El cortijo de la Inquisición y el soldado francés perdido

17 agosto, 2018

El cortijo de la Inquisición duerme bajo sus ruinas no muy lejos del pueblo andaluz de Villacarrillo, provincia de Jaén, en un altozano rodeado de rastrojos. En una loma amarillenta en medio de los olivares, se yerguen aun los muros decrépitos de lo que fue, según, los viejos, un lugar de mazmorra, tormento y muerte.

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Gran cruz bermeja

Se pueden ver todavía los restos de un horno, sus ventanas grandes, demasiado suntuosas para una vivienda normal. En el muro del norte hay, algo borrada por el tiempo, una misteriosa gran cruz pintada con sangre de toro o en almagre, como en las viejas iglesias, y otra más pequeña, con un INRI marcado muy fino y dos números 17… Quizá fuera en el siglo XVIII cuando fue prisión tenebrosa por última vez. O no, según la historia que he oído después. Hay quien dice que hasta hace poco se podía entrar en las mazmorras, donde había ganchos de hierro en las paredes y una viga que se usaba como cadalso.

Villacarrillo era a principios del siglo XIX la cabeza del Partido Judicial de la parte oriental del entonces Reino de Jaén, con siete villas bajo su jurisdicción y nueve ayuntamientos. Parece lógico que una especie de delegación de la Inquisición tuviera allí también su sede.

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Una cruz dibujada, con INRI y parte de una fecha.

No había muchos judíos conversos por aquellos pueblos a quien perseguir. Más probablemente serían sus víctimas mujeres acusadas de brujerías, como las que se reunían a hacer conjuros y adorar la Luna, dicen, en las inmediaciones de la torre mora de Los Lagartos. Esta todavía se alza en el camino de La Puerta a Siles. La torre (cuya etimología, como la del Cardete viene de lacerti, lugar defendido y fuerte) es muy anterior a los musulmanes, probablemente de la época de las guerras púnicas, como las otras tres que se alzan aún entre Orcera y Segura.IMG_4747

El interior del cortijo es hoy inaccesible al haber colocado los propietarios actuales, una empresa aceitera cordobesa, unas alambradas que protegen de los derrumbamientos pero ocultan para siempre la historia de esa aislada, enorme y singular edificación. Se pueden apreciar tres cuerpos diferentes, con sillares y mampostería diferentes. Un ave rapaz sobrevuela las ruinas en la mañana de julio aún no arrebatada por el calor.

La historia, o la leyenda, mejor, se complica porque tuve una borrosa noticia de un caso extraño ocurrido durante la Guerra de la Independencia. Al parecer, encontraron allí, hacia 1810, el cadáver desfigurado de un soldado francés. Es sabido que el IV Cuerpo de Ejército, al mando de Sebastiani, entra en Andalucía desde Villanueva de los Infantes por Montizón, aunque sufren bajas en una emboscada en las inmediaciones. En Montizón fue deshecho por los franceses el pequeño cuerpo de ejército mandado por Gaspar Vigodet, en enero de 1810.

Pero este francés, probablemente extraviado, errante tras la escaramuza de Montizón, no fue apresado por las tropas regulares, ni siquiera por la guerrilla que capitaneaba Antonio Calvache -que en octubre de 1810 fue apresado y ejecutado por los franceses-. Fue entregado por unos pastores que habían descubierto entre sus papeles lo que decían ser ‘cartas de moros’. Un cura desmintió esa tontería, propia de analfabetos, diciendo que era una libreta, o un libro pequeño, en hebreo, lo que hizo considerar que el soldado, de apellido Furtado o Hurtado, que hablaba algo de nuestra lengua, era en realidad un judío español, es decir, culpable de judaizar bajo el uniforme francés. Con ésas, fue entregado a lo que quedaba del Santo Oficio, que había ejercido su jurisdicción en ese lugar. Allí ya había pocos oficiantes pues la supresión oficial de la Inquisición por Napoleón la había debilitado mucho. No obstante, no habían sido obligados a abandonar ese cortijo, donde se agazaparon como aves de presa, casi clandestinos, al acecho de los imprudentes que por allí se aventurasen. No se hizo autopsia del cuerpo, pero las notas de un albéitar –no hubo juez ni médico por medio-llamado Pulido dan cuenta de señales de atroces tormentos practicados en el infeliz soldado. Era la venganza de los decaídos inquisidores contra un francés y, encima, judío. (La Inquisición sería reestablecida por Fernando VII y subsistió hasta 1834, en que fue abolida definitivamente por la reina María Cristina de Borbón, el mismo año del Estatuto Real).

Indagando sobre los Furtado, descubrí que eran oriundos de Bayona, en el ahora País Vasco francés. En 1789, año de la Revolución francesa, residían entre la frontera española y Burdeos hasta cinco mil descendientes de los judíos españoles y portugueses. En una Francia con veinticuatro millones de habitantes, sólo había unos 40.000 judíos y todos fueron hechos ciudadanos por la Convención. Los jóvenes judíos, liberados de su consideración segundona, se alistarían voluntarios en las tropas napoleónicas que para ellos eran el símbolo de la igualdad y equiparación con el resto de los franceses. Podían ser ya reclutas de la Nación. Iban, como iría Furtado, convencidos, no de que invadían un país, sino de que llevarían la civilización, el Código Civil y los derechos del hombre, la igualdad y la libertad, que lo liberaban del oscurantismo, e irónicamente, de su manifestación más siniestra, la Inquisición.

Furtado

Fragmento del libro que llevaba Isaac Furtado entre sus pertenencias

Pude averiguar que de la familia Furtado (que había adoptado la grafía portuguesa de su original apellido, Hurtado), en Bayona mismo, entre los chocolateros y los vendedores de tejidos, muchos de los cuales aun conservan sus comercios, salieron varios reclutas, uno de los cuales había desaparecido en la guerra peninsular, llamado Isaac. También llegué a saber que el librillo en hebreo que llevaba, y que le condujo a la muerte que le dieron los últimos celosos inquisidores, no era una biblia sino una obra de su ilustre tío, Abraham Furtado, miembro del Sanedrín y de la Asamblea de Notables convocada por Napoleón para organizar el judaísmo francés dentro del marco constitucional.

Curiosamente, he sabido también que en Úbeda hubo antes de 1492 una familia hebrea, los Hurtado, probablemente la misma, que huyeron a Portugal y probablemente son los mismos que en el siglo XVIII se asentarían en la Aquitania. El joven recluta había ido a morir, por azar o por el destino, tres siglos después, como un paria, muy cerca de la cuna de sus ancestros.

Tras este macabro hallazgo, que podría haber ilustrado uno de los ‘desastres de la guerra’ de Goya, el cortijo quedó maldito entre las gentes de la comarca y ni siquiera tras la Desamortización hubo muchos pastores, muleros o aparceros que quisieran habitarlo. Como mucho, fue utilizado su patio como pequeña tinada temporal, y para guardar cereal en trojes. En la primera mitad del siglo XIX el término se dedicaba a los cereales, casi veinte mil fanegas, mientras el olivar sólo ocupaba dos mil, y los viñedos, setecientas.

Los franceses seguramente lo tomarían y lo usarían para encerrar prisioneros a los levantiscos pastores de la sierra de Cazorla, abandonándolo después.

Esta es la historia que me ha contado un erudito local, bibliotecario jubilado, que vive entre sus papeles viejos, revistas del Instituto de Estudios Giennenses, sin que nadie le haga caso, en una cortijada medio abandonada, con unos añosos pinos, un parral, un pozo casi seco –aunque las lluvias de este año lo han rellenado- y unos patios destejados.

 


Justo Peralta, de la provincia de Jaén, soldado en el Sáhara en 1958.

14 marzo, 2018

He conocido a Justo Peralta Navarro en Cortijos Nuevos, una pedanía de Segura de la Sierra, en la provincia de Jaén. Justo conserva los recuerdos de su servicio militar en el Sáhara Español, allá por 1958, cuando el ejército marroquí atacó posiciones y enclaves entonces españoles, como Cabo Juby y Sidi Ifni, pero también Villa Cisneros, la hoy Dakhla. Marruecos acababa de independizarse hacía apenas dos años.

Justo nació en Cortijos Nuevos el 18 de marzo de 1935, cuando allí vivían apenas cuarenta vecinos, si llegaba.image

Fue enviado al Sáhara desde Fuerteventura e integró durante dieciocho meses la Tercera Compañía de Canarias, en la Sección Automovilista. Los enviaron en barco hasta El Aaiún, con escala, sin bajar a tierra, en Sidi Ifni. En El Aaiún desembarcan por fin, con el agua hasta la cintura porque no había muelle de atraque. Juran bandera y de allí los transportan en automóviles, unos jeeps, dice él, hasta Cabo Juby, donde embarcan nuevamente hacia Villa Cisneros.

En esta guarnición estaba la Tercera Bandera de la Legión. Al mando de todos estaba un teniente legionario. Además, tropas de Regulares, “con el gorro colorado”, un Batallón de Infantería y algunos alféreces de complemento. Pero la Legión era la que realmente combatía, “los que salvaban la situación”, y lo hacía con energía, aunque reclamaban “carta blanca” a los mandos, que la denegaban.

A Justo lo nombraron asistente de un capitán, José María, encargándole de custodiar su casa donde se albergaba la mujer del capitán, Carmen, y a sus tres hijos, porque los moros, dice, se colaban en las casas para dar golpes de mano. Como uno particularmente cruento cuando los moros hicieron prisioneros a una familia de pescadores españoles, a los que ataron y les fueron torturando hasta que se desangraron. Otro día, en Nochebuena, unos moros, como él les llama, se hicieron pasar por guardia mora y mataron a tres centinelas en el campamento de El Algur (sic), a pocos kilómetros de Villa Cisneros.

Había combates duros y los españoles “cargaban los soldados muertos en camiones, aunque algunos se quedaron en el desierto”. Sólo el apoyo aéreo y de infantería francés desde Mauritania, les salvó de la hecatombe.

La vida cotidiana era dura, con dos litros de agua al día para beber y lavarse, “no pasé sed ni ná”. Lo peor eran las nieblas de arena, como él dice, tormentas del desierto, el chergui, seguramente, que cambiaban hasta las tiendas de sitio. Esos días ni podían salir del cuartel. La comida era buena, por el contrario, y a veces asaban gacelas que los legionarios iban a cazar en coches por el desierto, “por aquellos llanos”. También comieron avestruz. Recuerda muchas diferencias, por ejemplo, que los veteranos “ni fregaban ni ná”.

imageNo había mucha formación en el Ejército. Justo aprendió apenas las primeras letras en Cortijos Nuevos con un hombre llamado Sebastián, que “no era maestro pero sabía mucho”. Le tenían que pagar cuatro duros al mes pero lo hacían en especie, cavándole las olivas. “El saber escribir es lo más grande que tiene una persona, me dice en el bar Los Pinos, que sepa defenderse”.

Con los moros, como él les llama, tenían algunos contactos, “no se metían con nosotros”, pero no se podían fiar de ellos. Uno le invitó una vez a su kábila, sus tiendas, que estaba cerca. Pero iba con prevención, porque fue solo y ellos “no hacían más que asomarse” tras los montículos. “Vivían sin sillas, sólo alfombras y comían sentados en el suelo”. A las moras “ni acercarse”. Recuerda de uno que estuvo hablando con una, y a ella la echaron de su casa o tienda y la apedrearon hasta los chiquillos de diez años y al soldado le dieron una paliza que le costó quince días en el hospital y sólo porque lo rescataron a tiempo los de la Legión, “que si no…”.

De sus compañeros se acuerda de algunos, como de un legionario de Úbeda y de un soldado que era de Huelma, que se llamaba Pedro, al que le dieron un tiro en el brazo porque era conductor (y eran objetivo favorito de los marroquíes) y tuvo que ser repatriado.

Cobraban cinco pesetas por día (en España, una peseta), y podían reengancharse. Tras aquella guerra, “nos ofrecieron una paga, pero nada. Y luego les dieron Cabo Juby y Sidi Ifni, y después cuando fue el rey, todo el Sáhara”. Tanto dolor y penalidades para nada. Como tantas veces en las guerras, los soldados, ni agradecidos ni pagados.

De vuelta a España, a las olivas y a trabajar en la construcción, lo que le llevó a Barcelona y a Palma de Mallorca, “no lleva uno rulao ni ná”. Se casó con Justa y tuvieron cuatro hijos, dos de los cuales viven en Lloret de Mar y los otros dos en Cortijos Nuevos. Me dice que cuando les preguntaban por el nombre de sus padres, Justo y Justa, los maestros se creían que les estaban tomando el pelo. Justa murió hace trece años, el treinta y uno de mayo de 2013, me precisa, y a Justo se le humedecen los ojos. Hasta su perrillo, que le acompañaba hasta hace poco al bar Los Pinos, donde se toma su descafeinado, se le ha muerto.

Con Justo entablé conversación porque mi padre, de La Puerta de Segura, también se llamaba Justo. Y cada vez que voy a Cortijos Nuevos me lo encuentro como siempre, apacible, tomando el sol y saludando a los que pasan. Justo Peralta, como muchos otros ancianos anónimos, sencillos, hombres de España, lleva en su vida y en su memoria mucho que contar y que nosotros no escuchamos o hemos olvidado o querido olvidar. Son los que se han quedado del lado del silencio.


Campo de amapolas, que pronto llegarán.

8 febrero, 2018

Campo cerca de La Puerta de Segura, provincia de Jaén.

Acrílico sobre tela, 70 x 50

 

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Fotografías de las gentes de La Puerta de Segura, por Antonio Damián Gallego

14 julio, 2017

Descubro tardíamente las fotografías que hizo Antonio Damián Gallego Gómez de la gente de La Puerta de Segura (Jaén), editadas hace quince años, en 2002.

Como él dice, son sus gentes, los niños, los abuelos, los que ya se fueron y los que vienen. Hay fotografías de la vieja aldea de Las Graceas, a dos pasos del pueblo, pero ya deshabitada, hay retratos que hablan. Que además son técnicamente perfectos. La pequeña,historiamde un pueblo español.

La calidad de las fotografías, en blanco y negro, no tiene nada que envidiar a las de todos esos fotógrafos norteamericanos que nos dejaron su testimonio y que son mundialmente reconocidos.

Con humildad, pero con gran sentimiento y orgullo sano de su tierra y de sus vecinos, Antonio Damián nos ha dejado un monumento al pueblo llano, a esas personas que forman el mundo pero que, como dice el poema de María del Pilar Martínez, son

gente buena de mi tierra,
rescatada del olvido
al que se hallan condenados
los humildes y los sencillos

Ver esos rostros, esos quehaceres antiguos, desde el labrador, el aceitunero hasta el hojalatero, el carpintero o el herrero, ver los gitanos del pueblo, tan señeros como él, producen emoción. ¿Qué más puede desear un fotógrafo que hacernos partícipes de su poesía gráfica?

Este libro, bellamente editado, debería ser mucho más conocido. Los retratados y el retratista lo merecen.

 


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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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