Contra las elecciones, la propuesta de Van Reybrouck.

9 noviembre, 2019

El experimento de la ciudad belga de Eupen ha  puesto en práctica las ideas de David Van Reybrouck (Brujas, 1971). Van Reybrouck, especialista en historia cultural, en su obra Contra las elecciones analiza los defectos palmarios de nuestros sistemas representativos, basados en la elección y por qué están suscitando un rechazo de gran parte de la población. La crítica cada vez más virulenta de los Parlamentos, de los diputados, de los partidos tradicionales, la vemos en muchos países y no sólo en España. Aquí, la propagación como mancha de aceite de la corrupción, que se ha dado sobre todo en las Comunidades Autónomas y en los ayuntamientos, ha apartado aún más a los ciudadanos de quienes deberían representarles y defenderles.

Se denigra indiscriminadamente a los políticos por los populistas y los antidemócratas. Así, en Cataluña donde violar la Constitución española, atacar los Tribunales, las leyes, es el discurso habitual de la Generalitat. Igual que los fenómenos de Orban y Salvini. Los escoceses son diferentes –no han cruzado esa línea roja- y en su continencia se nota su tradición filosófica y política que viene desde su eximia Ilustración escocesa de los siglos XVII y XVIII.

Las redes sociales, propensas al insulto y la descalificación, no son menos inanes y los chistes, críticas infundadas y falsedades sobre los políticos son muletillas habituales de los ‘graciosos’ oficiales, ya aburridas por reiterativas. Como dice Van Reybrouck, “se ha instaurado una atmósfera de denigración permanente” de los Parlamentos y casi del propio sistema democrático.

¿Qué está fallando?.-

El sistema político democrático actual, es insuficiente e imperfecto, centrado en los partidos y basado en las elecciones, como lo demuestran los acontecimientos que sacuden todas las democracias occidentales, las que disponen de una Constitución y de un Parlamento. La crisis económica y financiera ha exacerbado esa alienación de la sociedad respecto a sus representantes parlamentarios. Las medidas tecnocráticas de las instituciones supranacionales, entre ellas de la Comisión Europea, no hicieron sino agravar esa distancia y crear más resentimiento.

Van Reybrouck apunta tres tipos de diagnósticos, con sus respectivas propuestas, sobre esta crisis del sistema representativo: el populista, el técnico o tecnócrata y el activista demócrata. El populista considera que la culpa es de los políticos profesionales. Los partidarios de la tecnocracia proponen sustituir los políticos por técnicos, prefiriendo la eficacia a la representatividad; de hecho, ya hay muchas decisiones soberanas que dependen más de los técnicos que de los parlamentos, como se ve con las entidades supranacionales como el FMI o el Banco Central  Europeo. Los partidarios de la democracia directa achacan todo al parlamentarismo, como hicieron los del 15-M o los de Occupy Wall Street, con su “no nos representan”, pero no han pasado de la manifestación en sí.

El diagnóstico de nuestro autor es que es un problema del sistema electoral, de ese “fundamentalismo electoral”, un artículo de fe que nadie quiere revisar y que está produciendo una “fatiga democrática” que se extiende por todas las sociedades, con tasas de abstención altas y desinterés creciente. Esta especie de fundamentalismo, dice, ha llevado a querer implantar en muchos países de Africa y de Asia este sistema electoral, “una especie de kit Ikea de la democracia”, mientras se relegan formas y estructuras de decisión y mediación ancestrales que eran bastante útiles y eficaces y tenían la legitimidad de las poblaciones.

La eterna cantinela sobre la falta de líderes (¿por qué no usar el tan castellano adalid?) es una falsa ruta, un debate errado. No necesitamos carisma, sino identificarnos con políticas y no con “programas envasados” con fecha de caducidad incluso, según las modas (ahora todos tienen que incluir el ingrediente ambiental, por ejemplo, de manera meramente retórica). Necesitamos empatía, conocerlos directamente, poder hablar con los diputados, concejales y alcaldes, hoy por hoy alejados del mundanal ruido, altivos, distantes, inabordables. No deja de ser curioso que los movimientos sociales recientes sea en Hong Kong, Chile, Barcelona, o en París (gilets jaunes), no tengan adalides conocidos, visibles –el famoso ‘interlocutor válido’- sino que se sirvan sobre todo de aplicaciones de internet.

El fenómeno es general y se habla de una sociedad post-democrática (Van Reybrouck cita a Colin Crouch), en la que la brecha, la separación entre Estado e individuo se ha hecho mucho más ancha. Ello es debido a la creciente debilidad e incluso a la extinción de la sociedad civil como protagonista cotidiana de la vida social, ciudadana, agraria que, según nuestro autor, está produciendo una deriva oligárquica de los grandes partidos por haber consagrado el voto como única y exclusiva herramienta de la democracia, un “Santo Grial de la Democracia”.

Para él, las elecciones por sí solas, como sistema de representación son una herramienta superada, como el globo montgolfier o la diligencia, son necesarias, pero no suficientes, “son el combustible fósil de la política: antes, estimulaban la democracia, pero hoy engendran problemas gigantescos y nuevos (…) hay que desengancharse de las elecciones como único sistema de preservar y consolidar la democracia”.

Posibles soluciones.-

Van Reybrouck propone otra cosa. Resumiendo la historia antigua y medieval, recuerda que ha habido otros sistemas de representación no electorales: los puestos representativos eran sorteados en la Atenas de Pericles con el Consejo de los Quinientos, como después en algunas ciudades-Estado italianas e incluso en el antiguo reino de Aragón, con la insaculación. Cita a Tocqueville, quien se quejaba de que el sistema francés “democrático” no garantizase una real participación del pueblo, a pesar de poner el acento en la soberanía popular, e hizo “una de las primeras críticas fundadas a la democracia representativa”.

Recuerda que el sistema electoral “no fue concebido inicialmente como un instrumento democrático, sino como un procedimiento que permitía llevar al poder a una nueva aristocracia no hereditaria” (porque se combinaba con el sistema censitario; por ejemplo, en Francia sólo uno de cada 160 ciudadanos tenía derecho al voto). Todos estos sistemas electorales eran para el pueblo, pero no del pueblo.

Van Reybrouk analiza las modernas soluciones participativas que se inspiran en las tesis de John Rawls y Jürgen Habermas sobre la necesidad de mayor participación ciudadana a fin de legitimar mejor la democracia. Se trata de la “democracia deliberante”, como son las experiencias en algunos Estados norteamericanos gracias al impulso de James Fishkin en 1996. Ciudadanos escogidos al azar debatieron los principales asuntos en pequeños grupos y en medianas y grandes asambleas. Estos nuevos sistemas de participación se han instituido en Alemania, con las ‘células de planificación’, en Dinamarca, con los ‘consejos tecnológicos’ o en Francia con el Conseil National de Débat Public, por ejemplo, aunque hay muchos modelos por el mundo, incluso en China. Normalmente, estos consejos tratan de asuntos ambientales y de infraestructuras. En estos modelos, se tiene cuidado en elegir al azar las personas, teniendo en cuanta su origen social, geográfico, el sexo y la edad, entre otros factores.

El autor examina los diversos modelos de consulta, aunque critica el uso del referéndum que, dice, no tiene nada que ver con la democracia deliberante, pues aunque están cercanos, en el referendum se pide a los ciudadanos que voten sobre un tema sobre el que no están perfectamente informados. Así, menciona los referéndums sobre la Constitución europea en Holanda y Francia, o los de Escocia y Cataluña. En el referéndum se vota sobre todo con la emoción, de manera sobre todo reactiva, no bien deliberada. Suelen ser divisivos y no es casual que Franco lo haya utilizado reiteradamente.

Se necesita una profunda reforma electoral y, por tanto, constitucional, pero los partidos se aferran a los viejos sistemas. Tanto en España como en Portugal, por ejemplo, han fracasado todos los intentos de reforma. Los partidos siguen prefiriendo nutrir sus listas electorales acudiendo a su vivero interno (exactamente: un invernadero, aislado de la atmósfera, del campo abierto), en el seno de sus militantes (palabra que habría que desterrar del lenguaje político), sin dar cabida a nadie de fuera del aparato.

Las listas bloqueadas agravan el problema, debiendo el elector por votar por el ‘paquete’, un auténtico forfait como en esos viajes turísticos ‘todo incluído’. Es todo lo contrario de esa democracia participativa que preconizan Van Reybrouck y muchos otros pensadores  y politólogos.

Propuesta.-

La democracia deliberante no sustituye sino que complementa a la representativa, habiendo incluso propuestas de mezclar la composición de los Senados (senadores elegidos y otros escogidos por sorteo) o de crear una tercera cámara. El problema es aunar la legitimidad con la eficacia en la toma de decisiones pero en todo caso el sistema de incluir ciudadanos al azar (parecido a los jurados) sería una excelente escuela de democracia y responsabilidad cívica. Sirve desde para preparar y aprobar una determinada ley hasta para mejorar y profundizar las deliberaciones en decisiones importantes, como el aborto, el medio ambiente, Unión Europea, autonomías, etc. Naturalmente, los ciudadanos elegidos al azar disponen de apoyo técnico para tomar sus decisiones, como los diputados.

En conclusión, Van Reybrock propugna un sistema bi-representativo, sopesa los argumentos en contra –muchos de los cuales son muy parecidos a los que en el siglo XIX servían para defender el voto censitario-. La crisis en muchas democracias europeas se debe precisamente a ese sentimiento de exclusión y alienación que tienen los ciudadanos frente a los políticos profesionales, a los partidos convertidos en meras máquinas electorales y de marketing.

A modo de reflexión crítica.

La propuesta de Van  Reybrouck tiene, a mi modo de ver, algunos puntos débiles:

  • No desmonta ni merma el poder de las instituciones tecnocráticas, supranacionales (FMI, Banco Mundial, BCE, etc), que siguen sin tener un contrapeso parlamentario o representativo efectivo.
  • Los comités o consejos de consulta son creados, evidentemente, por el propio Estado, es decir dependenden de su buena voluntad y de que acepte sus propuestas.
  • La sociedad civil no revive por el sistema de sorteo, aunque pueda influir algo. Así, ni asociaciones de vecinos, ni sindicatos cobran más relevancia en las decisiones.
  • La propuesta de sorteo es como una especie de “cuidado paliativo” de la democracia periclitante y, en cierto modo, una especie de refuerzo de su legitimidad sin poner en duda la alienación de los partidos respecto a la sociedad y los ciudadanos, manteniendo una cierta ilusión de que la democracia pequeño burguesa puede seguir existiendo tal como es, con cambios cosméticos.
  • Fragmentación y localización de las decisiones en función de territorios, grupos de poder e influencia.
  • Digamos que sería una reforma necesaria, pero no suficiente. También me temo que ni alcaldes ni diputados, y menos los Consejeros de Comunidades Autónomas tendrán simpatía alguna por una herramienta que les restará protagonismo, es decir, que les quitará el monopolio.
  • Falta quizá poner el acento en la necesidad de transparencia en las administraciones, a través, por ejemplo, de Auditorías sociales (Marta Harnecker), para impedir la corrupción. Para estas auditorías el sorteo podría ser una buena solución.

En cualquier caso, deben ser los demócratas quienes tomen la iniciativa del cambio, no los populistas ni los nacionalistas que lo que quieren es destruir todas las herramientas de la democracia, “tirando el agua sucia con el niño dentro” y menospreciando completamente el sistema bajo el pretexto de defender al ‘pueblo’ (nótese que cuanto más se habla de pueblo, más se le suele despreciar).

Con un excelente estilo, muy bien escrito, este libro es una reflexión necesaria que desearíamos que los políticos leyesen, si tuvieran tiempo en su afanosa vida, y sus campañas a base de slogans les dejasen tiempo.

Contre les élections, Ed. Actes Sud, 2014. Traducción española: Contra las elecciones, Taurus, 2017.

[Van Reybrouck ha escrito numerosos libros y artículos, particularmente un extraordinario libro sobre el Congo y otro sobre el científico surafricano Eugène Marais, a quien se sospecha plagió profusamente el escritor belga Maurice Maeterlinck, De plaag, Le fléau, La plaga.]


Viaje a Pantaélica, una Chronologie y Rizal: libros de la rua Anchieta

27 abril, 2019

En esta incultura en la que estoy sumergido y de la que intento salir dando boqueadas de vez en cuando, acudo a las librerías de viejo de Lisboa, los alfarrabistas, y me encuentro con pequeños arrecifes donde descanso en mi largo bucear hacia la costa de la ilustración.

Así, en la rua Anchieta, donde cada sábado hay un mercadillo de libros viejos siempre encuentro tentaciones para añadir a las estanterías que tengo que tener en el sótano por falta de espacio.

Acabo de hacerme por módico precio, ¡siempre módico precio, ese es el truco del comprador!, con tres libros absolutamente inesperados. Suelo decir que esto de ir de alfarrabistas es como ir de caza, donde menos se espera vuela la perdiz. Hay días que volvemos con el zurrón vacío (y no me puedo resistir a informar que zurrón tiene en francés la traducción de baudrier, que se pronuncia prácticamente  como mi segundo apellido, Baudrihaye –de rancia estirpe walona), pero otros conseguimos volver muy contentos.

Hoy tengo que inmortalizar tres libros bien hallados:

  1. Chronologie universelle, suivie de la liste des grands états anciens et modernes, des dynasties puissantes et des princes souverains de premier ordre, avec les Tableaux Généalogiques des familles royales de France et des principales maisons régnantes d’Europe, par Ch. Dreyss, professeur d’histoire du Lycée Napoléon, docteur ès lettres. (Paris, Librairie de L. Hachette et Cie, boulevard Saint-Germain, nº 77. 1864).
  2. El viaje a Pantaélica, de Francisco Nieva, Seix Barral, 1994.
  3. Rizal, por Ernesto Giménez Caballero, Publicaciones Españolas, avenida del Generalísimo, 39, Madrid, 1971.

El primero, la Cronología, es un pozo con fondo, pero muy profundo, que ayudará a este escritor o escribano a inventarse historias. Por ejemplo, descubro que en en 1156, “Waldemar I, hijo póstumo de San Canuto –Knut-, que había heredado de su padre, asesinado en 1131, el Ducado de Slesvig y el Reino de los Obotritas, habiendo sido atacado por el rey de Dinamarca, toma él mismo el título de rey”. O que en ese mismo año “el rey de Castilla funda la Orden militar de San Julián, luego llamada de Alcántara”. El libro lleva un sello de Quinta das Lagrimas, de Coimbra, a nombre de M. Osorio.

Entre las casas reinantes de la época encontramos las de Lorena-Austria, con sus dos ramas, de Módena y Toscana, la familia Bonaparte, las ramas de todos los Borbones (Ducal o primitiva, la Marche, Montpensier, Vendôme, Cerenci, Condé, Conti, La Roche sur Yon, Soissons), Savoya y Savoya-Carignan, y muchos más, en fin, los contemporáneos de Stendhal. Estos datos, quizás irrelevantes para muchos, están llenos de significado para curiosos, ratones de biblioteca y otros lectores invadidos por el saludable tedio de esas inacabables y vacías tardes de domingo.

El segundo, del dramaturgo y pintor de Valdepeñas, es un hallazgo muy considerable. Es más que una novela, una especie de viaje iniciático, repleto de aciertos gramaticales y de humor de lo más cervantinos, un libro que, parafraseando a su autor, es de una “frondosidad intrincada”. El libro fue comprado en la librería Buchholz de Lisboa en aquel año, como indica la etiqueta y un señala páginas olvidado. Está nuevo. Son esos libros que –casi- nadie lee y que pasan desapercibidos pero constituyen un solaz magnífico para los que estamos saturados de facebook, periódicos y guasaps. Y así aprendemos y mejoramos nuestro castellano. Aprovechando la ocasión, no deje el lector, si es viajero, de parar en Valdepeñas y visitar tres museos: el municipal, donde hay unos soberbios cuadros de Francisco Nieva, que pintaba –la portada del libro es un dibujo suyo- además de ser un destacado dramaturgo. El de Gregorio Prieto, Fundación siempre creativa a cuya consolidación contribuyó mi amigo Antonio Sánchez Ruiz, ya fallecido, ilustrado, funcionario probo y muy cumplidor y excelente persona. Y el de los Molinos. Valdepeñas, como diría la guía Michelin, ‘mérite le détour’.

El tercero es una especie de fascículo, obra del inefable Ernesto Giménez Caballero sobre el héroe filipino, José Rizal, que tuvimos a mal de ejecutar en 1896 cuando era más patriota español que muchos españoles lo son hoy. Un texto, como casi todos los de Giménez Caballero, bastante disparatado pero genial. Era de la estirpe de un José Martí, o de un Egmont. Pero es que los castellanos nos hemos pasado de rigor en nuestra procelosa historia. Rizal, además, no se hubiera dejado arrebatar la independencia de Filipinas por los norteamericanos. Evoca también este librito uno de esos cafés desaparecidos de Madrid, el Café de Levante, en la Puerta del Sol, donde era tertuliano nuestro filipino. En Gante hay una placa en honor de Rizal, dicho sea de paso al haber citado a Egmont, ejecutado por el Duque de Alba en Bruselas. Sólo que Rizal no ha tenido un Beethoven para hacerle una ópera con su obertura.


Los bojs de Bruselas

24 mayo, 2016

Paseando por los jardines de la Alhambra y del Generalife pensamos que el oloroso boj es un privilegio del sur. El buxus sempervirens pertenece a una familia con más de 70 especies, siendo Cuba el lugar donde más se encuentran, con 30, seguida de Madagascar, con 17. En España el boj es planta de jardín, más bien escasa, aunque en la Sierra de Segura, en la provincia de Jaén, se encuentra el buje, que no es sino una especie de boj local y muy resistente. Desgraciadamente, no se encuentra en ningún vivero de aquella zona, de los poquísimos que hay. El boj es de crecimiento lento, difícil (aunque resiste las heladas, poniéndose solamente algo dorado y recuperando después el verdor), un antídoto contra el jardín de urbanizaciones y de nuevos ricos, que lo quieren todo rápido y con relumbrón.

En la Dordoña, esa bella región francesa, está uno de los jardines más famoso de boj, el de Marqueyssac. El boj tolera toda la poda ornamental, lo que constituye la topiaria. No es casual que sea ornamento de palacios y residencias reales. En Bruselas lo encontramos en los jardines, casi fosos, del Palacio Real,

Palais Royal de Bruselas

Palais Royal de Bruselas

Sablon

Petit Sablon y la iglesia del Sablon

y en muchos squares o plazuelas ajardinadas. Una en especial merece nuestra atención, la del Petit Sablon, bajo las estatuas de Egmont y Hornes. Egmont, vencedor de San Quintín, noble católico flamenco leal a Felipe II, criticó al emperador y le pidió que respetase las libertades locales de Flandes. La consecuencia de su osadía fue que el duque de Alba mandó cortarle la cabeza junto al otro noble, Hornes, en la Gran Plaza de Bruselas. Marnix, el miembro protestante de aquellos indignados, se salvó porque huyó a los territorios del Príncipe de Orange, en la actual Holanda.


Ixelles, su museo, sus calles

1 mayo, 2016

El apartado museo de Ixelles hay que ir buscándolo por calles solitarias, tranquilas. Se escapa uno del fragor de la avenue Louise y siempre encuentra alguna buena sorpresa. Está en la calle Van Volsem.

 La colección permanente despliega muchas pinturas y esculturas belgas, poco conocidas por el gran público, desde Henri Evenepoel (que con Matisse y Hucklenbroich eran llamados los tres Henri) hasta Rik Wouters o Alechinsky. No hay muchas oportunidades de contemplar arte belga en los museos de Europa, aplastado por el arte que se concentró en París.

 Las exposiciones temporales –fruto de un paciente e inteligente trabajo de años, eligiendo lo más significativo- nos descubren facetas del arte que a veces pasamos por encima, como la actual de Agnès Varda, francesa que nació precisamente en Ixelles (como también nacieron Katherine Hepburn y el escritor Michel de Ghelderode, por ejemplo). De Varda se exponen fotografías, biombos historiados y su humorístico homenaje a las patatas, Patates & compagnie.

Y un descubrimiento deslumbrante: Jean-Marie Bytebier, que nos propone su visión del paisaje, en acrílicos sobre madera, intensos, casi misteriosos. Un canto a la naturaleza. http://www.museedixelles.be

Jean-Marie Bytebier

Jean-Marie Bytebier

Ixelles era un municipio fuera de Bruselas (es decir, ahora, dentro) y que tiene su propia personalidad. La place Flagey, con el soberbio edificio que fue de la la radio y seguida por los estanques que nos llevan a la Abadía de La Cambre. La place du Châtelain, al otro lado de la avenue Louise, es lugar de encuentro los días de mercado, por donde proliferan galerías de artes, cafés y cervecerías de toda la vida y amables librerías, como la Nijinski. También, cerca del Toison d’Or, a dos pasos del barrio congolés de Matonge, está el rincón de St. Boniface, una placita con restaurantes agradables y no caros, como Hello Saigon, L’Ultime Atom (el ultimátum), con cien tipos de cerveza, o el curioso Le Clan des Belges; son lugares frecuentados por la gente del barrio, así como el veterano librero Hankard, donde se pueden encontrar libros antiguos, inhallables en otros lugares.


Misión en Angola, episodio 24. Herrinkx el bueno.

3 febrero, 2016

El belga trajo otras historias, otros modos. Además de los litros de cerveza que ingería y evacuaba (en ruidosas y frecuentes visitas a los excusados), introdujo, junto con Haraldsson, un sistema de hacer trampas casi imposible de detectar. El conde abandonaba entonces prudentemente la partida y se retiraba a sus aposentos, siguiendo a su baronesa que hacía mucho había hecho lo mismo, con ese mohín altanero que se le quedaba fijo en cuanto el porcentaje de plantadores sobrepasaba el de viejos junkers. Lo intrigante era cómo le toleraban a Haraldsson sus groserías de biergarten y al belga intruso sus malas artes y sus marrullerías. Después, pasada no más de una hora, el asistente del conde hacía levantar discretamente el campo y los plantadores, pertrechados de armas se dirigían a sus potentes vehículos estacionados bajo los imbondeiros (como llaman en Angola a los baobabs). Afortunadamente las pistas eran lisas y lo más que les podía pasar era salirse de la picada pero en general, resistían extraordinariamente bien el alcohol debido a su densidad corpórea.

Herrinkx era jovial, le solía dar llorona pero cuando estaba sobrio, parecía sólido como una roca y se erguía muy digno, discutiendo en alemán con los plantadores. No se parecía en nada a otros belgas que habían escapado del Congo y de Katanga con las orejas gachas y que ni mencionar el nombre de la colonia osaban sin o simplemente “allí hacíamos esto, o lo otro, o los indígenas de allí,…”. Los alemanes le trataban, extrañamente, con deferencia, menos Lilo, que ni le miraba.

Herrinkx había alcanzado ya a esa categoría tan frecuente en las colonias: la del desesperado. Era capaz de atravesar Angola de parte a parte sin temor a las pistas enfangadas, de día o de noche, solo, sin importarle los primeros guerrilleros y los bandidos que pululaban por el monte fuera de control de los portugueses. Era el hombre sin miedo, el voluntario para las tareas más peligrosas. Se decía que conducía sistemáticamente borracho, cocido por el sol en una especie de catalepsia conductora. Había estrellado un par de camiones, saliendo milagrosamente indemne pero, además, sabía arreglar los desperfectos y enderezar chapas sólo con sus manos como tenazas o reparar la dirección torcida de un camión a base de martillazos y canibalizando piezas viejas. Por eso su contrato se mantenía. No había otro igual.

Cuando le daba por llorar en plena borrachera llamaba Katia a todas las mujeres, incluidas las criadas negras, hablaba francés mezclado con ruso y quizás flamenco, era la rechifla general y terminaba dormido tirado en alguna hamaca a la intemperie, sin ser siquiera atacado por las alimañas. Su indiferencia total al sufrimiento físico quizás hasta repelía los peores enemigos.

Taciturno salvo cuando bebía, era sin embargo un hombre de fiar, no era malo ni capaz de engañar a nadie, entre otras cosas porque su limitada inteligencia le impedía ensartar una mentira con esperanzas de ser creida. Era el perfecto correo, recadero de los alemanes, con sus ojos obstinados tras el volante como si su única misión en la vida fuera llevar un cargamento de negros para las minas, para bajar al John.

Su muerte fue considerada, además de una estupidez, una ignominia. Ni el negro más irredento había sido jamás maltratado por Herrinkx. Bastaba con su presencia para imponerse, sin castigo físico, sin amenazas. Los negros le respetaban y no le odiaban. Los alemanes más perspicaces vieron inmediatamente en su muerte la mano de la PIDE. Yo le recuerdo en alguna de aquellas desparramadas pítimas, contándome por centésima vez su historia de Katia, la niña perdida y, con los ojos dilatados y lacrimosos, decirme, “je vous aime bien, vous savez, monsieur Cugna, je vous aime bien”. Me desasía del grandullón que se ponía encimón y más pesado a medida que ingería sin distinción cervezas, schnaps, bol y demas mejunjes.

-Desconfíe de esa mujer, y señalaba con el mentón a Lilo, que se paseaba entre los grupos de alemanes por los porches- todas las mujeres son unas traidoras. Se aprovechará de usted, monsieur.

-Señor Herrinkx, ¿cómo se permite…?

-Esa señora no me gusta nada, créame, he conocido a muchas alemanas, esa no es trigo limpio, insistía, tambaleándose y alejándose agarrado al pasamanos.

No le escuchaba porque su aliento me echaba para atrás y le desautorizaba a mis leguleyos oídos. Muchas veces, en los meses siguientes y por mucho tiempo después, recordé aquellas palabras premonitorias. In vino veritas.


Misión en Angola. Episodio 23. El turbio pasado del belga Herrinkx

22 enero, 2016

 

La vida de Herrinkx no había sido fácil. Con veinte años fue alistado, no se sabe muy bien si a la fuerza o lo hizo voluntariamente, que sobre esto todo el mundo ha mentido mucho, en la División Wallonie, reclutada por Léon Degrelle y marchó a luchar a la estepa rusa. La aventura acabó pronto y en 1944 estaba de vuelta en Bruselas, con una pequeña condecoración y la extraña sensación de que había cometido un error irreparable, la gran equivocación de su vida. Sus amigos del colegio y de los boys scouts habían tomado el camino inverso y estaban  en Londres, con la resistencia. 1945 se anunciaba muy difícil. Afortunadamente para él, se necesitaban manos en el Congo y ninguna autoridad reparó demasiado en aquel recluta perdido que, astuto, había sabido borrar o enturbiar las pistas.

En Léopoldville se ilustró como un excelente conductor (camiones, pesos pesados, jeeps, lo que le pusieran que tuviera ruedas) y sus servicios fueron recompensados debidamente con un contrato sólido con la empresa …, encargada de las minas del Alto Katanga. Herrinkx no había echado en saco roto la disciplina de aquellos cuerpos valones en Rusia y destacó inmediatamente como un capataz severo, fiable, inflexible con los negros y, sin embargo, sin el espíritu corto y miope de un vulgar negrero. Su único problema fue el calor, indirectamente, porque el calor llevaba a la cerveza y ésta al abuso, de tal manera que Herrinkx, siempre solitario, como un huérfano, pasaba lo más claro de su tiempo libre entregado a la bebida. Esta le daba llorona y afectiva, y terminó haciendo indebidas confidencias a envidiosos capataces, sin mejor ni más limpio pasado que él mismo, que aquello era una especie de legión extranjera poblada de indeseables, huidos de la justicia y desertores de varios ejércitos en la debacle de los años cuarenta. En Bélgica andaban ajustando cuentas con oficiales, funcionarios y soldados e incluso con el rey, acusado de connivencia con el enemigo. Había sonado la hora de partir.

Herrinkx partió para el sur, llegando a Luanda sin más que unos francos en el bolsillo pero curtido en las selváticas tareas de manejar negros y trabajadores de las minas. Su destino natural era la Diamang, Diamantes de Angola, que necesitaba organización y manos fuertes, y duras. En Luanda, en 1950, la vida le volvió a sonreir, aunque no fue sino un ojo de sol en la tormenta. Encontró una bella rusa, Katia, con la que pronto congenió y a la que sedujo –quizás el único hombre que le había lanzado piropos en su lengua desde su temprana juventud-. Katia le hizo dejar la bebida por unos meses, le dio una hija, Catherine o Catarina o Ekaterina, que sobre estos detalles siempre hubo dudas. Herrinkx engordó y se puso aún más colorado, con una especie de grasa feliz y opulenta que aumentaba la robusta rubicundez, aderezada con alcohol, que le caracterizaba.

Pero Katia desapareció un mal día en brazos de un furtivo cazador de mujeres en el trópico, un oficial de un barco de paso. La niña también desapareció, aunque no en el barco, sino entregada deprisa y corriendo a la clínica rusa de Luanda (pero esto nunca lo llegó a saber el padre en vida) y Herrinkx se hundió en la bebida por un par de años hasta que dio con el viejo …., al que sus hazañas rusas le habían convencido de que era una buena captura. Desde entonces trabajó para los alemanes y, a través de éstos, para WNLA.

 

 


Misión en Angola. 18. Juegos de manos, juegos de villanos

28 septiembre, 2015

Desde mis años mozos me había sido inculcado un altivo horror hacia los juegos de envite y azar. “Juegos de manos, juegos de villanos”, recitaba mi tío Sebastião en la heredad alentejana cuando veía que me atraían los juegos de naipes de los jornaleros y peones. Es así que jamás aprendí juego alguno, salvo algunos solitarios que una prima mía –la trigueña Antonia- me enseñaba, junto a otras cosas, en las largas siestas de estío, monótonas y silenciosas.

En las granjas y haciendas alemanas, por el contrario, estos juegos no eran considerados en absoluto como juegos de villanos, sino de alto nivel. El bridge y otros que nunca supe seguir eran los medios para acercarse, para formar equipos y para conseguir introducir en la conversación. Lilo me fue adiestrando también en estas artes, en un lejano paralelismo con mi prima, y eso me serviría al menos para no hacer figura de estúpido total en aquellas veladas en las que se oían lejanos rugidos, mugidos y otros chillidos de fieras inidentificables, servidos por silenciosos boys que se eclipsaban tras el servicio para reaparecer como por ensalmo al menor gesto del conde o de otro de los huéspedes principales. Los boys tenían un especial instinto para detectar los próceres entre la morralla de plantadores sin negocio y de pisaverdes más o menos advenedizos, en cuyo ínfimo grupo sin duda me incluían.

El ritual era casi siempre el mismo. Tras una sesión en el fumoir o en la terraza que hiciera las veces, un grupo de hacendados se desgajaba y se dirigía a la sala de caza que inevitablemente existía en toda propiedad. Luego, poco a poco, los rezagados se iban acercando y, al final, un grupo nunca más numeroso que diez o doce personas se disponían a asistir en silencio a las justas naipescas. Yo, en las primeras jornadas, sólo iba de apuntador o mohíno, con cuidado de no gesticular demasiado, no obstante, por temor a despertar la cólera negra de alguno de aquellos granjeros que tomaban las partidas como estrategias militares. Si bien no jugaban jamás dinero, consideraban aquellos momentos, alejados de las inmediatas preocupaciones de plantaciones, ganado, trabajadores, como el momento más cerebral del día.

Las enseñanzas de Lilo fueron superficiales, pero suficientes para poder seguir el juego con cierto interés, descubrir las artimañas y conocer de antemano quién sería el ganador. El conde, que jugaba rara vez, era sin embargo el mejor, con una especie de elegancia y una inteligencia casi eléctrica que anticipaba las jugadas de sus adversarios. El bridge, hecho de ingenio, deducción y comunicación, exigía una memoria prodigiosa (a los que mis estudios forenses me habían entrenado), pero también un razonamiento y una capacidad de planificación en las que todos aquellos antiguos militares eran excelentes.

En aquellas plácidas veladas casi olvidaba el objeto de la misión y me dejaba adormecer por la dulce sensación de unas largas vacaciones.

Las cosas cambiaron cuando llegó Herrinkx. Las parejas Norte Sur y Este Oeste apenas estaban formadas cuando Haraldsson, el carteador, le invitó de compañero. Tiempo después, supe que el nombre oficial del compañero era ‘el muerto’. Herrinkx era un belga de Elisabethville que trabajaba para la WNLA desde el final de la guerra mundial; era un negocio mucho más lucrativo que su granja katangueña. La Witwatersrand Native Labour Association era la principal organización de contratación -no era sino una especie de leva autorizada- de trabajadores para llevar a los más fornidos a las minas de El Cabo. ‘Irse al John’ o ‘bajarse al John’ era sinónimo de un buen futuro para muchos indígenas cuyo único futuro eran si no las plantaciones interminables o las kubatas de los alrededores de Luanda.

Herrinkx era grandón, de estirpe mercenaria y robusta, con la solidez de esos que llaman españoles de Flandes, textura germana pero un color algo del sur, restos de las mezclas de guerreros de los Tercios con las rubicundas mozas de Courtrai y de Gante. Herrinkx era además un hombre sin miedo. Los aduaneros portugueses de Calueque le tenían respeto, y se embolsaban con disimulo las comisiones que el belga les entregaba. Pasaba y repasaba la frontera con su camión Panhard sin ser inquietado, llevando de carga a cinco o seis fornidos negros congoleses destinados a trabajar en los profundos túneles de la De Beers. Alguno de aquellos negros, en realidad miembro de la guerrilla, le terminaría denunciando y nadie, ni siquiera el bien situado Couto, con quien vaciaba botellas y se entretenía con sus bailarinas frívolas en los clubes más osados de Luanda, le había advertido o alertado. Caería en la ratonera tendida a unos cuantos kilómetros de Cassinga, unas tres horas después de haber pasado la frontera. Era una ironía del destino porque allí era donde los alemanes de Krupp empezaban a invertir millones de marcos, con la cabeza de puente de algunos de los más veteranos hacendados que fueron quienes sirvieron de enlace para tamañas inversiones. Alemania, país con escaso y remoto pasado colonial, era un socio más apetecido que los americanos, de dudosa lealtad, o los escandinavos, de furibundo anticolonialismo. Los galos eran, pura y simplemente, excluidos.


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