Más velocidad, más vehículos: en la Sierra de Segura ( Jaén) vamos al revés del mundo

19 agosto, 2019

La reforma de diez kilómetros de la carretera A 317, de la Junta de Andalucía, nos va a salir muy cara, en dinero, en árboles y en paisaje.

El precio, según los carteles, es de más de dos millones doscientos ochenta mil euros, 2.280.458,89 €. (Lo de los 89 céntimos es muy importante, da como sensación de honestidad y rigor). Cada kilómetro de carretera nos va a salir a más de doscientos veinte mil euros, 228.000€.

Y encima parece que está cofinanciado por la Unión Europea.

Pero el coste ambiental, no medido, y menos aún declarado, es mucho más alto. Han perpetrado una innecesaria tala masiva de los chopos y demás árboles (espinos, fresnos) de la desaparecida curva del Batán, y han dejado un terraplén yermo, machacado, sin una sola planta.

El propósito de esta reforma era y es:

“Para lograr una mejora de las condiciones de capacidad y velocidad del recorrido se incluyen medidas como la construcción de un nuevo puente, mejoras de trazado, sección y firme”. Esto decía la Delegada Provincial de Medio Ambiente de Jaén, el 12 de mayo de 2008.

Respondía así a mi carta en la que le mostraba mi inquietud porque la carretera A 317 fuera a ser reformada, pedía que hubiera arcenes para andar o ir en bicicleta y me quejaba de la suciedad de las cunetas. Por fin, criticaba la falta total de control de velocidad en una zona protegida como es el Parque Natural de las Sierras de Segura, Cazorla y Las Villas.

Es decir, la Delegada contestaba todo lo contrario de lo que se pedía: se iba a aumentar la capacidad y la velocidad. El medio ambiente, la naturaleza, no importaba. Y en las cunetas “los residuos son muy escasos en sus márgenes”.

Así se ha hecho este año de 2019 y ya se puede ir mucho más deprisa (entre otras cosas porque no hay control alguno, es una carretera sin ley) y los automóviles y motos van a la velocidad que les da la gana. Algunos motoristas, los fines de semana, incluso echan carreras en las rectas, ahora con ese firme mucho mejor para superar los 120 kms por hora. Las profusas y ubicuas señales -otro negocio, éste de tanta señal- se las saltan impunemente todos los vehículos. Además de la contaminación de humos, ahora tenemos la sonora. Todo sea por el Parque Natural.

Nadie, evidentemente, ha echado las cuentas de cuánto CO2 se emite, ni del que se ha emitido con los masivos movimientos de tierras y maquinaria. Pero debe ser muy alto porque sabemos que sólo tender un metro cuadrado de hormigón emite 27 kgs de CO2 y que necesita para elaborarse 70 litros de agua. Pero como no lo medimos, nos quedamos tranquilos.

Las televisiones y la prensa nos hablan de la deforestación masiva de la Amazonia, de las 110.000 hectáreas de bosque muerto en Alemania en 2019, del incendio de Gran Canaria, por la sequía y las altas temperaturas. Pero no pasa nada, en esta tierra de Jaén, imperturbables, los alcaldes parecen encantados con la nueva carretera que permite “más capacidad y más velocidad”.

Vamos al revés de la historia. No sabemos si la lejana, inaccesible, invisible y pródiga Unión Europea, dirá algo por este atentado ecológico, despilfarro de energía y estupro del paisaje, aunque el escrito arriba citado, terminaba así:

“El hecho claro de la necesidad de mejora debe ir acompañado de toda clase de medidas que adecuen esta carretera al entorno protegido que atraviesa, y minimicen o corrijan los daños de su ejecución (integración paisajística, protección de los valores naturales y culturales, restauración de la cubierta vegetal y del antiguo trazado, etc).”

No entendemos muy bien a qué valores culturales se refiere, lo que sí parece es que hablar de cubierta vegetal significa que habría que volver a plantar los árboles arrasados, que podrían haber sido salvados porque no se entiende por qué ni para qué cortaron tantos. Así, los contratistas ganan dos veces, una, cortándolos, otra, replantándolos. Recordemos que la tala de árboles ha sido históricamente un arma de guerra para vencer, someter y sojuzgar pueblos y civilizaciones. Así nos sojuzga la ínclita Junta de Andalucía.

Antes era una tupida chopera

(P.S.- Se pregunta, en fin, quien esto escribe si las cervezas SKOL patrocinan la carretera, pues los operarios han dejado por doquier latas de SKOL tiradas en las cunetas. También parece como si SKOL financiase la recogida de la aceituna, a tenor de la cantidad de latas de esa cerveza que hay tiradas por todos los olivares).


Lamento por la destrucción de la curva del Batán (perpetrada por la Junta de Andalucía en la Sierra de Segura, en Jaén, carretera A-317)

4 agosto, 2019

Las máquinas dan poderío,

es sabido.

Palas excavadoras, destrozadoras,

hacen ruido.

Talar árboles da poderío,

es sabido.

Ni se quejan ni reclaman,

para solaz del turista veloz,

callan.

La tierra baldía es poderío,

es sabido.

Removida, destruída,

vieja curva umbría del Batán.

Ufanos descansan, con poderío,

sin pena ni asombro

ante tanto escombro,

ingenieros y prebostes satisfechos,

ahítos de poder sin desafío

tras meses ocultando su delito

de lesa naturaleza

y máquinas aviesas.

Que el progreso en tierra electoral

es lo verde hecho cunetas,

civantos, latas y despojos:

que no queden ni rastrojos.


La encina, que hizo el suelo fértil de España

2 abril, 2019

Fue Pedro Ruiz López -mi tío, ingeniero, amante de la naturaleza, ecologista de antes de llamarse así- quien me dijo que era gracias a las encinas, robles y alcornoques que se fue formando durante siglos el suelo agrícola de España, ese suelo que venimos destruyendo a base de cultivos intensivos, abonos químicos y herbicidas .

Pedro Ruiz López, en 1947

Hoy, otro Pedro, Pedro Pablo Miralles, evoca y homenajea la encina en un breve poema (http://www.lasdoscastillas.net), cuya reproducción me autoriza:

La encina es pura armonía,
chaparra o de gran altura
su copa redonda y ancha,
en grupo o de forma aislada
bien plantada y muy leal,
tan elegante y robusta,
con ramas abigarradas,
corteza gris soledad.

La encina nos acompaña
silenciosa y charlatana,
con sus hojas verde oscuro
entre sinceras espinas,
nos da frutos de buen quercus,
ramas, troncos moldeados
por la luna, el sol, los vientos,
todo el año así se muestra.

(Pedro Pablo Miralles)


Favelas en la Sierra de Segura

24 marzo, 2019

18 de marzo de 2019. Texto completo en http://www.lalineadelhorizonte.com/revista

El paisaje de la Sierra de Segura, en la parte oriental de la provincia de Jaén, es de una belleza singular, inusitada. Las tierras altas, pobladas de pinares en su mayor parte (sobre esto volveré), las bajas, con valles de antiguas huertas, choperas y las faldas de muchos montes por donde trepan olivares grises que contrastan con oscuros pinares. Y farallones y picachos de roca caliza como guardianes dorados, vigilantes, incólumes.

Segura de la Sierra, uno de los Pueblos Bonitos de España

[…]

Las dos desamortizaciones, la de Mendizábal y la de Madoz, fueron un desastre, pues entregaron los bienes eclesiásticos y los montes de propios a nuevos propietarios depredadores que talaron sin repoblar, que ocuparon la sierra (y las sierras) para convertir pinares en desiertos, como en los altos de Santiago de la Espada y Pontones, sobre todo, aun llamados, paradójica y tristemente, Pinar Negro.

[…]

La sierra, en los últimos años, y a pesar de la despoblación, ha mejorado en servicios públicos, en sanidad, las bibliotecas municipales organizan actividades teatrales y de lectura, y se celebra cada primavera un festival musical de importancia, Música en SeguraNo es extraño que hayan sido las mujeres las más dinámicas y más avanzadas para impulsar actividades culturales, para fomentar la creatividad.

[…]

También ha mejorado mucho la prevención de incendios –aunque no sabemos cuánto cuesta–, la Agencia Andaluza de Medio Ambiente protege más las encinas y la flora autóctona, habiendo descartado ya el todo pinar que heredamos del Patrimonio Forestal del Estado y del extinto ICONA, de funesto recuerdo.

[…]

Pero muchas de estas aldeas son restauradas sin orden ni concierto, proliferan las naves o cocheras construidas con bloques y techos de uralita, sin enlucir ni enjalbegar, se van añadiendo elementos y pisos a las viejas casas con ladrillos, de cualquier manera y con nulo gusto. Por los olivares abundan esas construcciones de desfortuna, con la uralita sujeta por piedras, con viejos muebles, aperos y herramientas tirados alrededor.

Los alcaldes no hacen nada por evitarlo ni obligan a enlucir las fachadas o blanquear. El resultado son cortijadas que más parecen favelas –esas poblaciones de chabolas en los morros de Río de Janeiro– que aldeas serranas y algunos pueblos donde todo la construcción moderna y reciente es irrecuperablemente fea.

La paradoja está en que esta comarca forma parte desde 1986 del Parque Natural de Segura, Cazorla y Las Villas. Si la declaración de espacio protegido nos ha librado de urbanizaciones, no ha impedido la favelización de las aldeas y cortijos. Mientras una administración tiquismiquis vigila por todas partes, hace sin embargo la vista gorda ante las construcciones clandestinas (pero bien visibles), que afean olivares y aldeas. Muchas cortijadas ya no son blancas sino color gris (de bloques y uralita) y rojizas, de ladrillos sin enlucir.

[…]

Y dirá el lector y el viajero que por allí se aventure: ¿quién es responsable? Los primeros, los propietarios que no son precisamente pobres pero escatiman y no acaban sus casas y almacenes; segundo, los ayuntamientos, atenazados por los intereses creados y pasivos ante el hecho consumado; tercero, el Patronato del Parque, que carece de herramientas jurídicas para hacer cumplir la ley e incluso para poder ejecutar las sentencias o resoluciones de demolición, cuando las ha habido. […]

Además, estamos limitados por la peor carretera de toda España, la N-322, que lleva más de veinte años en obras y es un auténtico cuello de botella. A la sierra solo se puede llegar en vehículo privado, pues el servicio de autobuses es lamentable, si se puede llamar servicio. Por ejemplo, los trescientos kilómetros que dista de Madrid, en autobús cuestan seis penosas horas, con parada y cambio de vehículo en la horrenda estación de Valdepeñas, indigna de un país europeo.

[…]


Ha empezado la recogida de la aceituna

1 diciembre, 2018
Acuarelas del autor

Don Ramón Ruiz-Marín López, un señor de Jaén. Evocación

22 noviembre, 2018

Tío Ramón ya es ceniza desde hace muchos años pero su recuerdo perdura en mí.

Ramón Ruiz se sintió siempre del campo y para el campo. Las olivas, las fincas, los montes, eran su universo. Nació con el siglo XX en Segura de la Sierra, provincia de Jaén, en la vieja casona que era de la familia y que aun existe junto a la plaza, frente a la iglesia.

Ingeniero, conocía los árboles al tacto, palpaba la tierra y los barros, cuando veía un olivar lejano sabía, antes de pisarlo, si era bueno por el color de los árboles y la tierra. Así, hizo dinero comprando fincas, arreglándolas y vendiéndolas en plena producción.

Tío Ramón

A la sombra de su noguera, con su eterno puro

No creía en los ministerios ni en los funcionarios (“que no distinguían un chaparro de una oliva”), desconfiaba del Poder, denostaba el Plan Jaén porque “cuando Dios creó el mundo, dijo ‘Jaén, para olivas’”, no creía en Franco ni en las Hermandades de Labradores ni en los alcaldes. Creía en el trabajo.

Cuando la Reforma Agraria de la República le encargaron supervisar las fincas ocupadas por la zona de Marmolejo. Se encontró unas tierras abandonadas, ganado muerto o enfermo. “Así no defendéis la República”, les dijo a los ocupantes, que naturalmente hicieron caso omiso de sus advertencias.

El 18 de julio le pilló en el pueblo. Fue detenido por unos anarquistas que se lo llevaron en un automóvil confiscado, al juez, decían. Afortunadamente iba con ellos el comunista Ramón Peláez, con una escopeta. Cuando los anarquistas pretendieron parar en una curva para darle el paseo, Peláez empuñó la carabina y dijo “ésta no ha venido a esto”, y les conminó, amenazándoles, a seguir hasta el juzgado, salvándole así la vida. Al suegro de Ramón Ruiz, que era Presidente de la Audiencia, un aragonés recto y conservador, nadie lo salvó y lo asesinaron de mala manera junto a la verja del cementerio, a la que se había aferrado resistiéndose a ser arrastrado. En su casa de Jaén quedaron para siempre los impactos de balas en su despacho que dispararon los ‘incontrolados’ que se presentaron a tomarse la justicia por su mano y lo sacaron a la fuerza de su domicilio.

Pero Ramón Ruiz tuvo más suerte. Restablecido un cierto orden republicano, tras unas semanas detenido, fue puesto en libertad e incorporado como oficial al Ejército de la República, donde hizo toda la guerra. En el frente de Aragón recordaba cómo llegaban los Stukas de la Legión Cóndor, y el ruso con quien compartía el blocao, experto que los detectaba muy lejos, le avisaba, “cama-rrada, Stukas”, y le hacía cubrirse rápidamente. Ramón Ruiz nunca negó la intervención nazi en la guerra civil, la sufrió.

Al finalizar la guerra, su salvador Ramón Peláez fue llevado ante un Consejo de Guerra que pretendía condenarlo a muerte, pero él se presentó a testificar a su favor, ante el asombro de militares, fiscales y falangistas. Condenado a varios años, pudo ser puesto en libertad y Ramón Ruiz lo colocó en el Servicio Nacional del Trigo.

Pasaron los años, la postguerra, llegó la prosperidad de algunos, con sus Packard y sus Cadillac, pero él siguió siempre una vida austera, sin estridencias, en su gran casa de la calle Llana, en el viejo Jaén (que entonces era una ciudad bastante bonita), con su patio, su fuente y su gran palmera.

El verano, “sol y moscas”, lo pasaba en el Molino donde su árbol sagrado, el único ser vivo que le escuchaba –decía- era la noguera. Bajo ella, en su butaca de anea, leía el periódico, escuchaba las noticias en la radio de pilas (siempre se negó a instalar la luz eléctrica, impropia de cortijos) y fumaba sus puros que iban dejando pequeñas quemaduras en sus guayaberas. Leía el ABC y el diario Jaén, del Movimiento, al que llamaba despectivamente el “Trepabarcos” (el hunde barcos, como se dice ‘hundir’ en Jaén) porque durante la guerra mundial, con sus noticias de toneladas hundidas por la Kriegsmarine, había él sólo hundido varias veces a toda la escuadra inglesa.

Contra la electricidad, pero con la radio, la Radio Nacional de España le traía noticias hasta el fondo del valle, junto al río y el molino. Así podía clamar contra Churchill, el hombre más malo del mundo, o reclamar que los paracaidistas ingleses tomasen los pozos petrolíferos, o mandar el Saratoga -el epítome de la fuerza militar, para él- a controlar a los árabes, o menear la cabeza con desaprobación cuando hablaba aquel ministro jiennense de la sonrisa hipócrita, Solís Ruiz.

Acabando agosto estaba el ritual de la Feria de Linares, donde iba a los toros, invitaba a sus amigos, fumaba sus puros. Emprender el viaje a Linares desde el Molino constituía el fin del verano cortijero, que coincidía también con la festividad de San Ramón, el 31 de agosto.

Era un hombre serio, ni de chistes ni de chascarrillos, sino de frases en general ponderadas, a veces exageradas de ironía o incluso con sarcasmo (contra los nuevos ricos, los cursis y los repipis, principalmente). Su mirada, su mal humor o enfado, que acentuaba alzando las cejas y las orejas a la vez, dejaba despavoridos a los peones, aparceros y tratantes que pretendían engañarle.

Cambiaba los nombres –a mí me llamaba Jaimero y Nasser-, detestaba la cursilería y mantenía su distancia respecto del “mujerío” –su mujer, sus hijas, sus hermanas- a las que afeaba que le contasen a los confesores lo que no le contaban a sus maridos. Cuando una hija suya pretendió meterse a monja, amenazó seriamente con hacerse protestante. En las misas, cuando llevaba al “mujerío a misearse”, se quedaba esperándolas en la puerta, con los hombres, reteniéndome, “los hombres, aquí”, hablando del campo, de las cosechas y los capachos. A mi padre, su hermano pequeño, lo ayudó cuando volvimos de Bruselas y siempre lo respetó, aunque difirieran en ideas, opiniones y muchas cosas (“era el más inteligente de todos nosotros”, me dijo un día).

Aquel a quien consultaban terratenientes (él también lo era, pero no era un propietario absentista), gobernadores, alcaldes y en secreto algún ministro, al final tenía sus dos fieles y pacientes confidentes, Vicente Muñoz, más viejo, que ya había trabajado con su padre antes de la guerra, e Isidro, que casi no hablaba, sólo escuchaba. Isidro después de la guerra recogía hierba y algunas raíces para que su mujer preparase una sopa para los hijos, casi muertos de hambre. Hablaban de la sequía, que no era tan mala como la del “año del hambre” (1946), pero que dejaba las tierras asuradas, las olivas estériles y los pastos a ras del suelo en los Campos de Hernán Perea, por la Chaparra y Cueva Rincón, en las tierras altas de Santiago de la Espada.

Nunca ejerció de cacique. Sus opiniones las plasmaba en artículos sobre la agricultura, contra las pretensiones de los primeros tecnócratas sabelotodo de Madrid –ciudad que detestaba por lo descomunal y por lo que representaba de burocracia y poder lejano-.

Él, que había sido un buen jinete, que se iba a caballo desde La Puerta a Santiago de la Espada a ver los rebaños, ordenar las cortas y las plantaciones, tuvo que renunciar a montar tras el accidente con su Land Rover que le destrozó la rodilla. Ahora llevaba bastón, la garrota, y sólo usaba el auto, para sus recados y para bajar de vez en cuando al pueblo a las tertulias que ya iban languideciendo, como la de ‘La Peña’. El auto siempre debía estar recién lavado, tras sufrir las carreteras polvorientas de macadam de entonces, desde aquel ‘pato’, el Citroën 11 L, negro, que siempre echó de menos, hasta los grandes Seat.

Le recuerdo, al final de sus días, cuando le fallaba el habla y hacía un gesto de irritación y de contrariedad porque no le salían las palabras que él quería. Dejó este mundo en 1980. Alguien de mi familia dijo que lo malo del Jaén de entonces era que “había demasiados señoritos pero pocos señores”. Ramón Ruiz-Marín López fue uno de los señores.

 


Personas olvidadas y aldeas deshabitadas

26 septiembre, 2018
La tragedia de su España;
sobre la tierra Dios sordo,
sordas de dolor las almas
Miguel de Unamuno

 

Las carreteras y caminos vecinales son siempre interesantes. Viniendo de Albacete por la nacional 322, en dirección a Bailén, aproximadamente en el quilómetro 222, hay que entrar por la carreterilla JV 6302 que sube a Las Graceas, ya en la provincia de Jaén. La N 322 sigue aproximadamente la misma vía que la ruta de Aníbal (aún quedan vestigios de las turris hannibalis, que muchos confunden con torres moras), que luego los romanos convertirán en una vía romana.

Las Graceas está abandonada, como tantas otras aldeas y cortijadas. Sus últimos habitantes fueron fotografiados por Antonio Damián Gallego, de cuyo álbum se habló en este mismo blog (Fotografías de las gentes de La Puerta de Segura y Las Graceas, 14 de julio de 2017). Dos o tres casas parecen conservadas, el resto muros sin techo.

Junto al empalme de la N 322, con la vecinal que sube a la aldea, a la espalda de un hostal polvoriento y abandonado, en un corral una vieja camioneta Peugeot 202 espera alguien que la restaure.

IMG_4727

Peugeot 202. Al fondo Las Graceas en las faldas del monte Salfaraf.

Las Graceas están en las faldas del monte Salfaraf, que aquí llaman La Cabeza, y traen su nombre de los agracejos, esos arbustos que, como las retamas, crecen en tierras pobres. Y recordamos ese cuento de la viuda rica y ciega que iba con su mulero a buscar unas tierras para comprar. “Ata la mula en algún lentisco”, le dijo. “Mire, doña Matilde que aquí no hay más que retamas”. “Pues vámonos, ya está vista la finca”. En efecto, donde hay lentiscos hay tierra buena, de monte, donde retamas, mala.

Las tierras que la circundan están abandonadas, casi desérticas, desoladas como las ruinas de las casas y corrales donde hace cincuenta años vivían familias, chiquillos, ganado. Un paisaje como de postguerra o tras una batalla anónima, perdida y desconocida. Paseamos como sonámbulos entre los muros desmoronados, restos de uralita y de ladrillos, vigas desplomadas, tejas rotas. Acabó el ganado, acabó toda posibilidad de trabajo. Ni un árbol daba sombra. Sólo unos olivos escuálidos, recientes, dan algún discreto color a esas lomas. Como se sabe, el olivo es el monocultivo de Jaén, cuando se han perdido también los pocos hortales que antes alimentaban a los pobladores.

Por aquí no pasaron las reformas ilustradas de la época de Jovellanos, ni siquiera las precarias reformas agrarias de la Segunda República. Las dos Desamortizaciones del siglo XIX dieron la puntilla a aquellas gentes pues fueron los ya ricos los que compraron montes, pastos y tierras de labor, extendiendo sus latifundios.

Toda esta gente tuvo que abandonar sus casas, el lugar en que habían nacido. Nadie les protegió nunca, ni el Estado, ni la Iglesia ni institución pública alguna. Acabaron lejos, en Cataluña, en Francia y sus descendientes ya habrán olvidado hasta el nombre de la aldea donde vivieron sus abuelos. Poco tuvieron y pocos recuerdos se perdieron.

Ya nadie quiere vivir allí. A lo sumo, algunos arreglan una casa para pasar unas semanas. Tierras sin labrar, llenas de abrojos y retamas. Unas cabras negras se abrigan del sol bajo un viejo mantón de la aceituna. Si no hay de qué vivir, podrán contemplar el imponente paisaje del valle del Guadalimar que desde esos cerros se divisa.

De Las Graceas se baja hacia Puente de Génave. Me detengo en el Bar El Pintor, umbrío, antiguo. En la pared, unas viejas fotografías enmarcadas. El dueño, Antonio Vico Lombardo, me cuenta de sus dos antepasados cuyos retratos, envejecidos por haber estado arrumbados en alguna cámara, ha tenido a bien recuperar.

IMG_4778 (1)Uno es de José María González Ramos, que viste el uniforme militar de hace cien años. Sirvió en el ejército en los años de la Guerra de Africa. No murió en aquella sino muchos años después al echar una apuesta de quién levantaba con los dientes un costal de garbanzos. Le reventó la carótida, falleciendo pocos días después.

El otro retrato es de Juan Pedro Lombardo, que era recluta destinado en Madrid, que sobrevive al asalto del Cuartel de la Montaña en julio de 1936 y consigue escabullirse (porque allí prácticamente no se hicieron prisioneros) y se une al Ejército de la República, pero muere pronto, en ese mismo año, en Colomera (Granada), por fuego ‘amigo’.

Estos dos retratos son el símbolo de lo que han sido estas tierras desde tiempos inmemoriales: sólo útiles para suministrar braceros, para mandar quintos a las guerras (éstas, casi siempre fratricidas) o para criar emigrantes. El desinterés del Estado, de todas las Administraciones hizo que las gentes también perdieran el interés en la comunidad, en la falta de interés social que se percibe en estas tierras, que fueron del reino de Murcia y luego de Jaén tras 1833, siempre extremas, siempre lejos. El desgobierno ha hecho mella hasta en el paisaje.IMG_4780

Decir abandono es una presunción idealista porque supone que alguna vez no estuvieron abandonados estos parajes. Al igual que decir decadencia, que implica que hubo un momento alto, bueno, del que luego se cayó. El abandono, la ausencia, más bien de todo Estado, de Junta, de cualquier Administración, es palpable (lo único es que asfaltaron el carril que subía a Las Graceas). Los únicos que cuidaron aquellas tierras fueron sus habitantes, estos sí, abandonados a su suerte. Hasta que se hartaron y se buscaron la vida en las fábricas catalanas, los hoteles mallorquines o las vendimias francesas. La madre patria sólo los usó para las guerras. Ellos olvidarán la tierra.

Es una sensación extraña la de querer adentrarse ahora, tanto tiempo después, en las vidas anónimas de unas personas que nos miran, tristes, desde las viejas fotografías. No sabemos ni su historia ni casi la de esas poblaciones, de estas aldeas ya perdidas, ni sabemos su origen ni su causa. No es extraño que tampoco sepamos nada de los que allí habitaron.

La memoria histórica no es solamente tratar de las barbaridades perpetradas sino recordar también a tantos hombres y mujeres que yacen en el olvido y cuyas vidas fueron atrapadas por los torbellinos de nuestro país. Por toda España, buscando un poco, podemos recuperar historias perdidas, vidas olvidadas que sólo las familias conservan con respeto. Honrar la historia, honrar a los que allí vivieron, es dar moral a los que aún permanecen. El desinterés por la historia sólo conduce a la resignación y al fatalismo.

Aquí no hubo separación entre Estado e individuo. Simplemente, no hubo Estado, si no era para las levas. Y con la democracia electoral, tampoco hubo interés alguno, los pocos habitantes de esas tierras eran votos innecesarios, no contaban casi.

Aquí, no “todo tiempo pasado fue mejor”, como versificaba Jorge Manrique.

 


El blog de Agustín Galán

Filosofía de la ignorancia

La pluma del cormorán

... n'entendant même les bruits extérieurs, les cormorans qui vont comme de noirs crieurs... (V. Hugo) ׁ

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

A %d blogueros les gusta esto: