La revista Literatura Soviética

8 enero, 2020

La relación de la cultura rusa con la europea occidental nunca ha sido fácil. Y la soviética, es decir, la que incluye a las antiguas repúblicas, hoy casi todas independientes, aún menos.

Es cierto que en la Unión Soviética se favoreció el realismo en la época estalinista por dos razones: el realismo no cultiva tanto la imaginación que se considera peligrosa; la segunda, ligada a la primera, es que se desdeña el encumbramiento elitista de los intelectuales: hay que escribir para que lo entienda el pueblo. No olvidemos que las letras y la alfabetización fueron uno de los pilares de la revolución de 1917 y basta con recordar a Lunatcharski para comprobarlo. La alfabetización llegó a todas las repúblicas soviéticas, a las asiáticas, a las musulmanas, así como la igualdad entre hombre y mujer y la liberación de ésta. Hoy, dudo que hayan avanzado muchos esas repúblicas, sumidas en el oscurantismo, el nacionalismo, la corrupción y la dictadura.

Boris Talberg, Las fuerzas de la paz

La guerra fría y la Perestroika hicieron que en occidente tirásemos a la basura toda la literatura y las artes de la época soviética. También la historia literaria la escriben los vencedores. De la URSS parece como si no hubiera quedado culturalmente sino tierra quemada. Y no es así. Se ha desdeñado en bloque a muchos grandes artistas, escritores y poetas, injustamente censurados al ser tachados de comunistas, estalinistas, funcionarios o cualquier otro epíteto que los ha desvalorizado de entrada. También esa izquierda de salón bastante snob ha despreciado siempre el realismo. Y la derecha sólo ha encumbrado a los rusos que fueran disidentes, olvidando a todos los demás.

Número dedicado a Tolstoi

La Unión de Escritores Soviéticos fue fundada en 1932, tras la abolición de la Asociación Rusa de Escritores Proletarios. Gorki fue su primer presidente y  mantuvo la edición de la legendaria Literatúrnaya Gazeta, que había sido fundada en 1831 en tiempos de Pushkin.

Como una herencia algo remota de aquella revista, Literatura Soviética, es fundada en 1946 por la Unión de Escritores Soviéticos llegando a publicarse en diez lenguas. El adjetivo ‘soviética’ aludía a que no era solamente literatura rusa, pues en sus páginas escribían muchos autores del Uzbequistán (Jamid Guliam y otros, que tradujeron al uzbeko Dante, Longfellow, escritores turcos y persas, y un largo etcétera), el Daguestán (Rasul Gamzátov), Georgia (Griboyedov), Azerbaidján (con un número especial dedicado a su literatura, en 1978), Tajiristán, Siberia (en 1932 apareció el primer libro en lengua mansí), Kirzguistán (Vera Tkachenko), zíngaros en su propia lengua (Alexandr Guermano, Ivan Romeko, Nikolai Sadkevich), Turkmenia (Artiómov), todas las quince repúblicas. La lengua tatar, yakut, mansí, nijv (Sajalín), y mucísimas más fueron fomentadas y en ellas se publicarían muchos libros, incluidos clásicos rusos y europeos.

Su finalidad fue la divulgación en el extranjero de las literaturas de las quince repúblicas que formaban la URSS así como de sus culturas. La edición en español tenía un contenido específico sobre la cultura a la que se dirigía (por ejemplo en español aparecían entrevistas con Dolores Medio, Mario Benedetti, Neruda, el obituario de Blas de Otero, etcétera). Claro que muchos la consideraron como una herramienta de penetración soviética en Occidente, lo que les llevó a despreciar e ignorar todo su contenido. La revista en lengua castellana estableció unas relaciones muy estrechas con poetas y escritores españoles, residentes tanto en España como en el exilio, así como latinoamericanos. Difundió la revista intercambiándola con las principales revistas de España de la época como Insula, Triunfo, Papeles de Son Armadans, Cuadernos para el Diálogo, y con varias revistas latinoamericanas. También llegó a la Biblioteca Nacional.

Kuzma Petrov Vodkin, Anna Ajmátova

César Arconada, que fue su director, falleció en 1964 y le sucedería José Santacreu Mansanet hasta 1970. Colaboradores y traductores al español fueron entre otros Julio Travieso, José Vento, Clara Rosen, Carlos Sherman (de poesía), Juan Julio, Venancio Uribes, Angel Pozo Sandoval, José María Alvarez Posada, Victoriano Imbert (Premio Gorki de 1976, hijo de exilado a la URSS en 1939, vuelto a España, empleado en Aguilar y fallecido en Madrid en 1982), Ana Varela, Isabel Vicente, Samuel Feijóo.

Los viejos números de la revista Literatura Soviética son muy útiles, además de interesantes, para conocer escritores que han pasado desapercibidos en Occidente, y otros que han sido borrados literalmente del acervo de la antiguas repúblicas soviéticas. Ilustrados con obras de pintores y dibujantes, nos permiten conocer ese mundo ya olvidado y tan denostado por superficiales ideólogos.

Es cierto que en sus páginas hay muchos escritores y poetas –he encontrado hasta un relato de Breznev, Tierras vírgenes-, elegíacos, épicos, acríticos en general con la situación interna de la Unión Soviética, cómplices, les llamarán algunos. Pero hay muchos textos que son de una calidad considerable. Recuerde, si no, el lector Por quién doblan las campanas y tantas novelas norteamericanas y británicas que son también épicas. Ser épicos no es un baldón. Encontramos además escritoras como Marietta Chaguinian, con su relato Moscú la pequeña, en donde evoca su pasado burgués, recuerda a Marina Tsevataieva con quien compartió trabajos de traducción, nos habla del concepto de trabajo y de música y su gran amigo Serguei Rachmaninov.  O Aleksandr Tvardovski, Daniíl Granin y Valentin Rasputin.

Entre los escritores, además de los más oficiales, como Konstantin Simonov, escribían a menudo en sus páginas Boris Polevoi (Un hombre de verdad) y Nikolai Ovstrovski (Así se templó el acero), y muchos otros, como Ivan Stadniuk, autor de La guerra, Yuri Bondarev, Mujtar Auezov, Felix Kuznestov, Anatoli Kim o Mikhail Morozov, dramaturgo, experto en Shakespeare. O Jakob Jelemski, A dos pasos de Granada, o Mikhail Svetlov, otro amante de España.

Muchos sociólogos e historiadores de literatura escribieron en Literatura Soviética, como Albert Beliaev, con su notoria Lucha ideológica y literatura: la sovietología en los Estados Unidos. Quitando la ganga y quedándonos con el mineral, es muy interesante descubrir tantos libros que han quedado, por razones políticas e ideológicas, fuera de nuestro alcance y conocimiento.

Vladimir Tcherchebakov, Linda mañana.

Evidentemente, hay sonadas ausencias. Los disidentes solían ser reducidos al ostracismo (una sola edición de sus libros, sin reimpresiones) o expulsados como Zozshenko, escritor humorista comparado a Gogol, que fue expulsado de la Unión de Escritores, como lo sería Solzhenitsin en 1974, a pesar de la defensa de Tvardovski. Vasili Grossman, claro, no figuró en su páginas. Pero esta exclusión, por razones a veces parecidas, también se ha manifestado y aún se manifiesta en el mundo editorial español con escritores que “no encajan“ en la línea editorial o cuya crítica les fue adversa o fueron ignorados, lo mismo que no reimprimen y excluyen del catálogo determinados libros. Las editoriales a menudo han eludido a determinados autores, guiándose por el gusto personal, la amistad o la simple lógica comercial.

La poesía siempre ha tenido un lugar preferente en las letras rusas. Así, además de la obligada mención a los tres poetas que fundaron la poesía, por así decirlo, soviética: Maiakovski, Essenin y Blok, o un poeta como Ehrenburg, hay muchos más, quizá menores por menos divulgados, pero dignos de respeto, como Egor Isaev y Vladimir Lougovskoi, Maxim Tank. Sin olvidar al historiador y crítico de poesía rusa, Vladímir Orlov.

La literatura soviética, con su realismo o, como ellos la llamaron, literatura objetiva, nos ofrece un interesante documento de cómo era la vida en la Unión Soviética, más allá de heroismos o mitos. Es natural que las élites intelectuales la desprecien pues muchos son autores proletarios, es literatura proletaria, con simplificaciones muy a ras del suelo a veces. Pero los tipos individuales, tomados del natural, y los tipos colectivos, como personajes comunes y frecuentes suelen darnos una imagen vívida de la Unión Soviética. También podemos adentrarnos en la vida cotidiana de las antiguas repúblicas y comprender mejor el país, pues muchos de los escritores están en la tradición y el sendero trazado por Turgueniev, Chéjov o Dostoievski, por citar solamente tres grandes autores rusos.

Konstantin Yuon, Moscú industrial, 1949

La revista se mueve en ese ámbito trazado por aquella pregunta de Máximo Gorki “¿Con quién estáis vosotros, los maestros de la cultura?”. Del mismo modo que Ignacio Aldecoa, Carmen Laforet, López Salinas, Narcís Oller o Josep Pla retratan la sociedad de sus tiempos, como nos la dieron Baroja, Galdós o Pardo Bazán. O como Vasco Pratolini o Cesare Pavese, Steinbeck, Erskine Caldwell, Dreiser, etc. Escritores que han sido además los mejores cronistas de su tiempo, como muchos de los que aparecen en las páginas de Literatura Soviética.

Todas los números de la revista incluyen ilustraciones de pintores, entre los cuales Oleg Vukolov, Alexandr Deineka, del que hubo una magnífica exposición en la Fundación Juan March hace unos tres o cuatro años, Semion Kaplan, Oleg Loshakov, con sus fascinantes pinturas de la Kuriles, Yuri Raksha, Oleg Filatchev, Piotr Ossovski, Vladimir Volkov, Dianna Toutoudjian, Vladimir Lineu, Viktor Ni, Viktor Krilov, o Boris Talberg con su mural Las fuerzas de la paz. Muchos los  puede encontrar el curioso en la página  https://soviet-art.ru/ . La revista también dedicó mucha atención a los clásicos, a la gran tradición humanística y cultural rusa.

No se trata de nostalgia sino de tratar de conocer mejor la literatura rusa y de otros países de su esfera y de hacer justicia a poetas y novelistas desconocidos en nuestro país y en general en Europa occidental. En fin, se trataría de redescubrir, recuperar y volver a publicar algunos autores que nos darían una visión singular de la Rusia del siglo XX y de muchos de los territorios que cubría la Unión Soviética.

Ello contribuiría a conocer y comprender mejor esa Rusia eterna, que ha sido y es pieza esencial de Europa y a la que seguimos teniendo dificultad de conocer. Debemos leer sus libros, incluso los de la época estalinista, lo que nos ayudará a superar esa guerra fría mental y militar que aún perdura. La Unión Europea no será nunca una fuerza, una estructura sólida, si no incluye a Rusia.


Máximo Gorki en Capri

2 enero, 2020

Hace unos días he leído el libro Encontro em Capri, O diário italiano de Gorki, de Marcello Duarte Mathias, escritor portugués autor de libros y diarios muy interesantes. En este nos cuenta de la vida de Gorki en Capri, su amistad  con Lenin, así como con muchos escritores de la época y ahonda en la personalidad del escritor ruso. Examina el papel del intelectual frente a la revolución y a la historia y afirma que “a semejanza de tantos intelectuales, también Gorki, secuestrado por el movimiento de la Historia, en ella se enredó y se extravió definitivamente”.

Gorki, por Isaak Brodski

Alexei Maximovich Peshkov nació el año de la Gloriosa (1868) y murió justo un mes antes del alzamiento e inicio de la guerra civil española. Máximo Gorki fue una referencia para los estudiantes y los obreros lectores españoles antifranquistas. La editorial ZYX publicó, en papel barato, La madre, que fue nuestra lectura preferida, casi diría militante (‘había’ que leer ese libro, igual que El manifiesto comunista) que nos inoculó la inquietud social.  Yo lo compré en un puesto de ZYX que solía estar junto a la boca del Metro en la Glorieta de Quevedo, periódicamente molestado y mandado quitar por la Brigada Político Social.

La madre, en ediciones Ulisseia, con portada de Sebastião Rodrigues, 1954

El mundo que Gorki describe ya no existe y nuestros códigos culturales, nuestros valores y gustos han cambiado. El realismo no está de moda y ni Baroja es casi apreciado. Pero Gorki, muchos años después, sigue ejerciendo una fascinación considerable en los que apreciamos la literatura clásica moderna y la rusa en particular. Sus temas, la pobreza, la exclusión social y racial, no han desaparecido y son universales. Y su forma de contarnos las historias es fascinante, aunque en algunas haya puesto un acento en lo pedagógico, con un cierto tono edificante, y en otros ensayos intercale loores a Lenin y Stalin (lo que parecía obligatorio en aquellos años).

Veáse su Infancia, autobiográfico, en la que descarga su pesadumbre por la desgracia del mundo rural, el atraso, sordidez y violencia de los campesinos. La mayoría de sus escritos describen aquella sociedad rusa, sus contradicciones y contrastes. Él decía,

 “el artista es ante todo hombre de su época, es el espectador inmediato de sus tragedias y sus dramas en los que él participa activamente”.

Gorki quiso aunar el progreso humano con el progreso social y económico. Por eso, como un creador pero nunca como un político, observaría con decepción la deriva estalinista de la Unión Soviética. Era amigo de Anna Ajmátova, por ejemplo, de personas ya mal vistas por el régimen. Hizo cuanto estaba en su mano para salvar escritores y textos perseguidos por la saña de Stalin y de la NKVD (entre ellos a Isaak Babel, que sería asesinado en 1939 cuando Gorki ya no existía, pero no pudo liberar a Ossip Mandelstam). Desde gustarle la vida simple de los pescadores en Capri, el mar, la poesía, la música (el acordeón, en particular), hasta hacer propaganda estalinista para celebrar la apertura del gran canal del Mar Blanco, construido por prisioneros comunes y políticos con innumerables bajas. Apreciaba Italia y la cultura occidental pero echaba de menos su lengua, hablar con rusos, con su pueblo. Pero sus contradicciones personales siempre le atormentaron.

“Mi fracaso que explica todos los demás es nunca haberme encontrado a mí mismo. Mi vida no ha tenido una secuencia lógica. Todo lo contrario de Lenin que es la personificación de la confianza que un hombre puede tener en sí mismo” (carta de 26 de septiembre de 1913).

Gorki era un puro internacionalista y mantuvo una intensa correspondencia; en los archivos en Moscú hay, parece, cerca de tres mil cartas, entre ellas 400 de escritores de su tiempo, desde Sherwood Anderson y Theodore Dreiser a Gregorio Martínez Sierra –que colaboró en la revista soviética Beseda-, Lion Feuchtwanger, Anna Seghers, H.G. Wells, Thomas Mann, Heinrich Mann, o con Knut Hamsun, pero sobre todo destaca su correspondencia con su gran amigo Romain Rolland.  De paso, señalo el dato curioso de que nada menos que la reina Elisabeth de Bélgica –la mujer de Albert I, el que resistió a los alemanes en la Primera Guerra Mundial- era una lectora contumaz y fiel de Gorki.

Escrito en un portugués actual y perfecto, Marcello Duarte Mathias ha explorado documentos y libros olvidados, como los diarios perdidos de Gorki que publicase el belga Martin-Merrère en 1949, y el libro de la italiana Angelina Patella, hija del hospedero de Capri amigo de Gorki.

El autor evoca, con citas, cartas, textos, los encuentros y desacuerdos de Gorki con Lenin, con el inteligentísimo y sobrado Trotski, con el burócrata y desconfiado Stalin, que le visitaron en la isla. También menciona las visitas de otros escritores, como Zweig, pesimista e incluso derrotista, o de Pirandello, así como el interés Gorki por los personajes de Mazzini y Garibaldi y sus gustos literarios (Chéjov y Stendhal, sobre todo).

Gorki, tras ser expulsado por el zar, vivió largos años en el exilio, volvió a Rusia en 1913. Por consejo de un Lenin ya enfermo, en 1921 volvió a Italia, a Sorrento, frente a una Capri ya cambiada por el turismo. Finalmente retornaría a la URSS en 1933, colmado de honores tanto simbólicos como materiales, respetado -aunque no querido- por Stalin.

Mathias, en este corto pero sabroso e inteligente libro, consigue mettre en valeur, revalorizar ahora que muchos han olvidado al escritor ruso, el rico, complejo personaje y escritor que fue Máximo Gorki:

“Él, que nació intruso, intruso se sentiría en todas partes. Lo sabía hacía mucho. ¿No sería el exilio su verdadera vocación? ¿O mejor, su forma natural de ser inconformista?”… “más allá de cualquier razón, el exilio es nunca estar donde estamos”,

lo que resume muy bien la posición de Gorki fuera y dentro de Rusia, tanto durante el zarismo como tras la revolución. Al intelectual, al artista, pertenece la duda. Quien no duda no es artista, no es escritor.

[ Encontro em Capri, ou O diário italiano de Gorki, por Marcello Duarte Mathias, Edições Océanos, 2008, 158 págs.]


Una escritura tranquila

21 diciembre, 2019

Ignacio Vázquez Moliní decidió un día pasar a papel sus doscientas columnas publicadas en Estrella Digital; encontró un pulcro editor en Huelva y las ha lanzado al mundo hace unas semanas en Lisboa, donde reside. Ha tenido una buena idea pues los textos digitales se los lleva el viento, la nube, internet, la malla. Y los escritos de Ignacio Vázquez son bastante inmemoriales, casi como esas memorias de Azorín que tanto admira, y merecen la permanencia de la imprenta. Su prosa me hace evocar esas famosas y constantes querellas entre los antiguos y los modernos.


En efecto, Moliní es uno de los rarísimos lectores –no sólo españoles sino presumo que franceses y portugueses y del mundo entero- de Anatole France, por ejemplo, cuyas obras completas posee y en las que liba de vez en cuando, sorprendiendo a modernos. También lee a Maurice Maeterlinck, siendo probablemente su único lector en España, así como al surrealista también belga Marcel Mariën. Muchos los encuentra en las librerías de lance (los famosos alfarrabistas lisboetas), pues es un inveterado rebuscador de libros olvidados pero inolvidables.


Claro que también le gustan los autores más modernos, como Marguerite Duras, Italo Calvino (Moliní habla también italiano), o el cine de Pasolini. Y, por supuesto, su apreciado Luis Landero, de cuyo grupo Faroni fue uno de los fundadores. Es pues moderno también aunque defienda con tesón tantos antiguos que las editoriales han ido descartando. Es además uno de los pocos escritores españoles que se han adentrado en la literatura de Guinea Ecuatorial, como la poeta Raquel del Pozo Epita, o los novelistas María Nsué Angüe y Juan Balboa Boneke.


El título de su libro, La mirada tranquila, es casi un eco de su admirado Ortega y Gasset y refleja perfectamente la cualidad humana de su autor: objetivo, con sus ideas y compromisos éticos pero sin arrebatos ni denuestos. Ojalá fueran así muchos de los comentaristas y columnistas de la prensa española actual: con mirada tranquila.


Su estilo está bien temperado y se nota que ha asimilado casi todos los clásicos castellanos y muchos de los suramericanos. Moliní quien nos habla en sus columnas de Ciro Alegría, de Ciro Bayo, de Gaya Nuño, de Cunqueiro, de Miguel Espinosa, y de otros tantos escritores que para quienes no disfrutamos de las modas son siempre un puerto de retorno. La falta (¿) de tiempo, la pereza y esa lista de espera que todo lector tiene encima de su mesa de cosas por leer, a veces nos hace dejarlos de lado y Moliní nos los trae de nuevo.


También nos lleva Vázquez Moliní a sus lugares favoritos, aprovechando un libro o algún acontecimiento: Lisboa, Túnez, Bruselas, Beirut. Sobre su afición y cariño por la capital libanesa habría que decir que sólo conozco –de lectura- a alguien parecido, como es el gran veterano Tomás Alcoverro, corresponsal de ese diario ejemplar, imprescindible, que es La Vanguardia. Lean también, de Moliní, su Periplo alfabético de un fumador de pipa, pues ese es más geográfico que literario y el Líbano tan sufrido y tan bello, aquel país legendario de La Châtelaine du Liban (Pierre Benoit), reaparece constantemente.

Ignacio Vázquez Moliní


Ignacio Vázquez Moliní, que ya ha escrito y publicado varios libros, incluso de poesía, se guía por el principio del placer de la escritura y de compartir sus pensamientos; como dijo Somerset Maugham, esa es la recompensa principal que todo escritor debe buscar, antes que la censura o la lisonja, el éxito o el fracaso, es decir, la fama (aprovecho para sostener que Ignacio Vázquez, que parece tan serio, es sobre todo un cronopio, muy lejos de los famas).


Este libro se puede leer a trozos, entero, a saltos, volver a él por cualquier artículo (todos tienen una extensión en torno a las cuatrocientas palabras). No los ha fechado y acierta al hacerlo así, precisamente porque si a veces aluden a hechos o acontecimientos concretos (‘El terror en Niza’, el atentado de Las Ramblas, comentarios sobre el Brexit, etcétera), se elevan siempre por encima de lo contingente y adquieren el valor de meditación, de sosegada y atinada mirada. Nos amplían el horizonte, nos sirven de solaz y de reflexión y nos recreamos en su impecable lengua castellana.


[La mirada tranquila, por Ignacio Vázquez Moliní, Editorial Niebla, Huelva, 2019, 415 páginas.]


El poeta José Bento (1932-2019)

14 noviembre, 2019

José Bento, quizás el hispanista más relevante de Portugal, ha muerto hace unas semanas, el 26 de octubre. Poeta, recibió muchos premios en ambos países. Pero ahora parece como si nadie le recordase en España, como si los premios bastasen y ya no hubiera que recordarlo más. Lo que además de ingrato es injusto, pues Bento ha dado a conocer nuestra poesía del Siglo de Oro, a Lorca, a Eloy Sánchez Rosillo, a Octavio Paz, y hasta a Ortega y Gasset y María Zambrano. Es difícil encontrar un poeta y escritor portugués que conociese mejor nuestras letras. Ha sido el perfecto embajador de nuestra poesía en el mundo lusófono.

Su trabajo inmenso de traductor ha impregnado también su propia obra, como a veces suele acontecer. ¿No decía Javier Marías hace poco en una entrevista a un medio portugués que trabajar en la traducción literaria es la mejor escuela de escritura? En muchos poemas se trasluce un clasicismo que evoca la poesía española y a  portuguesa de siglos pasados, sin caer en la nostalgia ni el pastiche.

Recuerdo en 2000, cuando hicimos un viaje cervantino con otros escritores y poetas portugueses como Hélia Correia, Maria Fernanda de Abreu, Francisco Belard y Casimiro de Brito, bajo un cielo invernal siempre azul, los kilómetros por las rectas carreteras de La Mancha se nos hicieron muy agradables hablando de Cervantes, de literatura y de poesía tanto españolas como portuguesas.

Cuando llegamos a El  Toboso, en que José Bento empezó a leernos, “estaba el pueblo en un sosegado silencio…”. Así titularía después una colección de poemas de asunto cervantino. Estuvimos en Infantes, Argamasilla de Alba, San Carlos del Valle, en La Torre de Juan Abad y, claro, en El Toboso. El día anterior, en una librería de Toledo, si no encontramos los papeles de Cide Hamete Benengeli sí hicieron un acopio de libros de literatura española, que los portugueses estiman y conocen muy bien.

José Bento, con Francisco Belard, año 2000

José Bento, hombre amable, discreto, y trabajador esforzado, tradujo también el Quijote en 2004, obra que hizo decir al escritor portugués Almeida Faria que “es una traducción bella, excelente y fiel”.

En lo que ahora es una ciudad dormitorio, Mem Martins, entre Lisboa y Sintra, alejado del mundanal ruido, seguía escribiendo, leyendo, siempre alerta, con una delicadeza especial que su amable mirada azul. Era el perfecto compañero de viaje, en el sentido más noble de la palabra, para recorrer España y Portugal, sus pueblos y sus letras. Su rigor lingüístico, su buen gusto literario, eran de una especial, considerable importancia, que se plasmaron en sus traducciones.

Su poesía es difícil, a veces fría, a menudo enigmática, tan enigmática como es la vida, lo que infunde en el lector atento una sensación más alta, más espiritual, como un deseo de meditación. En sus poemas resaltan también las sombras, esas sombras que añaden resalte a los objetos e ideas; palabras que tiene varios significados, con sus claros y sus sombras, como la propia vida. Así como la luz del alba y la del crepúsculo destacan los volúmenes, los perfiles. Pero, efectivamente, son más difíciles de delimitar pues derivan de la luz. Pero también sus poemas son como cristales de aumento sobre sensaciones que si no desaparecerían de nuestra vista.

No son poemas para leer una vez (como nunca lo es un buen poema, al que siempre hay que volver porque depende hasta del estado de ánimo del lector para adentrarse más o menos en él). Es también difícil porque no es narrativa y es más de sentimiento y pensamiento que de comunicación. Bento recupera, rescata palabras portuguesas casi olvidadas en el lenguaje corriente. En su poesía hay mucho de ensueño e introspección, además de evocaciones del pasado cultural, de la Biblia y de la música.

Su colección O enterro do Senhor de Orgaz es la mejor reflexión lírica sobre esta pintura. Es una auténtica ekphrasis en verso (que es la descripción de una obra de arte como ejercicio retórico, la descripción verbal de una pintura a menudo hecha por medio de un poema). Se trata de una serie de diez largos poemas en verso libre, donde no solamente se describe la pintura sino que se deja hablar al Greco. Con esos versos, el libro de Gregorio Marañón (El Greco y Toledo), y el de Manuel B. Cossío, ya nos podemos adentrar en el mundo del pintor.

En otro libro, Sítios, nos ofrece el poeta sus versos más abiertos, hablando de lugares, aldeas y rincones. Difícil de encontrar, pues las tiradas son escasas y los libreros escogen lo más vendible.

Una curiosidad sobre José Bento me la contó él mismo. Hace muchos años escribió un libro o manual de contabilidad, muchas veces reimpreso, cuyos derechos de autor le han permitido tener unos ingresos complementarios para su vida cotidiana, que de poeta no se gana  mucho. Una profesión tan prosaica –contabilidad- que contrasta con la creatividad de un poeta o escritor la encontramos en numerosos casos, como T.S. Eliot, trabajando de bancario, Faulkner en una oficina de correos, Kafka en los seguros o García Hortelano como funcionario del Estado, entre centenares de ejemplos.

También ha dedicado poemas a Bilbao, Secuencia de Bilbao, donde hay muchas alusiones a su admirado Miguel de Unamuno. Pero también Andalucía (Arcos de la Frontera) y muchos pueblos de Ciudad Real.

La ciudad, como tal, le provoca versos y poemas, que recorren todas sus colecciones. Así, no resisto transcribir parte de un poema que debería ser leído por alcaldes y constructores: el poema a la destrucción de barrios y casas inmemoriales, algo que está sucediendo en todas las ciudades de España y Portugal, dejadas a la codicia y al mal gusto de los especuladores inmobiliarios (en Silabário):

Donde la ciudad a borbotones pierde su nombre

y el crepúsculo recupera la amplitud de sus pulsaciones

-entre tímidos arbustos, montones de chatarra,

patios donde los niños montan alegres campos de batalla-

fue derribada una casa:

                                    se abrió una herida

que nadie sabe cuánto le va a doler

al avaro coleccionista de imágenes recordadas

que con penosas búsquedas defiende su frágil patrimonio.

Ahí se borrarán las callejuelas para infligir avenidas,

paredes usurpadas hasta los cimientos

por la avidez de los edificios formulados por la regla del interés,

piedras queridas por manos y por miradas

yacen y callan sus inscripciones

de adolescencias y abandonos, de desvaríos y agonías.

(…)

O éste, que reivindica el universo, si no virgiliano, al menos acogedor, de los paisajes prístinos que van desapareciendo:

La ciudad es negra y crece hacia adentro

con calles cada vez menos de cada hombre,

donde nunca amanece y siempre está anocheciendo

-un atardecer tardío por la sangre que escurre de los anuncios luminosos.

Las casas que se elevan sofocan avenidas,

quiebran los vientos, apagan el sol entre sus brazos,

no multiplican las estrellas en sus techos de cemento,

oscurecen arboledas, y aliñan sólo frutos amargos de carbón.

El horizonte está más cerca por el humo envenenado

que abate las aves que intentan huir (…)

José Bento, de un iberismo no ideológico ni trasnochado, fue amigo de muchos poetas españoles, en especial de Eloy Sánchez Rosillo, su “excelente amigo”, del que tradujo Las cosas como fueron (magníficamente editado en bilingüe por Assirio & Alvim); si no supiéramos que Rosillo es español, no notaríamos que la versión de Bento es una traducción. Es, en mi opinión, una traducción de poesía –ese trabajo casi imposible- perfecta, invisible. Como dicen only poet can translate poet.

También era amigo de Carlos Bousoño, de Angel Crespo (nuestro gran especialista en las letras portuguesas), de su mujer, la también poeta y traductora, Pilar Gómez Bedate, y de Francisco Brines, entre otros muchos.

A pesar de su hispanismo, hay muy poca obra suya publicada en España. El Entierro fue publicada en El Ferrol en 1986, pero poco más. Tampoco tenemos constancia de que los medios españoles se hayan hecho eco de su desaparición; pero aun hay tiempo, paciencia, alguien lo recordará.

Pero ni en Portugal, salvo el diario Público, le han dedicado mucho espacio –por ahora-. Así, Expresso se ha contentado con una breve nota de obituario, lo que aquí llaman un rodapié, y Jornal de Letras con un tercio de página (que contrasta con la atención que prestan a otros escritores y poetas de menos envergadura). Esperemos que en las próximas semanas alguien se acerque a su obra.


Contra las elecciones, la propuesta de Van Reybrouck.

9 noviembre, 2019

El experimento de la ciudad belga de Eupen ha  puesto en práctica las ideas de David Van Reybrouck (Brujas, 1971). Van Reybrouck, especialista en historia cultural, en su obra Contra las elecciones analiza los defectos palmarios de nuestros sistemas representativos, basados en la elección y por qué están suscitando un rechazo de gran parte de la población. La crítica cada vez más virulenta de los Parlamentos, de los diputados, de los partidos tradicionales, la vemos en muchos países y no sólo en España. Aquí, la propagación como mancha de aceite de la corrupción, que se ha dado sobre todo en las Comunidades Autónomas y en los ayuntamientos, ha apartado aún más a los ciudadanos de quienes deberían representarles y defenderles.

Se denigra indiscriminadamente a los políticos por los populistas y los antidemócratas. Así, en Cataluña donde violar la Constitución española, atacar los Tribunales, las leyes, es el discurso habitual de la Generalitat. Igual que los fenómenos de Orban y Salvini. Los escoceses son diferentes –no han cruzado esa línea roja- y en su continencia se nota su tradición filosófica y política que viene desde su eximia Ilustración escocesa de los siglos XVII y XVIII.

Las redes sociales, propensas al insulto y la descalificación, no son menos inanes y los chistes, críticas infundadas y falsedades sobre los políticos son muletillas habituales de los ‘graciosos’ oficiales, ya aburridas por reiterativas. Como dice Van Reybrouck, “se ha instaurado una atmósfera de denigración permanente” de los Parlamentos y casi del propio sistema democrático.

¿Qué está fallando?.-

El sistema político democrático actual, es insuficiente e imperfecto, centrado en los partidos y basado en las elecciones, como lo demuestran los acontecimientos que sacuden todas las democracias occidentales, las que disponen de una Constitución y de un Parlamento. La crisis económica y financiera ha exacerbado esa alienación de la sociedad respecto a sus representantes parlamentarios. Las medidas tecnocráticas de las instituciones supranacionales, entre ellas de la Comisión Europea, no hicieron sino agravar esa distancia y crear más resentimiento.

Van Reybrouck apunta tres tipos de diagnósticos, con sus respectivas propuestas, sobre esta crisis del sistema representativo: el populista, el técnico o tecnócrata y el activista demócrata. El populista considera que la culpa es de los políticos profesionales. Los partidarios de la tecnocracia proponen sustituir los políticos por técnicos, prefiriendo la eficacia a la representatividad; de hecho, ya hay muchas decisiones soberanas que dependen más de los técnicos que de los parlamentos, como se ve con las entidades supranacionales como el FMI o el Banco Central  Europeo. Los partidarios de la democracia directa achacan todo al parlamentarismo, como hicieron los del 15-M o los de Occupy Wall Street, con su “no nos representan”, pero no han pasado de la manifestación en sí.

El diagnóstico de nuestro autor es que es un problema del sistema electoral, de ese “fundamentalismo electoral”, un artículo de fe que nadie quiere revisar y que está produciendo una “fatiga democrática” que se extiende por todas las sociedades, con tasas de abstención altas y desinterés creciente. Esta especie de fundamentalismo, dice, ha llevado a querer implantar en muchos países de Africa y de Asia este sistema electoral, “una especie de kit Ikea de la democracia”, mientras se relegan formas y estructuras de decisión y mediación ancestrales que eran bastante útiles y eficaces y tenían la legitimidad de las poblaciones.

La eterna cantinela sobre la falta de líderes (¿por qué no usar el tan castellano adalid?) es una falsa ruta, un debate errado. No necesitamos carisma, sino identificarnos con políticas y no con “programas envasados” con fecha de caducidad incluso, según las modas (ahora todos tienen que incluir el ingrediente ambiental, por ejemplo, de manera meramente retórica). Necesitamos empatía, conocerlos directamente, poder hablar con los diputados, concejales y alcaldes, hoy por hoy alejados del mundanal ruido, altivos, distantes, inabordables. No deja de ser curioso que los movimientos sociales recientes sea en Hong Kong, Chile, Barcelona, o en París (gilets jaunes), no tengan adalides conocidos, visibles –el famoso ‘interlocutor válido’- sino que se sirvan sobre todo de aplicaciones de internet.

El fenómeno es general y se habla de una sociedad post-democrática (Van Reybrouck cita a Colin Crouch), en la que la brecha, la separación entre Estado e individuo se ha hecho mucho más ancha. Ello es debido a la creciente debilidad e incluso a la extinción de la sociedad civil como protagonista cotidiana de la vida social, ciudadana, agraria que, según nuestro autor, está produciendo una deriva oligárquica de los grandes partidos por haber consagrado el voto como única y exclusiva herramienta de la democracia, un “Santo Grial de la Democracia”.

Para él, las elecciones por sí solas, como sistema de representación son una herramienta superada, como el globo montgolfier o la diligencia, son necesarias, pero no suficientes, “son el combustible fósil de la política: antes, estimulaban la democracia, pero hoy engendran problemas gigantescos y nuevos (…) hay que desengancharse de las elecciones como único sistema de preservar y consolidar la democracia”.

Posibles soluciones.-

Van Reybrouck propone otra cosa. Resumiendo la historia antigua y medieval, recuerda que ha habido otros sistemas de representación no electorales: los puestos representativos eran sorteados en la Atenas de Pericles con el Consejo de los Quinientos, como después en algunas ciudades-Estado italianas e incluso en el antiguo reino de Aragón, con la insaculación. Cita a Tocqueville, quien se quejaba de que el sistema francés “democrático” no garantizase una real participación del pueblo, a pesar de poner el acento en la soberanía popular, e hizo “una de las primeras críticas fundadas a la democracia representativa”.

Recuerda que el sistema electoral “no fue concebido inicialmente como un instrumento democrático, sino como un procedimiento que permitía llevar al poder a una nueva aristocracia no hereditaria” (porque se combinaba con el sistema censitario; por ejemplo, en Francia sólo uno de cada 160 ciudadanos tenía derecho al voto). Todos estos sistemas electorales eran para el pueblo, pero no del pueblo.

Van Reybrouk analiza las modernas soluciones participativas que se inspiran en las tesis de John Rawls y Jürgen Habermas sobre la necesidad de mayor participación ciudadana a fin de legitimar mejor la democracia. Se trata de la “democracia deliberante”, como son las experiencias en algunos Estados norteamericanos gracias al impulso de James Fishkin en 1996. Ciudadanos escogidos al azar debatieron los principales asuntos en pequeños grupos y en medianas y grandes asambleas. Estos nuevos sistemas de participación se han instituido en Alemania, con las ‘células de planificación’, en Dinamarca, con los ‘consejos tecnológicos’ o en Francia con el Conseil National de Débat Public, por ejemplo, aunque hay muchos modelos por el mundo, incluso en China. Normalmente, estos consejos tratan de asuntos ambientales y de infraestructuras. En estos modelos, se tiene cuidado en elegir al azar las personas, teniendo en cuanta su origen social, geográfico, el sexo y la edad, entre otros factores.

El autor examina los diversos modelos de consulta, aunque critica el uso del referéndum que, dice, no tiene nada que ver con la democracia deliberante, pues aunque están cercanos, en el referendum se pide a los ciudadanos que voten sobre un tema sobre el que no están perfectamente informados. Así, menciona los referéndums sobre la Constitución europea en Holanda y Francia, o los de Escocia y Cataluña. En el referéndum se vota sobre todo con la emoción, de manera sobre todo reactiva, no bien deliberada. Suelen ser divisivos y no es casual que Franco lo haya utilizado reiteradamente.

Se necesita una profunda reforma electoral y, por tanto, constitucional, pero los partidos se aferran a los viejos sistemas. Tanto en España como en Portugal, por ejemplo, han fracasado todos los intentos de reforma. Los partidos siguen prefiriendo nutrir sus listas electorales acudiendo a su vivero interno (exactamente: un invernadero, aislado de la atmósfera, del campo abierto), en el seno de sus militantes (palabra que habría que desterrar del lenguaje político), sin dar cabida a nadie de fuera del aparato.

Las listas bloqueadas agravan el problema, debiendo el elector por votar por el ‘paquete’, un auténtico forfait como en esos viajes turísticos ‘todo incluído’. Es todo lo contrario de esa democracia participativa que preconizan Van Reybrouck y muchos otros pensadores  y politólogos.

Propuesta.-

La democracia deliberante no sustituye sino que complementa a la representativa, habiendo incluso propuestas de mezclar la composición de los Senados (senadores elegidos y otros escogidos por sorteo) o de crear una tercera cámara. El problema es aunar la legitimidad con la eficacia en la toma de decisiones pero en todo caso el sistema de incluir ciudadanos al azar (parecido a los jurados) sería una excelente escuela de democracia y responsabilidad cívica. Sirve desde para preparar y aprobar una determinada ley hasta para mejorar y profundizar las deliberaciones en decisiones importantes, como el aborto, el medio ambiente, Unión Europea, autonomías, etc. Naturalmente, los ciudadanos elegidos al azar disponen de apoyo técnico para tomar sus decisiones, como los diputados.

En conclusión, Van Reybrock propugna un sistema bi-representativo, sopesa los argumentos en contra –muchos de los cuales son muy parecidos a los que en el siglo XIX servían para defender el voto censitario-. La crisis en muchas democracias europeas se debe precisamente a ese sentimiento de exclusión y alienación que tienen los ciudadanos frente a los políticos profesionales, a los partidos convertidos en meras máquinas electorales y de marketing.

A modo de reflexión crítica.

La propuesta de Van  Reybrouck tiene, a mi modo de ver, algunos puntos débiles:

  • No desmonta ni merma el poder de las instituciones tecnocráticas, supranacionales (FMI, Banco Mundial, BCE, etc), que siguen sin tener un contrapeso parlamentario o representativo efectivo.
  • Los comités o consejos de consulta son creados, evidentemente, por el propio Estado, es decir dependenden de su buena voluntad y de que acepte sus propuestas.
  • La sociedad civil no revive por el sistema de sorteo, aunque pueda influir algo. Así, ni asociaciones de vecinos, ni sindicatos cobran más relevancia en las decisiones.
  • La propuesta de sorteo es como una especie de “cuidado paliativo” de la democracia periclitante y, en cierto modo, una especie de refuerzo de su legitimidad sin poner en duda la alienación de los partidos respecto a la sociedad y los ciudadanos, manteniendo una cierta ilusión de que la democracia pequeño burguesa puede seguir existiendo tal como es, con cambios cosméticos.
  • Fragmentación y localización de las decisiones en función de territorios, grupos de poder e influencia.
  • Digamos que sería una reforma necesaria, pero no suficiente. También me temo que ni alcaldes ni diputados, y menos los Consejeros de Comunidades Autónomas tendrán simpatía alguna por una herramienta que les restará protagonismo, es decir, que les quitará el monopolio.
  • Falta quizá poner el acento en la necesidad de transparencia en las administraciones, a través, por ejemplo, de Auditorías sociales (Marta Harnecker), para impedir la corrupción. Para estas auditorías el sorteo podría ser una buena solución.

En cualquier caso, deben ser los demócratas quienes tomen la iniciativa del cambio, no los populistas ni los nacionalistas que lo que quieren es destruir todas las herramientas de la democracia, “tirando el agua sucia con el niño dentro” y menospreciando completamente el sistema bajo el pretexto de defender al ‘pueblo’ (nótese que cuanto más se habla de pueblo, más se le suele despreciar).

Con un excelente estilo, muy bien escrito, este libro es una reflexión necesaria que desearíamos que los políticos leyesen, si tuvieran tiempo en su afanosa vida, y sus campañas a base de slogans les dejasen tiempo.

Contre les élections, Ed. Actes Sud, 2014. Traducción española: Contra las elecciones, Taurus, 2017.

[Van Reybrouck ha escrito numerosos libros y artículos, particularmente un extraordinario libro sobre el Congo y otro sobre el científico surafricano Eugène Marais, a quien se sospecha plagió profusamente el escritor belga Maurice Maeterlinck, De plaag, Le fléau, La plaga.]


As montras em execução, los escaparates de alfarrabistas lisboetas.

5 noviembre, 2019

Montra em execução y volto jà, son los dos letreros más famosos de los escaparates portugueses, hacen nuestra delicia, excitan nuestra curiosidad e incitan a ese deporte urbano que es pasear mirando escaparates, eso que los americanos llaman window shopping. En las librerías de lance los escaparates son importantes, aunque no imprescindibles.

Libros viejos, óleo del autor.

Los alfarrabistas, como son llamados los libreros de viejo o de lance en Portugal, siempre tienen los escaparates en ejecución, es decir, as montras em execução. Y tienen razón pues, por definición, el escaparate de una librería debe estar en constante cambio, nunca terminado, nunca inmóvil.

Esta curiosa palabra viene de alfarrábio, libro viejo o cartapacio. Lo que quizás llamaríamos nosotros mamotreto (livro de apontamentos, según el Diccionario Español-Portugués de Manuel do Canto e Castro Mascarenhas Valdez, Lisboa, 1866; el primer diccionario bilingüe publicado tras la restauración de la independencia nacional en 1640, tras más de dos siglos ignorándose).

Las montras o escaparates deben cambiar a menudo porque los libros cambian cada semana, cada día, a tenor de los caprichos de los buscadores empedernidos. En Madrid, donde residía, hay librerías históricas como Marcial Pons, en la plaza del Conde del Valle de Suchil, cuya disposición escaparatista no ha cambiado desde hace medio siglo, con una clara separación entre los libros de historia de España, la de otros países y, junto a la entrada, a la izquierda, unas cuantas novedades en idiomas extranjeros. Pero los títulos y volúmenes son cambiados al menos una vez por semana, manteniendo la novedad, incitando a la compra, a ese vice impuni, la lecture (no es casual que Valéry Larbaud fuera un amante de Portugal. Seguro que fatigó las librerías lisboetas). En Lisboa, donde todavía resisten bastantes libreros de viejo, sus escaparates son siempre atractivos, incitantes.

Así, la librería de Bernardo Trindade en la rua do Alecrim (la calle del romero), esa que baja en cuesta pronunciada desde la plaza de Camões hacia el Cais do Sodré, hacia el Tajo. El escaparate, pequeño, cambia según las nuevas adquisiciones y con una lógica por temas: cine, automóviles, Angola, cocina y culinaria (me niego a decir ‘gastronomía’, palabreja que me recuerda la gastroenteritis).

Quince metros más abajo está la librería de António Trindade, librero y anticuario de una vieja familia de Alcobaça. Su escaparate, su montra, es siempre suntuosa, con libros impresionantes y alguna obra de arte. Cambia el escaparate, pero no se puede decir que sea una montra em execução.

Recuerde el viandante que más abajo estaba el Hotel Bragança, desaparecido como tantos lugares de Lisboa sacrificados al turismo de masas y cruceros para convertirlos en hostels o boutique-hotel (cursilería muy extendida). En el hotel Bragança se desarrollaba gran parte de una de las mejores novelas de José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis, evocadora de ese heterónimo de Fernando Pessoa.

En el Campo de Ourique, en el 145 de la Rua Saraiva de Carvalho (Jurisconsulto 1839-1882), la librera Dona Crisálida Filipe también tiene su montra en permanente cambio, aunque ella favorece los temas coloniales, angoleños, y las estampas antiguas. Mi amigo Iñaki, luso portugués (luso español, quería decir), le ayuda de vez en cuando a organizar los libros, tarea imposible en ese magnífico desorden propicio al hallazgo sorprendente.

El escaparate de dona Crisálida, en la Livraria Moderna.

Otra montra em execução  permanente es la pequeña librería y bric-à-brac, de  Claudio, junto al Jardim da Parada en el barrio del Campo de Ourique. Claudio se ha instalado en lo que fue una tienda de fotografía, es amante del cine y muy a menudo vemos en su escaparate libros sobre el séptimo arte. Pero también una biografía de algún rey inglés, o un libro del oscuro escritor Rui Vaz de Cunha. Este escritor escribió varios libros ya olvidados. Uno, creo recordar que el dedicado al pintor Daniel Vázquez Díaz –del que se vendieron dos ejemplares de los 500 que mandó imprimir en Jabugo, Huelva –, estaba lugar de honor en esa permanente montra em execução. El tal Rui –converso y judaizante, sospecho- mandó imprimir ese libro en la jamonera villa, a su coste, pues ninguna editorial lo aceptó. Probablemente pensó que el último lugar donde la policía religiosa lo iba a buscar era un pueblo donde se producían cosas del cerdo, alimento prohibido a judíos.

Libros en Galileu, cortesía de Caroline Tyssen

Pero dejemos esta digresión y lléguese el amante de los libros a Cascais, a la Livraria Galileu, uno de los últimos puertos de abrigo en esta villa que sucumbe hoy en medio del tráfago mundano y las tiendas de chucherías turísticas que se han cargado la otrora amable calle principal. Caroline Tyssen va cambiando el escaparate, de dos hojas, muy grande, y lo convierte en una obra de arte que incita al bibliófilo a entrar inmediatamente. A veces es la pintora Paula Rêgo, a veces Tintin y Hergé, otras, libros ingleses, de historia, literatura, siempre interesante. Nuno Oliveira y Caroline Tyssen fundaron esta librería en 1972, que se convirtió desde entonces en un icono cultural de esta ciudad costera y también en un espacio de libertad y debate.

Pero también hay librerías sin escaparate, como la Bizantina, en la rua da Misericordia, cerca ya de São Roque, donde hay que entrar para ver el mostrador, la mesa, donde el señor Bobone, otro librero veterano, va cambiando los libros a diario: banca em execução permanente.

Dicho esto, los libros más interesantes que he encontrado lo han sido dentro de las librerías, rebuscando, husmeando en los estantes, revolviendo en las pilas polvorientas. Las librerías son la gracia de las ciudades, sus islas del tesoro, el pretexto del paseo.


Jorge de Sena (1919-1978), poeta portugués

13 octubre, 2019

El desequilibrio de la Balanza comercial hispano portuguesa es revelador. Portugal compra a España el doble de lo que le vende[1].

Del mismo modo, en la misma o mayor proporción, hay un enorme déficit cultural así como un gran desequilibrio editorial. Los periódicos y los libros españoles están por doquier en librerías y quioscos en Lisboa y Oporto. Intenten encontrar un diario o un libro portugués en Madrid, ¡buena suerte! En materia de poesía es aún más evidente; e injustificado, pues el lector español atento podría leer el portugués sin casi precisar de traducción, porque se pueden apreciar perfectamente, el ritmo, el acento, la sonoridad de la poesía portuguesa.

Así sucede con el poeta, escritor y ensayista Jorge de Sena, una persona independiente, libre y, como tal, inconfortable, poco conocido en España.

¿Cómo apreciamos hoy a Jorge de Sena? De un lado, resaltemos una serie de paralelismos históricos con nuestro país. El fue un exiliado voluntario la dictadura salazarista. Tras el 25 de abril de 1974 ya no volvería, falleciendo en los Estados Unidos.

Hay dos Senas, el de consumo inmediato con sus poemas de intervención o imprecación, de proclamas, y el poema sereno, lento, más duradero.

Su poesía civil, escrita en un contexto político internacional de hace más de cuarenta años, podría ser considerada por algunos algo pasada, pero nos sirve para descubrir mejor su personalidad como alguien políticamente comprometido y siempre independiente de capillas y partidos.

Para tener una visión completa de Sena hay que leer su poesía completa, que es como leer su autobiografía. Incluso con ese tremendo, amargo, Epitafio, escrito –muy prematuramente- en 1953, que termina:

Por eso fui amado con lágrimas y llantos

del mucho amor que a la nada se dedica.

Nada fui, de mí no queda nada.

Y lo que no merezco es lo que me queda.

Si en mis lugares, no obstante, me buscáseis

la nada que encontraréis

soy yo y mi vida.

En España es sólo conocido, significativamente, por su novela Señales del fuego, un relato de su educación sentimental y política con el trasfondo de la guerra civil española, que tanto interés –algo morboso, me parece- sigue suscitando en Portugal. Personalmente, pienso que no es su mejor novela y prefiero sus ensayos y su poesía[2].

¿Cuál es el propósito de Sena? El mismo nos lo dijo en un prefacio de 1960: expresarnos responsablemente, prestar testimonio del mundo que nos rodea, “sacrifiqué alabanzas, posición y algo más (…) por la dignidad de nuestra época”.

Enlaza con Camões, de quien fue no sólo admirador, sino un gran experto, entre muchos en su poema sobre Mozambique, así como en sus sonetos (por ejemplo, en As evidências.

La dimensión musical y la temática musical son un pretexto para su poesía de comunicación, que es también a la vez, de conocimiento. El sostuvo más la poesía como medio de conocimiento que como medio de representación. Así, America, America, I love you, o Ray Charles. Sus poemas sobre música unen el sentido y el sonido, como el magnífico Water music de Händel, que hay que leer en voz alta para apreciarlo en toda su dimensión lírica. Hay también en su poesía un ancho espacio para el erotismo, el deseo, adolescencia (Sinais de Fogo), como en sus Sete sonetos da visão perpétua, o los Post Metamorfose, Variação I e II; o en Pan-Eros.

Sena, gran cosmopolita, como tantos compatriotas suyos, vivió en varios países, sobre todo en Brasil y en Estados Unidos. Conocedor a fondo de la literatura anglo-sajona, también conocía muy bien Francia y la cultura francesa, como demuestra su admiración por Péguy y Paul Fort, por René Char, Valéry y muchos otros. Su familiaridad con la poesía francesa se evidencia en muchos poemas, por ejemplo en Chartres ou a pazes com a Europa. Pero también poseyó una gran cultura española –esa que tantos portugueses poseen frente a la poca cultura portuguesa de los españoles-, que se desvela en poemas sobre Goya o la Mezquita de Córdoba.

Gran versificador, maestro de la sonoridad y el ritmo incluso en sus versos libres, hay que leer y releer para mejor apreciar lo que está detrás de sus versos y estrofas. Pero sin anatomizar sus poemas ni diseccionarlos, que es algo parecido a una autopsia, esas “glosas escolásticas” que tapan más que iluminan.

Un cierto amargor se cuela a veces en sus poemas porque se sintió, con razón, algo relegado, como leemos en Exorcismos, 1972, Aviso de porta de livraria, o el tremendo O desejado túmulo, de 1971.

Es preciso que en España ahondemos en la literatura portuguesa más allá del tándem Pessoa-Saramago, esa hegemonía avasalladora que nubla a todos los demás poetas y escritores. Pessoa, incluso, para nuestra desgracia, se ha convertido en un reclamo turístico algo patético, con merchandising, objetos, camisetas e incluso una estatua en el Chiado de Lisboa que sirve para que se hagan fotos risueños turistas que no saben ni quién era. Algo parecido a esos ayuntamientos manchegos que se reclaman de Don Quijote, se inventan letreros y gastronomía, aunque se cuenten con los dedos de la mano los que han leído la novela.

No se trata de Jorge de Sena solamente, sino que hay muchos poetas portugueses prácticamente desconocidos en España, como Ruy Belo –que vivió en Madrid y escribió muchos poemas sobre esta ciudad-, e incluso Sophia de Mello Breyner, Ruy Cinatti, Herberto Hélder o Eugenio de Andrade, o el mismo Fernando Assis Pacheco, que conocía España su cultura, sus ciudades, sus vinos y comidas mejor que muchos de nosotros y no ha merecido apenas alguna reseña en nuestro país. Y también escritores, como Rodrigues Miguéis o Almeida Faria, el primero totalmente inédito y el segundo con muy pocas obras traducidas al español.

Queda en el tintero otro artículo sobre este desconocimiento primario de las literaturas de expresión portuguesa de que adolecemos en España, como sucede también con la brasileña, en parte porque fue excluída de nuestro “boom sudamericano” de hace medio siglo, que solamente se centró en los que escribían en español.


[1] Portugal vendió a España en 2017, por valor de 12.200 mil millones de euros y compró por valor de 24.200 mil millones de euros. Hay un déficit comercial muy elevado, y más si tenemos en cuenta que España es el primer proveedor (32% de la importaciones portuguesas vienen de España, frente al 14% de Alemania y 7,8% de Francia).

[2] La única Antología de poemas de Jorge de Sena publicada es de Martín López Vega, en Pre Textos, 180 páginas, 2013, y representa solamente el 10% de la obra poética del autor y, como todas las antologías, es necesariamente limitada y subjetiva.


El blog de Agustín Galán

Filosofía de la ignorancia

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Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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