Los bojs de Bruselas

24 mayo, 2016

Paseando por los jardines de la Alhambra y del Generalife pensamos que el oloroso boj es un privilegio del sur. El buxus sempervirens pertenece a una familia con más de 70 especies, siendo Cuba el lugar donde más se encuentran, con 30, seguida de Madagascar, con 17. En España el boj es planta de jardín, más bien escasa, aunque en la Sierra de Segura, en la provincia de Jaén, se encuentra el buje, que no es sino una especie de boj local y muy resistente. Desgraciadamente, no se encuentra en ningún vivero de aquella zona, de los poquísimos que hay. El boj es de crecimiento lento, difícil (aunque resiste las heladas, poniéndose solamente algo dorado y recuperando después el verdor), un antídoto contra el jardín de urbanizaciones y de nuevos ricos, que lo quieren todo rápido y con relumbrón.

En la Dordoña, esa bella región francesa, está uno de los jardines más famoso de boj, el de Marqueyssac. El boj tolera toda la poda ornamental, lo que constituye la topiaria. No es casual que sea ornamento de palacios y residencias reales. En Bruselas lo encontramos en los jardines, casi fosos, del Palacio Real,

Palais Royal de Bruselas

Palais Royal de Bruselas

Sablon

Petit Sablon y la iglesia del Sablon

y en muchos squares o plazuelas ajardinadas. Una en especial merece nuestra atención, la del Petit Sablon, bajo las estatuas de Egmont y Hornes. Egmont, vencedor de San Quintín, noble católico flamenco leal a Felipe II, criticó al emperador y le pidió que respetase las libertades locales de Flandes. La consecuencia de su osadía fue que el duque de Alba mandó cortarle la cabeza junto al otro noble, Hornes, en la Gran Plaza de Bruselas. Marnix, el miembro protestante de aquellos indignados, se salvó porque huyó a los territorios del Príncipe de Orange, en la actual Holanda.


Ixelles, su museo, sus calles

1 mayo, 2016

El apartado museo de Ixelles hay que ir buscándolo por calles solitarias, tranquilas. Se escapa uno del fragor de la avenue Louise y siempre encuentra alguna buena sorpresa. Está en la calle Van Volsem.

 La colección permanente despliega muchas pinturas y esculturas belgas, poco conocidas por el gran público, desde Henri Evenepoel (que con Matisse y Hucklenbroich eran llamados los tres Henri) hasta Rik Wouters o Alechinsky. No hay muchas oportunidades de contemplar arte belga en los museos de Europa, aplastado por el arte que se concentró en París.

 Las exposiciones temporales –fruto de un paciente e inteligente trabajo de años, eligiendo lo más significativo- nos descubren facetas del arte que a veces pasamos por encima, como la actual de Agnès Varda, francesa que nació precisamente en Ixelles (como también nacieron Katherine Hepburn y el escritor Michel de Ghelderode, por ejemplo). De Varda se exponen fotografías, biombos historiados y su humorístico homenaje a las patatas, Patates & compagnie.

Y un descubrimiento deslumbrante: Jean-Marie Bytebier, que nos propone su visión del paisaje, en acrílicos sobre madera, intensos, casi misteriosos. Un canto a la naturaleza. http://www.museedixelles.be

Jean-Marie Bytebier

Jean-Marie Bytebier

Ixelles era un municipio fuera de Bruselas (es decir, ahora, dentro) y que tiene su propia personalidad. La place Flagey, con el soberbio edificio que fue de la la radio y seguida por los estanques que nos llevan a la Abadía de La Cambre. La place du Châtelain, al otro lado de la avenue Louise, es lugar de encuentro los días de mercado, por donde proliferan galerías de artes, cafés y cervecerías de toda la vida y amables librerías, como la Nijinski. También, cerca del Toison d’Or, a dos pasos del barrio congolés de Matonge, está el rincón de St. Boniface, una placita con restaurantes agradables y no caros, como Hello Saigon, L’Ultime Atom (el ultimátum), con cien tipos de cerveza, o el curioso Le Clan des Belges; son lugares frecuentados por la gente del barrio, así como el veterano librero Hankard, donde se pueden encontrar libros antiguos, inhallables en otros lugares.


Misión en Angola, episodio 24. Herrinkx el bueno.

3 febrero, 2016

El belga trajo otras historias, otros modos. Además de los litros de cerveza que ingería y evacuaba (en ruidosas y frecuentes visitas a los excusados), introdujo, junto con Haraldsson, un sistema de hacer trampas casi imposible de detectar. El conde abandonaba entonces prudentemente la partida y se retiraba a sus aposentos, siguiendo a su baronesa que hacía mucho había hecho lo mismo, con ese mohín altanero que se le quedaba fijo en cuanto el porcentaje de plantadores sobrepasaba el de viejos junkers. Lo intrigante era cómo le toleraban a Haraldsson sus groserías de biergarten y al belga intruso sus malas artes y sus marrullerías. Después, pasada no más de una hora, el asistente del conde hacía levantar discretamente el campo y los plantadores, pertrechados de armas se dirigían a sus potentes vehículos estacionados bajo los imbondeiros (como llaman en Angola a los baobabs). Afortunadamente las pistas eran lisas y lo más que les podía pasar era salirse de la picada pero en general, resistían extraordinariamente bien el alcohol debido a su densidad corpórea.

Herrinkx era jovial, le solía dar llorona pero cuando estaba sobrio, parecía sólido como una roca y se erguía muy digno, discutiendo en alemán con los plantadores. No se parecía en nada a otros belgas que habían escapado del Congo y de Katanga con las orejas gachas y que ni mencionar el nombre de la colonia osaban sin o simplemente “allí hacíamos esto, o lo otro, o los indígenas de allí,…”. Los alemanes le trataban, extrañamente, con deferencia, menos Lilo, que ni le miraba.

Herrinkx había alcanzado ya a esa categoría tan frecuente en las colonias: la del desesperado. Era capaz de atravesar Angola de parte a parte sin temor a las pistas enfangadas, de día o de noche, solo, sin importarle los primeros guerrilleros y los bandidos que pululaban por el monte fuera de control de los portugueses. Era el hombre sin miedo, el voluntario para las tareas más peligrosas. Se decía que conducía sistemáticamente borracho, cocido por el sol en una especie de catalepsia conductora. Había estrellado un par de camiones, saliendo milagrosamente indemne pero, además, sabía arreglar los desperfectos y enderezar chapas sólo con sus manos como tenazas o reparar la dirección torcida de un camión a base de martillazos y canibalizando piezas viejas. Por eso su contrato se mantenía. No había otro igual.

Cuando le daba por llorar en plena borrachera llamaba Katia a todas las mujeres, incluidas las criadas negras, hablaba francés mezclado con ruso y quizás flamenco, era la rechifla general y terminaba dormido tirado en alguna hamaca a la intemperie, sin ser siquiera atacado por las alimañas. Su indiferencia total al sufrimiento físico quizás hasta repelía los peores enemigos.

Taciturno salvo cuando bebía, era sin embargo un hombre de fiar, no era malo ni capaz de engañar a nadie, entre otras cosas porque su limitada inteligencia le impedía ensartar una mentira con esperanzas de ser creida. Era el perfecto correo, recadero de los alemanes, con sus ojos obstinados tras el volante como si su única misión en la vida fuera llevar un cargamento de negros para las minas, para bajar al John.

Su muerte fue considerada, además de una estupidez, una ignominia. Ni el negro más irredento había sido jamás maltratado por Herrinkx. Bastaba con su presencia para imponerse, sin castigo físico, sin amenazas. Los negros le respetaban y no le odiaban. Los alemanes más perspicaces vieron inmediatamente en su muerte la mano de la PIDE. Yo le recuerdo en alguna de aquellas desparramadas pítimas, contándome por centésima vez su historia de Katia, la niña perdida y, con los ojos dilatados y lacrimosos, decirme, “je vous aime bien, vous savez, monsieur Cugna, je vous aime bien”. Me desasía del grandullón que se ponía encimón y más pesado a medida que ingería sin distinción cervezas, schnaps, bol y demas mejunjes.

-Desconfíe de esa mujer, y señalaba con el mentón a Lilo, que se paseaba entre los grupos de alemanes por los porches- todas las mujeres son unas traidoras. Se aprovechará de usted, monsieur.

-Señor Herrinkx, ¿cómo se permite…?

-Esa señora no me gusta nada, créame, he conocido a muchas alemanas, esa no es trigo limpio, insistía, tambaleándose y alejándose agarrado al pasamanos.

No le escuchaba porque su aliento me echaba para atrás y le desautorizaba a mis leguleyos oídos. Muchas veces, en los meses siguientes y por mucho tiempo después, recordé aquellas palabras premonitorias. In vino veritas.


Misión en Angola. Episodio 23. El turbio pasado del belga Herrinkx

22 enero, 2016

 

La vida de Herrinkx no había sido fácil. Con veinte años fue alistado, no se sabe muy bien si a la fuerza o lo hizo voluntariamente, que sobre esto todo el mundo ha mentido mucho, en la División Wallonie, reclutada por Léon Degrelle y marchó a luchar a la estepa rusa. La aventura acabó pronto y en 1944 estaba de vuelta en Bruselas, con una pequeña condecoración y la extraña sensación de que había cometido un error irreparable, la gran equivocación de su vida. Sus amigos del colegio y de los boys scouts habían tomado el camino inverso y estaban  en Londres, con la resistencia. 1945 se anunciaba muy difícil. Afortunadamente para él, se necesitaban manos en el Congo y ninguna autoridad reparó demasiado en aquel recluta perdido que, astuto, había sabido borrar o enturbiar las pistas.

En Léopoldville se ilustró como un excelente conductor (camiones, pesos pesados, jeeps, lo que le pusieran que tuviera ruedas) y sus servicios fueron recompensados debidamente con un contrato sólido con la empresa …, encargada de las minas del Alto Katanga. Herrinkx no había echado en saco roto la disciplina de aquellos cuerpos valones en Rusia y destacó inmediatamente como un capataz severo, fiable, inflexible con los negros y, sin embargo, sin el espíritu corto y miope de un vulgar negrero. Su único problema fue el calor, indirectamente, porque el calor llevaba a la cerveza y ésta al abuso, de tal manera que Herrinkx, siempre solitario, como un huérfano, pasaba lo más claro de su tiempo libre entregado a la bebida. Esta le daba llorona y afectiva, y terminó haciendo indebidas confidencias a envidiosos capataces, sin mejor ni más limpio pasado que él mismo, que aquello era una especie de legión extranjera poblada de indeseables, huidos de la justicia y desertores de varios ejércitos en la debacle de los años cuarenta. En Bélgica andaban ajustando cuentas con oficiales, funcionarios y soldados e incluso con el rey, acusado de connivencia con el enemigo. Había sonado la hora de partir.

Herrinkx partió para el sur, llegando a Luanda sin más que unos francos en el bolsillo pero curtido en las selváticas tareas de manejar negros y trabajadores de las minas. Su destino natural era la Diamang, Diamantes de Angola, que necesitaba organización y manos fuertes, y duras. En Luanda, en 1950, la vida le volvió a sonreir, aunque no fue sino un ojo de sol en la tormenta. Encontró una bella rusa, Katia, con la que pronto congenió y a la que sedujo –quizás el único hombre que le había lanzado piropos en su lengua desde su temprana juventud-. Katia le hizo dejar la bebida por unos meses, le dio una hija, Catherine o Catarina o Ekaterina, que sobre estos detalles siempre hubo dudas. Herrinkx engordó y se puso aún más colorado, con una especie de grasa feliz y opulenta que aumentaba la robusta rubicundez, aderezada con alcohol, que le caracterizaba.

Pero Katia desapareció un mal día en brazos de un furtivo cazador de mujeres en el trópico, un oficial de un barco de paso. La niña también desapareció, aunque no en el barco, sino entregada deprisa y corriendo a la clínica rusa de Luanda (pero esto nunca lo llegó a saber el padre en vida) y Herrinkx se hundió en la bebida por un par de años hasta que dio con el viejo …., al que sus hazañas rusas le habían convencido de que era una buena captura. Desde entonces trabajó para los alemanes y, a través de éstos, para WNLA.

 

 


Misión en Angola. 18. Juegos de manos, juegos de villanos

28 septiembre, 2015

Desde mis años mozos me había sido inculcado un altivo horror hacia los juegos de envite y azar. “Juegos de manos, juegos de villanos”, recitaba mi tío Sebastião en la heredad alentejana cuando veía que me atraían los juegos de naipes de los jornaleros y peones. Es así que jamás aprendí juego alguno, salvo algunos solitarios que una prima mía –la trigueña Antonia- me enseñaba, junto a otras cosas, en las largas siestas de estío, monótonas y silenciosas.

En las granjas y haciendas alemanas, por el contrario, estos juegos no eran considerados en absoluto como juegos de villanos, sino de alto nivel. El bridge y otros que nunca supe seguir eran los medios para acercarse, para formar equipos y para conseguir introducir en la conversación. Lilo me fue adiestrando también en estas artes, en un lejano paralelismo con mi prima, y eso me serviría al menos para no hacer figura de estúpido total en aquellas veladas en las que se oían lejanos rugidos, mugidos y otros chillidos de fieras inidentificables, servidos por silenciosos boys que se eclipsaban tras el servicio para reaparecer como por ensalmo al menor gesto del conde o de otro de los huéspedes principales. Los boys tenían un especial instinto para detectar los próceres entre la morralla de plantadores sin negocio y de pisaverdes más o menos advenedizos, en cuyo ínfimo grupo sin duda me incluían.

El ritual era casi siempre el mismo. Tras una sesión en el fumoir o en la terraza que hiciera las veces, un grupo de hacendados se desgajaba y se dirigía a la sala de caza que inevitablemente existía en toda propiedad. Luego, poco a poco, los rezagados se iban acercando y, al final, un grupo nunca más numeroso que diez o doce personas se disponían a asistir en silencio a las justas naipescas. Yo, en las primeras jornadas, sólo iba de apuntador o mohíno, con cuidado de no gesticular demasiado, no obstante, por temor a despertar la cólera negra de alguno de aquellos granjeros que tomaban las partidas como estrategias militares. Si bien no jugaban jamás dinero, consideraban aquellos momentos, alejados de las inmediatas preocupaciones de plantaciones, ganado, trabajadores, como el momento más cerebral del día.

Las enseñanzas de Lilo fueron superficiales, pero suficientes para poder seguir el juego con cierto interés, descubrir las artimañas y conocer de antemano quién sería el ganador. El conde, que jugaba rara vez, era sin embargo el mejor, con una especie de elegancia y una inteligencia casi eléctrica que anticipaba las jugadas de sus adversarios. El bridge, hecho de ingenio, deducción y comunicación, exigía una memoria prodigiosa (a los que mis estudios forenses me habían entrenado), pero también un razonamiento y una capacidad de planificación en las que todos aquellos antiguos militares eran excelentes.

En aquellas plácidas veladas casi olvidaba el objeto de la misión y me dejaba adormecer por la dulce sensación de unas largas vacaciones.

Las cosas cambiaron cuando llegó Herrinkx. Las parejas Norte Sur y Este Oeste apenas estaban formadas cuando Haraldsson, el carteador, le invitó de compañero. Tiempo después, supe que el nombre oficial del compañero era ‘el muerto’. Herrinkx era un belga de Elisabethville que trabajaba para la WNLA desde el final de la guerra mundial; era un negocio mucho más lucrativo que su granja katangueña. La Witwatersrand Native Labour Association era la principal organización de contratación -no era sino una especie de leva autorizada- de trabajadores para llevar a los más fornidos a las minas de El Cabo. ‘Irse al John’ o ‘bajarse al John’ era sinónimo de un buen futuro para muchos indígenas cuyo único futuro eran si no las plantaciones interminables o las kubatas de los alrededores de Luanda.

Herrinkx era grandón, de estirpe mercenaria y robusta, con la solidez de esos que llaman españoles de Flandes, textura germana pero un color algo del sur, restos de las mezclas de guerreros de los Tercios con las rubicundas mozas de Courtrai y de Gante. Herrinkx era además un hombre sin miedo. Los aduaneros portugueses de Calueque le tenían respeto, y se embolsaban con disimulo las comisiones que el belga les entregaba. Pasaba y repasaba la frontera con su camión Panhard sin ser inquietado, llevando de carga a cinco o seis fornidos negros congoleses destinados a trabajar en los profundos túneles de la De Beers. Alguno de aquellos negros, en realidad miembro de la guerrilla, le terminaría denunciando y nadie, ni siquiera el bien situado Couto, con quien vaciaba botellas y se entretenía con sus bailarinas frívolas en los clubes más osados de Luanda, le había advertido o alertado. Caería en la ratonera tendida a unos cuantos kilómetros de Cassinga, unas tres horas después de haber pasado la frontera. Era una ironía del destino porque allí era donde los alemanes de Krupp empezaban a invertir millones de marcos, con la cabeza de puente de algunos de los más veteranos hacendados que fueron quienes sirvieron de enlace para tamañas inversiones. Alemania, país con escaso y remoto pasado colonial, era un socio más apetecido que los americanos, de dudosa lealtad, o los escandinavos, de furibundo anticolonialismo. Los galos eran, pura y simplemente, excluidos.


La búsqueda del coche perdido, libro.

24 abril, 2015

Cubierta_coches_KindleEl libro de Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye  está disponible en edicion Kindle, por un precio moderado, de menos de cinco euros. Tiene más de treinta fotografías y cuenta historias de marcas de automóviles, sobre todo de modelos de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo como los Seat, los Citroën Traction (el famoso ‘Pato’), los Peugeot 203 y 403,  Simca, Tatra, Morris Minor, Ford Custom, Volkswagen, Ford Taunus, Hillman, Vauxhall, Rover, Renault Dauphine, Saab 92, Land Rover, etcétera, todo ello enlazado con personajes reales de Bélgica, España, Francia y Portugal que los poseyeron y usaron.

Hay digresiones sobre qué han significado los coches en nuestras vidas, sobre la terminología de carrocerías, sobre los albores del automóvil en la España de antes de la guerra.

Este es el enlace: http://www.amazon.com/dp/B00WM9SGA8

Índice de Contenido

SINOPSIS

CUALQUIER COCHE PASADO FUE MEJOR

RECUERDOS DE LA INFANCIA

  1. C´ÉTAIT AU TEMPS OÙ BRUXELLES BRUXELLAIT

De Bruselas a Madrid

Tío Pablo

El Volkswagen, un “enigual”

El mapa-mundi en un capot

  1. EN ESPAÑA

Los grandes Seat de nuestra santa autarquía

Adelante, hombre del 600

Un jiennense ilustre

El Mercedes 170 de los Salinas

Coche grande, ande o no ande

III. ENTRE SAJONES Y NORMANDOS

El Hillman Minx

El Cíclope de la calle Padilla

Un Vauxhall en las olivas

El Morris Minor

  1. DOUCE FRANCE, SOUVENIR DE MON ENFANCE

El Ford Vedette

El totem

L’Algérie française

El comunista

El mercado cruel

Los Peugeot 203 y 403

  1. MISCELÁNEA

Austro-nostalgia: un coche nada kafkiano

El Saab 92 “…et in Lusitania felix”

Los autos en España en los años veinte

  1. DIGRESIONES FINALES

Colección, coleccionista, coleccionador

Las musas y los automóviles

Para terminar

Nomenclatura y términos


Misión en Angola. 6. ¿Por qué Salazar pensó en mí?

30 enero, 2015

Los vericuetos administrativos, personales y políticos a través de los cuales el Presidente del Consejo de Ministros había llegado hasta mí, joven abogado sin pleitos, no me fueron extraños. Mi familia paterna unía, a la fidelidad perruna al dictador, intereses en las colonias, aunque principalmente en Guinea Bissao y en Mozambique. Yo, otrora díscolo universitario, era a fin de cuentas un asimilado por la dictadura. Me esperaba un porvenir seguro, si gris. Mi quinta cerca de Alcácer do Sal, mis viajes, mis libros. Yo no tenía ideología, si bien no me podían incluir en el bando gubernamental, era un liberal acomodaticio y vago. Estaba en aquellos tiempos de pasante con el ilustre jurista Queiro de M., acémila afín al dictador (aunque después del 25 de abril, él y muchos de sus abogados hayan hecho alarde de sus inveteradas convicciones liberales, ‘de toda la vida’). Por el despacho de la rua Castilho pasaba todo lo que contaba en la república y mis informes, mi presencia discreta pero eficaz en reuniones de alto nivel, absolutamente secretas, en las que se jugaban los millones de la CUF o las acciones de Champalimaud, habían sido unánimemente apreciadas. Mi patrono me retribuía de tarde en tarde con la largueza de un almuerzo en el club 31 o en el cercano Pabe con algún cliente importante donde se fumaban habanos traídos de Madrid y se terminaba hablando confidencialmente de las consabidas españolas, intercambíandose direcciones de apartamentos secretos de Cascais y Estoril. La prueba de haber sido admitido en el selecto mundo de los abogados y la curia era precisamente que se hablase de las españolas en presencia del pasante. A partir de ese momento era elevado a la categoría de respetable miembro de la profesión, digno de escuchar los consejos y sugerencias de los más veteranos sobre cuál era la casa de Estoril donde la calidad y disponibilidad de la oferta era más placentera y accesible, incluso para la modesta remuneración del pasante elevado a socio.

Angola era nuestro inmenso patio trasero, nuestro espacio vital donde colocar a la emigración endémica fruto de la política antiindustrial del Estado Novo. Inmensas obras públicas, repartos de territorios grandes como términos municipales del Alentejo, iban a parar a familias portuguesas, alemanas y a concesionarios mineros extranjeros. La mano de obra gratuita, esclava, y los cuadros intermedios portugueses, aseguraban una economía saneada y una estabilidad social. Los negros, resignados desde hacía siglos, amedrentados desde remotos tiempos por los mercaderes de esclavos y por sus propios reyezuelos que vendían el excedente a los europeos para llevarlos al Brasil, eran sumisos y bondadosos. La vida era bella y el tedio invadía nuestras ciudades, construidas a imagen y semejanza de las poblaciones creadas por Salazar en las zonas deprimidas del Portugal continental; su escuela, su iglesia, sus paseos con árboles y sus almacenes pintados de rosa de esquinas redondeadas y con tejados a la portuguesa. El proyecto más reciente y más disparatado, como los años se encargarían de demostrar era la futura capital Nova Lisboa, en el centro del planalto, colonia del futuro y base de la Angola asociada del señor Doutor. Parecía como si la emulación del Brasil se reflejase en la edificación de esa nueva capital, una especie de Brasilia que nunca cuajaría.

Pero la catástrofe se cernía sobre nuestra plácida colonia. Argelia, cuya independencia hacía unos meses había provocado el éxodo masivo de europeos, algunos de los cuales llevaban allí varias generaciones, el Congo Belga, eran pruebas recientes de que no iba a ser fácil. La Unión Soviética y sus circunstanciales compañeros de viaje, los escandinavos, los americanos, los siempre benévolo, ingenuos y bienintencionados canadienses, no iban a dejarnos instalar allí un país que se saliera del reparto a compás y cartabón que los aliados habían trazado hacía más de quince años. Mi escasa experiencia diplomática, reducida a frecuentar los salones de las embajadas de Inglaterra y Estados Unidos en la colina de Lapa en recepciones encorsetadas por el protocolo, me habían desengañado hacía tiempo. Si éramos atacados, nos las deberíamos apañar solos y contra corriente.

Salazar, tras reiterarme un par de veces su consigna favorita “todo por la Nación, nada contra la Nación”, lo que era redundante y ocioso pues la sabíamos obligatoriamente todos los portugueses desde nuestra tierna infancia salazarista, me había insistido en la condición de provincia de Angola que no de colonia. Y en verdad, pobres campesinos de Tras os Montes y la Beira Alta, maestros y practicantes, capataces y mecánicos, eso era la gran mayoría de lo que la propaganda enemiga calificaba de esbirros del imperialismo y representantes del capital financiero. Y, contrariamente a Argelia, donde los franceses disfrutaban de todos los derechos y libertades garantizados por la República, ni en Angola ni en la metrópoli, no votábamos portugueses, ni blancos, ni negros ni mestizos, que en eso estabamos igualmente ayunos, sin la menor discriminación.

Desde la independencia del Congo Belga, las incursiones se habían hecho frecuentes en el norte de nuestra provincia ultramarina. Los obreros nativos de las plantaciones dudaban en unirse a los insurgentes o no, duda que era fácil de resolver porque las represalias de éstos si no lo hacían eran tan temibles como las exacciones de la policía territorial o las mucho más aflictivas de la PIDE. Pero el aplastamiento de la primera huelga en la Baixa do Cassange los habia –creía yo- apaciguado. Los sudafricanos nos ayudaban con la información y colaboraban activamente en aplastar los focos insurgentes. Ellos tenían aviones, pilotos y conocían Africa perfectamente, mientras que, en general, nuestros reclutas habían ido a la zaga, hasta entonces, en eficacia. Sólo a partir de entonces, con los Comandos que se organizaban como tropas especiales, empezamos los portugueses a estar a la altura de aquel enemigo sinuoso, que no daba la cara, difícil de aprehender. Pero cuando ya íbamos ganando militarmente, la batalla política ya había sido perdida desde hacía mucho tiempo y tuvimos que irnos, aunque esa es otra historia.

Atenazado por una vanidad desbordante, ciego a las alertas interiores, me sentía un nuevo Pimpinela, un Miguel Strogoff, un héroe antiguo, dispuesto a vencer los bandoleros, la PIDE, los bloques del Este y del Oeste. Había sido ungido por el señor Doutor y todas mis precauciones y cautelas se habían disipado. Había pensado en mí, yo era su hombre. Que yo no supiera de Africa más que cuatro cantigas recitadas por un viejo criado de mis padres que había intentado sin éxito establecerse en Mozambique, y la novela de Rider Haggard, Las minas del rey Salomón, en la versión del excelso Eça, que nosotros consideramos superior al original inglés, no importaba.

Celebré este acontecimiento que durante unos meses de mi vida me iba a disipar un poco el habitual aburrimiento de mí mismo y aunque era tarde, solo y con el egotismo exacerbado por aquella altísima encomienda que me pondría en el trampolín para devenir una figura de la Curia, despaché un bacalao à Brás que sólo eran capaces de preparar en O …., en la rua dos …., regado con un Porta dos Cavaleiros que no estaba tampoco nada mal. Estos excesos me permitieron dormir sin darle más vueltas al asunto y levantarme con un rabioso dolor de cabeza que sólo logré calmar a base de aspirinas y cafés.

Apenas un año después de mi accidentada vuelta al Cais do Sodré, todo se precipitaría en una lamentable cuesta abajo, con el asesinato de Humberto Delgado, la crispación y rabieta del señor Doutor y el ascenso de un vigoroso y gris Marcello Caetano que no se andaría con contemplaciones con las guerrillas y demás terroristas y que, de no ser por el contubernio onusiano, habría incluso conseguido ganar la guerra colonial. Los alemanes venderían o abandonarían sus sueños angoleños y se instalarían en otras tierras más dóciles y fáciles de manejar, principalmente en la Africa del Sudoeste, una vez levantadas las restricciones impuestas tras las dos guerras mundiales.

 


La pluma del cormorán

Lecturas y paisajes

El blog de Guillermo Schavelzon

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La Estirga Burlona

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Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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