aristócrata para pensar mal de la gente. Y se la había recomendado Halter…

-¿El de la Legión Cóndor ? Menuda recomendación.

-Sí, pero un militar de los pies a la cabeza, y eso al conde le hacía perder toda prevención. Para él un militar siempre era honorable.

-¿Qué habrá sido de ella ?

-No se preocupe, se volvió al Brasil, cazó un diplomático español algo viejete, ya en fin de carrera y me parece que ahora vive un retiro dorado en la Costa del Sol, con la herencia del viejo.

Yo me sentí póstumamente algo humillado en mi donjuanismo pues lo que pensaba una conquista no era más que trabajo a sueldo de la PIDE. Eso sí, la Policía Interancional de Defensa del Estado me proporcionó nueve semanas de desafuero total, como nunca más he tenido en toda mi lusitana existencia.

La rua do Patrocinio baja trazando una leve curva desde el Campo de Ourique, enfrente mismo del café de mis encuentros galantes de otrora, A Tentadora, hacia la rua Santo Antonio a Estrela. Está empedrada de guijos negros, irregulares. A la derecha, un despacho de pan donde, desde hace años, salazarista impenitente, el señor Alves sirve a una clientela de abuelas y de niños que van a la escuela, disertando sobre el estado de nuestra nación, y un poco más abajo deja a su izquierda el viejo palacio de los…. La bordean casas modestas y algo decrépitas. Frente al palacio está el cementerio alemán, siempre cerrado, con unos cipreses grandes y sombríos y unas tumbas románticas con letras góticas y verdín. Descansan allí incluso algunos oficiales de la Kriegsmarine cuyo navío fue hundido por los ingleses en el largo de Ericeira allá por 1944. Y unos viejos nobles, comerciantes olvidados y algún que otro nazi emboscado en la postguerra que vivió sin ser molestado en nuestra Lisboa del Estado Novo.

Allí nos encontramos el 24 de septiembre de 1989 unos pocos viejos amigos para acompañar en su último destierro al barón Von Stapel. Las primeras tormentas habían ocultado el sol, trayéndonos un otoño triste que duraría meses. Las calles rezumaban agua y yo pensaba en los lejanos días claros del planalto, en la veranda de Von Stapel, en su esposa Jutte de una modestia antigua, de vieja alemana digna y laboriosa. Un circunspecto empleado de la embajada alemana, oficioso y taciturno, era el único enlace oficial y germano en aquel responso. Los demás, amigos descubiertos hacía unos instantes para perdernos inmediatamente en la lluvia triste y no volvernos a vernos más.

Von Stapel, viudo, encerrado en su viejo piso de la rua Mouzinho da Silveira que olía a libros, había pasado sus últimos años recopilando cuidadosamente sus estudios y completando sus fichas sobre los últimos bosquimanos del distrito de Namibe y de Huila, intentando corroborar las conclusiones algo superficiales del padre Carlos Eastermann, otro estudioso, todo lo que había sido su pasión durante toda su pacífica e inofensiva vida, en la que se preció de la amistad del gran estudioso que fue nuestro Antonio de Almeida. Algunas tardes, avaro de mi tiempo y que hoy me parecen pocas ahora que ya no está, le había hecho compañía y le había escuchado disertar con su todavía fuerte acento alemán, en un portugués que tenía algo de brasileño, sobre los kwengo, los vazama o bosquimanos negros, los kwankhala, los khun, los mucucuancalas y los cassequeles, entre otros innumerables grupos que las guerras civiles habrán dispersado o llevado a la total extinción pero que durante la colonia se mantuvieron preservados y aislados, sin ser inquietados.

 


Misión en Angola. Episodio 25. El doble juego de Couto

15 febrero, 2016

Couto, naturalmente, estaba en otra batalla, apoyando a los elementos más radicales del ejército portugués para echar a Salazar, proclamar la independencia total de Angola y quedarse de plutócrata en la confusión que sucedería al éxodo. Parte del plan, la independencia, el éxodo, la confusión, terminarían cumpliéndose, con el millón de retornados que nadie quería ni ver ni oir en Lisboa, pero los tipos demasiado astutos como Couto no pudieron sobrenadar en las aguas turbias. Los del MPLA, UNITA y FNLA no querían nuevos mentores. Le dieron parte de lo suyo, mal ganado, y le invitaron a hacer mutis lo más rápido posible.

Mucho tiempo después supe de la idea genial que yo atribuía al señor Doutor, y que no era sino un pastiche de todas aquellas ideas de Claridade y del idealista brasileño Gilberto Freire preconizando el mestizaje y sobre las que oí varios comentarios sarcásticos y crueles en las haciendas alemanas. En 1964, aquella idea ya había perdido todo el fuelle y lo que yo tomé por confidencias novedosísimas no eran sino papeles mojados y sonsonetes de viejo chocho.

Los directores de la PIDE y otras personas que leían demasiada historia, como el profesor Marcello Caetano, estaban en contra de aquel recurso a los alemanes. Aún recordaban, como si los hubieran vivido, los sucesos de 1891, con el intento de apropiarse de Cuanhama, y los penosos episodios –por la impotencia del ejército luso- de las incursiones alemanas desde el Sudoeste alemán en 1915, los landins, tropas indígenas, que fueron sistemáticamente ahorcados por los soldados alemanes –como en el fuerte de Naulila- para disuadir a los negros de vestir el uniforme portugués, las armas que entregaban a las tribus irredentas para que atacaran a los portugueses, sembrando el caos en la ribera sur del Cunene. Demasiados agravios para que ahora fueran a confiar en la mano alemana, aunque fuese traida por el señor Doutor (Oliveira Salazar, para los lectores olvidadizos). Era considerado todo aquello una demencia senil. Marcello confiaba más en las tropas que en utópicos brasiles.

Los pides, mucho menos sofisticados, también odiaban en el fondo a los alemanes, como a los boers, porque los hacían sentirse inferiores y eran excluidos de sus farms y de sus fiestas en las que se decía, sin fundamento alguno, que las rubias Fräulein eran bastante fáciles tras haber corrido la cerveza. Pero el hambre sexual de los pides era sólo equiparable a la de los estudiantes. Yo era por tanto un peligroso subversivo vendido al marco alemán y al florín holandés, probablemente hasta un peligroso demócrata.


Misión en Angola, episodio 24. Herrinkx el bueno.

3 febrero, 2016

El belga trajo otras historias, otros modos. Además de los litros de cerveza que ingería y evacuaba (en ruidosas y frecuentes visitas a los excusados), introdujo, junto con Haraldsson, un sistema de hacer trampas casi imposible de detectar. El conde abandonaba entonces prudentemente la partida y se retiraba a sus aposentos, siguiendo a su baronesa que hacía mucho había hecho lo mismo, con ese mohín altanero que se le quedaba fijo en cuanto el porcentaje de plantadores sobrepasaba el de viejos junkers. Lo intrigante era cómo le toleraban a Haraldsson sus groserías de biergarten y al belga intruso sus malas artes y sus marrullerías. Después, pasada no más de una hora, el asistente del conde hacía levantar discretamente el campo y los plantadores, pertrechados de armas se dirigían a sus potentes vehículos estacionados bajo los imbondeiros (como llaman en Angola a los baobabs). Afortunadamente las pistas eran lisas y lo más que les podía pasar era salirse de la picada pero en general, resistían extraordinariamente bien el alcohol debido a su densidad corpórea.

Herrinkx era jovial, le solía dar llorona pero cuando estaba sobrio, parecía sólido como una roca y se erguía muy digno, discutiendo en alemán con los plantadores. No se parecía en nada a otros belgas que habían escapado del Congo y de Katanga con las orejas gachas y que ni mencionar el nombre de la colonia osaban sin o simplemente “allí hacíamos esto, o lo otro, o los indígenas de allí,…”. Los alemanes le trataban, extrañamente, con deferencia, menos Lilo, que ni le miraba.

Herrinkx había alcanzado ya a esa categoría tan frecuente en las colonias: la del desesperado. Era capaz de atravesar Angola de parte a parte sin temor a las pistas enfangadas, de día o de noche, solo, sin importarle los primeros guerrilleros y los bandidos que pululaban por el monte fuera de control de los portugueses. Era el hombre sin miedo, el voluntario para las tareas más peligrosas. Se decía que conducía sistemáticamente borracho, cocido por el sol en una especie de catalepsia conductora. Había estrellado un par de camiones, saliendo milagrosamente indemne pero, además, sabía arreglar los desperfectos y enderezar chapas sólo con sus manos como tenazas o reparar la dirección torcida de un camión a base de martillazos y canibalizando piezas viejas. Por eso su contrato se mantenía. No había otro igual.

Cuando le daba por llorar en plena borrachera llamaba Katia a todas las mujeres, incluidas las criadas negras, hablaba francés mezclado con ruso y quizás flamenco, era la rechifla general y terminaba dormido tirado en alguna hamaca a la intemperie, sin ser siquiera atacado por las alimañas. Su indiferencia total al sufrimiento físico quizás hasta repelía los peores enemigos.

Taciturno salvo cuando bebía, era sin embargo un hombre de fiar, no era malo ni capaz de engañar a nadie, entre otras cosas porque su limitada inteligencia le impedía ensartar una mentira con esperanzas de ser creida. Era el perfecto correo, recadero de los alemanes, con sus ojos obstinados tras el volante como si su única misión en la vida fuera llevar un cargamento de negros para las minas, para bajar al John.

Su muerte fue considerada, además de una estupidez, una ignominia. Ni el negro más irredento había sido jamás maltratado por Herrinkx. Bastaba con su presencia para imponerse, sin castigo físico, sin amenazas. Los negros le respetaban y no le odiaban. Los alemanes más perspicaces vieron inmediatamente en su muerte la mano de la PIDE. Yo le recuerdo en alguna de aquellas desparramadas pítimas, contándome por centésima vez su historia de Katia, la niña perdida y, con los ojos dilatados y lacrimosos, decirme, “je vous aime bien, vous savez, monsieur Cugna, je vous aime bien”. Me desasía del grandullón que se ponía encimón y más pesado a medida que ingería sin distinción cervezas, schnaps, bol y demas mejunjes.

-Desconfíe de esa mujer, y señalaba con el mentón a Lilo, que se paseaba entre los grupos de alemanes por los porches- todas las mujeres son unas traidoras. Se aprovechará de usted, monsieur.

-Señor Herrinkx, ¿cómo se permite…?

-Esa señora no me gusta nada, créame, he conocido a muchas alemanas, esa no es trigo limpio, insistía, tambaleándose y alejándose agarrado al pasamanos.

No le escuchaba porque su aliento me echaba para atrás y le desautorizaba a mis leguleyos oídos. Muchas veces, en los meses siguientes y por mucho tiempo después, recordé aquellas palabras premonitorias. In vino veritas.


Misión en Angola. Episodio 23. El turbio pasado del belga Herrinkx

22 enero, 2016

 

La vida de Herrinkx no había sido fácil. Con veinte años fue alistado, no se sabe muy bien si a la fuerza o lo hizo voluntariamente, que sobre esto todo el mundo ha mentido mucho, en la División Wallonie, reclutada por Léon Degrelle y marchó a luchar a la estepa rusa. La aventura acabó pronto y en 1944 estaba de vuelta en Bruselas, con una pequeña condecoración y la extraña sensación de que había cometido un error irreparable, la gran equivocación de su vida. Sus amigos del colegio y de los boys scouts habían tomado el camino inverso y estaban  en Londres, con la resistencia. 1945 se anunciaba muy difícil. Afortunadamente para él, se necesitaban manos en el Congo y ninguna autoridad reparó demasiado en aquel recluta perdido que, astuto, había sabido borrar o enturbiar las pistas.

En Léopoldville se ilustró como un excelente conductor (camiones, pesos pesados, jeeps, lo que le pusieran que tuviera ruedas) y sus servicios fueron recompensados debidamente con un contrato sólido con la empresa …, encargada de las minas del Alto Katanga. Herrinkx no había echado en saco roto la disciplina de aquellos cuerpos valones en Rusia y destacó inmediatamente como un capataz severo, fiable, inflexible con los negros y, sin embargo, sin el espíritu corto y miope de un vulgar negrero. Su único problema fue el calor, indirectamente, porque el calor llevaba a la cerveza y ésta al abuso, de tal manera que Herrinkx, siempre solitario, como un huérfano, pasaba lo más claro de su tiempo libre entregado a la bebida. Esta le daba llorona y afectiva, y terminó haciendo indebidas confidencias a envidiosos capataces, sin mejor ni más limpio pasado que él mismo, que aquello era una especie de legión extranjera poblada de indeseables, huidos de la justicia y desertores de varios ejércitos en la debacle de los años cuarenta. En Bélgica andaban ajustando cuentas con oficiales, funcionarios y soldados e incluso con el rey, acusado de connivencia con el enemigo. Había sonado la hora de partir.

Herrinkx partió para el sur, llegando a Luanda sin más que unos francos en el bolsillo pero curtido en las selváticas tareas de manejar negros y trabajadores de las minas. Su destino natural era la Diamang, Diamantes de Angola, que necesitaba organización y manos fuertes, y duras. En Luanda, en 1950, la vida le volvió a sonreir, aunque no fue sino un ojo de sol en la tormenta. Encontró una bella rusa, Katia, con la que pronto congenió y a la que sedujo –quizás el único hombre que le había lanzado piropos en su lengua desde su temprana juventud-. Katia le hizo dejar la bebida por unos meses, le dio una hija, Catherine o Catarina o Ekaterina, que sobre estos detalles siempre hubo dudas. Herrinkx engordó y se puso aún más colorado, con una especie de grasa feliz y opulenta que aumentaba la robusta rubicundez, aderezada con alcohol, que le caracterizaba.

Pero Katia desapareció un mal día en brazos de un furtivo cazador de mujeres en el trópico, un oficial de un barco de paso. La niña también desapareció, aunque no en el barco, sino entregada deprisa y corriendo a la clínica rusa de Luanda (pero esto nunca lo llegó a saber el padre en vida) y Herrinkx se hundió en la bebida por un par de años hasta que dio con el viejo …., al que sus hazañas rusas le habían convencido de que era una buena captura. Desde entonces trabajó para los alemanes y, a través de éstos, para WNLA.

 

 


Misión en Angola. Episodio 21. El bridge y la inteligencia de la PIDE

22 diciembre, 2015

Excuso contar todos aquellos interrogatorios, siempre de madrugada, en sótanos calientes y sin aire renovado desde hacía años, con la boca seca delante de los cafés que los pides saboreaban con fruición o la botella de zumo que alguno bebía ostensiblemente con deleite mientras me espiaba de reojo. En los cuartos que íbamos pasando, los policías con insomnio jugaban interminables, silenciosas y aburridas partidas de ajedrez, para avivar su mente y su improbable espíritu de deducción, con el incierto resultado de conseguir que excitasen su fanatismo viendo por todas partes peones subversivos que entorpecían la marcha del emperador o rey y de sus secuaces torres y caballos. De vez en cuando, en aquellas idas y venidas de calabozos y salas de interrogatorio, me cruzaba con algún detenido, conducido esposado y cabizbajo. Solían ser mestizos, los más claros modelos de assimilados, fruto de nuestra obra colonizadora pues, como siempre ha sido, los más espabilados eran los primeros en organizarse, emprendiendo el arduo camino de la subversión, aquél contra el que el señor Doutor había proclamado su famoso rápidamente y masivamente (es decir, rápida y masiva represión). No los encontraba dos veces, masivamente eran torturados y rápidamente desaparecidos, aunque entonces yo aún no fuera consciente de la dimensión de la acción policial, crédulo del proyecto afrobrasileño. Pero aún así, evitaba cruzar sus miradas por miedo a que los ajedrecistas dedujeran algún enlace oculto. Yo, privilegiado, sólo recibía algún bofetón puramente educativo, docente, de cuando en cuando. No en vano el ochenta por ciento de los pides alardeaban de tener estudios superiores. No eran de la turba soldadesca de las Beiras, lejos de tal.

Uno de los momentos más interesantes fue cuando el pide que respondía al nombre, probablemente de préstamo, Senac, me mostró un pequeño papel de fumar con unos números :

A J 5 4           Q 8 6 3           7 2                  K 10 9

A K J 10         Q 8 4              7 6 5 3 2        9

3                     A J 5 4           K 2                 Q 10 9 8 7 6

Q 10 4 2        6 5                  A J 7 3           K 9 8

Toca oeste, y debajo, N/S Vulnerable.

El tal Senac estaba encantado con su hallazgo, al parecer entre las páginas de un libro del padre Vieira que yo transportaba conmigo, sin haber conseguido leer una sola página en toda mi estadía. Para él, ahí estaba la clave de todo. No conseguí jamás convencerlo que era una fórmula del bridge, una partida que el conde, o el barón, o alguien, me había puesto una tarde como ejercicio. Muchos años después, aún me entretengo repasando todo el expediente, que me ha sido devuelto tras el 25 de abril y del que transcribo parte de los papeles y fórmulas mágicas que hicieron soñar a los pides con una gran conjura germano belga para entregar el sur de Angola a los nostálgicos de Windhoek.

Los esbirros de la PIDE tenían ese odio atávico al señorito de Estoril y Cascais, con quien identificaban el juego del bridge. El bridge que sin embargo no es un juego sino un deporte, como yo trataba de convencerlos, ni más ni menos que el fútbol, a bola, como decían ellos. Pero mi supina ignorancia del balompié y su resentimiento de clase fueron obstáculos insalvables para demostrarles que yo era inocente de toda conspiración.

Perdí la cuenta de los días y las noches que pasé en tan buena compañía, conté lo poco que sabía -ellos ya sabían aparentemente todo- y traté de no corroborar todo lo que ellos afirmaban. En fin, intenté sobreponerme al miedo y la desorientación, convencido de que el senhor Doutor, al fin y al cabo, me echaría un cable. Y como al único que podía denunciar era a él, estaba con el ánimo relativamente tranquilo. Hablé mucho de Couto, cuya frecuentación consideraba una buena coartada.

Se encasquillaron en varios papeles y misivas que los del hotel, horribles colaboracionistas, les debían haber pasado. Todavía recuerdo cómo insistían una y otra vez en un mensaje absurdo y absolutamente misterioso que decía:

La única defensa posible es alzarse con el trébol y así el Este podrá obtener dos ruffs.

También recuerdo su turbación y desconcierto generalizado cuando se me ocurrió soltar la palabra maniqueo en una de aquellas madrugadas húmedas y mareantes. Ellos creían que aludía a Pina Manique, ese histórico comisario de policía que aterrorizó a los liberales, para los pides un héroe, un precursor, lo que contribuyó aún más a hacerme más impopular si cabe entre aquellos energúmenos. Durante días estuvieron preguntándome qué quería exactamente decir con esa especie de insulto, tras haber escudriñado cuanto diccionario -que debería ser malísimo- pudieron encontrar en sus mugrientas oficinas. Lo hallaron de lo más sospechoso. Incluso creyeron que me refería a otro tal Manique, un oscuro subversivo que ellos habían hecho desaparecer hacía unos meses.

Creo que mi libertad sin cargos fue un alivio para sus tórridas y acorchadas mentes. Había uno especialmente, apodado ‘el Adobe’, que paseaba una panza tensa como un tambor y su aire gaseoso entre las mesas con una especie de rabia contenida porque « no entendía ». Era alentejano y mi heredad en Alcácer do Sal, en cuyas tierras había trabajado su padre, le mantenían en el dilema de la revancha popular y el respeto reverencial de generaciones con un analfabetismo sideral por cuyo perpetuación tanto nos habíamos esforzado las clases altas, incluso despidiendo al osado jornalero que enviase a su hijo a una escuela, práctica bastante habitual en nuestras quintas y haciendas.

La confusión general terminó de extenderse por los servicios cuando un avispado pide, ex seminarista, pálido, granujiento y probablemente onanista, cayó en la cuenta de que en el distrito norteño de Zaire existía el puente de M’Bridge, sin duda apto para que los terroristas que venían del ex Congo Belga introdujeran las armas por aquellos parajes. Que encima uno de los palos del juego sean los diamantes ya los terminaba de sacar totalmente de quicio. La conspiración iba tomando forma entre cafés, cigarros y vasos de cachaça. El ‘seminarista’, que respondía al nombre de Isaque, Isaque Salgadoera, el sedicente experto en cartografía.

Pero si el arte de la deducción y el análisis no eran lo suyo, eran excelentes en reclutar los más variopintos confidentes, soplones, infiltrados, provocadores y demás ralea con cuyos informes algo borrosos iban nuestros serviciales pides construyendo sus castillos de cartas, no de bridge, para, a su vez, tener entretenido al poder de la metrópoli. Por ejemplo, conocían todas mis andanzas con Lilo de primera mano. Ello hizo que aunque no hubiera estado enamorado, me acompañase una sensación de abandono cuando descubrí que aquel placer había traído esta desgracia, como la purga de mi pecado, lo que venía aconfirmar todas las crudas advertencias que nos hacían los Salesianos en los ejercicios espirituales sobre los vicios de la carne y el consiguiente castigo por pecar contra el único mandamiento que importaba, el sexto.

A pesar de que habrían pedido verificaciones a Lisboa y los informes sobre mi pasado no podían ser más que lo más apaciguado y mediocre que el objeto de sus pesquisas, los pides seguían enfrascados y absolutamente ofuscados por aquellas inocentes claves y muestras del bridge, embotado el entendimiento entre tabaco y cachaça, en un mareo total. Por fin, gracias al barón Von Ahlefeldt, al conde y a un par de militares con algo de sentido común (y a la longa manus de Marcello -Caetano-, sospecho hoy), una buena mañana quedé en libertad sin más explicaciones. El fanfarrón de A Alcatra, aquel militar que llamaban Dumba, y que yo al principio había calificado para mi uso personal como un militarón, estaba pacientemente esperándome en un UMM flamante con neumáticos blancos de la policía militar. Noté su mirada mezcla de reproche, simpatía y bienvenida.

Pasé tranquilamente un par de semanas en el fuerte de San Miguel, bajo plena jurisdicción militar y a los cuidados de Dumba. Las tardes somnolientas, regadas con whisky de importación y mucho naipe (no bridge, desgraciadamente) las aproveché para ordenar mis notas que remitiría, una vez llegado a Lisboa, al pequeño funcionario de San Bento. No eché en absoluto de menos el hotel Globo ; las piedras edificadas por nuestros ancestros en el sólido y eterno fuerte mantenían una temperatura mucho más llevadera en aquellas salas abovedadas por las que entraba el aire marino. Reconocí que había sido injusto con Dumba que unía, a su fiereza militar natural, un extraordinario sentido común y un desprecio por los malolientes pides que él consideraba militares frustrados y tan cobardes que se habían refugiado en la tortura, la delación y la molicie para eludir el servicio de las armas. « Sólo disparan contra la gente desarmada », escupía Dumba, haciendo un gesto de asco con la boca.

Dumba, desde nuestro encuentro en Lisboa, había estado instruyendo comandos sobre el terreno y unos pides borrachos de los que seguían a nuestros soldados para ir limpiando las zonas de simpatizantes de los terroristas, le habían hablado de Couto y de mí.

-Decían que trabajabas para los belgas y para la ONU.

-¿De dónde se sacaban esas historias ?

-Un tal Couto, ¿lo conoce ?

-Sí, claro, es el tío de mi novia.

-Un pájaro. Por lo visto les habló de sus andanzas por las haciendas alemanas, de sus contactos con un belga…

-¿Herrinkx ?. Ha muerto, lo mataron en el sur.

-Ellos decían que el belga transportaba armas para la guerrilla, aprovechándose de su trabajo de reclutamiento de trabajadores para la De Beers.

-Yo creo que no, parecía un personaje inofensivo y nada politizado. Y la De Beers le pagaría bien, no necesitaba…

-Bueno, nosotros hemos visto de todo, suecos, americanos, vendiendo armas, traficando con la guerrilla, hablando con nosotros para luego informar de nuestras posiciones al enemigo. Aquí en Africa con el mambo que hay montado todas las ideas que pudiéramos traer del país dejan de ser válidas en cuanto desembarcamos.

-Herrinkx era hombre de confianza de Von Bodenberg. Por eso participó en nuestras reuniones. Al revés, si lo mataron era porque era un tipo cabal.

-A alguien le estorbaba, afirmó rotundo Dumba, aspirando el humo de un cigarrillo más. Y no a los guerrilleros, ésos no saben nada de ésto. Lo matarían los negros, pero la orden salió de otro lado. De aquí cerca.

-¿Couto ?

-¿Sabe usted que llenaron el camión de cajas de fusiles checos ? ¿que hicieron fotografías de todo antes de levantar el cadáver del que, curiosamente, no hay ni una sola fotografía ?


Misión en Angola. Episodio 19. La hacienda de Von Ahlefeldt y el barón Von Stapel.

30 noviembre, 2015

Un fresco amanecer, cuando aves desconocidas comienzan a graznar en los árboles, solazábame con Lilo cuando unos discretos toques en la puerta interrumpieron nuestro amable despertar.

Por debajo de la puerta deslizaron un furtivo e inoportuno sobre. Penosa y perezosamente me desasí de los brazos de la bella alemana y fui a por la misiva. No auguraba nada bueno. Salíamos en treinta minutos y la firmaba el conde en un estilo de lo más estricto y seco. Lilo tuvo uno de esos ataques de neurastenia con los que me agobiaba cuando no estaba a la altura de sus expectativas, algo que se iba haciendo frecuente a medida que pasaban las semanas de prestaciones, que aumentaba el calor (estaba ya pasando la bella época del cacimbo) y que me hastiaba de sus bronceadas y firmes carnes y atisbaba con más interés que el puramente etnológico algunas de las mulatas de címbreos cuerpos que trabajaban en todas aquellas germanas haciendas.

El conde me esperaba, impecable en sus ropas de un afrikakorps planchado, al pie del inmenso Mercedes 300, aquel que dieron en llamar ‘adenauer’. Por el camino, me fue poniendo en antecedentes de Von Ahlefeldt. Si éste se incorporaba al comité de notables alemanes que estábamos intentando formar con pero que mejor fortuna hastan el momento, la misión estaría cumplida. Luego, era sólo seguir la corriente, impulsar esos apetitos alemanes que venían de hacía más de cincuenta años de ocupar Angola y convertirla, junto a Namibia en un país germánico. Los colonos alemanes se irían convenciendo de la bondad de los designios ocultos del señor Doutor, y a ellos les seguirían los portugueses más esclarecidos.

-Tiene línea directa con Bonn y con los americanos, claro. No creo que tanto con Lisboa; ésa será su tarea, resumía el conde. Esté atento a cuanto diga; hablará en portugués, no se preocupe. No tome notas, pero en cuanto salgamos de allí, tiene usted que preparar un informe, máximo una página, pour mémoire. Su viaje está llegando al final y los acontecimientos se pueden precipitar en cualquier momento. Los movimientos terroristas quieren dar otro golpe, del estilo del de… Es la espiral clásica: ataque lo más odioso posible que desencadene una represión indiscriminada y diez veces más fuerte que la acción que le dió origen y embaucar a los indígenas, haciéndolos que nos odien. Como habrá visto usted en su periplo, son los que trabajan con nosotros los que mejor viven. Y por eso son el blanco directo, principal, de los terroristas. Quieren deshacer esa armonía, esa muestra palmaria de que juntos podemos ir más lejos que separados.

-Sí, pero con la policía de aquí, no va a ser fácil –añadí, pues también me había percatado de cómo la PIDE parecía a veces pagada por Agostinho Neto u otro de los héroes indígenas.

-Precisamente, pero esta estrategia les ha dado resultado en Argelia y en el Congo Belga. La seguirán al dedillo aquí. Y si Salazar y los militares portugueses caen en la trampa, ya no habrá solución. Pero escuche, escuche lo que le diga el señor Von Ahlefeldt le será de gran utilidad. Con éso podrá completar su visión de Angola e informar debidamente en…

-¿Estaremos solos con él?

-No, creo que habrá otros miembros del consejo informal que hemos constituído el año pasado, cuando los portugueses habían perdido por completo los nervios tras las masacres de… Creo que estará también el barón Von Stapel. Un verdadero caballero. Es un suabo. Salió de Alemania en 1935, con un fútil pretexto de investigar no sé qué tribu africana. Así evitó la vergüenza y el oprobio, ser testigo del horror. Luego cumplió sus deberes militares en Besarabia, sin gran alarde y, herido malamente por una granada soviética, logró pasar el resto de la guerra alejado del frente, en su gabinete ; algunos no se lo han perdonado, lo han considerado casi un desertor, un pacifista que logró recurriendo a expedientes poco claros, a rehuir sus deberes con el Reich. Algunas de las personas que usted ha frecuentado, y frecuenta (dijo ésto con un cierto matiz que apuntaba a mi traductora), no le pueden ver. Von Ahlefeldt , sí.

-Von Ahlefeldt ¿también se fué de Alemania?

-No, era un patriota, un militar de carrera y aunque no le gustase el Führer sirvió hasta el final como Comandante de una División de Panzergrenadier… Los americanos no tuvieron nada contra él y tras los debidos cuestionarios, en unos meses, estaba libre. Pero sus tierras eran ya Polonia. No tenía nada, más que muchos amigos del ejército, un nombre y un gran sentido de la organización y de los negocios. Ha reconstruido su fortuna en pocos años, ya verá.

La hacienda de Von Ahlefeldt era, en efecto, una auténtica provincia dentro de Cuanza Sur. Auténticas carreteras y no simples picadas polvorientas o embarrizadas como en nuestras haciendas portuguesas, con explanadas en las que podrían aterrizar hasta aviones de carga, silos, una central lechera, incluso un pequeño ferrocarril para transportar las mercancías hasta los muelles de los camiones. Von Ahlefeldt era uno de los puntales de la agricultura angoleña y su exportador privado más importante. Von Bodenberg había querido que me entrevistase con él, que viera con mis propios ojos las posibilidades de una independencia controlada. « Con un par de empresarios como él, se pueden garantizar cinco ministerios y la viabilidad de esa especie de Estado asociado, es decir, de un Portugal asociado a Angola », ironizaba el conde. Durante aquellas semanas había percibido, incluso entre los más simpatizantes con nuestro país, un cierto sarcasmo cuando hablaban de nuestro gobierno y sobre todo, de la administracióm de la provincia. Aquello no dejaba de molestarme y me venían a la mente las tres palabras con que don Francisco Couto había despachado a los germanos : « insociables, apartados y luteranos ».

Seguimos la carretera de Cela sobre un asfalto a menudo deshecho por las lluvias y porque lo habían echado prácticamente sobre la tierra, sin mayor preparación, para alguna inauguración apresurada del gobernador Silvino Silveiro Marques, ávido de ser congratulado por Lisboa, de hacer fotos para el servicio de propaganda y de quedarse con unos contos de las contratas hechas de cualquier manera.

Kilómetros antes de llegar a la hacienda principal ya se divisaban los edificios a lo lejos, cultivos ordenados hasta perderse de vista, tractores especiales sobre las plantas de café, blancos y negros con ropa de trabajo, riegos por aspersión más allá. Junto a este emporio, las ordenadas haciendas alemanas que había ido visitando eran pequeños chalets de recreo con jardincillos de adorno. Von Ahlefeldt estaba con frecuencia ausente en viajes de negocios a Sudáfrica, Inglaterra o Alemania. Pero el conde se había encargado de reservar con antelación esta audiencia, convertida en una especie de consejo de administración de los alemanes más influyentes. Lilo fue discreta, pero firmemente, dejada fuera del grupo. « Von Ahlefeldt habla perfectamente portugués », me había tranquilizado el conde. En los últimos días había notado que no era bien recibida y que el conde, cuando quería confiarme algo especial, me apartaba de ella con el pretexto de presentarme algún hacendado candidato al comité de notables.

Por su parte, ella, una vez consumados sus propósitos higiénicos, pasaba del furor a la mayor frialdad, ocupándose de asuntos para mi desconocidos, cartas a empresas lejanas, recados imposibles o conversaciones en inescrutable alemán con alguno de los colonos menos simpáticos y más herméticos. El conde, que observaba su proceder, no parecía muy conforme con su papel, autoatribuído, de traductora y secretaria. Lilo transportaba, además de papeles misteriosos en una abultada cartera de cuero negro, una máquina Torpedo en su funda de metal gris.

En aquel almuerzo conocí al barón Ernst Von Stapel. Delgado, pequeño, para un alemán, era originario de Hannover. No era un importante empresario ni hacendado sino que había sido invitado por su gran ascendiente entre los más ilustres junkers de Angola. Condecorado varias veces como héroe de guerra, había estado involucrado en la conspiración de Von Stauffenberg y sólo se había librado de la horca gracias a su glorioso historial. Después de la guerra, los aliados le habían marginado de todo puesto, había debido traspasar la farmacia familiar, vender sus pertenencias y partir. En Angola había descubierto un mundo nuevo, el interés por los pueblos semiprimitivos que, como él decía con razón, habían ya desaparecido de los territorios controlados por los ingleses. Los últimos bosquimanos, o mucancalas, como son también llamados, por ejemplo, se encontraban en el sur de la provincia, expulsados del Kalahari, que había sido su hábitat inmemorial. En Angola quedaban seis mil ; en Sudáfrica sólo 3.500.

Las plantas y las tribus indígenas eran las pasiones del barón. Su hacienda, pequeña, diminuta, incluso, donde vivía con su mujer, Irene, una alemana de Rusia, de ojos menudos y chispeantes, sonriente y excelente cocinera, siempre con un delantal y sus andares de matrona que contrastaban con la delgadez del barón, era apenas un pretexto para dedicarse a sus investigaciones etnográficas. Tras aquel almuerzo fui invitado a pasar unos días en su casa. Lilo se quedó en Novo Redondo, a regañadientes, en medio de un calor casi pestilencial. No en vano la capital de Cuanza Sul había sido desde el inicio de la colonización masiva, hacía casi cien años, llamada ‘cementerio de blancos’.

Tras aquellas semanas de dislates de cama por las noches y esfuerzos políticos y diplomáticos durante la jornada, los cinco días con Von Stapel fueron la única retribución sana de mi aventura angoleña. Hasta pensé, en aquel plácido gabinete llenos de mapas, máscaras, utensilios, piedras, cerámica, herbarios y libros, en escribirle a Isabel, pero ya era demasiado tarde. Allí pudo haber dado un giro mi vida desocupada y banal. Por un momento, pensé ofrecerle al barón mis servicios como secretario archivador, acompañarle en todas sus exploraciones etnográficas, ordenar sus fichas, llevar un diario de todos sus hallazgos, de sus comentarios y observaciones. Hubiera abandonado la pesadísima profesión de abogado y hubiera sido más útil a la sociedad (aunque el concepto mismo de utilidad me produce cierto sarpullido, pues en su nombre hasta se hicieron hornos crematorios). Pero hoy, casi treinta años después, no caben lamentos ; fue exclusiva culpa mía no haber dado aquel paso.

 


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