Dos libros alemanes contra el olvido

No podría haberlo hecho solo. Lo sé. No sin los ayudantes y los indiferentes.

George Steiner

Se han cumplido el pasado día 10 de noviembre 84 años de la Noche de los Cristales Rotos, Kristalnacht, cuando los nazis organizaron un enorme pogrom por toda Alemania. La memoria cuesta. El profesor de psiquiatría de la Universidad de Barcelona que fue don Emilio Mira y López, exilado tras la guerra, resumía así los cinco factores que influían en qué se recuerda y cómo se puede testimoniar de un hecho o suceso personal o social:

  1. Cómo es percibido.
  2. Cómo se ha conservado en la memoria.
  3. Cómo se es capaz de evocarlo.
  4. Cómo se quiere -si quiere- expresarlo.
  5. Cómo se puede expresarlo.

Las dos fases de la memoria, conservación y evocación, han sido objeto de estudio con las denominadas “curvas del olvido”, el embotamiento de los recuerdos neutros, y las “curvas de represión” u olvido forzado de los recuerdos emocionales.

La amnesia cumple un fin de defensa psíquica, nos dice este psiquiatra, y recuerda que Freud le daba más importancia al olvido forzado porque responde a la represión, que es sinónimo de inhibición, dificultando la evocación de los recuerdos. Según el profesor Mira no existen percepciones neutras, fáciles de olvidar, sino que se reprimen determinados recuerdos, una voluntaria amnesia emocional por repugnancia a lo que sucedió, por horror o por remordimiento.

En ese “no acordarse” o “haber olvidado”, que es la excusa de muchos acusados, sean delincuentes o meros testigos de lo que pasó, confluyen factores intelectuales, afectivos y cognitivos:

o La ignorancia o falta de cultura.
o El desafecto o indiferencia.
o El no saber cuál va ser la consecuencia.

En el caso del Holocausto y la indiferencia o colaboración activa o pasiva de la población (alemana, austríaca, francesa, etc), se dan los cinco puntos arriba mencionados:

  1. el antisemitismo ancestral, que genera
  2. indiferencia, desafecto, y
  3. el no querer saber más, por
  4. la falta de cultura y de conocimientos de la población, adormecida por la propaganda, para después
  5. no poder expresarlo en un ambiente de postguerra, derrota y ruinas.

Todos estos mecanismos del olvido deliberado o del alegato de “no sabía” son perfectamente aplicables a lo que nos describe el libro de Géraldine Schwarz, Los amnésicos (que podría titularse los conformistas). La autora, franco-alemana, ha dejado constancia de toda la evolución del pueblo alemán desde el nazismo hasta la caída del muro de Berlín siguiendo algo muy cercano, su propia familia, desde sus abuelos, típicos conformistas o mitläufers (su abuelo compra la fábrica a precio de saldo a unos judíos que deben huir) hasta su padre, nacido en 1942, que intenta limpiar ese pasado familiar contra el olvido deliberado.

En Alemania, y mucho más en Francia, Italia y sobre todo Austria, resultó tras la guerra que casi nadie reconocía que había sido colaboracionista, fascista o nazi. Y la mayoría “no recordaba”, aunque hubieran visto desfilar filas de judíos escoltados por soldados alemanes o por gendarmes franceses. Pero la diferencia es que Alemania, poco a poco, sí ha hecho su revisión del pasado, sí ha examinado su memoria histórica, aunque se tardó años y sólo a partir de los sesenta se comienza a investigar en serio el pasado y acciones de muchas personas que parecían estar por encima de toda sospecha . También se comprende pues las preocupaciones primordiales de los alemanes en la postguerra eran la alimentación y la reconstrucción. Además, cuando celebridades como Heidegger, u Ortega y Gasset en España (ver La pluma del cormorán, nov 2021), o la Iglesia protestante o la católica, no dijeron nada ni expresaron públicamente nada sobre el Holocausto, los campos o las persecuciones, ¿por qué habría que exigir a los meros ciudadanos de a pie que fueran más conscientes?

Un libro complementario a este es el de Maxim Leo, Historia de un alemán del Este, que no creo haya sido traducido al español. Maxim Leo nos habla de su familia, de su abuelo Gerhard, judío alemán asimilado, que lucha en la Resistencia francesa y luego forma parte de la élite de la Alemania del Este, y del otro abuelo, Werner, que fue nazi y luego se hizo comunista. En la RDA no se hizo la expiación ni el ejercicio de memoria pues oficialmente el nazismo parecía sólo haber existido en la otra Alemania, la capitalista. El muro era considerado por Gerhard como un muro para defenderse del fascismo del Oeste. La otra abuela, la de Werner, es muy expresiva cuando él le pregunta si supieron en la época de los crímenes nazis (contra los judíos), “no nos hemos preocupado”, responde. Y cuando desaparecen una compañera suya del colegio así como la profesora, ambas judías, dice “es así, no nos hicimos preguntas, quizás porque nosotros también teníamos miedo”. Exactamente algunos de los mecanismos que describe el profesor Mira, miedo, indiferencia y desafección.

Qatar, amnistiado por el fútbol

Cuando estamos siempre dispuestos a boicotear Estados por no cumplir las mínimas reglas de civismo, libertad y derechos, resulta que no importa que Qatar persiga a los homosexuales, trate a los trabajadores inmigrantes prácticamente como esclavos (como la kafala, que permite a los empresarios deportar trabajadores o impedirles su salida del país), o que sea un nido de corrupción financiera y de lavado de dinero. Nada nos aparta del fútbol, al precio que sea. La FIFA, que no es precisamente lo más puro del mundo, está feliz. Sólo algún aguafiestas -además no calificado- como Noruega prometió boicotear el campeonato desde el inicio.

El doble rasero de nuestra opinión pública, de la prensa y de los políticos es apabullante.

Cuando se derriban estatuas de exploradores, de españoles como Cervantes, de Colón, por esas Américas y alguna ministra española lo ha justificado, cuando hay científicos y profesores israelíes a los que se les impide dar conferencias en universidades americanas o inglesas, cuando la intolerancia de los bienpensantes políticamente correctos reverbera por doquier, resulta que Qatar es ideal y lo que importa es quién va a jugar en la selección, no si hay que aceptar jugar en ese país. Y eso es así para la prensa liberal como la conservadora, todos los medios acríticos y entusiasmados con el Mundial 2022. No pasa nada, no hay ni siquiera un ápice de duda. Hasta hay quienes dicen que este Mundial va a hacer mejorar la situación de derechos humanos, de la mujer y de los gays en los países del Golfo. Ilusos.

La longa manus de Qatar es muy poderosa y ya ha ido neutralizando los críticos potenciales. Ya en su día la consultora Burson-Marsteller asesoró a la Junta militar argentina para que contrarrestase la mala imagen (30.000 desaparecidos, miles de presos y torturados), infiltrando los medios de comunicación.

En España estamos muy contentos con el Mundial de Qatar y en Barcelona, más aún, pues como dice La Vanguardia hoy, hay 16 jugadores blaugrana en la selección española. Pelillos a la mar.

La paradoja de Rusia, que tendrá su catarsis

Cuando se entierra una época

No se canta el salmo de los muertos

Anna Ajmátova

Así como Franco fue el muro contra la modernidad y la libertad, y paradójicamente el franquismo modernizó España, es posible que el desastre en que se está metiendo Rusia termine bien para ella, tras una dolorosa operación.

Los rusos, adormecidos por decenios, si no por siglos, de tiranía, de zarismo, estalinismo, oligarcas y capitalismo salvaje, quizás despertarán al bajar por esta espiral de Putin hacia el Infierno. Allí encontrarán la sala de los violentos corruptos, la de los defraudadores, la de los asesinos de Katyn (donde eliminaron a la élite del ejército polaco), de Bucha y Mariúpol, la de los hipócritas de la Iglesia Ortodoxa, y descenderán a más salas, cada vez más oscuras, horribles, impredecibles.

Pero los rusos, al final, guiados por Anton Chéjov, podrán salir de esa visita siniestra al Infierno aunque tendrán que pasar por el Purgatorio para salir a la superficie y descubrir cómo ha quedado su país: devastado moralmente. Los rusos habrán devastado Ucrania, pero Ucrania los hundirá y, paradójicamente, los sanará.

La Historia tiene estas cosas: el Holocausto ha sido la catarsis de Alemania y de todo su pasado nacionalista prusiano, después continuado con el nazismo. España pasó su catarsis de la guerra civil y hoy, pese a que somos irredentos y difíciles, ya no se nos pasa por la cabeza volver a una guerra (en el siglo XIX tuvimos cuatro, la de Independencia que tuvo bastante de civil, y las tres carlistas. La guerra de Secesión americana fue el inicio de la liberación, larga, dura, difícil, de la población negra.

Los pueblos no aprenden sólo con la historia sino con el desastre. Japón es un ejemplo. Los rusos, hoy alienados, despertarán.

Y ello será como tras la guerra contra Napoleón, con los Decembristas. Alguien surgirá en Rusia que le devuelva el honor perdido. Alguien en la tradición de Chéjov, de Anna Ajmátova, de Ossip y Nadia Mandelstam, alguien levantará el velo, como el dramaturgo lo hizo en la isla penitenciaria de Sajalín o Anna y Nadia en sus versos.

La paradoja de Putin será que su militarismo sanguinario, despiadado hasta con sus soldados, traerá como secuela la destrucción y marginación paulatina de la economía rusa, la desintegración social, el deterioro ambiental, la miseria moral; terminará enterrando el nacionalismo agresor ruso.

Quiero creerlo en honor de tantos rusos que nos han embellecido la vida, nos han enseñado y nos han civilizado, desde Tchaikovski a Stravinski, de Diaghilev a Stanislavski, de Pushkin a Tolstoi, de Andrei Sajárov a Marina Politovskaia, miles de rusos que históricamente han honrado a la Humanidad frente al terror, la dictadura y la guerra.

El patriotismo metafísico ruso

El hombre siempre ha querido encontrarle un sentido a la historia. Filósofos e historiadores han elucubrado sobre el devenir histórico, elaborado teorías sobre sus motivaciones, desde la religiosa, la del homo sapiens, la naturalista del homo faber, la de la decadencia y, finalmente, la ética de los valores y la responsabilidad (Max Scheler).

Hemos querido siempre encontrar un sentido al devenir histórico, un devenir de progreso (o decadencia, como proponía Spengler). Es muy difícil encontrar una razón a la historia, aunque Marx se esforzarse en definir unas ‘leyes’ y Hegel, otras. Ni lucha de clases, ni imperialismo, ni liberación. La razón también nos ha abandonado para explicarnos qué ha sucedido. No sirven Spengler ni Ranke ni Hegel ni Marx.

Todos se esfuerzan en encontrar las causas ideológicas, económicas, geopolíticas, incluso bucean en la psicología de Putin y su entorno exKGB. Pero todo parece inexplicable. No sabemos cómo enfrentarnos eficazmente a esta invasión sin hacer uso de las armas, es decir, sólo a base de teorías, palabras o diplomacia.

Marx consideró la evolución histórica como la lucha de clases para explicar la dinámica del mundo. Más que fijarse en el individuo y en su libre albedrío, puso el acento en la clase social, en la función histórica, mientras Hegel y otros ponían el énfasis en el historicismo metafísico, con el espíritu de una nación, el carácter de un pueblo que incluso, en otros autores eran referidos a la raza y rasgos espirituales, como si un poder misterioso, oculto, guiase los destinos de los pueblos.

Las diversas teorías de la historia no nos sirven para explicar o entender las causas profundas de esta guerra, más allá del afán de Rusia de hacerse con las riquezas de Ucrania o el odio de Putin a Occidente. Pero eso no explica por qué el pueblo ruso está a favor de la guerra: hay alguna causa más profunda, menos evidente. Pero parece que hay más metafísica que materialismo en la interpretación de por qué los rusos apoyan a Putin y la guerra.

¿Los rusos tienen libre albedrío? Parece que secundan mayoritariamente la invasión de Ucrania con las masacres, destrucción, deportaciones, que se siguen. Podríamos aventurar -es decir, suponer, presumir- que la inmensa mayoría de los rusos adolecen de manipulación y de ‘disonancia cognitiva’. Pero no está claro, quizás estén fervorosamente apoyando la guerra, en su inmensa mayoría. Es lo que parece y aparece y sólo una élite ha salido del país o resiste en el interior, una élite urbana de San Petersburgo y Moscú, históricamente separada, distante, de su propio pueblo, que no lo representa, desgraciadamente.

Marx escribió mucho sobre la alienación en el capitalismo, pero el fetichismo del pueblo ruso supera todas las previsiones. No es casualidad que la iglesia ortodoxa rusa, la más reaccionaria, fetichista y medieval del planeta, apoye la invasión, escenificando exactamente aquello que dijo Marx del ‘opio del pueblo’. El pueblo ruso, a pesar de estar al parecer relativamente educado (tasa de alfabetización, enseñanza de la música y la ciencia, etc), está profundamente alienado. ¿O no? Quizá es perfectamente consciente y que anexionar Ucrania forma parte de su espíritu histórico, de su código genético, ese espíritu del pueblo que defendían los filósofos idealistas -y nacionalistas- alemanes de finales del XVIII.

La sociedad civil de Rusia, si es que existe, está plenamente anestesiada por el poder del Estado y de los oligarcas y grandes empresas, nunca ha vivido una verdadera democracia ni ha tenido acceso a una verdadera libertad de expresión, prensa y comunicación. La solidez de Rusia es su estolidez. Un pueblo apático, resignado, es la base, el cimiento sobre el que se asienta la tiranía.

Quizás debamos pensar en otros métodos de interpretación, como la Teoría de los juegos o la teoría de las decisiones interdependientes. Por ahora, no les va demasiado mal, no sufren mucho con las sanciones (¿qué les importa que no haya Mac Donalds o BMWs?) Su economía, según informa The Economist, se está comportando asombrosamente bien: venden más automóviles, no hay escasez. Los rusos piensan que anexionar Ucrania es un buen negocio, que son fuertes frente al detestado Occidente y se ven encarnados en sus héroes como Alexander Nevski, y conservan una especie de patriotismo metafísico sólo que ahora luchando contra Occidente.

Como cualquier inversor, que cualquier capitalista, se pueden estar equivocando en sus decisiones pero como la bancarrota vendrá bastante después les da igual por ahora. Y el que la suya sea una causa perdida y suicida no quiere decir que a corto plazo vayan a cambiar. Ni son sensibles a la moral ni a la razón. Por eso resultan patéticas, casi ridículas, las pías y melifluas llamadas a la paz del Papa o del Secretario General de la ONU.

La guerra en Ucrania probablemente no la gane Putin, pero tampoco la van a ganar los ucranianos, aunque dentro de 20 años sean miembros de la UE, como se les promete (¡magro y lejanísimo consuelo!). El fin de la guerra no se vislumbra, hasta la destrucción total o casi total de los dos.

Hay además algo enfermo, mórbido, algo perverso en Rusia: un pueblo infeliz, triste, machacado históricamente, cuya revancha es machacar a otro pueblo en vez de rebelarse.

El lavado o pintura verde de REPSOL

El lavado verde, greenwashing, que intenta REPSOL con su campaña publicitaria Reforestar para garantizar el bienestar del planeta (ver www.fundacionrepsol.com) debería levantar ciertas dudas en la opinión pública acerca de la sinceridad de esta empresa, que sólo en 2022 ya ha protagonizado tres incidentes:

  1. Perú, fuga de petróleo de un barco contratado por REPSOLen la costa al sur de El Callao, en la refinería de La Pampilla, que la empresa atribuye a un “fenómeno natural inesperado”, en enero de 2022, sin que la prensa española haya dicho casi nada al respecto. https://www.ft.com/content/b74987a3-bda4-4d8c-a134-1307ce32e70e
  • Emisión de fuego y gas quemado en el Mar del Norte, lo que Noruega ha prohibido, pero REPSOL sigue haciendo en aguas británicas. La empresa ha comunicado que redujo esta quema en un 34% desde 2010 a 2018 y que se propone reducir otro 10%. Por cierto, REPSOL está asociada en el Mar del Norte a la muy discutible empresa del Estado chino SINOPEC. Ver: https://www.ft.com/content/a20fc5e4-b02b-4e39-a68c-bf48a2c55968

Pero si REPSOL quiere hacer su “lavado verde” puede empezar por algo muy fácil como es limpiar los bordes de su gasolinera en La Carlota, provincia de Córdoba (España), que están llenos de basura, detritus, plásticos y suciedad, acumulados desde años a tenor del olor y podredumbre, a tal punto que da asco dejar el auto estacionado (renunciamos a repostar y fuimos a otra gasolinera).

Pero por el momento parece que REPSOL prefiere la publicidad a la transparencia y a la comunicación real de dónde, cómo y con quién extrae el petróleo y el gas.

João, un taxista de Lisboa (décimo retrato lisboeta)

«Mi padre sólo me dejó las calles para pasear”,

meu pai só me deixou as ruas para passeiar«

El viernes pasado iba yo a A Voz do Operário, en Lisboa, donde se alberga el Samambaia, un agradable local brasileño de copas, tapioca y música; el taxista era de los que hablan. No de política, sino de la vida. Y así, con esas conversaciones pasajeras, descubrimos un poco la vida real de los portugueses, a trozos, por entregas, prestando el oído a personas que hablan sin cansarnos y que no repiten lugares comunes. Un paréntesis para que el lector sepa qué es A Voz do Operário:

[A Voz do Operário, en el barrio de Graça -uno de los menos afectados por el hiperturismo- fue fundada hace siglo y medio como una organización filantrópica. Desde un pequeño ambulatorio donde había un practicante hace tiempo, hasta actividades culturales y de barrio. Hoy está en manos del PCP y dedica las páginas de su mensual del mismo nombre a defender a Putin y atacar a Ucrania”. Ya se les pasará.

A Voz do Operário ocupa un singular edificio, uno de los emblemas del barrio].

Lo interesante de mi recorrido fue la historia del taxista, al que llamaré João. A lo único que es fiel João es al Benfica, afirma rotundo. Si no, no pertenece a ningún partido y no le gusta ninguno. Hizo la tropa, el servicio militar, en septiembre de 1974, después del 25 de abril, “para defender la libertad, y ahora es esto”. “Ya no hay respeto”, concluye.

Es del mismo barrio de Graça y su abuela, mozambiqueña, era la jefa de las limpiadoras de A Voz do Operário, precisamente. Él empezó a trabajar a los nueve años, y ahora tiene 69. No envidia a nadie, pero se escandaliza por esos que cobran nueve mil euros al mes en algunos bancos sin hacer nada. “No sé de dónde sacan el dinero, pero no suena bien”. La desigualdad social en Portugal es cada día más grande a pesar de un gobierno que responde a las siglas del Partido Socialista.

“Mi padre sólo me dejó las calles para pasear”, “só me deixou as ruas para passeiar”, pero no pasa nada, siempre ha trabajado y el mejor empleo fue el de distribuidor de neumáticos Continental por todo el Alentejo.  Conducía, cargaba y descargaba, él solo, sin más ayuda. El patrón tenía nueve camiones pero a él y otros chóferes sólo les pagaba a destajo, tantos neumáticos distribuidos, tanto dinero. Al final ganaba bastante, 1500 escudos y encima, cada mes, el patrón de daba cinco contos, cinco mil escudos. Pero no cotizaba a la seguridad social, así que no tiene casi pensión y por eso debe seguir trabajando. Además, le gusta mucho conducir, es lo que más le gusta. Pero sobre todo conducir camiones. Él llevaba un Hanomag, un camión que ya no existe y todavía recuerda lo feliz que era por esas hermosas carreteras alentejanas, bordeadas de cipreses y pinos[1], cuando las carreteras eran para viajar viendo el paisaje.

A João hace unos años le quitaron medio pulmón. Es que fumaba paquete y medio, maço e meio., reconoce. “Era como conversar con uno mismo, entre cliente y cliente”. Pero ya no tiene problema, está flaco pero tiene salud. El cáncer no ha vuelto.

“Este país podría ser de los mejores de Europa, del mundo no porque es muy pequeño, pero tenemos de todo, buena comida, buen vino, buen clima, um jardim à beira do mar”, me dice, citando a Camões. “Pero no, no ha podido ser”. João no acusa a nadie, lo da por sobreentendido. La democracia que trajo el 25 de abril no deja de decepcionarle.

Tras seguir por un itinerario raro pero hábil -yo aprendo mucho con los taxistas-, bajando por Almirante Reis y girando a la izquierda en la esquina donde estaba el cine Lys, para subir por calles recoletas hasta la rua Damasceno Monteiro, llega justamente al Largo de Graça -es un excelente conocedor de Lisboa, treinta años en el oficio- y me deja en la calle, en la rua da Voz do Operário, una de las más bonitas de Lisboa. Ha anochecido, relucen los rieles del tranvía a la luz suave, antigua, de las farolas, y al fondo se ve el Mar da Palha. La iglesia monumental de São Vicente da Fora vela en silencio sobre todo el caserío.


[1] Salga el viajero de las trilladas y caras autopistas y recorra el Alentejo por las carreteras antiguas, sin prisas, para apreciar el país.