Judas, por Amos Oz, para entender mejor Israel

30 septiembre, 2019

¿Qué es la traición? ¿Qué es un traidor? ¿Quién lo es?

Estas son las tres preguntas que sobrevuelan el libro del escritor israelí.

Oz desapareció hace un año y ya había abordado la ambigua situación del disidente considerado como traidor. Así empieza su novela, Una pantera en el sótano: “a menudo me han tildado de traidor, en mi vida”.

El tema no es en absoluto nuevo, lo que lo hace precisamente mucho más difícil de abordar, y más en el contexto de la vida de Israel y su reconocimiento como Estado.

En Judas se habla de la traición de Judas, de Shaltiel Abravanel, un disidente judío ante el establecimiento del Estado de Israel –que fue considerado traidor por muchos judíos-, y además hay otros relatos entrelazados. El más inmediato son los meses en la vida de un estudiante desencantado que va de Haifa a Jerusalén y cuida de un anciano, al tiempo que se enamora de la nuera de éste, viuda de un combatiente muerto ignominiosamente en la guerra de 1948. El lugar es Jerusalén en 1961, cuando solamente una cuarta parte de la ciudad era israelí. La vida cotidiana de Shmuel, sus sueños, su eterna inseguridad y timidez casi paralizantes, sus recuerdos de Haifa y la rara relación con sus padres y con su hermana,

El segundo relato o nivel trata del amor, de si existe, primero, y de si podemos distinguir el amor pasión del amor al prójimo. El amor de Judas por Jesús, la desesperación del abandono, del destierro, de las despedidas. Una versión de Judas Iscariote que ha chocado a judíos y cristianos que han leído el libro

El tercer nivel de comprensión es qué significa Israel como Estado, por qué debe existir –o no-, quiénes se sienten isaraelíes y quiénes solamente judíos, aunque tengan el pasaporte, o, incluso, simplemente hebreos.  Qué hay de victimismo, de error, de arrogancia, fuerza, dureza o crueldad al crearse un Estado, un poder real, civil y militar. Cómo se sienten las diferentes generaciones, sobre todo los que vinieron a Palestina con el sueño sionista, socialista, heredado en gran parte de los movimientos revolucionarios rusos, ucranianos, alemanes y polacos, de donde procedía la mayor parte de la primera inmigración, antes de 1936, sus actitudes diversas ante la población árabe.

El cuarto nivel es solamente una conjetura, un misterio. Cuál es el significado de Jesús, el judío, en el mundo judío de entonces y después, como personificación de otra religión, la cristiana.

Oz indaga sobre qué puede justificar las masacres históricas, la Inquisición, los pogroms, el holocausto y la expulsión violenta de gran parte de la población árabe del antiguo Mandato Británico en la guerra de 1948.

En todo el libro planea la duda, la incertidumbre, pues Amos Oz, judío laico, no creyente, es, sin embargo un muy buen conocedor de la tradición cultural y mística judías –léase Los judíos y los libros, escrito junto con su hija Fania Oz-Salzberger. La duda, el rechazo a una sola posible interpretación es precisamente el alma misma del Talmud que incluye todas las discusiones, apostillas, críticas, a cualquier interpretación dogmática de los textos religiosos. El Talmud es la negación del dogma como tal y es una crítica, por consiguiente, a los que se consideran poseedores de la verdad única, universal, total.

De los cuatro personajes de esta novela, uno ya está muerto, Shaltiel Abravanel. Pero, junto con los tres vivos, Shmuel Ash, Atalia Abravanel y Gershom Wald, cada uno mantiene una posición diferente, piensa de forma distinta. Wald y Shaltiel, anciano uno, difunto el segundo, encarnan esa sabiduría que el judaísmo reconoce a los ancianos, que según van alcanzando la edad patriarcal, más cerca -aunque aún lejos- están del conocimiento. Hay unas frases con las que Shmuel, el más joven, suele contestar, que son el paradigma de esta concepción de la verdad: “Sí. No. Tal vez”, “No. Sí. Puede que un poco”, “Sí. No. A veces”. Y de la escondida e inalcanzable verdad, como dice Gershom Wald en una ocasión: “Los ojos no se abrirán jamás. Casi todas las personas caminan por la vida, desde que nacen hasta que mueren, con los ojos cerrados”.

Amos Oz, un israelí que duda, probablemente se refleja y se reconoce en los dos personajes mayores: Gershom Wald y Shaltiel Abravanel (repárese que uno es askenazi y el otro sefardí), el realista y el soñador (que será considerado traidor, no sólo disidente, precisamente).

-…”estábamos entre la espada y la pared?

-No, vosotros no estabáis entre la espada y la pared. Vosotros érais la espada y la pared” -decía Shaltiel.

No en vano, Oz declaraba en 1967 que llegaba asentirse extranjero en su propio país. Los pone en juego precisamente para demostrar que es muy difícil, si no imposible, dar toda la razón a uno o a otro.

Hay además dos aspectos que hacen el libro más interesante que si fuera una mera discusión sobre el acto de la traición y la persona del traidor. A través de la descripción de la vida de Shmuel, se percibe esa Jerusalén algo sombría pero acogedora, esa vida cotidiana del Israel de 1961, pobre, llena de gentes algo desgalichadas venidas de los más diferentes países, con sus lenguas, atavíos, sus costumbres, su culinaria. También se trasluce la historia del pueblo judío. Y todo con un lenguaje bello, sin adjetivos innecesarios, sin florilegios, donde describe las callejuelas, los árboles (simbólicamente, la higuera y su sombra), la lluvia, los montes, la luna.

Para comprender y apreciar mejor el libro, en todas sus dimensiones, habría que saber más de la tradición judía pues contiene guiños misteriosos, como los ladridos de los perros en la noche, la frecuente aparición de gatos vagabundos, sin dueño, las aves nocturnas que pasan rozando la cabeza. Otros son más conocidos, como el de la parra y la higuera (mencionada), a cuya sombra se da el epítome de la paz del hombre según la Biblia. Pienso que hay mucho simbolismo encubierto y no hay palabras sin significado.

Los libros, tanto los citados como los aludidos, son los otros protagonistas de la novela de Oz (catalogar Judas de novela es algo reductor, limitado).

No falta, como es natural, el humor, centrado en ese personaje torpón de Shmuel –que se desprecia bastante así mismo, neurótico-, con sus movimientos y sus palabras, su manera de andar y mover los brazos, y sus palabras que Atalia corta siempre de manera fulminante, intemperada. Shmuel es inhibido, como heredero de todos eses rechazos y miedos de los judíos de la Diáspora, perdidos entre gentiles, con su miedo al ridículo y a molestar. Shmuel padece asma, no ha podido estar en el ejército y tiene siempre el miedo de que o consideren un desertor. Y que termina en Beer Sheva, en el Neguev, la antítesis de Jerusalén.

Y al final, Oz trae esa frase dura: “os dijo una vez que en esta ciudad cada uno es una especie de mesías, dispuesto a crucificar a sus adversarios por sus creencias, y a ser crucificado él por las suyas”.

Y es que en el libro, bajo todas esas conversaciones, historias y discusiones, hay algo más. Es un buen antídoto para todos esos que hacen la media de los israelíes (y también de otros pueblos y naciones), sin reparar en la enorme diversidad de opiniones y pensamientos, de experiencias pasadas y presentes. Israel, como lo demuestran los numerosos partidos políticos del país, sus miles de organizaciones y asociaciones, es uno de los países menos uniformes tanto en cuanto a orígenes, culturas, tradiciones y en cuanto a la idea que ellos tienen de sí mismos.

La elegancia y esa cierta sequedad de la escritura de Amos Oz (Klausner era su apellido original), que recuerda Chéjov, sirve al lector para descartar todos los estereotipos sobre Israel y los israelíes, toda certidumbre y todo dogma. Un libro ilustrador, polémico y bello.


El cortijo de la Inquisición y el soldado francés perdido

17 agosto, 2018

El cortijo de la Inquisición duerme bajo sus ruinas no muy lejos del pueblo andaluz de Villacarrillo, provincia de Jaén, en un altozano rodeado de rastrojos. En una loma amarillenta en medio de los olivares, se yerguen aun los muros decrépitos de lo que fue, según, los viejos, un lugar de mazmorra, tormento y muerte.

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Gran cruz bermeja

Se pueden ver todavía los restos de un horno, sus ventanas grandes, demasiado suntuosas para una vivienda normal. En el muro del norte hay, algo borrada por el tiempo, una misteriosa gran cruz pintada con sangre de toro o en almagre, como en las viejas iglesias, y otra más pequeña, con un INRI marcado muy fino y dos números 17… Quizá fuera en el siglo XVIII cuando fue prisión tenebrosa por última vez. O no, según la historia que he oído después. Hay quien dice que hasta hace poco se podía entrar en las mazmorras, donde había ganchos de hierro en las paredes y una viga que se usaba como cadalso.

Villacarrillo era a principios del siglo XIX la cabeza del Partido Judicial de la parte oriental del entonces Reino de Jaén, con siete villas bajo su jurisdicción y nueve ayuntamientos. Parece lógico que una especie de delegación de la Inquisición tuviera allí también su sede.

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Una cruz dibujada, con INRI y parte de una fecha.

No había muchos judíos conversos por aquellos pueblos a quien perseguir. Más probablemente serían sus víctimas mujeres acusadas de brujerías, como las que se reunían a hacer conjuros y adorar la Luna, dicen, en las inmediaciones de la torre mora de Los Lagartos. Esta todavía se alza en el camino de La Puerta a Siles. La torre (cuya etimología, como la del Cardete viene de lacerti, lugar defendido y fuerte) es muy anterior a los musulmanes, probablemente de la época de las guerras púnicas, como las otras tres que se alzan aún entre Orcera y Segura.IMG_4747

El interior del cortijo es hoy inaccesible al haber colocado los propietarios actuales, una empresa aceitera cordobesa, unas alambradas que protegen de los derrumbamientos pero ocultan para siempre la historia de esa aislada, enorme y singular edificación. Se pueden apreciar tres cuerpos diferentes, con sillares y mampostería diferentes. Un ave rapaz sobrevuela las ruinas en la mañana de julio aún no arrebatada por el calor.

La historia, o la leyenda, mejor, se complica porque tuve una borrosa noticia de un caso extraño ocurrido durante la Guerra de la Independencia. Al parecer, encontraron allí, hacia 1810, el cadáver desfigurado de un soldado francés. Es sabido que el IV Cuerpo de Ejército, al mando de Sebastiani, entra en Andalucía desde Villanueva de los Infantes por Montizón, aunque sufren bajas en una emboscada en las inmediaciones. En Montizón fue deshecho por los franceses el pequeño cuerpo de ejército mandado por Gaspar Vigodet, en enero de 1810.

Pero este francés, probablemente extraviado, errante tras la escaramuza de Montizón, no fue apresado por las tropas regulares, ni siquiera por la guerrilla que capitaneaba Antonio Calvache -que en octubre de 1810 fue apresado y ejecutado por los franceses-. Fue entregado por unos pastores que habían descubierto entre sus papeles lo que decían ser ‘cartas de moros’. Un cura desmintió esa tontería, propia de analfabetos, diciendo que era una libreta, o un libro pequeño, en hebreo, lo que hizo considerar que el soldado, de apellido Furtado o Hurtado, que hablaba algo de nuestra lengua, era en realidad un judío español, es decir, culpable de judaizar bajo el uniforme francés. Con ésas, fue entregado a lo que quedaba del Santo Oficio, que había ejercido su jurisdicción en ese lugar. Allí ya había pocos oficiantes pues la supresión oficial de la Inquisición por Napoleón la había debilitado mucho. No obstante, no habían sido obligados a abandonar ese cortijo, donde se agazaparon como aves de presa, casi clandestinos, al acecho de los imprudentes que por allí se aventurasen. No se hizo autopsia del cuerpo, pero las notas de un albéitar –no hubo juez ni médico por medio-llamado Pulido dan cuenta de señales de atroces tormentos practicados en el infeliz soldado. Era la venganza de los decaídos inquisidores contra un francés y, encima, judío. (La Inquisición sería reestablecida por Fernando VII y subsistió hasta 1834, en que fue abolida definitivamente por la reina María Cristina de Borbón, el mismo año del Estatuto Real).

Indagando sobre los Furtado, descubrí que eran oriundos de Bayona, en el ahora País Vasco francés. En 1789, año de la Revolución francesa, residían entre la frontera española y Burdeos hasta cinco mil descendientes de los judíos españoles y portugueses. En una Francia con veinticuatro millones de habitantes, sólo había unos 40.000 judíos y todos fueron hechos ciudadanos por la Convención. Los jóvenes judíos, liberados de su consideración segundona, se alistarían voluntarios en las tropas napoleónicas que para ellos eran el símbolo de la igualdad y equiparación con el resto de los franceses. Podían ser ya reclutas de la Nación. Iban, como iría Furtado, convencidos, no de que invadían un país, sino de que llevarían la civilización, el Código Civil y los derechos del hombre, la igualdad y la libertad, que lo liberaban del oscurantismo, e irónicamente, de su manifestación más siniestra, la Inquisición.

Furtado

Fragmento del libro que llevaba Isaac Furtado entre sus pertenencias

Pude averiguar que de la familia Furtado (que había adoptado la grafía portuguesa de su original apellido, Hurtado), en Bayona mismo, entre los chocolateros y los vendedores de tejidos, muchos de los cuales aun conservan sus comercios, salieron varios reclutas, uno de los cuales había desaparecido en la guerra peninsular, llamado Isaac. También llegué a saber que el librillo en hebreo que llevaba, y que le condujo a la muerte que le dieron los últimos celosos inquisidores, no era una biblia sino una obra de su ilustre tío, Abraham Furtado, miembro del Sanedrín y de la Asamblea de Notables convocada por Napoleón para organizar el judaísmo francés dentro del marco constitucional.

Curiosamente, he sabido también que en Úbeda hubo antes de 1492 una familia hebrea, los Hurtado, probablemente la misma, que huyeron a Portugal y probablemente son los mismos que en el siglo XVIII se asentarían en la Aquitania. El joven recluta había ido a morir, por azar o por el destino, tres siglos después, como un paria, muy cerca de la cuna de sus ancestros.

Tras este macabro hallazgo, que podría haber ilustrado uno de los ‘desastres de la guerra’ de Goya, el cortijo quedó maldito entre las gentes de la comarca y ni siquiera tras la Desamortización hubo muchos pastores, muleros o aparceros que quisieran habitarlo. Como mucho, fue utilizado su patio como pequeña tinada temporal, y para guardar cereal en trojes. En la primera mitad del siglo XIX el término se dedicaba a los cereales, casi veinte mil fanegas, mientras el olivar sólo ocupaba dos mil, y los viñedos, setecientas.

Los franceses seguramente lo tomarían y lo usarían para encerrar prisioneros a los levantiscos pastores de la sierra de Cazorla, abandonándolo después.

Esta es la historia que me ha contado un erudito local, bibliotecario jubilado, que vive entre sus papeles viejos, revistas del Instituto de Estudios Giennenses, sin que nadie le haga caso, en una cortijada medio abandonada, con unos añosos pinos, un parral, un pozo casi seco –aunque las lluvias de este año lo han rellenado- y unos patios destejados.

 


Dos nuevos libros para entender algo más del Oriente Medio e Israel

27 abril, 2018

Kibbutz. La primera vez que oí esa palabra fue cuando mi padre que me hablaba de esas granjas colectivas, prácticamente comunistas. Mi padre había reconstruido su vida en España como Agente de Extensión Agraria, tras unos años en Francia y Bélgica, y los kibbutzs eran para él un modelo en la lucha contra la desertización, algo que en España también era y es necesario, urgente.

La segunda vez fue en 1967, cuando la guerra de los Seis días, que salvó a Israel de la desaparición tras el ataque combinado de Siria, Egipto y Jordania. Moshe Dayan se convirtió en mi héroe. Pero descubrí para mi asombro que en España todos estaban contra Israel, desde el diario ‘Ya’ que dirigía el bienpensante Luis Apostua, pasando por toda la prensa amordazada por el franquismo que, en su “tradicional amistad con los países árabes” -con las satrapías árabes, más bien- denostaba al que llamaban y todavía llaman así muchos medios el ‘Estado judío’. Hoy, todavía, una gran parte de la izquierda niega incluso su derecho a existir y ridiculiza el Holocausto.

Desde entonces he podido comprobar el odio ideológico (teñido del antisemitismo ancestral) hacia Israel que latía y late en España. Mi posición de izquierda, incluso en el clandestino Partido Comunista de España (desde 1970 a 1977) parecía casi incompatible con la defensa a la existencia del Estado de Israel. Afortunadamente, en esa época, los comunistas ejercíamos el libre examen y la libre conciencia, sin tantas trabas como ahora, había más libertad de pensamiento y no éramos políticamente correctos, como he expuesto en mi libro Comunistas y pilaristas (2017, versión Kindle).

Viajando, comprobé que la izquierda europea no era en absoluto así, que Israel tenía derecho a existir y era respetado. En España, sólo se reconoció Israel y se establecieron relaciones diplomáticas con el gobierno de Felipe González (Shimon Peres era una figura importante de la Internacional Socialista). Fue el último país europeo en hacerlo.

Hoy, setenta años después de su fundación, siguen circulando los mismos estereotipos sobre el “sionismo como arma del imperialismo norteamericano”, etcétera, etcétera. No es necesario extenderse en ello, por tan sabido, reiterado y repetido. Ni merece la pena discutirlo pues las ideas están inmóviles, petrificadas (probablemente desde 1492).

Sin embargo, para el que quiera entender, hay centenares de libros para conocer mejor la realidad de Oriente próximo o medio; apunto dos más recientes:

Christopher Simon Sykes, ha escrito ‘The man who created the Middle East’ (William Collins, London, 2017) sobre su abuelo Mark Sykes, que ingenió la división y reparto del Imperio Otomano, que daría lugar a Palestina, Siria, y los demás países, y derivadamente, Israel, más tarde. Trata de levantar la condena que pesa sobre este militar, político, escritor y viajero -le fascinó la España de 1908- que pergeñó el denostado tratado Sykes-Picot. Era un personaje típicamente edwardian, de los tiempos optimistas de Eduardo VII, que precedieron a la Gran Guerra. Conocía quizá como nadie el Imperio Otomano, que había recorrido en múltiples viajes a lomos de caballería, y sobre el que dejó varios  libros.

La inestabilidad de Oriente Medio viene de lejos, dada la multitud de tribus, etnias y religiones que convivían en los territorios que van por el Eúfrates abajo, la Mesopotamia. El Tratado Sykes-Picot de 3 de enero de 1916 se sirvió de la hostilidad de los árabes, los beduinos, los drusos y muchos más, hacia los turcos, para fomentar una revuelta árabe contra los otomanos en lo que hoy es Siria y Jordania y en el norte de Mesopotamia, que no llegó a cuajar por sus rivalidades intestinas.

El Imperio Otomano llegaba hasta las fronteras de Túnez antes de 1912, cuando Libia, la Tripolitania y Cirenaica, le es arrebatada por Italia, y en los Balcanes pierden Tracia, Macedonia y Albania. Por el sur  llegaba hasta el Golfo Pérsico y ocupaba gran parte de lo que es hoy Arabia Saudita. El Tratado creaba el dominio francés -Siria y Líbano- y el británico (Palestina, Transjordania e Irak) con el beneplácito de Rusia, frustrando las aspiraciones de los árabes que buscaban la independencia y que les apoyaron contra los turcos y alemanes (estamos en la época de Lawrence de Arabia y del exterminio de los armenios por los turcos). Al igual que el Tratado de Versalles respecto a Alemania, se habían  sembrado las semillas de nuevos conflictos.

La segregación de un pedazo de Palestina-Jordania para crear Israel es quizá el último capítulo y consecuencia de aquel tratado, también, en la visión de Sykes, para ganar el apoyo de los judíos a la Entente. El libro explica con detalle la oposición de muchos franceses a ese plan de un país para los judíos, tanto desde los católicos, como de los capitalistas que querían Siria entera para sus negocios. En noviembre de 1917, la Declaración Balfour confirmaba la promesa de un país para los judíos, con gran oposición y frustración de los cristianos  y musulmanes de esos territorios bajo dominio ya británico. La invasión inglesa de la Palestina turca comenzaría poco después, ocupando Jerusalén en diciembre. El Imperio otomano iba perdiendo territorio. El libro termina describiendo la ocupación de Raqqa en 2014 por el Estado Islámico o ISIS, quereivindicaba así la anulación del Tratado Sykes-Picot.

En otro tipo de relato, o registro, hay que destacar el libro de Elias Khoury, el conocido escritor libanés, que nos entrega ‘Les enfants du ghetto. Je m’appelle Adam’. (Actes Sud, 2018). Khoury relata el desastre de la Naqba, es decir la emigración masiva de palestinos en 1948 tras la creación de Israel. Pero lo hace contemplando las tres facetas del problema: judía, musulmana y cristiana, mostrando el contexto histórico y político, tratando de comprender todas las posiciones.

Es sabido que tras la declaración del Estado de Israel por las Naciones Unidas (con la dirección escrupulosa y legal del diplomático brasileño Oswaldo Aranha), los vecinos árabes atacaron simultáneamente al pequeño Estado, que sólo se libró de un segundo holocausto por el coraje y determinación de aquellos pioneros que no tenían nada que perder (ya habían perdido seis millones recientemente). Fue una guerra sin cuartel, atroz para ambos lados. La Naqba, el desastre, para los palestinos fue tremendo, aunque las responsabilidades recaen en gran parte en esos países árabes que atacaron con muchos más medios militares, aunque fueron derrotados .

La fundación del Estado vino tras el convencimiento, comprobado por la historia de los diez años anteriores, de que el pueblo judío sin Estado no sería nunca defendido ni por las democracias ni por ningún país. No era un regalo para compensar las cámaras de gas, sino una consecuencia más de las dos guerras mundiales y la reordenación de Oriente próximo.

Tras 1948, los países árabes y musulmanes, en represalia, iniciaron una política de expulsión de la población judía, que a veces llevaba allí desde antes del Islam, como en Irán, Irak (otro Estado creado exnovo de los despojos de los otomanos), o incluso Argelia y Marruecos. Más de setecientos mil judíos sefardíes tuvieron que emigrar a Israel, que era prácticamente el único lugar donde los acogían (Francia, Canadá y Brasil fueron otros destinos de acogida).

No se habla de esa nueva diáspora judía, ni del más de millón de griegos expulsados de Turquía (empezando con la destrucción de Esmirna) y Egipto entre 1918 1960 -en Alejandría, tierra de Kavafis, muchos llevaban más de dos mil años-, de los millones de cristianos, antiguos, ancestrales, que han tenido que emigrar y siguen emigrando, de los países árabes, ni siquiera de los italianos expulsados de Istria y Dalmacia tras la Segunda guerra.

El sionismo, de inspiración socialista, centroeuropea, heredero del Bund y de las organizaciones comunistas y socialistas judías que participarían en las revoluciones rusas de 1905 y 1917 y en la alemana, quiso hacer de Israel un país abierto, socialista, colectivista. De ahí, los kibbutzs.

Pero el sueño se fue desvaneciendo. Todo ello iría declinando por la presión exterior, por los ataques, por la eclosión del capitalismo ultra liberal. Israel fue ensimismándose, haciéndose más conservador. Los escasos kibbutzs son ya monumentos del pasado, casi atracciones turísticas. No es ajeno a ello, quizás, que la gran masa de inmigrantes, las segundas y terceras oleadas, vinieran de países no democráticos, como los árabes y Rusia. El legado de izquierda ilustrada, ese que encarnan aún personas como Amos Oz o David Grossman, van difuminándose, se pierden. Los territorios ocupados lo son por zelotes, colonos sin el más mínimo interés en la democracia. La perversa política de Israel, Netanyahu, la derecha radical israelí, así como terrorismo de Hamás y Hezbollah no ayudan precisamente a encontrar un camino hacia los dos Estados.

 

 


El barco Zion y un viejo libro en hebreo

5 diciembre, 2017

Entre las cosas raras que se encuentran por las ferias de cosas viejas de Lisboa, Belem o Paço d’Arcos, aparece un libro en hebreo, publicado en Jerusalén por Lewin-Epstein Bros. and Co, Ltd, cuyo contenido desconozco. Está muy manoseado, pero aún conserva mal que bien la encuadernación, en donde aparece el tampón S.S. Zion. Debía formar parte de la biblioteca del barco. Lo he comprado por un euro.S.S-1

Descubro, gracias a Reuben Goossens, Barcos de Israel, que se trata de un navío de 4.000 Tm. construido en Hamburgo en 1956, en los astilleros de la Deutsche Werft, que fue entregado a Israel como parte de las indemnizaciones alemanas. El barco hacía el recorrido Haifa, El Pireo, Nápoles, Gibraltar, Funchal, Nueva York y sirvió sobre todo para llevar judíos a su nueva, o vieja, patria. Pertenecía a la Zim Israel Navigation Co. Ltd.

E imagino algún pasajero que, no habiendo terminado el libro, se lo llevó en el equipaje. Quizá fuera a instalarse en un kibbutz, que entonces sí había, antes de que Israel cayese en el puro capitalismo.

 

Libro del Zion


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