El juego de máscaras de los belgas, que siguen importando diamantes y acero rusos.

El escritor belga Hugo Claus escribió en 1983 uno de los mejores retratos de la sociedad belga, Le chagrin des Belges[1], contando, por ejemplo, los enredos, giros y escamoteos de tantos belgas cuando la ocupación alemana. Aunque, tras la liberación, naturalmente, todos habían sido resistentes. Pero antes de Claus (Brujas, 1929-Amberes 2008), también el pintor belga James Ensor (1860-1949) había retratado esa sociedad de máscaras en sus cuadros. Esas máscaras las vivió mi familia, pues mi abuelo, capitán de Estado Mayor, fue hecho prisionero por los alemanes y cuando volvió cinco años después, liberado por las tropas soviéticas del campo -Offlag- de Prenzlau, se encontró con que, al parecer, todos habían sido unos héroes de la resistencia y él, prisionero cinco años, no.

Pues seguimos igual, porque según el Financial Times (6 de octubre), Bélgica ha aplicado las sanciones a Rusia con la boca pequeña.

Por un lado, ha seguido importando acero ruso para su industria en Walonia, en el sur, pero por otro ha aumentado la importación de diamantes para su industria en Amberes, a través de la empresa exportadora rusa Alrosa. Precisamente en el mes de junio importaron 360 millones de euros. Entre abril y mayo unos trescientos millones. En marzo, en plena invasión, casi doscientos millones. Y siguen importando. La industria del lujo parece impermeable, como siempre ha sido, a las vicisitudes humanas, aunque los diamantes no solamente tengan uso en la joyería.

El primer ministro belga, De Croo, ha justificado estas excepciones de acero y diamantes porque no se pueden perder puestos de trabajo. Por lo menos ha sido sincero, cuando otros gobiernos y parte de la opinión pública piensan lo mismo y arrastran los pies en las sanciones, porque están más preocupados con el confort de las calefacciones y del aire acondicionado de sus clientes (iba a decir ciudadanos), que con los ucranianos bajo las bombas. Zelensky, que lo sabía, se lo echó en cara al Parlamento belga, pero los diputados, como si oyeran llover (y, en efecto, para variar, en Bruselas llovía). Y no olvidemos que De Croo tiene que hacer ejercicios malabares para mantener al país pegado, que no unido, pegado con papel-cello, para que los nacionalistas flamencos no tiren por la calle de en medio y decidan separarse. Los walones del sur y los flamencos del norte se quedan contentos, no se les priva de sus principales fuentes de ingresos y siguen manteniendo esa especie de unión nacional de ese Estado que fue creado en 1830 para taponar a Prusia frente a Francia.

Y, por supuesto, a la Comisión Europea, a su elefantiásica burocracia, se le ha “olvidado” señalar ese coladero de las sanciones a Rusia, a pesar de que es capaz de determinar el calibre de un tomate para poder exportarlo o averiguar si un queso está suficientemente pasteurizado o un mejillón debidamente pescado para autorizar su venta.

Dicho todo esto, que se sepa, ninguna dictadura ha caído por las sanciones económicas solamente: ni la de Franco en la autarquía, ni la de Corea del Norte, ni Venezuela, ni siquiera Cuba.

En fin, echo de menos a Hugo Claus.


[1] Cuyo título en español, La pena de Bélgica, me parece bastante discutible.

Evocaciones

Paisaje imaginado (acuarela 15 x 30 cms)

Observo y escudriño el viejo mapa
de la tierra natal desconocida,
lugares ignorados,
historia adormecida.
Dos naciones se juntaron,
el cartógrafo de Gante
me desvela.
La llamada no atendida,
memoria de apellidos brabanzones,
calles grises, olvidadas, y canales,
baronías inventadas y blasones,
imaginarios gules y leones;
ansia ancestral de gloria familiar,
genealogía sin beneficio,
sólo invento y desperdicio.

Tintín y Milú

Este artículo ha sido también publicado en Crónica Popular el sábado 29 de febrero.

A favor de Tintín, contra lo inquisitorialmente correcto.

La semana pasada leía en Crónica Popular, http://www.cronicapopular.es, este mismo medio una crítica furibunda contra Tintín, el personaje de tebeo, que era calificado de nazi. Hay una gran diferencia entre la crítica y la libertad de expresión y el insulto. Era ese artículo a propósito de una exposición en la Fundación Carlos de Amberes, en la calle Claudio Coello, a la que descalifica rudamente, y que es una institución que nos ofrece magníficas y singulares exposiciones sobre artistas, escritores y músicos menos conocidos. Recuerdo por ejemplo una memorable sobre el dramaturgo Maurice Maeterlinck. El autor dice que irán a verla los extremistas de derecha, descalificando de entrada a todos los que les interese. Lo siento, yo iré a verla, rompiendo así esa estadística del prejuicio. El artículo es, como hubiera dicho Pío Baroja, de los de “pedrada en el ojo”. Ahora se distribuye el adjetivo de nazi o fascista a diestro y siniestro. Pero para insultar hay que ser muy preciso, pues si no se cae con facilidad en la difamación, la calumnia o la injuria.

El artículo estaba bastante, pero insuficiente y parcialmente, documentado. Aparte de denunciar el anticomunismo evidente en Tintin chez les Soviets, no aporta un solo dato por el cual hubiera podido ser Tintín acusado de nazi. Sólo desde el prejuicio ideológico se puede escribir así de este personaje de ficción y de tebeo que ha sido y es solaz para tantos jóvenes y no tan jóvenes. Tintín, el repórter belga recorre el mundo con sus aventuras, algunas ya pasadas de moda y con tintes, efectivamente, muy conservadores, como Tintín en el Congo (en donde la caricatura de los africanos roza el racismo primario, donde la superioridad del hombre blanco y la condescendencia con los indígenas es hoy totalmente incorrecta), o Tintín en el país de los Soviets, una imagen de la Rusia bolchevique muy ingenua y naïf. Eran los tiempos del colonialismo paternalista y del miedo cerval al comunismo.

Pero ahí no acaban todas sus aventuras. Tenemos El Loto Azul, La Oreja Rota, Tintín en el país del Oro Negro, Stock de Coque o Tintín en el Tíbet, por ejemplo, donde el belga se manifiesta contra la invasión japonesa de Manchuria, contra los expoliadores blancos de los tesoros de América del Sur, las dictaduras de los  países árabes apoyadas por los consorcios petrolíferos occidentales, contra el tráfico de esclavos, o evoca la amistad con el joven Tchang (que fue un personaje real en la vida de Hergé), y un largo etcétera. Las referencias históricas, idiomáticas, los escenarios, paisajes, automóviles, barcos y aviones son de una exactitud raramente igualadas en el mundo de los tebeos. También abordan temas de nuestra época como los inventos o la conquista del espacio con el inefable Tornasol. Los dibujos son magníficos y han hecho escuela, siendo una referencia para toda la industria editorial de la bande dessinée, que es fundamentalmente belga.

Basta con leer algunos de los numerosos libros sobre Hergé, como la biografía de Pierre Assouline, para desbancar completamente el estereotipo que se ha creado en torno a Tintín como personaje reaccionario, asexuado, incluso estúpido con el que muchos ideólogos de alguna izquierda han interpretado a Tintín. En España ha habido entre cierta izquierda, que sólo lee ideológicamente, una fobia hacia Tintín.

Georges Remi, Hergé, fue efectivamente detenido cuatro veces por miembros de la Resistencia. No fue condenado pero sería excluido por haber colaborado con el periódico Le Soir durante la Ocupación y se le prohibió ejercer su profesión. Un diario de la Resistencia publica incluso una imitación insultante: Les aventures de Tintin au pays des nazis. La Depuración constituirá, como en  Francia, una especie de ficción de la justicia pues hay que salvar la cara. Bélgica es calificada como la “pequeña tierra del heroísmo”. La presunción de culpa prevalece y hay que demostrar que se ha sido ‘cívico’. Esto dará lugar a abusos incontables. Sólo el coraje, ética y sinceridad de dos resistentes, Raymond Leblanc y Sinave, salvarán a Remi de esa especie de muerte civil pudiendo volver a dibujar, publicar y ganarse la vida. El no ser resistente activo (como el 90% de los franceses o belgas), empezaba a dejar de significar que se fuera nazi. No fue la reacción católica quien le restituyó su profesión, como dice el autor del artículo citado.

Hergé

Remi fue “rexisant”, no rexista, manteniéndose en un equilibrio difícil entre su conservadurismo y el fascismo de Léon Degrelle, del que procuró mantenerse a distancia. De hecho, opta por salirse por la tangente y cuando más le piden su colaboración, dibuja y escribe La oreja rota, yéndose a Suramérica con los arumbayas.

Los albumes de Tintín, además de entretenidos y divertidos, aportan muchas novedades en la banda diseñada o tebeos (que se empeñan en llamar comics), la línea clara (¡que también algunos han considerado reaccionaria!), en la lingüística, como han expuesto muy bien Jan Baetens (Hergé écrivain) o Benoît Peeters (Hergé, fils de Tintin), que no son precisamente de la “derechona”.

No dejemos de observar cómo el perro Milú, así como el capitán Haddock, son una especie de sancho panzas frente al idealismo ingenuo del joven, que se empeña en desfacer entuertos a diestro y siniestro.

Hoy día, claro, el que no haya personajes femeninos (sólo la Castafiore, casi ridícula) podrá ser  considerado por alguien un baldón (seguramente también acusarán a Tintín de machista). Otros han llegado incluso a la tontería de acusar a Hergé, por causa del capitán Haddock, de ser un apólogo del alcoholismo. Una demanda de prohibición de Tintín en el Congo –intento de censura inquisitorial- fue desestimada hace pocos años por un tribunal. Pero la inquisición políticamente correcta no cesa. El silogismo es perverso: es así que Tintín es nazi, luego a todos los que nos gusta se nos puede llamar nazis.

También podría la policía protestar por la imagen que se da, contra la graciosa estupidez de Dupont y Dupond (Hernández y Fernández), la pareja de policías que no hacen sino disparates y son básicamente tontos.

En cualquier caso, los tintines, si bien no transportan ideología extrema (salvo el del Congo y el de los Soviets, pero que de tan caricaturales no tienen fuerza ideológica), ni son revolucionarios ni reaccionarios. Son burgueses, reflejo de la sociedad europea. No son catolicoides ni defienden la discriminación de ningún tipo. ¿En dónde se puede ver una malévola ideología, en Las Siete bolas de cristal, en El secreto del Unicornio, en el El asunto Tornasol, en La estrella misteriosa? No sé dónde ve a un nazi el autor de ese artículo que rezuma no ya fobia, sino odio contra este personaje de tebeo.

Con esos parámetros podríamos llegar a calificar –diacrónicamente- de fascistas a escritores muy notables del siglo de Oro, como Góngora o Quevedo, que alabaron, lisonjearon y adularon a sus protectores y mecenas (Góngora al Duque de Lerma, por ejemplo, que fue un personaje más que dudoso), o incluso de escritores del siglo XX como Marcel Proust porque silencian la lucha de la clase obrera.

Es curioso cómo la fidelidad a una ideología puede nublar el entendimiento. Con estas anteojeras, descartaremos de plano a muchos escritres y artistas. Por ejemplo a Ezra Pound, que sí apoyó al fascismo italiano, y a quien evoca en dos poemas, en verso y en prosa, un poeta tan poco sospechoso de ser fascista como José Hierro. Podremos también echar por la borda a Ungaretti, que coqueteó inicialmente con el fascismo, o a Lawrence Durrell que parece que defendía el Imperio Británico y la nostalgia de aquella Alejandría cosmopolita que Nasser destruiría (léase El naufragio de las civilizaciones, de Amin Maaluf, para saber qué y cómo sucedió). No sé cómo calificará el autor del artículo, por ejemplo, a Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, que se pasaron la Ocupación tranquilamente en el café de Flore y el llegó a publicar y estrenar –Les mouches- bajo el mandato nazi. Pero sí podremos, con esos criterios, descartar a Céline o a Drieu La Rochelle, aunque escribieran bien. Y a Knut Hansum, que sí fue filonazi pero buen escritor, habrá que dejar de leerlo. A Von Karajan –personaje nada simpático, pero gran director-, no podremos escucharlo. Y así sucesivamente.

Usar este nuevo canon de lo políticamente correcto nos hará descartar también a escritores como Handke, y la visión de género a todos los que presenten a la mujer como objeto de deseo (hasta Cervantes sería culpable pues describe a una Maritornes, a Dulcinea y a la Marquesa, que no son precisamente modelos de mujer). Por eso claman contra la última película de Roman Polanski sobre el caso Dreyfus, haciendo abstracción de su calidad cinematográfica. Muchos nacionalistas vascos se han cargado así a Unamuno y a Pío Baroja, por criterios ideológicos, otros denostan a Josep Pla, y algunos siguen calificando a Ortega y Gasset de protofascista. Hasta Antonio Machado ha sido tachado recientemente de españolista –es decir, fascista- por muchos independentistas catalanes.

Desgraciadamente, este afán de clasificar a los escritores ideológicamente en afectos y desafectos –esa tradición inquisitorial que prevaleció en la postguerra española y que una cierta izquierda ha recuperado para su particular syllabus de errores, como el de Pío IX- sigue bastante vivo. También prevalece en la derecha, pues somos un país de fobias y filias: otro día hablaré de quienes, con otras anteojeras, desprecian y han tirado a la basura toda la literatura del realismo llamado socialista, o los que prohibieron en su momento a Brecht o a Peter Weiss y que siguen con la mentalidad de la guerra fría. Responden al mismo patrón.

La Fundación Carlos de Amberes, que preside Miguel Angel Aguilar, no merecía este insulto.

La estéril búsqueda de la baronía de Baudrehage

Cuando llegó a aquel verde valle por Soumagne, no muy lejos de Herstal (donde se dice que nació Carlomagno), buscando el lugar de Baudrehage, una anciana que estaba sentada en el umbral de su puerta, en su wallon casi incomprensible le desengañó al decirle que ya no existía ni torre, ni castillo, ni casa solariega alguna.

– Baudrehage – le dijo, aspirando la hache- n’est qu’un lieu dit.

Es decir, no era sino un lugar, un topónimo perdido entre aquellos prados y bosques de las Ardenas. La zona había sido arrasada por mil guerras, la última cuando la ofensiva de Von Rundstedt en la Navidad de 1944. Intentaron los alemanes recuperar el puerto de Amberes y desencadenar un segundo Dunkerque, y estuvieron a punto de conseguirlo. De haber parado el avance norteamericano, la guerra en el frente oeste hubiera cambiado de vencedor. Aunque nadie sabía por dónde venían avanzando los soviéticos, que forzaron a retirar un Ejército blindado SS y dieciséis divisiones de la Wehrmacht para llevarlos hacia el Este, lo que dio un respiro a los norteamericanos.

Quizás lo supiera el capitán Baudrihaye, que estaba encerrado en el offlag de Prenzlau, en Brandenburgo; allí, en aquellos viejos cuarteles prusianos convertidos en prisión de oficiales belgas y franceses, los rumores del avance ruso por Polonia eran cada vez más insistentes; se notaba en la cara y actitud de los hoscos y nerviosos guardianes. Los paseos diarios – simplemente dar vueltas al ancho cuadrilátero de hormigón entre los cuatro cuarteles- habían sido suprimidos y los paquetes de las familias y de la Cruz Roja ya llegaban muy de tarde en tarde. Había tenido un cautiverio relativamente tranquilo; uno de los jefes alemanes del campo, un militar de cierta edad destinado ‘en guarnición’, es decir, no combatiente, se decía que escribía versos a escondidas de sus subordinados. Les dejaba representar obras de teatro, normalmente de Molière, en las que el capitán no actuaba sino que era solamente tramoyista. Algún oficial incluso podía tocar un acordeón cuando eran autorizados en fechas especiales.

El pabellón de los mandos alemanes del antiguo offlag de Prenzlau

Cuando fue a Prenzlau, que está a hora y media hacia el noreste de Berlín, nadie le supo dar razón de qué era aquel offlag abandonado. No sabían, no contestaban. Y además, por toda lengua extranjera, hablaban ruso. Sólo una joven, en la entrada de la imponente catedral del característico gótico de ladrillo rojo, el backsteingotik, en vías de reconstrucción (durante todo el régimen de la RDA no reconstruyeron, naturalmente, ni una sola iglesia), sonreía tímidamente y hablaba las suficientes palabras de inglés para cobrar las entradas.

Pero volviendo al valle de Soumagne, le llevaba allí solamente una curiosidad heráldica, como esas amazonas heráldicas con las que sueñan los pequeño burgueses tratando de imaginarse unos antepasados ilustres y singulares. La familia, además de tener como todas ciertos delirios de grandeza, estaba precisada de recibir alguna buena noticia tras haber sido su militar pasado a la reserva por oscuras razones de rencillas en cautiverio, envidias y resentimientos (eso que tanto contribuyó a la famosa Depuración en Bélgica y en Francia). Además habían perdido la riqueza de sus antiguos negocios de antes de la guerra. En todo caso serían títulos algo artificiales pues es sabido que el rey Léopold I, antes de morir en 1865 había otorgado baronías a diestro y siniestro (o más bien arriba y abajo, pues había que repartirlas equitativamente entre flamencos y wallones). Su sucesor, Léopold II, colonialista y urbanista (lean El fantasma del Rey Leopoldo, de Adam Hochschild, El corazón en las tinieblas, de Joseph Conrad y El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa), también inventó muchos títulos, todos igual de “antiguos”. Los títulos genuinos de la época de las Cruzadas, los únicos de origen medieval, eran franceses. En Flandes, en cambio, sí había títulos antiguos, entre otras cosas gracias a los doscientos años de ocupación española.

A unos treinta kilómetros de Aquisgrán y otros tantos de Maastricht (la Trajectum Mosam), zonas romanas, este territorio había perdido, entre las guerras, la minería y las autopistas toda su personalidad y las casas eran bastante vulgares, los pueblos sólo tenían una tienda o un pequeño súper, el inevitable kebab donde no servían ni siquiera la insulsa Stella Artois; las mantequerías y lecherías habían desaparecido y el pan había que ir a comprarlo a kilómetros. Eso sí, todos tenían su monumento a los muertos de las dos guerras y en algunos una bandera americana recordaba que la mayoría de los caídos eran más de Iowa y Nebraska que de las Ardenas.

El territorio ha sido desde remotas épocas carolingias, un país sin pueblo sino con pueblos, sometido a dinastías precarias y durante siglos, dependiendo del Arzobispado de Lieja, es decir, de algo sin personalidad. Tierra de compromiso, no patria, a merced de los Orange o de los alemanes, luego de Napoleón y, por fin, en 1830 formando parte del nuevo país inventado, tapón entre Prusia y Francia, Bélgica, con un Flandes que sólo se diferenciaba de Holanda porque era católico y una Wallonia que parecía un Departamento francés. Sorprende que este triángulo carolingio fuera sólo un nudo de autopistas a tres países, como si el exceso de sedimento histórico le hubiera arrebatado y apagado el alma. De ahí esa especie de falta de personalidad, que quizás sea su propia personalidad.

Siempre que volvía a Lieja, ciudad algo fantasmal a partir de las seis de la tarde, intentaba descubrir algo del pasado pero sus calles anodinas de color hollín eran una sucesión de tiendas de marcas banales y kebabs y gente con el rostro cerrado. Sólo una vez compró algo, por pasar el rato, Servitude et grandeur militaires de Alfred de Vigny, con el que pretendía ahondar y escudriñar en la mentalidad del capitán.

El área de paseo del offlag

En la zona carbonífera de Lieja, así como en la de Charleroi, había cada vez más socialistas y pocas familias monárquicas. Una de ellas era la dinastía militar de los Baudrihaye, que ya existía desde la fundación del Estado, en 1830, y que perduraría incluso durante las dos guerras mundiales. Las inquietudes creadas por las marchas de mineros tras la bandera roja harían del futuro capitán un anticomunista testarudo. Ironía de la historia, sería el Ejército Rojo, concretamente, el 70º ejército soviético y el 3º ejército blindado del Grupo de Ejércitos del Vístula, quienes le liberasen a finales de abril de 1945. Tardó cinco meses en poder llegar a Bruselas a través de ciudades alemanas que mostraban sus muñones chamuscados y estaciones desarticuladas en uno de los convoyes organizados para repatriar militares, prisioneros y sobrevivientes de los campos. Pero en aquellos trenes nunca volverían las dos amiguitas de sus hijas, Irène y Sylvie Grumberg, esas que venían a merendar y jugar los domingos por la tarde a la gran casa con jardín en Woluwe-St. Lambert.

Edificio del offlag

El capitán había rechazado siempre evadirse (lo que sus camaradas le reprochaban) pero se había también negado a ser intercambiado por prisioneros alemanes, algo que muchos oficiales flamencos aceptaron de inmediato. Esa disciplina (docilidad, le reprochaban sus camaradas) frente a sus guardianes y sus simpatías derechistas le jugarían una mala pasada cuando la Liberación, que para él supuso Depuración. De todas maneras era para preguntarse qué podía haber sentido –servitude et honneur militaires-, un soldado de profesión que nunca ha invadido país alguno y la única vez que ha hollado suelo enemigo ha sido como prisionero. La campaña de Bélgica en 1940, recuérdese, duró quince días. La debâcle.

El pabellón 2

Tras buscar arduamente las huellas de alguna casa solariega, algún torreón, aunque fuese una granja que justificase esa baronía inventada o soñada, lo único que descubrió fue que un tal Lambert Baudrihaye había firmado una acta del nuevo gouvernement belge, en 1834, que trataba de algo tan trascendente como la navegación de gabarras por el canal de Maastricht. Ni siquiera pudo verificar si era verdad, como decía su amigo Joan Mundet, bibliófilo tenaz, que había visto una lista de la Guardia Valona de Carlos III en la que figuraba un tal Badraye, que algún antepasado hubiera servido en España.

Quizá todo provenga de la confusión lingüística, tan propia de esas tierras entre holandeses, alemanes, flamencos, wallones y franceses. Baud significaría en viejo alemán fuerza, la terminación haye, es un seto, pero también una barrera. Obsérvese Den Haag, La Haya, en francés La Haye. ¿Pero hage? Qué es real, qué significa un apellido? Al cambiar el nombre, cambian el concepto, el lugar y el origen y todo desaparece.

Salvo que encuentren algún documento, el sueño de la supuesta baronía, esa especie de obsesión decimonónica por los árboles genealógicos, se ha esfumado. Mejor será, porque la nobleza y la firmeza de espíritu, como la del capitán a lo largo de su vida, es mucho más valiosa y superior a un título entregado por un rey.

Contra las elecciones, la propuesta de Van Reybrouck.

El experimento de la ciudad belga de Eupen ha  puesto en práctica las ideas de David Van Reybrouck (Brujas, 1971). Van Reybrouck, especialista en historia cultural, en su obra Contra las elecciones analiza los defectos palmarios de nuestros sistemas representativos, basados en la elección y por qué están suscitando un rechazo de gran parte de la población. La crítica cada vez más virulenta de los Parlamentos, de los diputados, de los partidos tradicionales, la vemos en muchos países y no sólo en España. Aquí, la propagación como mancha de aceite de la corrupción, que se ha dado sobre todo en las Comunidades Autónomas y en los ayuntamientos, ha apartado aún más a los ciudadanos de quienes deberían representarles y defenderles.

Se denigra indiscriminadamente a los políticos por los populistas y los antidemócratas. Así, en Cataluña donde violar la Constitución española, atacar los Tribunales, las leyes, es el discurso habitual de la Generalitat. Igual que los fenómenos de Orban y Salvini. Los escoceses son diferentes –no han cruzado esa línea roja- y en su continencia se nota su tradición filosófica y política que viene desde su eximia Ilustración escocesa de los siglos XVII y XVIII.

Las redes sociales, propensas al insulto y la descalificación, no son menos inanes y los chistes, críticas infundadas y falsedades sobre los políticos son muletillas habituales de los ‘graciosos’ oficiales, ya aburridas por reiterativas. Como dice Van Reybrouck, “se ha instaurado una atmósfera de denigración permanente” de los Parlamentos y casi del propio sistema democrático.

¿Qué está fallando?.-

El sistema político democrático actual, es insuficiente e imperfecto, centrado en los partidos y basado en las elecciones, como lo demuestran los acontecimientos que sacuden todas las democracias occidentales, las que disponen de una Constitución y de un Parlamento. La crisis económica y financiera ha exacerbado esa alienación de la sociedad respecto a sus representantes parlamentarios. Las medidas tecnocráticas de las instituciones supranacionales, entre ellas de la Comisión Europea, no hicieron sino agravar esa distancia y crear más resentimiento.

Van Reybrouck apunta tres tipos de diagnósticos, con sus respectivas propuestas, sobre esta crisis del sistema representativo: el populista, el técnico o tecnócrata y el activista demócrata. El populista considera que la culpa es de los políticos profesionales. Los partidarios de la tecnocracia proponen sustituir los políticos por técnicos, prefiriendo la eficacia a la representatividad; de hecho, ya hay muchas decisiones soberanas que dependen más de los técnicos que de los parlamentos, como se ve con las entidades supranacionales como el FMI o el Banco Central  Europeo. Los partidarios de la democracia directa achacan todo al parlamentarismo, como hicieron los del 15-M o los de Occupy Wall Street, con su “no nos representan”, pero no han pasado de la manifestación en sí.

El diagnóstico de nuestro autor es que es un problema del sistema electoral, de ese “fundamentalismo electoral”, un artículo de fe que nadie quiere revisar y que está produciendo una “fatiga democrática” que se extiende por todas las sociedades, con tasas de abstención altas y desinterés creciente. Esta especie de fundamentalismo, dice, ha llevado a querer implantar en muchos países de Africa y de Asia este sistema electoral, “una especie de kit Ikea de la democracia”, mientras se relegan formas y estructuras de decisión y mediación ancestrales que eran bastante útiles y eficaces y tenían la legitimidad de las poblaciones.

La eterna cantinela sobre la falta de líderes (¿por qué no usar el tan castellano adalid?) es una falsa ruta, un debate errado. No necesitamos carisma, sino identificarnos con políticas y no con “programas envasados” con fecha de caducidad incluso, según las modas (ahora todos tienen que incluir el ingrediente ambiental, por ejemplo, de manera meramente retórica). Necesitamos empatía, conocerlos directamente, poder hablar con los diputados, concejales y alcaldes, hoy por hoy alejados del mundanal ruido, altivos, distantes, inabordables. No deja de ser curioso que los movimientos sociales recientes sea en Hong Kong, Chile, Barcelona, o en París (gilets jaunes), no tengan adalides conocidos, visibles –el famoso ‘interlocutor válido’- sino que se sirvan sobre todo de aplicaciones de internet.

El fenómeno es general y se habla de una sociedad post-democrática (Van Reybrouck cita a Colin Crouch), en la que la brecha, la separación entre Estado e individuo se ha hecho mucho más ancha. Ello es debido a la creciente debilidad e incluso a la extinción de la sociedad civil como protagonista cotidiana de la vida social, ciudadana, agraria que, según nuestro autor, está produciendo una deriva oligárquica de los grandes partidos por haber consagrado el voto como única y exclusiva herramienta de la democracia, un “Santo Grial de la Democracia”.

Para él, las elecciones por sí solas, como sistema de representación son una herramienta superada, como el globo montgolfier o la diligencia, son necesarias, pero no suficientes, “son el combustible fósil de la política: antes, estimulaban la democracia, pero hoy engendran problemas gigantescos y nuevos (…) hay que desengancharse de las elecciones como único sistema de preservar y consolidar la democracia”.

Posibles soluciones.-

Van Reybrouck propone otra cosa. Resumiendo la historia antigua y medieval, recuerda que ha habido otros sistemas de representación no electorales: los puestos representativos eran sorteados en la Atenas de Pericles con el Consejo de los Quinientos, como después en algunas ciudades-Estado italianas e incluso en el antiguo reino de Aragón, con la insaculación. Cita a Tocqueville, quien se quejaba de que el sistema francés “democrático” no garantizase una real participación del pueblo, a pesar de poner el acento en la soberanía popular, e hizo “una de las primeras críticas fundadas a la democracia representativa”.

Recuerda que el sistema electoral “no fue concebido inicialmente como un instrumento democrático, sino como un procedimiento que permitía llevar al poder a una nueva aristocracia no hereditaria” (porque se combinaba con el sistema censitario; por ejemplo, en Francia sólo uno de cada 160 ciudadanos tenía derecho al voto). Todos estos sistemas electorales eran para el pueblo, pero no del pueblo.

Van Reybrouk analiza las modernas soluciones participativas que se inspiran en las tesis de John Rawls y Jürgen Habermas sobre la necesidad de mayor participación ciudadana a fin de legitimar mejor la democracia. Se trata de la “democracia deliberante”, como son las experiencias en algunos Estados norteamericanos gracias al impulso de James Fishkin en 1996. Ciudadanos escogidos al azar debatieron los principales asuntos en pequeños grupos y en medianas y grandes asambleas. Estos nuevos sistemas de participación se han instituido en Alemania, con las ‘células de planificación’, en Dinamarca, con los ‘consejos tecnológicos’ o en Francia con el Conseil National de Débat Public, por ejemplo, aunque hay muchos modelos por el mundo, incluso en China. Normalmente, estos consejos tratan de asuntos ambientales y de infraestructuras. En estos modelos, se tiene cuidado en elegir al azar las personas, teniendo en cuanta su origen social, geográfico, el sexo y la edad, entre otros factores.

El autor examina los diversos modelos de consulta, aunque critica el uso del referéndum que, dice, no tiene nada que ver con la democracia deliberante, pues aunque están cercanos, en el referendum se pide a los ciudadanos que voten sobre un tema sobre el que no están perfectamente informados. Así, menciona los referéndums sobre la Constitución europea en Holanda y Francia, o los de Escocia y Cataluña. En el referéndum se vota sobre todo con la emoción, de manera sobre todo reactiva, no bien deliberada. Suelen ser divisivos y no es casual que Franco lo haya utilizado reiteradamente.

Se necesita una profunda reforma electoral y, por tanto, constitucional, pero los partidos se aferran a los viejos sistemas. Tanto en España como en Portugal, por ejemplo, han fracasado todos los intentos de reforma. Los partidos siguen prefiriendo nutrir sus listas electorales acudiendo a su vivero interno (exactamente: un invernadero, aislado de la atmósfera, del campo abierto), en el seno de sus militantes (palabra que habría que desterrar del lenguaje político), sin dar cabida a nadie de fuera del aparato.

Las listas bloqueadas agravan el problema, debiendo el elector por votar por el ‘paquete’, un auténtico forfait como en esos viajes turísticos ‘todo incluído’. Es todo lo contrario de esa democracia participativa que preconizan Van Reybrouck y muchos otros pensadores  y politólogos.

Propuesta.-

La democracia deliberante no sustituye sino que complementa a la representativa, habiendo incluso propuestas de mezclar la composición de los Senados (senadores elegidos y otros escogidos por sorteo) o de crear una tercera cámara. El problema es aunar la legitimidad con la eficacia en la toma de decisiones pero en todo caso el sistema de incluir ciudadanos al azar (parecido a los jurados) sería una excelente escuela de democracia y responsabilidad cívica. Sirve desde para preparar y aprobar una determinada ley hasta para mejorar y profundizar las deliberaciones en decisiones importantes, como el aborto, el medio ambiente, Unión Europea, autonomías, etc. Naturalmente, los ciudadanos elegidos al azar disponen de apoyo técnico para tomar sus decisiones, como los diputados.

En conclusión, Van Reybrock propugna un sistema bi-representativo, sopesa los argumentos en contra –muchos de los cuales son muy parecidos a los que en el siglo XIX servían para defender el voto censitario-. La crisis en muchas democracias europeas se debe precisamente a ese sentimiento de exclusión y alienación que tienen los ciudadanos frente a los políticos profesionales, a los partidos convertidos en meras máquinas electorales y de marketing.

A modo de reflexión crítica.

La propuesta de Van  Reybrouck tiene, a mi modo de ver, algunos puntos débiles:

  • No desmonta ni merma el poder de las instituciones tecnocráticas, supranacionales (FMI, Banco Mundial, BCE, etc), que siguen sin tener un contrapeso parlamentario o representativo efectivo.
  • Los comités o consejos de consulta son creados, evidentemente, por el propio Estado, es decir dependenden de su buena voluntad y de que acepte sus propuestas.
  • La sociedad civil no revive por el sistema de sorteo, aunque pueda influir algo. Así, ni asociaciones de vecinos, ni sindicatos cobran más relevancia en las decisiones.
  • La propuesta de sorteo es como una especie de “cuidado paliativo” de la democracia periclitante y, en cierto modo, una especie de refuerzo de su legitimidad sin poner en duda la alienación de los partidos respecto a la sociedad y los ciudadanos, manteniendo una cierta ilusión de que la democracia pequeño burguesa puede seguir existiendo tal como es, con cambios cosméticos.
  • Fragmentación y localización de las decisiones en función de territorios, grupos de poder e influencia.
  • Digamos que sería una reforma necesaria, pero no suficiente. También me temo que ni alcaldes ni diputados, y menos los Consejeros de Comunidades Autónomas tendrán simpatía alguna por una herramienta que les restará protagonismo, es decir, que les quitará el monopolio.
  • Falta quizá poner el acento en la necesidad de transparencia en las administraciones, a través, por ejemplo, de Auditorías sociales (Marta Harnecker), para impedir la corrupción. Para estas auditorías el sorteo podría ser una buena solución.

En cualquier caso, deben ser los demócratas quienes tomen la iniciativa del cambio, no los populistas ni los nacionalistas que lo que quieren es destruir todas las herramientas de la democracia, “tirando el agua sucia con el niño dentro” y menospreciando completamente el sistema bajo el pretexto de defender al ‘pueblo’ (nótese que cuanto más se habla de pueblo, más se le suele despreciar).

Con un excelente estilo, muy bien escrito, este libro es una reflexión necesaria que desearíamos que los políticos leyesen, si tuvieran tiempo en su afanosa vida, y sus campañas a base de slogans les dejasen tiempo.

Contre les élections, Ed. Actes Sud, 2014. Traducción española: Contra las elecciones, Taurus, 2017.

[Van Reybrouck ha escrito numerosos libros y artículos, particularmente un extraordinario libro sobre el Congo y otro sobre el científico surafricano Eugène Marais, a quien se sospecha plagió profusamente el escritor belga Maurice Maeterlinck, De plaag, Le fléau, La plaga.]

Viaje a Pantaélica, una Chronologie y Rizal: libros de la rua Anchieta

En esta incultura en la que estoy sumergido y de la que intento salir dando boqueadas de vez en cuando, acudo a las librerías de viejo de Lisboa, los alfarrabistas, y me encuentro con pequeños arrecifes donde descanso en mi largo bucear hacia la costa de la ilustración.

Así, en la rua Anchieta, donde cada sábado hay un mercadillo de libros viejos siempre encuentro tentaciones para añadir a las estanterías que tengo que tener en el sótano por falta de espacio.

Acabo de hacerme por módico precio, ¡siempre módico precio, ese es el truco del comprador!, con tres libros absolutamente inesperados. Suelo decir que esto de ir de alfarrabistas es como ir de caza, donde menos se espera vuela la perdiz. Hay días que volvemos con el zurrón vacío (y no me puedo resistir a informar que zurrón tiene en francés la traducción de baudrier, que se pronuncia prácticamente  como mi segundo apellido, Baudrihaye –de rancia estirpe walona), pero otros conseguimos volver muy contentos.

Hoy tengo que inmortalizar tres libros bien hallados:

  1. Chronologie universelle, suivie de la liste des grands états anciens et modernes, des dynasties puissantes et des princes souverains de premier ordre, avec les Tableaux Généalogiques des familles royales de France et des principales maisons régnantes d’Europe, par Ch. Dreyss, professeur d’histoire du Lycée Napoléon, docteur ès lettres. (Paris, Librairie de L. Hachette et Cie, boulevard Saint-Germain, nº 77. 1864).
  2. El viaje a Pantaélica, de Francisco Nieva, Seix Barral, 1994.
  3. Rizal, por Ernesto Giménez Caballero, Publicaciones Españolas, avenida del Generalísimo, 39, Madrid, 1971.

El primero, la Cronología, es un pozo con fondo, pero muy profundo, que ayudará a este escritor o escribano a inventarse historias. Por ejemplo, descubro que en en 1156, “Waldemar I, hijo póstumo de San Canuto –Knut-, que había heredado de su padre, asesinado en 1131, el Ducado de Slesvig y el Reino de los Obotritas, habiendo sido atacado por el rey de Dinamarca, toma él mismo el título de rey”. O que en ese mismo año “el rey de Castilla funda la Orden militar de San Julián, luego llamada de Alcántara”. El libro lleva un sello de Quinta das Lagrimas, de Coimbra, a nombre de M. Osorio.

Entre las casas reinantes de la época encontramos las de Lorena-Austria, con sus dos ramas, de Módena y Toscana, la familia Bonaparte, las ramas de todos los Borbones (Ducal o primitiva, la Marche, Montpensier, Vendôme, Cerenci, Condé, Conti, La Roche sur Yon, Soissons), Savoya y Savoya-Carignan, y muchos más, en fin, los contemporáneos de Stendhal. Estos datos, quizás irrelevantes para muchos, están llenos de significado para curiosos, ratones de biblioteca y otros lectores invadidos por el saludable tedio de esas inacabables y vacías tardes de domingo.

El segundo, del dramaturgo y pintor de Valdepeñas, es un hallazgo muy considerable. Es más que una novela, una especie de viaje iniciático, repleto de aciertos gramaticales y de humor de lo más cervantinos, un libro que, parafraseando a su autor, es de una “frondosidad intrincada”. El libro fue comprado en la librería Buchholz de Lisboa en aquel año, como indica la etiqueta y un señala páginas olvidado. Está nuevo. Son esos libros que –casi- nadie lee y que pasan desapercibidos pero constituyen un solaz magnífico para los que estamos saturados de facebook, periódicos y guasaps. Y así aprendemos y mejoramos nuestro castellano. Aprovechando la ocasión, no deje el lector, si es viajero, de parar en Valdepeñas y visitar tres museos: el municipal, donde hay unos soberbios cuadros de Francisco Nieva, que pintaba –la portada del libro es un dibujo suyo- además de ser un destacado dramaturgo. El de Gregorio Prieto, Fundación siempre creativa a cuya consolidación contribuyó mi amigo Antonio Sánchez Ruiz, ya fallecido, ilustrado, funcionario probo y muy cumplidor y excelente persona. Y el de los Molinos. Valdepeñas, como diría la guía Michelin, ‘mérite le détour’.

El tercero es una especie de fascículo, obra del inefable Ernesto Giménez Caballero sobre el héroe filipino, José Rizal, que tuvimos a mal de ejecutar en 1896 cuando era más patriota español que muchos españoles lo son hoy. Un texto, como casi todos los de Giménez Caballero, bastante disparatado pero genial. Era de la estirpe de un José Martí, o de un Egmont. Pero es que los castellanos nos hemos pasado de rigor en nuestra procelosa historia. Rizal, además, no se hubiera dejado arrebatar la independencia de Filipinas por los norteamericanos. Evoca también este librito uno de esos cafés desaparecidos de Madrid, el Café de Levante, en la Puerta del Sol, donde era tertuliano nuestro filipino. En Gante hay una placa en honor de Rizal, dicho sea de paso al haber citado a Egmont, ejecutado por el Duque de Alba en Bruselas. Sólo que Rizal no ha tenido un Beethoven para hacerle una ópera con su obertura.