Pedro de Moura e Sá, olvidado ensayista portugués

20 febrero, 2016

Pedro de Moura e Sá nació en Coimbra en 1908 y murió en Lisboa el año 1959. Pensador, crítico literario de gran profundidad, tuvo la mala suerte de vivir y escribir en pleno Estado Novo, de Salazar, lo que le restaría proyección internacional. Era, se excusa decir, un conservador liberal.

Gran admirador de Ortega y Gasset, a cuyas conferencias sin duda asistió en numerosas ocasiones cuando el filósofo español vivía en Lisboa. Indagó en su pensamiento, considerando muchas de las ideas de Ortega avanzadas –incluso ya en las Meditaciones del Quijote- sobre lo que luego sería la obra de Heidegger, El ser y el tiempo.

Padro de Moura e Sá

Pedro de Moura e Sá

Ortega se enfrenta al problema, al inconveniente, nos dice, de que sus teorías no tienen campo donde insertarse, pues la tradición filosófica española es enteca. Otra cosa hubiera sido, dice Moura, si Ortega hubiese sido alemán, inglés o francés.

También fue amigo de Gómez de la Serna, habiendo sido uno de los tertulianos del café de la “cripta” del Pombo, en la calle Carretas, cuando venía a Madrid, como Fidelino de Figueiredo, otro portugués olvidado.

Moura conocía profundamente España y dejó sus impresiones sobre Castilla, sobre el País Vasco, sobre Toledo, en muchas de sus crónicas que pueblicaba el Diario Popular, recogidas en la colección Espanha viva. Era una época en que los diarios prestaban gran atención al pensamiento mientras que los asuntos políticos les estaban vedados o estaban sometidos a una censura y una autocensura devastadoras. Entre otros escritores que admiraba figuran Azorín y Unamuno.

 Pedro de Moura nunca usó teléfono, ni automóvil, ni ningún medio mecánico. Era casi un espíritu puro, soltero empedernido. Cuando murió (de un ataque al corazón, en plena calle), su biblioteca, de no menos de 19.000 volúmenes, fue donada a la Universidad de Coimbra. Muchos escritores, y entre ellos varios franceses como Gabriel Marcel, el dadaista Philippe Soupault o Michel Déon, se unieron a los obituarios. De España, sólo el agregado de prensa de la embajada en Lisboa, Xavier de Echarri publicó una sentida y expresiva nota en el diario Arriba. El telón bajaba definitivamente, quedando para siempre Pedro de Moura e Sá, en el más injusto olvido, incluso en su propio país.

 A pesar del relativo aislamiento del país, conocería la literatura francesa y la italiana profundamente. Abrió líneas de lectura, dando a conocer a los portugueses escritores y filósofos contemporáneos. Pero eso no significa que se le pueda reducir a un divulgador, sino que se adentró en los problemas de la vida y la cultura cotidianas.

 Su obra está perdida y sólo en los alfarrabistas, los libreros de lance, se encuentra de tarde en tarde el apreciable y sugerente volumen, de título tan bien elegido, Vida e literatura (Ed. Bertrand, Lisboa, 1960), que contiene muchos atinados y lúcidos comentarios a la obra de escritores contemporáneos. Entre los ensayos, cortos, siempre interesantes, hay algunos como Paisagem e significado que son precursores.

 Un pequeño guiño a este crítico y ensayista es que era socio del Círculo Eça de Queiroz, ese club literario de Lisboa, sin parangón en España. En sus salas tenían lugar fructíferos encuentros con los intelectuales y escritores portugueses y franceses.


La catástrofe, de Eça de Queiroz, 1881. Traducción e introducción de Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye

13 enero, 2016

Introducción

https://issuu.com/jaimeaxelruiz/docs/la_cat__strofe_e_introducci__n.docx/1?e=0

A catástrofe, que Eça de Queiroz titulase antes, en un olvidado proyecto de novela, A Batalha de Caia (precisamente la frontera de Badajoz), describe una invasión en 1881 de las tropas de Alfonso XII. Con la ironía que le caracteriza, Eça de Queiroz imaginó lo que podría sacar a su país de la decadencia y de la indolencia: una invasión española que les despertase.

El escritor portugués José María Eça de Queiroz

El escritor portugués José María Eça de Queiroz

Todo, hasta la imagen del centinela portugués, cansado y aburrido, es una metáfora de Portugal, que él consideraba postrado, sin energía, inane, y que recuerda a ese verso de Luis de Camões en Os Lusíadas, de la “apagada y vil tristeza”.

Sin la crueldad y la hiel de Fialho d’Almeida, su rival, caústico pero sin acritud, Eça insistiría en muchas de sus obras, sobre todo en Os Maias y en O primo Basilio (el retrato de esa burguesinha da Baixa), en la quiebra moral, intelectual y física de una generación portuguesa, la que corresponde al último tercio del siglo XIX. Una época que, sin embargo, tuvo una densidad literaria e intelectual muy importante, casi sin par en Portugal. En ellos se desplegó, como nunca, espíritu, fantasía, improvisación, creatividad, incluso humor (Eça de Queiroz fue considerado por muchos de sus contemporáneos más un humorista que otra cosa, lo que era injusto e  incompleto).

Eça de Queiroz había pertenecido en Lisboa al grupo de O Cenáculo, más centro de discusiones y debate que mera tertulia, críticos con la situación del país, y después al grupo de Os vencidos da vida, de nombre tan expresivo, escritores  y pensadores desesperados con la inercia e inacción general de los políticos y del gobierno. Ambos estaban compuestos por los típicos académicos revolucionarios (utópicos), con personalidades como el poeta y pensador Antero de Quental, o el historiador Oliveira Martins.

Portugal tendría, en su paralelismo con la historia española, su 98 en 1889 cuando el Ultimátum Inglés, que les obligó a evacuar y renunciar a los territorios de Xire y Maxona, con los que habían soñado un mapa color de rosa que uniese Angola con Mozambique.

Muchas veces, Eça ha sido considerado muy de actualidad, en sus críticas a la clase dirigente, a los ministros, a los financieros, a las clases acomodadas y holgazanas. Aunque amaba su país y añoraba Lisboa desde sus puestos de cónsul en La Habana, Bristol, Newcastle o París, llegó a decir que “el horror de Portugal era Lisboa”, refiriéndose a las clases rentistas y a esa “apatía china de los  lisboetas”.

En este relato, que sería encontrado por su hijo en un cajón, escrito a lápiz, fue publicado un cuarto de siglo tras la muerte de Eça, en 1900, en París, hay escenas que evocan sucesos muy posteriores, como el pánico de los parisinos cuando se acercaban los alemanes en 1940, con aquella gran desbandada en desorden y pavor. Eça diría después, a su colega y amigo Ramalho Ortigão, que concibió ese cuento o nouvelle, como un sueño, una visión.

La conclusión, además de reprochar al pueblo su derrotismo y que todo lo espere del Estado, del gobierno, -un poco como hoy día-  es una cierta esperanza en las generaciones venideras, pero tiene algo de irónica, de cerrada, cuando se celebra y conmemora la Patria, con mayúscula, en el interior de las casas, con cuidado, en voz queda.queiroz

La catástrofe

Relato de José María Eça de Queiroz

(Traducido, por diversión personal, por Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye)

Yo vivo en la esquina del Largo do Pelourinho[1], justo enfrente del Arsenal. Ya vivía allí antes de la guerra y de nuestros desastres, en el segundo piso, derecha. Nunca me gustó este sitio: sin ser un bucólico, fue siempre mi ambición vivir lejos de esas tristes manzanas de la Baixa, en un barrio con más aire y horizonte, con una huerta, el frescor del follaje y algunos metros de terreno donde, en el rumor de los árboles, pudiera tener unos rosales y que los pájaros me animasen en las tardes de verano.

Pero cuando heredé de mi tía Petronila, compré esta casa frente al Arsenal[2]. Estos edificios son, a causa de las tiendas y de los almacenes, casas más rentables que las de otros barrios y, como inversión, un edificio en la Baixa es mejor que el de una bonita casa en Buenos Aires[3] o por el Barrio de las Janelas Verdes. Eso fue por lo menos lo que me dijeron los propietarios con más experiencia.

Por lo demás, yo intentaba alquilar el edificio entero y vivir con los míos en una casita pequeña, alegre y fresca, que me hubiera apetecido por la zona del Vale de Pereiro. Pero cuando ocurrieron nuestras desgracias y el ejército enemigo ocupó Lisboa, la necesidad de hacer economías, los tiempos tan difíciles, me obligaron a descartar aquel plan de vivir en el campo, y aun estoy aquí, en este triste segundo piso del Largo do Pelourinho, frente al Arsenal.

En mala hora se me ocurrió venir aquí. Porque creo que esta vecindad con el Arsenal me ha hecho sentir mucho más las amarguras de la invasión. Quienes viven por Buenos Aires, o por las Janelas Verdes, o por el Vale do Pereiro, sufren también, claro, y dolorosamente, la presencia de un ejército extranjero en Lisboa. Aunque el primer terror pasó y la ciudad ha ido recuperando poco a poco su fisonomía habitual, y circulan las calesas y los tramways, todavía pesa algo doloroso sobre la ciudad: el aire está como cargado de una cosa sutil y opresiva, hay una atmósfera intolerable que planea sobre las plazas, penetra por las casas, cambia el sabor del agua, hace parecer la luz del gas menos clara, y va depositando en el alma una tristeza permanente, obsesiva.

A veces, cuando alguien sale, y está ocupado con algún negocio, distraido, se olvida del gran desastre que nos envuelve, pero basta con que se tope en una esquina con un uniforme enemigo para que caiga sobre su ánimo, como con el peso de todo un pinar, la idea de la derrota y del fin de la Patria. No se lo que es, pero, por ejemplo, desde que en lo alto de un edificio ondea la bandera extranjera, parace que este azul ya no es nuestro cielo y que tiene algo de bruma luctuosa.

A pesar de todo, en otros edificios, en otros barrios basta con recogerse en casa para sustraerse a esta desolación.

Ya que no hay Patria, hay Familia: se cierran las puertas, se reunen todos en el salón, alrededor de la lámpara; se habla. El recuerdo de las desgracias alivia … y la perspectiva de una cierta esperanza ilusiona como una pasajera felicidad; se recuerdan los amigos, los conocidos que murieron con bravura en la batalla; después, alrededor de la lámpara, en voz queda, en un pálpito, hay una pequeña conspiración en familia.

Y el sueño de la revancha hace soportar la realidad de la catástrofe…

Pero yo ni siquiera me puedo permitir ese aislamiento porque salvo que cierre las ventanas, que me entierre en una tiniebla permanente, que viva a la luz del gas cuando afuera brilla el sol de julio, no puedo dejar de ver, en la puerta del Arsenal, como un odioso recordatorio, el centinela extranjero hollando el suelo patrio…

Y es precisamente ese centinela lo que me indigna: por supuesto que otros uniformes extranjeros, todos esos oficiales de acorazados fondeados en el puerto, pasan continuamente, con la brillante insolencia de sus espectaculares uniformes … Pues bien, esos no me irritan… En ese vaivén de oficiales hay algo de apresurado, de inquieto, que dan una idea de una ocupación transitoria, de escuadras que van a levantar ancla, de humillaciones que van a partir para siempre.

Pero ese centinela, eterno, que me parece siempre el mismo, tiene un aire de estabilidad, de perpetuidad que me hace la sangre negra. Cada taconazo que da, con la dura suela, me retumba como un eco lúgubre en el alma, y en sus monótonos pasos, de garita a garita, me da la sensación de que nunca dejará de haber, sobre la tierra portuguesa, un centinela extranjero.

Y no puedo apartar la vista de ese espectáculo. Por la mañana, mientras me afeito, me quedo con la navaja en el aire, la cara cubierta de espuma, asombrado ante ese pequeño soldado que parece embutido en su capote azul, con una gorra acharolada y con el arma al hombro…, una de esas armas con más del doble de alcance que las nuestras, que nos segaban de golpe, a lo lejos, en nuestras líneas defensivas, regimientos enteros.

Así que ya conozco casi todos los centinelas del Arsenal. Durante algún tiempo, fueron soldados de la Marina; ahora suelen ser del 15 de Línea. Pero hay sobre todo un tipo de soldado que me indigna: es un tipo robusto, sólido, bien plantado y firme sobre sus piernas, con cara decidida y ojos relucientes; siempre pienso: ese fue el que nos venció. No se porqué, acordándome de nuestro propio soldado, bisoño, sucio, encogido, macilento del aire viciado de nuestros cuarteles y de los ranchos  insalubres, -veo en esa superioridad de tipo y de raza que explica la catástrofe.

Antiguamente, antes de la invasión, rara vez presté atención al centinela del Arsenal: me acordaba, sin embargo, de haberlo visto desde la ventana: si llovía, lo percibía encogido en la garita, mirando tristemente la lluvia; si el día era calmo, era sus andares, sus hombros derrengados lo que me  impresionaban… la blandura y lentitud del paso, su constante expresión de tedio y de cansancio; y, después, tras dos horas de servicio, era un desmadejamiento aun mayor, un embrutecimiento, una manera idiota de mirar, todo –los mensajeros, los americanos[4], las pescaderas pregonando su mercancía, los vendedores ambulantes, la tienda de enfrente- hacían más evidente la falta de nervio, de vigor, de rigidez disciplinada, de firmeza, de tenacidad. Y esta visión de nuestro soldado me parece ahora que abarca toda la ciudad, todo el país. Fue esa somnolencia lúgubre, ese tedio, esa falta de decisión, de energía, esa indiferencia cínica, ese relajamiento de la voluntad, creo, lo que nos perdió…

Aun hoy me resuenan las acusaciones tan repetidas en tiempos de lucha: que no teníamos ejército, ni escuadra, ni artillería, ni defensas, ni armas…¡Qué! Lo que no teníamos eran almas… Era eso lo que estaba muerto, apagado, adormecido, desnacionalizado, inerte… Y cuando en un Estado las almas están envilecidas y gastadas – lo que queda poco vale …

Nunca me olvidaré de la impresión que me dió el día que supe que nos habían declarado la guerra y que ya estaban de antemano preparadas las tropas para la invasión, por el sur y por el norte.

Era el cumpleaños de mi pobre amigo Nunes, que vivía entonces en el Rossio. Desde por la tarde un pánico atenazaba la ciudad, porque la verdad es que, incluso si estallase en Europa la guerra, tan violentamente provocada por Alemania, invadiendo Holanda, nunca en Lisboa, por lo menos la mayoría del público, sospechó que una cosa así pudiera suceder ‘en nuestro rinconcito’, como se decía entonces.

Incluso cuando el viejo Salisbury, ya casi en su lecho de muerte, lanzó su gran manifiesto y declaró la guerra a Alemania, y vimos a nuestra protectora ocupada en la lucha en el norte, no tuvimos conciencia del peligro. Y sin embargo, parecía llegado el día terrible en que las pequeñas nacionalidades desapareciesen en Europa… Por eso, cuando en esa tarde fatídica fue anunciada oficialmente la entrada del ejército enemigo por la frontera, toda la ciudad se quedó como petrificada, en un terror enloquecido.

El primer movimiento de la población fue correr a las iglesias. Se imaginaba ya los regimientos enemigos desplegándose por las calles… No creo siquiera que hubiera ningún intento de resistencia. Se dijo, es verdad, que se intentaría dar una batalla junto a Caminha, o en Tancos, solo para demostrar a Europa que todavía nos quedaba alguna vitalidad: pero era una simple finta…. Porque la idea era retirarnos para las Líneas de Torres Vedras y defender Lisboa. Yo, de todas formas, no conocía los secretos del Estado Mayor y solo sé lo que decían la gentes en las calles, amedrentadas, en voz baja.

Aquella noche fui al Rossio. Nunes daba una soirée… En el salón pesaba la misma tristeza siniestra que en la calle. Había en los rostros, en las voces, una expresión desencajada de espanto y de terror: una especial forma de preguntar “¿y ahora?”, con los ojos desorbitados y las caras blancas…

A pesar de haber dos salones, el de visitas y otro para el juego, estaban todos apiñados en torno al sofá, como un rebaño que siente el lobo… La señora de la casa, que tenía un hijo militar en Tancos, a pesar de su vestido azul descotado, tenía una cara de pasmo y los ojos rojos e hinchados… Se pasaba el día llorando. Y en las mujeres y en los hombres había como un abatimiento invencible, en la resignación ante la derrota, con esa pasividad inerte de las almas frágiles… Como no se tenían noticias, los rumores eran absurdos; se hacían silencios lúgubres que daban la sensación de recogimiento ceremonioso de los días de entierro. Nunes, el pobre, muy pálido, daba vueltas por el salón, con los faldones de la casaca al aire, frotándose nerviosamente las manos, intentando distraernos de esas preocupaciones dolorosas, proponiendo que se hiciese algo. Hubo una petición de un cuarteto… Una señora se sentó al piano, pero los primeros compases de los lanceros sonaron, y se perdieron en el susurro general de las conversaciones atemorizadas: nadie siguió, no se bailó… Alguien propuso un juego de prendas, una comedieta figurada: las caras asombradas sonreían, murmuraban con esfuerzo:

– Vamos, vamos, no estaría eso mal …

Pero todos seguían sentados, con las manos caídas, con los  pies  paralizados.

Fui a la sala de juego para hablar con algunos individuos. Había periodistas, magistrados, políticos, y a través de las frases, se notaba el abatimiento de las almas. Nadie creía posible la resistencia y, ante el peligro, el egoísmo campaba, feroz y brutal. El odio al enemigo era violento –menos por la pérdida de la Patria libre que por los desastres privados que traería la derrota: uno temía por su puesto, otro por los intereses de sus inversiones. Hasta entonces el Estado era quien daba el pan al país, y con la pérdida del Estado se acababa el pan de cada día. Pero esta indignación en frases hechas agotaba todo el patriotismo de que aquellas almas eran capaces: porque en cada propuesta se sugería lo peor –ceder las colonias a cambio de una alianza inglesa inmediata, o ceder dos provincias – había, en el fondo, la idea inmutable de una capitulación, el horror a la lucha, la ansiedad por no perder el empleo, el terror de perder los depósitos. Y, por lo demás, cada cual, sintiendo la debilidad egoísta de su alma, pensaba que todo el país estaba inmerso en el mismo abatimiento. La idea de un levantamiento en masa, de crear una guardia móvil, unas milicias, era recibida con un encogimiento de hombros: ¿para qué? No se puede hacer nada. Estamos aplastados.

Mientras hablaban así, junto a la mesa de juego donde reposaban, olvidadas, las cartas de la última partida, me acerqué a la ventana: el cielo estaba ensombrecido por una neblina blancuzca; pero bajo el Arco da Bandeira se ensanchaba un gran espacio azul, como un pórtico y en el centro brillaba una gran Luna triste, muda, lívida. La colina, al lado, con su castillo, se recortaba en la oscuridad con su línea suave sobre la palidez azul del fondo. Una inmensa tristeza parecía descender de ese decorado. Me invadió una vaga piedad por las desgracias patrias y, sin saber porqué, me sentí con una saudade angustiada, la nostalgia de algo que había desaparecido, que había acabado para siempre y que no sabía muy bien lo que era… Abajo, el Rossio brillaba en sordina entre los escaparates de las tiendas: la plaza, en torno a la columna, que la luna dibujaba con trazo pálido, hormigueaba de gente: ni un grito, ni una voz… era una masa oscura que parecía amodorrada, arrebatada por ese terror instintivo que hace juntarse a los animales, esperando resignadamente la tormenta, y de las casas blancas, altas, desoladas, descendía la misma sensación de abstención aterrorizada y de concentración egoísta de un oscuro miedo.

De pronto, por el lado de la calle do Carmo, vino un rumor: era una especie de melopea rítmica, que se sentía, que venía por al aire, aproximándose: las luces de antorchas se destacaban sobre las casas blanqueadas, y apareció por la esquina del Rossio un grupo marchando enérgicamente, al compás de un himno patriótico cuyo ritmo imponía un paso largo:

Guerra, guerra, la guerra es santa,

Por la santa independencia…

Eran unos veinte y parecían ser alumnos, por sus altos sombreros, de alguna escuela o de alguna de las asociaciones que por entonces abundaban en la ciudad. Siguieron a lo largo del Rossio, agitando los brazos, alzando las voces, en un llamamiento a la oscura multitud. Pero nadie respondió; toda la masa se apiñaba para ver pasar aquellos entusiasmos solitarios; las tiendas apagaban sus luces, se cerraban por si había una revuelta; y en aquel silencio frío de la indiferencia de la gente y de las fachadas mudas, parecía como si el cántico se extinguiese por sí solo, que el entusiasmo decaía, como una bandera que por falta de brisa, pende inerte del mástil. Cuando llegaron cerca del teatro Dona María el himno casi cesó, las antorchas se apagaron… Todo aquello se hundió en esa masa oscura, como un efímero esfuerzo de heroismo en medio de una vasta indiferencia.

Me retiré de la ventana con un nudo en la garganta, pensando que estábamos definitivamente perdidos.

En fin, como la noche avanzaba, fue necesario hacer algo para disipar aquel pavor. Yo, Nunes Correia, nos instalamos para una partida. En el salón también se sintió la necesidad de sacudirse aquel estado de calamidad de las asustadas señoras: hubo alguna escala de piano, acordes apagados, y al poco rato, una voz que yo conocía de un oficial de Caballería, amigo de la casa, se alzó, floja y afligida, recitando La Judía[5]:

Duerme que yo te velo, seductora imagen…

Entonces aquella melodía, aquella voz suave y nostálgica me parecieron muy raras en esos momentos. Era como un sonido antiguo, obsoleto, de un mundo extinguido, que pasaba como un sueño. Alrededor de la mesa, las  voces monótonas continuaban: paso, pido, … Del Rossio, subía también el mismo rumor sordo de la multitud que llenaba la plaza, y en la sala, con la languuidez amorosa del acompañamiento, elgante, suspiraba la voz del alférez:

                        Duerme que yo te velo, seductora imagen…

¡Y a esas horas el ejército enemigo ya pisaba el suelo de la Patria!¡ Pobre alférez!

 

Nos encontramos días más tarde… yo iba con mis compañeros de la milicia nacional. ¡Y qué milicia! Todo lo que teníamos de uniforme era un capote deshilachado. ¡Y qué armas! Armas de caza. Pero, en fin, allá íbamos, en aquella fría mañana de abril, bajo una lluvia torrencial.

Parece que había una gran batalla, pero no sabíamos nada. Nos hallábamos a media pendiente de una colina que nos ocultaba la línea del frente, junto a un caserón abandonado. Allí estábamos desde hacía dos horas, con el barro por las rodillas, empapados, después de haber andado toda la noche, atontados de cansancio, hambrientos, apoyándonos los unos a los otros para no dormirnos. A nuestro alrededor, de un cielo bajo y lúgubre, caía un diluvio; y el caserón parecía, entre sus cuatro árboles, entre la lluvia, tan encogido y soñoliento como nosotros. En la distancia, la artillería atronaba; otras veces, eran descargas secas, que parecían como si se rasgase una gran pieza de seda; pero ni veíamos el humo, en aquella niebla de aire y lluvia. No sé ni dónde estábamos, ni lo que defendíamos.

Quien mandaba la compañía era el alférez –el mismo que recitaba La Judía. Amarillo, empapado, encogido en su capote, iba y venía delante de nosotros. Ay, ya no se parecía al alférez que se retorcía el bigote junto al piano, girando los ojos tiernos en los pasajes más emotivos.

De pronto, en la tierra mojada, un galope sordo: un oficial, con el uniforme desabrochado, empuñando la espada, la cara encolerizada por la batalla; bello joven, con un hilo de sangre que le caía por la oreja. Detuvo el caballo y gritó furioso:

-¿quién manda este destacamento?

-Yo, mi capitán –respondió el alférez, firme.

– Un millón de diablos, ve por la izquierda, por detrás de la casa, para tomar posiciones en la carretera, al pie del vallejo.

Y partió al galope. Y allí seguimos, en marcha, en el barro en que se nos hundían los pies, con un esfuerzo brutal para saltar por aquel terreno de resitencia blanda, jadeando, bajo la tormenta de lluvia y el estruendo de la artillería que parecía acercarse.

Pasamos frente al caserón: en la puerta, carros de ambulancia y dentro, los gritos de los heridos. Era la primera vez que  oíamos aquellos berridos de dolor abandonado y hubo en el destacamento como un movimiento de duda: era nuestra carne de campesinos, de burgueses, que rehusaba aquella evidencia del dolor y de la muerte.

-¡Marchen! –gritó el alférez.

Llegamos a la carretera pero no veíamos nada. Enfrente, una línea pálida de chopos; detrás, otros árboles, una ermita en lo alto, y por el valle abajo sólo la bruma áspera de la incesante lluvia. Nos detuvimos: en la distancia se distinguía la masa oscura de otro destacamento. Y allí nos quedamos, inmóviles, bajo el agua, tiritando, con una mortal fatiga. Ni un trago de aguardiente… Los pies hinchados en las botas mojadas me torturaban. Y pensando en los días de paz, cuando veía caer la lluvia desde el sillón de mi despacho, me asaltaba una cólera furiosa contra el extranjero, el furor de avanzar, un deseo brutal de carnicería… Y desesperado por aquella inmovilidad, acusaba, en la alucinación de mi cólera, a los generales, al gobierno, a todos los de arriba que no me  hacían marchar. Aquella inacción era odiosa. La ropa se nos pegaba al cuerpo y sentíamos cómo el agua nos escurría piernas abajo; las manos se nos helaban en los cañones de las escopetas, el viento afilado y agreste soplaba valle arriba.

De pronto, un ruido sordo: era una batería de artillería que marchaba a tomar posición: pasó como un torbellino, entre gritos, en la niebla, la lluvia y el barro hasta en las corcovas de los caballos, en los zarandeos de las carretas, con el estallido furioso de los látigos, y pasó, perdiéndose en la bruma con un rumor sordo y blando sobre la tierra mojada.

Súbitamente, a nuestra derecha, una descarga de fusilería; ahora sentimos silbar las balas. Instintivamente nos agachamos, reculando cobardemente como una bisoña milicia…

-¡Firmes! – gritaba el alférez.

Ante mí, un soldado se derrumba como un fardo sobre el barro…y se queda inmóvil, muerto…. Ahora vemos las nubecillas de humo pardo que la lluvia limpia y el viento sacude…. El alférez, de repente, se tambalea, cae de rodillas: está herido en el brazo… pero se levanta como un muelle, agita la espada, como un loco, gritando:

– ¡Fuego, fuego!

Después, ya no recuerdo. El tremendo ruido de la artillería nos alucina. Es como un sueño, como un sonámbulo hago fuego al azar, contra la niebla que envuelve todo delante de mí.

Junto a mí, el alférez cayó de nuevo: se retorcía en el suelo, a gritos, en un dolor de agonía:

– ¿Acábenme, muchachos, acábenme, muchachos!

Fue entonces cuando nos vimos rodeados por una masa negra que bajaba en tromba. Corrimos, tirando las armas, en medio de un griterío ensordecedor…. Sentía que aquella enorme masa de gente se partía, se dividía en grupos, dispersos; unos cien, en el medio, corren, cayéndose, levantándose, rodando por el barro, humillados… Tengo una vaga conciencia de que esto significa la derrota, lasdesbandada, el pánico de las milicias…. y huyo, huyo con una amargura desesperante, gritando sin saber porqué, con el ansia abyecta de encontrar un hueco, una casa, un agujero…

Recuerdo haber visto, en aquella carrera, delante de mí, un oficial sin gorra, – una figura delgada y furiosa – gritando con la boca abierta, agitando la espada, intentando de verdad detener la desbandada… Pero la marea de gente lo sepulta, lo aplasta – y siento, vagamente, mi bota esurrirse sobre su cuerpo inerte y machacado…

Oh, ¡maldita guerra!

Cómo entré en Lisboa y me encontré en mi casa, no lo sé. Recuerdo, sí, pasar por el Rossio y verlo lleno de una multitud horrible – toda la población de los alrededores, refugiándose, en una fuga despavorida frente al enemigo. Era un caos de carros, de ganado, de muebles, de mujeres gritando; una masa bruta y acobardada, remolineando, pidiendo pan, bajo la implacable lluvia. Fue en Lisboa donde me enteré, de forma fragmentaria, de todos los detalles de la catástrofe: las escuadras enemigas en el Tajo, la ciudad sin agua porque el acueducto de Alviela había sido cortado, la insurrección en las calles, y la plebe alucinada, pasando del abatimiento al furor, o atacando las iglesias o pidiendo armas, uniendo a la confusión de la derrota los horrores de la demagogia.

¡Días amargos! Mis cabellos se volvieron blancos.

¡Y pensar que durante años nos podríamos haber preparado!. ¡Y pensar que, como Inglaterra, podríamos haber creado cuerpos de voluntarios, haciendo de cada ciudadano un soldado, y preparando de antemano, así, un ejército nacional de defensa, armado, equipado, enérgico y que hubiera recibido, con el hábito de la disciplina, el orgullo del uniforme!…

Pero ¿de qué sirve ahora pensar en lo que se  podría haber hecho?…Nuestro peor mal fue el abatimiento, la inercia en que habíamos caído. Hubo una época en que se atribuyeron todos los males al gobierno. Acusación grotesca que hoy nadie se atrevería a repetir.

¡Los gobiernos! Podrían haber creado, ciertamente, más artillería, más ambulancias; pero lo que no podían crear era un alma enérgica en el país. Habíamos caido en una indiferencia, en un escepticismo imbécil, en un desdén por cualquier idea, en una repugnancia a todo esfuerzo, en una anulación de toda voluntad… ¡Estábamos caquécticos! El gobierno, la Constitución, la propia Carta tan escarnecida, nos dieron todo lo que nos podían dar: una amplia libertad. Fue al abrigo de esa libertad que la patria, la masa de los portugueses debería haber convertido el país en algo próspero, vivo, fuerte, digno de la independencia. ¡El gobierno! El país esperaba de él lo que debía conseguir por sí mismo, pidiendo al gobierno que hiciera lo que a éste le correspondía hacer… Quería que el gobierno le labrase las tierras, que el gobierno crease industria, que el gobierno escribiese sus libros, que alimentase a sus hijos, que le construyera edificios, que el gobierno le diera un Dios.

¡Siempre el gobierno! ¡El gobierno debía ser el agricultor, el industrial, el comerciante, el filósofo, el sacerdote, el pintor, el arquitecto – todo! Cuando un país abdica en manos de un gobierno toda su iniciativa, se cruza de brazos esperando que la civilización le venga dada desde los ministerios, como la luz viene del sol, ese país está mal: las almas perdieron el vigor, los brazos  perdieron el hábito del trabajo, la conciencia pierde el norte, el cerebro pierde acción. Y como el gobierno está para hacer todo – el país se echa al sol y se acomoda para dormir. Pero cuando despierta – y cómo nos despertamos – es con un centinela extranjero a la puerta del Arsenal.

¡Si hubiéramos sabido!

Pero ahora ya lo sabemos. Esta ciudad, hoy, parece otra. Ya no hay esa multitud abatida y fúnebre, apiñada en el Rossio en vísperas de la catástrofe. Hoy se ve  en la actitud, en las maneras, una decisión. Las miradas tienen un fuego contenido pero valiente; los pechos se hinchan como si de verdad contuvieran un corazón. Ya no se ve por la ciudad ningún vagabundeo: cada uno está ocupado con un deber que cumplir. Las mujeres parecen tener sentido de su responsabilidad, y son madres porque tienen el deber de preparar ciudadanos. Ahora trabajamos. Ahora leemos nuestra historia, incluso las fachadas ya no tienen ese aspecto de rostros estúpidos, sin ideas, porque ahora tras cada ventana, hay una familia unida, organizándose fuertemente.

Por lo que a mí respecta, llevo todos los días mis hijos a la ventana, los pongo sobre mis rodillas y les muestro el CENTINELA. Se lo muestro, paseando despacio, de garita en garita, a la sombra que da el edificio al cálido sol de julio y los empapo del horror, del odio hacia aquel soldado extranjero…

Les cuento entonces los detalles de la invasión, las desgracias, los temibles episodios, los capítulos sangrientos de la siniestra historia… Después, les  señalo el futuro – y les hago desear ardientemente el día en que, desde esta ventana, vean, sobre la tierra de Portugal, pasear otra vez un centinela portugués. Y para ello les muestro el camino seguro –ese que deberíamos haber seguido: trabajar, creer y, aunque seamos pequeños en territorio, seamos grandes por la actividad, por la libertad, por la ciencia, por el coraje, por la fuerza del alma… Y los enseño a amar la Patria, en vez de despreciarla, como hicimos antes.

¡Cómo me acuerdo! Ibamos a los cafés, al Gremio[6], a cruzarnos de piernas y decir, entre el humo de los cigarros,  indolentemente:

-¡Esto es una chusma, ésto está perdido, ésto está en manos de otros…!

Y en lugar de habernos esforzado en salvar ‘ésto’ – pedíamos más coñac y nos íbamos al burdel.

¡Ah! ¡Generación cobarde, tuviste un buen castigo!…

Pero ahora, esta nueva generación es de otra clase. Ya no dice ‘esto’ está perdido: calla y espera; si no animada, está al menos concentrada…

Y, al fin y al cabo, no todo son tristezas: también tenemos nuestras fiestas. Y como fiesta, todo nos sirve: el 1º de diciembre[7], el Otorgamiento de la Carta, el 24 de julio, cualquier cosa, con tal de que celebre una efeméride nacional. No en público –todavía no podemos- pero cada uno en su casa, en su mesa. En esos días se ponen más flores en los jarrones, se decora la lámpara con ramas verdes, se pone la vieja bandera, los escudos[8] que nos hacían sonreir hoy nos enternecen – y después, todos en familia cantamos en sordina, para no llamar la atención de los espías, el viejo himno, el Himno de la Carta… ¡Y se alza la copa por un futuro mejor!

Y hay un consuelo, una alegría íntima en pensar que a esa misma hora, en casi todas las casas de la ciudad, la generación que se prepara está celebrando, en el misterio de sus salones, de una manera casi religiosa, ¡las antiguas fiestas de la Patria!

Notas.-

[1] El Largo do Pelourinho, o plazuela de la Picota, es la que está frente al Ayuntamiento de Lisboa, o Cámara Municipal.
[2] El Arsenal está junto a la Praça do Comercio.
[3] Calle del barrio de Lapa.
[4] Los ómnibus de tracción animal.
[5] Opera de Halévy, estrenada en 1835.
[6] El Gremio Literario, club literario y político que aun existe en la rua Ivens de Lisboa.
[7] El 1º de diciembre de 1640 Portugal se liberó del yugo castellano y recuperó su independencia.
[8] Las quinas son los siete escudos pequeños que hay en el blasón de Portugal, que representan las siete ciudades principales.


Misión en Angola. Episodio 22. El fin de la heroica misión y vuelta a mi Lisboa.

9 enero, 2016

Volví en un transporte militar, un decrépito paquebote comprado de quinta mano a los ingleses, que seguramente habría transportado a los Royal Fusiliers en la guerra de los boers y que estaba más preparado para el servicio en las Islas Hébridas que para los trópicos. Pero, comparado con los calabozos de la PIDE, era un crucero con aire acondicionado.

Del último mes sólo recuerdo el agrio olor a pies del cuartel de la PIDE y el hedor a vómitos de los camarotes donde nos hacinábamos soldados y otros pobres que retornaban a Portugal. Cuando desembarqué en Lisboa no me esperaba nadie. Isabel se había hartado naturalmente de mi silencio y, como pronto descubrí, su tío Francisco le había instruido sobre mi infidelidad con la demoníaca y esplendorosa alemana.

Una vez restablecido mi equilibrio para no andar como mareado, lo que suele acontecer tras largas travesías, y debidamente bañado y con ropa limpia, como almidonada, seca y rígida en comparación de lo que había llevado en Luanda y en el Planalto, me fui a despachar un bacalao à lagareiro como Dios manda, es decir, con su aceite en abundancia y sus patatas asadas un poco aplastadas, acompañado con una botella entera de Dão. Después, enfrenté la tarde lisboeta, su luz suave y su aire fino, con un demorado paseo por el Chiado y el Rossío donde, afortunadamente, no me topé con nadie conocido.

El lugar de la emboscada a Herrinkx

El lugar de la emboscada a Herrinkx

Al partir de Luanda, había hecho balance. Tres éxitos y tres fracasos. Las últimas, no haber aprendido a jugar al bridge, no echarme en los  tiernos y sensuales brazos de alguna de aquellas negras esplendorosas y no haberle devuelto al dueño del hotel, colaborador de la PIDE, los infectos cafés que todas las mañanas me sirvió un remedo de desayuno. Los éxitos eran involuntarios: no haber caído enfermo en aquellos casi cinco meses, aprender a conservar mariposas y no haber perdido mi empleo de pasante en el bufete del doctor Q, que me esperaba en Lisboa.

Con aquellos magros resultados me di por contento y me sumergí en la amable y dulce pasmaceira lisboeta, de la que sólo me sacarían los tumultos del 25 de abril de 1974. Pero eso será objeto de otra pormenorizada historia en una próxima entrega de las historias de mis vidas.

Pero visto desde la distancia de los años, si no hubiera estado inmerso en los placeres de la carne a que nos llevaba el hambre sexual padecida bajo la dictadura (en realidad, tengo que reconocer que esa fue la única cortapisa a mi veleidosos deseos que experimenté bajo la tutela del señor Doutor ; aunque quizás con Marcello Caetano todo fue más administrativo, menos aldeano y cada vez más pesado), un retazo de conversación cogida al azar de mi aproximativo alemán en una de las veladas musicales de la granja de Von Coerper debería haberme puesto sobre aviso y alertado sobre la verdadera conspiración que se tramaba entre Luanda, el Planalto, la rua Antonio Maria Cardoso, la sede de la PIDE. Pero en aquellos meses todavía era un inocente cruzado del señor Doutor, ávido de su reconocimiento paternal. Couto me parecía más una molestia que una verdadera amenaza. Y Lilo, una medida higiénica.

Sólo mucho más tarde supe que Couto era un agente doble que no había dudado en vender al emprendedor Herrinkx.

El MPLA salvaría los bienes de Couto y le retribuiría debidamente en la lejana villa brasileña de Itaquí, fronteriza con Uruguay, donde el viejo pasó sus últimos años. Eso y sus servicios a la PIDE, igualmente discretos, le habían permitido sortear los avatares de 1975, aquella descolonización que fue una oscura desbandada.

La clave estaba en aquella carta que me había entregado para Isabel y sobre la que yo, con hidalguía, no había osado ni siquiera echar un vistazo. La uní a mi trivial carta semanal y nunca pensé que antes de que la portera se la diera a Isabel, alguien había sustraído cuidadosamente las dos hojas de cuartillas de Couto.

Los alemanes estaban aquella noche algo alterados pero entonces no capté la importancia del suceso: sus planes se venían abajo pues el belga era su casi único contacto con las autoridades de Windhoek, en la Namibia colonizada por los sudafricanos y Herrinkx era el único que podía encontrar los apoyos necesarios en la Unión Sudafricana para el proyecto de una especie de nuevo Brasil multiétnico en plena Africa.


Un portugués en La Montaña mágica

2 diciembre, 2015

La Biblioteca Nacional de Lisboa, en el Campo Grande, es de construcción racionalista, con techos de madera y corcho que amortiguan el escaso ruido (los portugueses son silenciosos) y unos tapices y unos frescos sobre los descubridores dignos de admiración. Suele presentar pequeñas pero interesantes exposiciones de literatos, historiadores y personalidades que nos hablan de ese Portugal tan desconocido en España. Y en sus vitrinas suelen encontrarse joyas bibliográficas, cartas, documentos que completan la biografía del personaje elegido.

Hace un par de meses visité la exposición sobre Los dos últimos publicistas, Sampaio Bruno y França Borges, lo que  despertó mi curiosidad por estos republicanos lusitanos de finales del XIX.

 imgresBuscando en la biblioteca, donde se puede adquirir la carta de lector semanal, mensual o anual inmediatamente, he caido en una gran confusión, pues resulta que otro França Borges, éste militar, es el que está debidamente catalogado, con trabajos sobre infantería, sobre la región de Torres Vedras y sobre vinicultura.

 He tenido que explorar en la hemeroteca para encontrar al França Borges que buscaba. Difícil, pues sus artículos están dispersos en periódicos olvidados, finiseculares, de esos que duraban unos meses o como mucho un par de años. La siguiente expedición deberá ser a la Hemeroteca.

 Pero tras sucesivos descubrimientos, he podido saber que Hans Catorp y Joachim Ziemssen conocieron a França Borges en Davos, donde fallecería el portugués en 1915. Joachim y su primo ya habían fallecido, el primero de tisis, el segundo en combate a principios de la Gran Guerra, como cuenta Thomas Mann en La montaña mágica.

 António França Borges nació en 1871 en Sobral de Monte Agraço, a unos cuarenta kilómetros al norte de Lisboa, en la región llamada Estremadura.

 -Yo no soy un hombre de letras, sólo un hombre de propaganda, les comentó a Joachim y Hans cuando el ubicuo y sabihondo italiano, Settembrini, le abordó en una terraza donde Borges reposaba rodeado de libracos.

 Con ello, quiso librarse de ser sometido a un interrogatorio intelectual, en francés, además, pero lo único que consiguió fue la inmediata simpatía de Hans ante su modestia.

França Borges sostenía ubi libertas, ibi patria, por lo que Suiza, aun en la alta montaña, constituyó un descanso a su azarosa vida y a su exilio. Allí, en sus dos últimos años de vida, encontraría la paz de espíritu suficiente para leer todo aquello que no tuvo tiempo y aun para empezar un diario, sepultado en cualquiera sabe qué archivo portugués. Mann pudo saber de él cuando visitó Davos con su esposa en 1912, para inspirar su novela.

 Los disidentes o Generación Nueva, como les llamó Teófilo Braga fueron los pensadores más heterodoxos –pero malos políticos, un poco como los ateneistas españoles, como Manuel Azaña- que Portugal dio en su conjunto y que allanaron el camino para la República, que tan mal terminaría por sus propias limitaciones (con el Estado Novo de Salazar).

 

 


Misión en Angola. 17. Las cartas de mi (olvidada) novia portuguesa.

23 septiembre, 2015

Noticias de Lisboa en las cartas de Isabel

Mientras yo retozaba por el planalto e iba, en los escasos ratos libres, pergeñando el necesario informe de las cien páginas para el señor Presidente del Consejo, es decir, Oliveira Salazar, Isabel fue dejando su alma dibujada en tinta sobre cuartillas de papel de hilo. Aún conservo como un estudiante romántico, muchas de aquellas cartas con su perfecta caligrafía de las monjas.

Conservo sus cartas, los libros que me dedicó, con escuetos, para Rui y una fecha, unas corbatas y unos botones de puño (gemelos). De mí no sé si guardará algo, no me lo merezco; mis cartas fueron tan escasas, tibias y al fin prosaicas, con el texto apresurado de tarjeta postal, como mis sentimientos, ocupado como estaba en las profundidades más íntimas de la raza alemana. En el fondo de mi sécrétaire, sus misivas me alivian ahora de la soledad en las oscuras noches de invierno, cuando mis amigos del club Artilharia Um ya están cansados de copas, tertulias y de fados, cuando ya me he estudiado el Diario de Noticias y releído por enésima vez O Primo Basilio o Uma familia inglesa. Al calor de la estufa, las saco de sus sobres de avión, con los colores portugueses, y lentamente voy leyendo, como por vez primera, sus inocentes noticias que me hablan de gentes desaparecidas, de una Lisboa perdida y de un amor sencillo y casto como nunca más viví. Algunas veces tuve tentaciones de quemarlas, de librarme para siempre de esa inmensa saudade; afortunadamente no lo hice y hoy son el único rastro, con mi memoria quebradiza, de aquellos años de ambición y perdición.

 

Mi querido Rui,

Hoy hemos ido la madre y yo a misa a la iglesia de São Nicolau, en la Baixa; como sabes, o debieras saber, mi querido agnóstico, es la iglesia de los marineros y navegantes. Yo he pedido que hicieras una buena travesía y como esta carta ya te llegaría después de haber desembarcado, que hicieras otra buena travesía de vuelta y que sea muy pronto…

Por aquí, las cosas igual que hace quince días. En el trabajo bien, bueno, bastante bien, porque al Dr. Lambrique no se le ocurre nada bueno. Ahora quiere que me ponga a reparar unos libros de João de Barros, tarea que no tiene urgencia alguna pues hay otros ejemplares y no hay riesgo de que se pierdan, y tengo que dejar en cambio de desempolvar unos manuscritos que proceden del convento de São Domingos y cuyo desconocido autor sospecho se trata de algún relajado por la Inquisición. Pero, claro, esas cosas al Dr. Lambrique no le pueden interesar menos. Yo me adapto y callo, para no significarme en nada, siguiendo los consejos de la madre, que cada día tiene más aprensiones.

Ayer, como no estabas, salí con Guida y fuimos hasta Belem en el tranvía. Hacía una tarde suave y azul y la ribera estaba llena de familias con niños, y toda esa gente que tanta gracia te hace, perfectamente vestidos como si fueran a la oficina, con su periódico, cogidos del brazo y dando un paseo cortito antes de meterse en un café de Belem para no coger frío, aunque no hace realmente frío.

A propósito de frío, la casa se ha quedado helada y la madre se pasea con su abrigo por el pasillo dándole órdenes a las criadas, incluso a las que hace años que se fueron o se casaron, todo un poco cómico.

Esta semana se me va a hacer, mi Rui, larguísima. Cuando salgo de la oficina y subo por Garret casi espero que aparezcas en el Largo de las dos Iglesias. No quiero detenerme mucho por si me encuentro a algún amigo tuyo de esos que no hacen sino perder el tiempo en Havaneza, y me hace demasiadas preguntas. Como no sé mentir… y ya me dijiste que no diera muchas explicaciones sobre tu viaje. Eres un cazurro. Subo por Misericordia y voy andando, como cuando venías a buscarme. No tengo prisa por llegar a casa.

Ayer dijeron en la radio que en Nova Lisboa han inaugurado un hospital, “el más moderno de Africa”; ya será menos, ¿o es que los ingleses no tienen ninguno? Todos los días nos pasan la correspondiente ración africana en el parte. La Renascença es algo más discreta pero a menudo se ve que tiene que leer las notas oficiales de la Lusa. Bueno, espero que vayas por esa capital y lo veas con tus propios ojos.

Bueno, termino, a ver si echo la carta antes de que pasen a recoger los buzones y vuela rápido tantos miles de kilómetros que nos separan.

Tu Isabel que tanto…

Mi querido Rui,

Ayer cené con los Veiga Cardozo (como a ellos les gusta marcar, con z) en el restaurante italiano de la Praça de Espanha. Recordaba cuando habíamos venido por allí, el pasado junio, a la salida de aquella misa en la Iglesia de Fátima, cuando cenamos al aire libre bajo las pérgolas. La plaza está desmantelada porque las obras de la Fundación[1] no han hecho más que empezar. No sabes los árboles que han derribado. Y frente a la iglesia van a construir más edificios de la universidad. El restaurante estaba casi desierto…Los Veiga Cardozo, tan snobs, me llevaron a casa, yo creo que para apabullarme con su nuevo Humber, un auto inglés muy elegante, la verdad. Me dieron recuerdos para ti pero no preguntaron mucho, ya sabes que son bastante callados… y muy discretos, siempre que no sea para hablar de ellos mismos y de sus viajes.

Hace un mes que te fuiste y sólo he recibido tu carta, la primera, en que me hablas del desembarco, de tus primeras impresiones. Espero que tío Francisco no te aburra mucho y te deje trabajar y tener tu tiempo libre. Ten cuidado con las señoras de los militares, que me han dicho que son unas liberales de mucho cuidado…

 

Mi querido Rui,

Hoy me han presentado a un profesor español que dice dedicarse a la literatura portuguesa. Hablaba un portuñol más que macarrónico pero al fin y al cabo es bastante simpático para ser español. Era pequeño, calvo, con bigotillo y con barriguita, un poco parecido a Franco, así que no te preocupes que no era ningún conquistador. Hablaba mucho de Nicolás, Nicolás por aquí, Nicolás por allá, de …, hasta que caímos en la cuenta que hablaba del antiguo embajador, el hermano de Franco, todo ello para impresionarnos. Bueno, el caso es que parece que conoce al senhor doutor y tiene cierto enchufe. Quiere escribir un libro sobre el Padre Vieira, supongo que para deleitarse en el anticastellanismo de Vieira, y necesita ver los originales… Le hemos facilitado lo imprescindible para que no dé mucho la lata y aquí lo tenemos todas las tardes (por las mañanas debe dormir), tomando notas y fumando unos apestosos cigarros. Por cierto que tiene el bigotillo marrón de la nicotina. Cuando se va, ventilo la biblioteca, pero cada vez huele más y por las mañanas al llegar, se nota el olor a castellano.

 

Mi olvidadizo Rui,

El clima tropical no debe ser muy propicio para la escritura porque llevo ya tres semanas sin tener noticias tuyas. Sigo enviando las cartas al hotel Globo pero no sé si sigues ahí, si te has ido al interior…(entonces estaba yo en pleno periplo alemán, ya muy bien acompañado…).

Hoy he estado toda la tarde con la tía Fernanda. Ha hecho servir el té al antiguo estilo inglés que aprendió con su efímero marido, el rico señor Dawson. Me ha preguntado por tí y ha movido la cabeza con desaprobación cuando le he dicho que estabas en Luanda. Pero como es tan discreta no ha dicho nada. Se ha pasado el tiempo hablando de cómo se van perdiendo las buenas costumbres y el respeto, recordando a su marido y sus gloriosos días en Tánger cuando él presidía el Rotary y se dedicaba a la construcción de carreteras en la zona internacional.

            La madre ya sabes que dice que tía Fernanda, que ella todavía llama Fernandinha porque le lleva un par de años, me nombrará heredera. No sé cuánto puede tener, pero vive muy bien. Su piso de la rua Castilho está amueblado suntuosamente y está lleno de bibelots caros de los años veinte, de cuando acostumbraba a ir con su marido dos veces al año a Bruselas y a París. Te confieso, y me da vergüenza decirlo y aún pensarlo, que a veces pienso en esa casa como nuestra futura casa.

 

            O Rui,

            ¿Qué te pasa? Por tío Francisco sé que estuviste casi diez días en Luanda y que luego te fuiste con tus clientes al interior, a sus haciendas del planalto. Pero él decía que te esperaba de vuelta en un par de semanas. Ya sé que es difícil escribir desde o mato, pero también se que nuestros correos, sin ser los de su Majestad, no son tan malos. hasta la portera recibe carta de su hijo que está haciendo el servicio en Vila Henrique de Carvalho, en los últimos confines de la provincia. Por cierto, que me ha dicho que la gente se va de las haciendas, que los negros atacan desde el Congo Belga, bueno, ex Belga. Ella tiene mucho miedo y tiene la radio siempre puesta, unas palometas al Espíritu Santo y hace varias visitas a San Mamede. Dice que este mes de mayo va a ir a Fátima descalza, para que su João vuelva sano de la guerra. Yo le advierto que no vaya diciendo guerra por ahí, a ver si la policía la va a fichar como traidora. No hay guerra ni nada, ¿no es verdad, querido Rui?

            Yo ya no volveré a repetir la experiencia. Sé que a tí te molestan esas supersticiones, como tú las llamas. Pero para mí lo peor de Fátima fueron las Hermanas Dominicanas y su residencia, con esa especie de ardor y entusiasmo que me parecían como postizos. Lo mejor, Aljustrel y la casa de Lucía. La gente allí sí que tenía devoción y no los padres que merodeaban, melifluos y arrobados, por entre los árboles y por las callejuelas de la aldea. Se empeñaban en que todos fuéramos a Cabeço a ver donde decían que se había aparecido el ángel. En eso tienes razón, hay un negocio por detrás. Pero no me negarás que todo aquel paraje tiene algo de mágico. Mira, ateo mío, cómo Vila Nova de Ourem ya fue elegida por los Templarios, la cantidad de restos arqueológicos, de menhires, de cromlech, que hay por todos aquellos montes. Ah, y no me negarás que la procesión de las velas no te impresionó un poco, aunque tú decías, mi masón, que olía a pies y a sobaco. A tí, recuerdo, lo que más te gustó es que parásemos a comer en Nazaré, en la casa de comidas de Adrião Batalha, y la posta de bacalao y los carapaucinhos. Allí me terminé de dar cuenta que habrá que conquistarte por el estómago, que eras un burgués.

            Bueno, y después de este repaso turístico, a ver si no dejas de ir a misa, aunque sea de tarde en tarde. Alguna capilla habrá entre los salvajes (bueno ya se que no te gusta que les llame así, pero con las noticias que llegan aquí…). Beijinhos.

Caro Rui,

Como me dijiste que fuera buscando un piso para cuando nos casemos porque no quieres saber nada de herencias improbables ni de tia Fernandinha, te doy cuenta de mis indagaciones.

He visto unos muy espaciosos por la avenida Roma, en un nuevo barrio que se llama Alvalade. No son tan grandes como el de mi madre, pero hay jardincillos frente a las casas, van a hacer escuelas y vive gente como nosotros…

 

Caro Rui,

Ayer de visita en casa de las Tavora Pedroso, que todavía hablan, en cuanto tienen ocasión, de esplendores pasados, de tristezas y de títulos perdidos. Tienen un piso atestado de adornos, tapicerías y fotografías, en la rua da Madalena, justo frente al Largo Amaro da Costa. Luego me ha dicho la tía Bernarda que se las ve por el mercado escogiendo la fruta que casi está para tirar y los puerros y nabos que casi regalan antes de levantar los puestos, las cuitadas.

[1] La Fundación Gulbenkian empezaría a construirse por aquellas fechas cerca de la Plaza de España, en los Jardines de Santa Gertrudis, donde antaño estuvo la Colonia Balnearia Infantil.


El escritor portugués Almeida Faria

22 agosto, 2015

Tardío descubrimiento de su Trilogía Lusitana (A Paixão, Cortes, Lusitânia). Almeida Faria (nacido en 1943 en la ciudad alentejana de Montemor-o-Novo) ha mantenido su independencia desde una posición liberal y de izquierda, por lo que nunca llegó a ser apadrinado por la intelectualidad progresista portuguesa, devota de Saramago. Es demasiado espíritu libre. Además de literatura ha escrito ensayos y reflexiones, siendo considerado también filósofo, o pensador, que es menos rimbombante.

Almeida Faria

Almeida Faria

Su obra, en un portugués rico, genial, es algo de lo más innovador en la prosa portuguesa. Me atrevería a decir que más que Jorge de Sena, Cardoso Pires o José Saramago. Almeida Faria fue siempre políticamente incorrecto, mira su país sin anteojeras y no se cree mitos ni leyendas, sean de los nostálgicos imperiales (él llama a Portugal provincia-imperio), sean de los epígonos de la llamada Revolución de los Claveles, en realidad un golpe militar de izquierdas que derivó en un proceso revolucionario aprovechado sobre todo por la extrema izquierda, más organizada. Fustiga el colonialismo pero también los lugares comunes de la izquierda. Su obra, siendo consciente social y políticamente, es más lírica y psicológica, superando la obviedad política y la catalogación fácil.

El Alentejo, cerca de Montemor-o-Novo

La Trilogía Lusitana es un cuadro perfecto de la sociedad portuguesa de los sesenta y en torno al 25 de abril de 1974, con el trasfondo de la guerra colonial. Se publicó en 1978. Un mosaico compuesto con las piezas de unas vidas, Arminda, João Carlos, Santiago, André, los padres, Moisés, Jô, las sirvientas, con una imaginación rica, imprevisible. Su lectura –de adelante hacia atrás, por trozos, o trtadicional del principio al fin- nos hace comprender mejor Portugal y nos abre a ricas reflexiones, además de al placer de la lectura.

En España es, debido a esa especie de ostracismo a que le sometió la izquierda bienpensante y al relativo poco interés por lo lusitano, muy poco conocido y sólo Alfaguara se atrevió en 1985 a publicar Lusitania, en traducción de Miguel Angel Viqueira, que hace años desapareció del mercado. Otro par de libros solamente han sido publicados. Parece como si fuera de Pessoa o del ubicuo Saramago, no hubiera otros escritores portugueses. Menos mal que António Lobo Antunes sí ha sido acogido en las editoriales españolas, aunque su lectura es mucho más difícil y menos sugerente que la de Almeida Faria.

No sé si hoy algún editor español amante de la literatura portuguesa se atreverá a mandarlo traducir, aunque perderemos sus adjetivos, sus referencia sutiles al imaginario portugués, a la vida y geografía alentejana, sin duda, pero algo es algo.


Misión en Angola. Cap 14. El concepto alemán de los indígenas.

15 junio, 2015

El conde estaba desde muy temprano en sus plantaciones y ya estaba al corriente de mi nuevo sistema de transporte y compañía, según me hizo saber un viejo alemán de bismarquianos mostachos que era una especie de administrador. Podía irme. En la cena siguiente el conde estaría para hacer de introductor.

El viaje a la hacienda de Von Coerper, una de las más grandes del territorio, fue largo. Al final iríamos ella y yo solos con los boys, mudos, sordos y ciegos –especialmente invidentes- ante nuestras confianzas. Las doradas e interminables piernas de Lilo llegaban hasta el borde altísimo de unos shorts breves. Hicimos una parada larga, en medio del día, a la sombra de un inmenso baobab que, por los rastros de rodadas, era parada obligada en aquel itinerario. La sombra del baobab estaba salpicada de agujeros blancos y sólo su inmensidad conseguía abrigarnos del sol. Es un árbol que parece casi un tubérculo gigante, con un tronco grueso, elefantiásico, pero hueco. Los boys alzaron como diligentes autómatas, entre los dos coches, una tienda para nuestro almuerzo y se alejaron discretamente hacia unos matorrales que había a cierta distancia. La tarde se hizo fuego sobre el hielo.

De la posterior travesía, pasada la tumultuosa y placentera siesta, sólo recuerdo como en sueños la discusión de Lilo sobre si era mejor llevar los neumáticos llenos de agua o de aire, y si el chófer sabía o no lo que se hacía. Debía saberlo pues llegamos a la hacienda sanos y salvos tras horas de una pista. En las semanas siguientes aprendí a respetar a esos guías, chóferes, scouts, que tenían un instinto para encontrar los mejores pasos en los barrizales y para evitar las trampas de los indígenas en las que podían haberse precipitado nuestros autos, o para encontrar siempre el árbol al que arrimarse, o la pista por la que eludir un encuentro peligroso con algún amigo del MPLA.

Todas las haciendas alemanas se distinguían inmediatamente de las portuguesas que vimos a lo lejos, por un especial orden en las plantaciones, por las perfectas hileras empenachadas de palmeras, todas de la misma altura, que bordeaban los caminos en una rigidez vegetal en medio de la desordenada jungla, por las barandas y porches como recién pintados, por la pulcritud de los boys que acudían a desembarazarnos de nuestros equipajes. Un clima de prosperidad y eficacia reinaba en aquellos campos y hasta las habitaciones de los negros, cubiertas de zinc, simples, escuetas, fumigadas con desinfectante y pasadas por cal. Y, como luego comprobé, porque los negros eran casi invisibles, la distancia entre ellos y los amos alemanes era como la que había de Luanda a Berlín. Cada vez que nos cruzábamos con indígenas éstos debían saludar, descubrirse si iban con sombrero, salirse del camino dejando amplio paso e inclinarse levemente, sobre todo si íbamos con alguna señora. Los alemanes habían conseguido, en una tierra tan cálida, caliente, establecer algo de glacial, de distante, que amedrentaba a los negros, espantaba a los portugueses y mantenía a raya a los sicarios de la PIDE.

Von Coerper pertenecía a una familia de la Alta Pomerania que se había instalado en Africa del Sudoeste en 1906. Su padre había combatido en el Africa Occidental Alemana en la guerra de los Hereros, y luego en el frente ruso en 1917, y había debido salir, con la fortuna perdida, tras la abusiva entrega de las colonias alemanas a Inglaterra y Francia. Sólo los portugueses habían permitido a algunos colonos alemanes expulsados de Tanganika, de lo que ahora es Namibia, y del Camerún, instalarse en sus colonias, por un acuerdo tácito con los ingleses. Los menos se habían instalado en los años treinta, mientras la mayoría había llegado después de la segunda guerra mundial. Su hacienda era de las más grandes de Angola, sólo superada por las gigantescas de los Kronheimer y el auténtico virreinato de Von Ahlefeldt, a los que tenía que ir a ver dentro de unos días, según la cuidadosa y exacta agenda que me había proporcionado el señor Caetano.

Me preguntaba qué papel iba a jugar Lilo en todo este periplo, qué pensarían los alemanes de un portugués que les roba su doncella. Pero no pensaban nada, primero porque Lilo era res nullius, no era de nadie, y segundo porque estaban demasiado preocupados con sus cosechas, con la lluvia que tardaba, con los insurgentes. Y además no era doncella. A mí me consiguió quitar en nueve semanas y media todas las prevenciones católicas que guardaba. No que fuera yo un virginal mozo, que ya el amor venal me había permitido conocer las profundidades de alguna española, normalmente andaluza o extremeña, que enseñaban con displicencia a los más tímidos unas escasas y ciertamente demasiado pasivas artes en los turbios y sifilíticos locales que abundan por detrás del mercado da Ribeira, en el Poço Borratèm y por Martim Moniz.

Mientras la tarde se deshacía en colores de miel en las verandas, los hacendados me iban escuchando con forzada paciencia, mordiendo sus pipas o jugueteando con sus fustas. En general recibían la novedad, la brillante idea del señor Doutor, con una cierta prevención, algunos con no disimulado sarcasmo. Sus preocupaciones inmediatas eran la mala cosecha de algodón, el descenso de ventas del sisal y los nuevos cultivos de robusta y los experimentos con arabica.

Sólo el aval del conde –a quien la idea de un Brasil africano le parecía plausible- les hacía confiar en que no era un provocador más. Ya habían pasado por muchas traiciones, exilios, derrotas, como para creerse al primer funcionario llegado de Lisboa con el encargo de formar un movimiento de independentistas blancos. El modelo de Ian Smith lo contemplaban con desprecio, como una muestra más de la volubilidad británica. Se consideraban infinitamente superiores a nosotros y aquellas prevenciones, aquellas maniobras de maquiavelismo de vía estrecha les parecian fútiles. Sólo creían en la represión pura y simple, militar. La PIDE era para ellos una especie de intrusión de gestapistas aficionados y matones sin más inteligencia. Encerrados en una visión de los más boer[1], casi todos creían que podrían repetir la hazaña del aplastamiento de la rebelión y exterminio de los Hereros. Como había subrayado un tal Haraldsson.

-Esto les pasa a ustedes por su inútil Estatuto de los Indígenas, con el que minaron su propia colonia- graznaba la torre desde la esquina de la mesa (el conde procuraba alejarlo de la presidencia de la mesa para que no molestase y no nos llegasen sus improperios, pero la voz de Haraldsson saltaba todas las cautelas del protocolo). La cena continuaba, servida por aquellos silenciosos boys perfectamente adiestrados bajo la dura mirada de una especie de báltico, un tal Haraldsson, ya de edad con una cicatriz que le surcaba la frente tostada como una raya roja, con cara de verdugo desocupado que solo con las pupilas transparentes, con esos párpados sin pestañas, los tenía convencidos de que era el mismo diablo, el mítico Mwene Puto. Haraldsson se había lucido en la guerra en el frente del Este en hazañas que nadie osaba evocar, ni siquiera él mismo. Su historia oficial lo hacía apenas responsable del transporte por las estepas ora heladas ora enfangadas de un armón con cuatro inmensos percherones. La elegancia de Von Bodenberg bastaba para intimidarlo, pues el conde eludía saludarlo y el báltico no se atrevía a abrir la boca en su presencia. Sólo en algunas veladas regadas abundantemente de cerveza angoleña, se había ido de la lengua, pero Lilo había rehusado -entonces no supe porqué- traducirme aquellos relatos que mantenían a los alemanes con los ojos fijos, unos, y con una visible incomodidad a los menos beodos. Helmut Haraldsson era el eslabón perdido de los caballeros teutónicos que asolaron las llanuras polacas y rusas desde tiempo inmemorial, a la caza del eslavo.

-Creo que está usted equivocado, con todos los respetos –aventuraba yo- el Estatuto de 1933 de lo que peca es de no haber permitido que éstos se sintieran de verdad portugueses, sino casi siervos…

-Y ¿qué pretende?, ¿hacerlos ciudadanos?, insistía el báltico, ustedes no los pusieron en su sitio, están llenos de caridad católica, son como los polacos, añadía, con una mueca de desprecio que abarcaba Polonia, Portugal y todo lo que no fuera teutón.

-Bueno, ahora ya es tarde para debatir leyes pasadas, terciaba el conde, lo importante es ver qué se puede salvar todavía, si somos capaces de aprender la lección del Congo Belga, de Argelia…

-A sus cinco millones de negros, divididos en tribus, algunas irreconciliables, se les puede dominar perfectamente, está todo inventado, miren la Unión, Rodesia del Sur, no invente brasiles, que no hace falta. En Brasil tenían la amenaza por todas partes, los Estados Unidos que daba lecciones como siempre, todos los masones de las colonias españolas que prodigaban el mal ejemplo, aquí no hay problema, estos africanos todavía necesitan cien años para ser de verdad peligrosos. Y ni soviéticos ni nadie lograrán echarnos de aquí. Mano dura y ya está, concluía triunfante Haraldsson, echándose otro vaso de schnaps al gaznate, más bermejo que nunca.

Algunos comensales asentían, mientras el conde, demasiado elegante para entrar en liza, como buen anfitrión, me miraba con aire desconsolado. Con aquellos energúmenos no había esperanza.

Yo meditaba mientras sobre el nihilismo alemán y su habilidad para llegar al apocalipsis con orgullo y convencimiento, miraba por los amplios ventanales y veía a lo lejos a la baronesa podando tranquilamente sus rosales con un servidor negro que la seguía eficiente como un autómata con su carretilla. A lo mejor tenían razón y lo que teníamos los portugueses eran demasiadas contemplaciones. Como repetían muchos granjeros alemanes, “a los negros se les dan órdenes, no se habla con ellos”. Indestructible argumento.

Para mis lectores portugueses, les recuerdo que en 1905, los Herero, una tribu de habla bantú que eran los antiguos amos de Namibia, de remotos orígenes etíope-abisinios, se sublevó contra los colonizadores alemanes. Armados, con uniformes y con una decente organización militar, no era una siempre algarada de una tribu díscola. El castigo fue terrible y miles de ellos fueron exterminados y sus jefes ejecutados. No hubo apenas prisioneros. Ya en aquellos años 60 , el lugar de Okahandjia, donde están enterrados muchos de los legendarios dirigentes de aquella guerra, como su jefe Maherero, era un lugar de peregrinación.

 

[1] Boer quiere decir campesino en holandés.


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