El zapatero de portal (tercer retrato lisboeta)

14 enero, 2020

Siempre ha habido un cierto menosprecio por esta profesión tan imprescindible de zapatero. “Zapatero remendón”, “zapatero a tus zapatos”, son frases que encarnan ese concepto algo peyorativo del que nos ayuda andar bien, a no torcernos la columna, a no resbalarnos. Y que ayuda –o ayudaba- a la prestancia del bien trajeado. Este menosprecio de los oficios individuales y sobre todo de los manuales va aumentando a medida que la globalización y la llamada inteligencia artificial se adueñan de la producción.

Los zapateros de portal trabajan en un rincón cerca del vano o hueco de la escalera, una especie de cuchitril donde acumulan zapatos torcidos, desangelados, atribulados, pero que resucitan en sus manos. Pero ya no hay casi zapateros remendones porque las suelas están pegadas, no cosidas y porque las llamadas ‘deportivas’ las usan hasta los jubilados.

Por llevar la contraria, acabo de hacerme lustrar los zapatos con el señor Alberto, que es un zapatero de portal. En Lisboa todavía existen algunos. Me siento en la pequeña butaca o taburete, según el limpia. Coloco los pies en los pitones o pies de hierro con forma de suela. El lustrado consta de ocho capítulos:

  1. El limpia inserta las lengüetas de cuero blando (antiguas suelas reutilizadas) en el zapato para proteger los calcetines del cliente.
  2. Se quita el polvo con un cepillo algo duro.
  3. Se extiende la densa crema líquida Viriato de bote con un cepillo viejísimo, ya bastante mocho.
  4. Se cepilla de nuevo para quitar los restos húmedos de la crema.
  5. Se unta crema de lata Galgo con un paño viejo, amarronado y abatanado, que se sujeta a los dedos corazón y anular haciendo casi un nudo.
  6. Con un cepillo duro se frota bien la crema, para quitar los posibles grumos.
  7. Se pasa enérgicamente un cepillo blando para dar brillo.
  8. Se frota con una bayeta bien abatanada, que se sujeta con las dos manos, para terminar de lustrarlos.

Precio: dos euros y medio.

En este campo del oficio hay dos escuelas. Los limpiabotas que usan primero la crema Viriato, negra o marrón, según el cuero, que es bastante líquida. Y otros, como el senhor Silva, que sostienen con vehemencia que jamás ha de aplicarse líquido a un zapato, por muy denso que sea, y pasan directamente, tras un enérgico cepillado para quitar el polvo o el barro, a la crema. Al final, además de otro cepillado en el que el cepillo baila de una a otra mano a velocidad pasmosa, con esa habilidad del limpiabotas con sus dedos ennegrecidos del betún, se debe efectuar un frotado enérgico con un trapo coriáceo que ha trabajado ya en muchas limpiezas, lo que deja el zapato reluciente.

Pero también he sido testigo, estupefacto, de cómo el senhor  Silva, de la Oficina do Calçado de la avenida Alvares Cabral ha cogido diligente un papel de lija para quitar las manchas de unos zapatos de ante.

El arte del limpiabotas se va perdiendo. Ha habido doctas interpretaciones marxistas de dónde encuadrar al limpiabotas y al zapatero en la escala de clases sociales. Para los ortodoxos podrían estar en un segmento, como dicen, entre el lumpenproletario y el trabajador no proletario. Sólo Baroja habla con admiración en Las figuras de cera, de un zapatero de Bayona, Palassou, un sansimoniano. Tengo que rebuscar en Galdós, que seguramente los menciona.

Para la mayoría, como decía al principio, los zapateros son personas sin mayor importancia. Y, sin embargo, el zapatero sabe cómo andamos, de qué pie cojeamos, si apoyamos la punta o el talón. El andar de una persona revela bastante de su personalidad, cohibido, arrogante (“pisar fuerte”), estúpido (“un tuercebotas”), sensato (“con pies de plomo”), insensato (“la cabeza caliente y los pies fríos”), desganado (“arrastrando los pies”).

El calzado ha constituido siempre un medio de distinción y diferencia, social. Recuerdo cómo en el campo andaluz eran la alpargata y las abarcas (con suela de rueda de coche) lo que predominaba. Los ‘zapatos de material’, es decir, de cuero, eran raros y sólo se usaban en bodas y funerales. En Rusia, las suelas eran de corteza de abedul (lapti).

Hoy día debido a varias causas, los zapateros y los limpiabotas desaparecen. Primero, por el desarrollo económico y la mejora gradual –no muy rápida, pero gradual- del nivel de vida. Segundo, porque a ningún joven se le ocurre, aunque se encuentre en la más abyecta precariedad, aprender este oficio en que hay que agacharse ante el cliente, casi en genuflexión servil; prefiere estar en el paro eterno. Tercero, porque muchísima gente se ha pasado a las ’deportivas’, cómodas pero ramplonas.

La zapatería del senhor Alberto en Lisboa

Llevar los zapatos limpios, relucientes, denota al caballero. En algunas reuniones de cierto postín he comprobado, en efecto, que al ser presentado a los viejos aristócratas y algunos diplomáticos, éstos miran rápidamente a la cara y después bajan la mirada hacia los zapatos. Curiosamente, también he leído por ahí que los estudiantes de la Torah y el Talmud, en los viejos y embarrados shtels de Polonia y Bielorrusia, debían llevar los zapatos bien bruñidos. Los zapatos son también una muestra del diablo, sobre todo si son rojos, y quien haya leído El maestro y Margarita, de Bulgákov, lo sabe. Ese libro lo tituló provisionalmente su autor El consejero con pezuñas. Pezuñas, en francés, también significa zuecos (sabots). Hay múltiples alusiones a cómo ese ‘extranjero’, el diablo, va calzado: “grises, de fabricación extranjera”, “rojos, mal lustrados”, “zapatos barnizados”, “centenas de zapatos –negros, blancos, amarillos, de cuero, de satén, de ante, de seda-“ y hasta pantuflas.

P.S.- Tras redactar este artículo me he enterado que el padre de Stalin era zapatero.


Un portugués de Ultramar (segundo retrato lisboeta)

16 diciembre, 2019


Tiene una pequeña tienda de electricidad en el barrio algo triste de Campolide, en una de las vilas –Vila Taborda- que todavía quedan antes de que las derriben para hacer pisos de lujo, en la rua General Taborda. Las ‘vilas’ son como patios de vecindad, con casas de una planta, que alegran y esponjan los barrios lisboetas. Los buitres de la especulación planean sobre ella para demolerlas y arrasar y construir.


En la vila donde vive el señor Alves viven mujeres de limpieza, algún albañil, un cartero, una familia caboverdiana que lleva en Portugal medio siglo, y muchos viejos. Hay un fregadero, una parrilla para asar sardinas y macetas en los alféizares y dos o tres gatos tranquilos que liberan de roedores la vila. En algunas casas sólo hay luz eléctrica desde hace cinco años y todavían guardan sus lámpara de Petromax, por si acaso. A la entrada, en un viejo arco de chapa oscurecida por el óxido, la inscripción medio borrada ‘Vila Taborda’.


Su tienda, mejor taller, atestada de aparatos, da siempre una sensación de sosiego, de una cierta tranquilidad, un lugar para detenerse y conversar. Con su arte y oficio, António Alves, en la soledad de su taller, no es el vendedor apresurado, hipócritamente amable, sino que pasa los ratos arreglando máquinas que le traen los vecinos –esas que dicen que no vale la pena repararlas sino que hay comprar unas nuevas-. Más que tienda tiene su oficina, lo que en portugués llaman al taller. Palabra que no designa un despacho sino el lugar donde se ejerce un oficio, un officium, de ob facere.


De vez en cuando vende algo, poca cosa, un tostador de pan (ya se sabe que duran dos temporadas, están hechos adrede para durar poco), una pilas, un exprimidor. El senhor Alves devuelve a su establecimiento el sentido que siempre tuvo, no un lugar donde se entra, se compra y se paga, sino algo mucho más humano. No es uno de esos templos del consumo impersonales, con muzak de fondo y dependientes mal pagados que proliferan en los centros comerciales de Portugal.


El mostrador lo ha convertido en un banco de trabajo donde se acumulan piezas sueltas, alicates finos y destornilladores, medidores de tensión, condensadores, lámparas catódicas, válvulas de radios viejas, conmutadores, diferenciales destripados, transformadores que todavía sirven, alguna bombilla, un par de reostatos para medir la resistencia. Por la tienda hay aparatos en cajas, unos nuevos, otros para reparar. El señor Alves sabe cómo funcionan todos y cada uno, su potencia, su capacidad real, su consumo. Sabe descifrar la información abstrusa de tanto catálogo que para los legos nos es indescifrable, ininteligible. En su sótano tiene más material, además de un pulcro retrete y lavabo.


A pesar de su edad, 77 años, el señor Alves se pasa el día de pie, reparando aparatos, soldando conexiones rotas con estaño, facilitándole la vida a los vecinos. La tienda-taller del señor Alves es un servicio público, comunitario.
El señor Alves es capaz de explicar, de manera muy didáctica, lo que significan el voltio, el amperio, el vatio y el ohmio.


El vatio o watio, me cuenta, es la cantidad de energía eléctrica que fluye, el amperio, la intensidad, el voltio es la presión, como la presión del agua, y el ohmio es la resistencia al paso de la electricidad (imagínese un tubo de agua, me dice). El ohmio expresa la relación entre tensión, intensidad y resistencia, que son los tres elementos de todo circuito. Cuando vamos por el culombio, algo que me dice “determina la magnitud de energía entre dos cuerpos de polaridad opuesta”, ya me he perdido. Veo, entre sus papeles y cuadernos, numerosos dibujos de circuitos, perfectamente trazados a dos tintas, indescifrables para mí como un jeroglífico. Mientras conversamos, escuchamos en el fondo una música agradable. Son Juan Francisco Torreblanca y Simón Díaz, magníficos cantores que dominaron el arpa, las maracas y el cuatro, la guitarra venezolana de cuatro cuerdas.

El senhor Alves, enjuto, con el pelo de una blancura impecable, plateada, es el portugués por antonomasia: educado, cosmopolita, viajero, con un vínculo africano que se inició cuando sirvió en el ejército en el Norte de Angola bajo el mariscal António de Spínola. Spínola, con su monóculo, recordemos, fue uno de los más prestigiados militares de Salazar –había sido observador en la campaña alemana en Rusia, antes de Stalingrado-, aunque luego fue el promotor del 25 de abril (Portugal e o futuro), cuya revolución lo devoró, teniendo que marchar al exilio. Tras el episodio angoleño, Alves trabajó varios años en una fábrica de locomotoras en Salisbury, en la Rhodesia del Sur de Ian Smith, que hoy languidece y se empobrece bajo el nombre de Harare. Ya no hay fábricas de locomotoras y el legendario hotel Meikles está hoy medio abandonado. Conserva una fotografía dedicada de Ian Smith de cuando éste visitó la fábrica y una metopa con el escudo de la reserva nacional de Hwange (creada por los ingleses en 1928 con el nombre Wankie Game Reserve) y recuerda haberle visto entrar varias veces en aquel hotel. Fundado en 1915 por un escocés llamado Meikle parece que va a resucitar ahora de manos de unos inversores de Dubai. Por aquellos dichosos años, el senhor Alves conducía incluso un flamante Plymouth Valiant, fabricado en Canadá.

Metopa del Wankie Game Reserve, con la siiueta de una palanca negra.


Cuando la descolonización, el senhor Alves, en vez de volver a Portugal, a la metrópoli, encontró trabajo en Venezuela, en una de las fábricas de la cerveza Polar, en la agradable ciudad de Valencia, “es la que tiene el mejor clima del país”, me dice. De entonces le viene la afición por una de las mejores músicas de América Latina.


Los portugueses de Africa, de las entonces llamadas provincias de Ultramar, se dispersaron por medio mundo tras 1976, cuando la descolonización se desorganizó desde los despachos de Lisboa, y se perpetró como una auténtica desbandada. Los retornados a Portugal fueron la mitad; los demás se fueron a Suráfrica, a Brasil, a Canadá, incluso a Australia. Tras muchos años de silencio, ahora se empieza a escribir sobre aquel éxodo de miles de modestas familias portuguesas –un millón de personas- que salieron con lo puesto ante la impasibilidad de los políticos de la metrópoli. Lean, para muestra, uno de los más recientes, O retorno, de la escritora Dulce María Cardoso. El senhor Alves, como tantos retornados, guarda un discreto silencio sobre aquellos años del retorno.


Tras mucho bregar y caminar, el senhor Alves lleva esa vida tranquila de barrio en su pequeño establecimiento, con la satisfacción diaria de hacer que un aparato vuelva a funcionar, de reparar cosas y facilitar la vida de sus vecinos y clientes. La gran sombra de su vida fue quedarse viudo hace unos años, pero sus dos hijos son su satisfacción.


Maciel y el esperanto (retrato lisboeta)

25 noviembre, 2019

Paseando por Boavista, barrio que en los tiempos de Eça de Queiroz llamaban el Aterro, me topo con su almacén. Está encerrado en su garita acristalada que le separa del ruidoso taller con sus notas, facturas y albaranes, en la nave tres obreros cortan, doblan y moldean hojalata y latón. Su cuchitril está atestado de viejas piezas y herramientas, con estantes donde reposan polvorientos unos libros desencuadernados, amarillentos, junto a un pequeño busto de escayola pintado de marrón.

Con el achaque de comprarle un farol entablo conversación con el señor Maciel. Es más bien bajo, con el pelo blanco algo ensortijado. En la calle, y a veces también en el taller, cuando hace frío, se cubre con una gorra oscura. Dos pares de gafas viejas junto a las plumas y lapiceros atestiguan su vista cansada.

Me explica cómo se trabaja la hojalata, una aleación de acero y estaño, y el latón, que es una aleación de aproximadamente un 60% de cobre y un 40% de zinc. Su familia es latonera desde hace varias generaciones. Aun conserva las facturas de finales del siglo XVIII cuando traían el zinc de un pequeño pueblo no lejos de Maastricht, de lo que ahora es Bélgica y que entonces pertenecía probablemente a Prusia, porque eran tierras de los Hohenzollern (Hohenzollernsche Lande Preussen, según describe mi viejo atlas de F. W. Putzgers).

Su hijo lee en un rincón un viejo libro sobre las formas de plantar y cultivar el café, con unas bellas estampas coloreadas que me muestra con satisfacción. Los rebusca por los alfarrabistas, o libreros de lance que hay por el centro. Es un amante de los libros, como su padre. El que preside el estante, me dice, es el Fundamento de Esperanto, el libro de Zamenhof, en una vieja edición portuguesa de 1905.

Sólo en la periferia de Portugal, que fue asolado por la Inquisición hasta hace doscientos años, en los confines pedregosos y montuosos del país, puede imaginarse la vida de Maciel, de su vieja familia en Tras-os-Montes, acogidos a la benevolencia del Conde de S. Todavía reciben alheiras de caça, esos embutidos que disimulaban la ausencia de cerdo, de unos lejanos parientes de Freixo. Aquí tiene poca familia, sólo una prima, Raquel, que vive cerca de la Feira de Ladra, en los altos de Alfama, casada con un Abecassis que se dedica a las antigüedades inglesas.

Tras el primer encuentro, he recalado a menudo en su taller, donde hablamos un rato, cuando las cuentas del latón le dan asueto. Otras nos hemos ido paseando hacia la Baixa o nos hemos metido en un café silencioso a tomar um chá de limão o una Agua das Pedras.

El señor Maciel tiene muchos recuerdos personales; pero que no se le pregunte por el Estado Novo, ni por los años de la Segunda Guerra, cuando Lisboa era puerto de tránsito de exiliados, perseguidos, refugiados. Su historia, y toda la historia para él, es una sucesión de retazos, de anécdotas, de personas que conoció, de casas en las que instaló sus faroles y donde conoció a clientes imposibles, raros o extraordinarios. De su infancia más arriba de Peso da Régua sólo recuerda cuando en la escuela le prepararon para hacer la Primera Comunión y su madre disgustada se fingió enferma para excusarse de asistir. O cuando el Padre Isidoro la emprendía con él a pescozones porque confundía el Padre Nuestro con el Credo.

La madre –me dice- también hacía unos preciosos centros de mesa precisamente en octubre con mirto, limones y si encontraba una palma, aún mejor. “A mi madre nunca la entendí muy bien, tenía unas costumbres extrañas, que imponía a mi padre, quien las acataba sumiso y sin discutir”, me comentaba el señor Maciel una tarde en que se le deshizo algo su reservada lengua con unas ginginhas cerca del Rossío. En realidad lo que me contaba el señor Maciel no era sino las viejas costumbres de los anusim de Tras-os-Montes, convertidos al cristianismo, pero que conservaron costumbres que a veces ni ellos mismos sabían de dónde procedían.

Maciel me contó una tarde lluviosa, en uno de los cafés que aun hay por la Baixa, su violín de Ingres, su afición casi oculta: el esperanto. De joven, tuvo la curiosidad de estudiar esa lengua creada por Luis Lázaro Zamenhof, también llamado Rehov Eliezer. De ahí que entre sus libros de cuentas esté el misterioso busto en escayola. El esperanto fue quizás soñado como un yiddish para gentiles, una lengua franca que sólo se le podía ocurrir a una persona como Zamenhof, que hablaba varias lenguas, siendo la suya materna el yiddish. Una lengua, lingvo internacia Esperanto, que serviría, pensaba, para detener las persecuciones, evitar los pogroms, y para que no hubiera más guerras. Lengua de una esperanza que destruiría la Gran Guerra de 1914, como el Imperio Ruso, dentro de cuyas fronteras –en Byalistok, hoy Polonia- había nacido su inventor y cuya utopía, de haberse convertido en realidad, podría haber salvado el Imperio que se desmoronaba entre luchas étnicas y lingüísticas. Una lengua artificial que parece creada para apátridas, una especie de pasaporte Nansen hecho diccionario para personas a las que les robaron la lengua. Como los que perdieron el castellano y el hebreo y tuvieron que hablar en yiddish o en ladino.

Esta afición esperantista le viene del amigo de su padre, Acácio Lobo con quien, recuerda, tenían una tertulia en los Restauradores a la que también asistía otro gran amigo, Teófilo Gomes; Lobo se dedicó a escribir manuales y guías de conversación, entre ellas una del Esperanto. En 1942, aquella tertulia se enriqueció temporalmente con la presencia de algunos centroeuropeos y alemanes que esperaban visados para Brasil y Argentina, entre ellos Peter Frey, un escritor esperantista danés.

En aquellos años cincuenta en Lisboa no había gran cosa que hacer, salvo las revistas del Coliseu y los teatros del Parque Mayer, de los que Maciel nunca gustó por chabacanos. El esperanto era entretenido y, al igual que los radioaficionados de la Citizen Band, le permitía cartearse con gentes de muchos países, coleccionar tarjetas postales de los lugares más impensables y salir de la monotonía. Su sueño era pasar al esperanto Os Maias, pero fue tarea ímproba.

Al señor Maciel se le ocurrió organizar hace años, antes del 25 de abril, otra tertulia de esperanto, para lo que se requería saber hablarlo, al menos un poco. Era en el Café Raiano, local algo apartado y discreto (que ya no existe, como otros tantos), por la rua Possidónio da Silva, esa calle que honra la memoria de un ilustrado masón –del rito irlandés-. Pero, a pesar de eso, o por eso mismo, provocó la curiosidad de un agente de la PIDE, fumador empedernido que se sentaba al fondo del café con un vaso de agua y que casi les daba lástima.

Pero él me dijo con cierta sorna, que muchos de los que se reían de su esperantismo al fin y al cabo no eran sino nietos de aquellos que vendían dátiles –tâmaras, les llamaban, los daktilos en esperanto- por el Arco da Graça hace cien años, venidos de Tánger y Gibraltar, que hablaban una mezcla de maltés, inglés y español, de cualquier manera, y que ahora se las daban de distinguidos y se habían mudado más lejos de Martim Moniz para borrar sus orígenes de vendedores ambulantes.

Maciel esperaba que una lengua única, un solo idioma para los comerciantes, esos mismos que habían popularizado el telégrafo, el teléfono, los ordenadores, fuera en beneficio del mundo. Pero el inglés llegó en los remolques de los ejércitos aliados en la Segunda Guerra (EEUU y la Commonwealth). Los comerciantes eligieron el inglés.

Acariciaron la idea de crear una radio en esperanto en Lisboa, La onda de Lisbono, pero no tuvieron fondos. De los tiempos del esperanto ya no queda nada, aunque el señor Maciel conserva unos cuadernos donde fue anotando las palabras y las frases más utilizadas: zinko, su material de base, tre bone, danke, que siempre da las gracias a sus clientes, urbdomo Lisbono, el ayuntamiento que le trae por la calle de la amargura con tantas reglas, cu vi havas tason kafo?, porque le gusta el café y se toma varias tazas al día (que compra en el tostadero de un amigo en la Travessa do Pasteleiro, por Madragoa), kion vi devos fari?, siempre con cosas que hacer, y así sucesivamente, hasta su vendis tre malkara lampeto, lumsirmilo kaj kandelingo, pues vende barato sus lámparas, pantallas y candelabros.

El señor Maciel, cuando tenga algunos ahorros y con el pretexto de alguna partida de las que exporta, no quiere morirse sin ir a ver el Museo del Esperanto en el Hofburg de Viena. Entre sus libros tiene además una curiosa biografía del general francés Hyppolite Sebert –un gran defensor de Dreyfus, me dice- gran esperantista, que su diligente hijo ha encontrado en la Feria da Ladra, en el puesto del señor Luis, librero ambulante.

En fin, esta es una de las personas que todavía encuentro por las calles, cafés y establecimientos de apartadas calles de Lisboa.

Para más información sobre el esperanto: https://eo.wikipedia.org/wiki/Vikipedio:%C4%88efpa%C4%9Do


El poeta José Bento (1932-2019)

14 noviembre, 2019

José Bento, quizás el hispanista más relevante de Portugal, ha muerto hace unas semanas, el 26 de octubre. Poeta, recibió muchos premios en ambos países. Pero ahora parece como si nadie le recordase en España, como si los premios bastasen y ya no hubiera que recordarlo más. Lo que además de ingrato es injusto, pues Bento ha dado a conocer nuestra poesía del Siglo de Oro, a Lorca, a Eloy Sánchez Rosillo, a Octavio Paz, y hasta a Ortega y Gasset y María Zambrano. Es difícil encontrar un poeta y escritor portugués que conociese mejor nuestras letras. Ha sido el perfecto embajador de nuestra poesía en el mundo lusófono.

Su trabajo inmenso de traductor ha impregnado también su propia obra, como a veces suele acontecer. ¿No decía Javier Marías hace poco en una entrevista a un medio portugués que trabajar en la traducción literaria es la mejor escuela de escritura? En muchos poemas se trasluce un clasicismo que evoca la poesía española y a  portuguesa de siglos pasados, sin caer en la nostalgia ni el pastiche.

Recuerdo en 2000, cuando hicimos un viaje cervantino con otros escritores y poetas portugueses como Hélia Correia, Maria Fernanda de Abreu, Francisco Belard y Casimiro de Brito, bajo un cielo invernal siempre azul, los kilómetros por las rectas carreteras de La Mancha se nos hicieron muy agradables hablando de Cervantes, de literatura y de poesía tanto españolas como portuguesas.

Cuando llegamos a El  Toboso, en que José Bento empezó a leernos, “estaba el pueblo en un sosegado silencio…”. Así titularía después una colección de poemas de asunto cervantino. Estuvimos en Infantes, Argamasilla de Alba, San Carlos del Valle, en La Torre de Juan Abad y, claro, en El Toboso. El día anterior, en una librería de Toledo, si no encontramos los papeles de Cide Hamete Benengeli sí hicieron un acopio de libros de literatura española, que los portugueses estiman y conocen muy bien.

José Bento, con Francisco Belard, año 2000

José Bento, hombre amable, discreto, y trabajador esforzado, tradujo también el Quijote en 2004, obra que hizo decir al escritor portugués Almeida Faria que “es una traducción bella, excelente y fiel”.

En lo que ahora es una ciudad dormitorio, Mem Martins, entre Lisboa y Sintra, alejado del mundanal ruido, seguía escribiendo, leyendo, siempre alerta, con una delicadeza especial que su amable mirada azul. Era el perfecto compañero de viaje, en el sentido más noble de la palabra, para recorrer España y Portugal, sus pueblos y sus letras. Su rigor lingüístico, su buen gusto literario, eran de una especial, considerable importancia, que se plasmaron en sus traducciones.

Su poesía es difícil, a veces fría, a menudo enigmática, tan enigmática como es la vida, lo que infunde en el lector atento una sensación más alta, más espiritual, como un deseo de meditación. En sus poemas resaltan también las sombras, esas sombras que añaden resalte a los objetos e ideas; palabras que tiene varios significados, con sus claros y sus sombras, como la propia vida. Así como la luz del alba y la del crepúsculo destacan los volúmenes, los perfiles. Pero, efectivamente, son más difíciles de delimitar pues derivan de la luz. Pero también sus poemas son como cristales de aumento sobre sensaciones que si no desaparecerían de nuestra vista.

No son poemas para leer una vez (como nunca lo es un buen poema, al que siempre hay que volver porque depende hasta del estado de ánimo del lector para adentrarse más o menos en él). Es también difícil porque no es narrativa y es más de sentimiento y pensamiento que de comunicación. Bento recupera, rescata palabras portuguesas casi olvidadas en el lenguaje corriente. En su poesía hay mucho de ensueño e introspección, además de evocaciones del pasado cultural, de la Biblia y de la música.

Su colección O enterro do Senhor de Orgaz es la mejor reflexión lírica sobre esta pintura. Es una auténtica ekphrasis en verso (que es la descripción de una obra de arte como ejercicio retórico, la descripción verbal de una pintura a menudo hecha por medio de un poema). Se trata de una serie de diez largos poemas en verso libre, donde no solamente se describe la pintura sino que se deja hablar al Greco. Con esos versos, el libro de Gregorio Marañón (El Greco y Toledo), y el de Manuel B. Cossío, ya nos podemos adentrar en el mundo del pintor.

En otro libro, Sítios, nos ofrece el poeta sus versos más abiertos, hablando de lugares, aldeas y rincones. Difícil de encontrar, pues las tiradas son escasas y los libreros escogen lo más vendible.

Una curiosidad sobre José Bento me la contó él mismo. Hace muchos años escribió un libro o manual de contabilidad, muchas veces reimpreso, cuyos derechos de autor le han permitido tener unos ingresos complementarios para su vida cotidiana, que de poeta no se gana  mucho. Una profesión tan prosaica –contabilidad- que contrasta con la creatividad de un poeta o escritor la encontramos en numerosos casos, como T.S. Eliot, trabajando de bancario, Faulkner en una oficina de correos, Kafka en los seguros o García Hortelano como funcionario del Estado, entre centenares de ejemplos.

También ha dedicado poemas a Bilbao, Secuencia de Bilbao, donde hay muchas alusiones a su admirado Miguel de Unamuno. Pero también Andalucía (Arcos de la Frontera) y muchos pueblos de Ciudad Real.

La ciudad, como tal, le provoca versos y poemas, que recorren todas sus colecciones. Así, no resisto transcribir parte de un poema que debería ser leído por alcaldes y constructores: el poema a la destrucción de barrios y casas inmemoriales, algo que está sucediendo en todas las ciudades de España y Portugal, dejadas a la codicia y al mal gusto de los especuladores inmobiliarios (en Silabário):

Donde la ciudad a borbotones pierde su nombre

y el crepúsculo recupera la amplitud de sus pulsaciones

-entre tímidos arbustos, montones de chatarra,

patios donde los niños montan alegres campos de batalla-

fue derribada una casa:

                                    se abrió una herida

que nadie sabe cuánto le va a doler

al avaro coleccionista de imágenes recordadas

que con penosas búsquedas defiende su frágil patrimonio.

Ahí se borrarán las callejuelas para infligir avenidas,

paredes usurpadas hasta los cimientos

por la avidez de los edificios formulados por la regla del interés,

piedras queridas por manos y por miradas

yacen y callan sus inscripciones

de adolescencias y abandonos, de desvaríos y agonías.

(…)

O éste, que reivindica el universo, si no virgiliano, al menos acogedor, de los paisajes prístinos que van desapareciendo:

La ciudad es negra y crece hacia adentro

con calles cada vez menos de cada hombre,

donde nunca amanece y siempre está anocheciendo

-un atardecer tardío por la sangre que escurre de los anuncios luminosos.

Las casas que se elevan sofocan avenidas,

quiebran los vientos, apagan el sol entre sus brazos,

no multiplican las estrellas en sus techos de cemento,

oscurecen arboledas, y aliñan sólo frutos amargos de carbón.

El horizonte está más cerca por el humo envenenado

que abate las aves que intentan huir (…)

José Bento, de un iberismo no ideológico ni trasnochado, fue amigo de muchos poetas españoles, en especial de Eloy Sánchez Rosillo, su “excelente amigo”, del que tradujo Las cosas como fueron (magníficamente editado en bilingüe por Assirio & Alvim); si no supiéramos que Rosillo es español, no notaríamos que la versión de Bento es una traducción. Es, en mi opinión, una traducción de poesía –ese trabajo casi imposible- perfecta, invisible. Como dicen only poet can translate poet.

También era amigo de Carlos Bousoño, de Angel Crespo (nuestro gran especialista en las letras portuguesas), de su mujer, la también poeta y traductora, Pilar Gómez Bedate, y de Francisco Brines, entre otros muchos.

A pesar de su hispanismo, hay muy poca obra suya publicada en España. El Entierro fue publicada en El Ferrol en 1986, pero poco más. Tampoco tenemos constancia de que los medios españoles se hayan hecho eco de su desaparición; pero aun hay tiempo, paciencia, alguien lo recordará.

Pero ni en Portugal, salvo el diario Público, le han dedicado mucho espacio –por ahora-. Así, Expresso se ha contentado con una breve nota de obituario, lo que aquí llaman un rodapié, y Jornal de Letras con un tercio de página (que contrasta con la atención que prestan a otros escritores y poetas de menos envergadura). Esperemos que en las próximas semanas alguien se acerque a su obra.


As montras em execução, los escaparates de alfarrabistas lisboetas.

5 noviembre, 2019

Montra em execução y volto jà, son los dos letreros más famosos de los escaparates portugueses, hacen nuestra delicia, excitan nuestra curiosidad e incitan a ese deporte urbano que es pasear mirando escaparates, eso que los americanos llaman window shopping. En las librerías de lance los escaparates son importantes, aunque no imprescindibles.

Libros viejos, óleo del autor.

Los alfarrabistas, como son llamados los libreros de viejo o de lance en Portugal, siempre tienen los escaparates en ejecución, es decir, as montras em execução. Y tienen razón pues, por definición, el escaparate de una librería debe estar en constante cambio, nunca terminado, nunca inmóvil.

Esta curiosa palabra viene de alfarrábio, libro viejo o cartapacio. Lo que quizás llamaríamos nosotros mamotreto (livro de apontamentos, según el Diccionario Español-Portugués de Manuel do Canto e Castro Mascarenhas Valdez, Lisboa, 1866; el primer diccionario bilingüe publicado tras la restauración de la independencia nacional en 1640, tras más de dos siglos ignorándose).

Las montras o escaparates deben cambiar a menudo porque los libros cambian cada semana, cada día, a tenor de los caprichos de los buscadores empedernidos. En Madrid, donde residía, hay librerías históricas como Marcial Pons, en la plaza del Conde del Valle de Suchil, cuya disposición escaparatista no ha cambiado desde hace medio siglo, con una clara separación entre los libros de historia de España, la de otros países y, junto a la entrada, a la izquierda, unas cuantas novedades en idiomas extranjeros. Pero los títulos y volúmenes son cambiados al menos una vez por semana, manteniendo la novedad, incitando a la compra, a ese vice impuni, la lecture (no es casual que Valéry Larbaud fuera un amante de Portugal. Seguro que fatigó las librerías lisboetas). En Lisboa, donde todavía resisten bastantes libreros de viejo, sus escaparates son siempre atractivos, incitantes.

Así, la librería de Bernardo Trindade en la rua do Alecrim (la calle del romero), esa que baja en cuesta pronunciada desde la plaza de Camões hacia el Cais do Sodré, hacia el Tajo. El escaparate, pequeño, cambia según las nuevas adquisiciones y con una lógica por temas: cine, automóviles, Angola, cocina y culinaria (me niego a decir ‘gastronomía’, palabreja que me recuerda la gastroenteritis).

Quince metros más abajo está la librería de António Trindade, librero y anticuario de una vieja familia de Alcobaça. Su escaparate, su montra, es siempre suntuosa, con libros impresionantes y alguna obra de arte. Cambia el escaparate, pero no se puede decir que sea una montra em execução.

Recuerde el viandante que más abajo estaba el Hotel Bragança, desaparecido como tantos lugares de Lisboa sacrificados al turismo de masas y cruceros para convertirlos en hostels o boutique-hotel (cursilería muy extendida). En el hotel Bragança se desarrollaba gran parte de una de las mejores novelas de José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis, evocadora de ese heterónimo de Fernando Pessoa.

En el Campo de Ourique, en el 145 de la Rua Saraiva de Carvalho (Jurisconsulto 1839-1882), la librera Dona Crisálida Filipe también tiene su montra en permanente cambio, aunque ella favorece los temas coloniales, angoleños, y las estampas antiguas. Mi amigo Iñaki, luso portugués (luso español, quería decir), le ayuda de vez en cuando a organizar los libros, tarea imposible en ese magnífico desorden propicio al hallazgo sorprendente.

El escaparate de dona Crisálida, en la Livraria Moderna.

Otra montra em execução  permanente es la pequeña librería y bric-à-brac, de  Claudio, junto al Jardim da Parada en el barrio del Campo de Ourique. Claudio se ha instalado en lo que fue una tienda de fotografía, es amante del cine y muy a menudo vemos en su escaparate libros sobre el séptimo arte. Pero también una biografía de algún rey inglés, o un libro del oscuro escritor Rui Vaz de Cunha. Este escritor escribió varios libros ya olvidados. Uno, creo recordar que el dedicado al pintor Daniel Vázquez Díaz –del que se vendieron dos ejemplares de los 500 que mandó imprimir en Jabugo, Huelva –, estaba lugar de honor en esa permanente montra em execução. El tal Rui –converso y judaizante, sospecho- mandó imprimir ese libro en la jamonera villa, a su coste, pues ninguna editorial lo aceptó. Probablemente pensó que el último lugar donde la policía religiosa lo iba a buscar era un pueblo donde se producían cosas del cerdo, alimento prohibido a judíos.

Libros en Galileu, cortesía de Caroline Tyssen

Pero dejemos esta digresión y lléguese el amante de los libros a Cascais, a la Livraria Galileu, uno de los últimos puertos de abrigo en esta villa que sucumbe hoy en medio del tráfago mundano y las tiendas de chucherías turísticas que se han cargado la otrora amable calle principal. Caroline Tyssen va cambiando el escaparate, de dos hojas, muy grande, y lo convierte en una obra de arte que incita al bibliófilo a entrar inmediatamente. A veces es la pintora Paula Rêgo, a veces Tintin y Hergé, otras, libros ingleses, de historia, literatura, siempre interesante. Nuno Oliveira y Caroline Tyssen fundaron esta librería en 1972, que se convirtió desde entonces en un icono cultural de esta ciudad costera y también en un espacio de libertad y debate.

Pero también hay librerías sin escaparate, como la Bizantina, en la rua da Misericordia, cerca ya de São Roque, donde hay que entrar para ver el mostrador, la mesa, donde el señor Bobone, otro librero veterano, va cambiando los libros a diario: banca em execução permanente.

Dicho esto, los libros más interesantes que he encontrado lo han sido dentro de las librerías, rebuscando, husmeando en los estantes, revolviendo en las pilas polvorientas. Las librerías son la gracia de las ciudades, sus islas del tesoro, el pretexto del paseo.


El egregio murmullo de Almeida Faria

24 junio, 2019

Hace algún tiempo tuve la impertinencia de abordar a Almeida Faria, sin conocerle más que de lectura, en la feria de libros viejos de la rua Anchieta de Lisboa. Es un hombre afable, derecho como una tabla, de una austeridad elegante, que escribe en su portugués depurado, donde cada palabra encaja sin sinónimos posibles, sin metáforas muertas. Abordar su obra es complejo porque se resiste a encajar en categorías al uso.

Tras un relativo largo silencio, su último libro, O murmúrio do mundo, El murmullo del mundo, es el relato de su viaje a Bombay, Goa y Cochim en 2012, en contrapunto con las citas y diarios de otros escritores y viajeros de entonces y de ahora, desde el legendario Mendes Pinto hasta Borges o Conrad.

Goa fue el último enclave portugués en la India, arrebatado en una rápida operación militar de Nehru en 1961. Las huellas portuguesas han sido conservadas y protegidas y Goa sigue siendo una referencia cultural. Muchos goeses viven en Portugal, con nacionalidad portuguesa, venidos de Goa y de Mozambique, donde se establecieron sobre todo desde 1961 hasta 1976, cuando éste era todavía colonia. Era un trayecto común de la India al Africa austral, que también se produjo en las antiguas colonias inglesas.

En O murmúrio do mundo –que espero merezca la atención de un editor español-, se manifiesta, además de su estilo, el humor de Almeida Faria, su saludable distancia ante los mitos, rompiendo con el discurso nostalgioso habitual de quienes evocan del Imperio perdido (él llama al Portugal de entonces ‘provincia-imperio’). No quiere hacer mendespintismo, (del libro Peregrinação, 1554, donde este misterioso mercader de Indias, Fernão Mendes Pinto, de Montemor o Velho, -Almeida Faria es de Montemor o Novo, 1943- relató sus viajes, o incluso se los inventó), sino simplemente contar lo que ve, pues cada viajero ve lo que quiere ver.

Su primera novela, Rumor branco, revolucionó en 1962 la literatura portuguesa. Era otra escritura, no canónica, y era la historia de una desesperación, una auténtica metáfora de aquel Portugal salazarista. Se puede leer de nuevo porque no ha envejecido pues, aparte de la historia de fondo, la forma de expresar los sentimientos y describir el campo, las chabolas, la cárcel, los sentimientos íntimos, es singular. Algunos de los siete fragmentos en que se divide se pueden leer incluso como un largo poema, especialmente el séptimo.

Tetralogía Lusitana (Paixão, Cortes, Lusitânia y Cavaleiro Andante), publicada en 1983, es un cuadro perfecto de la sociedad portuguesa de los sesenta y en torno al 25 de abril de 1974, con el trasfondo de la guerra colonial. Es un mosaico compuesto con las piezas, teselas, de unas vidas, con una imaginación rica, imprevisible, pero enraigada en lo real. Los personajes encarnan diferentes papeles y distintas visiones de lo que está sucediendo, como en un drama. Arminda es el sentimiento, Marta, lo onírico, André el caballero andante, Tiago, el niño testigo de la ocupación de tierras, etcétera. La obra, compuesta por diarios, sueños, monólogos interiores, cartas y observaciones del narrador puede leerse de adelante hacia atrás, por trozos, o de forma tradicional, del principio al fin. Me parece que expone bien esa tensión entre ciudad y campo tan presente en Portugal, dos mundos que se cruzaban pero no se mezclaban, así como el contraste entre el país de entonces, cerrado, y el extranjero, Italia sobre todo. Y todas las contradicciones de aquel proceso revolucionario que había comenzado, no con un movimiento del pueblo, sino como un golpe militar. La complejidad y riqueza de su escritura se prestaría a esos cuatro niveles de interpretación utilizados en la mística judía, aplicables al análisis de textos: la lectura simple o lineal, la que sigue los indicios dejados por el autor, más allá de lo inmediato, la que es indagatoria o comparativa (en las alegorías) y finalmente, la de descubrir el significado secreto o incluso místico, las claves de su mensaje. En la obra de Almeida Faria creo que se dan todos esos niveles de posible lectura.

Almeida Faria, incluyendo lo histórico con lo alegórico, con las metáforas, ha ido siempre a contrapelo, a contracorriente. No se ha sometido a ese cierto conformismo intelectual de sentido único que prevalecíó -y aún existe- tras el 25 de abril de 1974, cuando lo que era ‘subversivo’ era no justificar todas y cada una de las actuaciones, y errores crasos, que se llevaban a cabo en nombre de la revolución. Nos describe la atmósfera pesada, incluso de miedo, que empapaba el Alentejo y Lisboa en noviembre de 1975, y revela la auténtica desbandada que fue la descolonización, sobre lo que se guarda en Portugal un relativo y quizás culpable silencio.

Ilustración de Mário Botas

Pone boca abajo y patas arriba los mitos nacionales tanto antiguos como actuales, incluido el ‘sebastianismo’, pues observa su país sin anteojeras. Todo esto hace que una cierta crítica literaria “de sacristía” le haya pasado factura pues si fustigó el colonialismo y la dictadura, también ironizó sobre los lugares comunes de la izquierda. Su obra, aunque consciente social y políticamente, nada etérea o abstracta, es más lírica y psicológica, superando la obviedad y la inmediatez política. No acepta una catalogación fácil y resiste a tantos prejuicios que sólo encubren la debilidad teórica de muchos de esos críticos ‘administrativos’.

Innovador, Almeida Faria lee en seis idiomas, ha seguido las pistas abiertas por escritores europeos que rompieron muchos moldes. Además, como ha sido profesor de filosofía -“esa ilusión de poder conocer mejor el mundo”-, su obra tiene siempre, además del enfoque estrictamente literario, descriptivo, unas referencias y evocaciones culturales de fondo.

Esa mezcla de cosmopolitismo cultural y su origen alentejano, de una ciudad pequeña, Montemor-o-Novo, bella pero recatada, se manifiesta en su obra, que, sin perder las raíces, vuela con perspectivas universales, sin quedar encerrada en Portugal.

En la obra de Almeida Faria encontramos la indagación de los sentimientos sobre el telón de fondo de la realidad del momento, cruda, evidente (como las tierras ocupadas y la persecución de propietarios, no sólo de los terratenientes, en el Alentejo de 1975), la huida despavorida de los civiles de Luanda y el ejército portugués cruzado de brazos; en suma, la sociedad estremecida de aquellos años. En la Tetralogía, al final, parece planear ese sentimiento de salvarse del miedo, de una cierta resignación y el deseo de vivir, eso mismo que vemos en Chéjov, por ejemplo, “mis queridas hermanas, nuestra vida no se ha acabado todavía. ¡Viviremos! La música es tan agradable, tan alegre, que creeríamos estar a punto de saber por qué vivimos, por qué sufrimos… ¡Si lo pudiéramos  saber, si lo pudiéramos saber!” (Las tres hermanas).

Ha publicado también relatos. Vanitas, 51, avenue d’na, por ejemplo, es la mejor guía para visitar la Fundación Gulbenkian, una especie de ekphrasis de algunas de las obras más queridas de Caluste Gulbenkian, entre ellos los cuadros de Fantin-Latour. Los paseos de un soñador solitario es un relato de tipo borgiano, donde sale a relucir, con ironía, la persona de un hijo de Rousseau (quien estaba tan preocupado del bien común que abandonó varios en la Inclusa, por aquello Émile ou de l’éducation). Ambos han sido publicados en España por una pequeña editorial –parece que son siempre las pequeñas las que osan- pues sólo Alfaguara se atrevió en 1985 a publicar Lusitania, lo que además no tenía mucho sentido editorial por ser solamente el tercer volumen del cuarteto o tetralogía. El foso comercial entre creación y edición sigue siendo demasiado ancho y, salvo los dos escritores más conocidos, Pessoa o Saramago, siguen pesando bastante esas ‘costas voltadas’, ese dar la espalda, de España hacia Portugal.

Entre sus amigos se contó el novelista Vergílio Ferreira, y hoy el escritor brasileño Raduan Nassar (Brasil ocupa un lugar importante en el imaginario de Almeida Faria), así como los españoles César Antonio Molina y Adolfo García Ortega. También, Eduardo Lourenço, el pensador y analista literario más importante de Portugal, que ha escrito los prefacios de algunos de sus libros, entre ellos al Murmullo del mundo. Y entre sus influencias podemos rastrear a Faulkner, mas también a Shakespeare y Cervantes, además de ciertas preferencias por René Char o Saint-John Perse.

Almeida Faria nunca ha alzado la voz, es demasiado elegante para ello, ni impreca ni imparte sermones y consejos. Es un librepensador sin presunción alguna. A través de su obra, con una lírica que denota su gran acervo cultural, su profundidad y sensibilidad, de un murmullo constante, egregio, nos acerca a la historia de Portugal. ¿Es su obra ficción o documento? Los acontecimientos están siempre ahí, en la realidad más vivos que la propia ficción.

Para terminar, leamos un párrafo de su primer libro, Rumor branco, que expresa muy bien ese deseo irrefrenable, la necesidad, de escribir, que comparten tantos escritores:

escrever como derradeiro desafio. desejo de construir deitando tudo abaixo. escrevo como se fosse chorar ou dar um grito largo ou emudecer e isso se nota no que escrevo. esse fim de mim e começo de mim.

[escribir como el desafío final. deseo de construir echando todo abajo. escribo como si fuese a llorar o a dar un grito largo o a enmudecer y eso se nota en lo que escribo. ese fin de mi y ese comienzo de mi.]


Viaje a Pantaélica, una Chronologie y Rizal: libros de la rua Anchieta

27 abril, 2019

En esta incultura en la que estoy sumergido y de la que intento salir dando boqueadas de vez en cuando, acudo a las librerías de viejo de Lisboa, los alfarrabistas, y me encuentro con pequeños arrecifes donde descanso en mi largo bucear hacia la costa de la ilustración.

Así, en la rua Anchieta, donde cada sábado hay un mercadillo de libros viejos siempre encuentro tentaciones para añadir a las estanterías que tengo que tener en el sótano por falta de espacio.

Acabo de hacerme por módico precio, ¡siempre módico precio, ese es el truco del comprador!, con tres libros absolutamente inesperados. Suelo decir que esto de ir de alfarrabistas es como ir de caza, donde menos se espera vuela la perdiz. Hay días que volvemos con el zurrón vacío (y no me puedo resistir a informar que zurrón tiene en francés la traducción de baudrier, que se pronuncia prácticamente  como mi segundo apellido, Baudrihaye –de rancia estirpe walona), pero otros conseguimos volver muy contentos.

Hoy tengo que inmortalizar tres libros bien hallados:

  1. Chronologie universelle, suivie de la liste des grands états anciens et modernes, des dynasties puissantes et des princes souverains de premier ordre, avec les Tableaux Généalogiques des familles royales de France et des principales maisons régnantes d’Europe, par Ch. Dreyss, professeur d’histoire du Lycée Napoléon, docteur ès lettres. (Paris, Librairie de L. Hachette et Cie, boulevard Saint-Germain, nº 77. 1864).
  2. El viaje a Pantaélica, de Francisco Nieva, Seix Barral, 1994.
  3. Rizal, por Ernesto Giménez Caballero, Publicaciones Españolas, avenida del Generalísimo, 39, Madrid, 1971.

El primero, la Cronología, es un pozo con fondo, pero muy profundo, que ayudará a este escritor o escribano a inventarse historias. Por ejemplo, descubro que en en 1156, “Waldemar I, hijo póstumo de San Canuto –Knut-, que había heredado de su padre, asesinado en 1131, el Ducado de Slesvig y el Reino de los Obotritas, habiendo sido atacado por el rey de Dinamarca, toma él mismo el título de rey”. O que en ese mismo año “el rey de Castilla funda la Orden militar de San Julián, luego llamada de Alcántara”. El libro lleva un sello de Quinta das Lagrimas, de Coimbra, a nombre de M. Osorio.

Entre las casas reinantes de la época encontramos las de Lorena-Austria, con sus dos ramas, de Módena y Toscana, la familia Bonaparte, las ramas de todos los Borbones (Ducal o primitiva, la Marche, Montpensier, Vendôme, Cerenci, Condé, Conti, La Roche sur Yon, Soissons), Savoya y Savoya-Carignan, y muchos más, en fin, los contemporáneos de Stendhal. Estos datos, quizás irrelevantes para muchos, están llenos de significado para curiosos, ratones de biblioteca y otros lectores invadidos por el saludable tedio de esas inacabables y vacías tardes de domingo.

El segundo, del dramaturgo y pintor de Valdepeñas, es un hallazgo muy considerable. Es más que una novela, una especie de viaje iniciático, repleto de aciertos gramaticales y de humor de lo más cervantinos, un libro que, parafraseando a su autor, es de una “frondosidad intrincada”. El libro fue comprado en la librería Buchholz de Lisboa en aquel año, como indica la etiqueta y un señala páginas olvidado. Está nuevo. Son esos libros que –casi- nadie lee y que pasan desapercibidos pero constituyen un solaz magnífico para los que estamos saturados de facebook, periódicos y guasaps. Y así aprendemos y mejoramos nuestro castellano. Aprovechando la ocasión, no deje el lector, si es viajero, de parar en Valdepeñas y visitar tres museos: el municipal, donde hay unos soberbios cuadros de Francisco Nieva, que pintaba –la portada del libro es un dibujo suyo- además de ser un destacado dramaturgo. El de Gregorio Prieto, Fundación siempre creativa a cuya consolidación contribuyó mi amigo Antonio Sánchez Ruiz, ya fallecido, ilustrado, funcionario probo y muy cumplidor y excelente persona. Y el de los Molinos. Valdepeñas, como diría la guía Michelin, ‘mérite le détour’.

El tercero es una especie de fascículo, obra del inefable Ernesto Giménez Caballero sobre el héroe filipino, José Rizal, que tuvimos a mal de ejecutar en 1896 cuando era más patriota español que muchos españoles lo son hoy. Un texto, como casi todos los de Giménez Caballero, bastante disparatado pero genial. Era de la estirpe de un José Martí, o de un Egmont. Pero es que los castellanos nos hemos pasado de rigor en nuestra procelosa historia. Rizal, además, no se hubiera dejado arrebatar la independencia de Filipinas por los norteamericanos. Evoca también este librito uno de esos cafés desaparecidos de Madrid, el Café de Levante, en la Puerta del Sol, donde era tertuliano nuestro filipino. En Gante hay una placa en honor de Rizal, dicho sea de paso al haber citado a Egmont, ejecutado por el Duque de Alba en Bruselas. Sólo que Rizal no ha tenido un Beethoven para hacerle una ópera con su obertura.


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