Dos libros alemanes contra el olvido

No podría haberlo hecho solo. Lo sé. No sin los ayudantes y los indiferentes.

George Steiner

Se han cumplido el pasado día 10 de noviembre 84 años de la Noche de los Cristales Rotos, Kristalnacht, cuando los nazis organizaron un enorme pogrom por toda Alemania. La memoria cuesta. El profesor de psiquiatría de la Universidad de Barcelona que fue don Emilio Mira y López, exilado tras la guerra, resumía así los cinco factores que influían en qué se recuerda y cómo se puede testimoniar de un hecho o suceso personal o social:

  1. Cómo es percibido.
  2. Cómo se ha conservado en la memoria.
  3. Cómo se es capaz de evocarlo.
  4. Cómo se quiere -si quiere- expresarlo.
  5. Cómo se puede expresarlo.

Las dos fases de la memoria, conservación y evocación, han sido objeto de estudio con las denominadas “curvas del olvido”, el embotamiento de los recuerdos neutros, y las “curvas de represión” u olvido forzado de los recuerdos emocionales.

La amnesia cumple un fin de defensa psíquica, nos dice este psiquiatra, y recuerda que Freud le daba más importancia al olvido forzado porque responde a la represión, que es sinónimo de inhibición, dificultando la evocación de los recuerdos. Según el profesor Mira no existen percepciones neutras, fáciles de olvidar, sino que se reprimen determinados recuerdos, una voluntaria amnesia emocional por repugnancia a lo que sucedió, por horror o por remordimiento.

En ese “no acordarse” o “haber olvidado”, que es la excusa de muchos acusados, sean delincuentes o meros testigos de lo que pasó, confluyen factores intelectuales, afectivos y cognitivos:

o La ignorancia o falta de cultura.
o El desafecto o indiferencia.
o El no saber cuál va ser la consecuencia.

En el caso del Holocausto y la indiferencia o colaboración activa o pasiva de la población (alemana, austríaca, francesa, etc), se dan los cinco puntos arriba mencionados:

  1. el antisemitismo ancestral, que genera
  2. indiferencia, desafecto, y
  3. el no querer saber más, por
  4. la falta de cultura y de conocimientos de la población, adormecida por la propaganda, para después
  5. no poder expresarlo en un ambiente de postguerra, derrota y ruinas.

Todos estos mecanismos del olvido deliberado o del alegato de “no sabía” son perfectamente aplicables a lo que nos describe el libro de Géraldine Schwarz, Los amnésicos (que podría titularse los conformistas). La autora, franco-alemana, ha dejado constancia de toda la evolución del pueblo alemán desde el nazismo hasta la caída del muro de Berlín siguiendo algo muy cercano, su propia familia, desde sus abuelos, típicos conformistas o mitläufers (su abuelo compra la fábrica a precio de saldo a unos judíos que deben huir) hasta su padre, nacido en 1942, que intenta limpiar ese pasado familiar contra el olvido deliberado.

En Alemania, y mucho más en Francia, Italia y sobre todo Austria, resultó tras la guerra que casi nadie reconocía que había sido colaboracionista, fascista o nazi. Y la mayoría “no recordaba”, aunque hubieran visto desfilar filas de judíos escoltados por soldados alemanes o por gendarmes franceses. Pero la diferencia es que Alemania, poco a poco, sí ha hecho su revisión del pasado, sí ha examinado su memoria histórica, aunque se tardó años y sólo a partir de los sesenta se comienza a investigar en serio el pasado y acciones de muchas personas que parecían estar por encima de toda sospecha . También se comprende pues las preocupaciones primordiales de los alemanes en la postguerra eran la alimentación y la reconstrucción. Además, cuando celebridades como Heidegger, u Ortega y Gasset en España (ver La pluma del cormorán, nov 2021), o la Iglesia protestante o la católica, no dijeron nada ni expresaron públicamente nada sobre el Holocausto, los campos o las persecuciones, ¿por qué habría que exigir a los meros ciudadanos de a pie que fueran más conscientes?

Un libro complementario a este es el de Maxim Leo, Historia de un alemán del Este, que no creo haya sido traducido al español. Maxim Leo nos habla de su familia, de su abuelo Gerhard, judío alemán asimilado, que lucha en la Resistencia francesa y luego forma parte de la élite de la Alemania del Este, y del otro abuelo, Werner, que fue nazi y luego se hizo comunista. En la RDA no se hizo la expiación ni el ejercicio de memoria pues oficialmente el nazismo parecía sólo haber existido en la otra Alemania, la capitalista. El muro era considerado por Gerhard como un muro para defenderse del fascismo del Oeste. La otra abuela, la de Werner, es muy expresiva cuando él le pregunta si supieron en la época de los crímenes nazis (contra los judíos), “no nos hemos preocupado”, responde. Y cuando desaparecen una compañera suya del colegio así como la profesora, ambas judías, dice “es así, no nos hicimos preguntas, quizás porque nosotros también teníamos miedo”. Exactamente algunos de los mecanismos que describe el profesor Mira, miedo, indiferencia y desafección.

Carl Schmitt y su influencia en los juristas del franquismo

Es importante, es necesario conocer el pensamiento conservador y sus orígenes sobre todo cuando la tendencia antiliberal avanza por el mundo. Siempre me llamaron la atención la personalidad y los escritos de Carl Schmitt. Sus tesis de enemigo-amigo, tierra-mar, el decisionismo, muchas ideas que él plasmó en sus libros a lo largo de más de medio siglo; pero mi conocimiento era muy superficial. Como hice la carrera de Derecho entre manifestaciones, detenciones y estudiando lo indispensable, nunca leí mucho sobre él. Y, además estábamos inoculados contra el pensamiento conservador, aunque tuve como profesores a Sánchez Agesta, García Arias y Eustaquio Galán, que conocieron bien a Schmitt. No les escuchábamos. Ahora, en esa editorial sevillana que es un pozo sin fondo para los amantes de la historia, de la poesía y de los libros impredecibles que es Renacimiento, he encontrado este libro del catedrático Jerónimo Molina Cano, Contra el “mito Carl Schmitt”. Está en la colección Espuela de Plata de Renacimiento. Molina Cano es catedrático en la Universidad de Murcia.

Los que estudiamos en los últimos años del franquismo (yo, entre 1968 y 1973) estábamos imbuidos de un maniqueísmo bastante pedestre que nos hacía desdeñar lecturas que nos hubieran ilustrado y en cambio adorábamos libros sin peso específico como las bazofias de Régis Debray o las simplificaciones de Marta Harnecker (ésta, con todos mis respetos). No todo era incultura, no, pero nuestras anteojeras antifranquistas nos hicieron, me hicieron, descartar algunas lecturas que hubieran sido provechosas, estimulantes. De todo este maniqueísmo cultural hablé en una especie de memorias, Comunistas y Pilaristas. Un romanticismo tardío[1].

Como es sabido, Schmitt (1888-1985) fue un inspirador del Tercer Reich, fue llamado el “enterrador” de la Constitución de Weimar y fue un maestro para muchos juristas españoles del segundo tercio del siglo XX. Franquista convencido, además de un gran amante de España, su hija Ánima se casaría con un catedrático español, Alfonso Otero Varela. Pero en Alemania, me dice mi amigo Alfons, es una ‘no-persona’.

Carl Schmitt es todavía ‘la bête à abattre’ de ciertos profesores porque ha representado uno de los baluartes de la crítica a la democracia, del pensamiento antidemocrático que se puede rastrear desde Rivarol, Joseph De Maistre, pasando por Donoso Cortés, Charles Maurras, Enoch Powell y muchos más. Pensadores que, si reaccionarios, antiliberales, antisocialistas, antirrepublicanos, anticomunistas, no habría que pasar por alto pues sus obras contienen elementos muy interesantes y no son banalidades ni panfletos.

El libro de Molina Cano, muy bien documentado y con una bibliografía precisa, pone de relieve algo que hemos obviado: que entre los franquistas hubo también numerosos intelectuales y profesores cultos, absolutamente conservadores, pero en absoluto ignorantes. No todos los catedráticos de la postguerra ganaron sus plazas por mero ardor patriótico ni por afinidad política, que también sucedió, sino porque muchos reunían méritos suficientes, dentro del pensamiento conservador, claro está. La vida universitaria no era un desierto a pesar de la censura, del exilio de tantos, y la muestra fueron revistas como Arbor, Atlántida, o la de Estudios Políticos.

Como tantos verdaderos pensadores, Schmitt, aunque se discrepe de sus conclusiones, sus obras son un revulsivo, constituyen un aporte a la razón, al pensamiento que nos vacuna contra el cretinismo bienpensante -políticamente correcto hasta la médula- de los eruditos a la violeta que tanto abundan. Porque incluso sus controversias -de noble amistad, aunque duras- con Hermann Heller, socialdemócrata y judío (+ Madrid, 1933), muestran el respeto de que gozaba en los medios jurídicos de la época. Con Ernst Jünger, con quien discrepaba, también mantuvo una larga amistad.

El libro del profesor Molina Cano hace justicia al alemán, “al viejo de Plettenberg”, sin escamotear ni disimular sus ideas ni sus relaciones con aquellos juristas del Régimen como Francisco Javier Conde, Jesús Fueyo, Díez del Corral, también con Eugenio D’Ors y con Álvaro D’Ors, así como con otros no franquistas como Pedro Salinas o Manuel García Pelayo. El profesor Molina afirma que existe “una enorme deuda que la ciencia del derecho constitucional tiene contraída con Schmitt”, pues hasta para la elaboración de la Constitución vigente de 1978 se echó mano a sus tratados e ideas.

También nos muestra la hispanofilia de Schmitt, su conocimiento de nuestro país e historia, estudioso a fondo de Donoso Cortés (por cierto, también despreciado hoy entre los unilaterales, pero de gran profundidad y una capacidad intelectual que no fue igualada en el siglo XIX español) y del Padre Vitoria. Aunque su fascinación por Francia fue quizás mayor, pues Carl Schmitt admiró siempre la capacidad de síntesis de los juristas franceses, conoció personalmente al gran escritor Drieu La Rochelle (un ‘collabo’ que se suicidó a la Libération) y no en vano Julien Freund -resistente, nada sospechoso de derechismo- fue su principal rehabilitador en Francia.

También es muy interesante el capítulo sobre el concepto de ‘nomos’ y la componente telúrica, de la tierra y el espacio, el raum, en el pensamiento de Schmitt. Son éstos, aspectos bastante dejados de lado hoy por el pensamiento jurídico constitucional a pesar de que serían muy útiles para abordar el problema nacional y territorial siempre a punto de desintegrarse, del país España.

Como muchos alemanes conservadores, Schmitt prácticamente no dijo una palabra, ni siquiera pronunció una mera excusa, sobre el Holocausto, al contrario, llegaba a criticar a los “emigrantes” que volvían pidiendo ser indemnizados, que eran judíos que pudieron salir a tiempo. Fue mucho más de lo que se llama un ‘Mitläufer’, esos que seguían la corriente del nazismo, aunque sólo permaneció en el partido tres años. Auschwitz parece que no estaba en su radar, como tampoco para Heidegger y tantos otros, que hicieron como si nada hubiese pasado, absolutamente impermeables. Ernst Jünger, en este sentido, fue mucho más explícito y ya en plena guerra mencionó en sus diarios la persecución de los judíos y los horrores que se perpetraban en el ‘Este’.

Al hilo de este interesante libro sobre el jurista alemán, la editorial Renacimiento acaba de publicar otro libro indispensable sobre el pensamiento conservador, Europa, análisis espectral de un continente, de Hermann Von Keyserling, una obra que era inhallable pues fue editada hace noventa años por Espasa-Calpe (1929).

La utilidad del libro sobre Schmitt del profesor Molina Cano es la de quebrar los tópicos y, como está escrito con agilidad y claridad, inducirnos a leer y conocer mejor esa tradición jurídica conservadora que no hay que menospreciar ni olvidar. Dado el crecimiento actual, casi exponencial, de los partidos antiliberales en Europa, es importante conocer mejor las raíces del pensamiento conservador sin prejuicios y sin esas zafias muletillas de llamar fascistas o fachas a toda la derecha. Eso simplifica demasiado las cosas y así no se puede argumentar en serio ni desmontar sus propuestas. Todo es más complejo de lo que parece. También sería positivo que los políticos de la derecha española de hoy conocieran mejor a los autores y pensadores conservadores ilustrados, que tenían más enjundia, pues no lo parece tal y como se expresan.


[1] Que sólo se vende en la librería madrileña ‘Sin Tarima’, en la calle Magdalena, 31.

¡Qué país, Miquelarena! La biografía.

Nunca había oído hablar de Jacinto Miquelarena, pero un día descubrí una placa en la calle de Serrano de Madrid (número 112, semi esquina a Diego de León, donde vivió un tiempo). Don Pedro Mourlane Michelena le había espetado esa frase que se ha convertido en una referencia obligada al periodista bilbaíno (o bilbaino, como algunos gustan de pronunciar) y casi una frase hecha.

He encontrado en ese paraíso de los libros que es la editorial Renacimiento y almacén de Abelardo Linares en Valencina de la Concepción (Sevilla), la biografía que escribe su nieta, Leticia Zaldívar Miquelarena. Me sumerjo en su lectura con un interés que no decae en las 330 páginas pues es seguir el itinerario no sólo del periodista y escritor sino de nuestro país desde 1891 a 1962, cuando muere en París.

No puedo ocultar que Bilbao es una de mis ciudades favoritas por lo que todo lo que a ella se refiere llama mi atención, como en este caso la vida de Miquelarena, que su biógrafa traza con afecto, pero con objetividad al mismo tiempo. Hacía falta, era preciso, rememorar a este periodista y escritor singular. Bilbao fue siempre una ciudad de cultura, de una riqueza especial, como comprobamos hoy con sus dos grandes museos, sus referencias literarias por todas partes, su dinámica biblioteca Bidebarrieta, las dos librerías de viejo, Boulandier y Astarloa, aquel mito cultural que fue la revista Hermes, sus poetas (Otero, Aresti, tantos) y pintores. No ha sido nunca sólo hierro, astilleros y bancos, sino mucho más, como fue aquella edad de oro de antes de la guerra.

Entre los amigos de Jacinto Miquelarena destacaba Mourlane, irundarra, miembro egregio -el Canciller- de la Escuela Romana del Pirineo. Fue uno esos que la Falange de la Victoria marginó (como a Sánchez Mazas o a Ridruejo), pero que nunca perdió ni su genio, ni su originalidad ni su gusto por el desplante elegante y culto. Otros amigos fueron Ramón Gómez de la Serna (ambos eran gregueristas), el dramaturgo Miguel Mihura (Miquelarena adoraba el teatro y escribió teatro), o Jardiel Poncela.

Como toda buena biografía, el libro de Letizia Zaldívar es también un retrato de la vida cultural de España en esa época, o esas épocas, menos conocida hoy porque sus protagonistas eran de derechas y, por tanto, sin albergue en la historia cultural, que ha hecho y suele hacer gala de maniqueísmo y sesgo. Parece como si solamente los exilados o perseguidos hubieran tenido derecho al recuerdo. Hubo escritores notables en el interior, incluidos los de derechas y muchos falangistas. Ni siquiera Andrés Trapiello ha prestado atención no ya a Miquelarena, sino incluso a Mourlane y otros escritores del grupo.

El libro tiene pasajes más interesantes que otros, por ejemplo, las corresponsalías de guerra (Salónica, con sus sefarditas, antes de llegar Kurt Waldheim y la Wehrmacht y comenzar la deportación de judíos, los Balcanes, Rusia), y después, de Londres y de París. Curiosa, la sensación que tuvo Miquelarena de abandono, indiferencia y hasta de acoso por parte de las direcciones de EFE y del ABC, de muchas exigencias sin tener ninguna palabra de apoyo o de mera comunicación, sin ningún retorno, algo que yo he percibido también cuando estuve destinado en el extranjero. Debe ser propio de las jefaturas madrileñas, sean ministeriales o empresariales. Su suicidio -en cierto modo inducido, como sostuvieron sus familiares- en la estación de metro Michel Ange-Molitor, también me ha estremecido; es la misma que yo cogía cuando trabajaba en París. Leticia Zaldívar describe atinadamente los últimos dos años del escritor en París, esa ciudad bulliciosa, desmedida que, en el país del cartesianismo, “la lógica cartesiana, en contra del tópico, no trasciende ni a la política ni a la vida”, según le había contado a su amigo Sito Alba. Donde de verdad se sintió a gusto fue en Londres, «las primaveras, en Londres».

Jacinto Miquelarena, cosmopolita, con dominio del francés y el inglés, gran viajero, culto, era una rara avis en el panorama de nuestra literatura y del periodismo. Probablemente generase envidias y recelos en aquel ambiente que él mismo, algo altivo, calificó alguna vez de ‘casposo’. Sus a veces feroces comentarios iban siempre envueltos en un tono de humor mordaz, nada sarcástico, además de expresado de una forma moderna, de vanguardia. A los bienpensantes del franquismo no les sentaban bien. Ojalá se reediten sus crónicas que, por lo que se deduce de las citas en la biografía, han de ser sabrosas, bien escritas y con ese toque de humor distante, quizás algo inglés, pero definitivamente español, de este señor de Bilbao.

No he sabido de la recepción crítica y de público de esta biografía, pero merece su difusión porque, repito, no es sólo la del escritor, sino el relato de un pedazo de nuestra rica, variada, densa, historia cultural y política.

Además, es de actualidad la frase famosa pues, tal como leemos las cosas que profieren muchos políticos y comentaristas -apabullantes, desmedidas, increíbles, irresponsables- en este difícil verano sobre las restricciones energéticas, por la sobriedad en el consumo de agua y electricidad, podríamos decir también, “¡Qué país, Miquelarena, qué país!”.

José Carlos Llop, territorio poético re-conocido

“Porque soy de letras
sé, que la oculta tentación
del geómetra es la geografía:
trazar las cartas marítimas
sobre una piel desconocida.”

José Carlos Llop

Volver a la poesía de Llop, que iguala las letras con la vida, es como visitar una biblioteca en una casa en el campo largo tiempo cerrada y volver a encontrar esos libros que leímos hace mucho y casi habíamos olvidado. Es como pasar una tarde en un jardín cerrado, fresco, bajo una pérgola tupida con sólo los viejos cipreses de guardianes, solos, oscuros, silenciosos, leyendo un libro polvoriento redescubierto en la casa veraniega.

De José Carlos Llop se ha publicado hace un par de meses Mediterráneos[1], que recopila su poesía de los últimos veinte años, más algunos inéditos. Con su poesía intelectual, evocadora, retornamos a Eliot, a Kavafis, a Durrell, de Jünger a Chatwin, a las antiguas ciudades casi Estado que dictadores destruyeron, islamizaron, como Alejandría, Beirut, sobre todo, pero también Tánger o Estambul, la antigua Constantinopla. Son las ciudades que él prefiere, ciudades portuarias con gaviotas y cafés [Como Lisboa, aunque ésta sea atlántica y los cafés cerca del puerto, populares, hayan sido convertidos en bares de copas para jóvenes turistas branchés y altivos, indiferentes, que sólo prestan atención a sus móviles y a sus laptops, y que han expulsado a los clientes de toda la vida].

Leo estos días a Llop rodeado de árboles, no precisamente mediterráneos, sino de robles, abedules, hayas, castaños, pero también de viejos olivos, naranjos, almeces y moreras. Es en el valle del río Vouga, un río con color de cobre viejo, en el centro de Portugal, en las termas de São Pedro do Sul, donde se bañaron los romanos, el rey Afonso Henriques y hasta la última reina de Portugal, dona Amélia de Orléans, en 1894. Lugar escondido entre los montes, en hondo valle, no lejos de las sierras donde fue explotado el wolframio que vendían tanto a los alemanes como a los ingleses durante la segunda guerra mundial, de cuyo negocio Aquilino Ribeiro dejó una interesante novela.

Esta colección nos trae de nuevo La avenida de la luz, Cuando acaba septiembre y otros, pero además nos regala, como una generosa propina, el largo poema sobre Bordeaux, Burdeos, La vida distinta, o La chanson de Bordeaux, que es como una guía de la ciudad. Empieza, precisamente, citando a mi amigo Marc Lambron, y da la casualidad de que tenía programado un viaje a Burdeos para finales de julio, antes de leer este poema de cerca de 360 versos. También dedica a Burdeos, el Poema inacabado, que completa el paisaje urbano y cultural de la ciudad del Garona.

Afortunadamente el placer de su lectura no se agota, pues me faltan por leer muchas poesías de Llop y releerlas siempre da lugar a un nuevo hallazgo, un giro, una frase, una idea. Es una lectura como la “lectura de los clásicos, que siempre son modernos y enseñan lo que no sabes, hablándote de lo que sí” (del poema Mediterránea). La geografía, la historia, los libros que nos dejaron huella y las sensaciones se confunden en los versos de Llop. Pero también la vida cotidiana, las tardes pálidas y la idea del paso del tiempo, la alegría de vivir, y

sin embargo,

la vida continúa en posesión de los colores

más vivos.

Me identifico con él, en su Tríptico de Sa Marina, en esa sensación ante la despedida de un mundo, de un lugar en el que ha estado 33 años y muchas veces ha sido feliz, y tenía 29 años cuando llegó y ahora ya tiene más de sesenta.

Mis afinidades electivas con este poeta son bastantes más : el gusto por lecturas similares, la cultura francesa que se desprende en sus versos, los árboles, el mar. -aunque yo prefiero el Atlántico-. Por eso no puedo ser objetivo al comentar este último libro suyo. Sólo le conozco a través de sus versos que, por el azar de las librerías fui encontrando y leyendo en esas ediciones magníficas de Lumen. Quizá la única afinidad más física, no cultural, sea que él ha escrito un libro, inédito hasta ahora, El árbol de los cormoranes. Le interesan como a mí esas aves marinas que aparecen de vez en cuando en sus versos, pero ahí se detiene, en la cabecera de este libro de bitácora (que impropiamente llamamos blog) todo posible paralelismo. Y aún no he leído el poema de Brodsky, Intervención en La Sorbona, que Llop considera uno de los mejores del siglo XX, ni sus versos de Pasaporte diplomático, que un amigo poeta me recomienda como de lo mejor de José Carlos Llop.


[1] Ed. Vandalia, Fundación José Manuel Lara, abril 2022. Lástima que se hayan colado unas cuantas erratas en nombres: rue du Bac, no de Bach; Thurn und Taxis, no Thurnund; Etiopía, no Etopía; falta el cierre del entrecomillado tras la frase de Malaparte sobre Nápoles.

Blasco Ibáñez o ‘la epopeya de los humildes’

Este es un título paradójico pues este gran vividor, que no desdeñaba lujos, era admirado precisamente por los menos favorecidos; Blasco dijo una vez que «la novela no es más que la epopeya de los humildes». Los dos primeros libros que leí de Blasco Ibáñez me los regalaron, en efecto, dos obreros. Mare Nostrum me lo regaló Gonzalo Gozalo Martín, trabajador de Re-Con y dirigente de Comisiones Obreras de Alcobendas, a quien conocí en la cárcel de Carabanchel. La Araña Negra me lo regaló Luis, el fontanero del paseo de Extremadura que había sido carabinero en la guerra y se emocionaba cuando me contaba la caída de Madrid o la manifestación pidiendo la liberación del comunista Thaëlmann, preso por los nazis. Efectivamente, don Vicente era un escritor para el pueblo, cuando el pueblo leía y no solamente veía la televisión.

He leído recientemente otras como Sónnica la cortesana, Cañas y Barro, y releído Los muertos mandan. Blasco Ibáñez acabó la novela de Sónnica en La Malvarrosa, en 1901, una historia del cerco y destrucción de Sagunto por Aníbal.

“Tuve que realizar vastos y monótonos estudios… necesité rehacer mis estudios latinos del bachillerato…para escribirla me inspiré en el poema sobre la segunda guerra púnica del poeta latino Silvio Hálico… algunos de mis personajes secundarios los he sacado de éste, así como determinadas escenas”. A Hannibal -como él lo escribe- lo presenta como un ser obseso por la guerra y la destrucción de Roma, tildándolo de áspero, no interesado ni en las mujeres, como en su encuentro con la amazona Asbyte. Es una novela que algunos, malignamente, compararon a la Salammbô de Flaubert, tratando de acusar de plagio a nuestro escritor, pero no se parece en nada. La descripción del cerco de Sagunto es soberbia, casi diríamos cinematográfica. En el relato también parecen personajes históricos como Publio Cornelio Escipión, el pelirrojo Catón o el dramaturgo Plauto, reducido a la esclavitud trabajando en un horno de pan. Blasco describe incluso los contratos entre romanos, como el dare sponsio, la Ley de los Quirites -derechos de los ciudadanos libres- y los censores (como Apio Claudio). Pero el verdadero protagonista es Sagunto, “le debía esta novela a mi tierra”, y dos personajes griegos, Acteón y Sónnica.

En 1862 se había publicado Salammbô, en la que Flaubert, sin duda mejor documentado que Blasco, ofrece la imagen que dio Roma de Cartago y los cartagineses, sobre los que planea el espectro legendario de Dido.

Otra novela muy conocida como Cañas y barro nos presenta ese personaje, Sangonera, el vago redomado que vive de nada en las huertas y canales de la Albufera. Tiene toda una filosofía de vida, un elogio de la pereza que hasta superaría las teorías de Paul Lafargue.

En Los muertos mandan, cuya lectura recomendaría a todos los herederos de familias de postín venidas a menos, se explaya sobre la decadencia familiar de Jaime Febrer, las contradicciones entre el viejo feudalismo, el naciente capitalismo, representado por el chueta Valls, y la vida campesina de Ibiza hace más de cien años están perfectamente descritos. Me imagino que sentarían bastante mal en la Mallorca de la época.

Hubiera sido interesante que Marx hubiera leído a Blasco Ibáñez; nos gustaría leer sus impresiones, como las que dejó sobre Les Mystères de Paris, de Eugène Sue (en ese peculiar libro de Marx que es La Sagrada Familia[1]). Las novelas del valenciano son referencias históricas, están empapadas del espíritu de la época y podemos seguir la evolución de la sociedad española de su tiempo. En Cañas y barro, está el trasfondo de la guerra de Cuba, “donde Tonet reconocía que había matado tantos negros”, o los colonos levantinos en Argelia. La Horda es un cuadro del Madrid miserable de truhanes, ropavejeros, de los marginados, que considero incluso superior a La Busca, de Pío Baroja, aunque sea mucho menos conocido. Toda España y gran parte del mundo desfilan en sus páginas. Como Baroja y Azorín, fue además un excelente paisajista.

Una cierta élite literaria española siempre tuvo cierto menosprecio por este escritor naturalista, pletórico, tan prolífico como difundido, leído, traducido y, por tanto, tan bien remunerado. Amar la vida, no ser un cenizo ni un cariacontecido suele ser visto por la intelectualidad como algo vulgar. Francisco Umbral lo apreciaba, aunque «los entusiasmos de entonces (por Blasco) se me han desfallecido hoy…» y, feroz, como a menudo era Umbral, dice que su cosmopolitismo «es de paleto valenciano». Y la riqueza en un escritor que la gana con sus derechos de autor, se suele ver como un cierto baldón más que como un mérito: “será un escritor popular”, o “un escritor para porteras”, como decían, en plan clasista, de algunos novelistas franceses como Ohnet, Ponson du Terrail y, más tarde, Pierre Benoit. En España Fernández y González fue también despreciado.  Vender muchos libros sienta muy mal a los concurrentes. Algo parecido a lo que sucede hoy con escritores de gran calidad y muchas ventas, como Arturo Pérez-Reverte.

La gran difusión de los libros populares siempre ha suscitado la curiosidad y a veces la envidia de los escritores llamados serios. Antonio Gramsci le dedicó muchas reflexiones en sus Nipoti del padre Bresciani. Entonces se trataba de Dumas o Eugène Sue, de Victor Hugo o también de Jules Verne. Decía Gramsci que una obra era tanto más popular cuanto su contenido moral, cultural, sentimental encajaba con la moralidad, cultura y sentimientos nacionales, lo que además nunca es estático sino que va cambiando.

Don Visént, como le llamaban en Valencia, fue siempre un republicano federal, un irredento, sufrió cárcel y exilio y el ostracismo por parte de muchos intelectuales, unos de izquierda, otros del franquismo (Eugenio D’Ors hablaba de sus escritos como ‘fullerías’). Era todo lo contrario a las capillitas, a esas sacristías que abundan en el mundo de las artes y las letras.

Precisamente, en una carta al crítico Julio Cejador decía:

“Así se conoce la vida (con la acción, la aventura, los viajes, la vida de soldado), creo yo, mejor que pasando la existencia en los cafés, viéndolo todo a través de los libros ajenos o de las conversaciones, reuniéndose siempre los mismos interlocutores, momificando el pensamiento con idénticas afirmaciones, nutriéndose de los propios jugos, sin ver otros horizontes, sin moverse de la orilla junto a la cual se desliza la corriente de la humanidad activa”.

Admirador de Balzac, Hugo y Zola, gran francófilo, Vicente Blasco Ibáñez era un defensor de la grandeza histórica de España, lo que hoy no está en absoluto de moda. Otro motivo de la deserción de los lectores es que cultivamos un horror al tipismo y la intelectualidad tiene alergia a las cosas ‘españolas’; así, Sangre y arena queda excolmulgada para siempre por muchos bienpensantes. Como buen espíritu libre, no encajaba en los moldes y era políticamente incorrecto.

Otro aspecto importante es que Vicente Blasco Ibáñez fue nuestro escritor más viajero, uno de los pioneros de esta categoría de escritores, con una cultura suficiente para respetar las gentes que veía, los ambientes, lejos de esa especie de distancia altiva y superioridad irónica de otros viajeros contemporáneos ingleses o franceses. Sus viajes a los Balcanes, a Turquía y China está reflejados de manera excepcional en su obra, además de la famosa Vuelta al mundo de un novelista sigue sin tener parangón en las letras españolas.

Ya sé que se escribe hoy de otra forma, que muchas de sus novelas se alargan a veces, como en El fantasma de las alas de oro, por lo que, desde Azorín a Blasco hay muchos escritores arrumbados en el baúl de los recuerdos, meras referencias para los estudiantes de bachillerato. Por cierto, que eran amigos, ambos levantinos, aunque el de Monóvar era lo opuesto a don Vicente en cuanto estilo, la frugalidad frente a la exuberancia, el dibujo a sanguina frente a la paleta rica, densa, de colores intensos.

Pasados tantos años, habiendo cambiado tanto el mundo de hace más de ciento veinte años, dos guerras mundiales, cambios de países, banderas, costumbres, ya no se lee a Blasco Ibáñez como antes, ni en sus obras, ni en la posición del lector. Quizás haya pasado de moda (¿qué es la moda literaria sino una invención de los actores de la vida literaria?) pero qué satisfacción, qué solaz, facilidad, da leer esos cuadros impresionistas, mediterráneos, casi con el óleo aún por secar, de aquel Levante, de la Mallorca o la Costa Azul de antes del turismo de masas y de las urbanizaciones y las torres, de aventuras, amores, andanzas y querellas campesinas y comerciales. Además, y por ello no es casualidad que a los obreros les gustase este escritor pues sus obras reflejan muy bien la división en clases sociales, la lucha eterna entre pobres y ricos, solapada, encubierta y maquillada entonces por creencias y tradiciones ancestrales y hoy por el consumismo hedonista.

Nota: hay una fundación dedicada al escritor https://ateneoblascoibanez.com/libros/


[1] Curiosamente, parece que Blasco Ibáñez se inspiró precisamente en El judío errante, de Eugène Sue, para escribir La araña negra, que consideraba su peor libro.

‘Acta est Fabula’, las memorias del escritor portugués Eugénio Lisboa

¿Es necesario conocer la vida de un autor para leer su obra? Sí rotundo en este caso porque las memorias de Eugénio Lisboa (Lourenço Marques, 1930) son una gran guía personal y cultural, donde él entralaza su historia con la de Mozambique y Portugal.

Los cinco volúmenes de Acta Est Fabula pueden leerse incluso sin orden, al azar, porque siempre hay una frase, una nota sugerente, una referencia a un escritor y su obra, o a un evento que nos hace evocar toda una época. Para mí, en Portugal hay dos memorialistas y diaristas importantes: Miguel Torga y Eugénio Lisboa, totalmente diferentes, que nos hablan de realidades distintas, pero que escriben muy bien y con una sinceridad poco común. Porque estas memorias carecen precisamente de ese narcisismo que encontramos em muchas obras de esta naturaleza, que a veces parecen un escrito para la sociedad de bombos mutuos.

Son el resumen de una densa trayectoria literaria y cultural, un gran y ameno gráfico que nos muestra cómo ha evolucionado Portugal, sus letras, desde finales de los años cuarenta, cuando Eugénio Lisboa recién llegado de Lourenço Marques estudiaba en el Instituto Superior Técnico, cuando se encontraba con otros estudiantes en la Mexicana, ese café lisboeta tan clásico, junto a la Praça Londres, con esos magníficos paneles cerámicos del artista Querubim Lapa).

Eugénio Lisboa ha sido uno de los que rompió esa división entre las artes y las ciencias. Ingeniero siempre activo, nunca dejó las letras, la poesía, su interés por la gran cultura. Quería ser libre, pues “o Estado Novo ofendia seu espiritu de pensar libremente”. “O Estado era estúpido e caseiro. Usava a intensificação de uma emoção egoísta apoiada em armas violentas, mas canhestras (…) sabia promover, naquele povo amarfanhado e sem futuro que se visse, o medo da mudança e o apego ao chiqueiro em que se acomodava” [“el Estado Novo ofendía su espíritu de pensar libremente…el Estado era estúpido y casero. Utilizaba una emoción egoísta que se apoyaba en medios violentos pero burdos; sabía fomentar en aquel pueblo adormecido y sin porvenir, el miedo al cambio y el apego al chiquero en el que se acomodaba”]. Pero incluso en esos años Eugénio conseguía encontrar buenos libros en algunas librerías de Lisboa e incluso de Lourenço Marques, en la Baixa laurentina, como en la Minerva Central. Como él dice, había mucha gente culta, pero “o panorama geral era desolador”. Era el Lourenço Marques de cafés como los Scala o el Nicola, de los teatros de vanguardia, de los tele-clubs donde se podían ver más películas que en Lisboa, de las escapadas a Sudáfrica, del cosmopolitismo. Como me decía una amiga portuguesa de Angola, “tinhamos horizonte”, teníamos horizonte.

Hay evocaciones y retratos de muchos mozambiqueños que fueron la punta del iceberg de una vida cultural que después parece haberse olvidado en los círculos lisboetas, como Maria Lurdes Cortez, como e inefable Rui Knopfli, Reinaldo Ferreira, José Craveirinha y Alberto de Lacerda, entre otros. Pero también de los amigos de trabajo, como Francisco Bomba, trabajadores mozambiqueños, militares, empleados.

Lisboa es sobre todo un ensayista, especializado en José Régio y el grupo de la revista Presença, pero también en la poesía y literatura lusas. Como muchos portugueses divide su vida y sus lealtades entre Africa y Portugal, a lo que une una gran cultura anglosajona, que completó con su estancia de diecisiete años en Londres. También posee una amplia, aguda, cultura francesa -comparto su gusto por Roger Martin du Gard, injustamente “bajo la sombra do Proust”-. Es uno de esos intelectuales portugueses que tanto aire fresco trajeron al país, incluso en las épocas más cerradas del salazarismo, uno de los que hicieron posible que el país no se hundiera en la incultura y el provincianismo. Lisboa nos habla de sus trabajos en Mozambique, su tierra, en Johannesburgo, Estocolmo, Londres, de su primer viaje a París “esa ciudad generadora de ideas”, del servicio militar en Portalegre (Alto Alentejo), de amigos, escritores y poetas no solamente portugueses.

Encomia la prosa clara, a la Stendhal y la suya es precisamente así, limpia, viva, con gracia, usando incluso frases populares, el habla cotidiana, sin pedantería alguna.

Para un lector español es interesante esa parte tan propia de muchos portugueses de su pasado africano, ese vínculo con la tierra donde nacieron y vivieron millares de ellos, otra historia de la no bien contada descolonización (casi una desbandada mal gestionada por el gobierno de Lisboa), la ruptura de millones de vidas (tanto de los que emigraron como de los que se quedaron, indígenas que preferían, premonitoriamente el Estado portugués al desorden y guerras civiles que se avecinaban), fueron generaciones de africanos blancos que fueron menospreciados por los metropolitanos como colonialistas.

La vida en las colonias portuguesas no fue la que cuentan muchos manuales bienpensantes (políticamente correctos y bastante maniqueos). Desde hace poco, muchos escritores portugueses han empezado a contar el drama de los retornados, con objetividad, de esa otra historia que no es saudade sino contar cómo era la vida en Angola o Mozambique, más abierta que en Portugal, con más música, más cultura y más libertad de costumbres que en la metrópoli. Se había hecho bastante por la población indígena, como los Estudios Generales creados por Vega Simão. Recordemos que nunca hubo apartheid, que había mucha mezcla de razas, como el propio escritor sudafricano Laurens van der Post recordaría en sus viajes a Angola. Había diferencias económicas, pero quizás no mayores que las de ahora, cuando estos países llevan más de cuarenta años de independencia y se han convertido el cleptocracias. Eugénio Lisboa evoca la memoria de dos gobernadores generales de Mozambique que se destacaron por su trabajo a favor de los indígenas, como el almirante Sarmento Rodrigues y Baltasar Rebelo de Sousa, padre del actual presidente de la República Portuguesa. Son recuerdos que algunos no quieren ni oír ni reconocer.

Evidentemente, las opiniones de Eugénio Lisboa molestarán a muchos del establishment canónico cultural y político y sobre todo a los que él llama de “la ideología fría”. Se despide Eugénio Lisboa con toda su libertad con estas casi 1900 páginas que nunca cansan. La obra ha terminado, ‘la messe est dite’, Acta est Fabula, nos dice. Hay que agradecerle que nos hable de esos años que corren el riesgo de ser olvidados y, sobre todo, que no han sido debidamente interpretados y analizados, primero por la situación de guerra fría, que impedía todo debate objetivo, y, segundo, porque perdura una especie de sentimiento de culpa en Portugal respecto a la colonización, con una visión demasiado pesimista y negativa de lo que fueron las colonias.