El poeta José Bento (1932-2019)

14 noviembre, 2019

José Bento, quizás el hispanista más relevante de Portugal, ha muerto hace unas semanas, el 26 de octubre. Poeta, recibió muchos premios en ambos países. Pero ahora parece como si nadie le recordase en España, como si los premios bastasen y ya no hubiera que recordarlo más. Lo que además de ingrato es injusto, pues Bento ha dado a conocer nuestra poesía del Siglo de Oro, a Lorca, a Eloy Sánchez Rosillo, a Octavio Paz, y hasta a Ortega y Gasset y María Zambrano. Es difícil encontrar un poeta y escritor portugués que conociese mejor nuestras letras. Ha sido el perfecto embajador de nuestra poesía en el mundo lusófono.

Su trabajo inmenso de traductor ha impregnado también su propia obra, como a veces suele acontecer. ¿No decía Javier Marías hace poco en una entrevista a un medio portugués que trabajar en la traducción literaria es la mejor escuela de escritura? En muchos poemas se trasluce un clasicismo que evoca la poesía española y a  portuguesa de siglos pasados, sin caer en la nostalgia ni el pastiche.

Recuerdo en 2000, cuando hicimos un viaje cervantino con otros escritores y poetas portugueses como Hélia Correia, Maria Fernanda de Abreu, Francisco Belard y Casimiro de Brito, bajo un cielo invernal siempre azul, los kilómetros por las rectas carreteras de La Mancha se nos hicieron muy agradables hablando de Cervantes, de literatura y de poesía tanto españolas como portuguesas.

Cuando llegamos a El  Toboso, en que José Bento empezó a leernos, “estaba el pueblo en un sosegado silencio…”. Así titularía después una colección de poemas de asunto cervantino. Estuvimos en Infantes, Argamasilla de Alba, San Carlos del Valle, en La Torre de Juan Abad y, claro, en El Toboso. El día anterior, en una librería de Toledo, si no encontramos los papeles de Cide Hamete Benengeli sí hicieron un acopio de libros de literatura española, que los portugueses estiman y conocen muy bien.

José Bento, con Francisco Belard, año 2000

José Bento, hombre amable, discreto, y trabajador esforzado, tradujo también el Quijote en 2004, obra que hizo decir al escritor portugués Almeida Faria que “es una traducción bella, excelente y fiel”.

En lo que ahora es una ciudad dormitorio, Mem Martins, entre Lisboa y Sintra, alejado del mundanal ruido, seguía escribiendo, leyendo, siempre alerta, con una delicadeza especial que su amable mirada azul. Era el perfecto compañero de viaje, en el sentido más noble de la palabra, para recorrer España y Portugal, sus pueblos y sus letras. Su rigor lingüístico, su buen gusto literario, eran de una especial, considerable importancia, que se plasmaron en sus traducciones.

Su poesía es difícil, a veces fría, a menudo enigmática, tan enigmática como es la vida, lo que infunde en el lector atento una sensación más alta, más espiritual, como un deseo de meditación. En sus poemas resaltan también las sombras, esas sombras que añaden resalte a los objetos e ideas; palabras que tiene varios significados, con sus claros y sus sombras, como la propia vida. Así como la luz del alba y la del crepúsculo destacan los volúmenes, los perfiles. Pero, efectivamente, son más difíciles de delimitar pues derivan de la luz. Pero también sus poemas son como cristales de aumento sobre sensaciones que si no desaparecerían de nuestra vista.

No son poemas para leer una vez (como nunca lo es un buen poema, al que siempre hay que volver porque depende hasta del estado de ánimo del lector para adentrarse más o menos en él). Es también difícil porque no es narrativa y es más de sentimiento y pensamiento que de comunicación. Bento recupera, rescata palabras portuguesas casi olvidadas en el lenguaje corriente. En su poesía hay mucho de ensueño e introspección, además de evocaciones del pasado cultural, de la Biblia y de la música.

Su colección O enterro do Senhor de Orgaz es la mejor reflexión lírica sobre esta pintura. Es una auténtica ekphrasis en verso (que es la descripción de una obra de arte como ejercicio retórico, la descripción verbal de una pintura a menudo hecha por medio de un poema). Se trata de una serie de diez largos poemas en verso libre, donde no solamente se describe la pintura sino que se deja hablar al Greco. Con esos versos, el libro de Gregorio Marañón (El Greco y Toledo), y el de Manuel B. Cossío, ya nos podemos adentrar en el mundo del pintor.

En otro libro, Sítios, nos ofrece el poeta sus versos más abiertos, hablando de lugares, aldeas y rincones. Difícil de encontrar, pues las tiradas son escasas y los libreros escogen lo más vendible.

Una curiosidad sobre José Bento me la contó él mismo. Hace muchos años escribió un libro o manual de contabilidad, muchas veces reimpreso, cuyos derechos de autor le han permitido tener unos ingresos complementarios para su vida cotidiana, que de poeta no se gana  mucho. Una profesión tan prosaica –contabilidad- que contrasta con la creatividad de un poeta o escritor la encontramos en numerosos casos, como T.S. Eliot, trabajando de bancario, Faulkner en una oficina de correos, Kafka en los seguros o García Hortelano como funcionario del Estado, entre centenares de ejemplos.

También ha dedicado poemas a Bilbao, Secuencia de Bilbao, donde hay muchas alusiones a su admirado Miguel de Unamuno. Pero también Andalucía (Arcos de la Frontera) y muchos pueblos de Ciudad Real.

La ciudad, como tal, le provoca versos y poemas, que recorren todas sus colecciones. Así, no resisto transcribir parte de un poema que debería ser leído por alcaldes y constructores: el poema a la destrucción de barrios y casas inmemoriales, algo que está sucediendo en todas las ciudades de España y Portugal, dejadas a la codicia y al mal gusto de los especuladores inmobiliarios (en Silabário):

Donde la ciudad a borbotones pierde su nombre

y el crepúsculo recupera la amplitud de sus pulsaciones

-entre tímidos arbustos, montones de chatarra,

patios donde los niños montan alegres campos de batalla-

fue derribada una casa:

                                    se abrió una herida

que nadie sabe cuánto le va a doler

al avaro coleccionista de imágenes recordadas

que con penosas búsquedas defiende su frágil patrimonio.

Ahí se borrarán las callejuelas para infligir avenidas,

paredes usurpadas hasta los cimientos

por la avidez de los edificios formulados por la regla del interés,

piedras queridas por manos y por miradas

yacen y callan sus inscripciones

de adolescencias y abandonos, de desvaríos y agonías.

(…)

O éste, que reivindica el universo, si no virgiliano, al menos acogedor, de los paisajes prístinos que van desapareciendo:

La ciudad es negra y crece hacia adentro

con calles cada vez menos de cada hombre,

donde nunca amanece y siempre está anocheciendo

-un atardecer tardío por la sangre que escurre de los anuncios luminosos.

Las casas que se elevan sofocan avenidas,

quiebran los vientos, apagan el sol entre sus brazos,

no multiplican las estrellas en sus techos de cemento,

oscurecen arboledas, y aliñan sólo frutos amargos de carbón.

El horizonte está más cerca por el humo envenenado

que abate las aves que intentan huir (…)

José Bento, de un iberismo no ideológico ni trasnochado, fue amigo de muchos poetas españoles, en especial de Eloy Sánchez Rosillo, su “excelente amigo”, del que tradujo Las cosas como fueron (magníficamente editado en bilingüe por Assirio & Alvim); si no supiéramos que Rosillo es español, no notaríamos que la versión de Bento es una traducción. Es, en mi opinión, una traducción de poesía –ese trabajo casi imposible- perfecta, invisible. Como dicen only poet can translate poet.

También era amigo de Carlos Bousoño, de Angel Crespo (nuestro gran especialista en las letras portuguesas), de su mujer, la también poeta y traductora, Pilar Gómez Bedate, y de Francisco Brines, entre otros muchos.

A pesar de su hispanismo, hay muy poca obra suya publicada en España. El Entierro fue publicada en El Ferrol en 1986, pero poco más. Tampoco tenemos constancia de que los medios españoles se hayan hecho eco de su desaparición; pero aun hay tiempo, paciencia, alguien lo recordará.

Pero ni en Portugal, salvo el diario Público, le han dedicado mucho espacio –por ahora-. Así, Expresso se ha contentado con una breve nota de obituario, lo que aquí llaman un rodapié, y Jornal de Letras con un tercio de página (que contrasta con la atención que prestan a otros escritores y poetas de menos envergadura). Esperemos que en las próximas semanas alguien se acerque a su obra.


Contra las elecciones, la propuesta de Van Reybrouck.

9 noviembre, 2019

El experimento de la ciudad belga de Eupen ha  puesto en práctica las ideas de David Van Reybrouck (Brujas, 1971). Van Reybrouck, especialista en historia cultural, en su obra Contra las elecciones analiza los defectos palmarios de nuestros sistemas representativos, basados en la elección y por qué están suscitando un rechazo de gran parte de la población. La crítica cada vez más virulenta de los Parlamentos, de los diputados, de los partidos tradicionales, la vemos en muchos países y no sólo en España. Aquí, la propagación como mancha de aceite de la corrupción, que se ha dado sobre todo en las Comunidades Autónomas y en los ayuntamientos, ha apartado aún más a los ciudadanos de quienes deberían representarles y defenderles.

Se denigra indiscriminadamente a los políticos por los populistas y los antidemócratas. Así, en Cataluña donde violar la Constitución española, atacar los Tribunales, las leyes, es el discurso habitual de la Generalitat. Igual que los fenómenos de Orban y Salvini. Los escoceses son diferentes –no han cruzado esa línea roja- y en su continencia se nota su tradición filosófica y política que viene desde su eximia Ilustración escocesa de los siglos XVII y XVIII.

Las redes sociales, propensas al insulto y la descalificación, no son menos inanes y los chistes, críticas infundadas y falsedades sobre los políticos son muletillas habituales de los ‘graciosos’ oficiales, ya aburridas por reiterativas. Como dice Van Reybrouck, “se ha instaurado una atmósfera de denigración permanente” de los Parlamentos y casi del propio sistema democrático.

¿Qué está fallando?.-

El sistema político democrático actual, es insuficiente e imperfecto, centrado en los partidos y basado en las elecciones, como lo demuestran los acontecimientos que sacuden todas las democracias occidentales, las que disponen de una Constitución y de un Parlamento. La crisis económica y financiera ha exacerbado esa alienación de la sociedad respecto a sus representantes parlamentarios. Las medidas tecnocráticas de las instituciones supranacionales, entre ellas de la Comisión Europea, no hicieron sino agravar esa distancia y crear más resentimiento.

Van Reybrouck apunta tres tipos de diagnósticos, con sus respectivas propuestas, sobre esta crisis del sistema representativo: el populista, el técnico o tecnócrata y el activista demócrata. El populista considera que la culpa es de los políticos profesionales. Los partidarios de la tecnocracia proponen sustituir los políticos por técnicos, prefiriendo la eficacia a la representatividad; de hecho, ya hay muchas decisiones soberanas que dependen más de los técnicos que de los parlamentos, como se ve con las entidades supranacionales como el FMI o el Banco Central  Europeo. Los partidarios de la democracia directa achacan todo al parlamentarismo, como hicieron los del 15-M o los de Occupy Wall Street, con su “no nos representan”, pero no han pasado de la manifestación en sí.

El diagnóstico de nuestro autor es que es un problema del sistema electoral, de ese “fundamentalismo electoral”, un artículo de fe que nadie quiere revisar y que está produciendo una “fatiga democrática” que se extiende por todas las sociedades, con tasas de abstención altas y desinterés creciente. Esta especie de fundamentalismo, dice, ha llevado a querer implantar en muchos países de Africa y de Asia este sistema electoral, “una especie de kit Ikea de la democracia”, mientras se relegan formas y estructuras de decisión y mediación ancestrales que eran bastante útiles y eficaces y tenían la legitimidad de las poblaciones.

La eterna cantinela sobre la falta de líderes (¿por qué no usar el tan castellano adalid?) es una falsa ruta, un debate errado. No necesitamos carisma, sino identificarnos con políticas y no con “programas envasados” con fecha de caducidad incluso, según las modas (ahora todos tienen que incluir el ingrediente ambiental, por ejemplo, de manera meramente retórica). Necesitamos empatía, conocerlos directamente, poder hablar con los diputados, concejales y alcaldes, hoy por hoy alejados del mundanal ruido, altivos, distantes, inabordables. No deja de ser curioso que los movimientos sociales recientes sea en Hong Kong, Chile, Barcelona, o en París (gilets jaunes), no tengan adalides conocidos, visibles –el famoso ‘interlocutor válido’- sino que se sirvan sobre todo de aplicaciones de internet.

El fenómeno es general y se habla de una sociedad post-democrática (Van Reybrouck cita a Colin Crouch), en la que la brecha, la separación entre Estado e individuo se ha hecho mucho más ancha. Ello es debido a la creciente debilidad e incluso a la extinción de la sociedad civil como protagonista cotidiana de la vida social, ciudadana, agraria que, según nuestro autor, está produciendo una deriva oligárquica de los grandes partidos por haber consagrado el voto como única y exclusiva herramienta de la democracia, un “Santo Grial de la Democracia”.

Para él, las elecciones por sí solas, como sistema de representación son una herramienta superada, como el globo montgolfier o la diligencia, son necesarias, pero no suficientes, “son el combustible fósil de la política: antes, estimulaban la democracia, pero hoy engendran problemas gigantescos y nuevos (…) hay que desengancharse de las elecciones como único sistema de preservar y consolidar la democracia”.

Posibles soluciones.-

Van Reybrouck propone otra cosa. Resumiendo la historia antigua y medieval, recuerda que ha habido otros sistemas de representación no electorales: los puestos representativos eran sorteados en la Atenas de Pericles con el Consejo de los Quinientos, como después en algunas ciudades-Estado italianas e incluso en el antiguo reino de Aragón, con la insaculación. Cita a Tocqueville, quien se quejaba de que el sistema francés “democrático” no garantizase una real participación del pueblo, a pesar de poner el acento en la soberanía popular, e hizo “una de las primeras críticas fundadas a la democracia representativa”.

Recuerda que el sistema electoral “no fue concebido inicialmente como un instrumento democrático, sino como un procedimiento que permitía llevar al poder a una nueva aristocracia no hereditaria” (porque se combinaba con el sistema censitario; por ejemplo, en Francia sólo uno de cada 160 ciudadanos tenía derecho al voto). Todos estos sistemas electorales eran para el pueblo, pero no del pueblo.

Van Reybrouk analiza las modernas soluciones participativas que se inspiran en las tesis de John Rawls y Jürgen Habermas sobre la necesidad de mayor participación ciudadana a fin de legitimar mejor la democracia. Se trata de la “democracia deliberante”, como son las experiencias en algunos Estados norteamericanos gracias al impulso de James Fishkin en 1996. Ciudadanos escogidos al azar debatieron los principales asuntos en pequeños grupos y en medianas y grandes asambleas. Estos nuevos sistemas de participación se han instituido en Alemania, con las ‘células de planificación’, en Dinamarca, con los ‘consejos tecnológicos’ o en Francia con el Conseil National de Débat Public, por ejemplo, aunque hay muchos modelos por el mundo, incluso en China. Normalmente, estos consejos tratan de asuntos ambientales y de infraestructuras. En estos modelos, se tiene cuidado en elegir al azar las personas, teniendo en cuanta su origen social, geográfico, el sexo y la edad, entre otros factores.

El autor examina los diversos modelos de consulta, aunque critica el uso del referéndum que, dice, no tiene nada que ver con la democracia deliberante, pues aunque están cercanos, en el referendum se pide a los ciudadanos que voten sobre un tema sobre el que no están perfectamente informados. Así, menciona los referéndums sobre la Constitución europea en Holanda y Francia, o los de Escocia y Cataluña. En el referéndum se vota sobre todo con la emoción, de manera sobre todo reactiva, no bien deliberada. Suelen ser divisivos y no es casual que Franco lo haya utilizado reiteradamente.

Se necesita una profunda reforma electoral y, por tanto, constitucional, pero los partidos se aferran a los viejos sistemas. Tanto en España como en Portugal, por ejemplo, han fracasado todos los intentos de reforma. Los partidos siguen prefiriendo nutrir sus listas electorales acudiendo a su vivero interno (exactamente: un invernadero, aislado de la atmósfera, del campo abierto), en el seno de sus militantes (palabra que habría que desterrar del lenguaje político), sin dar cabida a nadie de fuera del aparato.

Las listas bloqueadas agravan el problema, debiendo el elector por votar por el ‘paquete’, un auténtico forfait como en esos viajes turísticos ‘todo incluído’. Es todo lo contrario de esa democracia participativa que preconizan Van Reybrouck y muchos otros pensadores  y politólogos.

Propuesta.-

La democracia deliberante no sustituye sino que complementa a la representativa, habiendo incluso propuestas de mezclar la composición de los Senados (senadores elegidos y otros escogidos por sorteo) o de crear una tercera cámara. El problema es aunar la legitimidad con la eficacia en la toma de decisiones pero en todo caso el sistema de incluir ciudadanos al azar (parecido a los jurados) sería una excelente escuela de democracia y responsabilidad cívica. Sirve desde para preparar y aprobar una determinada ley hasta para mejorar y profundizar las deliberaciones en decisiones importantes, como el aborto, el medio ambiente, Unión Europea, autonomías, etc. Naturalmente, los ciudadanos elegidos al azar disponen de apoyo técnico para tomar sus decisiones, como los diputados.

En conclusión, Van Reybrock propugna un sistema bi-representativo, sopesa los argumentos en contra –muchos de los cuales son muy parecidos a los que en el siglo XIX servían para defender el voto censitario-. La crisis en muchas democracias europeas se debe precisamente a ese sentimiento de exclusión y alienación que tienen los ciudadanos frente a los políticos profesionales, a los partidos convertidos en meras máquinas electorales y de marketing.

A modo de reflexión crítica.

La propuesta de Van  Reybrouck tiene, a mi modo de ver, algunos puntos débiles:

  • No desmonta ni merma el poder de las instituciones tecnocráticas, supranacionales (FMI, Banco Mundial, BCE, etc), que siguen sin tener un contrapeso parlamentario o representativo efectivo.
  • Los comités o consejos de consulta son creados, evidentemente, por el propio Estado, es decir dependenden de su buena voluntad y de que acepte sus propuestas.
  • La sociedad civil no revive por el sistema de sorteo, aunque pueda influir algo. Así, ni asociaciones de vecinos, ni sindicatos cobran más relevancia en las decisiones.
  • La propuesta de sorteo es como una especie de “cuidado paliativo” de la democracia periclitante y, en cierto modo, una especie de refuerzo de su legitimidad sin poner en duda la alienación de los partidos respecto a la sociedad y los ciudadanos, manteniendo una cierta ilusión de que la democracia pequeño burguesa puede seguir existiendo tal como es, con cambios cosméticos.
  • Fragmentación y localización de las decisiones en función de territorios, grupos de poder e influencia.
  • Digamos que sería una reforma necesaria, pero no suficiente. También me temo que ni alcaldes ni diputados, y menos los Consejeros de Comunidades Autónomas tendrán simpatía alguna por una herramienta que les restará protagonismo, es decir, que les quitará el monopolio.
  • Falta quizá poner el acento en la necesidad de transparencia en las administraciones, a través, por ejemplo, de Auditorías sociales (Marta Harnecker), para impedir la corrupción. Para estas auditorías el sorteo podría ser una buena solución.

En cualquier caso, deben ser los demócratas quienes tomen la iniciativa del cambio, no los populistas ni los nacionalistas que lo que quieren es destruir todas las herramientas de la democracia, “tirando el agua sucia con el niño dentro” y menospreciando completamente el sistema bajo el pretexto de defender al ‘pueblo’ (nótese que cuanto más se habla de pueblo, más se le suele despreciar).

Con un excelente estilo, muy bien escrito, este libro es una reflexión necesaria que desearíamos que los políticos leyesen, si tuvieran tiempo en su afanosa vida, y sus campañas a base de slogans les dejasen tiempo.

Contre les élections, Ed. Actes Sud, 2014. Traducción española: Contra las elecciones, Taurus, 2017.

[Van Reybrouck ha escrito numerosos libros y artículos, particularmente un extraordinario libro sobre el Congo y otro sobre el científico surafricano Eugène Marais, a quien se sospecha plagió profusamente el escritor belga Maurice Maeterlinck, De plaag, Le fléau, La plaga.]


As montras em execução, los escaparates de alfarrabistas lisboetas.

5 noviembre, 2019

Montra em execução y volto jà, son los dos letreros más famosos de los escaparates portugueses, hacen nuestra delicia, excitan nuestra curiosidad e incitan a ese deporte urbano que es pasear mirando escaparates, eso que los americanos llaman window shopping. En las librerías de lance los escaparates son importantes, aunque no imprescindibles.

Libros viejos, óleo del autor.

Los alfarrabistas, como son llamados los libreros de viejo o de lance en Portugal, siempre tienen los escaparates en ejecución, es decir, as montras em execução. Y tienen razón pues, por definición, el escaparate de una librería debe estar en constante cambio, nunca terminado, nunca inmóvil.

Esta curiosa palabra viene de alfarrábio, libro viejo o cartapacio. Lo que quizás llamaríamos nosotros mamotreto (livro de apontamentos, según el Diccionario Español-Portugués de Manuel do Canto e Castro Mascarenhas Valdez, Lisboa, 1866; el primer diccionario bilingüe publicado tras la restauración de la independencia nacional en 1640, tras más de dos siglos ignorándose).

Las montras o escaparates deben cambiar a menudo porque los libros cambian cada semana, cada día, a tenor de los caprichos de los buscadores empedernidos. En Madrid, donde residía, hay librerías históricas como Marcial Pons, en la plaza del Conde del Valle de Suchil, cuya disposición escaparatista no ha cambiado desde hace medio siglo, con una clara separación entre los libros de historia de España, la de otros países y, junto a la entrada, a la izquierda, unas cuantas novedades en idiomas extranjeros. Pero los títulos y volúmenes son cambiados al menos una vez por semana, manteniendo la novedad, incitando a la compra, a ese vice impuni, la lecture (no es casual que Valéry Larbaud fuera un amante de Portugal. Seguro que fatigó las librerías lisboetas). En Lisboa, donde todavía resisten bastantes libreros de viejo, sus escaparates son siempre atractivos, incitantes.

Así, la librería de Bernardo Trindade en la rua do Alecrim (la calle del romero), esa que baja en cuesta pronunciada desde la plaza de Camões hacia el Cais do Sodré, hacia el Tajo. El escaparate, pequeño, cambia según las nuevas adquisiciones y con una lógica por temas: cine, automóviles, Angola, cocina y culinaria (me niego a decir ‘gastronomía’, palabreja que me recuerda la gastroenteritis).

Quince metros más abajo está la librería de António Trindade, librero y anticuario de una vieja familia de Alcobaça. Su escaparate, su montra, es siempre suntuosa, con libros impresionantes y alguna obra de arte. Cambia el escaparate, pero no se puede decir que sea una montra em execução.

Recuerde el viandante que más abajo estaba el Hotel Bragança, desaparecido como tantos lugares de Lisboa sacrificados al turismo de masas y cruceros para convertirlos en hostels o boutique-hotel (cursilería muy extendida). En el hotel Bragança se desarrollaba gran parte de una de las mejores novelas de José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis, evocadora de ese heterónimo de Fernando Pessoa.

En el Campo de Ourique, en el 145 de la Rua Saraiva de Carvalho (Jurisconsulto 1839-1882), la librera Dona Crisálida Filipe también tiene su montra en permanente cambio, aunque ella favorece los temas coloniales, angoleños, y las estampas antiguas. Mi amigo Iñaki, luso portugués (luso español, quería decir), le ayuda de vez en cuando a organizar los libros, tarea imposible en ese magnífico desorden propicio al hallazgo sorprendente.

El escaparate de dona Crisálida, en la Livraria Moderna.

Otra montra em execução  permanente es la pequeña librería y bric-à-brac, de  Claudio, junto al Jardim da Parada en el barrio del Campo de Ourique. Claudio se ha instalado en lo que fue una tienda de fotografía, es amante del cine y muy a menudo vemos en su escaparate libros sobre el séptimo arte. Pero también una biografía de algún rey inglés, o un libro del oscuro escritor Rui Vaz de Cunha. Este escritor escribió varios libros ya olvidados. Uno, creo recordar que el dedicado al pintor Daniel Vázquez Díaz –del que se vendieron dos ejemplares de los 500 que mandó imprimir en Jabugo, Huelva –, estaba lugar de honor en esa permanente montra em execução. El tal Rui –converso y judaizante, sospecho- mandó imprimir ese libro en la jamonera villa, a su coste, pues ninguna editorial lo aceptó. Probablemente pensó que el último lugar donde la policía religiosa lo iba a buscar era un pueblo donde se producían cosas del cerdo, alimento prohibido a judíos.

Libros en Galileu, cortesía de Caroline Tyssen

Pero dejemos esta digresión y lléguese el amante de los libros a Cascais, a la Livraria Galileu, uno de los últimos puertos de abrigo en esta villa que sucumbe hoy en medio del tráfago mundano y las tiendas de chucherías turísticas que se han cargado la otrora amable calle principal. Caroline Tyssen va cambiando el escaparate, de dos hojas, muy grande, y lo convierte en una obra de arte que incita al bibliófilo a entrar inmediatamente. A veces es la pintora Paula Rêgo, a veces Tintin y Hergé, otras, libros ingleses, de historia, literatura, siempre interesante. Nuno Oliveira y Caroline Tyssen fundaron esta librería en 1972, que se convirtió desde entonces en un icono cultural de esta ciudad costera y también en un espacio de libertad y debate.

Pero también hay librerías sin escaparate, como la Bizantina, en la rua da Misericordia, cerca ya de São Roque, donde hay que entrar para ver el mostrador, la mesa, donde el señor Bobone, otro librero veterano, va cambiando los libros a diario: banca em execução permanente.

Dicho esto, los libros más interesantes que he encontrado lo han sido dentro de las librerías, rebuscando, husmeando en los estantes, revolviendo en las pilas polvorientas. Las librerías son la gracia de las ciudades, sus islas del tesoro, el pretexto del paseo.


Jorge de Sena (1919-1978), poeta portugués

13 octubre, 2019

El desequilibrio de la Balanza comercial hispano portuguesa es revelador. Portugal compra a España el doble de lo que le vende[1].

Del mismo modo, en la misma o mayor proporción, hay un enorme déficit cultural así como un gran desequilibrio editorial. Los periódicos y los libros españoles están por doquier en librerías y quioscos en Lisboa y Oporto. Intenten encontrar un diario o un libro portugués en Madrid, ¡buena suerte! En materia de poesía es aún más evidente; e injustificado, pues el lector español atento podría leer el portugués sin casi precisar de traducción, porque se pueden apreciar perfectamente, el ritmo, el acento, la sonoridad de la poesía portuguesa.

Así sucede con el poeta, escritor y ensayista Jorge de Sena, una persona independiente, libre y, como tal, inconfortable, poco conocido en España.

¿Cómo apreciamos hoy a Jorge de Sena? De un lado, resaltemos una serie de paralelismos históricos con nuestro país. El fue un exiliado voluntario la dictadura salazarista. Tras el 25 de abril de 1974 ya no volvería, falleciendo en los Estados Unidos.

Hay dos Senas, el de consumo inmediato con sus poemas de intervención o imprecación, de proclamas, y el poema sereno, lento, más duradero.

Su poesía civil, escrita en un contexto político internacional de hace más de cuarenta años, podría ser considerada por algunos algo pasada, pero nos sirve para descubrir mejor su personalidad como alguien políticamente comprometido y siempre independiente de capillas y partidos.

Para tener una visión completa de Sena hay que leer su poesía completa, que es como leer su autobiografía. Incluso con ese tremendo, amargo, Epitafio, escrito –muy prematuramente- en 1953, que termina:

Por eso fui amado con lágrimas y llantos

del mucho amor que a la nada se dedica.

Nada fui, de mí no queda nada.

Y lo que no merezco es lo que me queda.

Si en mis lugares, no obstante, me buscáseis

la nada que encontraréis

soy yo y mi vida.

En España es sólo conocido, significativamente, por su novela Señales del fuego, un relato de su educación sentimental y política con el trasfondo de la guerra civil española, que tanto interés –algo morboso, me parece- sigue suscitando en Portugal. Personalmente, pienso que no es su mejor novela y prefiero sus ensayos y su poesía[2].

¿Cuál es el propósito de Sena? El mismo nos lo dijo en un prefacio de 1960: expresarnos responsablemente, prestar testimonio del mundo que nos rodea, “sacrifiqué alabanzas, posición y algo más (…) por la dignidad de nuestra época”.

Enlaza con Camões, de quien fue no sólo admirador, sino un gran experto, entre muchos en su poema sobre Mozambique, así como en sus sonetos (por ejemplo, en As evidências.

La dimensión musical y la temática musical son un pretexto para su poesía de comunicación, que es también a la vez, de conocimiento. El sostuvo más la poesía como medio de conocimiento que como medio de representación. Así, America, America, I love you, o Ray Charles. Sus poemas sobre música unen el sentido y el sonido, como el magnífico Water music de Händel, que hay que leer en voz alta para apreciarlo en toda su dimensión lírica. Hay también en su poesía un ancho espacio para el erotismo, el deseo, adolescencia (Sinais de Fogo), como en sus Sete sonetos da visão perpétua, o los Post Metamorfose, Variação I e II; o en Pan-Eros.

Sena, gran cosmopolita, como tantos compatriotas suyos, vivió en varios países, sobre todo en Brasil y en Estados Unidos. Conocedor a fondo de la literatura anglo-sajona, también conocía muy bien Francia y la cultura francesa, como demuestra su admiración por Péguy y Paul Fort, por René Char, Valéry y muchos otros. Su familiaridad con la poesía francesa se evidencia en muchos poemas, por ejemplo en Chartres ou a pazes com a Europa. Pero también poseyó una gran cultura española –esa que tantos portugueses poseen frente a la poca cultura portuguesa de los españoles-, que se desvela en poemas sobre Goya o la Mezquita de Córdoba.

Gran versificador, maestro de la sonoridad y el ritmo incluso en sus versos libres, hay que leer y releer para mejor apreciar lo que está detrás de sus versos y estrofas. Pero sin anatomizar sus poemas ni diseccionarlos, que es algo parecido a una autopsia, esas “glosas escolásticas” que tapan más que iluminan.

Un cierto amargor se cuela a veces en sus poemas porque se sintió, con razón, algo relegado, como leemos en Exorcismos, 1972, Aviso de porta de livraria, o el tremendo O desejado túmulo, de 1971.

Es preciso que en España ahondemos en la literatura portuguesa más allá del tándem Pessoa-Saramago, esa hegemonía avasalladora que nubla a todos los demás poetas y escritores. Pessoa, incluso, para nuestra desgracia, se ha convertido en un reclamo turístico algo patético, con merchandising, objetos, camisetas e incluso una estatua en el Chiado de Lisboa que sirve para que se hagan fotos risueños turistas que no saben ni quién era. Algo parecido a esos ayuntamientos manchegos que se reclaman de Don Quijote, se inventan letreros y gastronomía, aunque se cuenten con los dedos de la mano los que han leído la novela.

No se trata de Jorge de Sena solamente, sino que hay muchos poetas portugueses prácticamente desconocidos en España, como Ruy Belo –que vivió en Madrid y escribió muchos poemas sobre esta ciudad-, e incluso Sophia de Mello Breyner, Ruy Cinatti, Herberto Hélder o Eugenio de Andrade, o el mismo Fernando Assis Pacheco, que conocía España su cultura, sus ciudades, sus vinos y comidas mejor que muchos de nosotros y no ha merecido apenas alguna reseña en nuestro país. Y también escritores, como Rodrigues Miguéis o Almeida Faria, el primero totalmente inédito y el segundo con muy pocas obras traducidas al español.

Queda en el tintero otro artículo sobre este desconocimiento primario de las literaturas de expresión portuguesa de que adolecemos en España, como sucede también con la brasileña, en parte porque fue excluída de nuestro “boom sudamericano” de hace medio siglo, que solamente se centró en los que escribían en español.


[1] Portugal vendió a España en 2017, por valor de 12.200 mil millones de euros y compró por valor de 24.200 mil millones de euros. Hay un déficit comercial muy elevado, y más si tenemos en cuenta que España es el primer proveedor (32% de la importaciones portuguesas vienen de España, frente al 14% de Alemania y 7,8% de Francia).

[2] La única Antología de poemas de Jorge de Sena publicada es de Martín López Vega, en Pre Textos, 180 páginas, 2013, y representa solamente el 10% de la obra poética del autor y, como todas las antologías, es necesariamente limitada y subjetiva.


La isla del último hombre, de Bruno de Cessole, un perturbador thriller sobre el terrorismo islámico

7 octubre, 2019


Reseñar un libro aún no publicado en España es posible en este blog particular, exento de todo compromiso editorial y sólo guiado por el gusto de la lectura.


El yihadismo de los musulmanes europeos es pasado a la lupa en esta novela sobre las investigaciones de un periodista francés experto en islamismo, y sus problemas subsiguientes con los servicios de seguridad francés y británico y con los terroristas.

Poner en evidencia la amenaza del islamismo radical parece que incomoda a muchos, como les incomoda que se denuncie el machismo, discriminación y desprecio de la mujer cuando los autores son musulmanes. Los mismos que denuncian con rapidez los crímenes machistas callan, disimulan o pasan un tupido velo (¡nunca mejor dicho!) cuando los autores son musulmanes. Y se obvia mucho la opresión legal, diaria, y mortal a veces, de la mujer en el mundo musulmán, resaltando sólo la que sufre en las sociedades occidentales, que no tiene comparación. Todos los días vemos también en los medios esa tendencia solapada a ocultar, escamotear o disimular la autoría de crímenes por motivos yihadistas. La última ha sido la del asesinato de cuatro policías franceses que los medios se apresuraron a calificaro de acto aislado de un “alucinado”. La investigación ha demostrado que era un acto de terrorismo islamista bien premeditado. O como se cubren los atentados en Alemania o Francia contra judíos, sinagogas y cementerios obra en su mayoría de radicales islamistas pero llamados con el genérico ‘acto antisemita’.


Pues bien, Bruno de Cessole (https://fr.wikipedia.org/wiki/Bruno_de_Cessole), periodista y escritor francés, pone en esta novela los datos reales en relieve. Como él nos dice, la trama y los personajes son ficción, pero los hechos, los datos sobre las barriadas donde prolifera el yihadismo, sus mensajes, son estrictamente reales, producto de una larga investigación.


El libro es muy perturbador y el lector se pregunta al final si este terrorismo tendrá fin algún día; entre otras razones por la inepcia y cobardía de los gobiernos europeos a enfrentarlo en todos sus campos: en el reclutamiento, en las mezquitas de los barrios, en las escuelas, en el rap, en el mundo de la inmigración musulmana donde el vacío de los valores republicanos y democráticos se hace sentir, como una isla enorme en medio de la democracia occidental.


El islamismo radical es un enemigo interno de la democracia y de la libertad por dos razones principales: primero, por lo que significa en sí mismo, su negación de los valores liberales, de separación entre política yreligión, de igualdad y tolerancia, segundo, por lo que provoca en la reacción xenófoba y populista europeas. Pero la lucha contra este cáncer en las sociedades occidentales debe ser protagonizada y dirigida por los demócratas, no por los populistas tipo Orban, Salvini o Vox.


El reclutamiento ideológico entre los inmigrantes de religión musulmana es particularmente grave pero los gobiernos miran para otro lado para no ser acusados de antiislamismo. Sería necesario que esta lucha fuera contemplada como un esfuerzo por consolidar la democracia y reprimir a cuantos la ponen en peligro, sean fascistas, sean islamistas. Pero los políticamente correctos sólo ponen el acento en la lucha contra los fascistas y dejan en sordina la amenaza islamista que se impone, por acción u omisión, a la mayoría de la inmigración musulmana en Europa.


Ésta es diseccionada en este libro: los llamados chibanis son aquellos primeros inmigrantes de los años 1945 al 1975, que se integraron bastante bien por el trabajo, hoy jubilados, pero muchos de cuyos nietos, nacidos en Francia, son los partidarios de la yihad. Los terroristas franceses de Trappes que van a partir a Siria lo dicen con mucha claridad:


“Hubieran querido integrarse, nuestros padres, hicieron todo lo posible, pero los franchutes sólo les han dado los trabajos peores, los que ellos no querían hacer. ¡Sólo buenos para la porquería y las basuras! ¡La libertad es para vosotros, no para nosotros, la igualdad, entre vosotros, los franchutes! Por eso nosotros pasamos de Francia, de la república y sus proclamaciones de mierda, somos nosotros los que no queremos nada de vosotros. ¡Tú no estás aquí en tu casa, estás en Argelia, en Marruecos, en Túnez, en Turquía, en Mauritania, en Libia, en Mali, en Burkina, pero no estás en tu Francia!”


En otro momento, estos yihadistas, crudamente le dicen al periodista:


“Te equivocas, chaval, dijo Sufian, con una siniestra sonrisa (…) todos los años yo degüello corderos para el Aid, tengo mano, degollar un infiel no es más difícil y no me plantea ningún problema, con la ayuda de Alá”.


El resumen y pronóstico del periodista Saint-Réal sobre el empuje salafista en Europa en el seno de la inmigración musulmana es muy pesimista:


“Sabía que las mayorías son pasivas y fácilmente manipulables. Y se daba cuenta de que los musulmanes más pasivos aceptarían, de mejor o peor gana, la ley del más fuerte si los salafistas alcanzaban su objetivo, si no en el conjunto del país, al menos en ciertos territorios. Entre su lealtad a las leyes de la República y la solidaridad islámica, no dudarían por mucho tiempo”.
Nada es casual ni fortuito en esta novela, ni siquiera el cinismo con que los servicios MI6 (seguridad exterior británica) ni la DGSI francesa tratan del asunto, no dudando en sacrificar o quemar agentes, expulsarlos o maltratarlos, como sucede con la agente británica Deborah McRuari, la otra protagonista de esta novela.


Las descripciones de las banlieues, de los personajes, de las ciudades como Aleppo –hace unos meses, en manos del ISIS- o Beirut son exactas y completamente actuales. El personaje del periodista Saint-Reál, stendhaliano (de temperamento conservador e ideas progresistas), algo ambiguo –simpatizante casi de la causa islámica- y al final demasiado ingenuo, responde a ese particular carácter que encontramos en la literatura francesa, culto, desencantado y cosmopolita. Las escenas de caza en la remota isla escocesa de Jura –donde se refugió George Orwell unos meses para escribir- son nítidas y bellas. No en vano, De Cessole ha sido también cazador y conoce bien de lo que escribe. El recurso a la remota Escocia ya ha sido explotado en la literatura negra, desde el mítico 39 escalones de John Buchan, y muchas otras novelas de espionaje inglesas.


No puede ser más oportuno este libro tan revelador cuando estamos viendo ahora en las pantallas una especie de compasión por los yihadistas del ISIS y sus familias que están prisioneros en campos de detención. Como si sus esposas fueran unas inocentes que “no sabían nada” de las actividades de sus “benditos” esposos. El sentimiento de culpa occidental y una cierta cobardía racional y de actos para enfrentarse con claridad al mensaje retrógrado de una parte del Islam, proliferan en nuestras acomplejadas sociedades.

Este libro entiendo que podrá molestar a los servicios oficiales, dejados al desnudo en su oportunismo y su rivalidad. Daría también para un guión cinematográfico.


Ha sido presentado en París hace unas semanas y esperemos que lo sea pronto en España y que sea traducido con prontitud, pues aún estamos bastante en la inopia, con un cierto buenismo y ese miedo cerval a ser considerados racistas o de Vox, en lo que se refiere a la comprensión del peligro del islamismo radical y el salafismo.


L’île du dernier homme, de Bruno de Cessole, 424 págs., Éditions Albin Michel, 2019. ISBN 978-2-22644196-6


Judas, por Amos Oz, para entender mejor Israel

30 septiembre, 2019

¿Qué es la traición? ¿Qué es un traidor? ¿Quién lo es?

Estas son las tres preguntas que sobrevuelan el libro del escritor israelí.

Oz desapareció hace un año y ya había abordado la ambigua situación del disidente considerado como traidor. Así empieza su novela, Una pantera en el sótano: “a menudo me han tildado de traidor, en mi vida”.

El tema no es en absoluto nuevo, lo que lo hace precisamente mucho más difícil de abordar, y más en el contexto de la vida de Israel y su reconocimiento como Estado.

En Judas se habla de la traición de Judas, de Shaltiel Abravanel, un disidente judío ante el establecimiento del Estado de Israel –que fue considerado traidor por muchos judíos-, y además hay otros relatos entrelazados. El más inmediato son los meses en la vida de un estudiante desencantado que va de Haifa a Jerusalén y cuida de un anciano, al tiempo que se enamora de la nuera de éste, viuda de un combatiente muerto ignominiosamente en la guerra de 1948. El lugar es Jerusalén en 1961, cuando solamente una cuarta parte de la ciudad era israelí. La vida cotidiana de Shmuel, sus sueños, su eterna inseguridad y timidez casi paralizantes, sus recuerdos de Haifa y la rara relación con sus padres y con su hermana,

El segundo relato o nivel trata del amor, de si existe, primero, y de si podemos distinguir el amor pasión del amor al prójimo. El amor de Judas por Jesús, la desesperación del abandono, del destierro, de las despedidas. Una versión de Judas Iscariote que ha chocado a judíos y cristianos que han leído el libro

El tercer nivel de comprensión es qué significa Israel como Estado, por qué debe existir –o no-, quiénes se sienten isaraelíes y quiénes solamente judíos, aunque tengan el pasaporte, o, incluso, simplemente hebreos.  Qué hay de victimismo, de error, de arrogancia, fuerza, dureza o crueldad al crearse un Estado, un poder real, civil y militar. Cómo se sienten las diferentes generaciones, sobre todo los que vinieron a Palestina con el sueño sionista, socialista, heredado en gran parte de los movimientos revolucionarios rusos, ucranianos, alemanes y polacos, de donde procedía la mayor parte de la primera inmigración, antes de 1936, sus actitudes diversas ante la población árabe.

El cuarto nivel es solamente una conjetura, un misterio. Cuál es el significado de Jesús, el judío, en el mundo judío de entonces y después, como personificación de otra religión, la cristiana.

Oz indaga sobre qué puede justificar las masacres históricas, la Inquisición, los pogroms, el holocausto y la expulsión violenta de gran parte de la población árabe del antiguo Mandato Británico en la guerra de 1948.

En todo el libro planea la duda, la incertidumbre, pues Amos Oz, judío laico, no creyente, es, sin embargo un muy buen conocedor de la tradición cultural y mística judías –léase Los judíos y los libros, escrito junto con su hija Fania Oz-Salzberger. La duda, el rechazo a una sola posible interpretación es precisamente el alma misma del Talmud que incluye todas las discusiones, apostillas, críticas, a cualquier interpretación dogmática de los textos religiosos. El Talmud es la negación del dogma como tal y es una crítica, por consiguiente, a los que se consideran poseedores de la verdad única, universal, total.

De los cuatro personajes de esta novela, uno ya está muerto, Shaltiel Abravanel. Pero, junto con los tres vivos, Shmuel Ash, Atalia Abravanel y Gershom Wald, cada uno mantiene una posición diferente, piensa de forma distinta. Wald y Shaltiel, anciano uno, difunto el segundo, encarnan esa sabiduría que el judaísmo reconoce a los ancianos, que según van alcanzando la edad patriarcal, más cerca -aunque aún lejos- están del conocimiento. Hay unas frases con las que Shmuel, el más joven, suele contestar, que son el paradigma de esta concepción de la verdad: “Sí. No. Tal vez”, “No. Sí. Puede que un poco”, “Sí. No. A veces”. Y de la escondida e inalcanzable verdad, como dice Gershom Wald en una ocasión: “Los ojos no se abrirán jamás. Casi todas las personas caminan por la vida, desde que nacen hasta que mueren, con los ojos cerrados”.

Amos Oz, un israelí que duda, probablemente se refleja y se reconoce en los dos personajes mayores: Gershom Wald y Shaltiel Abravanel (repárese que uno es askenazi y el otro sefardí), el realista y el soñador (que será considerado traidor, no sólo disidente, precisamente).

-…”estábamos entre la espada y la pared?

-No, vosotros no estabáis entre la espada y la pared. Vosotros érais la espada y la pared” -decía Shaltiel.

No en vano, Oz declaraba en 1967 que llegaba asentirse extranjero en su propio país. Los pone en juego precisamente para demostrar que es muy difícil, si no imposible, dar toda la razón a uno o a otro.

Hay además dos aspectos que hacen el libro más interesante que si fuera una mera discusión sobre el acto de la traición y la persona del traidor. A través de la descripción de la vida de Shmuel, se percibe esa Jerusalén algo sombría pero acogedora, esa vida cotidiana del Israel de 1961, pobre, llena de gentes algo desgalichadas venidas de los más diferentes países, con sus lenguas, atavíos, sus costumbres, su culinaria. También se trasluce la historia del pueblo judío. Y todo con un lenguaje bello, sin adjetivos innecesarios, sin florilegios, donde describe las callejuelas, los árboles (simbólicamente, la higuera y su sombra), la lluvia, los montes, la luna.

Para comprender y apreciar mejor el libro, en todas sus dimensiones, habría que saber más de la tradición judía pues contiene guiños misteriosos, como los ladridos de los perros en la noche, la frecuente aparición de gatos vagabundos, sin dueño, las aves nocturnas que pasan rozando la cabeza. Otros son más conocidos, como el de la parra y la higuera (mencionada), a cuya sombra se da el epítome de la paz del hombre según la Biblia. Pienso que hay mucho simbolismo encubierto y no hay palabras sin significado.

Los libros, tanto los citados como los aludidos, son los otros protagonistas de la novela de Oz (catalogar Judas de novela es algo reductor, limitado).

No falta, como es natural, el humor, centrado en ese personaje torpón de Shmuel –que se desprecia bastante así mismo, neurótico-, con sus movimientos y sus palabras, su manera de andar y mover los brazos, y sus palabras que Atalia corta siempre de manera fulminante, intemperada. Shmuel es inhibido, como heredero de todos eses rechazos y miedos de los judíos de la Diáspora, perdidos entre gentiles, con su miedo al ridículo y a molestar. Shmuel padece asma, no ha podido estar en el ejército y tiene siempre el miedo de que o consideren un desertor. Y que termina en Beer Sheva, en el Neguev, la antítesis de Jerusalén.

Y al final, Oz trae esa frase dura: “os dijo una vez que en esta ciudad cada uno es una especie de mesías, dispuesto a crucificar a sus adversarios por sus creencias, y a ser crucificado él por las suyas”.

Y es que en el libro, bajo todas esas conversaciones, historias y discusiones, hay algo más. Es un buen antídoto para todos esos que hacen la media de los israelíes (y también de otros pueblos y naciones), sin reparar en la enorme diversidad de opiniones y pensamientos, de experiencias pasadas y presentes. Israel, como lo demuestran los numerosos partidos políticos del país, sus miles de organizaciones y asociaciones, es uno de los países menos uniformes tanto en cuanto a orígenes, culturas, tradiciones y en cuanto a la idea que ellos tienen de sí mismos.

La elegancia y esa cierta sequedad de la escritura de Amos Oz (Klausner era su apellido original), que recuerda Chéjov, sirve al lector para descartar todos los estereotipos sobre Israel y los israelíes, toda certidumbre y todo dogma. Un libro ilustrador, polémico y bello.


El egregio murmullo de Almeida Faria

24 junio, 2019

Hace algún tiempo tuve la impertinencia de abordar a Almeida Faria, sin conocerle más que de lectura, en la feria de libros viejos de la rua Anchieta de Lisboa. Es un hombre afable, derecho como una tabla, de una austeridad elegante, que escribe en su portugués depurado, donde cada palabra encaja sin sinónimos posibles, sin metáforas muertas. Abordar su obra es complejo porque se resiste a encajar en categorías al uso.

Tras un relativo largo silencio, su último libro, O murmúrio do mundo, El murmullo del mundo, es el relato de su viaje a Bombay, Goa y Cochim en 2012, en contrapunto con las citas y diarios de otros escritores y viajeros de entonces y de ahora, desde el legendario Mendes Pinto hasta Borges o Conrad.

Goa fue el último enclave portugués en la India, arrebatado en una rápida operación militar de Nehru en 1961. Las huellas portuguesas han sido conservadas y protegidas y Goa sigue siendo una referencia cultural. Muchos goeses viven en Portugal, con nacionalidad portuguesa, venidos de Goa y de Mozambique, donde se establecieron sobre todo desde 1961 hasta 1976, cuando éste era todavía colonia. Era un trayecto común de la India al Africa austral, que también se produjo en las antiguas colonias inglesas.

En O murmúrio do mundo –que espero merezca la atención de un editor español-, se manifiesta, además de su estilo, el humor de Almeida Faria, su saludable distancia ante los mitos, rompiendo con el discurso nostalgioso habitual de quienes evocan del Imperio perdido (él llama al Portugal de entonces ‘provincia-imperio’). No quiere hacer mendespintismo, (del libro Peregrinação, 1554, donde este misterioso mercader de Indias, Fernão Mendes Pinto, de Montemor o Velho, -Almeida Faria es de Montemor o Novo, 1943- relató sus viajes, o incluso se los inventó), sino simplemente contar lo que ve, pues cada viajero ve lo que quiere ver.

Su primera novela, Rumor branco, revolucionó en 1962 la literatura portuguesa. Era otra escritura, no canónica, y era la historia de una desesperación, una auténtica metáfora de aquel Portugal salazarista. Se puede leer de nuevo porque no ha envejecido pues, aparte de la historia de fondo, la forma de expresar los sentimientos y describir el campo, las chabolas, la cárcel, los sentimientos íntimos, es singular. Algunos de los siete fragmentos en que se divide se pueden leer incluso como un largo poema, especialmente el séptimo.

Tetralogía Lusitana (Paixão, Cortes, Lusitânia y Cavaleiro Andante), publicada en 1983, es un cuadro perfecto de la sociedad portuguesa de los sesenta y en torno al 25 de abril de 1974, con el trasfondo de la guerra colonial. Es un mosaico compuesto con las piezas, teselas, de unas vidas, con una imaginación rica, imprevisible, pero enraigada en lo real. Los personajes encarnan diferentes papeles y distintas visiones de lo que está sucediendo, como en un drama. Arminda es el sentimiento, Marta, lo onírico, André el caballero andante, Tiago, el niño testigo de la ocupación de tierras, etcétera. La obra, compuesta por diarios, sueños, monólogos interiores, cartas y observaciones del narrador puede leerse de adelante hacia atrás, por trozos, o de forma tradicional, del principio al fin. Me parece que expone bien esa tensión entre ciudad y campo tan presente en Portugal, dos mundos que se cruzaban pero no se mezclaban, así como el contraste entre el país de entonces, cerrado, y el extranjero, Italia sobre todo. Y todas las contradicciones de aquel proceso revolucionario que había comenzado, no con un movimiento del pueblo, sino como un golpe militar. La complejidad y riqueza de su escritura se prestaría a esos cuatro niveles de interpretación utilizados en la mística judía, aplicables al análisis de textos: la lectura simple o lineal, la que sigue los indicios dejados por el autor, más allá de lo inmediato, la que es indagatoria o comparativa (en las alegorías) y finalmente, la de descubrir el significado secreto o incluso místico, las claves de su mensaje. En la obra de Almeida Faria creo que se dan todos esos niveles de posible lectura.

Almeida Faria, incluyendo lo histórico con lo alegórico, con las metáforas, ha ido siempre a contrapelo, a contracorriente. No se ha sometido a ese cierto conformismo intelectual de sentido único que prevalecíó -y aún existe- tras el 25 de abril de 1974, cuando lo que era ‘subversivo’ era no justificar todas y cada una de las actuaciones, y errores crasos, que se llevaban a cabo en nombre de la revolución. Nos describe la atmósfera pesada, incluso de miedo, que empapaba el Alentejo y Lisboa en noviembre de 1975, y revela la auténtica desbandada que fue la descolonización, sobre lo que se guarda en Portugal un relativo y quizás culpable silencio.

Ilustración de Mário Botas

Pone boca abajo y patas arriba los mitos nacionales tanto antiguos como actuales, incluido el ‘sebastianismo’, pues observa su país sin anteojeras. Todo esto hace que una cierta crítica literaria “de sacristía” le haya pasado factura pues si fustigó el colonialismo y la dictadura, también ironizó sobre los lugares comunes de la izquierda. Su obra, aunque consciente social y políticamente, nada etérea o abstracta, es más lírica y psicológica, superando la obviedad y la inmediatez política. No acepta una catalogación fácil y resiste a tantos prejuicios que sólo encubren la debilidad teórica de muchos de esos críticos ‘administrativos’.

Innovador, Almeida Faria lee en seis idiomas, ha seguido las pistas abiertas por escritores europeos que rompieron muchos moldes. Además, como ha sido profesor de filosofía -“esa ilusión de poder conocer mejor el mundo”-, su obra tiene siempre, además del enfoque estrictamente literario, descriptivo, unas referencias y evocaciones culturales de fondo.

Esa mezcla de cosmopolitismo cultural y su origen alentejano, de una ciudad pequeña, Montemor-o-Novo, bella pero recatada, se manifiesta en su obra, que, sin perder las raíces, vuela con perspectivas universales, sin quedar encerrada en Portugal.

En la obra de Almeida Faria encontramos la indagación de los sentimientos sobre el telón de fondo de la realidad del momento, cruda, evidente (como las tierras ocupadas y la persecución de propietarios, no sólo de los terratenientes, en el Alentejo de 1975), la huida despavorida de los civiles de Luanda y el ejército portugués cruzado de brazos; en suma, la sociedad estremecida de aquellos años. En la Tetralogía, al final, parece planear ese sentimiento de salvarse del miedo, de una cierta resignación y el deseo de vivir, eso mismo que vemos en Chéjov, por ejemplo, “mis queridas hermanas, nuestra vida no se ha acabado todavía. ¡Viviremos! La música es tan agradable, tan alegre, que creeríamos estar a punto de saber por qué vivimos, por qué sufrimos… ¡Si lo pudiéramos  saber, si lo pudiéramos saber!” (Las tres hermanas).

Ha publicado también relatos. Vanitas, 51, avenue d’na, por ejemplo, es la mejor guía para visitar la Fundación Gulbenkian, una especie de ekphrasis de algunas de las obras más queridas de Caluste Gulbenkian, entre ellos los cuadros de Fantin-Latour. Los paseos de un soñador solitario es un relato de tipo borgiano, donde sale a relucir, con ironía, la persona de un hijo de Rousseau (quien estaba tan preocupado del bien común que abandonó varios en la Inclusa, por aquello Émile ou de l’éducation). Ambos han sido publicados en España por una pequeña editorial –parece que son siempre las pequeñas las que osan- pues sólo Alfaguara se atrevió en 1985 a publicar Lusitania, lo que además no tenía mucho sentido editorial por ser solamente el tercer volumen del cuarteto o tetralogía. El foso comercial entre creación y edición sigue siendo demasiado ancho y, salvo los dos escritores más conocidos, Pessoa o Saramago, siguen pesando bastante esas ‘costas voltadas’, ese dar la espalda, de España hacia Portugal.

Entre sus amigos se contó el novelista Vergílio Ferreira, y hoy el escritor brasileño Raduan Nassar (Brasil ocupa un lugar importante en el imaginario de Almeida Faria), así como los españoles César Antonio Molina y Adolfo García Ortega. También, Eduardo Lourenço, el pensador y analista literario más importante de Portugal, que ha escrito los prefacios de algunos de sus libros, entre ellos al Murmullo del mundo. Y entre sus influencias podemos rastrear a Faulkner, mas también a Shakespeare y Cervantes, además de ciertas preferencias por René Char o Saint-John Perse.

Almeida Faria nunca ha alzado la voz, es demasiado elegante para ello, ni impreca ni imparte sermones y consejos. Es un librepensador sin presunción alguna. A través de su obra, con una lírica que denota su gran acervo cultural, su profundidad y sensibilidad, de un murmullo constante, egregio, nos acerca a la historia de Portugal. ¿Es su obra ficción o documento? Los acontecimientos están siempre ahí, en la realidad más vivos que la propia ficción.

Para terminar, leamos un párrafo de su primer libro, Rumor branco, que expresa muy bien ese deseo irrefrenable, la necesidad, de escribir, que comparten tantos escritores:

escrever como derradeiro desafio. desejo de construir deitando tudo abaixo. escrevo como se fosse chorar ou dar um grito largo ou emudecer e isso se nota no que escrevo. esse fim de mim e começo de mim.

[escribir como el desafío final. deseo de construir echando todo abajo. escribo como si fuese a llorar o a dar un grito largo o a enmudecer y eso se nota en lo que escribo. ese fin de mi y ese comienzo de mi.]


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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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