Los Campos de Hernán Perea (Jaén)

29 mayo, 2018

En el término municipal de Santiago de la Espada, en los confines de la Sierra de Segura, se encuentran los Campos de Hernán Perea.

Campos de Hernán Perea

Campos de Hernán Perea. Al fondo, el Calar de las Palomas  (acrílico sobre tela, 60 x 50).

Santiago de la Espada (provincia de Jaén, Andalucía, España) es un pueblo situado a 1.250 metros sobre el nivel del mar. Se llamó antiguamente El Hornillo y era una aldea de Segura de la Sierra. En 1691 fue elevada a la categoría de villa, segregándose de Segura. Tenía ayuntamiento, cárcel y pósito. La parroquia de Santiago dependía de las Ordenes Militares. Había además tres ermitas, consagradas a San Antonio de Padua, San Roque y a la Purísima Concepción.

Según Madoz, tenía en su término minas de hierro, cobre, plomo, piritas ferruginosas y muy buen lignito, pero sin explotar. Madoz es quien atribuye el origen de los pobladores a pastores trashumantes de la Serranía de Cuenca. De estas explotaciones mineras no queda rastro ni memoria, al parecer.

En Pinar Negro, cerca de los Campos, antiguamente se hacía alquitrán o pez en las ‘pegueras’, probablemente quemando madera y después destilando el carbón. Esta práctica seria, como es natural, desastrosa para los montes y para el entorno pues las retortas producirían también gas y amoníaco. Recuérdese que el Pinar Negro, cuyo nombre sugiere montes cerrados y espesos, no es apenas sino un recuerdo, casi una leyenda, debido a que, tras las dos Desamortizaciones, la de Mendizábal (1836) y la del propio Madoz (1855), los antiguos montes, que pertenecían a los bienes demaniales de Segura o a la Provincia Marítima de Segura, fueron talados por los  nuevos propietarios).

Hay un libro, ‘Los Hornilleros’, de Juan Luis González Ripoll que se refiere precisamente a las gentes de Santiago y del río Madera. Otros libros del mismo autor son ‘Paisaje sin Lobos’, y ‘Narraciones de Caza de la Sierra de Cazorla’, también sobre Santiago de la Espada.

(Texto del Almanaque Segureño).


Una víctima de ETA, olvidada y anónima, en Siles (Jaén)

22 abril, 2018

Hace unos tres años, en verano, estaba yo comprando el periódico en Siles, un pueblo ordenado, limpio, cuidado y bonito en los confines de la Sierra de Segura. Por la calle blanca venía un hombre gritando, moviéndose con dificultad, tambaleándose.

Lo primero que pensé es que era un borracho tempranero y pensando que llevaba ya la cogorza encima, así lo dije en la tienda, con cierta sorna.

Con gravedad, serio y entristecido, el vendedor de prensa me sacó del error.

-No es un borracho, es un antiguo Guardia Civil. Le pusieron una bomba en el coche que destrozó a sus compañeros y él quedó gravemente herido, en la cabeza, por todo el cuerpo. Así va por las calles todos los días, inofensivo, hecho un desgraciado.

La gente del pueblo le saludaba con pena, y le dejaba seguir andando, mientras iba vociferando sin peligro,  para siempre.

Una víctima más de ETA, cuyo nombre no sé, una de esas personas por la que los desalmados no han pedido ni cínicamente excusas, pues como era Guardia Civil, aun lo consideran un objetivo legítimo de sus crímenes.

 


Justo Peralta, de la provincia de Jaén, soldado en el Sáhara en 1958.

14 marzo, 2018

He conocido a Justo Peralta Navarro en Cortijos Nuevos, una pedanía de Segura de la Sierra, en la provincia de Jaén. Justo conserva los recuerdos de su servicio militar en el Sáhara Español, allá por 1958, cuando el ejército marroquí atacó posiciones y enclaves entonces españoles, como Cabo Juby y Sidi Ifni, pero también Villa Cisneros, la hoy Dakhla. Marruecos acababa de independizarse hacía apenas dos años.

Justo nació en Cortijos Nuevos el 18 de marzo de 1935, cuando allí vivían apenas cuarenta vecinos, si llegaba.image

Fue enviado al Sáhara desde Fuerteventura e integró durante dieciocho meses la Tercera Compañía de Canarias, en la Sección Automovilista. Los enviaron en barco hasta El Aaiún, con escala, sin bajar a tierra, en Sidi Ifni. En El Aaiún desembarcan por fin, con el agua hasta la cintura porque no había muelle de atraque. Juran bandera y de allí los transportan en automóviles, unos jeeps, dice él, hasta Cabo Juby, donde embarcan nuevamente hacia Villa Cisneros.

En esta guarnición estaba la Tercera Bandera de la Legión. Al mando de todos estaba un teniente legionario. Además, tropas de Regulares, “con el gorro colorado”, un Batallón de Infantería y algunos alféreces de complemento. Pero la Legión era la que realmente combatía, “los que salvaban la situación”, y lo hacía con energía, aunque reclamaban “carta blanca” a los mandos, que la denegaban.

A Justo lo nombraron asistente de un capitán, José María, encargándole de custodiar su casa donde se albergaba la mujer del capitán, Carmen, y a sus tres hijos, porque los moros, dice, se colaban en las casas para dar golpes de mano. Como uno particularmente cruento cuando los moros hicieron prisioneros a una familia de pescadores españoles, a los que ataron y les fueron torturando hasta que se desangraron. Otro día, en Nochebuena, unos moros, como él les llama, se hicieron pasar por guardia mora y mataron a tres centinelas en el campamento de El Algur (sic), a pocos kilómetros de Villa Cisneros.

Había combates duros y los españoles “cargaban los soldados muertos en camiones, aunque algunos se quedaron en el desierto”. Sólo el apoyo aéreo y de infantería francés desde Mauritania, les salvó de la hecatombe.

La vida cotidiana era dura, con dos litros de agua al día para beber y lavarse, “no pasé sed ni ná”. Lo peor eran las nieblas de arena, como él dice, tormentas del desierto, el chergui, seguramente, que cambiaban hasta las tiendas de sitio. Esos días ni podían salir del cuartel. La comida era buena, por el contrario, y a veces asaban gacelas que los legionarios iban a cazar en coches por el desierto, “por aquellos llanos”. También comieron avestruz. Recuerda muchas diferencias, por ejemplo, que los veteranos “ni fregaban ni ná”.

imageNo había mucha formación en el Ejército. Justo aprendió apenas las primeras letras en Cortijos Nuevos con un hombre llamado Sebastián, que “no era maestro pero sabía mucho”. Le tenían que pagar cuatro duros al mes pero lo hacían en especie, cavándole las olivas. “El saber escribir es lo más grande que tiene una persona, me dice en el bar Los Pinos, que sepa defenderse”.

Con los moros, como él les llama, tenían algunos contactos, “no se metían con nosotros”, pero no se podían fiar de ellos. Uno le invitó una vez a su kábila, sus tiendas, que estaba cerca. Pero iba con prevención, porque fue solo y ellos “no hacían más que asomarse” tras los montículos. “Vivían sin sillas, sólo alfombras y comían sentados en el suelo”. A las moras “ni acercarse”. Recuerda de uno que estuvo hablando con una, y a ella la echaron de su casa o tienda y la apedrearon hasta los chiquillos de diez años y al soldado le dieron una paliza que le costó quince días en el hospital y sólo porque lo rescataron a tiempo los de la Legión, “que si no…”.

De sus compañeros se acuerda de algunos, como de un legionario de Úbeda y de un soldado que era de Huelma, que se llamaba Pedro, al que le dieron un tiro en el brazo porque era conductor (y eran objetivo favorito de los marroquíes) y tuvo que ser repatriado.

Cobraban cinco pesetas por día (en España, una peseta), y podían reengancharse. Tras aquella guerra, “nos ofrecieron una paga, pero nada. Y luego les dieron Cabo Juby y Sidi Ifni, y después cuando fue el rey, todo el Sáhara”. Tanto dolor y penalidades para nada. Como tantas veces en las guerras, los soldados, ni agradecidos ni pagados.

De vuelta a España, a las olivas y a trabajar en la construcción, lo que le llevó a Barcelona y a Palma de Mallorca, “no lleva uno rulao ni ná”. Se casó con Justa y tuvieron cuatro hijos, dos de los cuales viven en Lloret de Mar y los otros dos en Cortijos Nuevos. Me dice que cuando les preguntaban por el nombre de sus padres, Justo y Justa, los maestros se creían que les estaban tomando el pelo. Justa murió hace trece años, el treinta y uno de mayo de 2013, me precisa, y a Justo se le humedecen los ojos. Hasta su perrillo, que le acompañaba hasta hace poco al bar Los Pinos, donde se toma su descafeinado, se le ha muerto.

Con Justo entablé conversación porque mi padre, de La Puerta de Segura, también se llamaba Justo. Y cada vez que voy a Cortijos Nuevos me lo encuentro como siempre, apacible, tomando el sol y saludando a los que pasan. Justo Peralta, como muchos otros ancianos anónimos, sencillos, hombres de España, lleva en su vida y en su memoria mucho que contar y que nosotros no escuchamos o hemos olvidado o querido olvidar. Son los que se han quedado del lado del silencio.


Campo de amapolas, que pronto llegarán.

8 febrero, 2018

Campo cerca de La Puerta de Segura, provincia de Jaén.

Acrílico sobre tela, 70 x 50

 

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Elegía andaluza: el P.E.R. y el paro.

2 febrero, 2018

[Este artículo ha sido publicado el 18 de enero de 2018 en Crónica Popular ]

La vida en Andalucía transcurre dulce. Sus ciudades y pueblos son agradables y suelen estar llenos de historia, arte y cultura. Los turistas se maravillan ante ese gusto por la vida, esa sensación de farniente.

Pero el problema es precisamente ese, el farniente. Se vive mejor que se trabaja.

En gran parte de Andalucía hay muchos que ya ni se molestan en buscar trabajo. Viven de las ayudas sociales, del desempleo y, en los campos, del Plan de Empleo Rural, que dicen acoge a cerca de 150.000 personas. La paradoja es el panorama invernal, con los caminos y pueblos llenos de trabajadores africanos, marroquíes y suramericanos en la recogida de la aceituna. Es el gran misterio no desvelado en zonas donde, oficialmente, el paro alcanza al 35% de la población. El PER, que se ideó para evitar el éxodo rural, ha servido de “moral hazard” para que muchos ni se molesten en buscar trabajo, para apagar las ambiciones legítimas a mejorar de vida. El coste humano de este modelo se va a notar en los próximos años.

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Por otro lado, con la misma Administración desde hace cuarenta años, el enchufismo y el nepotismo proliferan, lo que tiene varias consecuencias. La primera, de orden moral, de la moral del trabajo. El trabajo, el mérito o la formación no son considerados por muchos como la forma normal de ganarse la vida y prosperar. Muchos jóvenes, desmoralizados por la falta de empleos decentes, por el enchufismo generalizado, prefieren los trabajillos temporales, las fiestas efímeras, el alcohol e incluso las drogas, como forma de pasar la vida, de ir tirando.

Pero, atención, porque esta situación tendrá una dura consecuencia política y es que va a provocar que Andalucía bascule de ser un feudo del PSOE a votar a los conservadores. Ya se está viendo en las ciudades y en muchos pueblos.

J. D. Vance ha contado en Hillbilly elegy, (traducción española en la editorial Planeta como Hillbilly, una elegía rural) cómo en muchos estados norteamericanos, los votantes cambiaron su voto casi histórico demócrata, al voto republicano. Estaban hartos de tantos subsidios y ayudas a los que no hacían nada mientras los verdaderos obreros se iban empobreciendo. Este libro describe muy bien esa América profunda que ha pasado de votar a la izquierda y ha votado a Trump. Sería bueno que los responsables de la Junta de Andalucía leyesen este libro.

Porque en Andalucía va a terminar pasando lo mismo. El clientelismo del PSOE se va agotando y muchos trabajadores, agricultores, empleados, están hartos de ver a muchos de sus vecinos no dar ni golpe ni querer darlo, cobrando todos los meses mientras muchos trabajadores, los autónomos, los pequeños propietarios agrícolas, se las ven negras para pagar impuestos, la seguridad social y otras cargas.

La consecuencia de esta espiral de falta de incentivos para invertir y para trabajar, es que en muchas zonas de Andalucía es difícil encontrar trabajadores bien formados, oficiales para la industria, para los servicios tecnológicos, para los empleos con más valor añadido. El modelo parece que se va marroquinizando, con multitud de tiendas y bares, como casi único tipo de empresas, en vez de profesiones. Los empresarios invierten lo mínimo, optando más por la economía de rentas, pisos, e inmobiliario en general, ayudados entusiásticamente por los alcaldes que cifran casi todo en la construcción y especulación del suelo. Los que se arriesgan a crear estructuras más complejas, empresas o simplemente un hotel rural, se topan con una Administración autonómica quisquillosa, lenta y que tiene más afán en obstaculizar que en favorecer la inversión. Que aplica la normativa de la UE pero no desmonta la excesiva burocracia.

Alguien con coraje (lo que parece ser una “contradictio in terminis” con la personalidad de muchos políticos) tendrá que reconocer que el PER es un modelo gastado. Lo que sirvió de parachoques ahora sirve de fármaco acomodaticio, una especie de adormecedor, un placebo. No es casual que en 2016 sólo el 2’5% de la inversión extranjera en España fuera en Andalucía. El desastre de Linares, por ejemplo, es paradigmático de una política errónea. Andalucía sigue siendo el furgón de cola en casi todo en España, y sus dirigentes, la Junta, sigue mirando para otro lado o culpando a otros. Nadie se considera responsable de este fracaso histórico, cuando ha sido la primera vez que ha habido democracia y encima ha gobernado, casi con absolutismo, en esa región una formación de supuesta izquierda.

El pasado del franquismo -esa gran coartada para justificar todos los males-, el abandono, del subdesarrollo, solamente lo han paliado, pero la desigualdad continúa, el bajo nivel educativo y, sobre todo, el empeoramiento de la situación si se compara con otras Comunidades Autónomas. No es el mezzogiorno italiano, porque nunca lo fue, pero no ha superado los males endémicos. El caciquismo antiguo ha sido sustituido por un nuevo tipo de caciquismo de partido. Pero Andalucía, con el monocultivo del aceite y del turismo, corre el riesgo, una vez más, de quedar al margen.

La gravedad del problema, lo que lo hace más profundo, es que el modelo andaluz no ha sido ni es siquiera socialdemócrata. Su crisis no va a ser del mismo orden que la del SPD alemán o de los socialistas franceses, sino de mayor calado y mayor duración. Los socialistas andaluces se han ido enajenando a gran parte de las clases profesionales, medias, más formadas, y a los pequeños y medianos empresarios, para acurrucarse en segmentos menos formados, más dependientes. Han creado una clase política clientelar, de muy cortas perspectivas, digámoslo sin ambigüedad, muy provincianas. Es exactamente el modelo que ha implantado Gaspar Zarrías. El resultado es que les crece la extrema izquierda y muchos de sus votantes emigran a Ciudadanos.

Pero la posición del PP respecto a los problemas sociales no augura nada bueno, pues carece de sensibilidad y en donde gobiernan, el modelo es prácticamente el mismo, amiguismo y clientelismo. Por eso, a pesar de los defectos de los socialistas, no consiguen ganar unas elecciones de manera clara. Son demasiado, digamos, arcaicos, y en los pueblos, muchos son puros tardofranquistas.

Lo que subyace en la sociedad andaluza es un exceso de politización en todas las esferas del poder, sea autonómico, provincial (con las discutibles Diputaciones) y municipal. La debilidad de la sociedad civil hace que el vacío lo ocupen los partidos. Y esto será parecido si otros sustituyen al PSOE, tras más de cuatro décadas de poder casi omnímodo.

Los socialistas, que aun tienen el control de la Administración andaluza y de muchos municipios, deberían ser los primeros en corregir o incluso cambiar el sistema, antes de que lo hagan otros de manera mucho peor y más drástica. Citando al ya muy antiguo Auguste Comte, pero aun actual, se necesita más moral y menos política, es decir, mas sociedad civil y menos partitocracia.


Ernesto Sánchez Montoya, una semblanza en 1981 (y II)

22 julio, 2017

“Ernesto. Un personaje del pueblo español. Con la cólera de un Salvat Papasseit, con un moralismo quijotesco. Luchador, por tanto, solitario. Reiterativo, con una personalidad volcada en lo social, en la polémica. Es, naturalmente, incomprendido por muchos, negado por otros tantos. Hombre difícil de disciplinar en un partido por su gran originalidad y sinceridad. No es casualidad que sea un herrero; trabajo individual pero relacionado con la industria, con las fábricas. A ellas les pide los suministros. En ellas, en los talleres de Barcelona, hizo su aprendizaje que le permitió luego volver a Orcera con técnicas nuevas para reavivar la forja en que desde hace tres generaciones trabaja su familia.

Quisiera dominar el pueblo, modelarlo y dirigirlo como doblega la terquedad de una barra. Quisiera pertenecer a un pueblo duro, bien templado. Desprecia la blandura, el ser proteico.

Encerrado en un pequeño pueblo de la Sierra de Segura, los acontecimientos de su vida los abstrae y los eleva a categoría. El señorito bufón y chirigotero es por antonomasia la representación de la ineptitud de las llamadas clases altas y dirigentes de Andalucía. La borrachera y la ramplonería del jornalero sin pan ni ideas es la muestra de la alienación obrera. La mujer de un médico o de cualquier otro profesional del pueblo, que sea gazmoña, pintada y semianalfabeta representa a los ojos de Ernesto la personificación de un género de vida de las mujeres que se parece bastante a la prostitución periódica.

Pero Ernesto no es sólo crítico, no es un resentido ni por asomo. Es demasiado bueno y simpático, en el más amplio sentido de la palabra, como para tener resentimiento. Odia el estilo, no a la persona en si. Como si distinguiese el crimen del criminal. Ernesto contempla los niños, Ernesto es capaz de pasar una noche hablando, de soñar con una casa en la sierra, de ilusionarse por una mujer. Sí, Ernesto es más inteligente que un simple agitador que manejase cuatro tópicos descosidos”.

[Estas líneas las escribí el 21 de septiembre de 1981 y las acabo de descubrir en un viejo cuaderno. No he cambiado ni una palabra, es la impresión de entonces.]

Nota: Salvat Papasseit fue un poeta catalán anarquista del primer tercio del siglo XX que murio muy joven, de tisis. Entre otros versos escribió ‘Humo de fábrica’.


Fotografías de las gentes de La Puerta de Segura, por Antonio Damián Gallego

14 julio, 2017

Descubro tardíamente las fotografías que hizo Antonio Damián Gallego Gómez de la gente de La Puerta de Segura (Jaén), editadas hace quince años, en 2002.

Como él dice, son sus gentes, los niños, los abuelos, los que ya se fueron y los que vienen. Hay fotografías de la vieja aldea de Las Graceas, a dos pasos del pueblo, pero ya deshabitada, hay retratos que hablan. Que además son técnicamente perfectos. La pequeña,historiamde un pueblo español.

La calidad de las fotografías, en blanco y negro, no tiene nada que envidiar a las de todos esos fotógrafos norteamericanos que nos dejaron su testimonio y que son mundialmente reconocidos.

Con humildad, pero con gran sentimiento y orgullo sano de su tierra y de sus vecinos, Antonio Damián nos ha dejado un monumento al pueblo llano, a esas personas que forman el mundo pero que, como dice el poema de María del Pilar Martínez, son

gente buena de mi tierra,
rescatada del olvido
al que se hallan condenados
los humildes y los sencillos

Ver esos rostros, esos quehaceres antiguos, desde el labrador, el aceitunero hasta el hojalatero, el carpintero o el herrero, ver los gitanos del pueblo, tan señeros como él, producen emoción. ¿Qué más puede desear un fotógrafo que hacernos partícipes de su poesía gráfica?

Este libro, bellamente editado, debería ser mucho más conocido. Los retratados y el retratista lo merecen.

 


El blog de Agustín Galán

Filosofía de la ignorancia

La pluma del cormorán

Lecturas, paisajes, automóviles antiguos

El blog de Guillermo Schavelzon

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La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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