Misión en Angola. 18. Juegos de manos, juegos de villanos

Desde mis años mozos me había sido inculcado un altivo horror hacia los juegos de envite y azar. “Juegos de manos, juegos de villanos”, recitaba mi tío Sebastião en la heredad alentejana cuando veía que me atraían los juegos de naipes de los jornaleros y peones. Es así que jamás aprendí juego alguno, salvo algunos solitarios que una prima mía –la trigueña Antonia- me enseñaba, junto a otras cosas, en las largas siestas de estío, monótonas y silenciosas.

En las granjas y haciendas alemanas, por el contrario, estos juegos no eran considerados en absoluto como juegos de villanos, sino de alto nivel. El bridge y otros que nunca supe seguir eran los medios para acercarse, para formar equipos y para conseguir introducir en la conversación. Lilo me fue adiestrando también en estas artes, en un lejano paralelismo con mi prima, y eso me serviría al menos para no hacer figura de estúpido total en aquellas veladas en las que se oían lejanos rugidos, mugidos y otros chillidos de fieras inidentificables, servidos por silenciosos boys que se eclipsaban tras el servicio para reaparecer como por ensalmo al menor gesto del conde o de otro de los huéspedes principales. Los boys tenían un especial instinto para detectar los próceres entre la morralla de plantadores sin negocio y de pisaverdes más o menos advenedizos, en cuyo ínfimo grupo sin duda me incluían.

El ritual era casi siempre el mismo. Tras una sesión en el fumoir o en la terraza que hiciera las veces, un grupo de hacendados se desgajaba y se dirigía a la sala de caza que inevitablemente existía en toda propiedad. Luego, poco a poco, los rezagados se iban acercando y, al final, un grupo nunca más numeroso que diez o doce personas se disponían a asistir en silencio a las justas naipescas. Yo, en las primeras jornadas, sólo iba de apuntador o mohíno, con cuidado de no gesticular demasiado, no obstante, por temor a despertar la cólera negra de alguno de aquellos granjeros que tomaban las partidas como estrategias militares. Si bien no jugaban jamás dinero, consideraban aquellos momentos, alejados de las inmediatas preocupaciones de plantaciones, ganado, trabajadores, como el momento más cerebral del día.

Las enseñanzas de Lilo fueron superficiales, pero suficientes para poder seguir el juego con cierto interés, descubrir las artimañas y conocer de antemano quién sería el ganador. El conde, que jugaba rara vez, era sin embargo el mejor, con una especie de elegancia y una inteligencia casi eléctrica que anticipaba las jugadas de sus adversarios. El bridge, hecho de ingenio, deducción y comunicación, exigía una memoria prodigiosa (a los que mis estudios forenses me habían entrenado), pero también un razonamiento y una capacidad de planificación en las que todos aquellos antiguos militares eran excelentes.

En aquellas plácidas veladas casi olvidaba el objeto de la misión y me dejaba adormecer por la dulce sensación de unas largas vacaciones.

Las cosas cambiaron cuando llegó Herrinkx. Las parejas Norte Sur y Este Oeste apenas estaban formadas cuando Haraldsson, el carteador, le invitó de compañero. Tiempo después, supe que el nombre oficial del compañero era ‘el muerto’. Herrinkx era un belga de Elisabethville que trabajaba para la WNLA desde el final de la guerra mundial; era un negocio mucho más lucrativo que su granja katangueña. La Witwatersrand Native Labour Association era la principal organización de contratación -no era sino una especie de leva autorizada- de trabajadores para llevar a los más fornidos a las minas de El Cabo. ‘Irse al John’ o ‘bajarse al John’ era sinónimo de un buen futuro para muchos indígenas cuyo único futuro eran si no las plantaciones interminables o las kubatas de los alrededores de Luanda.

Herrinkx era grandón, de estirpe mercenaria y robusta, con la solidez de esos que llaman españoles de Flandes, textura germana pero un color algo del sur, restos de las mezclas de guerreros de los Tercios con las rubicundas mozas de Courtrai y de Gante. Herrinkx era además un hombre sin miedo. Los aduaneros portugueses de Calueque le tenían respeto, y se embolsaban con disimulo las comisiones que el belga les entregaba. Pasaba y repasaba la frontera con su camión Panhard sin ser inquietado, llevando de carga a cinco o seis fornidos negros congoleses destinados a trabajar en los profundos túneles de la De Beers. Alguno de aquellos negros, en realidad miembro de la guerrilla, le terminaría denunciando y nadie, ni siquiera el bien situado Couto, con quien vaciaba botellas y se entretenía con sus bailarinas frívolas en los clubes más osados de Luanda, le había advertido o alertado. Caería en la ratonera tendida a unos cuantos kilómetros de Cassinga, unas tres horas después de haber pasado la frontera. Era una ironía del destino porque allí era donde los alemanes de Krupp empezaban a invertir millones de marcos, con la cabeza de puente de algunos de los más veteranos hacendados que fueron quienes sirvieron de enlace para tamañas inversiones. Alemania, país con escaso y remoto pasado colonial, era un socio más apetecido que los americanos, de dudosa lealtad, o los escandinavos, de furibundo anticolonialismo. Los galos eran, pura y simplemente, excluidos.

Misión en Angola. 16. Sobre Von Coerper y algunas diversiones algo licenciosas.

Nadie le llevaba la contraria a Von Coerper. Además de ser el más rico de la zona, sólo comparable a los Kronheimer, era una de las más antiguas familias alemanas de Africa, aunque se decía que el Von no era antiguo sino comprado en el caótico registro civil de 1918). Y era un noble culto, que en un ala de su inmensa hacienda había instalado una colección inigualable de piedras semipreciosas que sobrepasaba las dimensiones de un mero cabinet de curiosités para ser un auténtico museo de geología. Todas ellas habían sido acarreadas desde los lugares más lejanos de lo que fueron las colonias alemanas, el Togo, el Camerún, Tanganika y la región de los grandes lagos. Cristales inmensos de cuarzos rosas y blancos, pálidas calcedonias, rojos jaspes, negrísimos ónices, aguamarinas, ágatas, verdes feldespatos. Von Coerper y su esposa estaban orgullosos de su extensa colección, codiciada por el Estado portugués, y objeto de visitas de especialistas alemanes que recalaban por la hacienda periódicamente. Más de la mitad de estos pretendidos geólogos despistados, sin embargo, me había advertido Couto en Luanda, no eran estudiosos desinteresados y más o menos estrafalarios sino prospectores clandestinos de yacimientos de diamantes, incluso algunos enviados solapadamente por los poderosos De Beers que deseaban diversificar sus minas de Kimberley. Pero las minas de Chicapa estaban bien guardadas por nosotros. Allí les era imposible acercarse. Y la Diamang sostenía toda la provincia.

Los platos, todos de carne en cantidades desproporcionadas, eran regados permanentemente con vinos portugueses y unos blancos sudafricanos que nos hacían sudar. Incluso uno de los plantadores, que volvía a tener intereses en Windhoek, se empeñó en que tomásemos uno de esos riesling apócrifos criado en sus viñedos, por si no corriéramos ya el riesgo de acabar la noche totalmente cocidos. A los postres, con el calor y los vapores, el entusiasmo guerrero iban subiendo el tono de las conversaciones hasta mostrar la faz más impúdica de los resentimientos germanos por las derrotas injustas, las paces de saldos y los tratados leoninos a que fueron sometidos por la codicia inglesa y la doblez francesa.

Había entre ellos impúdicos admiradores de todas las hazañas bélicas alemanas, que ya sabe el lector que son innumerables, aunque procuraban, delante del conde, de limitarse a las de la Gran Guerra y hacer como si la Segunda nunca hubiera acontecido, ni perdido. Por ejemplo, una velada se dedicaron a evocar las cruentas hazañas de los submarinos de Von Tirpitz (aquel feroz partidario de la guerra a ultranza) y los más viejos evocaban los naufragios y catástrofes de los mercantes y transatlánticos americanos y aliados con una malévola complacencia en sazonar la historia de la Primera guerra Mundial en el mar con detalles macabros. Particular placer les daba evocar el hundimiento y posterior aniquilamiento de los botes salvavidas del transporte inglés Cyclop de cuyos tripulantes no quedó huella jamás y sin que siquiera el Almirantazgo tuviera conocimiento de su hundimiento, fecha y lugar del mismo. Al escucharlos me parecía releer en versión germana un relato de la Historia Trágico Marítima, entre schnaps y humo de pipa, sentados en hamacas en los porches de sus haciendas. Repito que, en honor a la verdad, como Von Bodenberg despreciaba aquellas veladas de vanagloria, su presencia hacía que callasen, al menos, las hazañas, aún más dudosas de la guerra más reciente, sobre la que solía caer, al evocarla, un tupido velo de silencio.

Lilo siguió conmigo, acompañándome en aquel periplo por las haciendas alemanas. Su cuerpo era para mi la realización de todos los fantasmas enterrados por mí y mis antepasados en las ñoñas quintas del Alentejo, donde los momentos más álgidos de nuestra sensualidad transcurrían atisbando criadas y mozas que iban a los campos, o lavanderas de muslos tersos y morenos en voluptuosas tardes rosadas. Para ella, pura higiene fisiológica, un juego de émbolos y aceites, de cilindros y pistones absolutamente industriales; para mí, una necesidad y un antídoto contra la lujuria primigenia que hubieran despertado los pechos turgentes, de negros y abultados pezones, de las bellísimas jóvenes negras de piel pavonada que, completamente desnudas bajo los ligeros uniformes almidonados, servían en todas aquellas enormes fincas. Ante aquellas grupas, senos y amable hospitalidad habían sucumbido muchos colonos, sobre todo los portugueses, y el resultado era una pequeña turba de meninos de color café con leche que correteaban por las sanzalas, los caminos y detrás de los automóviles. Era el comienzo de nuestro nuevo Brasil, como presentía el sabio Presidente del Consejo, al que sólo faltaba, en efecto, el ingrediente germano. Para eso estaba yo allí.

No era ni hospitalaria ni cálida –y ni falta que hacía, era mejor así- pero tenía el doctorado en posiciones, ideas y juegos libertinos. Los alemanes hacían caso omiso de aquella liaison, algo tan natural y tan higiénico al fin y al cabo como una buena ducha. La etiqueta aceptada era que Lilo era solamente mi traductora. Sólo un checo, que trabajaba para Von Coerper como mecánico, me dijo en un susurro en el que creí percibir cierto despecho, “todos han pasado por ahí”, para que no me creyera que había hecho ninguna conquista. Pero de eso estaba convencido. Pero le eché una mirada al checo queriendo calibrar si él también habría pasado por allí. Lilo era cazadora de hombres como ellos eran de gacelas, palancas y de todo tipo de antílope que que tuviera la pésima, y fatal, ocurrencia de cruzarse por los puntos de mira de sus rifles.

Misión en Angola. 15. El turbio pasado del Africa occidental alemana, o Namibia, y otras conversaciones.

1905 marcó el inicio de una masacre planeada con lucidez y detalle, encomendada por Heinrich Goering, gobernador del Africa Occidental Alemana -otros dicen que era sólo el juez encargado de la represión- (cuyo vástago, Hermann, se distinguiría años después como alto jefe nazi) a un tal Eugen Fischer que la cumpliría con el característico celo tudesco y exterminaría pulcramente a cien mil hereros, especialmente mujeres y niños para asegurar la extinción de la raza. Entre otras operaciones, como sostiene el informe de Robert Pimenta, elaborado en 1916, mucha mujeres y niños hereros fueron empujados al desierto del Kalahari, donde murieron de sed. Otros métodos más expeditivos consistieron en encerrarlos en recintos construidos como inmensas cabañas y prenderles fuego con keroseno. El diligente Fischer, que años después trabajaría con igual entusiasmo junto a un tal doctor Mengele, inauguró el concepto del campo de concentración con los infortunados bantús, encerrados en inmensos Konzentrationslager de donde nunca más saldrían vivos. Recordaba yo esa histórica habilidad de los alemanes para ensayar en vivo sus técnicas de destrucción y recordaba cómo habían aprovechado la guerra civil de nuestros hermanos para poner a punto sus técnicas de bombardeo sobre la población civil. Cuando los ingleses entran en la colonia alemana en 1916 y ocupan Windhoek sólo pueden levantar acta de las atrocidades. El pueblo herero había prácticamente desaparecido.

En aquella época en Angola quedaban algunos hereros en la provincia de Moçamedes que, bellos y de distinguido porte, como son todos los de raza bantú, destacaban enseguida entre los demás boys. Ironía de la historia, la mayoría de ellos trabajaban en las haciendas alemanas, entendían y hablaban el alemán y hacían de capataces para los demás trabajadores.

En aquellas cenas y veladas que eran mi oportunidad para convencerlos de montar una operación de independentismo suave y controlado, se hablaba de todo menos de lo que yo me traía entre manos. Argelia, Leopoldville, Indochina, eran sus temas favoritos. Los últimos días en las colonias alemanas fui testigo de los grandes preparativos para celebrar la Navidad. Amontonaban caza, cerveza, vinos Rieslings apócrifos venidos del Sudoeste Alemán, en las cocinas se preparaban exóticos strudels en los que había frutas tropicales en vez de reinetas y otras ácidas manzanas.

Una vez tomados unos cuantos schnaps veían con condescendencia y con un cierto placer el desastre francés de Argelia, y no ocultaban su admiración por los comunistas vietnamitas que habían humillado al ejército galo en Dien Bien Fu. Yo pensaba que el señor Doutor tenía una idea bastante equivocada de estos colonos. No tenían miedo, no veían necesario ningún proyecto a la brasileña, no necesitaban dinero. La única Angola interétnica que podían imaginar era una donde las dos únicas razas fueran los alemanes, de amos, y los portugueses, de criados. Lo demás, para estos junkers, era paisaje.

Una de aquellas noches algo frescas del planalto, uno de los asiduos invitados, un tal Halter, nos hizo una descripción muy brillante de sus años de ocupación en París.

-Me estuve paseando durante todos esos años con mi uniforme, recibiendo sonrisas por doquier, siendo atendido el primero desde la boulangerie hasta la última sastrería -decía ufano Halter, un feliz propietario de una hacienda de café que le reportaba los suficientes beneficios como para permitirse un par de lujosos viajes a Europa al año. El último día, antes de salir, pues los americanos, no los franceses, se acercaban, a mi peluquero se le saltaron las lágrimas y me dijo que esperaba tenerme de nuevo como cliente muy pronto, “cuando acabe esta confusión señor Halter”, me decía, acompañándome a la puerta de su barbería, en pleno Montmartre. Ha, ha, y luego decían que aquel barrio era el bastión de la resistencia, unos gallinas, eso es lo que han sido toda su vida, un buena mesa y unas faldas bien ondulantes, y ya no necesitan más, concluía el plantador, entre los asentimientos y coloradotas sonrisas de los comensales.

            Halter también se jactaba de haber formado parte de la Legión Cóndor –de entonces databa su conocimiento del español, lo que hacía que hablase un portuñol detestable-, de haber tenido novias en todas las provincias castellanas, incluso en Salamanca, que ya debía ser difícil en aquellos años. Sus contactos en España le habían permitido encargarse de comprar tierras por Cádiz para revenderlas a compatriotas que iban abandonando Alemania desde 1944. Desde allí dió el salto al Algarve y de allí, a Cuanza Sur. Luego, al hablar más rato con este inmenso alemán de mostachos que casi le llegaban a las patillas, se descubría que nunca había pilotado un avión, había estado sólo en los servicios de tierra, al frente de los mecánicos, y que toda su formación consistía en unos cursos de maquinaria y motores. Pero en eso era excelente, a pesar de las manazas enormes, casi tan grandes como las del gigante Haraldsson, y era el responsable de que toda la maquinaria de las grandes haciendas alemanas funcionase como un reloj, a pesar de los negros, como él decía y de que las aduanas portuguesas retrasasen siempre las franquicias para las piezas de recambio que se hacía traer directamente de Alemania. Tenía también intereses en la Ford Werke.

Conservar la colonia segura con el correspondiente dispositivo militar era el único proyecto que entendían aquellos plantadores. Un territorio ocupado en toda regla, sin mezclas ni imaginación. Para ellos, los negros eran netamente inferiores y sólo podían ser, como mucho, terroristas, bandoleros o carne de cañón. La debacle francesa no interesaba. A ojos de estos junkers de la época del kaiser Guillermo II, adoctrinados en la guerra total de Clausewitz, la derrota francesa en Indochina, la claudicación –así la llamaban- de Argel, no era sino una prueba de su debilidad, de su irrelevancia militar y de su afeminamiento como raza, confirmada en ambas guerras mundiales, en franco-prusiana y en cuantos enfrentamientos históricos habían tenido con los detestados franceses.

Veía yo que las utópicas tesis y proyectos del Senhor Doutor iban a tener que recorrer un arduo camino hasta ser aceptadas. Tras muchas reuniones, el único convencido de ellas era el conde. Me sabía el papel y hacía mi exposición al comienzo de las cenas, antes de que el alcohol hubiera empezado a nublar las mentes y enturbiar los ojos de aquellos agricultores soldados. Ante su impermeabilidad, sin embargo, empecé a sospechar si todo ésto no era más que un embeleco imaginado por el Presidente del Consejo y por su fiel secretario administrativista para ir ganando tiempo mientras preparaban una gran ofensiva militar de guerra total, a la alemana.

-¿Cuándo ganaron esos caballeros (los franceses) la última batalla?, repetía Von Coerper desde la cabecera de la mesa con una sardónica sonrisa- antes de Waterloo, sin duda.

-Crimea…-aventuraba alguno menos francófobo.

-Hace más de cien años y si no hubiese sido por los ingleses, no hubiera vuelto ni un francés de Sebastopol- concluía, chispeando de ironía y lanzando miradas de soslayo a los escasos invitados portugueses y belgas (si éstos eran flamencos, cumplimentaban a Von Coerper, ach so, ach so, con grandes gestos y risotadas, algunos de ellos golpeándose alegremente las altas botas con sus inseparables chicotes, como animándose).

-Pero sin embargo tienen París lleno de nombres de la guerra de Crimea –añadía Halter, el experto en temas franceses, debido a sus paseos y holganzas en el plácido París ocupado.

-¿Qué se puede esperar de un ejército al que no se le ocurrió otra cosa que enviar al cursi de Giraudoux a formar las tropas portuguesas que iban a los campos de Flandes ?, cortaba otro granjero colorado y agitado.

Yo me temía que terminasen metiendo al ejército portugués en las diatribas, ironías y sarcasmos que lanzaban enardecidos contra el francés y miré al conde. Aunque todos sabíamos que habíamos hecho un pobre papel en los campos de Flandes, donde se quedaron la inmensa mayoría de nuestros camponeses[1] enviados como carne de cañón para satisfacer al inglés…

-Compromisos ineludibles de Portugal , nuestro país casi adoptivo, para con su madrastra Inglaterra, terció y cortó Von Coerper, que había captado mi inquietud por cómo derivaba la conversación.

[1] 50.000 portugueses quedaron enterrados en el fango de flandes en la Primera Guerra Mundial en una especie de tributo en especie ofrecido por Portugal a los aliados. Mal instruidos, fueron pasto de la artillería alemana en pocas semanas.

Misión en Angola. Cap 14. El concepto alemán de los indígenas.

El conde estaba desde muy temprano en sus plantaciones y ya estaba al corriente de mi nuevo sistema de transporte y compañía, según me hizo saber un viejo alemán de bismarquianos mostachos que era una especie de administrador. Podía irme. En la cena siguiente el conde estaría para hacer de introductor.

El viaje a la hacienda de Von Coerper, una de las más grandes del territorio, fue largo. Al final iríamos ella y yo solos con los boys, mudos, sordos y ciegos –especialmente invidentes- ante nuestras confianzas. Las doradas e interminables piernas de Lilo llegaban hasta el borde altísimo de unos shorts breves. Hicimos una parada larga, en medio del día, a la sombra de un inmenso baobab que, por los rastros de rodadas, era parada obligada en aquel itinerario. La sombra del baobab estaba salpicada de agujeros blancos y sólo su inmensidad conseguía abrigarnos del sol. Es un árbol que parece casi un tubérculo gigante, con un tronco grueso, elefantiásico, pero hueco. Los boys alzaron como diligentes autómatas, entre los dos coches, una tienda para nuestro almuerzo y se alejaron discretamente hacia unos matorrales que había a cierta distancia. La tarde se hizo fuego sobre el hielo.

De la posterior travesía, pasada la tumultuosa y placentera siesta, sólo recuerdo como en sueños la discusión de Lilo sobre si era mejor llevar los neumáticos llenos de agua o de aire, y si el chófer sabía o no lo que se hacía. Debía saberlo pues llegamos a la hacienda sanos y salvos tras horas de una pista. En las semanas siguientes aprendí a respetar a esos guías, chóferes, scouts, que tenían un instinto para encontrar los mejores pasos en los barrizales y para evitar las trampas de los indígenas en las que podían haberse precipitado nuestros autos, o para encontrar siempre el árbol al que arrimarse, o la pista por la que eludir un encuentro peligroso con algún amigo del MPLA.

Todas las haciendas alemanas se distinguían inmediatamente de las portuguesas que vimos a lo lejos, por un especial orden en las plantaciones, por las perfectas hileras empenachadas de palmeras, todas de la misma altura, que bordeaban los caminos en una rigidez vegetal en medio de la desordenada jungla, por las barandas y porches como recién pintados, por la pulcritud de los boys que acudían a desembarazarnos de nuestros equipajes. Un clima de prosperidad y eficacia reinaba en aquellos campos y hasta las habitaciones de los negros, cubiertas de zinc, simples, escuetas, fumigadas con desinfectante y pasadas por cal. Y, como luego comprobé, porque los negros eran casi invisibles, la distancia entre ellos y los amos alemanes era como la que había de Luanda a Berlín. Cada vez que nos cruzábamos con indígenas éstos debían saludar, descubrirse si iban con sombrero, salirse del camino dejando amplio paso e inclinarse levemente, sobre todo si íbamos con alguna señora. Los alemanes habían conseguido, en una tierra tan cálida, caliente, establecer algo de glacial, de distante, que amedrentaba a los negros, espantaba a los portugueses y mantenía a raya a los sicarios de la PIDE.

Von Coerper pertenecía a una familia de la Alta Pomerania que se había instalado en Africa del Sudoeste en 1906. Su padre había combatido en el Africa Occidental Alemana en la guerra de los Hereros, y luego en el frente ruso en 1917, y había debido salir, con la fortuna perdida, tras la abusiva entrega de las colonias alemanas a Inglaterra y Francia. Sólo los portugueses habían permitido a algunos colonos alemanes expulsados de Tanganika, de lo que ahora es Namibia, y del Camerún, instalarse en sus colonias, por un acuerdo tácito con los ingleses. Los menos se habían instalado en los años treinta, mientras la mayoría había llegado después de la segunda guerra mundial. Su hacienda era de las más grandes de Angola, sólo superada por las gigantescas de los Kronheimer y el auténtico virreinato de Von Ahlefeldt, a los que tenía que ir a ver dentro de unos días, según la cuidadosa y exacta agenda que me había proporcionado el señor Caetano.

Me preguntaba qué papel iba a jugar Lilo en todo este periplo, qué pensarían los alemanes de un portugués que les roba su doncella. Pero no pensaban nada, primero porque Lilo era res nullius, no era de nadie, y segundo porque estaban demasiado preocupados con sus cosechas, con la lluvia que tardaba, con los insurgentes. Y además no era doncella. A mí me consiguió quitar en nueve semanas y media todas las prevenciones católicas que guardaba. No que fuera yo un virginal mozo, que ya el amor venal me había permitido conocer las profundidades de alguna española, normalmente andaluza o extremeña, que enseñaban con displicencia a los más tímidos unas escasas y ciertamente demasiado pasivas artes en los turbios y sifilíticos locales que abundan por detrás del mercado da Ribeira, en el Poço Borratèm y por Martim Moniz.

Mientras la tarde se deshacía en colores de miel en las verandas, los hacendados me iban escuchando con forzada paciencia, mordiendo sus pipas o jugueteando con sus fustas. En general recibían la novedad, la brillante idea del señor Doutor, con una cierta prevención, algunos con no disimulado sarcasmo. Sus preocupaciones inmediatas eran la mala cosecha de algodón, el descenso de ventas del sisal y los nuevos cultivos de robusta y los experimentos con arabica.

Sólo el aval del conde –a quien la idea de un Brasil africano le parecía plausible- les hacía confiar en que no era un provocador más. Ya habían pasado por muchas traiciones, exilios, derrotas, como para creerse al primer funcionario llegado de Lisboa con el encargo de formar un movimiento de independentistas blancos. El modelo de Ian Smith lo contemplaban con desprecio, como una muestra más de la volubilidad británica. Se consideraban infinitamente superiores a nosotros y aquellas prevenciones, aquellas maniobras de maquiavelismo de vía estrecha les parecian fútiles. Sólo creían en la represión pura y simple, militar. La PIDE era para ellos una especie de intrusión de gestapistas aficionados y matones sin más inteligencia. Encerrados en una visión de los más boer[1], casi todos creían que podrían repetir la hazaña del aplastamiento de la rebelión y exterminio de los Hereros. Como había subrayado un tal Haraldsson.

-Esto les pasa a ustedes por su inútil Estatuto de los Indígenas, con el que minaron su propia colonia- graznaba la torre desde la esquina de la mesa (el conde procuraba alejarlo de la presidencia de la mesa para que no molestase y no nos llegasen sus improperios, pero la voz de Haraldsson saltaba todas las cautelas del protocolo). La cena continuaba, servida por aquellos silenciosos boys perfectamente adiestrados bajo la dura mirada de una especie de báltico, un tal Haraldsson, ya de edad con una cicatriz que le surcaba la frente tostada como una raya roja, con cara de verdugo desocupado que solo con las pupilas transparentes, con esos párpados sin pestañas, los tenía convencidos de que era el mismo diablo, el mítico Mwene Puto. Haraldsson se había lucido en la guerra en el frente del Este en hazañas que nadie osaba evocar, ni siquiera él mismo. Su historia oficial lo hacía apenas responsable del transporte por las estepas ora heladas ora enfangadas de un armón con cuatro inmensos percherones. La elegancia de Von Bodenberg bastaba para intimidarlo, pues el conde eludía saludarlo y el báltico no se atrevía a abrir la boca en su presencia. Sólo en algunas veladas regadas abundantemente de cerveza angoleña, se había ido de la lengua, pero Lilo había rehusado -entonces no supe porqué- traducirme aquellos relatos que mantenían a los alemanes con los ojos fijos, unos, y con una visible incomodidad a los menos beodos. Helmut Haraldsson era el eslabón perdido de los caballeros teutónicos que asolaron las llanuras polacas y rusas desde tiempo inmemorial, a la caza del eslavo.

-Creo que está usted equivocado, con todos los respetos –aventuraba yo- el Estatuto de 1933 de lo que peca es de no haber permitido que éstos se sintieran de verdad portugueses, sino casi siervos…

-Y ¿qué pretende?, ¿hacerlos ciudadanos?, insistía el báltico, ustedes no los pusieron en su sitio, están llenos de caridad católica, son como los polacos, añadía, con una mueca de desprecio que abarcaba Polonia, Portugal y todo lo que no fuera teutón.

-Bueno, ahora ya es tarde para debatir leyes pasadas, terciaba el conde, lo importante es ver qué se puede salvar todavía, si somos capaces de aprender la lección del Congo Belga, de Argelia…

-A sus cinco millones de negros, divididos en tribus, algunas irreconciliables, se les puede dominar perfectamente, está todo inventado, miren la Unión, Rodesia del Sur, no invente brasiles, que no hace falta. En Brasil tenían la amenaza por todas partes, los Estados Unidos que daba lecciones como siempre, todos los masones de las colonias españolas que prodigaban el mal ejemplo, aquí no hay problema, estos africanos todavía necesitan cien años para ser de verdad peligrosos. Y ni soviéticos ni nadie lograrán echarnos de aquí. Mano dura y ya está, concluía triunfante Haraldsson, echándose otro vaso de schnaps al gaznate, más bermejo que nunca.

Algunos comensales asentían, mientras el conde, demasiado elegante para entrar en liza, como buen anfitrión, me miraba con aire desconsolado. Con aquellos energúmenos no había esperanza.

Yo meditaba mientras sobre el nihilismo alemán y su habilidad para llegar al apocalipsis con orgullo y convencimiento, miraba por los amplios ventanales y veía a lo lejos a la baronesa podando tranquilamente sus rosales con un servidor negro que la seguía eficiente como un autómata con su carretilla. A lo mejor tenían razón y lo que teníamos los portugueses eran demasiadas contemplaciones. Como repetían muchos granjeros alemanes, “a los negros se les dan órdenes, no se habla con ellos”. Indestructible argumento.

Para mis lectores portugueses, les recuerdo que en 1905, los Herero, una tribu de habla bantú que eran los antiguos amos de Namibia, de remotos orígenes etíope-abisinios, se sublevó contra los colonizadores alemanes. Armados, con uniformes y con una decente organización militar, no era una siempre algarada de una tribu díscola. El castigo fue terrible y miles de ellos fueron exterminados y sus jefes ejecutados. No hubo apenas prisioneros. Ya en aquellos años 60 , el lugar de Okahandjia, donde están enterrados muchos de los legendarios dirigentes de aquella guerra, como su jefe Maherero, era un lugar de peregrinación.

 

[1] Boer quiere decir campesino en holandés.

Sobre el interés de volver a leer a Arthur Koestler

La censura se ha ejercido siempre, unas veces por el Estado, otras veces, de forma más sibilina, por los intelectuales y gentes de la cultura; por fin, también por los editores que deciden qué es lo que merece la pena –más bien, lo que es rentable- publicar y lo que no.Unknown

Arthur Koestler, judío húngaro nacionalizado británico (1905-1983), antiguo comunista que se desengañó pronto, dedicó algunas obras a la crítica del totalitarismo y del fascismo, ya es difícil de encontrar. Y, sin embargo, El cero y el infinito es uno de los alegatos más importantes que se han hecho contra el estalinismo. Un testamento español, donde narra su prisión y condena a muerte en manos de los nacionales españoles, en Sevilla en 1937 (fue liberado gracias a la intervención británica). Otros libros, como Los sonámbulos, es un excelente resumen de la filosofía de la naturaleza y de la ciencia, donde precisamente expone la necesidad de la racionalidad y de la intuición, complementarios . En La tribu de los kazares o la décimotercera tribu, un libro de historia, examina el origen de los judíos de Rusia y del Este de Europa. Otras obras y ensayos, sobre la causalidad y el azar, sobre el fenómeno del humor, son singulares que merecerían también ser reeditadas. Sobre los orígenes del Estado de Israel y los kibutzs, escribió La torre de Ezra, donde evoca sus experiencias en la Palestina de los años treinta del pasado siglo. Sus demás escritos autobiográficos son casi un trasunto de la historia de la Europa del siglo XX, en la que fue no sólo testigo, sino actor, sin arredrarse ante el peligro.

Como se dice ahora, fue un hombre renacentista pues abarcó diferentes áreas del conocimiento, tanto en la ficción, la autobiografía y los ensayos científicos, algunos sobre la ESP, percepción extrasensorial y telepatía. Nunca vulgar ni banal, introducía las dudas en el lector, que a menudo es conformista por definición. Sus libros soliviantan, sacuden, nunca dejan indiferentes. También podríamos llamarle excéntrico, en el sentido más euclidiano de la palabra, pues eludió y rehusó los centros de los dogmas, imaginando y demostrando otras posibilidades de pensamiento. Así como estudió astronomía y los movimientos de las esferas sin plegarse a las verdades aceptadas, así en política y pensamiento, Koestler no siguió los caminos trillados.

Fue un gran amigo de George Orwell, con quien compartió la desilusión del marxismo y del comunismo. Ambos fueron adalides del pensamiento libre, de la lucha por la libertad y por la defensa de los oprimidos y los excluidos.

 Es curioso el poco caso que se le ha hecho en España. Quizá porque la derecha leía poco y porque la izquierda, que leía algo más, lo tachó inmediatamente de anticomunista. Con eso se ahorraban examinarlo, leerlo y discutirlo. Era todo menos políticamente correcto.

Misión en Angola. 13. Freikörperkultur.

Tiránica y de peligrosos perfumes…

El conde se había puesto manos a la obra desde que supo de mi llegada, preparando encuentros, organizando cenas y reuniones más o menos encubiertas con artes venatorias y justas musicales ; cuando apenas habíamos pasado un par de días de descanso, conociendo de punta a cabo su hermosa hacienda, ordenada como un parque, el conde me dijo :

-Rui, ahora viene la parte más ardua. Este es el plan de reuniones- y me alcanzó una hoja con sus armas grabadas en sello seco. Las he disfrazado de reuniones sociales, un poco en la tradición de la gentry alemana de Africa, sólo que con más frecuencia. En un mes tendrá el panorama completo y habrá podido pasar el mensaje a todos. Sea discreto porque algunos de mis compatriotas pueden tener simpatías con la PIDE. Tenemos de todo.

-¿Hablan alemán todos ?

-Pero yo llevaré las conversaciones en portugués. Además, también habrá algún invitado portugués de confianza, médicos, principalmente. Gracias la presencia de los portugueses hubo de vez en cuando algún atisbo de melancolía en los pesados y opulentos banquetes de aquellas semanas por las haciendas, animados siempre por la ruidosa y falsa alegría alemana que siempre ha sido pronóstico de desafueros.

-Y, en todo caso, me tranquilizó el conde, le he buscado una traductora. Es una germano brasileña. Ya la conocerá.

El conde se había percatado inmediatamente de mis supinos conocimientos en su lengua, a pesar de mis cuatro diplomas de cursos acelerados. Aunque me hubiera apetecido seguir ganduleando por aquellos jardines pero el conde había minuciosamente organizado casi todo mi tiempo, incluso el libre. La primera cena fue en su propia hacienda, un contraste curioso de la austeridad suabia y la exuberancia africana. El comedor era una sala larga, uno de cuyos lados estaba abierto sobre un porche o veranda, como la llamaban allí, que daba sobre los rumorosos jardines nocturnos donde todo tipo de insectos, pájaros y aún diversas clases de macacos chillones, se dedicaban a sus actividades vitales y no dejaban ni dormir y a veces ni hablar. El otro muro estaba cubierto literalmente de armas indígenas. Los platos y los manteles ostentaban unas discretas líneas azules, evocación del blasón familiar.

Los comensales eran casi todos alemanes, o quizás hubiera algún belga que yo no detectase, todos rubios, tostados y con el aspecto bastante rudo de viejos combatientes. El conde destacaba entre ellos por una cierta forma de conducirse y porque sus rasgos, debido a sus orígenes más mezclados, a un aporte de sangre italiana y quizás sueca le daban un aire más civilizado, menos sajón.

La tercera velada acababa, mis notas rebosaban de los bolsillos de mi sahariana, cuando Liselotte Forst apareció cuando ya estábamos de pie, esperando que los boys pasasen unos digestivos. En medio de aquella reunión de granjeros y junkers reciclados en el sisal, el algodón y el café, surgió como de ninguna parte o, quizás, como si acabase de aterrizar de un imposible vuelo directo del Berlín de hacía veinte años. Apenas tostada por el sol, no muy alta, de hecho más pequeña que muchas de aquellas inmensas hembras, fuertes, bellas y con algo de walkirias desterradas que pululaban por todas aquellas haciendas alemanas como amas, enfermeras, ayudantes, hijas, esposas. Liselotte era más menuda, perfecta, de ojos gélidos, mandíbula cuadrada y una piel finísima que lucía bajo un leve vestido caqui algo gastado. Apenas saludó a la baronesa, recibió el discreto saludo, una imperceptible inclinación de cabeza, del conde Von Bodenberg y tras algunos rodeos vino directamente hacia mí que la había estado observando desde que entró. Había logrado, y quizás fuera ésta la intención del conde, desviar mi atención de la baronesa a la que yo seguía hasta entonces peligrosamente embelesado. Era la traductora que el conde, misericorde y eficiente, me había conseguido para que yo pudiera desempeñar la misión de manera más seria que siguiendo muy por encima aquellas conversaciones que derivaban inmediatamente en dialectos impenetrables de Suabia, Sajonia, Renania oincluso de la extinta Prusia Oriental.

-¿Qué hace un portugués de Lisboa con nosotros esta noche?, dijo, retadora.

-Estoy arreglando unos documentos por encargo de mi bufete de Lisboa ( a esas alturas ya me había aprendido la lección y le había añadido detalles para darle más credibilidad). Los títulos de propiedad de muchas haciendas están algo enrevesados. Pasaré unos días en Quilumbo.

-¿Y después?

-Quitila, las haciendas de los Manhardt…las haciendas alemanas…

-Ah, sí, por río Bungo, …peligroso…

-Roca Quitondo, a ver al señor Kremer, Kisuka, al señor Kroel…

-Está usted empeñado en meterse en la boca del lobo ¿le han dicho que por allí operan los terroristas?

Dijo terroristas como hubiera podido decir gusanos, escoria, violadores.

-Sí, pero me han asegurado que…

-Mire, tendrá que andar con cuidado. Acabo de llegar de Quitila, hemos hecho el viaje en tres vehículos, íbamos armados y llevábamos un Land Rover con dos guardias abriendo paso, bueno, para lo que sirven sus guardias, me fío más de mí misma.

-¿Va usted armada?

-Depende de a qué llame usted armas, me fijó sus ojos helados que de repente parecían haberse derretido un instante.

Liselotte me llevó hacia un extremo del porche. La sinfonía de grillos, pájaros nocturnos, algún aullido lejano (¿o eran rugidos?) era casi ensordecedor, nadie nos podía oir.

-¿Dónde está alojado? ¿con los condes?

-Sí, pero usted, ¿qué hace aquí?

-Yo soy otra invitada, bueno, una invitada casi permanente. Mi padre era muy amigo del conde, le sacó de algún aprieto hace quince o dieciséis años. Llámeme Lilo.

-¿Vive usted aquí?

-Normalmente vivo en Frankfurt, pero ahora llevo casi dos meses aquí. No sé porqué, es aburridísimo, no se puede salir casi y estoy perdiendo el tiempo. Los hombres están todos casados y debo mantenerlos a distancia, los jóvenes están estudiando o trabajando en Alemania. Bueno, pero ahora con usted, una cara nueva, todo será más divertido. ¿Se quiere venir mañana a la hacienda de los Von Coerper? Está lejos, iremos en dos vehículos, con boys, con armas. Por el camino podremos cazar alguna gacela.

-El conde me ha asegurado que…

-Olvídese del conde, se viene conmigo. El sale demasiado tarde siempre.

Ella organizaba todo sin consulta previa. Me cogió la mano y me la apretó. Podía oler su perfume. Yo no quería mirar hacia la sala, temía tener todas las miradas clavadas. Pero no, volvimos y los señores departían en su lengua animadamente, vaciando uno tras otro vasos de alcohol fuerte, tirando de sus pipas y de cigarros. Las señoras se habían eclipsado oportunamente tras las mamparas de cañizo. Para evitar los torbellinos de mosquitos y otros insectos más inquietantes, las luces eran tenues o incluso no había luces, dejando los porches y alrededores del jardín en una incitante penumbra.

-Venga, le voy a enseñar algo.

Pedí licencia al conde que me hizo un gesto distraído con la mano. Podía dejar tranquilamente la sociedad de aquellos nobles granjeros. Seguía a Lilo por un pasillo con ventiladores, poco iluminado.

-¿De qué hablan, tan animados?

-De la guerra, de cosechas, de los bandoleros, pero sobre todo de la guerra y de las guerras.

-¿De todas las guerras?

-Sí, desde la de los Hereros hasta la última, algunos llevan generaciones guerreando, con intervalos agrícolas, antes en Pomerania, ahora en el Africa portuguesa.

Lilo hablaba con cierta ironía de todos aquellos, como sin mucha simpatía. Por el pasillo iba a mi lado, rozándome. Salimos al jardín sonoro, selvático, donde la noche africana se hacía fresca. Un boy dormitaba en un rincón, con un largo palo entre las piernas.

-¡Cómo vigilan!

Lilo lo evitó y entramos en un bungalow.

-Espere.

Pasó tras una cortina y oí rumor de ropa. Cuando salió llevaba un biquini verde. Yo sólo los había visto en fotografía, desde que en 1953 Brigitte Bardot se exhibiese en la playa de Cannes para martirio de los hambrientos sexuales. En Portugal estaban rigurosamente prohibidos en las playas públicas y sólo en algunos hoteles muy exclusivos de Estoril y Cascais habían permitido a los huéspedes extranjeros lucirlos. Pero yo no tenía acceso a esas piscinas.

-¡Vamos! ¡A bañarnos!

-¿De noche?

-¿No tiene calor? ¡Vamos!

Me tuve que quedar en calzones mientras ella se tiraba a la piscina y empezaba a salpicarme, a intentar darme ahogadillas. El juego duró lo que aguantó mi fidelidad a Isabel, cuya visión fugaz, inoportuna y culpable, se desvaneción cuando la última pieza del biquini de Lilo se quedaba flotando en el agua oscura como una tierna hoja caída de un árbol del jardín. Su cuerpo era irreprochable, si bien el pelo era algo áspero. Resabio de mi pedantería académica, evoqué a nuestro excelso tuerto, andando, as lácteas tetas lhe tremiam. En aquel país de predadores, fui predador de una desnudez lunar, tibia, con un impulso antiguo, animal, que nunca había conocido.

A la mañana siguiente fue ella la que vino a despertarme con una sonrisa -gratitud satisfecha- que no había visto la noche anterior.

Yo recorría la hacienda con el orgullo de la fiera que ha hecho suyo un animal salvaje, su presa, y la difusa culpabilidad de haber sido infiel a Isabel. Infidelidad relativa, sin embargo, pues Isabel era aún doncella a pesar de mis libidinosos intentos en las oscuridades del cinema San Jorge.

Lilo me enseñó algo que en Africa era casi irrelevante y que los nativos veían con una mezcla de estupor y de hábito, estupor antes las carnes blancas expuestas al mirar de las gentes, hábito, pues ellos tenían una tendencia climática a la desnudez. Desde antes de la unificación alemana, en las tinieblas confusas del siglo XIX de reinos pequeños y dispersos por tierra germánicas, habían proliferado los clubs de nudistas, algo que el señor Doutor había siempre execrado y que en Alemania formaba parte de la cultura saludable del cuerpo, la freikörperkultur, concepto que no venía en mi método de alemán de Jasper Otto Sauer con el que empecé hacía años a balbucear la difícil lengua wagneriana.

El conde estaba desde muy temprano en sus plantaciones y ya estaba al corriente de mi nuevo sistema de transporte y compañía, según me hizo saber un viejo alemán de bismaquianos mostachos que era como el administrador. Podía irme. En la cena siguiente el conde estaría para hacer de introductor.

Camiones

Nos cruzamos con convoys…

            El viaje a la hacienda de Von Coerper, una de las más grandes del territorio, fue largo. Nos cruzamos con convoys de camiones. Al final iríamos ella y yo solos con los boys, mudos, sordos y ciegos –especialmente invidentes- ante nuestras confianzas. Las doradas e interminables piernas de Lilo llegaban hasta el borde altísimo de unos shorts breves. Hicimos una parada larga, en medio del día, a la sombra de un inmenso baobab que, por los rastros de rodadas, era parada obligada en aquel itinerario. La sombra del baobab estaba salpicada de agujeros blancos y sólo su inmensidad conseguía abrigarnos del sol. Es un árbol que parece casi un tubérculo gigante, con un tronco grueso, elefantiásico, pero hueco. Los boys alzaron como diligentes autómatas, entre los dos coches, una tienda para nuestro almuerzo y se alejaron discretamente hacia unos matorrales que había a cierta distancia. La tarde se hizo fuego sobre el hielo.

De la posterior travesía, pasada la tumultuosa y placentera siesta, sólo recuerdo como en sueños la discusión de Lilo sobre si era mejor llevar los neumáticos llenos de agua o de aire, y si el chófer sabía o no lo que se hacía. Debía saberlo pues llegamos a la hacienda sanos y salvos tras horas de una pista. En las semanas siguientes aprendí a respetar a esos guías, chóferes, scouts, que tenían un instinto para encontrar los mejores pasos en los barrizales y para evitar las trampas de los indígenas en las que podían haberse precipitado nuestros autos, o para encontrar siempre el árbol al que arrimarse, o la pista por la que eludir un encuentro peligroso con algún amigo del MPLA.