El hombre de las checas, libro de Susana Frouchtmann

8 agosto, 2018
checas

[Reseña publicada por http://www.entreletras.eu]

La barcelonesa Susana Frouchtmann decidió un día escudriñar el pasado algo extraño de la fraulein, o institutriz, que se ocupaba de sus hermanas desde finales de los años cincuenta. Se encontró con una siniestra sorpresa. La señora Preschern era la viuda de un personaje extraño, que luego resultó ser el hombre perverso, cruel y cínico (todo cínico suele ser cruel) que había diseñado dos de las checas más mortíferas e inhumanas de la Barcelona de la guerra civil.

Se trata de un ejercicio de memoria histórica necesario, aunque haya muchos libros sobre las checas, porque ahonda en el detalle, en un personaje real, mientras muchos recuentos de la época hablan de los lugares, pero sin nombre ni apellidos. Porque las checas era diseñadas, construidas y mantenidas en funcionamiento por tipos normalmente adscritos a alguna organización de izquierda. Recuerdo, a este respecto, en la cárcel de Carabanchel en 1973, cuando al preguntarle yo ,–también preso por actividades antifranquistas- a un preso político que había vivido la guerra por las checas, me dio un corte diciendo que no habían existido, ‘que nunca había oído hablar de ellas’.

Esta obra es un antídoto contra el maniqueísmo pues sitúa las atrocidades en áreas de las que no se ha querido hablar demasiado, esas zonas de sombra del lado republicano. Probablemente alentadas por algunos comisarios soviéticos para erradicar la quinta columna y también a sus adversarios de izquierda, como se hizo con el POUM y con Andreu Nin, por ejemplo, funcionaron durante casi toda la guerra civil. El poder constituido no fue capaz o no tuvo voluntad de erradicarlas, de abolirlas, aunque constituían, además de una violación de todo derecho humano, una ilegalidad republicana injustificable hasta en tiempos de guerra.

En vez de luchar contra la llamada Quinta columna fueron de hecho la más eficaz Quinta Columna. Porque una gran parte de la responsabilidad del hundimiento de la República, de la enajenación de sus aliados naturales, liberales, burgueses antifascistas, etcétera, fue ese terror desmedido, desatinado y vandálico que ejercieron muchos de los que decían defenderla. La quema de iglesias y conventos, las masacres indiscriminadas de religiosos, los paseos, le alienaron a la República muchos apoyos, tanto internos como externos. Fue su peor propaganda. La desmedida represión franquista de la postguerra no justifica ni quita responsabilidad a los que organizaron y manejaron las checas.

Susana Frouchtmann ha ido indagando por archivos, por páginas de internet (esos nuevos archivos), por las calles y casas de Barcelona, los antecedentes e historia de ese personaje que fue Alfonso Laurencic. Curiosamente, se pone en evidencia la escasa documentación que hay sobre la guerra, su dispersión y, en general, el discutible cuidado que se tiene en España con los archivos históricos, culturales o eclesiásticos. Las dificultades de la autora para descubrir algo tan público y notorio como los datos de un fusilado tras un Consejo de Guerra franquista son incontables y sólo su tenacidad y curiosidad (no exenta de una dosis de paciencia y buen humor), logran penetrar en parte los secretos del autor de las celdas de tortura.

A veces, al leerla, me ha parecido resonar algún libro de Patrick Modiano, en esos paseos por barrios antiguos en los que apenas queda la huella de la guerra y de los tiempos de la República, aunque los edificios, los portales, las escaleras (incluso los locales donde estuvieron las checas), a veces parezcan conservar ese aire de los años treinta.

Ese es precisamente uno de los encantos de esa Barcelona cosmopolita, de amplios barrios y avenidas, que Frouchtmann sabe recoger en su búsqueda del escurridizo personaje. Paseos que entrelaza con el asesinato de un tío suyo en la guerra, celosamente escamoteado por la familia.

La descripción de Laurencic me recuerda lo que Hannah Arendt llama la banalidad del mal (Eichmann en Jerusalén). Cómo un tipo tan polifacético, tan carente de ideales si no era vivir lo mejor posible, se entrega al mal deliberadamente, sin ningún escrúpulo.

Frouchtmann, para intentar comprender, se remonta al pasado familiar del personaje, a un padre que era editor de éxito, lo que le permite navegar un poco por aquellas legendarias revistas del cambio de siglo, aquella ilustración sobre viajes y países que hoy solo encontramos en los libreros de lance. No es baladí hacer esa incursión en el pasado porque, como se sabe, las constelaciones familiares pueden explicar algo. Aunque en este caso, parece que la gratuidad del mal que Alfonso Laurencic ejerció sin pena ni culpa, no tiene explicación psicológica.

Este libro, impecablemente editado, con fotografías y datos complementarios, remueve las memorias acomodaticias y, como un meticuloso escalpelo, nos introduce en la mentalidad y vida, ambigua y oportunista, de uno de esos artífices del horror que poblaron nuestra guerra civil.

 


Fer-se totes les illusions possibles, inédito de Josep Pla.

28 enero, 2018

(Este artículo ha sido publicado también en Entreletras)

Como en Lisboa no hay una librería Blanquerna, me manda mi amigo Mundet desde St. Pere de Ribes, el último libro que se acaba de publicar de Josep Pla. Juntos, hemos ido buscando libros catalanes por esas librerías de Barcelona, que van disminuyendo, lo mismo que lo hicimos por Lisboa hace años. El, que conoce la historia de España y su literatura tan bien como las catalanas, es quien ha ido ensanchando mis precarios, pero indispensables, conocimientos de la literatura catalana.

Hace un par de meses han salido a la luz las notas dispersas de Josep Pla que no llegaron a ser publicadas en su momento, interrumpida la edición de la Obra Completa en 1984. Ha habido que recurrir al inmenso AGA, Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, esos hangares desabridos, para recuperar todos esos documentos que allí dormitaban pues habían tenido que ser sometidos a la censura.

Las ediciones Destino, gracias al trabajo de Francesc Montero, nos han permitido conocer esa cara oculta de Pla, esa que desmiente esa presunta indiferencia política que le achaca una izquierda poco ilustrada. Fer-se totes les illusions possibles, se nos descubre ese Pla que era sensible a la situación general en España en general (“aquest règim d’abjecció de Franco”) y en Cataluña en particular, de represión y de ignorancia, de indiferencia de las élites económicas por la cultura, algo que aun hoy arrastramos, en mi opinión. “Ha sido (el franquismo) un régimen de jesuitas y de capellanes abstemios, inútiles y fanáticos, con todo el producto del puritanismo”.

Muchos de sus textos son de antes de la guerra y la mayoría de los años cincuenta y sesenta. Nos completan la idea de ese Pla algo desencantado, casi cínico a veces, “a los 19 años, casi todo queda (de la pasión) arrasado o destruido. Todo se hace administrativo, habitual, monótono e insignificante”. Aunque nos dice que “jo soc un candorós recalcitrant”, no un cínico “lo que llamamos felicidad no es más que una decepción razonable, sensata. Más allá no hay más que dolor y miseria”.

Su gran sensibilidad por la cultura catalana, por el hecho catalán, le lleva a esa advertencia “Es pot conquistar amb un arrauxament. Colonitzar implica intelligència, Espanya”. “Se puede conquistar en un arrebato, irreflexivamente. Colonizar implica inteligencia, España”. Ojala alguien leyera esta frase en Moncloa. Pla es un gran pesimista y cree poco en los hombres y muy poco en los catalanes, de los que dice, “el catalá actual és un producte de la decadència de Catalunya. La seva nota característica és un complex d’inferiritat, degut a la deterioració de la seva personalitat. El catalá no té pàtria i per tant és un ésser diferent, que no pot comparar-se amb els que en tenem. Perdé la pàtria, féu un gran esforç per tenir-ne una altra sense lograr-ho”. Por esa limitación el catalán, nos dice, es taciturno.

También hay notas desenfadadas, sinceras, sobre la literatura, como el breve retrato de Josep María de Sagarra, los comentarios sobre Léautaud, García Lorca, Unamuno, Fuster, de Josep Carner (le entristece enormemente su exilio en Bruselas), el muy irónico sobre Maurici Serrahima (“es tan rápido y eficiente que solo puede escribir banalidades”), Teilhard de Chardin (“que le vamos a hacer, era francés”),

Sus reflexiones siempre nos hacen pensar, nos sugieren otros caminos, como “se constata, a menudo, que la sensibilidad es más importante que la inteligencia. En general la inteligencia es una forma acusada de la memoria”.

Y sus descripciones del paisaje, de los pueblos, de las gentes del Ampurdán, de las que sus lectores hemos ido disfrutando a lo largo de toda su obra, de sus relatos de viajes, con esas pinceladas breves, que lo convierten quizá en el mejor escritor paisajista de esta piel de toro. “El cel era pàllid, de color d’oliva”.

Su sensualidad erótica, que también condenaban los censores, sus cartas pornográficas a A., Aurora, los recuerdos de las putas y burdeles, otros tantos temas que lo hacen incorrecto para los pudibundos.

Las páginas sobre la revista Destino son muy interesantes (Pla escribía hasta las falsas cartas de los lectores, la cuestión era llenar las cuarenta y dos o cincuenta y seis páginas semanales), sobre su organización, sobre el nefasto (Ignacio) Agustí, sobre todos los tímidos que allí escribían, según nos dice con ironía.

No pueden faltar sus comentarios sobre la alimentación, pues ya sabemos que era un apreciador de la cocina y de los productos, muy distinto del esnobismo actual tan extendido y de nuevos ricos. Léase su libro Lo que hemos comido, por ejemplo. “El vino español, hasta el de Rioja, no tiene ninguna importancia. Es un vino que no se puede tomar solo : siempre hay que comer algo. Los coñacs andaluces no tienen nada que ver con los coñacs auténticos; son una cosa destructiva. Los champans catalanes son contrarios al bienestar humano elemental y normalísimo. Las gentes del país beben este líquido porque este es un pueblo sobrio y, por tanto, aspira, a veces, a estar malo. Es fatídico”. El whisky (“cada artículo equivale a un número irrisorio de whiskys”), sin embargo, es “el líquid de la bondat, de la fantasia, de la imaginació”.

Pla es un espectador, nunca un moralista. Por eso quienes quieren juzgarlo solamente por sus posiciones políticas se encontrarán con su ironía, con su gusto por la paradoja y el humor, pero no un sistema y menos una línea de pensamiento, pues detestaba el clericalismo, el jesuitismo y la intolerancia. Como dice el editor, esto es un collage sin sistema y por eso precisamente se lee con gusto, especialmente cuando ya se han leído otros libros del escritor.

No sé si en estos tiempos de fobias tremendas este libro va a ser traducido al castellano. Pero no es difícil leer el catalán, con un buen diccionario al lado (recomiendo el de la Enciclopèdia Catalana, con 56.000 entradas), pues siempre hay palabras que afortunadamente se nos resisten. Por otro lado, aprovecho la ocasión por abogar porque los que hablamos español nos abramos al catalán, a su cultura, a su historia. Otro gallo cantaría si muchos políticos se asomasen a la ventana que da a Cataluña, con menos arrogancia y con más ganas de entenderse, con menos fatxenda.


Saudades de Barcelona

19 enero, 2018

                                              …y una ciudad muy amplia que se pliega en colinas

(Carlos Barral)

¿Eres tú, Barcelona,
vieja amiga de mis sueños liberales?
¿Qué se hizo de Barral,
de tantas memorias y saudades?

Te miraba, escuchaba, paseaba
bajo los plátanos de tus avenidas
-les avingudes buides de la tardor-
sombras de Orwell, aucas, ateneos,

por el Pí bajaba hacia el mar dorado,
ese mar que mira a Italia y Grecia.
Cruzaba gentes serias, amables, atareadas,
mientras rebuscaba viejos libros y tebeos.

No te quiero hoy hostil, de enemiga mirada,
sentirme extraño, indeseado,
no quiero que seas un lugar desafecto,
madrina perdida y añorada.

 

Lisboa, 19 de enero de 2018, con el eco de los que escribieron y amaron Barcelona, con recuerdos de Machado, María del Mar Bonet, Víctor Mora y Carlos Barral (el término ‘lugar desafecto’
lo tomó de TS. Elliot)

 

 


Esa izquierda portuguesa que apoya el secesionismo catalán (artº publicado en Crónica Popular.es)

25 diciembre, 2017

Crónica Popular.    En Portugal leemos con sorpresa cómo la izquierda, empezando por el muy veterano Partido Comunista, y siguiendo con muchos “opinionmakers”, se han puesto del lado de los independentistas catalanes. El periódico del PCP, Avante, publica el día 14 un artículo repleto de lugares comunes y de errores de bulto, titulado “Milhares em Bruxelas pedem democracia para Catalunha”. El literario quincenal, Jornal de Letras, sigue lamentando que los catalanes no tengan derecho a decidir. Así viene siendo desde finales del verano. Son impermeables, por desconocimiento o por mala fe, a las razones de la izquierda española y catalana. Creen que la revolución socialista va aparejada al independentismo, como regona el Colectivo Marxista de Lisboa.

Y lo peor es que nadie parece hacerles frente. Sólo Nicolás Sartorius ha tenido derecho a una entrevista, bien clara y contundente en el Diario de Noticias (edición del 7 de septiembre) y a una entrevista en televisión (el 20 de diciembre). En el semanario Expresso, la pluma de Angel Luis de la Calle ha mantenido el equilibrio, contando y analizando lo que de verdad está sucediendo. Pero otros periódicos, como Público y, en general, la izquierda portuguesa sigue a la CUP, a ERC (obnubilados quizá por las siglas y el adjetivo ‘republicana’).

Otros, que se supone deberían estar bien informados, comparan la situación de Cataluña a la de Kosovo, creyendo firmemente que Cataluña está oprimida. Como mucho, algunos articulistas, haciendo gala de una falsa equidistancia, equiparan los errores de Rajoy en la gestión de esta crisis con los de los extremistas nacionalistas. Detestan al PP y todo lo que vaya contra el PP y Moncloa es recibido con albricias.

Puede haber dos razones, casi de psicología de masas o psicología histórica. Una, que aun pervive un antiespañolismo histórico que les hace pensar en el Conde Duque de Olivares y en la fecha del 1° de diciembre de 1640, cuando Portugal restauró su independencia, mientras Cataluña quedaba en España. Pura transferencia psicohistórica.

La segunda razón, la más evidente, es una cierta schadenfreude, “alegría por el mal ajeno”. “España tiene problemas, así que no son tan poderosos”. Muchos, en todos los segmentos políticos, han sentido que España les “invadía”, les avasallaba (no es ajeno a ello, en efecto, el talante de arrogancia de muchos inversores, banqueros y empresarios españoles en Portugal, del que he sido testigo). Por eso ahora, el talón de Aquiles español, la eterna cuestión territorial, les regocija a bastantes.

Es evidente que las izquierdas, en general, tanto en España como en otros países, nunca entendieron bien el problema nacional y a menudo lo utilizaron de manera oportunista. Y lo siguen haciendo, como se está viendo en Cataluña.

Rosa Luxemburgo, judía polaca, de lengua alemana, cosmopolita (precisamente en el sentido que los nazis más despreciaban) lo tuvo muy claro desde el principio. Gramsci, tras algunas veleidades sardas de juventud, inmediatamente comprendió la argucia nacionalista. 

Pero gran parte de la izquierda europea parece haber perdido ese sentido internacionalista que surgió con la Ilustración y que la Tercera Internacional mantuvo (hasta que la Unión Soviética se atrincheró en la tesis del socialismo en in solo país). También ha perdido su espíritu jacobino, ese que ponía la soberanía nacional por encima de los particularismos del Antiguo Régimen y de los corporativismos.

A esto añadámosle que el gobierno español no sabe hablar, ni con los catalanes ni con nadie. Ni sabe comunicar, lo que añade otro inconveniente al entendimiento entre los catalanes y el resto de los españoles, y a que los europeos entiendan bien qué sucede en Cataluña. Mientras la batuta la lleven Santamaría, Rajoy o el muy vulgar Rafael Hernando, nada se conseguirá en la posible solución del conflicto.

Por el momento, una parte considerable de la izquierda portuguesa, que es más primaria que otras, menos original en su pensamiento y que tiene su dosis de antiespañolismo interno, sigue, pues, apostando por una España dividida.

 

(Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye, 22 diciembre 2017 en Crónica Popular)


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