Eduardo Mallea, un escritor argentino que flota en el tiempo

5 abril, 2020

No sé cómo llegué a Eduardo Mallea, escritor argentino (Bahía Blanca, 1903-Buenos Aires, 1982). Fue hacia 1970 y lo iba leyendo en el autobús 26 que me llevaba por Conde de Peñalver (que los castizos llamamos todavía Torrijos) hacia Narváez y el Retiro, al final del cual, junto al Observatorio, se instaló provisionalmente la flamante Universidad Autónoma de Madrid. Allí me dedicaba a todo menos a estudiar, a conspirar contra la dictadura, a enamorar con mi novia judía de ojos azules, y a leer. Leí a Mallea antes que a Mújica Laínez, Sábato, Onetti o Cortázar. Pero fue él quien me introdujo poco a poco en la literatura argentina, y en la uruguaya.

El llamado boom latinoamericano -que en España no incluyó a los brasileños, otros suramericanos- no fue el árbol que oculta el bosque sino el bosque que oculta el árbol. Parecía, de repente, como si antes de esos magníficos escritores descubiertos y promocionados en los 70 no hubiera habido ninguno.

Yo creo que ya nadie lee a Mallea (salvo yo y algún despistado) y sin embargo sus obras, sus páginas, nos dejan como suspendidos en el tiempo, o fuera de él. Entramos en una atmósfera especial, de una pampa de haciendas, pueblos, villas, noches frías o balsámicas, en la que aún conviven los tílburys, los breques (breaks), americanas y sulkys con los Ford. O en ciudades con sus teatros, personas cultas y tristes, inmigrantes y mujeres siempre algo enigmáticas. El lector se siente cautivado por la historia, contada lentamente, con detalles de paisaje, clima, interiores, y con unos personajes siempre complicados, complejos.

De un castellano perfecto, con esa pizca de extraterritorialidad porteña entre inglesa e italiana, nos introduce en un país que para los españoles siempre ha sido un imán. Un país que casi redescubrimos literariamente y personalmente con tantos miles de exiliados argentinos en los tiempos siniestros de Videla, que recalaron en España hacia 1976. Ellos descubrieron que los gayegos no éramos tan brutos al fin y al cabo y nosotros nos quedamos prendados de su estilo, su saber, su forma de hablar.

Es un escritor austral en cuyas páginas la Pampa, Buenos Aires, los campos, están omnipresentes, pero muy vinculado a la cultura europea pues, como dice él -en Poderío de la novela– “no conocemos nuestro pueblo sino después de haber visto el otro pueblo”. Es muy interesante observar cómo, partiendo de una geografía física y cultural parecida, los escritores argentinos del siglo XX seguirán un camino muy diferente al de sus contemporáneos norteamericanos. Y serán mucho menos conocidos. Los americanos llevaban la intendencia detrás o delante, mientras los suramericanos tenían que luchar por un lugar bajo el sol. Con el agravante de que las editoras americanas e inglesas fueron siempre inmensamente poderosas en comparación con las hispanoamericanas. El mercado editorial de la primera mitad del siglo XX privilegió a unos y olvidó a otros. Menos mal que existió la colección Austral hispano-argentina y que existieron las magníficas Losada, Emecé, Editorial Sudamericana, Corregidor. De no haberlo, estos escritores no nos serían conocidos, a pesar de que muchos de ellos eran muy cosmopolitas y eran bien conocidos en los círculos literarios de Francia, Inglaterra, Italia y hasta de Estados Unidos.

Amigo de Borges y muy amigo de Victoria Ocampo, Mallea fue partidario de lo que él llamaba “narrar definiendo”. Su obra es casi de pensamiento, “pensando y relatando”, razón por la que quizás sea poco leído hoy dadas las clasificaciones estrechas existentes. ¿Novela, relato, ensayo novelado? El lector atento decidirá.

Todos los libros, nos dice, son “vulnerables, explotables, desvirtuables”, y de ellos nace siempre un malentendido. Al lector actual que quiera pasar páginas rápidamente no le gustará. Estamos acostumbrados cada vez más a las novelas, por así decirlo, cinematográficas.

Mallea puede ser discutido como un novelista con ideas o un ensayista con relatos. Luis Harss lo despacha brevemente como “escritor del viejo mundo”, de “obras pletóricas y laboriosas … que divagan por la hipérbole y el eufemismo”. Este juicio me parece injusto y precipitado, más porque no le gustan sus libros que por un análisis objetivo. Cortázar lo respetaba, aunque lo tacha de alambicado y se ve que no le gustaba demasiado.

Mi primera lectura de Mallea fue Sala de espera, siete introspecciones de siete personajes en una estación de la pampa. Historia de una pasión argentina, Cuentos para una inglesa desesperada le siguieron. Más tarde, en París, en la sabatina feria de libros viejos del Parc Brassens, en la Porte Brancion (XVème), ese mercado que todo amante de los libros no puede ignorar, me hice con dos volúmenes de sus obras completas (que no son completas), que vendía un amable bouquiniste argentino que tenía su puesto lleno de obras en español, de todos los países.

Sabemos que en los libros, además del contenido ameno e interesante también cuenta el diseño de sus portadas, pero además esa maestría rara de escoger títulos que nos evocan algo o nos hacen casi soñar antes de leerlos. Los títulos de Eduardo Mallea son magníficos, misteriosos como su contenido, por ejemplo, Rodeada está de sueño, La barca de hielo (novela que los que estén preocupados por el autismo deberían leer), En la creciente oscuridad, Todo verdor perecerá, La ciudad junto al río inmóvil (que es Buenos Aires), y así sucesivamente. Por sus páginas pasa la Argentina de entonces (sobre todo la de los años 30 y 40) y sus gentes, variadas, introspectivas, en general, tristes.

Sirva este par de páginas solamente para introducir o re-introducir a este singular escritor, que es perdurable, quedando para próximas entregas alguna reseña de su obra.


¿Podría publicar hoy Alexandre Dumas?

2 abril, 2020

Tengo mis dudas. Si la ortodoxia que enarbolan hoy los teólogos y sacristanes de la cultura hubiera prevalecido en el siglo XIX francés, Alexandre Dumas no hubiera sobrevivido. Hoy, muchos intelectuales lo menosprecian por considerarlo mera literatura de evasión, facilona. Hoy correría el riesgo de no ser publicado, y sería acusado de no ser políticamente correcto. Por ejemplo, el muy correcto Nineteenth Century French Novel, de Gershman y Wihtworth, ni siquiera menciona a Dumas, entre diecinueve escritores franceses. Charles Dantzig pasa de corrido por Dumas. Y así sucesivamente; muchos lo han considerado un mero escritor de folletines.

En estos días de encierro he ido leyendo a Dumas, Les trois mousquetaires, Vingt ans après y Le vicomte de Bragelonne. Los tres mosqueteros y D’Artagnan, a la luz del canon actual, pecan de todo:

  • Las mujeres, siempre bellas, o son malvadas (Milady) o débiles y objeto de deseo (como Constance Bonacieux o Ketty).
  • A los enemigos se les mata de un escopetazo o se les atraviesa de una estocada. Los mosqueteros tienen licencia para matar. Las armas abundan por doquier y son parte imprescindible del equipo de cada uno, con libertad de uso.
  • Los pobres y escuderos son meros siervos, prestos a cualquier acción, sometidos a la obediencia ciega.
  • Aunque hay objetos industriales, joyas, relojes, trajes, armas, los obreros no aparecen por ningún lado. No es una novela social.
  • Las comidas y bebidas son abundantes en carnes, salsas, vino y alcohol. Y se disfrutan. No existían el gluten, la lactosa ni la soja.
  • Los políticos son ambiciosos, corruptos, prevaricadores e intrigantes, sin excepción. Y no dudan en recurrir a la puñalada para alcanzar sus objetivos.

Nuestros mosqueteros disfrutan jovialmente de la vida, son amorales, libres y gozan. No hay filosofía ni empeño en lección moralizante. No se lamentan, hasta las heridas son motivo de honor. Quizás sea esta libertad de acción lo que más nos fascine de las aventuras de D’Artagnan, Porthos, Athos y Aramis. No hay valor superior al propio interés ni hay moraleja, cortapisas ni mandato (como lo hay en la obra más moralista de Víctor Hugo). Dumas es exuberante, desbordante y excesivo, algo tan contrario a esa introspección en que cayó la novela cien años después.

Además, estas novelas están bien escritas, en buen francés, sus escenarios son rigurosos, sus personajes, todos en relieve, la acción es constante las páginas vuelan en nuestros dedos, a pesar de que son centenares, en total, casi cinco mil.

Sólo Francia pudo producir un Dumas; España estaba encharcada en sus guerras religiosas y sus particularismos (carlismo, cantonalismo); Inglaterra en su industrialización y su puritanismo; Prusia, en su militarismo y su burocracia. Sólo, tal vez, los Estados Unidos, pudieron mostrar un canto a la liberta individual parecido, como expresó Walt Whitman.

Y no es casual que sea Francia precisamente, ese país de grandes dictadores, como Louis XIV, Robespierre, Napoleón y después, de personajes con enorme autoridad, como De Gaulle, un país donde el Estado ha sido siempre fuerte. En el país del cartesianismo, de la diosa Razón, es como una paradoja literaria. Pero precisamente por eso Dumas fue un éxito, representaba ese afán libertador frente a la lógica racionalista e industrial; y por eso pasó de ser meramente francés a ser leído en su siglo en todas las lenguas. Dumas se revuelve contra lo establecido, burocrático, censado, regulado por medio de la fantasía. El espíritu de aventura, la voluntad, triunfan sobre el racionalismo y sobre el victimismo y la lamentación románticas.

Pero también sólo podría aparecer en Francia, donde todos sabían leer y de ahí la popularidad del folletín (sobre todo, pero no sólo, de Eugène Sue, Dumas, Gautier) y donde al final existe esa solidaridad del “uno por todos y todos por uno”, la gloriosa divisa de los cuatro protagonistas, así como la voluntad, la decisión y el arrojo, esa unión casi inmediata entre pensamiento y acción que es su modo de actuar.

En fin, y si fuera literatura de evasión, de aventuras ¿qué? Nada mejor para estos tiempos bastante desesperados.


El primer diccionario español-portugués y otras curiosidades.

28 marzo, 2020

Hace un par de meses, cuando podíamos salir, en la feria de trastos viejos de Paço d’Arcos, cerca de Lisboa, encontré el primer diccionario español-portugués, que fue editado en 1864 por la Imprensa Nacional, en Lisboa.

Hasta entonces no existía una obra así, luso-española, lo que no es sorprendente dada la animadversión que latía –y a veces aún late – entre los dos países vecinos. Tengamos en cuenta que había habido una larga y costosa guerra de independencia contra España durante casi treinta años, desde 1640 hasta casi 1700, además de la luctuosa Guerra de las Naranjas, que hizo que España se quedara con Olivenza, u Olivença. Pero un cierto iberismo, un pequeño acercamiento, surge en el siglo XIX, quizás consecuencia de la guerra Peninsular, como llaman aquí –a la inglesa- a la guerra contra Napoleón. Esto propició que finalmente alguien emprendiese esta magna obra, una primicia.

Este diccionario en tres tomos es obra de don Manuel do Canto e Castro Mascarenhas e Valdez, nacido por el azar de la invasión francesa en Río de Janeiro, quien al regresar a Lisboa se dedicó a los estudios filológicos y lexicográficos. En su prólogo, el autor afirma que se ha servido de varios diccionarios, y en su prólogo dice admirarse que hasta no haya habido quien hiciese este importante servicio a las dos naciones.

Además del interés histórico, este diccionario es muy útil pues Do Canto incluye frases y términos anticuados que los diccionarios españoles omiten y “al haberse escrito en español, desde los primeros siglos de la monarquía, tantas páginas gloriosas para nuestra historia (la portuguesa), y tantos documentos de erudición de muchos portugueses de aquellas eras, debía traer los vocablos anticuados y obsoletos, pues de lo contrario quedaría una laguna que no perdonarían los amantes de la historia y de la literatura antiguas”.

Organizado en tres columnas, es de una gran riqueza; muchos vocablos incluyen también su etimología o las frases en que fueron utilizados por autores clásicos. Hay palabras tan curiosas como:

Alhorma: campo militar de los moros. Maurorum castra.

Canalla: gente de mala conducta, gente baja y ruin, peligrosa para la sociedad. Populi, civitatis foex. (Caza, antiguo): jauría, conjunto de perros con los que el cazador va a cazar.

Sicinnis: danza grotesca de los antiguos, que se ejecutaba al son de un solo instrumento.

Para el vocablo soga, por ejemplo, usa casi 400 palabras, explicando todos sus usos, algún refrán y expresiones en que se usa. Las sogas y cuerdas, en esos tiempos, eran de primordial importancia, y más en un país marinero. Ya figura el telégrafo, incluido el eléctrico. Pero ‘plástico’ es definido como “el nombre con que a veces se designa la fuerza generadora de los cuerpos organizados”. El diccionario tiene tantas explicaciones que sirve también al español que desee encontrar palabras difuntas, extinguidas, el origen y contexto en que se usaban, así como, en muchos casos, su analogía.

Sobre este gran filólogo ha escrito el profesor Ignacio Vázquez Diéguez una tesis doctoral (consultar  https://bvfe.es/component/mtree/ ).  Parece que Do Canto se sirvió de cuatro grandes obras españolas: el Diccionario Académico de 1852, el Nuevo de la lengua castellana, de 1846, el Nacional de 1849 y el Enciclopédico de 1855.

Un diccionario es un libro utilitario, que se usa para buscar o confirmar el significado de un vocablo. Suelen caer en desuso y por eso usados se venden por cuatro perras y nadie los quiere. Algunos, sin embargo, son monumentos, están bien encuadernados y tienen una información compleja y profunda. Y muchos son inspiradores, descubriéndonos nuevas posibilidades del lenguaje (inmediatamente me pondré a buscar lo que dijo Barthes sobre los diccionarios). Es como las enciclopedias, caídas en desuso por internet, pero cuyos contenidos no igualan a los de la Encyclopedia Britannica, cuyos textos son interesantes, sugestivos y están muy bien escritos. Ya no existe, claro, en papel; pocos tienen casas para albergar esos ilustres e ilustrados mamotretos. Yo guardo la mía de 1982, en treinta volúmenes.

Diccionario viene de Dictio, acción de decir, de dico que tiene dos acepciones, consagrar, pero también decir. De ahí, dictado, dictador, dictamen (sentencia), dictus (precepto, aforismo), juez (ius dice), jurisdicción, iuris dictio.

La importancia del diccionario y las gramáticas en la consolidación de las naciones, en su afirmación como pueblo y en sus relaciones culturales y políticas es innegable. En España recordemos solamente a Antonio de Nebrija o a Pompeu Fabra. En Inglaterra recordemos la reverencia que tienen por Samuel Johnson, el gran árbitro de la opinión y del lenguaje del siglo XVIII; hoy, para el inglés yo me quedaría con The Chambers, publicado por primera vez en 1901 (el año de la muerte de la reina Victoria). En cada vocablo incluye la pronunciación, la definición y la etimología. Incluye las versiones inglesas de América, Suráfrica, Oceanía y Asia, así como un repertorio de frases y citas procedentes de otras lenguas que se usan en la vida corriente (latinas y francesas, sobre todo).

Los norteamericanos tienen un especial respeto por Noah Webster, que emprendió la tarea de hacer un diccionario que incluyese los términos yanquis, con sus versiones específicas de cómo hablaban en el nuevo país y como deletreaban las mismas palabras, como color, en vez de colour, o theater en vez del británico theatre, por ejemplo. El diccionario apareció, con 2000 páginas, en 1828 (ver The Dictionary wars: the American fight over the English language, de Peter Martin).

Los franceses tienen a Littré (1801-1881) que empezó siendo miembro de l’Académie des Inscriptions, esa gran institución tan esencialmente francesa creada por Colbert para tratar de las inscripciones y medallas en tiempos de Louis XIV, que después se ha dedicado a la historia y la arqueología (el historiador J. H. Elliott ha dicho que ese afán archivístico, racionalista, ha hecho la delicia de los archiveros y la desgracia de los historiadores, pero por lo menos se conservan). En su discurso de recepción en l’Académie Française, bajo la famosa Coupole, Littré dijo que “no había que confundir el uso con el arcaísmo y no había que pretender renovar la lengua envejeciéndola” y que un diccionario debía incluir tanto el neologismo autorizado como el arcaísmo digno de revivir. El otro gran lexicógrafo francés vendría un siglo después, en la persona de Paul Robert (1910-1980), nacido en Orléansville (hoy Chlef, oeste de Argelia), que en 1964 lanza el Gran Diccionario Alfabético y analógico de la lengua francesa, en ocho volúmenes. En efecto, Robert y sus sucesores siempre han prestado una gran atención no sólo a los vocablos sino a la asociación de ideas, para la que un buen diccionario es una herramienta preciosa. Como curiosidad, Robert, cuando fue movilizado en 1940, trabajó en el servicio de mensajes cifrados del ejército francés.

Curiosamente, los portugueses y brasileños no tienen claramente delimitada ni siquiera su ortografía, como lo demuestra el muy discutido Acuerdo Ortográfico. Los brasileños, además de hablar con otro acento, lo cual es lógico entre todos los países de la misma lengua, escriben muchas palabras de forma diferente, a veces provocando malentendidos. Pero en la lengua portuguesa el asunto sigue sin ser pacífico.

El español más clásico es el de la Lengua Castellana, de la Real Academia, cuya primera edición data de 1770. Uno de estos ejemplares, editado por Joaquín Ibarra, en un solo volumen, que perteneció a la escritora doña Carolina Coronado, lo tiene a la venta el librero lisboeta António Trindade en la rua do Alecrim. Carolina Coronado, como es sabido, pacense, murió en Lisboa en 1911.

Pero yo echo de menos esos diccionarios con ilustraciones, como el de Vox de 1945, que viene acompañado de cuadros con dibujos relativos al arte, las caballerías, los navíos, las piezas de un telégrafo, etcétera, y que ayudan al lector y al escritor a encontrar no ya sólo el significado de los vocablos, sino a encontrar nuevos. El diccionario de María Moliner me ha frustrado, entre otras cosas porque nunca he comprendido muy bien su clasificación, y otros muchos me han decepcionado, incluso el de la Real Acedemia; por ejemplo, cuando busco palabras que usa Azorín.

La ventaja del diccionario de la Real Academia, al que le faltan muchos vocablos, no ofrece analogías y a veces incluye o excluye términos de forma muy discutible, es que acepta todas las versiones para denominar un objeto, una fruta, un animal, usadas en los países de habla española, reconocidas por sus respectivas y correspondientes academias.


La revista Literatura Soviética

8 enero, 2020

La relación de la cultura rusa con la europea occidental nunca ha sido fácil. Y la soviética, es decir, la que incluye a las antiguas repúblicas, hoy casi todas independientes, aún menos.

Es cierto que en la Unión Soviética se favoreció el realismo en la época estalinista por dos razones: el realismo no cultiva tanto la imaginación que se considera peligrosa; la segunda, ligada a la primera, es que se desdeña el encumbramiento elitista de los intelectuales: hay que escribir para que lo entienda el pueblo. No olvidemos que las letras y la alfabetización fueron uno de los pilares de la revolución de 1917 y basta con recordar a Lunatcharski para comprobarlo. La alfabetización llegó a todas las repúblicas soviéticas, a las asiáticas, a las musulmanas, así como la igualdad entre hombre y mujer y la liberación de ésta. Hoy, dudo que hayan avanzado muchos esas repúblicas, sumidas en el oscurantismo, el nacionalismo, la corrupción y la dictadura.

Boris Talberg, Las fuerzas de la paz

La guerra fría y la Perestroika hicieron que en occidente tirásemos a la basura toda la literatura y las artes de la época soviética. También la historia literaria la escriben los vencedores. De la URSS parece como si no hubiera quedado culturalmente sino tierra quemada. Y no es así. Se ha desdeñado en bloque a muchos grandes artistas, escritores y poetas, injustamente censurados al ser tachados de comunistas, estalinistas, funcionarios o cualquier otro epíteto que los ha desvalorizado de entrada. También esa izquierda de salón bastante snob ha despreciado siempre el realismo. Y la derecha sólo ha encumbrado a los rusos que fueran disidentes, olvidando a todos los demás.

Número dedicado a Tolstoi

La Unión de Escritores Soviéticos fue fundada en 1932, tras la abolición de la Asociación Rusa de Escritores Proletarios. Gorki fue su primer presidente y  mantuvo la edición de la legendaria Literatúrnaya Gazeta, que había sido fundada en 1831 en tiempos de Pushkin.

Como una herencia algo remota de aquella revista, Literatura Soviética, es fundada en 1946 por la Unión de Escritores Soviéticos llegando a publicarse en diez lenguas. El adjetivo ‘soviética’ aludía a que no era solamente literatura rusa, pues en sus páginas escribían muchos autores del Uzbequistán (Jamid Guliam y otros, que tradujeron al uzbeko Dante, Longfellow, escritores turcos y persas, y un largo etcétera), el Daguestán (Rasul Gamzátov), Georgia (Griboyedov), Azerbaidján (con un número especial dedicado a su literatura, en 1978), Tajiristán, Siberia (en 1932 apareció el primer libro en lengua mansí), Kirzguistán (Vera Tkachenko), zíngaros en su propia lengua (Alexandr Guermano, Ivan Romeko, Nikolai Sadkevich), Turkmenia (Artiómov), todas las quince repúblicas. La lengua tatar, yakut, mansí, nijv (Sajalín), y mucísimas más fueron fomentadas y en ellas se publicarían muchos libros, incluidos clásicos rusos y europeos.

Su finalidad fue la divulgación en el extranjero de las literaturas de las quince repúblicas que formaban la URSS así como de sus culturas. La edición en español tenía un contenido específico sobre la cultura a la que se dirigía (por ejemplo en español aparecían entrevistas con Dolores Medio, Mario Benedetti, Neruda, el obituario de Blas de Otero, etcétera). Claro que muchos la consideraron como una herramienta de penetración soviética en Occidente, lo que les llevó a despreciar e ignorar todo su contenido. La revista en lengua castellana estableció unas relaciones muy estrechas con poetas y escritores españoles, residentes tanto en España como en el exilio, así como latinoamericanos. Difundió la revista intercambiándola con las principales revistas de España de la época como Insula, Triunfo, Papeles de Son Armadans, Cuadernos para el Diálogo, y con varias revistas latinoamericanas. También llegó a la Biblioteca Nacional.

Kuzma Petrov Vodkin, Anna Ajmátova

César Arconada, que fue su director, falleció en 1964 y le sucedería José Santacreu Mansanet hasta 1970. Colaboradores y traductores al español fueron entre otros Julio Travieso, José Vento, Clara Rosen, Carlos Sherman (de poesía), Juan Julio, Venancio Uribes, Angel Pozo Sandoval, José María Alvarez Posada, Victoriano Imbert (Premio Gorki de 1976, hijo de exilado a la URSS en 1939, vuelto a España, empleado en Aguilar y fallecido en Madrid en 1982), Ana Varela, Isabel Vicente, Samuel Feijóo.

Los viejos números de la revista Literatura Soviética son muy útiles, además de interesantes, para conocer escritores que han pasado desapercibidos en Occidente, y otros que han sido borrados literalmente del acervo de la antiguas repúblicas soviéticas. Ilustrados con obras de pintores y dibujantes, nos permiten conocer ese mundo ya olvidado y tan denostado por superficiales ideólogos.

Es cierto que en sus páginas hay muchos escritores y poetas –he encontrado hasta un relato de Breznev, Tierras vírgenes-, elegíacos, épicos, acríticos en general con la situación interna de la Unión Soviética, cómplices, les llamarán algunos. Pero hay muchos textos que son de una calidad considerable. Recuerde, si no, el lector Por quién doblan las campanas y tantas novelas norteamericanas y británicas que son también épicas. Ser épicos no es un baldón. Encontramos además escritoras como Marietta Chaguinian, con su relato Moscú la pequeña, en donde evoca su pasado burgués, recuerda a Marina Tsevataieva con quien compartió trabajos de traducción, nos habla del concepto de trabajo y de música y su gran amigo Serguei Rachmaninov.  O Aleksandr Tvardovski, Daniíl Granin y Valentin Rasputin.

Entre los escritores, además de los más oficiales, como Konstantin Simonov, escribían a menudo en sus páginas Boris Polevoi (Un hombre de verdad) y Nikolai Ovstrovski (Así se templó el acero), y muchos otros, como Ivan Stadniuk, autor de La guerra, Yuri Bondarev, Mujtar Auezov, Felix Kuznestov, Anatoli Kim o Mikhail Morozov, dramaturgo, experto en Shakespeare. O Jakob Jelemski, A dos pasos de Granada, o Mikhail Svetlov, otro amante de España.

Muchos sociólogos e historiadores de literatura escribieron en Literatura Soviética, como Albert Beliaev, con su notoria Lucha ideológica y literatura: la sovietología en los Estados Unidos. Quitando la ganga y quedándonos con el mineral, es muy interesante descubrir tantos libros que han quedado, por razones políticas e ideológicas, fuera de nuestro alcance y conocimiento.

Vladimir Tcherchebakov, Linda mañana.

Evidentemente, hay sonadas ausencias. Los disidentes solían ser reducidos al ostracismo (una sola edición de sus libros, sin reimpresiones) o expulsados como Zozshenko, escritor humorista comparado a Gogol, que fue expulsado de la Unión de Escritores, como lo sería Solzhenitsin en 1974, a pesar de la defensa de Tvardovski. Vasili Grossman, claro, no figuró en su páginas. Pero esta exclusión, por razones a veces parecidas, también se ha manifestado y aún se manifiesta en el mundo editorial español con escritores que “no encajan“ en la línea editorial o cuya crítica les fue adversa o fueron ignorados, lo mismo que no reimprimen y excluyen del catálogo determinados libros. Las editoriales a menudo han eludido a determinados autores, guiándose por el gusto personal, la amistad o la simple lógica comercial.

La poesía siempre ha tenido un lugar preferente en las letras rusas. Así, además de la obligada mención a los tres poetas que fundaron la poesía, por así decirlo, soviética: Maiakovski, Essenin y Blok, o un poeta como Ehrenburg, hay muchos más, quizá menores por menos divulgados, pero dignos de respeto, como Egor Isaev y Vladimir Lougovskoi, Maxim Tank. Sin olvidar al historiador y crítico de poesía rusa, Vladímir Orlov.

La literatura soviética, con su realismo o, como ellos la llamaron, literatura objetiva, nos ofrece un interesante documento de cómo era la vida en la Unión Soviética, más allá de heroismos o mitos. Es natural que las élites intelectuales la desprecien pues muchos son autores proletarios, es literatura proletaria, con simplificaciones muy a ras del suelo a veces. Pero los tipos individuales, tomados del natural, y los tipos colectivos, como personajes comunes y frecuentes suelen darnos una imagen vívida de la Unión Soviética. También podemos adentrarnos en la vida cotidiana de las antiguas repúblicas y comprender mejor el país, pues muchos de los escritores están en la tradición y el sendero trazado por Turgueniev, Chéjov o Dostoievski, por citar solamente tres grandes autores rusos.

Konstantin Yuon, Moscú industrial, 1949

La revista se mueve en ese ámbito trazado por aquella pregunta de Máximo Gorki “¿Con quién estáis vosotros, los maestros de la cultura?”. Del mismo modo que Ignacio Aldecoa, Carmen Laforet, López Salinas, Narcís Oller o Josep Pla retratan la sociedad de sus tiempos, como nos la dieron Baroja, Galdós o Pardo Bazán. O como Vasco Pratolini o Cesare Pavese, Steinbeck, Erskine Caldwell, Dreiser, etc. Escritores que han sido además los mejores cronistas de su tiempo, como muchos de los que aparecen en las páginas de Literatura Soviética.

Todas los números de la revista incluyen ilustraciones de pintores, entre los cuales Oleg Vukolov, Alexandr Deineka, del que hubo una magnífica exposición en la Fundación Juan March hace unos tres o cuatro años, Semion Kaplan, Oleg Loshakov, con sus fascinantes pinturas de la Kuriles, Yuri Raksha, Oleg Filatchev, Piotr Ossovski, Vladimir Volkov, Dianna Toutoudjian, Vladimir Lineu, Viktor Ni, Viktor Krilov, o Boris Talberg con su mural Las fuerzas de la paz. Muchos los  puede encontrar el curioso en la página  https://soviet-art.ru/ . La revista también dedicó mucha atención a los clásicos, a la gran tradición humanística y cultural rusa.

No se trata de nostalgia sino de tratar de conocer mejor la literatura rusa y de otros países de su esfera y de hacer justicia a poetas y novelistas desconocidos en nuestro país y en general en Europa occidental. En fin, se trataría de redescubrir, recuperar y volver a publicar algunos autores que nos darían una visión singular de la Rusia del siglo XX y de muchos de los territorios que cubría la Unión Soviética.

Ello contribuiría a conocer y comprender mejor esa Rusia eterna, que ha sido y es pieza esencial de Europa y a la que seguimos teniendo dificultad de conocer. Debemos leer sus libros, incluso los de la época estalinista, lo que nos ayudará a superar esa guerra fría mental y militar que aún perdura. La Unión Europea no será nunca una fuerza, una estructura sólida, si no incluye a Rusia.


Máximo Gorki en Capri

2 enero, 2020

Hace unos días he leído el libro Encontro em Capri, O diário italiano de Gorki, de Marcello Duarte Mathias, escritor portugués autor de libros y diarios muy interesantes. En este nos cuenta de la vida de Gorki en Capri, su amistad  con Lenin, así como con muchos escritores de la época y ahonda en la personalidad del escritor ruso. Examina el papel del intelectual frente a la revolución y a la historia y afirma que “a semejanza de tantos intelectuales, también Gorki, secuestrado por el movimiento de la Historia, en ella se enredó y se extravió definitivamente”.

Gorki, por Isaak Brodski

Alexei Maximovich Peshkov nació el año de la Gloriosa (1868) y murió justo un mes antes del alzamiento e inicio de la guerra civil española. Máximo Gorki fue una referencia para los estudiantes y los obreros lectores españoles antifranquistas. La editorial ZYX publicó, en papel barato, La madre, que fue nuestra lectura preferida, casi diría militante (‘había’ que leer ese libro, igual que El manifiesto comunista) que nos inoculó la inquietud social.  Yo lo compré en un puesto de ZYX que solía estar junto a la boca del Metro en la Glorieta de Quevedo, periódicamente molestado y mandado quitar por la Brigada Político Social.

La madre, en ediciones Ulisseia, con portada de Sebastião Rodrigues, 1954

El mundo que Gorki describe ya no existe y nuestros códigos culturales, nuestros valores y gustos han cambiado. El realismo no está de moda y ni Baroja es casi apreciado. Pero Gorki, muchos años después, sigue ejerciendo una fascinación considerable en los que apreciamos la literatura clásica moderna y la rusa en particular. Sus temas, la pobreza, la exclusión social y racial, no han desaparecido y son universales. Y su forma de contarnos las historias es fascinante, aunque en algunas haya puesto un acento en lo pedagógico, con un cierto tono edificante, y en otros ensayos intercale loores a Lenin y Stalin (lo que parecía obligatorio en aquellos años).

Veáse su Infancia, autobiográfico, en la que descarga su pesadumbre por la desgracia del mundo rural, el atraso, sordidez y violencia de los campesinos. La mayoría de sus escritos describen aquella sociedad rusa, sus contradicciones y contrastes. Él decía,

 “el artista es ante todo hombre de su época, es el espectador inmediato de sus tragedias y sus dramas en los que él participa activamente”.

Gorki quiso aunar el progreso humano con el progreso social y económico. Por eso, como un creador pero nunca como un político, observaría con decepción la deriva estalinista de la Unión Soviética. Era amigo de Anna Ajmátova, por ejemplo, de personas ya mal vistas por el régimen. Hizo cuanto estaba en su mano para salvar escritores y textos perseguidos por la saña de Stalin y de la NKVD (entre ellos a Isaak Babel, que sería asesinado en 1939 cuando Gorki ya no existía, pero no pudo liberar a Ossip Mandelstam). Desde gustarle la vida simple de los pescadores en Capri, el mar, la poesía, la música (el acordeón, en particular), hasta hacer propaganda estalinista para celebrar la apertura del gran canal del Mar Blanco, construido por prisioneros comunes y políticos con innumerables bajas. Apreciaba Italia y la cultura occidental pero echaba de menos su lengua, hablar con rusos, con su pueblo. Pero sus contradicciones personales siempre le atormentaron.

“Mi fracaso que explica todos los demás es nunca haberme encontrado a mí mismo. Mi vida no ha tenido una secuencia lógica. Todo lo contrario de Lenin que es la personificación de la confianza que un hombre puede tener en sí mismo” (carta de 26 de septiembre de 1913).

Gorki era un puro internacionalista y mantuvo una intensa correspondencia; en los archivos en Moscú hay, parece, cerca de tres mil cartas, entre ellas 400 de escritores de su tiempo, desde Sherwood Anderson y Theodore Dreiser a Gregorio Martínez Sierra –que colaboró en la revista soviética Beseda-, Lion Feuchtwanger, Anna Seghers, H.G. Wells, Thomas Mann, Heinrich Mann, o con Knut Hamsun, pero sobre todo destaca su correspondencia con su gran amigo Romain Rolland.  De paso, señalo el dato curioso de que nada menos que la reina Elisabeth de Bélgica –la mujer de Albert I, el que resistió a los alemanes en la Primera Guerra Mundial- era una lectora contumaz y fiel de Gorki.

Escrito en un portugués actual y perfecto, Marcello Duarte Mathias ha explorado documentos y libros olvidados, como los diarios perdidos de Gorki que publicase el belga Martin-Merrère en 1949, y el libro de la italiana Angelina Patella, hija del hospedero de Capri amigo de Gorki.

El autor evoca, con citas, cartas, textos, los encuentros y desacuerdos de Gorki con Lenin, con el inteligentísimo y sobrado Trotski, con el burócrata y desconfiado Stalin, que le visitaron en la isla. También menciona las visitas de otros escritores, como Zweig, pesimista e incluso derrotista, o de Pirandello, así como el interés Gorki por los personajes de Mazzini y Garibaldi y sus gustos literarios (Chéjov y Stendhal, sobre todo).

Gorki, tras ser expulsado por el zar, vivió largos años en el exilio, volvió a Rusia en 1913. Por consejo de un Lenin ya enfermo, en 1921 volvió a Italia, a Sorrento, frente a una Capri ya cambiada por el turismo. Finalmente retornaría a la URSS en 1933, colmado de honores tanto simbólicos como materiales, respetado -aunque no querido- por Stalin.

Mathias, en este corto pero sabroso e inteligente libro, consigue mettre en valeur, revalorizar ahora que muchos han olvidado al escritor ruso, el rico, complejo personaje y escritor que fue Máximo Gorki:

“Él, que nació intruso, intruso se sentiría en todas partes. Lo sabía hacía mucho. ¿No sería el exilio su verdadera vocación? ¿O mejor, su forma natural de ser inconformista?”… “más allá de cualquier razón, el exilio es nunca estar donde estamos”,

lo que resume muy bien la posición de Gorki fuera y dentro de Rusia, tanto durante el zarismo como tras la revolución. Al intelectual, al artista, pertenece la duda. Quien no duda no es artista, no es escritor.

[ Encontro em Capri, ou O diário italiano de Gorki, por Marcello Duarte Mathias, Edições Océanos, 2008, 158 págs.]


Una escritura tranquila

21 diciembre, 2019

Ignacio Vázquez Moliní decidió un día pasar a papel sus doscientas columnas publicadas en Estrella Digital; encontró un pulcro editor en Huelva y las ha lanzado al mundo hace unas semanas en Lisboa, donde reside. Ha tenido una buena idea pues los textos digitales se los lleva el viento, la nube, internet, la malla. Y los escritos de Ignacio Vázquez son bastante inmemoriales, casi como esas memorias de Azorín que tanto admira, y merecen la permanencia de la imprenta. Su prosa me hace evocar esas famosas y constantes querellas entre los antiguos y los modernos.


En efecto, Moliní es uno de los rarísimos lectores –no sólo españoles sino presumo que franceses y portugueses y del mundo entero- de Anatole France, por ejemplo, cuyas obras completas posee y en las que liba de vez en cuando, sorprendiendo a modernos. También lee a Maurice Maeterlinck, siendo probablemente su único lector en España, así como al surrealista también belga Marcel Mariën. Muchos los encuentra en las librerías de lance (los famosos alfarrabistas lisboetas), pues es un inveterado rebuscador de libros olvidados pero inolvidables.


Claro que también le gustan los autores más modernos, como Marguerite Duras, Italo Calvino (Moliní habla también italiano), o el cine de Pasolini. Y, por supuesto, su apreciado Luis Landero, de cuyo grupo Faroni fue uno de los fundadores. Es pues moderno también aunque defienda con tesón tantos antiguos que las editoriales han ido descartando. Es además uno de los pocos escritores españoles que se han adentrado en la literatura de Guinea Ecuatorial, como la poeta Raquel del Pozo Epita, o los novelistas María Nsué Angüe y Juan Balboa Boneke.


El título de su libro, La mirada tranquila, es casi un eco de su admirado Ortega y Gasset y refleja perfectamente la cualidad humana de su autor: objetivo, con sus ideas y compromisos éticos pero sin arrebatos ni denuestos. Ojalá fueran así muchos de los comentaristas y columnistas de la prensa española actual: con mirada tranquila.


Su estilo está bien temperado y se nota que ha asimilado casi todos los clásicos castellanos y muchos de los suramericanos. Moliní quien nos habla en sus columnas de Ciro Alegría, de Ciro Bayo, de Gaya Nuño, de Cunqueiro, de Miguel Espinosa, y de otros tantos escritores que para quienes no disfrutamos de las modas son siempre un puerto de retorno. La falta (¿) de tiempo, la pereza y esa lista de espera que todo lector tiene encima de su mesa de cosas por leer, a veces nos hace dejarlos de lado y Moliní nos los trae de nuevo.


También nos lleva Vázquez Moliní a sus lugares favoritos, aprovechando un libro o algún acontecimiento: Lisboa, Túnez, Bruselas, Beirut. Sobre su afición y cariño por la capital libanesa habría que decir que sólo conozco –de lectura- a alguien parecido, como es el gran veterano Tomás Alcoverro, corresponsal de ese diario ejemplar, imprescindible, que es La Vanguardia. Lean también, de Moliní, su Periplo alfabético de un fumador de pipa, pues ese es más geográfico que literario y el Líbano tan sufrido y tan bello, aquel país legendario de La Châtelaine du Liban (Pierre Benoit), reaparece constantemente.

Ignacio Vázquez Moliní


Ignacio Vázquez Moliní, que ya ha escrito y publicado varios libros, incluso de poesía, se guía por el principio del placer de la escritura y de compartir sus pensamientos; como dijo Somerset Maugham, esa es la recompensa principal que todo escritor debe buscar, antes que la censura o la lisonja, el éxito o el fracaso, es decir, la fama (aprovecho para sostener que Ignacio Vázquez, que parece tan serio, es sobre todo un cronopio, muy lejos de los famas).


Este libro se puede leer a trozos, entero, a saltos, volver a él por cualquier artículo (todos tienen una extensión en torno a las cuatrocientas palabras). No los ha fechado y acierta al hacerlo así, precisamente porque si a veces aluden a hechos o acontecimientos concretos (‘El terror en Niza’, el atentado de Las Ramblas, comentarios sobre el Brexit, etcétera), se elevan siempre por encima de lo contingente y adquieren el valor de meditación, de sosegada y atinada mirada. Nos amplían el horizonte, nos sirven de solaz y de reflexión y nos recreamos en su impecable lengua castellana.


[La mirada tranquila, por Ignacio Vázquez Moliní, Editorial Niebla, Huelva, 2019, 415 páginas.]


El poeta José Bento (1932-2019)

14 noviembre, 2019

José Bento, quizás el hispanista más relevante de Portugal, ha muerto hace unas semanas, el 26 de octubre. Poeta, recibió muchos premios en ambos países. Pero ahora parece como si nadie le recordase en España, como si los premios bastasen y ya no hubiera que recordarlo más. Lo que además de ingrato es injusto, pues Bento ha dado a conocer nuestra poesía del Siglo de Oro, a Lorca, a Eloy Sánchez Rosillo, a Octavio Paz, y hasta a Ortega y Gasset y María Zambrano. Es difícil encontrar un poeta y escritor portugués que conociese mejor nuestras letras. Ha sido el perfecto embajador de nuestra poesía en el mundo lusófono.

Su trabajo inmenso de traductor ha impregnado también su propia obra, como a veces suele acontecer. ¿No decía Javier Marías hace poco en una entrevista a un medio portugués que trabajar en la traducción literaria es la mejor escuela de escritura? En muchos poemas se trasluce un clasicismo que evoca la poesía española y a  portuguesa de siglos pasados, sin caer en la nostalgia ni el pastiche.

Recuerdo en 2000, cuando hicimos un viaje cervantino con otros escritores y poetas portugueses como Hélia Correia, Maria Fernanda de Abreu, Francisco Belard y Casimiro de Brito, bajo un cielo invernal siempre azul, los kilómetros por las rectas carreteras de La Mancha se nos hicieron muy agradables hablando de Cervantes, de literatura y de poesía tanto españolas como portuguesas.

Cuando llegamos a El  Toboso, en que José Bento empezó a leernos, “estaba el pueblo en un sosegado silencio…”. Así titularía después una colección de poemas de asunto cervantino. Estuvimos en Infantes, Argamasilla de Alba, San Carlos del Valle, en La Torre de Juan Abad y, claro, en El Toboso. El día anterior, en una librería de Toledo, si no encontramos los papeles de Cide Hamete Benengeli sí hicieron un acopio de libros de literatura española, que los portugueses estiman y conocen muy bien.

José Bento, con Francisco Belard, año 2000

José Bento, hombre amable, discreto, y trabajador esforzado, tradujo también el Quijote en 2004, obra que hizo decir al escritor portugués Almeida Faria que “es una traducción bella, excelente y fiel”.

En lo que ahora es una ciudad dormitorio, Mem Martins, entre Lisboa y Sintra, alejado del mundanal ruido, seguía escribiendo, leyendo, siempre alerta, con una delicadeza especial que su amable mirada azul. Era el perfecto compañero de viaje, en el sentido más noble de la palabra, para recorrer España y Portugal, sus pueblos y sus letras. Su rigor lingüístico, su buen gusto literario, eran de una especial, considerable importancia, que se plasmaron en sus traducciones.

Su poesía es difícil, a veces fría, a menudo enigmática, tan enigmática como es la vida, lo que infunde en el lector atento una sensación más alta, más espiritual, como un deseo de meditación. En sus poemas resaltan también las sombras, esas sombras que añaden resalte a los objetos e ideas; palabras que tiene varios significados, con sus claros y sus sombras, como la propia vida. Así como la luz del alba y la del crepúsculo destacan los volúmenes, los perfiles. Pero, efectivamente, son más difíciles de delimitar pues derivan de la luz. Pero también sus poemas son como cristales de aumento sobre sensaciones que si no desaparecerían de nuestra vista.

No son poemas para leer una vez (como nunca lo es un buen poema, al que siempre hay que volver porque depende hasta del estado de ánimo del lector para adentrarse más o menos en él). Es también difícil porque no es narrativa y es más de sentimiento y pensamiento que de comunicación. Bento recupera, rescata palabras portuguesas casi olvidadas en el lenguaje corriente. En su poesía hay mucho de ensueño e introspección, además de evocaciones del pasado cultural, de la Biblia y de la música.

Su colección O enterro do Senhor de Orgaz es la mejor reflexión lírica sobre esta pintura. Es una auténtica ekphrasis en verso (que es la descripción de una obra de arte como ejercicio retórico, la descripción verbal de una pintura a menudo hecha por medio de un poema). Se trata de una serie de diez largos poemas en verso libre, donde no solamente se describe la pintura sino que se deja hablar al Greco. Con esos versos, el libro de Gregorio Marañón (El Greco y Toledo), y el de Manuel B. Cossío, ya nos podemos adentrar en el mundo del pintor.

En otro libro, Sítios, nos ofrece el poeta sus versos más abiertos, hablando de lugares, aldeas y rincones. Difícil de encontrar, pues las tiradas son escasas y los libreros escogen lo más vendible.

Una curiosidad sobre José Bento me la contó él mismo. Hace muchos años escribió un libro o manual de contabilidad, muchas veces reimpreso, cuyos derechos de autor le han permitido tener unos ingresos complementarios para su vida cotidiana, que de poeta no se gana  mucho. Una profesión tan prosaica –contabilidad- que contrasta con la creatividad de un poeta o escritor la encontramos en numerosos casos, como T.S. Eliot, trabajando de bancario, Faulkner en una oficina de correos, Kafka en los seguros o García Hortelano como funcionario del Estado, entre centenares de ejemplos.

También ha dedicado poemas a Bilbao, Secuencia de Bilbao, donde hay muchas alusiones a su admirado Miguel de Unamuno. Pero también Andalucía (Arcos de la Frontera) y muchos pueblos de Ciudad Real.

La ciudad, como tal, le provoca versos y poemas, que recorren todas sus colecciones. Así, no resisto transcribir parte de un poema que debería ser leído por alcaldes y constructores: el poema a la destrucción de barrios y casas inmemoriales, algo que está sucediendo en todas las ciudades de España y Portugal, dejadas a la codicia y al mal gusto de los especuladores inmobiliarios (en Silabário):

Donde la ciudad a borbotones pierde su nombre

y el crepúsculo recupera la amplitud de sus pulsaciones

-entre tímidos arbustos, montones de chatarra,

patios donde los niños montan alegres campos de batalla-

fue derribada una casa:

                                    se abrió una herida

que nadie sabe cuánto le va a doler

al avaro coleccionista de imágenes recordadas

que con penosas búsquedas defiende su frágil patrimonio.

Ahí se borrarán las callejuelas para infligir avenidas,

paredes usurpadas hasta los cimientos

por la avidez de los edificios formulados por la regla del interés,

piedras queridas por manos y por miradas

yacen y callan sus inscripciones

de adolescencias y abandonos, de desvaríos y agonías.

(…)

O éste, que reivindica el universo, si no virgiliano, al menos acogedor, de los paisajes prístinos que van desapareciendo:

La ciudad es negra y crece hacia adentro

con calles cada vez menos de cada hombre,

donde nunca amanece y siempre está anocheciendo

-un atardecer tardío por la sangre que escurre de los anuncios luminosos.

Las casas que se elevan sofocan avenidas,

quiebran los vientos, apagan el sol entre sus brazos,

no multiplican las estrellas en sus techos de cemento,

oscurecen arboledas, y aliñan sólo frutos amargos de carbón.

El horizonte está más cerca por el humo envenenado

que abate las aves que intentan huir (…)

José Bento, de un iberismo no ideológico ni trasnochado, fue amigo de muchos poetas españoles, en especial de Eloy Sánchez Rosillo, su “excelente amigo”, del que tradujo Las cosas como fueron (magníficamente editado en bilingüe por Assirio & Alvim); si no supiéramos que Rosillo es español, no notaríamos que la versión de Bento es una traducción. Es, en mi opinión, una traducción de poesía –ese trabajo casi imposible- perfecta, invisible. Como dicen only poet can translate poet.

También era amigo de Carlos Bousoño, de Angel Crespo (nuestro gran especialista en las letras portuguesas), de su mujer, la también poeta y traductora, Pilar Gómez Bedate, y de Francisco Brines, entre otros muchos.

A pesar de su hispanismo, hay muy poca obra suya publicada en España. El Entierro fue publicada en El Ferrol en 1986, pero poco más. Tampoco tenemos constancia de que los medios españoles se hayan hecho eco de su desaparición; pero aun hay tiempo, paciencia, alguien lo recordará.

Pero ni en Portugal, salvo el diario Público, le han dedicado mucho espacio –por ahora-. Así, Expresso se ha contentado con una breve nota de obituario, lo que aquí llaman un rodapié, y Jornal de Letras con un tercio de página (que contrasta con la atención que prestan a otros escritores y poetas de menos envergadura). Esperemos que en las próximas semanas alguien se acerque a su obra.


El blog de Agustín Galán

Filosofía de la ignorancia

La pluma del cormorán

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La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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