La estéril búsqueda de la baronía de Baudrehage

10 febrero, 2020

Cuando llegó a aquel verde valle por Soumagne, no muy lejos de Herstal (donde se dice que nació Carlomagno), buscando el lugar de Baudrehage, una anciana que estaba sentada en el umbral de su puerta, en su wallon casi incomprensible le desengañó al decirle que ya no existía ni torre, ni castillo, ni casa solariega alguna.

– Baudrehage – le dijo, aspirando la hache- n’est qu’un lieu dit.

Es decir, no era sino un lugar, un topónimo perdido entre aquellos prados y bosques de las Ardenas. La zona había sido arrasada por mil guerras, la última cuando la ofensiva de Von Rundstedt en la Navidad de 1944. Intentaron los alemanes recuperar el puerto de Amberes y desencadenar un segundo Dunkerque, y estuvieron a punto de conseguirlo. De haber parado el avance norteamericano, la guerra en el frente oeste hubiera cambiado de vencedor. Aunque nadie sabía por dónde venían avanzando los soviéticos, que forzaron a retirar un Ejército blindado SS y dieciséis divisiones de la Wehrmacht para llevarlos hacia el Este, lo que dio un respiro a los norteamericanos.

Quizás lo supiera el capitán Baudrihaye, que estaba encerrado en el offlag de Prenzlau, en Brandenburgo; allí, en aquellos viejos cuarteles prusianos convertidos en prisión de oficiales belgas y franceses, los rumores del avance ruso por Polonia eran cada vez más insistentes; se notaba en la cara y actitud de los hoscos y nerviosos guardianes. Los paseos diarios – simplemente dar vueltas al ancho cuadrilátero de hormigón entre los cuatro cuarteles- habían sido suprimidos y los paquetes de las familias y de la Cruz Roja ya llegaban muy de tarde en tarde. Había tenido un cautiverio relativamente tranquilo; uno de los jefes alemanes del campo, un militar de cierta edad destinado ‘en guarnición’, es decir, no combatiente, se decía que escribía versos a escondidas de sus subordinados. Les dejaba representar obras de teatro, normalmente de Molière, en las que el capitán no actuaba sino que era solamente tramoyista. Algún oficial incluso podía tocar un acordeón cuando eran autorizados en fechas especiales.

El pabellón de los mandos alemanes del antiguo offlag de Prenzlau

Cuando fue a Prenzlau, que está a hora y media hacia el noreste de Berlín, nadie le supo dar razón de qué era aquel offlag abandonado. No sabían, no contestaban. Y además, por toda lengua extranjera, hablaban ruso. Sólo una joven, en la entrada de la imponente catedral del característico gótico de ladrillo rojo, el backsteingotik, en vías de reconstrucción (durante todo el régimen de la RDA no reconstruyeron, naturalmente, ni una sola iglesia), sonreía tímidamente y hablaba las suficientes palabras de inglés para cobrar las entradas.

Pero volviendo al valle de Soumagne, le llevaba allí solamente una curiosidad heráldica, como esas amazonas heráldicas con las que sueñan los pequeño burgueses tratando de imaginarse unos antepasados ilustres y singulares. La familia, además de tener como todas ciertos delirios de grandeza, estaba precisada de recibir alguna buena noticia tras haber sido su militar pasado a la reserva por oscuras razones de rencillas en cautiverio, envidias y resentimientos (eso que tanto contribuyó a la famosa Depuración en Bélgica y en Francia). Además habían perdido la riqueza de sus antiguos negocios de antes de la guerra. En todo caso serían títulos algo artificiales pues es sabido que el rey Léopold I, antes de morir en 1865 había otorgado baronías a diestro y siniestro (o más bien arriba y abajo, pues había que repartirlas equitativamente entre flamencos y wallones). Su sucesor, Léopold II, colonialista y urbanista (lean El fantasma del Rey Leopoldo, de Adam Hochschild, El corazón en las tinieblas, de Joseph Conrad y El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa), también inventó muchos títulos, todos igual de “antiguos”. Los títulos genuinos de la época de las Cruzadas, los únicos de origen medieval, eran franceses. En Flandes, en cambio, sí había títulos antiguos, entre otras cosas gracias a los doscientos años de ocupación española.

A unos treinta kilómetros de Aquisgrán y otros tantos de Maastricht (la Trajectum Mosam), zonas romanas, este territorio había perdido, entre las guerras, la minería y las autopistas toda su personalidad y las casas eran bastante vulgares, los pueblos sólo tenían una tienda o un pequeño súper, el inevitable kebab donde no servían ni siquiera la insulsa Stella Artois; las mantequerías y lecherías habían desaparecido y el pan había que ir a comprarlo a kilómetros. Eso sí, todos tenían su monumento a los muertos de las dos guerras y en algunos una bandera americana recordaba que la mayoría de los caídos eran más de Iowa y Nebraska que de las Ardenas.

El territorio ha sido desde remotas épocas carolingias, un país sin pueblo sino con pueblos, sometido a dinastías precarias y durante siglos, dependiendo del Arzobispado de Lieja, es decir, de algo sin personalidad. Tierra de compromiso, no patria, a merced de los Orange o de los alemanes, luego de Napoleón y, por fin, en 1830 formando parte del nuevo país inventado, tapón entre Prusia y Francia, Bélgica, con un Flandes que sólo se diferenciaba de Holanda porque era católico y una Wallonia que parecía un Departamento francés. Sorprende que este triángulo carolingio fuera sólo un nudo de autopistas a tres países, como si el exceso de sedimento histórico le hubiera arrebatado y apagado el alma. De ahí esa especie de falta de personalidad, que quizás sea su propia personalidad.

Siempre que volvía a Lieja, ciudad algo fantasmal a partir de las seis de la tarde, intentaba descubrir algo del pasado pero sus calles anodinas de color hollín eran una sucesión de tiendas de marcas banales y kebabs y gente con el rostro cerrado. Sólo una vez compró algo, por pasar el rato, Servitude et grandeur militaires de Alfred de Vigny, con el que pretendía ahondar y escudriñar en la mentalidad del capitán.

El área de paseo del offlag

En la zona carbonífera de Lieja, así como en la de Charleroi, había cada vez más socialistas y pocas familias monárquicas. Una de ellas era la dinastía militar de los Baudrihaye, que ya existía desde la fundación del Estado, en 1830, y que perduraría incluso durante las dos guerras mundiales. Las inquietudes creadas por las marchas de mineros tras la bandera roja harían del futuro capitán un anticomunista testarudo. Ironía de la historia, sería el Ejército Rojo, concretamente, el 70º ejército soviético y el 3º ejército blindado del Grupo de Ejércitos del Vístula, quienes le liberasen a finales de abril de 1945. Tardó cinco meses en poder llegar a Bruselas a través de ciudades alemanas que mostraban sus muñones chamuscados y estaciones desarticuladas en uno de los convoyes organizados para repatriar militares, prisioneros y sobrevivientes de los campos. Pero en aquellos trenes nunca volverían las dos amiguitas de sus hijas, Irène y Sylvie Grumberg, esas que venían a merendar y jugar los domingos por la tarde a la gran casa con jardín en Woluwe-St. Lambert.

Edificio del offlag

El capitán había rechazado siempre evadirse (lo que sus camaradas le reprochaban) pero se había también negado a ser intercambiado por prisioneros alemanes, algo que muchos oficiales flamencos aceptaron de inmediato. Esa disciplina (docilidad, le reprochaban sus camaradas) frente a sus guardianes y sus simpatías derechistas le jugarían una mala pasada cuando la Liberación, que para él supuso Depuración. De todas maneras era para preguntarse qué podía haber sentido –servitude et honneur militaires-, un soldado de profesión que nunca ha invadido país alguno y la única vez que ha hollado suelo enemigo ha sido como prisionero. La campaña de Bélgica en 1940, recuérdese, duró quince días. La debâcle.

El pabellón 2

Tras buscar arduamente las huellas de alguna casa solariega, algún torreón, aunque fuese una granja que justificase esa baronía inventada o soñada, lo único que descubrió fue que un tal Lambert Baudrihaye había firmado una acta del nuevo gouvernement belge, en 1834, que trataba de algo tan trascendente como la navegación de gabarras por el canal de Maastricht. Ni siquiera pudo verificar si era verdad, como decía su amigo Joan Mundet, bibliófilo tenaz, que había visto una lista de la Guardia Valona de Carlos III en la que figuraba un tal Badraye, que algún antepasado hubiera servido en España.

Quizá todo provenga de la confusión lingüística, tan propia de esas tierras entre holandeses, alemanes, flamencos, wallones y franceses. Baud significaría en viejo alemán fuerza, la terminación haye, es un seto, pero también una barrera. Obsérvese Den Haag, La Haya, en francés La Haye. ¿Pero hage? Qué es real, qué significa un apellido? Al cambiar el nombre, cambian el concepto, el lugar y el origen y todo desaparece.

Salvo que encuentren algún documento, el sueño de la supuesta baronía, esa especie de obsesión decimonónica por los árboles genealógicos, se ha esfumado. Mejor será, porque la nobleza y la firmeza de espíritu, como la del capitán a lo largo de su vida, es mucho más valiosa y superior a un título entregado por un rey.


La revolución de 1918 en Munich

16 enero, 2019

Hace un siglo todo cambió. El viejo orden acababa. La Conferencia de Versalles iba a cerrar en mayo de 1919, con revanchismo y de manera ignominiosa para Alemania, la Europa del Tratado de Viena de 1815. Se desarbolaban y desmembraban con saña y codicia los dos grandes imperios, el Otomano –que se repartían Inglaterra y Francia- y el Austro Húngaro (además del ruso, que estuvo a punto de disgregarse con la guerra civil apoyada por las potencias occidentales). Estos imperios mal que bien, habían asegurado un cierto orden internacional. Ahora, Rusia estaba en plena revolución y Alemania, al borde del colapso.

Los campos de Flandes, In Flanders Fields, 1918

En el arte, Kandinsky ya había  escrito en 1912, De lo espiritual en el arte. La Bauhaus estaba a punto de iniciar el cambio total en la arquitectura y el diseño, uniendo arte y técnica. La pintura, la literatura, la música eran también revolucionarias. El rumano Tristan Tzara (Sami Rosentock), había lanzado su manifiesto Dada –de sí, sí, en eslavo, sí a la libertad creativa, sí a la vida- en abril de 1918. El psicoanálisis que había comenzado hacía diez años empezaba a difundirse como terapia. Oswald Spengler había publicado ya el primer volumen de su Decadencia de Occidente que todos leían con fervor, como Mann y Rilke.

Alemania en 1918

Cuando aun no se había firmado el armisticio (el 11 de noviembre), la revolución estallaba en Alemania, de norte a sur. Empezaron los marinos en Bremen y Hamburgo, el Kaiser Wilhem II huía a Holanda. El 8 de noviembre, en Munich, donde vivían Thomas Mann, Rilke y tantos literatos, se expulsaba pacíficamente al rey y se instauraba la república bávara. Daba comienzo la revolución maximalista capitaneada por el periodista y poeta Kurt Eisner y secundada por muchos intelectuales, entre ellos Ernst Toller, Gustav Regler y Oskar Maria Graf, hoy prácticamente olvidados. Les seguían soldados desmovilizados, obreros, estudiantes. Mientras, la burguesía se encerraba en sus casas, acobardada, a la espera.

Kurt Eisner, un socialdemócrata, no era ningún ignorante. Estaba formado como neo kantiano y había publicado un libro, Nietzsche, el apóstol del futuro. Había trabajado en el prestigioso ‘Frankfurter Zeitung’. Un año después de su asesinato eran publicadas sus obras completas.

Un joven reportero que luego se hizo famoso, Viktor Klemperer, da cuenta de lo que sucede. Entre los rebeldes o revolucionarios que desfilan por las avenidas muniquesas figura un cabo desmovilizado que acaba de salir de un hospital militar en Pomerania, un tal Adolf Hitler, que incluso participará en el funeral de Eisner en febrero. El director de orquesta Bruno Walter, amigo de Mann, practicaba su música. En el funeral de Eisner, ‘el Judío’, como le acusaban muchos, asesinado por un noble ultraderechista, Heinrich Mann pronuncia unas palabras, así como el espartakista Max Levien, aunque había sido su oponente.

Klaus Mann eligiría después a Eisner como el héroe de una de sus piezas de teatro. Su hermano Thomas estaba escribiendo La Montaña mágica, trabajo que interrumpió mientras duraba esa revolución. Su protagonista, Hans Castorp es en realidad un producto de esa revolución, de la contradicción entre el progreso democrático y el comunismo de vieja escuela, entre Settembrini y Naphta.

Pero había que acabar con el desorden. Los socialdemócratas alemanes, dirigidos por Friedrich Ebert, pactan con Hindenburg para derrotar a los revolucionarios en toda Alemania. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg son asesinados en enero de 1919, como lo será días más tarde Kurt Eisner, el 21 de febrero.

A finales de abril de 1919, las tropas, la policía y los freikorps ahogan en sangre, a base de ametralladoras, el sueño imposible de aquellos poetas. El pequeño ejército rojo bávaro, de 15.000 soldados fue aniquilado y dispersado rápidamente. La Asociación Thule, fundadora del Deutsche Arbeiter Partei, que luego se convertiría en el NSDAP, estaba ya muy activa y clamaba por la pureza de la raza alemana, por una dictadura y por la expulsión de todos los judíos, a los que acusaba de ser los promotores de la revolución muniquesa.  El 1º de mayo desfilan por las avenidas de la ciudad los húsares prusianos y los freikorps, convenientemente uniformados. El experimento de los ‘soñadores’ ha terminado.

En España solamente Pío Baroja, en Las veleidades de la fortuna, se hace eco de esta revolución,

Stolz les habló de la revolución comunista y les señaló los puntos donde el estudiante Noske dio la batalla a los maximalistas  bávaros. Stolz era reaccionario y antisemita. Todos aquellos judíos mesiánicos, como Trotsky, Bela Kun y Zinoviev, le parecían repugnantes. Kurt Eisner, el socialista asesinado en Munich era, según él, uno de los hombres más pedantes y autoritarios.

(…)

-¿Y era curioso el aspecto de Munich durante la revolución?- preguntó Pepita.

-Nada. Todo iba tomando un aire horrible. Era como el cieno que va apareciendo cuando se revuelve un estanque.

(…)

– El alemán no puede vivir más que con disciplina estrecha. El maximalismo aquí, como todo lo popular en Alemania, tomó aire de fiesta gimnástica. Grupos marchando al paso y cantando la Internacional o la Marsellesa, músicas, tambores, tuvimos todo este estrépito hasta que empezó la canción de las ametralladoras (…)

La revolución de Munich, en la que participan espartakistas (mandados detener temporalmente por Eisner, como Max Levien, fundador del Partido Comunista Alemán), tolstoianos, utopistas, se plasma sobre todo en el papel: la prensa es nacionalizada, o más bien, socializada, se implanta la jornada de ocho horas (aunque la mayoría de las fábricas están paradas y hay miles de parados), se nacionaliza la industria minera. Las finanzas se guían por las teorías iluminadas de Silvio Gesell, Delegado del Pueblo, que considera la moneda como un residuo del pasado y propone que el dinero sea sujeto a una tasa semanal y sólo aceptado cuando los billetes lleven el sello de haber sido pagada; sostiene que el interés hace esclavos a los hombres, que la tierra y sus tesoros, su riqueza, pertenecen a todos, “no hay carbón inglés ni petróleo rumano, todo pertenece a la humanidad”. Pero sus teorías no eran tan disparatadas y serán estudiadas después, entre otros, por Keynes. Pretenden ingenuamente una paz separada de Baviera con la Entente (cuando Wilson, Clemenceau y Lloyd George lo que quieren es quitar a Alemania de en medio, quitarle sus colonias y someterla para siempre).

En conclusión, todo parece apuntar a que Eisner era un iluso, no sabía lo que quería, era pacífico, dudaba, y fue abandonado. Hará bueno ese aforismo alemán de que “quien sabe escribir un poema es un inútil en política”. Lenin, prudente y calculador, no había avalado el movimiento. La Tercera Internacional aun no se había constituido y la consigna era salvar la revolución en Rusia, no iniciar otras, de dudoso éxito. El camino hacia la constitución de Weimar quedaba despejado.

Esto y mucho más nos lo cuenta el libro de Volker Weidermann sobre aquellos sucesos: Dreamers, when the writers took power (Pushkin Press, 2018), Soñadores, cuando los escritores tomaron el poder, Alemania 1918.

No basta con ser culto, creativo y tener buena fe para dirigir la política y menos una revolución.

Leyendo esta triste historia del llamado soviet  de Baviera, no puedo por menos que ver un cierto paralelismo con otros sucesos históricos, esta vez españoles, que podría llevar el título titularse Cuando los ateneístas tomaron el poder. En efecto, don Manuel Azaña y tantos otros se encontraron con el poder en las manos en 1931, y sobre todo a partir de febrero de 1936, pero no supieron conservarlo ejerciendo la autoridad legítima de que disponían. El orden público se les fue a los republicanos de las manos, y el lumpenproletariado hizo de las suyas con las brigadas del amanecer, asaltos a cárceles y asesinatos sin cuento. Esta pérdida, esta carencia de poder cívico, netamente republicano, les fue enajenando voluntades tanto en España como en el extranjero y contribuiría en gran medida a su derrota.


Cielo en Weimar

10 diciembre, 2018
Acrílico sobre tela 60 x 80 cms (autor: Jaime-Axel Ruiz)

La estética de la resistencia, de Peter Weiss.

14 septiembre, 2018

Peter Weiss (1916-1982), dramaturgo y escritor alemán, exiliado en Suecia, judío, nos ha dejado, entre decenas de obras de teatro de las que muchos recordarán Marat-Sade– algunos libros sobre su vida y su época.images-2

La estética de la resistencia aborda tres grandes temas,

  1. La ascensión del nazismo y la resistencia alemana contra él.
  2. La progresiva burocratización del comunismo y la represión estalinista.
  3. La tragedia de los refugiados, brigadistas, exilados, apátridas, deportados.

y se despliega en tres escenarios que se entrelazan en los tres libros o partes de la obra:

  • la lucha antifascista (Brigadas Internacionales, actividad del Partido Comunista alemán y resistencia antinazi en Alemania, incluida la Orquesta Roja),
  • la historia antigua y contemporánea descrita a través de obras de arte, como los frisos de Pergamon, cuadros y libros, la colonización, la lucha histórica de los proletarios hasta donde alcanza la memoria, además de referencias concretas a los sucesivos pactos que dan oxígeno a Hitler, el Pacto de No Intervención, el Acuerdo de Munich, el Pacto Germano Soviético, etc., y
  • su trance vital, personal, la persecución, deportación y exilio de sus padres, la muerte de su madre, la vida de los refugiados en Suecia, los apátridas de toda procedencia, las dudas, la decepción y la desorientación ante los acontecimientos.

Es un libro que interesará sobre todo a quien quiera saber de primera mano qué es lo que sucedió con la hecatombe nazi y la práctica desaparición del comunismo alemán en los años treinta del pasado siglo. Conocer la gran crisis personal y colectiva de tantos comunistas de todo el mundo debida a los procesos estalinistas de Moscú de 1937 y al Pacto Germano Soviético (que conlleva la devolución de comunistas alemanes refugiados en la URSS a los nazis, pág. 794), o la guerra fino soviética. Las vicisitudes de tantos resistentes, como la del comunista alemán Münzenberg, asesinado en la Francia ocupada no se sabe si por sus propios camaradas, etc.

Hay una desolación, pesadumbre en toda la obra, entre el olvido y la memoria, esa sensación de perderlo todo, desde la nacionalidad, hasta los ideales. Pero no hay pesimismo o inacción ya que, a pesar de que “se hablaba mucho de la desaparición de la perseverancia” que Weiss, opone una resistencia ética y estética.

Por la obra, una especie de coro a múltiples voces, con algo de técnica teatral, circulan personajes como Max Hodann, el médico alemán que fue siempre su mentor, Rosalinde Ossietzky, la hija del pacifista que muere de tuberculosis en un campo de internamiento alemán, Charlotte Bischoff, la comunista alemana que al final Suecia no devuelve a los nazis (devolvió a muchos) pero que vuelve a la Alemania nazi clandestinamente para continuar la lucha con la Orquesta Roja, Rote Kapelle, con Hans Coppi (“nuestro Rimbaud”), Schulze-Boysse, Harnack, y muchos otros, (ella había sido apedreada por los obreros suecos tras el Pacto Germano-Soviético). Evoca a la poeta sueca, comunista, Karin Boye, que se suicidará. Nos quita la venda sobre esa presunta neutralidad sueca (marcaban los papeles de los judíos alemanes con una ‘J’, por ejemplo), con sus pingües negocios de acero con el Reich, con su mirar para otro lado, con la antipatía generalizada hacia los refugiados comunistas y judíos, que empieza a cambiar un poco tras el desembarco aliado en 1944. Hasta pudo ver a Antonov Ossenko, a quien recogió en el Grand Hotel de Albacete, “un automóvil, señal de que junto al embajador Rosenberg les habían ordenado el regreso a Moscú” (ya sabemos para qué).

“Nosotros, los rezagados, dejamos de preguntar por los que habían sido fusilados en los sótanos” (pág. 347), dice, cuando en plena guerra española “el mundo ha aceptado la anexión de Austria a Alemania sin protesta alguna”, y simultáneamente en Moscú Vichinsky hace condenar a la muerte a los revolucionarios rusos.

Arte y política.-

Tal como empieza describiendo los frisos del museo berlinés de Pergamon, la obra es un bajorrelieve de lo que fue la primera mitad del siglo XX

y también una defensa de la herencia cultural, sin la cual no hay revolución válida. Se expresa el deseo de seguir hacia delante, sin lamentarse demasiado sobre el pasado y definiendo el heroísmo (ese que aparece en el Pergamon), como la sencilla tarea de hacer lo necesario por las ideas.

Weiss indaga en la dialéctica entre arte y política. Al describir los cuadros pretende confirmar la interacción entre poetas, literatos y artistas que siempre ha producido resultados revolucionarios. Sus análisis de obras de arte –Weiss era también pintor y dibujante- en su contexto histórico, como La Balsa de la Medusa de Géricault le sirve para mencionar la expedición colonial francesa al Senegal, La Loca Meg o Dulle Gret, de Brueghel, para la lucha de las mujeres, Delacroix, para la revolución. El Guernica, Goya, Wenzel Hablik –el monumento al trabajo y al trabajador-, Koehler, Van Gogh, la Melancolía de Durero, símbolo para él de la época. Su técnica es brechtiana, es decir, va señalando, mostrando, los detalles de las pinturas, un poco como hacían los juglares o los romances de ciego, en ese indicar, zeigen, explicando su contenido, los paralelismos. Es un puro análisis de materialismo dialéctico, accesible, claro, incluso erudito.

La crítica estética es muy importante porque Weiss desmonta la posibilidad de que el arte sea utilizado por el poder, como pretendió el nazismo, donde el arte “no era un auxiliar de la política”, sino que se convertía en “la pieza maestra del programa nazi”. Peter Weiss deconstruye, por así decirlo, las obras de escritores y artistas, para demostrar que el verdadero arte, la verdadera literatura son, efectivamente, una estética de la resistencia.

El segundo capítulo del Segundo Libro, más de cien páginas, está en gran parte dedicado a su gran maestro, Bertolt Brecht, que trabaja entonces, en Estocolmo, en Madre Coraje, ambientada en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que siempre fue un símbolo histórico de la destrucción de Germania por las luchas civiles, religiosas y las invasiones de las potencias extranjeras, principalmente Suecia y Francia. Bertolt Brecht, del que encomia su libertad intelectual y que opera “transfiriendo nuestra pesadumbre actual a la confrontación con las circunstancias de entonces”.

Mientras, Weiss se adentra en la historia de la rebelión de mineros sueca del siglo XIV protagonizada por Engelbrekt, que fue otro de los proyectos de Brecht, no concluido. Esto le sirve para trazar el paralelo entre la situación histórica de Suecia y su ambigüedad frente al nazismo. Como él decía, cuando se ocupaba de temas históricos era para relacionarlo con la actualidad.

También son importantes sus comentarios literarios, principalmente sobre Kafka, Céline, Canetti, Esquilo, Maiakovski, Holderlin, Ehrenburg, Lorca, incluso sobre el menospreciado –erróneamente, según Weiss- Eugène Sue, con sus Misterios de París, ese viejo París que desapareció y que él intenta redescubrir en el Museo Carnavalet (por cierto, Pío Baroja, en sus memorias, habla mucho de esas viejas calles, antes de construir los grandes bulevares, como el de St. Germain).

Los lugares.-

Evoca ciudades como Madrid y El Pardo, por boca del capitán comunista Ignacio Gallego (que era de Siles, provincia de Jaén), a quien conoció personalmente, quien le cuenta su salida de España, su internamiento en Orán y en la meseta desértica argelina, maltratado por los franceses hasta su liberación para poder exilarse en la Unión Soviética. Describe el sombrío París donde llegan –mal vistos, “licenciados de la República española, en proceso de descomposición y habiendo llegado al atardecer …”, – los brigadistas que salen de España. El recuerdo de Valencia, con sus edificios, sus tiendas y plazas, el Tribunal de las Aguas que sigue funcionando durante la guerra. La Barcelona de Gaudí. El castillo de Denia, con el paisaje que se tendía a sus pies hasta el mar (hoy ya no es más que un siniestro conglomerado de arrabales turisticos y urbanizaciones), le da pie para una sabia digresión sobre el significado del helenismo y sobre Heracles (Hércules). Incluso, volviendo a Brecht, alude a Los fusiles de la señora Carrar (1937), inspirada en nuestra guerra civil.

A los españoles nos interesará doblemente porque cuenta con detalle de su experiencia muy personal en las Brigadas Internacionales (“aquí, en el paisaje de don Quijote”), en las que estuvo en Albacete, en La Cueva de la Potita, y en Denia, en el hospital instalado en el chalet ‘Villa Cándida’. Había entrado a pie por La Junquera, pasando por Calella, Barcelona, Vinaroz, en vagones de tren de madera hasta Valencia (“donde el barroco se ve hasta en las balaustradas”). Describe los momentos de esperanza de las batallas de Teruel y del Ebro, la partición de la España republicana tras la toma de Vinaroz por los franquistas en abril de 1938, “mientras la cúpula militar se peleaba” (pág 354). Se detiene largamente en las luchas entre comunistas, anarquistas y trostkistas. Sus afirmaciones, corroboradas desgraciadamente por los resultados, resultan esclarecedoras: “Todo el capital se une en torno a un único, irrefutable argumento de tanques, artillería y escuadrillas aéreas, pero aquellos que defienden la República, están desunidos…”

La vida cotidiana en La Cueva de la Potita, establecimiento sanitario en las afueras de Albacete, con los problemas humanos que no dejan de surgir, los egoísmos, la represión sexual de los soldados, la diferencia entre el brigadista de origen burgués y el de origen obrero pero todos unidos en la solidaridad con España (a la que llama ‘nuestro país’). Evoca la energía combatiente, militar, de los brigadistas que dejan sus vidas, en contraste con las intrigas de los políticos tanto en España como en Europa, “las intrigas de los poderosos habían acabado con el resto de voluntad que quería rebelarse”.

La reflexión sobre la lucha. El precio.-

Weiss aborda esos conceptos a menudo demasiado manoseados y mal usados, como heroísmo, libertad, clase social, idealismo, deber militar. En este sentido, La estética de la resistencia es también un auténtico ensayo filosófico.

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Peter Weiss en Suecia, 1941, foto de Curt Turpte

En lo familiar y más cercano, los sufrimientos de sus padres en la primera parte del Libro Tercero, deportados, salvados casualmente del exterminio porque el padre poseía la Cruz de Hierro por la I Guerra Mundial, es sobrecogedora. La enfermedad mental y muerte de la madre ya en Suecia es un auténtico kadish que me recuerda al de Allen Ginsberg a la suya, Naomi, también enferma mental –obsesionada con una manía persecutoria de los nazis- y también comunista.

La parte final está dedicada a sus reflexiones sobre el exilio y la resistencia, sobre todo del médico Hodann, y a los resistentes alemanes torturados y ejecutados por los nazis en la prisión de Plötzensee, Berlín, con sus últimos momentos, la pánfila intervención del pastor Poelchau y el estólido funcionario de los cadalsos Schwarz, o el cumplidor y metódico verdugo Röttger que” le gustaba hablar de una misión que equiparaba a las tareas del clérigo”.

Libertad de pensamiento. La verdad incómoda.-

La obra es un canto a la libertad de pensamiento, por la libertad del hombre. Contra el fascismo pero también contra las jerarquías burocráticas de los partidos comunistas y su falta de visión, en particular la del KPD, que era inicialmente, nos dice Weiss, una institución al servicio de la razón.

Explica cómo la jerarquía soviética fomenta la división de la clase obrera, lo que facilitó el ascenso de los nazis, “las degeneraciones en el Estado surgido de la Revolución de Octubre habían sumido en la parálisis y el anquilosamiento no sólo al país sino a la totalidad del movimiento obrero”. Pero hay que tener en cuenta que el KPD tenía muy reciente la memoria de cómo el socialdemócrata Noske había ahogado en sangre la revolución spartakista de 1919.

“Nosotros no somos reconocibles como individuos, sólo existíamos dentro del movimiento de los trabajadores, y cuando éste se desintegró con sus discordias, se dejó ver toda nuestra debilidad (…) Por habernos convertido en alguien sin rostro, irrelevante, porque ya no podemos construir ningún Estado con lo que un día fue nuestro orgullo, no he hablado de nosotros en primera persona, sino de quienes tienen nombre”.

El libro concluye con la esperanza de que Alemania pueda resurgir, “la cultura tendría que ser devuelta a Alemania después de un largo periodo de deshonra”. Pero ya está el Acuerdo de Yalta en marcha, que coincide con la escisión total de la izquierda, entre comunistas y socialistas (salva entre otros a Willy Brandt, “que durante más tiempo se había aferrado a la idea de un Partido Socialista unitario”).

“Precisamente este país que había conducido a la muerte a millones de personas, necesitaba ahora a quienes eran capaces de dudar, de quienes no querían someterse más al mundo de sus padres, a los preceptos de los patriarcas” (como Max Hodann, el médico y brigadista, que tras la guerra morirá en la calle, en el suelo, en Suecia, ignorado por alemanes y suecos, que no le reconocieron su titulación, siendo como era discípulo de Freud, “tuvo que aceptar que que se le calificara de renegado, por no decir de traidor”)

Weiss.-

Peter Weiss forma parte para mí de lo que se ha dado en llamar el ‘Genio alemán’ (Peter Watson, HarperCollins, 2011) una contribución esencial a la memoria alemana. No es casual, dado su marxismo, su posición crítica e incómoda, para los bienpensantes de ambos lados que su obra haya sido poco estudiada en comparación con la atención prestada a Heinrich Böll, Günter Grass o Hans Magnus Enzersberger. No sé si este libro se lee mucho en Alemania, pero casi debería ser de lectura obligada en las escuelas porque eleva el nivel moral recordando que no toda Alemania fue nazi (aunque ya se sabe que los alumnos suelen cogerle tirria a las lecturas obligatorias).

Es un libro largo, denso, muy bien escrito, en grandes bloques, y a menudo con párrafos largos. En los escenarios se intercalan, se superponen, a veces interfiriendo deliberadamente en la narrativa, con recuerdos, evocaciones, reflexiones. Su complejidad se corresponde perfectamente con los acontecimientos. La forma narrativa acompaña lo narrado perfectamente. No es, evidentemente, un libro fácil ni es una novela ¿pero hay alguna gran obra que sea fácil? ¿Es fácil el Quijote, en toda su profundidad, son fáciles Guerra y Paz, Vida y destino, Conversación en La Catedral o Rayuela?

La edición (Editorial Hiru, Colección Las otras voces, Hondarribia, 2013, 1085 páginas) está bien cuidada, es íntegra, y es de agradecer que los editores hayan invertido en esta obra esencial para comprender el siglo XX, aunque a veces surjan algunas dudas sobre la traducción de la tercera parte, (Mercado de los Gendarmes, por Gendarmerplatz, por ejemplo, cabellera ‘frondosa’, “confidente de”, por “confiando en” -1056-, etc.). Sería deseable para este gran ensayo histórico y político, un índice analítico de personas, todas reales, obras y lugares citados, dada la riqueza y enjundia de esas páginas. Importante es la obra sobre Peter Weiss, coordinada por César de Vicente Hernando, también editada por Hiru (Peter Weiss: una estética de la resistencia, 1996).

Complementaria de este libro es La indagación, Oratorio en once cantos (Grijalbo, Barcelona, 1965), obra dramática que resume el juicio de Auschwitz que tuvo lugar en Frankfurt, incidiendo en lo que Hannah Arendt llamó ‘la banalidad del mal’. La concisión del lenguaje, su sequedad forense, hacen aún más horrible, si cabe, lo relatado. No deja de ser curioso que Weiss, uno de los primeros, si no el primero, en denunciar el nazismo, luchar contra él, no haya sido tan reconocido como otros. Quizás su actividad política, su beligerancia contra la guerra de Vietnam, lcontra Salazar (El canto del fantoche lusitano), lo relegaron a los ‘malditos’, a los ‘incómodos’.

Nos queda el deseo de que la obra de Weiss, desperdigada y casi olvidada, sea reeditada completamente en español, pues hoy casi sólo se encuentra rebuscando en las librerías de lance.

Se dirá a qué viene reseñar un libro de Weiss a estas alturas. Pues porque es un ejercicio no sólo de memoria, sino de actualidad, sobre el poder, sobre la manipulación y las medias y falsas verdades, sobre los imparables movimientos de odio de masas fanatizadas, sobre la persecución. Y sobre el miedo que es el terreno abonado de los populismos y de la violencia. Los nazis en el fondo, empezaron por el miedo, a los judíos, a las otras potencias que habían acogotado a Alemania en Versalles, al comunismo. Como lo tienen ahora los de Chemnitz, los que apoyan a Bolsonaro, a Le Pen o a Farage. Y el miedo es muy mal consejero.


Cuando algunos militares españoles soñaban con invadir Portugal (1941)

26 mayo, 2018

Pedro Teotónio Pereira, embajador portugués, parecía obsesionado con los ánimos invasores de una parte de los españoles, sobre todo entre la Falange y los militares. Pero no era una obsesión banal. De estas tendencias da cuenta en su correspondencia con Salazar. Efectivamente, además de alguna soflama publicada en el diario ‘Arriba’, hubo un sector militar que pensaba que había que invadir Portugal.

Los alemanes del Tercer Reich fueron testigos:

Reich MAE

Documento nº 26

Stohrer (embajador de Alemania en Madrid) al Ministro de Asuntos Extranjeros

Telegrama

Embajada de Alemania en España
nº 2111 secr.

Madrid, 10 de mayo de 1941. Secreto

Adjunto el informe del coronel Kramer, Agregado aéreo en la Embajada, sobre las opiniones expresadas por los medios militares sobre las relaciones entre España y Portugal

Las tensas relaciones entre España y Portugal son objeto de numerosos rumores y son el tema favorito de las conversaciones en el cuerpo de oficiales del Ejército español.

En sus conversaciones con mi Oficial adjunto y conmigo mismo, los oficiales aviadores han usado expresiones de este tenor:

“Cuando hayamos llevado nuestra frontera occidental al Atlántico…” o “Cuando las escuadrillas alemanas puedan participar en los combates en el Atlántico, partiendo de bases portuguesas, que estarán en manos españolas “, etc.

Se expresa así abiertamente la opinión de que un país tan pequeño como Portugal no tiene derecho a existir en una nueva Europa y que, tanto desde el punto de vista geográfico como etnográfico Portugal pertenece a España.

TeotonioPara esta guerra contra Portugal … se cuenta con una resistencia muy débil de Portugal.

El director de la Escuela de Guerra, el general Aranda, me ha hecho saber que le han encargado el estudio de las medidas preparatorias en caso de que las tropas españolas penetrasen en Portugal.

[se extiende en consideraciones sobre los sentimientos proalemanes de la oficialidad española y los riesgos de que la RAF defendiese Portugal]

En el mismo Portugal, los militares favorables a nosotros son bastante poderosos en este momento. Según el coronel Cintra, todos los oficiales superiores anglófilos -muy numerosos- son conocidos y podrían ser eliminados llegado el momento [ésto, subrayado en lápiz azul al margen; la palabra ‘eliminados’ subrayada y seguida de un signo de exclamación].”


La ayuda de Mussolini a Franco, en unos documentos alemanes

2 mayo, 2018

Entre los libros que se encuentran rebuscando en los alfarrabistas o libreros de lance de Lisboa, me topo con éste, publicado por Editions Paul Dupont, de Paris, 1946.

Reich MAE

Centenares de libros y artículos se han publicado sobre la esencial e imprescindible ayuda que Hitler y Mussolini -no gratis, sino cobrado en minerales y materias primas- facilitaron a Franco. Entre otros, claro está, el historiador Angel Viñas. Pero este librito, casi un folleto, me recuerda, en las propias palabras de los altos funcionarios y militares nazis, esa ligazón sin la cual Franco no hubiera ganado la guerra (la división de la izquierda española, y la tibieza de los nacionalistas vascos y catalanes, también contribuyeron en gran medida a la derrota de la legalidad republicana).

No está demás recordar que, además de Gernika, hubo crueles bombardeos de la aviación italiana en Barcelona y ametrallamientos masivos de población civil en la carretera de Málaga a Motril perpetrados por la aviación italiana. No todo fue obra de la Legión Cóndor.

Así, extraigo algunas notas significativas sobre estos aliados del franquismo desde la primera hora:

Nota sobre la entrevista de Mussolini con Bulow-Schwante, Jefe de Protocolo del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán.

Octubre 1937

(documento conservado en los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores de la URSS, que forma parte de los trofeos (sic) de guerra del Ejército Rojo)

Mussolini se ha detenido largamente sobre la cuestión española. Habría que, a cualquier precio, ganar la guerra de España y no cabe duda de que se llegará a la victoria. Hasta ahora, Italia ha hundido unas 200.000 toneladas y que se propone seguir estas operaciones de torpedeo (…) quiere enviar 100 aviones y 4.000 hombres del Cuerpo de Ingenieros (a Franco).

El General Franco le ha informado de su intención de comenzar una gran ofensiva decisiva. Mussolini ha declarado que el compromiso con España ya le ha costado tres mil millones de liras; le he contestado que esa suma corresponde aproximadamente a 500 millones de marcos y que la participación de Alemania era por lo menos de esa importancia. Mussolini querría a todo trance recuperar estos capitales y cree que es perfectamente posible gracias a los stocks importantes de materias primas que se encuentran en España. Se ha tomado la libertad de adelantarse un pequeño avance de ese pago, confiscando un barco con 4.000 toneladas de trigo que, bajo pabellón de Panamá, se dirigía a un puerto rojo. En definitiva cuenta con la honestidad de los españoles, aunque no espera mucho del propio General Franco.”

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Stohrer (Embajador ante Franco de 1937 a 1942) al Ministerio.

San Sebastián, 4 de mayo de 1938

“En lo relativo a la retirada de la Legión Cóndor, Franco (…) pide disponer durante un cierto tiempo de los voluntarios alemanes; piensa que todavía hay que esperar una resistencia tenaz de los rojos (…) -resistencia que se irá desagregando (sic) poco a poco en combates locales. Sólo cuando comience la “pequeña guerra” (y no antes de que se pueda hablar de acciones de policía) será cuando Franco podrá  prescindir de los voluntarios alemanes (…)

Por lo que se refiere a los italianos, Franco piensa (…) que las dos divisiones italianas formadas por 25 batallones cada una, serán reducidas a una, en razón de las pérdidas considerables sufridas por los italianos últimamente y la evacuación de los enfermos, lo que se traduce en una reducción de un tercio de las fuerzas italianas.”download

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Comunicación de Keitel a Weizsaecker

(Keitel: en 1938, general de Artillería, coronel general en 1939. Mariscal de campo desde 1941, y desde 1940, miembro del Consejo Secreto de Hitler. Weizsaecker, diplomático, Director de la Sección Política del Ministerio; desde 1944, Embajador ante el Vaticano)

Berlín, 2 de junio de 1938

“(…) según nuestras informaciones, el número de soldados de infantería y de artillería (italianos) en España, sería de 20 a 25.000 hombres, a los que hay que añadir el personal de aviación –de vuelo y sedentario-, unos 7.000 hombres. Hay que contar, pues, con una presencia (italiana) de cerca de 30.000 hombres.”

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download-1Stohrer al Ministerio

San Sebastián, 19 de agosto de 1938

“Objeto: Nuevas tropas italianas y equipo militar para España

Adjunto los datos que me ha enviado el agregado naval (desembarcos en Cádiz de tropas y material italiano):

Fechas                                   Tropas                            Armamento

19 junio                                  400                                 2000 Tm

25                                           400                                  1000 Tm

3 julio                                     350

11                                           300                                  aviones, municiones

13                                           400                                  1.100 Tm

16                                           280

24                                           –                                       60 camiones

26                                           209

27                                           331

29                                           401                                  100 Tm

3 agosto                                  200

10                                           300

Total: 3.571 hombres, 4.200 Tm, 60 camiones y armamento cuya cantidad escapa a un control exacto. ”

***

Hay muchos más documentos, en los que se trata de la posible retirada de la Legión Cóndor, del inminente fin de la guerra, de los pilotos alemanes prisioneros de los ‘rojos’ (Keitel dice “estar muy preocupado”), etc.


El barco Zion y un viejo libro en hebreo

5 diciembre, 2017

Entre las cosas raras que se encuentran por las ferias de cosas viejas de Lisboa, Belem o Paço d’Arcos, aparece un libro en hebreo, publicado en Jerusalén por Lewin-Epstein Bros. and Co, Ltd, cuyo contenido desconozco. Está muy manoseado, pero aún conserva mal que bien la encuadernación, en donde aparece el tampón S.S. Zion. Debía formar parte de la biblioteca del barco. Lo he comprado por un euro.S.S-1

Descubro, gracias a Reuben Goossens, Barcos de Israel, que se trata de un navío de 4.000 Tm. construido en Hamburgo en 1956, en los astilleros de la Deutsche Werft, que fue entregado a Israel como parte de las indemnizaciones alemanas. El barco hacía el recorrido Haifa, El Pireo, Nápoles, Gibraltar, Funchal, Nueva York y sirvió sobre todo para llevar judíos a su nueva, o vieja, patria. Pertenecía a la Zim Israel Navigation Co. Ltd.

E imagino algún pasajero que, no habiendo terminado el libro, se lo llevó en el equipaje. Quizá fuera a instalarse en un kibbutz, que entonces sí había, antes de que Israel cayese en el puro capitalismo.

 

Libro del Zion


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