Berlín manda, Europa y Alemania, por Paul Lever

18 mayo, 2017

 

(Berlin rules, Europe and the german way)

I.B. Tauris, London 2017, 270 págs.

ISBN 978 1 78453 929 0

El estudio de Paul Lever, diplomático británico que ha trabajado largos años en la Comisión Europea y que fue embajador en Alemania, nos permite comprender mejor la posición de Alemania en la Unión Europea y en el mundo, así como su política y su economía.

El libro se reparte en ochos temas:

La influencia de Alemania en la Unión, que se ha puesto de manifiesto, por ejemplo, con el preponderante papel de Alemania en las dos crisis más graves de la Unión, Grecia en julio 2015 y los refugiados, y hasta en la elección de Juncker, servidor de Alemania, pero poco apreciado por los británicos. El. Lever hace una semblanza de Angela Merkel, la que perfectamente encarna el poder tranquilo de Alemania, una dominación que los británicos siempre quisieron evitar pero que ahora ya no podrán contrarrestar. El autor nos describe la democracia completa de Alemania, sus instituciones y su empeño en no convertir la política en vana agresividad.Capa Berlin rules

El segundo capítulo está dedicado a la economía alemana. Hay que recordar que, descartado el plan Morgenthau, ideado en 1945 para dejar Alemania convertida en un país meramente rural y atrasado, la hora cero (Stunde Null, en 1945) y el Plan Marshall dieron un empujón para que los alemanes convirtieran su miseria en el famoso milagro. Lever destaca el papel de la mujer alemana en la reconstrucción, pues más cinco millones de hombres jóvenes habían muerto en la guerra.

Describe el paisaje industrial de las grandes empresas y el llamado Mittelstand, esas empresas de tipo medio, muchas de ellas familiares por varias generaciones. Muy interesantes son las páginas sobre el importante papel de los empresarios y de los sindicatos en su esfuerzo económico, en la innovación tecnológica y en la calidad, una actitud que, junto a la excelente formación profesional hace de los obreros alemanes los más competentes técnicamente del mundo, además de su virtud del Fleiss (trabajo duro). No existe el fenómeno de los Friday cars, esos coches que salen a trompicones de las fábricas antes de cerrar y que están mal terminados, como sucede en Inglaterra y en Estados Unidos. Junto a ello, la toma de decisiones en las empresas es compartida en gran medida y explica el acierto de la mayoría de las decisiones. Por fin, recalca el énfasis en la propiedad del capital y el escaso recurso al crédito.

Los retos de la reunificación, de integrar una tercera parte del país, mucho más atrasada, sin caer en el horror a la inflación y a los créditos al consumo, con ese afán de exportar más que importar, caracterizan también el modelo. Una austeridad, disciplina y productividad que explican también el rechazo a transferir fondos a países que no cumplen los requisitos del Pacto de Estabilidad.

El federalismo que fundó la Ley Básica de 1949, o Constitución, es objeto del tercer capítulo. Es interesante conocer cómo se vota en el Bundestag y en el Bundesrat o Senado para comprender la gran estabilidad del sistema y el correcto reparto de competencias entre el Estado federal y los Länder. Por ejemplo, en educación, aunque los sistemas parecen distintos según los Länder, la naturaleza de la educación es básicamente la misma y homologable en toda Alemania.

Curiosamente, para llegar al poder, contrariamente al Reino Unido, no es imprescindible haber pasado por el Parlamento. El Bundestag no es la vía central, sino que cuenta más la experiencia ejecutiva de haber sido presidentes de Länder. También, la forma de funcionamiento del Bundestag excluye la brillantez artificiosa de la oratoria privilegia la especialización técnica, la exactitud en las propuestas, así como en su posible aplicación.

De los 630 diputados, la mitad provienen de la representación regional, por lo que el vínculo nacional y el regional combinados aseguran que los intereses del país y sus territorios prevalezcan sobre los intereses meramente partidarios. Por ejemplo, los Länder son competentes en muchas materias que ningún ciudadano pensaría en atribuir al parlamento federal. Las responsabilidades están bien delimitadas.

Los partidos políticos son también analizados por Lever, desde su origen hasta en los debates actuales sobre política nacional y europea.

Un país sin pasado, como dice el autor, algo que se demuestra en sus dos eventos anuales, no en las celebraciones de batallas, guerras o victorias. Son aquellos, sólo el 3 de enero, conmemoración de la Reunificación y el 27 de enero, Día del Recuerdo del Holocausto. La segunda guerra mundial y los exterminios son hoy la razón del europeismo alemán. Alemania es el único país que ha revisado su pasado a fondo, en un proceso de catarsis y cura singular. De ahí también la reconciliación franco-alemana, el acento en la estabilidad de Europa y el antinacionalismo.

En cuanto respecta a los inmigrantes, los alemanes son humanos pero no ingenuos. Multiétnicos quizás, pero no multiculturales. La obligación de asimilarse es sentida por toda la población y todos los políticos, precisamente oponiéndose a todo tipo de ghettos. Sin embargo, el Ius sanguinis se antepone al Ius solis, como fórmula de integración privilegiada. La razón histórica es que casi quince millones de alemanes nacieron fuera de las fronteras actuales, expulsados en masa y de la forma más inhumana 1945 de los países del Este donde vivían desde siglos.

Alemania tiene fronteras con nueve países y muchas de ellas han sido complejas y controvertidas, sobre todo con Polonia y con Francia, pero también con Bélgica y con Dinamarca. Con Francia se firmó el Tratado del Elíseo en 1963 entre De Gaulle y Adenauer. Esto fomentó un contacto bilateral que siempre ha sido provilegiado por ambos Estados y que se manifiesta hasta en las relaciones entre funcionarios, el papel de la Ecole Nationale d’Administration como puente, la frecuente toma de decisiones conjunta de cara a temas europeos o bilaterales eso, que recuerda Paul Lever, irritaba tanto a Thatcher.

Con Polonia la relación ha sido muy difícil. Recordemos cuando Brandt cae arrodillado en el antiguo ghetto de Varsovia porque le faltaban las palabras. Alemania ha aceptado la línea Oder-Neisse, renunciando para siempre a Prusia Oriental y Silesia, tierras que habían sido alemanes durante muchos siglos.

Así, nos recuerda el autor, se ha formado el llamado Triángulo de Weimar entre Alemania, Francia y Polonia, pequeño acuerdo que, como el Benelux o el Grupo de Visegrado, es compatible con la UE.

Las relaciones con el Reino Unido se basan en la comunidad de valores, en la defensa del libre mercado. La ocupación británica ha sido la que más empatía demostró. Las últimas unidades británicas abandonarán Westfalia y Baja Sajonia tras 74 años, pero dejarán un recuerdo de amistad y protección, no como las tropas rusas, nos dice el embajador. Pero Alemania se distancia del Reino Unido con el Brexit, a pesar de aquellas palabras de Schäuble en 2014 de que “no se necesita más Europa, sino una Europa más “inteligente”.

Respecto a la Unión Europea, Alemania habla formalmente de unión política, pero nadie la define. Extrapolando la Constitución alemana, Paul Lever sugiere una serie de temas que podrían ser susceptibles de más Europa:

  • La Comisión dirige la política exterior y de defensa.
  • Inmigración y ciudadanía.
  • Moneda común.
  • Más impuestos.
  • Seguridad Social.
  • Grandes proyectos de infraestructuras.

 Pero no deberá compartir cargas de déficits causados por el incumplimiento de las normas básicas de correcta administración ni pagar las deudas de otros. Alemania siempre estará empeñada en hacer cumplir la disciplina del Pacto Fiscal y de Estabilidad y, por tanto, la viabilidad del euro. En estos temas la opinión pública alemana difiere bastante de las posiciones que proclaman sus dirigentes sobre una probable unión política. Hay menos disposición aun a pagar los platos rotos por la incuria de otros gobiernos que no han tenido disciplina fiscal.

Joschka Fischer y Wolfgang Schäuble, dos de los dirigentes más valorados y admirados por el autor, propusieron que hubiera más integración, reforzando el Consejo en vez de la Comisión y permitiendo incluso la elección directa del presidente de la Comisión. Pero a sabiendas que ni los partidos ni los ciudadanos europeos estarían preparados para ello.

El papel de los alemanes en las instituciones europeas es fundamental. De los presidentes del Parlamento europeo en los últimos veinte años, cinco han sido alemanes. Decenas de altos funcionarios alemanes presiden comisiones y grupos de trabajo.gracias en parte a ellos, el rigor fiscal y presupuestario, el euro y los requisitos medioambientales siguen estando en el centro de los asuntos más serios de la UE. También, el enfoque a los dos problemas más inmediatos, seguridad (Schengen), e inmigración (Frontex), son determinados por la sólida posición de Alemania.

El Tratado de Amsterdam de 1997 creó el puesto de Representante Europeo para Política Exterior y Seguridad, que fue ocupado por Javier Solana. Luego, el Tratado de Lisboa de 2007, estableció el Servicio de Acción Exterior europeo, cuyo director sería el Vicepresidente de la Comisión. Pero la Unión debe ser creíble, con una fuerza militar autónoma, consistente, sin perjuicio de las competencias de la OTAN. Lever es algo escéptico en que esto pueda ser una realidad en el futuro próximo.

En cuanto a las perspectivas con la salida del Reino Unido, Lever considera que no habrá un cambio drástico. La UE seguirá funcionando, resolviendo los problemas y las crisis a medida que se presenten, com ha hecho hasta ahora, sin grandes metas ni principios inamovibles o rígidos, con un gran pragmatismo. No habrá mucha más integración ni pérdida de soberanía, pero tampoco descomposición. No llegará a ser como un Estado federal, entre otras cosas, porque el presupuesto de la Unión es solamente del 1% del PIB europeo, mientras que el presupuesto del Estado federal norteamericano es del 20% del PIB.

Alemania seguirá liderando la UE, junto con Francia, de manera aun más fácil ahora que el Reino Unido ya no está. La Comisión quizá tenga algo más cuidado en no interferir tanto en las normas y costumbres nacionales (como cuando hasta ha regulado hasta cómo se debe servir el aceite de oliva en los restaurantes), quizá aplique el principio de discontinuidad, es decir, retirar un proyecto aprobado de reglas que puedan no ser muy necesarias e incluso repetitivas. Tendrá que haber más flexibilidad, aunque es posible que los países más centrales de la eurozona adquieran más compromisos que algunos periféricos. Esto no será la Europa a dos velocidades, pero habrá que tener en cuenta las realidades económicas y políticas para evitar voluntarismos como el que permitió aceptar a Grecia en la eurozona, por ejemplo. Pero los países periféricos permanecerán porque no tienen otro lugar a donde ir.

La última reflexión de Paul Lever es algo triste, y es que “dentro de veinte años muchos ya habrán olvidado que el Reino Unido fue miembro de la Unión Europea. Los partidarios del brexit no se arrepentirán y otros, mirando hacia atrás, pensarán que para qué sirvió tanto alboroto”.

El libro de Paul Lever es un ejemplo de cómo un diplomático conoce, observa, sintetiza y transmite su experiencia profesional. Un modelo de informe que se debería estudiar en las escuelas diplomáticas y universidades. Y, también, por qué no, un libro que nos gustaría que algún diplomático británico escribiera sobre cómo ve España, con esa objetividad, profundidad, simpatía no exenta de critica y claridad con la que Paul Lever nos ha descrito Alemania y su lugar en Europa y el mundo.


Fotos antiguas

6 junio, 2015

El morbo de las memorias de la guerra no me atrae. Está demasiado trillado y hay demasiado maniqueismo. Pero a veces, entre viejos papeles, aparecen fotografías perdidas como ésta de la entrada de las tropas nacionales en La Puerta de Segura, provincia de Jaén, en marzo de 1939.

La entrada de los nacionales en La Puerta

La entrada de los nacionales en La Puerta

En La Puerta acogieron a los refugiados de Espejo, pero el pueblo vivió en cierta calma, sin “paseos”, durante toda la guerra. Entre otras personas que contribuyeron a mantener el orden estaba el alcalde, Vivas, fontanero, de izquierdas y hombre sensato y honradísimo que yo llegué a conocer en los años sesenta, siempre con sus pantalones de azul de Vergara, de obrero, y sus gafas redondas. ¿Por qué no se recupera su memoria pues fue un español cabal en aquel maremágnum de despropósitos?

Es difícil encontrar otras fotografías con los puños en alto –que las habría- pues serían quemadas por sus poseedores, ante el miedo que se implantó. También es difícil encontrar las cartas que recibían las familias de los movilizados en el frente. Sin embargo, en algún cajón o alguna cámara estarán aun, y serían útiles para recrear cómo era la vida cotidiana, en ambos lados.


Sobre el interés de volver a leer a Arthur Koestler

23 mayo, 2015

La censura se ha ejercido siempre, unas veces por el Estado, otras veces, de forma más sibilina, por los intelectuales y gentes de la cultura; por fin, también por los editores que deciden qué es lo que merece la pena –más bien, lo que es rentable- publicar y lo que no.Unknown

Arthur Koestler, judío húngaro nacionalizado británico (1905-1983), antiguo comunista que se desengañó pronto, dedicó algunas obras a la crítica del totalitarismo y del fascismo, ya es difícil de encontrar. Y, sin embargo, El cero y el infinito es uno de los alegatos más importantes que se han hecho contra el estalinismo. Un testamento español, donde narra su prisión y condena a muerte en manos de los nacionales españoles, en Sevilla en 1937 (fue liberado gracias a la intervención británica). Otros libros, como Los sonámbulos, es un excelente resumen de la filosofía de la naturaleza y de la ciencia, donde precisamente expone la necesidad de la racionalidad y de la intuición, complementarios . En La tribu de los kazares o la décimotercera tribu, un libro de historia, examina el origen de los judíos de Rusia y del Este de Europa. Otras obras y ensayos, sobre la causalidad y el azar, sobre el fenómeno del humor, son singulares que merecerían también ser reeditadas. Sobre los orígenes del Estado de Israel y los kibutzs, escribió La torre de Ezra, donde evoca sus experiencias en la Palestina de los años treinta del pasado siglo. Sus demás escritos autobiográficos son casi un trasunto de la historia de la Europa del siglo XX, en la que fue no sólo testigo, sino actor, sin arredrarse ante el peligro.

Como se dice ahora, fue un hombre renacentista pues abarcó diferentes áreas del conocimiento, tanto en la ficción, la autobiografía y los ensayos científicos, algunos sobre la ESP, percepción extrasensorial y telepatía. Nunca vulgar ni banal, introducía las dudas en el lector, que a menudo es conformista por definición. Sus libros soliviantan, sacuden, nunca dejan indiferentes. También podríamos llamarle excéntrico, en el sentido más euclidiano de la palabra, pues eludió y rehusó los centros de los dogmas, imaginando y demostrando otras posibilidades de pensamiento. Así como estudió astronomía y los movimientos de las esferas sin plegarse a las verdades aceptadas, así en política y pensamiento, Koestler no siguió los caminos trillados.

Fue un gran amigo de George Orwell, con quien compartió la desilusión del marxismo y del comunismo. Ambos fueron adalides del pensamiento libre, de la lucha por la libertad y por la defensa de los oprimidos y los excluidos.

 Es curioso el poco caso que se le ha hecho en España. Quizá porque la derecha leía poco y porque la izquierda, que leía algo más, lo tachó inmediatamente de anticomunista. Con eso se ahorraban examinarlo, leerlo y discutirlo. Era todo menos políticamente correcto.


Misión en Angola. 6. ¿Por qué Salazar pensó en mí?

30 enero, 2015

Los vericuetos administrativos, personales y políticos a través de los cuales el Presidente del Consejo de Ministros había llegado hasta mí, joven abogado sin pleitos, no me fueron extraños. Mi familia paterna unía, a la fidelidad perruna al dictador, intereses en las colonias, aunque principalmente en Guinea Bissao y en Mozambique. Yo, otrora díscolo universitario, era a fin de cuentas un asimilado por la dictadura. Me esperaba un porvenir seguro, si gris. Mi quinta cerca de Alcácer do Sal, mis viajes, mis libros. Yo no tenía ideología, si bien no me podían incluir en el bando gubernamental, era un liberal acomodaticio y vago. Estaba en aquellos tiempos de pasante con el ilustre jurista Queiro de M., acémila afín al dictador (aunque después del 25 de abril, él y muchos de sus abogados hayan hecho alarde de sus inveteradas convicciones liberales, ‘de toda la vida’). Por el despacho de la rua Castilho pasaba todo lo que contaba en la república y mis informes, mi presencia discreta pero eficaz en reuniones de alto nivel, absolutamente secretas, en las que se jugaban los millones de la CUF o las acciones de Champalimaud, habían sido unánimemente apreciadas. Mi patrono me retribuía de tarde en tarde con la largueza de un almuerzo en el club 31 o en el cercano Pabe con algún cliente importante donde se fumaban habanos traídos de Madrid y se terminaba hablando confidencialmente de las consabidas españolas, intercambíandose direcciones de apartamentos secretos de Cascais y Estoril. La prueba de haber sido admitido en el selecto mundo de los abogados y la curia era precisamente que se hablase de las españolas en presencia del pasante. A partir de ese momento era elevado a la categoría de respetable miembro de la profesión, digno de escuchar los consejos y sugerencias de los más veteranos sobre cuál era la casa de Estoril donde la calidad y disponibilidad de la oferta era más placentera y accesible, incluso para la modesta remuneración del pasante elevado a socio.

Angola era nuestro inmenso patio trasero, nuestro espacio vital donde colocar a la emigración endémica fruto de la política antiindustrial del Estado Novo. Inmensas obras públicas, repartos de territorios grandes como términos municipales del Alentejo, iban a parar a familias portuguesas, alemanas y a concesionarios mineros extranjeros. La mano de obra gratuita, esclava, y los cuadros intermedios portugueses, aseguraban una economía saneada y una estabilidad social. Los negros, resignados desde hacía siglos, amedrentados desde remotos tiempos por los mercaderes de esclavos y por sus propios reyezuelos que vendían el excedente a los europeos para llevarlos al Brasil, eran sumisos y bondadosos. La vida era bella y el tedio invadía nuestras ciudades, construidas a imagen y semejanza de las poblaciones creadas por Salazar en las zonas deprimidas del Portugal continental; su escuela, su iglesia, sus paseos con árboles y sus almacenes pintados de rosa de esquinas redondeadas y con tejados a la portuguesa. El proyecto más reciente y más disparatado, como los años se encargarían de demostrar era la futura capital Nova Lisboa, en el centro del planalto, colonia del futuro y base de la Angola asociada del señor Doutor. Parecía como si la emulación del Brasil se reflejase en la edificación de esa nueva capital, una especie de Brasilia que nunca cuajaría.

Pero la catástrofe se cernía sobre nuestra plácida colonia. Argelia, cuya independencia hacía unos meses había provocado el éxodo masivo de europeos, algunos de los cuales llevaban allí varias generaciones, el Congo Belga, eran pruebas recientes de que no iba a ser fácil. La Unión Soviética y sus circunstanciales compañeros de viaje, los escandinavos, los americanos, los siempre benévolo, ingenuos y bienintencionados canadienses, no iban a dejarnos instalar allí un país que se saliera del reparto a compás y cartabón que los aliados habían trazado hacía más de quince años. Mi escasa experiencia diplomática, reducida a frecuentar los salones de las embajadas de Inglaterra y Estados Unidos en la colina de Lapa en recepciones encorsetadas por el protocolo, me habían desengañado hacía tiempo. Si éramos atacados, nos las deberíamos apañar solos y contra corriente.

Salazar, tras reiterarme un par de veces su consigna favorita “todo por la Nación, nada contra la Nación”, lo que era redundante y ocioso pues la sabíamos obligatoriamente todos los portugueses desde nuestra tierna infancia salazarista, me había insistido en la condición de provincia de Angola que no de colonia. Y en verdad, pobres campesinos de Tras os Montes y la Beira Alta, maestros y practicantes, capataces y mecánicos, eso era la gran mayoría de lo que la propaganda enemiga calificaba de esbirros del imperialismo y representantes del capital financiero. Y, contrariamente a Argelia, donde los franceses disfrutaban de todos los derechos y libertades garantizados por la República, ni en Angola ni en la metrópoli, no votábamos portugueses, ni blancos, ni negros ni mestizos, que en eso estabamos igualmente ayunos, sin la menor discriminación.

Desde la independencia del Congo Belga, las incursiones se habían hecho frecuentes en el norte de nuestra provincia ultramarina. Los obreros nativos de las plantaciones dudaban en unirse a los insurgentes o no, duda que era fácil de resolver porque las represalias de éstos si no lo hacían eran tan temibles como las exacciones de la policía territorial o las mucho más aflictivas de la PIDE. Pero el aplastamiento de la primera huelga en la Baixa do Cassange los habia –creía yo- apaciguado. Los sudafricanos nos ayudaban con la información y colaboraban activamente en aplastar los focos insurgentes. Ellos tenían aviones, pilotos y conocían Africa perfectamente, mientras que, en general, nuestros reclutas habían ido a la zaga, hasta entonces, en eficacia. Sólo a partir de entonces, con los Comandos que se organizaban como tropas especiales, empezamos los portugueses a estar a la altura de aquel enemigo sinuoso, que no daba la cara, difícil de aprehender. Pero cuando ya íbamos ganando militarmente, la batalla política ya había sido perdida desde hacía mucho tiempo y tuvimos que irnos, aunque esa es otra historia.

Atenazado por una vanidad desbordante, ciego a las alertas interiores, me sentía un nuevo Pimpinela, un Miguel Strogoff, un héroe antiguo, dispuesto a vencer los bandoleros, la PIDE, los bloques del Este y del Oeste. Había sido ungido por el señor Doutor y todas mis precauciones y cautelas se habían disipado. Había pensado en mí, yo era su hombre. Que yo no supiera de Africa más que cuatro cantigas recitadas por un viejo criado de mis padres que había intentado sin éxito establecerse en Mozambique, y la novela de Rider Haggard, Las minas del rey Salomón, en la versión del excelso Eça, que nosotros consideramos superior al original inglés, no importaba.

Celebré este acontecimiento que durante unos meses de mi vida me iba a disipar un poco el habitual aburrimiento de mí mismo y aunque era tarde, solo y con el egotismo exacerbado por aquella altísima encomienda que me pondría en el trampolín para devenir una figura de la Curia, despaché un bacalao à Brás que sólo eran capaces de preparar en O …., en la rua dos …., regado con un Porta dos Cavaleiros que no estaba tampoco nada mal. Estos excesos me permitieron dormir sin darle más vueltas al asunto y levantarme con un rabioso dolor de cabeza que sólo logré calmar a base de aspirinas y cafés.

Apenas un año después de mi accidentada vuelta al Cais do Sodré, todo se precipitaría en una lamentable cuesta abajo, con el asesinato de Humberto Delgado, la crispación y rabieta del señor Doutor y el ascenso de un vigoroso y gris Marcello Caetano que no se andaría con contemplaciones con las guerrillas y demás terroristas y que, de no ser por el contubernio onusiano, habría incluso conseguido ganar la guerra colonial. Los alemanes venderían o abandonarían sus sueños angoleños y se instalarían en otras tierras más dóciles y fáciles de manejar, principalmente en la Africa del Sudoeste, una vez levantadas las restricciones impuestas tras las dos guerras mundiales.

 


El príncipe Hubert zu Loewenstein: antinazi y patriota. La dignidad alemana.

20 diciembre, 2014

Rebuscar y husmear en los alfarrabistas de Lisboa (alfarrabista es palabra de origen árabe que designa un librero de lance) es uno de los entretenimientos que ofrece la capital portuguesa. Suelen ser una caja de sorpresas porque los portugueses leen en varias lenguas y los libreros también han adquirido bibliotecas de refugiados de toda Europa. Por aquí ha pasado todo el mundo. Hay libros en las más diversas lenguas.

Hace poco he descubierto un libro olvidado, desconocido, On borrowed peace (La paz prestada, en una edición de la prestigiosa Faber and Faber, 1943), del noble alemán antinazi, el príncipe Hubert zu Loewenstein, uno de esos alemanes egregios que no claudicó jamás ante el nazismo.

 Hubert zu Loewenstein

Hubert zu Loewenstein

Ya entonces, antes de la guerra, contaba los avatares de una familia conservadora y noble perseguida por los zelotes nazis desde la llegada de Hitler al poder. Nada era pues desconocido para el que quisiera saber. Lo que demuestra, tristemente, que los libros, o no se leen, o se pasan por alto. Loewenstein escribió unos cuarenta, pero, como se ve, a los políticos no les interesaba lo que auguraba y sus advertencias pasaron desapercibidas. Esto pasa desde el origen de los tiempos y ya Camões se quejaba de “cantar a gente sorda y endurecida”.

Loewenstein fue olvidado quizá porque era católico y los críticos parecen detestar la religión católica, el Papa y el Vaticano. Tildado seguramente como conservador, fue postergado, aunque contribuyó en gran medida a la reconciliación dentro de Alemania y al resurgir del europeísmo. Contrasta este olvido con la atención concedida a los escritores, psicólogos, cineastas, músicos, alemanes, en general de izquierda, que a veces fueron menos combativos contra el nazismo y se acostumbraron a un exilio dorado.

A Konrad Adenauer, empeñado en la americanización forzada de la RFA le resultaba quizá molesto este aristócrata, puramente alemán y liberal, que sostenía que la mayoría de los alemanes no fueron realmente nazis, “si hubieran sido tan seguidores (de Hitler), no se hubiera precisado de la Gestapo, el control totalitario y los campos de concentración”. Fue un adalid contra la tesis de la responsabilidad colectiva, que pretendía culpabilizar a toda Alemania del nazismo, algo parecido a lo que se hizo ignominiosamente en Versalles en 1919 y que sembró precisamente las bases de la reacción del nacional-socialismo.

Pero a los aliados también les resultaba molesto pues encarnaba la verdadera Alemania, mientras que los designios de los aliados eran acabar de una vez con Alemania. A estos alemanes no se les hizo caso, como no se le hizo a Von Stauffenberg y a los conspiradores del 20 de julio de 1944 (hubo muchas más conspiraciones, todas neutralizadas por la Gestapo y la SS). Los bomaberdos masivos eran el único argumento. Eso sí, conservando en lo posible su infrastructura industrial. La destrucción, de la que habló el escritor W. G. Sebald, se cebó sobre todo en objetivos civiles, en ciudades.

Por las páginas de Loewenstein, un fresco de la sociedad de la época, pasan muchos políticos ingleses, el checo Benes, el filósofo tomista francés Jacques Maritain. También se extiende en detalles de protocolo, de viajes, de instalaciones en casas inglesas y americanas y de sus escritos.


Los memorables de Daniel Vázquez Díaz. El poeta Miguel Hernández

21 febrero, 2014

Texto de Rui Vaz de Cunha (heterónimo de Ignacio Vázquez Moliní y Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye) en el libro Los memorables de Vázquez Díaz, una  mirada al siglo XX (se vende en la librería Pérgamo, General Oráa, Madrid).

Rui Vaz de Cunha

Rui Vaz de Cunha

Miguel Hernández (Orihuela, 1910 – 1942, Alicante).-

La relación del poeta de Orihuela con Portugal es una de las más tristes que imaginarse puedan. Al concluir la guerra civil Miguel Hernández se aventuró como pudo hasta llegar a la raya portuguesa. Pasó por Sevilla, subió a la sierra onubense, estuvo en Aroche y, desde allí, amparado tal vez por arrieros, o por contrabandistas tan abundantes en aquellos tiempos, cruzó la frontera. No lo hizo por el paso natural, que entonces, como hoy, era el de Rosal, sino a pie siguiendo desmontes y fincas hasta llegar a una pequeña aldea llamada Santo Aleixo da Restauração. Alguien le habría informado, los arrieros o los contrabandistas, que de esa manera evitaría los numerosos controles militares del lado español.

Uno sabe que cruzar de aquella manera la frontera no es, ni mucho menos, complicado. El único obstáculo que tiene que salvarse es la ribera del Chanza, modesto cauce que en muchos sitios puede pasarse sin peligro alguno. Basta con remangarse las perneras del pantalón. Además, en aquella adelantada primavera del año 1939 no bajaría en exceso caudaloso. Para entrar en Portugal hay que salir de la carretera unos pocos quilómetros antes de llegar a Rosal. El mejor paso se encuentra casi en frente del cortijo Monteperro, que pertenece desde siempre a don Misael Baones, desde antiguo buen amigo de mi familia y propietario del afamado hierro caballar de la cercana Almonaster la Real.

No tuvo suerte Miguel Hernández. Es cierto que nada más entrar en la aldea fue socorrido por un joven del que hoy poco se recuerda. Al parecer, le insistió para que no intentara dirigirse de inmediato hacia Lisboa. Era preferible, le dijo, esperar unos días escondido hasta que la vigilancia no fuera tan severa. No tenía nada que temer, añadió. Tendría comida y un techo bajo el que descansar. Luego ya verían cómo organizar mejor su viaje hasta la capital. El poeta no le hizo caso. Pensó que era mejor seguir adelante. Alejarse cuanto antes de la frontera. Lisboa no estaba lejos.

Intentó vender un reloj de oro blanco, regalo que en su día le hiciera Vicente Aleixandre. Pero las cosas no fueron tan sencillas. Un campesino avariento no sólo se quedó con aquel reloj sino que denunció al fugitivo para recibir la vergonzante recompensa estipulada por los franquistas.

Al cabo de unos días en los que estuvo detenido en el calabozo de Ficalho, Miguel Hernández fue entregado a los guardias civiles. Pasó unos días más en la cárcel de Rosal. Magullado y hambriento fue por fin trasladado a Madrid donde ingresaría en la cárcel de Porlier. Después, no se sabe muy bien por qué, fue liberado. El poeta, ingenuo como era, regresó a su tierra donde, como es sabido por todos, inició el calvario que unos años después acabaría con su propia vida.

El dibujo que le hiciera Daniel Vázquez Díaz, cuyo paradero actual mucho me gustaría averiguar, es sin duda todavía más interesante que aquel otro que suele reproducirse siempre, el realizado por don Antonio Buero Vallejo, también excelente dibujante.

En el retrato de Vázquez Díaz, realizado al carbón, como a toda prisa, destacan las sombras del rostro casi adolescente. La mirada ingenua del poeta se pierde en la distancia proyectada por unos ojos asombrados ante el mundo. Los trazos se difuminan hasta perderse en un fondo apenas sugerido. La frente, sin embargo, es ya la de un poeta maduro, llena de pensamientos y de versos todavía no plasmados en poema alguno. Ahí es donde creo que reside sobre todo el misterio de este gran dibujo. Al contemplarlo con detenimiento, uno tiene la extraña sensación de adivinar las siniestras líneas de la que pronto será una faz yaciente, sin alma, sin aliento, a falta sólo de que alguien llegue a cerrarle los ojos, esos ojos desmesuradamente abiertos.

Lo que muy pocos conocen son las gestiones infructuosas que en Lisboa se llevaron a cabo para impedir que Miguel Hernández fuese devuelto a España. Cierto era que los tiempos, en aquel año de 1939, no estaban como para muchas aventuras románticas. Portugal se encontraba en una hora decisiva. Por una parte, las tropas franquistas acuarteladas en la frontera no auguraban nada bueno. Las ansias expansionistas de los vencedores de la guerra civil española eran evidentes. La negativa de los ingleses para vender el necesario material de guerra había impedido el rearme del ejército portugués. El estallido de la guerra mundial era inminente.

Entre tanto, como de costumbre, Salazar jugaba a varias bandas. Por una parte colaboraba abiertamente con Franco. Por otra, a través de terceros países, mantenía abiertas las vías de comunicación con lo que quedaba de la República Española.

Así las cosas, en Lisboa algunos diplomáticos hispanoamericanos proseguían sus actividades en favor de los refugiados republicanos. Especialmente activos fueron los representantes de México y de Chile. En aquellos años la cónsul chilena era Gabriela Mistral. Por ciertos recuerdos familiares cuyo origen ahora no viene al caso, sé de buena tinta que ambas legaciones llevaron a cabo decididas gestiones para salvar a Miguel Hernández. No tuvieron éxito tan sólo por uno de aquellos azares que tan a menudo se dan en la vida diplomática, un almuerzo que se alarga demasiado, un teléfono que no es atendido, una ausencia inesperada de aquél que tiene que plasmar su firma en la orden oportuna.

Quién sabe si algún día no me animaré a poner orden en los muchos papeles familiares para narrar en detalle aquellos acontecimientos. Habría materia suficiente para una entretenida novela.


Los ministros de una dictadura son siempre malos, ¿o no? Adriano Moreira, un buen ministro de Oliveira Salazar

17 enero, 2014

Nos llena siempre de perplejidad –en nuestra simpleza o nuestros prejuicios- tener noticia o re-conocer cómo hombres que sirvieron a una dictadura pueden ser más honestos, íntegros, cultos e inteligentes que muchos de los que hoy se reclaman de la democracia. Produce desconcierto ver cuán raros son los ministros de gran talla humana y política que el régimen parlamentario ha producido en España y Portugal. En nuestra ingenuidad pensábamos que todo demócrata siempre sería superior a un conservador reaccionario. Gran error que la realidad actual de Portugal y España se está encargando de desmentir a diario.adriano-moreira-c1b2

Así, observamos que hubo ministros de Salazar, como de Franco, que no fueron intrigantes, que cumplieron con cuidado y esmero su misión, que sirvieron a su país. E incluso, como Adriano Moreira, que fueron encarcelados por actividades contra el Régimen. Leer las biografías de algunos nos revela que no hay poder monolítico y que los matices y sensibilidades de los que sirvieron esos regímenes fueron muy variadas.

Adriano Moreira (Grijó, 1922), en su excelente autobiografía, A espuma do tempo. Memórias do tempo de vésperas (Ed. Almedina, www.almedina.net, Coimbra, 2009, 465 páginas), cuenta cómo era hijo de un policía y de una costurera que llegaron a Lisboa desde la lejana Tras-os-Montes, donde nació. Con una infancia y adolescencia humildes, estudió, y llegó a altos puestos del Foro, de la Universidad y del Estado.

Jurista y constitucionalista, aceptó ser Ministro de Ultramar con Salazar, con el afán de mejorar las condiciones de vida en las colonias. Su idea es que una persona no podá excusarse de servir a su patria. Así, consiguió en 1961 la abolición del Estatuto del Indigenato, un paso casi tan importante como la de la esclavitud en el siglo XIX. Se apartó discretamente del régimen por desacuerdo con la política militar en las colonias. Tras haber pasado por el Parlamento como diputado del CDS, es Presidente de la Academia de Ciencias de Lisboa.

En su libro, despacha con lucidez el desastre y desbandada que constituyó el abandono de las colonias y de centenares de miles de personas, negros, blancos y mestizos, tras el 25 de abril de 1974. Fueron dejados a su suerte, sin ningún heroísmo militar ni una mínima defensa de los intereses de la población portuguesa y africana. Pero ésto, en Portugal, sigue siendo políticamente incorrecto y se oculta a la opinión pública.6a00d83451e35069e2011570a5ad38970b-200wi

Profundamente cristiano, desde siempre del sector de la doctrina social de la Iglesia (el que hoy representa el Papa Francisco), está hoy preocupado por los valores éticos, que son supeditados a la ley del mercado –“los valores, sustituidos por el nuevo riquismo”, ha dicho hace poco- y considera que hay que respetar y mantener el Estado social, que forma parte de la esencia de la democracia verdadera, la de Jefferson. Como gran experto en política y derecho internacional, lamenta el fin del Euromundo. Está, en fin, profundamente preocupado por el futuro que dejaremos a nuestros hijos.

En este sentido, Adriano Moreira no es nada crepuscular, no es un vestigio del pasado, sino que sigue esforzándose en comprender la sociedad internacional y en explicarla a sus lectores. Leer sus libros, densos, bien documentados, es un estímulo y un acicate a la responsabilidad de los políticos.

Más: un buen artículo de António Sampaio da Nóvoa: Adriano Moreira: Um século sem bússola (Memórias do Outono Ocidental), Jornal de Letras, nº 130, www.jornaldeletras.sapo.pt


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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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