La estética de la resistencia, de Peter Weiss.

14 septiembre, 2018

Peter Weiss (1916-1982), dramaturgo y escritor alemán, exiliado en Suecia, judío, nos ha dejado, entre decenas de obras de teatro de las que muchos recordarán Marat-Sade– algunos libros sobre su vida y su época.images-2

La estética de la resistencia aborda tres grandes temas,

  1. La ascensión del nazismo y la resistencia alemana contra él.
  2. La progresiva burocratización del comunismo y la represión estalinista.
  3. La tragedia de los refugiados, brigadistas, exilados, apátridas, deportados.

y se despliega en tres escenarios que se entrelazan en los tres libros o partes de la obra:

  • la lucha antifascista (Brigadas Internacionales, actividad del Partido Comunista alemán y resistencia antinazi en Alemania, incluida la Orquesta Roja),
  • la historia antigua y contemporánea descrita a través de obras de arte, como los frisos de Pergamon, cuadros y libros, la colonización, la lucha histórica de los proletarios hasta donde alcanza la memoria, además de referencias concretas a los sucesivos pactos que dan oxígeno a Hitler, el Pacto de No Intervención, el Acuerdo de Munich, el Pacto Germano Soviético, etc., y
  • su trance vital, personal, la persecución, deportación y exilio de sus padres, la muerte de su madre, la vida de los refugiados en Suecia, los apátridas de toda procedencia, las dudas, la decepción y la desorientación ante los acontecimientos.

Es un libro que interesará sobre todo a quien quiera saber de primera mano qué es lo que sucedió con la hecatombe nazi y la práctica desaparición del comunismo alemán en los años treinta del pasado siglo. Conocer la gran crisis personal y colectiva de tantos comunistas de todo el mundo debida a los procesos estalinistas de Moscú de 1937 y al Pacto Germano Soviético (que conlleva la devolución de comunistas alemanes refugiados en la URSS a los nazis, pág. 794), o la guerra fino soviética. Las vicisitudes de tantos resistentes, como la del comunista alemán Münzenberg, asesinado en la Francia ocupada no se sabe si por sus propios camaradas, etc.

Hay una desolación, pesadumbre en toda la obra, entre el olvido y la memoria, esa sensación de perderlo todo, desde la nacionalidad, hasta los ideales. Pero no hay pesimismo o inacción ya que, a pesar de que “se hablaba mucho de la desaparición de la perseverancia” que Weiss, opone una resistencia ética y estética.

Por la obra, una especie de coro a múltiples voces, con algo de técnica teatral, circulan personajes como Max Hodann, el médico alemán que fue siempre su mentor, Rosalinde Ossietzky, la hija del pacifista que muere de tuberculosis en un campo de internamiento alemán, Charlotte Bischoff, la comunista alemana que al final Suecia no devuelve a los nazis (devolvió a muchos) pero que vuelve a la Alemania nazi clandestinamente para continuar la lucha con la Orquesta Roja, Rote Kapelle, con Hans Coppi (“nuestro Rimbaud”), Schulze-Boysse, Harnack, y muchos otros, (ella había sido apedreada por los obreros suecos tras el Pacto Germano-Soviético). Evoca a la poeta sueca, comunista, Karin Boye, que se suicidará. Nos quita la venda sobre esa presunta neutralidad sueca (marcaban los papeles de los judíos alemanes con una ‘J’, por ejemplo), con sus pingües negocios de acero con el Reich, con su mirar para otro lado, con la antipatía generalizada hacia los refugiados comunistas y judíos, que empieza a cambiar un poco tras el desembarco aliado en 1944. Hasta pudo ver a Antonov Ossenko, a quien recogió en el Grand Hotel de Albacete, “un automóvil, señal de que junto al embajador Rosenberg les habían ordenado el regreso a Moscú” (ya sabemos para qué).

“Nosotros, los rezagados, dejamos de preguntar por los que habían sido fusilados en los sótanos” (pág. 347), dice, cuando en plena guerra española “el mundo ha aceptado la anexión de Austria a Alemania sin protesta alguna”, y simultáneamente en Moscú Vichinsky hace condenar a la muerte a los revolucionarios rusos.

Arte y política.-

Tal como empieza describiendo los frisos del museo berlinés de Pergamon, la obra es un bajorrelieve de lo que fue la primera mitad del siglo XX

y también una defensa de la herencia cultural, sin la cual no hay revolución válida. Se expresa el deseo de seguir hacia delante, sin lamentarse demasiado sobre el pasado y definiendo el heroísmo (ese que aparece en el Pergamon), como la sencilla tarea de hacer lo necesario por las ideas.

Weiss indaga en la dialéctica entre arte y política. Al describir los cuadros pretende confirmar la interacción entre poetas, literatos y artistas que siempre ha producido resultados revolucionarios. Sus análisis de obras de arte –Weiss era también pintor y dibujante- en su contexto histórico, como La Balsa de la Medusa de Géricault le sirve para mencionar la expedición colonial francesa al Senegal, La Loca Meg o Dulle Gret, de Brueghel, para la lucha de las mujeres, Delacroix, para la revolución. El Guernica, Goya, Wenzel Hablik –el monumento al trabajo y al trabajador-, Koehler, Van Gogh, la Melancolía de Durero, símbolo para él de la época. Su técnica es brechtiana, es decir, va señalando, mostrando, los detalles de las pinturas, un poco como hacían los juglares o los romances de ciego, en ese indicar, zeigen, explicando su contenido, los paralelismos. Es un puro análisis de materialismo dialéctico, accesible, claro, incluso erudito.

La crítica estética es muy importante porque Weiss desmonta la posibilidad de que el arte sea utilizado por el poder, como pretendió el nazismo, donde el arte “no era un auxiliar de la política”, sino que se convertía en “la pieza maestra del programa nazi”. Peter Weiss deconstruye, por así decirlo, las obras de escritores y artistas, para demostrar que el verdadero arte, la verdadera literatura son, efectivamente, una estética de la resistencia.

El segundo capítulo del Segundo Libro, más de cien páginas, está en gran parte dedicado a su gran maestro, Bertolt Brecht, que trabaja entonces, en Estocolmo, en Madre Coraje, ambientada en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que siempre fue un símbolo histórico de la destrucción de Germania por las luchas civiles, religiosas y las invasiones de las potencias extranjeras, principalmente Suecia y Francia. Bertolt Brecht, del que encomia su libertad intelectual y que opera “transfiriendo nuestra pesadumbre actual a la confrontación con las circunstancias de entonces”.

Mientras, Weiss se adentra en la historia de la rebelión de mineros sueca del siglo XIV protagonizada por Engelbrekt, que fue otro de los proyectos de Brecht, no concluido. Esto le sirve para trazar el paralelo entre la situación histórica de Suecia y su ambigüedad frente al nazismo. Como él decía, cuando se ocupaba de temas históricos era para relacionarlo con la actualidad.

También son importantes sus comentarios literarios, principalmente sobre Kafka, Céline, Canetti, Esquilo, Maiakovski, Holderlin, Ehrenburg, Lorca, incluso sobre el menospreciado –erróneamente, según Weiss- Eugène Sue, con sus Misterios de París, ese viejo París que desapareció y que él intenta redescubrir en el Museo Carnavalet (por cierto, Pío Baroja, en sus memorias, habla mucho de esas viejas calles, antes de construir los grandes bulevares, como el de St. Germain).

Los lugares.-

Evoca ciudades como Madrid y El Pardo, por boca del capitán comunista Ignacio Gallego (que era de Siles, provincia de Jaén), a quien conoció personalmente, quien le cuenta su salida de España, su internamiento en Orán y en la meseta desértica argelina, maltratado por los franceses hasta su liberación para poder exilarse en la Unión Soviética. Describe el sombrío París donde llegan –mal vistos, “licenciados de la República española, en proceso de descomposición y habiendo llegado al atardecer …”, – los brigadistas que salen de España. El recuerdo de Valencia, con sus edificios, sus tiendas y plazas, el Tribunal de las Aguas que sigue funcionando durante la guerra. La Barcelona de Gaudí. El castillo de Denia, con el paisaje que se tendía a sus pies hasta el mar (hoy ya no es más que un siniestro conglomerado de arrabales turisticos y urbanizaciones), le da pie para una sabia digresión sobre el significado del helenismo y sobre Heracles (Hércules). Incluso, volviendo a Brecht, alude a Los fusiles de la señora Carrar (1937), inspirada en nuestra guerra civil.

A los españoles nos interesará doblemente porque cuenta con detalle de su experiencia muy personal en las Brigadas Internacionales (“aquí, en el paisaje de don Quijote”), en las que estuvo en Albacete, en La Cueva de la Potita, y en Denia, en el hospital instalado en el chalet ‘Villa Cándida’. Había entrado a pie por La Junquera, pasando por Calella, Barcelona, Vinaroz, en vagones de tren de madera hasta Valencia (“donde el barroco se ve hasta en las balaustradas”). Describe los momentos de esperanza de las batallas de Teruel y del Ebro, la partición de la España republicana tras la toma de Vinaroz por los franquistas en abril de 1938, “mientras la cúpula militar se peleaba” (pág 354). Se detiene largamente en las luchas entre comunistas, anarquistas y trostkistas. Sus afirmaciones, corroboradas desgraciadamente por los resultados, resultan esclarecedoras: “Todo el capital se une en torno a un único, irrefutable argumento de tanques, artillería y escuadrillas aéreas, pero aquellos que defienden la República, están desunidos…”

La vida cotidiana en La Cueva de la Potita, establecimiento sanitario en las afueras de Albacete, con los problemas humanos que no dejan de surgir, los egoísmos, la represión sexual de los soldados, la diferencia entre el brigadista de origen burgués y el de origen obrero pero todos unidos en la solidaridad con España (a la que llama ‘nuestro país’). Evoca la energía combatiente, militar, de los brigadistas que dejan sus vidas, en contraste con las intrigas de los políticos tanto en España como en Europa, “las intrigas de los poderosos habían acabado con el resto de voluntad que quería rebelarse”.

La reflexión sobre la lucha. El precio.-

Weiss aborda esos conceptos a menudo demasiado manoseados y mal usados, como heroísmo, libertad, clase social, idealismo, deber militar. En este sentido, La estética de la resistencia es también un auténtico ensayo filosófico.

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Peter Weiss en Suecia, 1941, foto de Curt Turpte

En lo familiar y más cercano, los sufrimientos de sus padres en la primera parte del Libro Tercero, deportados, salvados casualmente del exterminio porque el padre poseía la Cruz de Hierro por la I Guerra Mundial, es sobrecogedora. La enfermedad mental y muerte de la madre ya en Suecia es un auténtico kadish que me recuerda al de Allen Ginsberg a la suya, Naomi, también enferma mental –obsesionada con una manía persecutoria de los nazis- y también comunista.

La parte final está dedicada a sus reflexiones sobre el exilio y la resistencia, sobre todo del médico Hodann, y a los resistentes alemanes torturados y ejecutados por los nazis en la prisión de Plötzensee, Berlín, con sus últimos momentos, la pánfila intervención del pastor Poelchau y el estólido funcionario de los cadalsos Schwarz, o el cumplidor y metódico verdugo Röttger que” le gustaba hablar de una misión que equiparaba a las tareas del clérigo”.

Libertad de pensamiento. La verdad incómoda.-

La obra es un canto a la libertad de pensamiento, por la libertad del hombre. Contra el fascismo pero también contra las jerarquías burocráticas de los partidos comunistas y su falta de visión, en particular la del KPD, que era inicialmente, nos dice Weiss, una institución al servicio de la razón.

Explica cómo la jerarquía soviética fomenta la división de la clase obrera, lo que facilitó el ascenso de los nazis, “las degeneraciones en el Estado surgido de la Revolución de Octubre habían sumido en la parálisis y el anquilosamiento no sólo al país sino a la totalidad del movimiento obrero”. Pero hay que tener en cuenta que el KPD tenía muy reciente la memoria de cómo el socialdemócrata Noske había ahogado en sangre la revolución spartakista de 1919.

“Nosotros no somos reconocibles como individuos, sólo existíamos dentro del movimiento de los trabajadores, y cuando éste se desintegró con sus discordias, se dejó ver toda nuestra debilidad (…) Por habernos convertido en alguien sin rostro, irrelevante, porque ya no podemos construir ningún Estado con lo que un día fue nuestro orgullo, no he hablado de nosotros en primera persona, sino de quienes tienen nombre”.

El libro concluye con la esperanza de que Alemania pueda resurgir, “la cultura tendría que ser devuelta a Alemania después de un largo periodo de deshonra”. Pero ya está el Acuerdo de Yalta en marcha, que coincide con la escisión total de la izquierda, entre comunistas y socialistas (salva entre otros a Willy Brandt, “que durante más tiempo se había aferrado a la idea de un Partido Socialista unitario”).

“Precisamente este país que había conducido a la muerte a millones de personas, necesitaba ahora a quienes eran capaces de dudar, de quienes no querían someterse más al mundo de sus padres, a los preceptos de los patriarcas” (como Max Hodann, el médico y brigadista, que tras la guerra morirá en la calle, en el suelo, en Suecia, ignorado por alemanes y suecos, que no le reconocieron su titulación, siendo como era discípulo de Freud, “tuvo que aceptar que que se le calificara de renegado, por no decir de traidor”)

Weiss.-

Peter Weiss forma parte para mí de lo que se ha dado en llamar el ‘Genio alemán’ (Peter Watson, HarperCollins, 2011) una contribución esencial a la memoria alemana. No es casual, dado su marxismo, su posición crítica e incómoda, para los bienpensantes de ambos lados que su obra haya sido poco estudiada en comparación con la atención prestada a Heinrich Böll, Günter Grass o Hans Magnus Enzersberger. No sé si este libro se lee mucho en Alemania, pero casi debería ser de lectura obligada en las escuelas porque eleva el nivel moral recordando que no toda Alemania fue nazi (aunque ya se sabe que los alumnos suelen cogerle tirria a las lecturas obligatorias).

Es un libro largo, denso, muy bien escrito, en grandes bloques, y a menudo con párrafos largos. En los escenarios se intercalan, se superponen, a veces interfiriendo deliberadamente en la narrativa, con recuerdos, evocaciones, reflexiones. Su complejidad se corresponde perfectamente con los acontecimientos. La forma narrativa acompaña lo narrado perfectamente. No es, evidentemente, un libro fácil ni es una novela ¿pero hay alguna gran obra que sea fácil? ¿Es fácil el Quijote, en toda su profundidad, son fáciles Guerra y Paz, Vida y destino, Conversación en La Catedral o Rayuela?

La edición (Editorial Hiru, Colección Las otras voces, Hondarribia, 2013, 1085 páginas) está bien cuidada, es íntegra, y es de agradecer que los editores hayan invertido en esta obra esencial para comprender el siglo XX, aunque a veces surjan algunas dudas sobre la traducción de la tercera parte, (Mercado de los Gendarmes, por Gendarmerplatz, por ejemplo, cabellera ‘frondosa’, “confidente de”, por “confiando en” -1056-, etc.). Sería deseable para este gran ensayo histórico y político, un índice analítico de personas, todas reales, obras y lugares citados, dada la riqueza y enjundia de esas páginas. Importante es la obra sobre Peter Weiss, coordinada por César de Vicente Hernando, también editada por Hiru (Peter Weiss: una estética de la resistencia, 1996).

Complementaria de este libro es La indagación, Oratorio en once cantos (Grijalbo, Barcelona, 1965), obra dramática que resume el juicio de Auschwitz que tuvo lugar en Frankfurt, incidiendo en lo que Hannah Arendt llamó ‘la banalidad del mal’. La concisión del lenguaje, su sequedad forense, hacen aún más horrible, si cabe, lo relatado. No deja de ser curioso que Weiss, uno de los primeros, si no el primero, en denunciar el nazismo, luchar contra él, no haya sido tan reconocido como otros. Quizás su actividad política, su beligerancia contra la guerra de Vietnam, lcontra Salazar (El canto del fantoche lusitano), lo relegaron a los ‘malditos’, a los ‘incómodos’.

Nos queda el deseo de que la obra de Weiss, desperdigada y casi olvidada, sea reeditada completamente en español, pues hoy casi sólo se encuentra rebuscando en las librerías de lance.

Se dirá a qué viene reseñar un libro de Weiss a estas alturas. Pues porque es un ejercicio no sólo de memoria, sino de actualidad, sobre el poder, sobre la manipulación y las medias y falsas verdades, sobre los imparables movimientos de odio de masas fanatizadas, sobre la persecución. Y sobre el miedo que es el terreno abonado de los populismos y de la violencia. Los nazis en el fondo, empezaron por el miedo, a los judíos, a las otras potencias que habían acogotado a Alemania en Versalles, al comunismo. Como lo tienen ahora los de Chemnitz, los que apoyan a Bolsonaro, a Le Pen o a Farage. Y el miedo es muy mal consejero.


Vender las ciudades al turismo

3 junio, 2018

Jaime- Axel Ruiz Baudrihaye ||

Las ciudades europeas de más solera se están convirtiendo en parques temáticos. O ya lo son. Los ciudadanos despiertan y empiezan a clamar contra el turismo de masas. Sucede en Venecia, Barcelona y, ahora, en Lisboa. El poder de constructores, hoteleros y hosteleros, ayudados por ayuntamientos sin más idea que el lucro, han hecho que el balance de coste beneficio del turismo empiece a ser negativo.

Las empresas inmobiliarias y las turísticas se han apropiado de las ciudades como meros objetos de consumo, mercancías de las que se desharán cuando dejen de serles rentables. Usufructúan y destruyen su valor, como han destruido las costas españolas para sus negocios y luego se han ido a destruir las marroquíes, las tailandesas o las caribeñas. Los negocios benefician sólo a unos cuantos, mientras matan el alma de las ciudades, su carácter, su personalidad, su original y genuino atractivo. Además, causan un perjuicio a los residentes en su vida cotidiana y en los precios de las viviendas que se disparan por la especulación inmobiliaria y los alquileres turísticos, a menudo en economía sumergida.

Éramos unos ilusos. ¿Pensábamos, que en un régimen capitalista y ultraliberal quedaba algo que no fuera convertible en mercancía? Las ciudades se venden, son una mercancía más, un producto (“productos turísticos”, como se llama a los destinos turísticos en la jerga del marketing de los turoperadores). Y también éramos ilusos pensando que unos ayuntamientos de izquierda frenarían la especulación. Barcelona, Madrid, Lisboa, París, tienen ayuntamientos de izquierda y no lo han hecho.

Hay una gran falta de imaginación y los ayuntamientos recurren a una especie de economía extractiva, sometidos y sumisos a los intereses del capitalismo más depredador. Y se da la paradoja de que se utiliza el monumento, la piedra, lo antiguo, lo permanente, para fomentar lo efímero, el viaje fugaz, inmediato, casi virtual, a base de selfies e instagram. Un simulacro de descubrimiento, apresurado por la urgencia de la escapada de fin de semana, para ver Florencia en cuatro horas, o Lisboa en cinco, el tiempo de escala del inmenso crucero fondeado durante el día en el puerto, que atraca a las diez de la mañana y suelta amarras a las siete de la tarde.

En la Gran Absurdidad o en la Sociedad Absurda, como la llama el pensador portugués António Vieira, “lo Incaracterístico” –en español sería un neologismo, pero muy expresivo- se adueña de todo, (Ensayo sobre el fin de la historia, Trescientos sesenta y cinco aforismos contra Lo Incaracterístico, ediciones Fim de Século, Lisboa, 2009) no queda ningún espacio, territorio, que escape a la uniformización mercantil.

So pretexto de lo pintoresco, todo se trivializa, todo se hace idéntico. La cultura o el turismo llamado cultural se convierten en un simulacro donde da igual ver la obra original que una copia. El viaje se hace virtual y se ven obras de arte “porque hay que verlas”, porque están incluidas en el paquete turístico. Pero a la mayoría les daría igual ver las copias, nadie se daría cuenta. Como en ese pequeño museo de Elne, en el sureste de Francia, donde han descubierto que más de la mitad de las obras son falsas.

El turismo incaracterístico dicta sus tiempos para rentabilizar la mercancía, cuanto más rápidamente visitada, más rentable para el siguiente turno, para la siguiente tanda. Es como la graciosa canción de Brel sobre el burdel militar, Au suivant. El turista es ya un mero número, es una tarjeta de embarque, un código. Es un medio para vender la mercancía. O también es mercancía.

¿Pero dinamiza de verdad la ciudad? Se restauran edificios, es cierto, pero en sus bajos se abren más bares, más restaurantes, más tiendas de las cadenas internacionales. No se construyen viviendas para los necesitados ni se abren más hospitales. Son las migajas de las mesas de los turoperadores, como esas grandes superficies comerciales que se instalan por doquier a cambio de unos pequeños campos deportivos o un parquecillo para justificar la apropiación de suelo municipal.

La ciudad es rentable para unos cuantos, especuladores inmobiliarios, turoperadores, hosteleros y hoteleros. La alianza del turismo con los especuladores inmobiliarias es perfecta, es una nueva ley de bronce del turismo de masas. Además, estos sectores suelen contratar una mano de obra barata, indefensa, además de inmigrante y sumisa.

Se llama globalización, pero es descaracterización. Los turistas acuden porque los precios son más bajos, el alcohol más barato, los horarios de discotecas sin control; en definitiva, los destinos turísticos son cada vez más una commodity intercambiable por la siguiente en salir al mercado, aún más barata, aunque siempre con una pincelada pintoresca para embalar mejor el producto.

El valor del turismo

Martin Wolf, del Financial Times, ha vuelto a poner sobre la mesa la gran pregunta de los economistas clásicos: ¿Quién crea valor? ¿Quién lo extrae? ¿Quién destruye valor? O, ¿quién es mero parasitario del valor existente, creado por otros? Estas  preguntas hay que hacérselas para el turismo. No estaría de más repasar lo que escribieran Marx y Ricardo sobre el valor,

Pero el análisis económico del turismo es muy superficial y se basa, sobre todo, en cifras y estadísticas, muchas de ellas de dudosa fiabilidad pues se hacen por sondeos subcontratados con empresas, no con datos reales (los hoteles suelen ocultar sus cifras reales de ocupación y en la hostelería, la facturación en negro es moneda corriente). Hasta Tamames lo consideró como algo meramente coyuntural cuando es estructural. La creación de valor es más que discutible pues normalmente se degradan los atractivos, y hasta el carácter de los moradores.

Mariana Mazzucato, la economista italo norteamericana, (El Estado emprendedor, 2014) ha demostrado que sólo gracias al Estado se puede conseguir que la economía sea creativa, innovadora. Ir por delante en la innovación, no someterse al mejor postor. Los ayuntamientos deberían hacer lo mismo, no arrodillarse ante los turoperadores, compañías aéreas, inmobiliarias, sino imponer sus condiciones para preservar los valores intangibles de la ciudad y la calidad de vida de sus habitantes. Claro que, como decía hace poco una periodista portuguesa, los turistas no votan y los residentes, sí. Y muchos alcaldes prefieren los turistas –clientes-, a los residentes –ciudadanos-.

La llamada transversalidad del turismo no ha hecho, sin embargo, profundizar los análisis económicos fuera del mundo universitario (pienso en Salvador Antón Clavé, Francesc González Carreras o la mexicana Maribel Osorio García, entre otros). Una actividad económica que afecta a los servicios, a los transportes, a las infraestructuras, al medio ambiente, a las relaciones laborales y a la propia fisonomía de las ciudades y otros destinos turísticos, debería ser enfocada de manera pluridisciplinar. Sin embargo, las administraciones turísticas prefieren fijarse solamente en las  cifras de turistas, nacionales o extranjeros, y en el dinero gastado. La OCDE ha establecido varias metodologías e indicadores más adecuados para medir el impacto, positivo o negativo, del turismo, pero España y los países receptivos –los que reciben turistas masivamente- no los siguen. No les interesa saber la verdad.

Las cuentas sobre el gasto por turista están falseadas desde el momento en que la compra se hace en diferentes países de origen. Un viajero que llega en Easy Jet o Air France, paga el billete en origen, el alojamiento a una empresa a menudo extranjera y, a la postre, el dinero que deja es marginal.

No es nostalgia del viaje elitista del pasado, sino devolver la razón de ser, la esencia, al acto de viajar. Muchos cruceros masivos, muchos  turoperadores lo que venden es  el antiviaje. George Santayana –al que algunos llaman el Unamuno norteamericano- ya advirtió sobre la trivilaidad del viaje, como se refleja en un artículo publicado por la Revista de Occidente:https://wordpress.com/post/laplumadelcormoran.me/20

Y Gregorio Marañón también insistiría en la diferencia entre viajero y turista: https://wordpress.com/post/laplumadelcormoran.me/668

Finalmente, hay una pregunta que hice hace mucho tiempo y que deberían hacerse los ministros, consejeros y concejales de turismo ya que, al fin y al cabo, parece que están para defender los intereses de todos y no sólo de las empresas: ¿Cuántos turistas queremos?: http://estadisticas.tourspain.es/img-iet/Revistas/RET-143-2000-pag111-120-84424.pdf

La alternativa

El enfrentamiento no es entre sí al turismo o no al turismo. Hay más matices. No se trata de expulsar a los turistas sino de no dar facilidades a los que hacen de las ciudades mercancías de saldo, a los que no entienden el principio, claro y evidente en la economía, de saturación del mercado o, dicho en términos turísticos, de sobrepasar la capacidad de carga. Se trata de evitar la explotación descarada y desaprensiva de las ciudades.

Al igual que los museos responsables limitan el aforo, así como un camión no puede llevar más carga que la permitida por su mecánica y por la seguridad, las ciudades no pueden rebajarse ni someterse al mejor postor y ser aplastadas por el turismo masivo. Los ayuntamientos deben huir de la ignorancia y de la extravagancia.

Hay otras alternativas, como mejorar los transportes públicos, cuidar de sus jardines y calles, de sus cloacas, proteger los comercios y oficios que constituyen la personalidad de una ciudad. Se puede favorecer el turismo delicado, el no depredador, las empresas hoteleras y hosteleras de calidad, no de cantidad, se pueden escalonar las tasas turísticas según el impacto ambiental (para el CO 2 y para los residentes), se pueden limitar los gigantescos autobuses turísticos (y en Lisboa, los peligrosos y ubicuos tuk tuks).

Es preciso recordar que el sector turístico es y ha sido siempre –por lo menos en España- uno de los más reaccionarios y reacios a las leyes. Ya tuvo con Fraga su bautismo, liberándolo de muchas trabas urbanísticas y de impuestos. Este sector se ha opuesto, sucesivamente, al pago de los derechos de autor por la música y los vídeos difundidos en los hoteles y restaurantes, a la ley anti tabaco, ha arrastrado los pies –nunca mejor dicho- ante las normas de accesibilidad para minusválidos, ha hecho la guerra al más mínimo atisbo de imponer una tasa turística (algo que existe desde hace decenios en la país más capitalista del mundo, Estados Unidos). En fin, ha sido el sector mimado de la dictadura franquista y todavía quiere seguir disfrutando de sus franquicias laborales, ambientales y fiscales y de su manoseado cebo de que crea empleo (precario).

Las administraciones, que representan el bien común (aunque Nietzsche decía que este término era una contradictio in terminis), son las que deben poner coto y límites a la depredación, a la especulación inmobiliaria y comercial, al agobio del turismo. Por el bien de los residentes y por el bien de un turismo que sea sostenible económicamente y no de usar y tirar cuando haya sido destruido el atractivo originario.


Del cambio de humor según la fortuna (un pensamiento del conde de Oxenstirn)

10 enero, 2018

Johann Gabriel Thuresson, conde de Oxenstirn, u Oxenstierna, (Estocolmo, 1641 -1707), vivió gran parte de su vida en Italia y Francia. Poco conocido, nos dejó sus pensamientos y reflexiones, escritos originariamente en francés. Curiosamente, es poco conocida la literatura sueca de la época, salvo el lugar que ocupan dos científicos del siglo XVIII, Linneus y Swedenborg. Aquí transcribo uno de sus pensamientos, sobre el cambio de humor según la fortuna, en el fondo, sobre la vanagloria y la ingratitud, dos temas que son constantes en sus más de doscientas reflexiones y pensamientos. El libro, en dos tomos unidos en una vieja encuadernación, lo encontré hace unos días en una librería antigua de Lisboa, en in-12. No sabemos  quién sería Monsieur D.L.M., que lo corrige y edita.

Portada Oxenstirn“Honores mutant mores, at non saepe in meliores. Es tan corriente en el mundo ver a los hombres que son elevados a alguna dignidad cambiar de aire, de humor, de opiniones y de tendencias, que ya no nos sorprende. ¡Qué locura la de olvidarse de uno mismo & de no reencontrase mas por haber cambiado de posición! Qué bajeza es descuidar los viejos amigos, por el leve brillo de una nueva fortuna. Es como dar a conocer al universo que su persona no vale su fortuna, & que la imaginaria felicidad de esta última, es preferible a la real virtud de la primera. Se diría casi que la fortuna no vale nada para la memoria; pues se observa a menudo que el hombre feliz olvida hoy a quien le ayudó ayer, & y que ni siquiera recuerda a quien le ayudó al comienzo de su afortunada carrera. Al oro se lo conoce por el fuego & al hombre por la posteridad: Si el primero aguanta la depuración del crisol & si el segundo conserva la cabeza en medio de los honores, ambos se aproximarán a la perfección.

¡Dios mío! ¡Cuán miserable es la condición del hombre! En la fortuna desconoce a todos & en la desgracia nadie le conoce; en la prosperidad parece perder el buen sentido, & y cubierto de desgracias, parece que no lo tuviera; en su elevación se olvida de sí mismo, & y en la miseria nadie piensa en él. Sabio es aquel que, colmado de felicidades, recuerda que fortuna citò repescit quod dedit (te quita lo que te dio) & que piensa que la vieja moneda, el vino viejo, los viejos libros & los viejos amigos son un valor digno de estima de las gentes de buen gusto & buen sentido”.


Berlín manda, Europa y Alemania, por Paul Lever

18 mayo, 2017

 

(Berlin rules, Europe and the german way)

I.B. Tauris, London 2017, 270 págs.

ISBN 978 1 78453 929 0

El estudio de Paul Lever, diplomático británico que ha trabajado largos años en la Comisión Europea y que fue embajador en Alemania, nos permite comprender mejor la posición de Alemania en la Unión Europea y en el mundo, así como su política y su economía.

El libro se reparte en ochos temas:

La influencia de Alemania en la Unión, que se ha puesto de manifiesto, por ejemplo, con el preponderante papel de Alemania en las dos crisis más graves de la Unión, Grecia en julio 2015 y los refugiados, y hasta en la elección de Juncker, servidor de Alemania, pero poco apreciado por los británicos. El. Lever hace una semblanza de Angela Merkel, la que perfectamente encarna el poder tranquilo de Alemania, una dominación que los británicos siempre quisieron evitar pero que ahora ya no podrán contrarrestar. El autor nos describe la democracia completa de Alemania, sus instituciones y su empeño en no convertir la política en vana agresividad.Capa Berlin rules

El segundo capítulo está dedicado a la economía alemana. Hay que recordar que, descartado el plan Morgenthau, ideado en 1945 para dejar Alemania convertida en un país meramente rural y atrasado, la hora cero (Stunde Null, en 1945) y el Plan Marshall dieron un empujón para que los alemanes convirtieran su miseria en el famoso milagro. Lever destaca el papel de la mujer alemana en la reconstrucción, pues más cinco millones de hombres jóvenes habían muerto en la guerra.

Describe el paisaje industrial de las grandes empresas y el llamado Mittelstand, esas empresas de tipo medio, muchas de ellas familiares por varias generaciones. Muy interesantes son las páginas sobre el importante papel de los empresarios y de los sindicatos en su esfuerzo económico, en la innovación tecnológica y en la calidad, una actitud que, junto a la excelente formación profesional hace de los obreros alemanes los más competentes técnicamente del mundo, además de su virtud del Fleiss (trabajo duro). No existe el fenómeno de los Friday cars, esos coches que salen a trompicones de las fábricas antes de cerrar y que están mal terminados, como sucede en Inglaterra y en Estados Unidos. Junto a ello, la toma de decisiones en las empresas es compartida en gran medida y explica el acierto de la mayoría de las decisiones. Por fin, recalca el énfasis en la propiedad del capital y el escaso recurso al crédito.

Los retos de la reunificación, de integrar una tercera parte del país, mucho más atrasada, sin caer en el horror a la inflación y a los créditos al consumo, con ese afán de exportar más que importar, caracterizan también el modelo. Una austeridad, disciplina y productividad que explican también el rechazo a transferir fondos a países que no cumplen los requisitos del Pacto de Estabilidad.

El federalismo que fundó la Ley Básica de 1949, o Constitución, es objeto del tercer capítulo. Es interesante conocer cómo se vota en el Bundestag y en el Bundesrat o Senado para comprender la gran estabilidad del sistema y el correcto reparto de competencias entre el Estado federal y los Länder. Por ejemplo, en educación, aunque los sistemas parecen distintos según los Länder, la naturaleza de la educación es básicamente la misma y homologable en toda Alemania.

Curiosamente, para llegar al poder, contrariamente al Reino Unido, no es imprescindible haber pasado por el Parlamento. El Bundestag no es la vía central, sino que cuenta más la experiencia ejecutiva de haber sido presidentes de Länder. También, la forma de funcionamiento del Bundestag excluye la brillantez artificiosa de la oratoria privilegia la especialización técnica, la exactitud en las propuestas, así como en su posible aplicación.

De los 630 diputados, la mitad provienen de la representación regional, por lo que el vínculo nacional y el regional combinados aseguran que los intereses del país y sus territorios prevalezcan sobre los intereses meramente partidarios. Por ejemplo, los Länder son competentes en muchas materias que ningún ciudadano pensaría en atribuir al parlamento federal. Las responsabilidades están bien delimitadas.

Los partidos políticos son también analizados por Lever, desde su origen hasta en los debates actuales sobre política nacional y europea.

Un país sin pasado, como dice el autor, algo que se demuestra en sus dos eventos anuales, no en las celebraciones de batallas, guerras o victorias. Son aquellos, sólo el 3 de enero, conmemoración de la Reunificación y el 27 de enero, Día del Recuerdo del Holocausto. La segunda guerra mundial y los exterminios son hoy la razón del europeismo alemán. Alemania es el único país que ha revisado su pasado a fondo, en un proceso de catarsis y cura singular. De ahí también la reconciliación franco-alemana, el acento en la estabilidad de Europa y el antinacionalismo.

En cuanto respecta a los inmigrantes, los alemanes son humanos pero no ingenuos. Multiétnicos quizás, pero no multiculturales. La obligación de asimilarse es sentida por toda la población y todos los políticos, precisamente oponiéndose a todo tipo de ghettos. Sin embargo, el Ius sanguinis se antepone al Ius solis, como fórmula de integración privilegiada. La razón histórica es que casi quince millones de alemanes nacieron fuera de las fronteras actuales, expulsados en masa y de la forma más inhumana 1945 de los países del Este donde vivían desde siglos.

Alemania tiene fronteras con nueve países y muchas de ellas han sido complejas y controvertidas, sobre todo con Polonia y con Francia, pero también con Bélgica y con Dinamarca. Con Francia se firmó el Tratado del Elíseo en 1963 entre De Gaulle y Adenauer. Esto fomentó un contacto bilateral que siempre ha sido provilegiado por ambos Estados y que se manifiesta hasta en las relaciones entre funcionarios, el papel de la Ecole Nationale d’Administration como puente, la frecuente toma de decisiones conjunta de cara a temas europeos o bilaterales eso, que recuerda Paul Lever, irritaba tanto a Thatcher.

Con Polonia la relación ha sido muy difícil. Recordemos cuando Brandt cae arrodillado en el antiguo ghetto de Varsovia porque le faltaban las palabras. Alemania ha aceptado la línea Oder-Neisse, renunciando para siempre a Prusia Oriental y Silesia, tierras que habían sido alemanes durante muchos siglos.

Así, nos recuerda el autor, se ha formado el llamado Triángulo de Weimar entre Alemania, Francia y Polonia, pequeño acuerdo que, como el Benelux o el Grupo de Visegrado, es compatible con la UE.

Las relaciones con el Reino Unido se basan en la comunidad de valores, en la defensa del libre mercado. La ocupación británica ha sido la que más empatía demostró. Las últimas unidades británicas abandonarán Westfalia y Baja Sajonia tras 74 años, pero dejarán un recuerdo de amistad y protección, no como las tropas rusas, nos dice el embajador. Pero Alemania se distancia del Reino Unido con el Brexit, a pesar de aquellas palabras de Schäuble en 2014 de que “no se necesita más Europa, sino una Europa más “inteligente”.

Respecto a la Unión Europea, Alemania habla formalmente de unión política, pero nadie la define. Extrapolando la Constitución alemana, Paul Lever sugiere una serie de temas que podrían ser susceptibles de más Europa:

  • La Comisión dirige la política exterior y de defensa.
  • Inmigración y ciudadanía.
  • Moneda común.
  • Más impuestos.
  • Seguridad Social.
  • Grandes proyectos de infraestructuras.

 Pero no deberá compartir cargas de déficits causados por el incumplimiento de las normas básicas de correcta administración ni pagar las deudas de otros. Alemania siempre estará empeñada en hacer cumplir la disciplina del Pacto Fiscal y de Estabilidad y, por tanto, la viabilidad del euro. En estos temas la opinión pública alemana difiere bastante de las posiciones que proclaman sus dirigentes sobre una probable unión política. Hay menos disposición aun a pagar los platos rotos por la incuria de otros gobiernos que no han tenido disciplina fiscal.

Joschka Fischer y Wolfgang Schäuble, dos de los dirigentes más valorados y admirados por el autor, propusieron que hubiera más integración, reforzando el Consejo en vez de la Comisión y permitiendo incluso la elección directa del presidente de la Comisión. Pero a sabiendas que ni los partidos ni los ciudadanos europeos estarían preparados para ello.

El papel de los alemanes en las instituciones europeas es fundamental. De los presidentes del Parlamento europeo en los últimos veinte años, cinco han sido alemanes. Decenas de altos funcionarios alemanes presiden comisiones y grupos de trabajo.gracias en parte a ellos, el rigor fiscal y presupuestario, el euro y los requisitos medioambientales siguen estando en el centro de los asuntos más serios de la UE. También, el enfoque a los dos problemas más inmediatos, seguridad (Schengen), e inmigración (Frontex), son determinados por la sólida posición de Alemania.

El Tratado de Amsterdam de 1997 creó el puesto de Representante Europeo para Política Exterior y Seguridad, que fue ocupado por Javier Solana. Luego, el Tratado de Lisboa de 2007, estableció el Servicio de Acción Exterior europeo, cuyo director sería el Vicepresidente de la Comisión. Pero la Unión debe ser creíble, con una fuerza militar autónoma, consistente, sin perjuicio de las competencias de la OTAN. Lever es algo escéptico en que esto pueda ser una realidad en el futuro próximo.

En cuanto a las perspectivas con la salida del Reino Unido, Lever considera que no habrá un cambio drástico. La UE seguirá funcionando, resolviendo los problemas y las crisis a medida que se presenten, com ha hecho hasta ahora, sin grandes metas ni principios inamovibles o rígidos, con un gran pragmatismo. No habrá mucha más integración ni pérdida de soberanía, pero tampoco descomposición. No llegará a ser como un Estado federal, entre otras cosas, porque el presupuesto de la Unión es solamente del 1% del PIB europeo, mientras que el presupuesto del Estado federal norteamericano es del 20% del PIB.

Alemania seguirá liderando la UE, junto con Francia, de manera aun más fácil ahora que el Reino Unido ya no está. La Comisión quizá tenga algo más cuidado en no interferir tanto en las normas y costumbres nacionales (como cuando hasta ha regulado hasta cómo se debe servir el aceite de oliva en los restaurantes), quizá aplique el principio de discontinuidad, es decir, retirar un proyecto aprobado de reglas que puedan no ser muy necesarias e incluso repetitivas. Tendrá que haber más flexibilidad, aunque es posible que los países más centrales de la eurozona adquieran más compromisos que algunos periféricos. Esto no será la Europa a dos velocidades, pero habrá que tener en cuenta las realidades económicas y políticas para evitar voluntarismos como el que permitió aceptar a Grecia en la eurozona, por ejemplo. Pero los países periféricos permanecerán porque no tienen otro lugar a donde ir.

La última reflexión de Paul Lever es algo triste, y es que “dentro de veinte años muchos ya habrán olvidado que el Reino Unido fue miembro de la Unión Europea. Los partidarios del brexit no se arrepentirán y otros, mirando hacia atrás, pensarán que para qué sirvió tanto alboroto”.

El libro de Paul Lever es un ejemplo de cómo un diplomático conoce, observa, sintetiza y transmite su experiencia profesional. Un modelo de informe que se debería estudiar en las escuelas diplomáticas y universidades. Y, también, por qué no, un libro que nos gustaría que algún diplomático británico escribiera sobre cómo ve España, con esa objetividad, profundidad, simpatía no exenta de critica y claridad con la que Paul Lever nos ha descrito Alemania y su lugar en Europa y el mundo.


Je suis circonflexe

3 marzo, 2016

Se alzan los escudos contra los puristas franceses que quieren mantener la grafía de muchas palabras, entre ellas el discutido acento circunflejo, ese sombrerito simpático sobre las vocales, que suele tener su origen en la desaparición de la s, como en hôpital o en fenêtre. Al acento circunflejo se le ha llamado en plan zumbón corona mortuaria y acento del recuerdo.

 Sirve para distinguir palabras que suenan igual. Si se suprime, no sabremos si hablamos de un muro, mur, o de un fruto maduro, mûr, de algo seguro, sûr, o algo que está sobre otra cosa, sur; y así sucesivamente, muchos errores más.

 Se trata, parece, de simplificar. ¿Más todavía? ¿O de nivelar por lo bajo? Cuando las personas apenas usan mil quinientas palabras, cuando la trivialización del lenguaje asola los programas de televisión y de radio, cuando se ha olvidado cómo se conjugan los verbos, simplificar más aun sólo significará más incultura.

 Un escritor español ha sacado una versión del Quijote en castellano actual, no se sabe porqué, es un misterio insondable. Porque la gracia de la obra de Cervantes es precisamente su lenguaje que, además, se entiende perfectamente sin allanarlo. Como si por “adaptarlo”, la gente fuera a leer más el Quijote, libro que todos citan pero que nadie reconoce que no lo ha leído entero.

Carlos Barral, el capitán  Argüello

Carlos Barral, el capitán Argüello

Es la misma corriente que quiere suprimir el griego y el latín, las humanidades, las lecturas complicadas. Nuestro objetivo es que todo quepa en un twit o en un guasap, gusarapo. Recordamos hoy a Carlos Barral, que propuso, seriamente, que en la Unión Europea se utilizase el latín.

 En Portugal también les dio por firmar un acuerdo ortográfico con Brasil (las grandes editoras en portugués son brasileñas y suena más a claudicación que otra cosa), suprimiendo ct, dobles s, y muchas más peculiaridades de la lengua. Todo sea por los ordenadores y procesadores de texto (¿hemos dicho procesadores?, ¿procesos?). Todavía están discutiendo si eso ha mejorado el nivel cultural y educativo de los portugueses. Parece que no mucho.

 La banalización de los lenguajes no tiene nada que ver con su correcta adaptación. Pompeu Fabra demostró perfectamente que se podía normalizar el catalán, unificándolo para evitar localismos y diferencias, sin que eso significase su empobrecimiento.

 Ahora todos cargan contra los franceses que quieren conservar su bella lengua. Y no es un tema de clase social, ni de distinción, es que usar bien el idioma es una muestra de elegancia del pensamiento, sin nivelarlo por lo bajo.

 En español, ya puestos, deberíamos suprimir las haches, las uves, la mitad de los acentos, muchos subjuntivos. Para hablar en televisión y decir ordinarieces todo eso sobra. Achabacanemos el lenguaje, democraticemos la ortografía. Es más, suprimamos la caligrafía. Y ¿por qué no? prohibamos Calderón de la Barca, Quevedo y Góngora, que complican demasiado el lenguaje. Ah, y ahora que se habla de callejeros, cambiemos O’Donnell por Odonel, que suena igual.

 


Pedro de Moura e Sá, olvidado ensayista portugués

20 febrero, 2016

Pedro de Moura e Sá nació en Coimbra en 1908 y murió en Lisboa el año 1959. Pensador, crítico literario de gran profundidad, tuvo la mala suerte de vivir y escribir en pleno Estado Novo, de Salazar, lo que le restaría proyección internacional. Era, se excusa decir, un conservador liberal.

Gran admirador de Ortega y Gasset, a cuyas conferencias sin duda asistió en numerosas ocasiones cuando el filósofo español vivía en Lisboa. Indagó en su pensamiento, considerando muchas de las ideas de Ortega avanzadas –incluso ya en las Meditaciones del Quijote- sobre lo que luego sería la obra de Heidegger, El ser y el tiempo.

Padro de Moura e Sá

Pedro de Moura e Sá

Ortega se enfrenta al problema, al inconveniente, nos dice, de que sus teorías no tienen campo donde insertarse, pues la tradición filosófica española es enteca. Otra cosa hubiera sido, dice Moura, si Ortega hubiese sido alemán, inglés o francés.

También fue amigo de Gómez de la Serna, habiendo sido uno de los tertulianos del café de la “cripta” del Pombo, en la calle Carretas, cuando venía a Madrid, como Fidelino de Figueiredo, otro portugués olvidado.

Moura conocía profundamente España y dejó sus impresiones sobre Castilla, sobre el País Vasco, sobre Toledo, en muchas de sus crónicas que pueblicaba el Diario Popular, recogidas en la colección Espanha viva. Era una época en que los diarios prestaban gran atención al pensamiento mientras que los asuntos políticos les estaban vedados o estaban sometidos a una censura y una autocensura devastadoras. Entre otros escritores que admiraba figuran Azorín y Unamuno.

 Pedro de Moura nunca usó teléfono, ni automóvil, ni ningún medio mecánico. Era casi un espíritu puro, soltero empedernido. Cuando murió (de un ataque al corazón, en plena calle), su biblioteca, de no menos de 19.000 volúmenes, fue donada a la Universidad de Coimbra. Muchos escritores, y entre ellos varios franceses como Gabriel Marcel, el dadaista Philippe Soupault o Michel Déon, se unieron a los obituarios. De España, sólo el agregado de prensa de la embajada en Lisboa, Xavier de Echarri publicó una sentida y expresiva nota en el diario Arriba. El telón bajaba definitivamente, quedando para siempre Pedro de Moura e Sá, en el más injusto olvido, incluso en su propio país.

 A pesar del relativo aislamiento del país, conocería la literatura francesa y la italiana profundamente. Abrió líneas de lectura, dando a conocer a los portugueses escritores y filósofos contemporáneos. Pero eso no significa que se le pueda reducir a un divulgador, sino que se adentró en los problemas de la vida y la cultura cotidianas.

 Su obra está perdida y sólo en los alfarrabistas, los libreros de lance, se encuentra de tarde en tarde el apreciable y sugerente volumen, de título tan bien elegido, Vida e literatura (Ed. Bertrand, Lisboa, 1960), que contiene muchos atinados y lúcidos comentarios a la obra de escritores contemporáneos. Entre los ensayos, cortos, siempre interesantes, hay algunos como Paisagem e significado que son precursores.

 Un pequeño guiño a este crítico y ensayista es que era socio del Círculo Eça de Queiroz, ese club literario de Lisboa, sin parangón en España. En sus salas tenían lugar fructíferos encuentros con los intelectuales y escritores portugueses y franceses.


La catástrofe, relato de Eça de Queiroz

13 enero, 2016

Introducción

https://issuu.com/jaimeaxelruiz/docs/la_cat__strofe_e_introducci__n.docx/1?e=0

A catástrofe, que Eça de Queiroz titulase antes, en un olvidado proyecto de novela, A Batalha de Caia (precisamente la frontera de Badajoz), describe una invasión en 1881 de las tropas de Alfonso XII. Con la ironía que le caracteriza, Eça de Queiroz imaginó lo que podría sacar a su país de la decadencia y de la indolencia: una invasión española que les despertase.

Todo, hasta la imagen del centinela portugués, cansado y aburrido, es una metáfora de Portugal, que él consideraba postrado, sin energía, inane, y que recuerda a ese verso de Luis de Camões en Os Lusíadas, de la “apagada y vil tristeza”.

Sin la crueldad y la hiel de Fialho d’Almeida, su rival, caústico pero sin acritud, Eça insistiría en muchas de sus obras, sobre todo en Os Maias y en O primo Basilio (el retrato de esa burguesinha da Baixa), en la quiebra moral, intelectual y física de una generación portuguesa, la que corresponde al último tercio del siglo XIX. Una época que, sin embargo, tuvo una densidad literaria e intelectual muy importante, casi sin par en Portugal. En ellos se desplegó, como nunca, espíritu, fantasía, improvisación, creatividad, incluso humor (Eça de Queiroz fue considerado por muchos de sus contemporáneos más un humorista que otra cosa, lo que era injusto e  incompleto).

Eça de Queiroz había pertenecido en Lisboa al grupo de O Cenáculo, más centro de discusiones y debate que mera tertulia, críticos con la situación del país, y después al grupo de Os vencidos da vida, de nombre tan expresivo, escritores  y pensadores desesperados con la inercia e inacción general de los políticos y del gobierno. Ambos estaban compuestos por los típicos académicos revolucionarios (utópicos), con personalidades como el poeta y pensador Antero de Quental, o el historiador Oliveira Martins.

Portugal tendría, en su paralelismo con la historia española, su 98 en 1889 cuando el Ultimátum Inglés, que les obligó a evacuar y renunciar a los territorios de Xire y Maxona, con los que habían soñado un mapa color de rosa que uniese Angola con Mozambique.

Muchas veces, Eça ha sido considerado muy de actualidad, en sus críticas a la clase dirigente, a los ministros, a los financieros, a las clases acomodadas y holgazanas. Aunque amaba su país y añoraba Lisboa desde sus puestos de cónsul en La Habana, Bristol, Newcastle o París, llegó a decir que “el horror de Portugal era Lisboa”, refiriéndose a las clases rentistas y a esa “apatía china de los  lisboetas”.

En este relato, que sería encontrado por su hijo en un cajón, escrito a lápiz, fue publicado un cuarto de siglo tras la muerte de Eça, en 1900, en París, hay escenas que evocan sucesos muy posteriores, como el pánico de los parisinos cuando se acercaban los alemanes en 1940, con aquella gran desbandada en desorden y pavor. Eça diría después, a su colega y amigo Ramalho Ortigão, que concibió ese cuento o nouvelle, como un sueño, una visión.

La conclusión, además de reprochar al pueblo su derrotismo y que todo lo espere del Estado, del gobierno, -un poco como hoy día-  es una cierta esperanza en las generaciones venideras, pero tiene algo de irónica, de cerrada, cuando se celebra y conmemora la Patria, con mayúscula, en el interior de las casas, con cuidado, en voz queda.

La catástrofe

Relato de José María Eça de Queiroz

(Traducido, por diversión personal, por Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye)

Yo vivo en la esquina del Largo do Pelourinho[1], justo enfrente del Arsenal. Ya vivía allí antes de la guerra y de nuestros desastres, en el segundo piso, derecha. Nunca me gustó este sitio: sin ser un bucólico, fue siempre mi ambición vivir lejos de esas tristes manzanas de la Baixa, en un barrio con más aire y horizonte, con una huerta, el frescor del follaje y algunos metros de terreno donde, en el rumor de los árboles, pudiera tener unos rosales y que los pájaros me animasen en las tardes de verano.

Pero cuando heredé de mi tía Petronila, compré esta casa frente al Arsenal[2]. Estos edificios son, a causa de las tiendas y de los almacenes, casas más rentables que las de otros barrios y, como inversión, un edificio en la Baixa es mejor que el de una bonita casa en Buenos Aires[3] o por el Barrio de las Janelas Verdes. Eso fue por lo menos lo que me dijeron los propietarios con más experiencia.

Por lo demás, yo intentaba alquilar el edificio entero y vivir con los míos en una casita pequeña, alegre y fresca, que me hubiera apetecido por la zona del Vale de Pereiro. Pero cuando ocurrieron nuestras desgracias y el ejército enemigo ocupó Lisboa, la necesidad de hacer economías, los tiempos tan difíciles, me obligaron a descartar aquel plan de vivir en el campo, y aun estoy aquí, en este triste segundo piso del Largo do Pelourinho, frente al Arsenal.

En mala hora se me ocurrió venir aquí. Porque creo que esta vecindad con el Arsenal me ha hecho sentir mucho más las amarguras de la invasión. Quienes viven por Buenos Aires, o por las Janelas Verdes, o por el Vale do Pereiro, sufren también, claro, y dolorosamente, la presencia de un ejército extranjero en Lisboa. Aunque el primer terror pasó y la ciudad ha ido recuperando poco a poco su fisonomía habitual, y circulan las calesas y los tramways, todavía pesa algo doloroso sobre la ciudad: el aire está como cargado de una cosa sutil y opresiva, hay una atmósfera intolerable que planea sobre las plazas, penetra por las casas, cambia el sabor del agua, hace parecer la luz del gas menos clara, y va depositando en el alma una tristeza permanente, obsesiva.

A veces, cuando alguien sale, y está ocupado con algún negocio, distraido, se olvida del gran desastre que nos envuelve, pero basta con que se tope en una esquina con un uniforme enemigo para que caiga sobre su ánimo, como con el peso de todo un pinar, la idea de la derrota y del fin de la Patria. No se lo que es, pero, por ejemplo, desde que en lo alto de un edificio ondea la bandera extranjera, parace que este azul ya no es nuestro cielo y que tiene algo de bruma luctuosa.

A pesar de todo, en otros edificios, en otros barrios basta con recogerse en casa para sustraerse a esta desolación.

Ya que no hay Patria, hay Familia: se cierran las puertas, se reunen todos en el salón, alrededor de la lámpara; se habla. El recuerdo de las desgracias alivia … y la perspectiva de una cierta esperanza ilusiona como una pasajera felicidad; se recuerdan los amigos, los conocidos que murieron con bravura en la batalla; después, alrededor de la lámpara, en voz queda, en un pálpito, hay una pequeña conspiración en familia.

Y el sueño de la revancha hace soportar la realidad de la catástrofe…

Pero yo ni siquiera me puedo permitir ese aislamiento porque salvo que cierre las ventanas, que me entierre en una tiniebla permanente, que viva a la luz del gas cuando afuera brilla el sol de julio, no puedo dejar de ver, en la puerta del Arsenal, como un odioso recordatorio, el centinela extranjero hollando el suelo patrio…

Y es precisamente ese centinela lo que me indigna: por supuesto que otros uniformes extranjeros, todos esos oficiales de acorazados fondeados en el puerto, pasan continuamente, con la brillante insolencia de sus espectaculares uniformes … Pues bien, esos no me irritan… En ese vaivén de oficiales hay algo de apresurado, de inquieto, que dan una idea de una ocupación transitoria, de escuadras que van a levantar ancla, de humillaciones que van a partir para siempre.

Pero ese centinela, eterno, que me parece siempre el mismo, tiene un aire de estabilidad, de perpetuidad que me hace la sangre negra. Cada taconazo que da, con la dura suela, me retumba como un eco lúgubre en el alma, y en sus monótonos pasos, de garita a garita, me da la sensación de que nunca dejará de haber, sobre la tierra portuguesa, un centinela extranjero.

Y no puedo apartar la vista de ese espectáculo. Por la mañana, mientras me afeito, me quedo con la navaja en el aire, la cara cubierta de espuma, asombrado ante ese pequeño soldado que parece embutido en su capote azul, con una gorra acharolada y con el arma al hombro…, una de esas armas con más del doble de alcance que las nuestras, que nos segaban de golpe, a lo lejos, en nuestras líneas defensivas, regimientos enteros.

Así que ya conozco casi todos los centinelas del Arsenal. Durante algún tiempo, fueron soldados de la Marina; ahora suelen ser del 15 de Línea. Pero hay sobre todo un tipo de soldado que me indigna: es un tipo robusto, sólido, bien plantado y firme sobre sus piernas, con cara decidida y ojos relucientes; siempre pienso: ese fue el que nos venció. No se porqué, acordándome de nuestro propio soldado, bisoño, sucio, encogido, macilento del aire viciado de nuestros cuarteles y de los ranchos  insalubres, -veo en esa superioridad de tipo y de raza que explica la catástrofe.

Antiguamente, antes de la invasión, rara vez presté atención al centinela del Arsenal: me acordaba, sin embargo, de haberlo visto desde la ventana: si llovía, lo percibía encogido en la garita, mirando tristemente la lluvia; si el día era calmo, era sus andares, sus hombros derrengados lo que me  impresionaban… la blandura y lentitud del paso, su constante expresión de tedio y de cansancio; y, después, tras dos horas de servicio, era un desmadejamiento aun mayor, un embrutecimiento, una manera idiota de mirar, todo –los mensajeros, los americanos[4], las pescaderas pregonando su mercancía, los vendedores ambulantes, la tienda de enfrente- hacían más evidente la falta de nervio, de vigor, de rigidez disciplinada, de firmeza, de tenacidad. Y esta visión de nuestro soldado me parece ahora que abarca toda la ciudad, todo el país. Fue esa somnolencia lúgubre, ese tedio, esa falta de decisión, de energía, esa indiferencia cínica, ese relajamiento de la voluntad, creo, lo que nos perdió…

Aun hoy me resuenan las acusaciones tan repetidas en tiempos de lucha: que no teníamos ejército, ni escuadra, ni artillería, ni defensas, ni armas…¡Qué! Lo que no teníamos eran almas… Era eso lo que estaba muerto, apagado, adormecido, desnacionalizado, inerte… Y cuando en un Estado las almas están envilecidas y gastadas – lo que queda poco vale …

Nunca me olvidaré de la impresión que me dió el día que supe que nos habían declarado la guerra y que ya estaban de antemano preparadas las tropas para la invasión, por el sur y por el norte.

Era el cumpleaños de mi pobre amigo Nunes, que vivía entonces en el Rossio. Desde por la tarde un pánico atenazaba la ciudad, porque la verdad es que, incluso si estallase en Europa la guerra, tan violentamente provocada por Alemania, invadiendo Holanda, nunca en Lisboa, por lo menos la mayoría del público, sospechó que una cosa así pudiera suceder ‘en nuestro rinconcito’, como se decía entonces.

Incluso cuando el viejo Salisbury, ya casi en su lecho de muerte, lanzó su gran manifiesto y declaró la guerra a Alemania, y vimos a nuestra protectora ocupada en la lucha en el norte, no tuvimos conciencia del peligro. Y sin embargo, parecía llegado el día terrible en que las pequeñas nacionalidades desapareciesen en Europa… Por eso, cuando en esa tarde fatídica fue anunciada oficialmente la entrada del ejército enemigo por la frontera, toda la ciudad se quedó como petrificada, en un terror enloquecido.

El primer movimiento de la población fue correr a las iglesias. Se imaginaba ya los regimientos enemigos desplegándose por las calles… No creo siquiera que hubiera ningún intento de resistencia. Se dijo, es verdad, que se intentaría dar una batalla junto a Caminha, o en Tancos, solo para demostrar a Europa que todavía nos quedaba alguna vitalidad: pero era una simple finta…. Porque la idea era retirarnos para las Líneas de Torres Vedras y defender Lisboa. Yo, de todas formas, no conocía los secretos del Estado Mayor y solo sé lo que decían la gentes en las calles, amedrentadas, en voz baja.

Aquella noche fui al Rossio. Nunes daba una soirée… En el salón pesaba la misma tristeza siniestra que en la calle. Había en los rostros, en las voces, una expresión desencajada de espanto y de terror: una especial forma de preguntar “¿y ahora?”, con los ojos desorbitados y las caras blancas…

A pesar de haber dos salones, el de visitas y otro para el juego, estaban todos apiñados en torno al sofá, como un rebaño que siente el lobo… La señora de la casa, que tenía un hijo militar en Tancos, a pesar de su vestido azul descotado, tenía una cara de pasmo y los ojos rojos e hinchados… Se pasaba el día llorando. Y en las mujeres y en los hombres había como un abatimiento invencible, en la resignación ante la derrota, con esa pasividad inerte de las almas frágiles… Como no se tenían noticias, los rumores eran absurdos; se hacían silencios lúgubres que daban la sensación de recogimiento ceremonioso de los días de entierro. Nunes, el pobre, muy pálido, daba vueltas por el salón, con los faldones de la casaca al aire, frotándose nerviosamente las manos, intentando distraernos de esas preocupaciones dolorosas, proponiendo que se hiciese algo. Hubo una petición de un cuarteto… Una señora se sentó al piano, pero los primeros compases de los lanceros sonaron, y se perdieron en el susurro general de las conversaciones atemorizadas: nadie siguió, no se bailó… Alguien propuso un juego de prendas, una comedieta figurada: las caras asombradas sonreían, murmuraban con esfuerzo:

– Vamos, vamos, no estaría eso mal …

Pero todos seguían sentados, con las manos caídas, con los  pies  paralizados.

Fui a la sala de juego para hablar con algunos individuos. Había periodistas, magistrados, políticos, y a través de las frases, se notaba el abatimiento de las almas. Nadie creía posible la resistencia y, ante el peligro, el egoísmo campaba, feroz y brutal. El odio al enemigo era violento –menos por la pérdida de la Patria libre que por los desastres privados que traería la derrota: uno temía por su puesto, otro por los intereses de sus inversiones. Hasta entonces el Estado era quien daba el pan al país, y con la pérdida del Estado se acababa el pan de cada día. Pero esta indignación en frases hechas agotaba todo el patriotismo de que aquellas almas eran capaces: porque en cada propuesta se sugería lo peor –ceder las colonias a cambio de una alianza inglesa inmediata, o ceder dos provincias – había, en el fondo, la idea inmutable de una capitulación, el horror a la lucha, la ansiedad por no perder el empleo, el terror de perder los depósitos. Y, por lo demás, cada cual, sintiendo la debilidad egoísta de su alma, pensaba que todo el país estaba inmerso en el mismo abatimiento. La idea de un levantamiento en masa, de crear una guardia móvil, unas milicias, era recibida con un encogimiento de hombros: ¿para qué? No se puede hacer nada. Estamos aplastados.

Mientras hablaban así, junto a la mesa de juego donde reposaban, olvidadas, las cartas de la última partida, me acerqué a la ventana: el cielo estaba ensombrecido por una neblina blancuzca; pero bajo el Arco da Bandeira se ensanchaba un gran espacio azul, como un pórtico y en el centro brillaba una gran Luna triste, muda, lívida. La colina, al lado, con su castillo, se recortaba en la oscuridad con su línea suave sobre la palidez azul del fondo. Una inmensa tristeza parecía descender de ese decorado. Me invadió una vaga piedad por las desgracias patrias y, sin saber porqué, me sentí con una saudade angustiada, la nostalgia de algo que había desaparecido, que había acabado para siempre y que no sabía muy bien lo que era… Abajo, el Rossio brillaba en sordina entre los escaparates de las tiendas: la plaza, en torno a la columna, que la luna dibujaba con trazo pálido, hormigueaba de gente: ni un grito, ni una voz… era una masa oscura que parecía amodorrada, arrebatada por ese terror instintivo que hace juntarse a los animales, esperando resignadamente la tormenta, y de las casas blancas, altas, desoladas, descendía la misma sensación de abstención aterrorizada y de concentración egoísta de un oscuro miedo.

De pronto, por el lado de la calle do Carmo, vino un rumor: era una especie de melopea rítmica, que se sentía, que venía por al aire, aproximándose: las luces de antorchas se destacaban sobre las casas blanqueadas, y apareció por la esquina del Rossio un grupo marchando enérgicamente, al compás de un himno patriótico cuyo ritmo imponía un paso largo:

Guerra, guerra, la guerra es santa,

Por la santa independencia…

Eran unos veinte y parecían ser alumnos, por sus altos sombreros, de alguna escuela o de alguna de las asociaciones que por entonces abundaban en la ciudad. Siguieron a lo largo del Rossio, agitando los brazos, alzando las voces, en un llamamiento a la oscura multitud. Pero nadie respondió; toda la masa se apiñaba para ver pasar aquellos entusiasmos solitarios; las tiendas apagaban sus luces, se cerraban por si había una revuelta; y en aquel silencio frío de la indiferencia de la gente y de las fachadas mudas, parecía como si el cántico se extinguiese por sí solo, que el entusiasmo decaía, como una bandera que por falta de brisa, pende inerte del mástil. Cuando llegaron cerca del teatro Dona María el himno casi cesó, las antorchas se apagaron… Todo aquello se hundió en esa masa oscura, como un efímero esfuerzo de heroismo en medio de una vasta indiferencia.

Me retiré de la ventana con un nudo en la garganta, pensando que estábamos definitivamente perdidos.

En fin, como la noche avanzaba, fue necesario hacer algo para disipar aquel pavor. Yo, Nunes Correia, nos instalamos para una partida. En el salón también se sintió la necesidad de sacudirse aquel estado de calamidad de las asustadas señoras: hubo alguna escala de piano, acordes apagados, y al poco rato, una voz que yo conocía de un oficial de Caballería, amigo de la casa, se alzó, floja y afligida, recitando La Judía[5]:

Duerme que yo te velo, seductora imagen…

Entonces aquella melodía, aquella voz suave y nostálgica me parecieron muy raras en esos momentos. Era como un sonido antiguo, obsoleto, de un mundo extinguido, que pasaba como un sueño. Alrededor de la mesa, las  voces monótonas continuaban: paso, pido, … Del Rossio, subía también el mismo rumor sordo de la multitud que llenaba la plaza, y en la sala, con la languuidez amorosa del acompañamiento, elgante, suspiraba la voz del alférez:

                        Duerme que yo te velo, seductora imagen…

¡Y a esas horas el ejército enemigo ya pisaba el suelo de la Patria!¡ Pobre alférez!

 

Nos encontramos días más tarde… yo iba con mis compañeros de la milicia nacional. ¡Y qué milicia! Todo lo que teníamos de uniforme era un capote deshilachado. ¡Y qué armas! Armas de caza. Pero, en fin, allá íbamos, en aquella fría mañana de abril, bajo una lluvia torrencial.

Parece que había una gran batalla, pero no sabíamos nada. Nos hallábamos a media pendiente de una colina que nos ocultaba la línea del frente, junto a un caserón abandonado. Allí estábamos desde hacía dos horas, con el barro por las rodillas, empapados, después de haber andado toda la noche, atontados de cansancio, hambrientos, apoyándonos los unos a los otros para no dormirnos. A nuestro alrededor, de un cielo bajo y lúgubre, caía un diluvio; y el caserón parecía, entre sus cuatro árboles, entre la lluvia, tan encogido y soñoliento como nosotros. En la distancia, la artillería atronaba; otras veces, eran descargas secas, que parecían como si se rasgase una gran pieza de seda; pero ni veíamos el humo, en aquella niebla de aire y lluvia. No sé ni dónde estábamos, ni lo que defendíamos.

Quien mandaba la compañía era el alférez –el mismo que recitaba La Judía. Amarillo, empapado, encogido en su capote, iba y venía delante de nosotros. Ay, ya no se parecía al alférez que se retorcía el bigote junto al piano, girando los ojos tiernos en los pasajes más emotivos.

De pronto, en la tierra mojada, un galope sordo: un oficial, con el uniforme desabrochado, empuñando la espada, la cara encolerizada por la batalla; bello joven, con un hilo de sangre que le caía por la oreja. Detuvo el caballo y gritó furioso:

-¿quién manda este destacamento?

-Yo, mi capitán –respondió el alférez, firme.

– Un millón de diablos, ve por la izquierda, por detrás de la casa, para tomar posiciones en la carretera, al pie del vallejo.

Y partió al galope. Y allí seguimos, en marcha, en el barro en que se nos hundían los pies, con un esfuerzo brutal para saltar por aquel terreno de resitencia blanda, jadeando, bajo la tormenta de lluvia y el estruendo de la artillería que parecía acercarse.

Pasamos frente al caserón: en la puerta, carros de ambulancia y dentro, los gritos de los heridos. Era la primera vez que  oíamos aquellos berridos de dolor abandonado y hubo en el destacamento como un movimiento de duda: era nuestra carne de campesinos, de burgueses, que rehusaba aquella evidencia del dolor y de la muerte.

-¡Marchen! –gritó el alférez.

Llegamos a la carretera pero no veíamos nada. Enfrente, una línea pálida de chopos; detrás, otros árboles, una ermita en lo alto, y por el valle abajo sólo la bruma áspera de la incesante lluvia. Nos detuvimos: en la distancia se distinguía la masa oscura de otro destacamento. Y allí nos quedamos, inmóviles, bajo el agua, tiritando, con una mortal fatiga. Ni un trago de aguardiente… Los pies hinchados en las botas mojadas me torturaban. Y pensando en los días de paz, cuando veía caer la lluvia desde el sillón de mi despacho, me asaltaba una cólera furiosa contra el extranjero, el furor de avanzar, un deseo brutal de carnicería… Y desesperado por aquella inmovilidad, acusaba, en la alucinación de mi cólera, a los generales, al gobierno, a todos los de arriba que no me  hacían marchar. Aquella inacción era odiosa. La ropa se nos pegaba al cuerpo y sentíamos cómo el agua nos escurría piernas abajo; las manos se nos helaban en los cañones de las escopetas, el viento afilado y agreste soplaba valle arriba.

De pronto, un ruido sordo: era una batería de artillería que marchaba a tomar posición: pasó como un torbellino, entre gritos, en la niebla, la lluvia y el barro hasta en las corcovas de los caballos, en los zarandeos de las carretas, con el estallido furioso de los látigos, y pasó, perdiéndose en la bruma con un rumor sordo y blando sobre la tierra mojada.

Súbitamente, a nuestra derecha, una descarga de fusilería; ahora sentimos silbar las balas. Instintivamente nos agachamos, reculando cobardemente como una bisoña milicia…

-¡Firmes! – gritaba el alférez.

Ante mí, un soldado se derrumba como un fardo sobre el barro…y se queda inmóvil, muerto…. Ahora vemos las nubecillas de humo pardo que la lluvia limpia y el viento sacude…. El alférez, de repente, se tambalea, cae de rodillas: está herido en el brazo… pero se levanta como un muelle, agita la espada, como un loco, gritando:

– ¡Fuego, fuego!

Después, ya no recuerdo. El tremendo ruido de la artillería nos alucina. Es como un sueño, como un sonámbulo hago fuego al azar, contra la niebla que envuelve todo delante de mí.

Junto a mí, el alférez cayó de nuevo: se retorcía en el suelo, a gritos, en un dolor de agonía:

– ¿Acábenme, muchachos, acábenme, muchachos!

Fue entonces cuando nos vimos rodeados por una masa negra que bajaba en tromba. Corrimos, tirando las armas, en medio de un griterío ensordecedor…. Sentía que aquella enorme masa de gente se partía, se dividía en grupos, dispersos; unos cien, en el medio, corren, cayéndose, levantándose, rodando por el barro, humillados… Tengo una vaga conciencia de que esto significa la derrota, lasdesbandada, el pánico de las milicias…. y huyo, huyo con una amargura desesperante, gritando sin saber porqué, con el ansia abyecta de encontrar un hueco, una casa, un agujero…

Recuerdo haber visto, en aquella carrera, delante de mí, un oficial sin gorra, – una figura delgada y furiosa – gritando con la boca abierta, agitando la espada, intentando de verdad detener la desbandada… Pero la marea de gente lo sepulta, lo aplasta – y siento, vagamente, mi bota esurrirse sobre su cuerpo inerte y machacado…

Oh, ¡maldita guerra!

Cómo entré en Lisboa y me encontré en mi casa, no lo sé. Recuerdo, sí, pasar por el Rossio y verlo lleno de una multitud horrible – toda la población de los alrededores, refugiándose, en una fuga despavorida frente al enemigo. Era un caos de carros, de ganado, de muebles, de mujeres gritando; una masa bruta y acobardada, remolineando, pidiendo pan, bajo la implacable lluvia. Fue en Lisboa donde me enteré, de forma fragmentaria, de todos los detalles de la catástrofe: las escuadras enemigas en el Tajo, la ciudad sin agua porque el acueducto de Alviela había sido cortado, la insurrección en las calles, y la plebe alucinada, pasando del abatimiento al furor, o atacando las iglesias o pidiendo armas, uniendo a la confusión de la derrota los horrores de la demagogia.

¡Días amargos! Mis cabellos se volvieron blancos.

¡Y pensar que durante años nos podríamos haber preparado!. ¡Y pensar que, como Inglaterra, podríamos haber creado cuerpos de voluntarios, haciendo de cada ciudadano un soldado, y preparando de antemano, así, un ejército nacional de defensa, armado, equipado, enérgico y que hubiera recibido, con el hábito de la disciplina, el orgullo del uniforme!…

Pero ¿de qué sirve ahora pensar en lo que se  podría haber hecho?…Nuestro peor mal fue el abatimiento, la inercia en que habíamos caído. Hubo una época en que se atribuyeron todos los males al gobierno. Acusación grotesca que hoy nadie se atrevería a repetir.

¡Los gobiernos! Podrían haber creado, ciertamente, más artillería, más ambulancias; pero lo que no podían crear era un alma enérgica en el país. Habíamos caido en una indiferencia, en un escepticismo imbécil, en un desdén por cualquier idea, en una repugnancia a todo esfuerzo, en una anulación de toda voluntad… ¡Estábamos caquécticos! El gobierno, la Constitución, la propia Carta tan escarnecida, nos dieron todo lo que nos podían dar: una amplia libertad. Fue al abrigo de esa libertad que la patria, la masa de los portugueses debería haber convertido el país en algo próspero, vivo, fuerte, digno de la independencia. ¡El gobierno! El país esperaba de él lo que debía conseguir por sí mismo, pidiendo al gobierno que hiciera lo que a éste le correspondía hacer… Quería que el gobierno le labrase las tierras, que el gobierno crease industria, que el gobierno escribiese sus libros, que alimentase a sus hijos, que le construyera edificios, que el gobierno le diera un Dios.

¡Siempre el gobierno! ¡El gobierno debía ser el agricultor, el industrial, el comerciante, el filósofo, el sacerdote, el pintor, el arquitecto – todo! Cuando un país abdica en manos de un gobierno toda su iniciativa, se cruza de brazos esperando que la civilización le venga dada desde los ministerios, como la luz viene del sol, ese país está mal: las almas perdieron el vigor, los brazos  perdieron el hábito del trabajo, la conciencia pierde el norte, el cerebro pierde acción. Y como el gobierno está para hacer todo – el país se echa al sol y se acomoda para dormir. Pero cuando despierta – y cómo nos despertamos – es con un centinela extranjero a la puerta del Arsenal.

¡Si hubiéramos sabido!

Pero ahora ya lo sabemos. Esta ciudad, hoy, parece otra. Ya no hay esa multitud abatida y fúnebre, apiñada en el Rossio en vísperas de la catástrofe. Hoy se ve  en la actitud, en las maneras, una decisión. Las miradas tienen un fuego contenido pero valiente; los pechos se hinchan como si de verdad contuvieran un corazón. Ya no se ve por la ciudad ningún vagabundeo: cada uno está ocupado con un deber que cumplir. Las mujeres parecen tener sentido de su responsabilidad, y son madres porque tienen el deber de preparar ciudadanos. Ahora trabajamos. Ahora leemos nuestra historia, incluso las fachadas ya no tienen ese aspecto de rostros estúpidos, sin ideas, porque ahora tras cada ventana, hay una familia unida, organizándose fuertemente.

Por lo que a mí respecta, llevo todos los días mis hijos a la ventana, los pongo sobre mis rodillas y les muestro el CENTINELA. Se lo muestro, paseando despacio, de garita en garita, a la sombra que da el edificio al cálido sol de julio y los empapo del horror, del odio hacia aquel soldado extranjero…

Les cuento entonces los detalles de la invasión, las desgracias, los temibles episodios, los capítulos sangrientos de la siniestra historia… Después, les  señalo el futuro – y les hago desear ardientemente el día en que, desde esta ventana, vean, sobre la tierra de Portugal, pasear otra vez un centinela portugués. Y para ello les muestro el camino seguro –ese que deberíamos haber seguido: trabajar, creer y, aunque seamos pequeños en territorio, seamos grandes por la actividad, por la libertad, por la ciencia, por el coraje, por la fuerza del alma… Y los enseño a amar la Patria, en vez de despreciarla, como hicimos antes.

¡Cómo me acuerdo! Ibamos a los cafés, al Gremio[6], a cruzarnos de piernas y decir, entre el humo de los cigarros,  indolentemente:

-¡Esto es una chusma, ésto está perdido, ésto está en manos de otros…!

Y en lugar de habernos esforzado en salvar ‘ésto’ – pedíamos más coñac y nos íbamos al burdel.

¡Ah! ¡Generación cobarde, tuviste un buen castigo!…

Pero ahora, esta nueva generación es de otra clase. Ya no dice ‘esto’ está perdido: calla y espera; si no animada, está al menos concentrada…

Y, al fin y al cabo, no todo son tristezas: también tenemos nuestras fiestas. Y como fiesta, todo nos sirve: el 1º de diciembre[7], el Otorgamiento de la Carta, el 24 de julio, cualquier cosa, con tal de que celebre una efeméride nacional. No en público –todavía no podemos- pero cada uno en su casa, en su mesa. En esos días se ponen más flores en los jarrones, se decora la lámpara con ramas verdes, se pone la vieja bandera, los escudos[8] que nos hacían sonreir hoy nos enternecen – y después, todos en familia cantamos en sordina, para no llamar la atención de los espías, el viejo himno, el Himno de la Carta… ¡Y se alza la copa por un futuro mejor!

Y hay un consuelo, una alegría íntima en pensar que a esa misma hora, en casi todas las casas de la ciudad, la generación que se prepara está celebrando, en el misterio de sus salones, de una manera casi religiosa, ¡las antiguas fiestas de la Patria!

Notas.-

[1] El Largo do Pelourinho, o plazuela de la Picota, es la que está frente al Ayuntamiento de Lisboa, o Cámara Municipal.
[2] El Arsenal está junto a la Praça do Comercio.
[3] Calle del barrio de Lapa.
[4] Los ómnibus de tracción animal.
[5] Opera de Halévy, estrenada en 1835.
[6] El Gremio Literario, club literario y político que aun existe en la rua Ivens de Lisboa.
[7] El 1º de diciembre de 1640 Portugal se liberó del yugo castellano y recuperó su independencia.
[8] Las quinas son los siete escudos pequeños que hay en el blasón de Portugal, que representan las siete ciudades principales.


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