Jorge de Sena (1919-1978), poeta portugués

13 octubre, 2019

El desequilibrio de la Balanza comercial hispano portuguesa es revelador. Portugal compra a España el doble de lo que le vende[1].

Del mismo modo, en la misma o mayor proporción, hay un enorme déficit cultural así como un gran desequilibrio editorial. Los periódicos y los libros españoles están por doquier en librerías y quioscos en Lisboa y Oporto. Intenten encontrar un diario o un libro portugués en Madrid, ¡buena suerte! En materia de poesía es aún más evidente; e injustificado, pues el lector español atento podría leer el portugués sin casi precisar de traducción, porque se pueden apreciar perfectamente, el ritmo, el acento, la sonoridad de la poesía portuguesa.

Así sucede con el poeta, escritor y ensayista Jorge de Sena, una persona independiente, libre y, como tal, inconfortable, poco conocido en España.

¿Cómo apreciamos hoy a Jorge de Sena? De un lado, resaltemos una serie de paralelismos históricos con nuestro país. El fue un exiliado voluntario la dictadura salazarista. Tras el 25 de abril de 1974 ya no volvería, falleciendo en los Estados Unidos.

Hay dos Senas, el de consumo inmediato con sus poemas de intervención o imprecación, de proclamas, y el poema sereno, lento, más duradero.

Su poesía civil, escrita en un contexto político internacional de hace más de cuarenta años, podría ser considerada por algunos algo pasada, pero nos sirve para descubrir mejor su personalidad como alguien políticamente comprometido y siempre independiente de capillas y partidos.

Para tener una visión completa de Sena hay que leer su poesía completa, que es como leer su autobiografía. Incluso con ese tremendo, amargo, Epitafio, escrito –muy prematuramente- en 1953, que termina:

Por eso fui amado con lágrimas y llantos

del mucho amor que a la nada se dedica.

Nada fui, de mí no queda nada.

Y lo que no merezco es lo que me queda.

Si en mis lugares, no obstante, me buscáseis

la nada que encontraréis

soy yo y mi vida.

En España es sólo conocido, significativamente, por su novela Señales del fuego, un relato de su educación sentimental y política con el trasfondo de la guerra civil española, que tanto interés –algo morboso, me parece- sigue suscitando en Portugal. Personalmente, pienso que no es su mejor novela y prefiero sus ensayos y su poesía[2].

¿Cuál es el propósito de Sena? El mismo nos lo dijo en un prefacio de 1960: expresarnos responsablemente, prestar testimonio del mundo que nos rodea, “sacrifiqué alabanzas, posición y algo más (…) por la dignidad de nuestra época”.

Enlaza con Camões, de quien fue no sólo admirador, sino un gran experto, entre muchos en su poema sobre Mozambique, así como en sus sonetos (por ejemplo, en As evidências.

La dimensión musical y la temática musical son un pretexto para su poesía de comunicación, que es también a la vez, de conocimiento. El sostuvo más la poesía como medio de conocimiento que como medio de representación. Así, America, America, I love you, o Ray Charles. Sus poemas sobre música unen el sentido y el sonido, como el magnífico Water music de Händel, que hay que leer en voz alta para apreciarlo en toda su dimensión lírica. Hay también en su poesía un ancho espacio para el erotismo, el deseo, adolescencia (Sinais de Fogo), como en sus Sete sonetos da visão perpétua, o los Post Metamorfose, Variação I e II; o en Pan-Eros.

Sena, gran cosmopolita, como tantos compatriotas suyos, vivió en varios países, sobre todo en Brasil y en Estados Unidos. Conocedor a fondo de la literatura anglo-sajona, también conocía muy bien Francia y la cultura francesa, como demuestra su admiración por Péguy y Paul Fort, por René Char, Valéry y muchos otros. Su familiaridad con la poesía francesa se evidencia en muchos poemas, por ejemplo en Chartres ou a pazes com a Europa. Pero también poseyó una gran cultura española –esa que tantos portugueses poseen frente a la poca cultura portuguesa de los españoles-, que se desvela en poemas sobre Goya o la Mezquita de Córdoba.

Gran versificador, maestro de la sonoridad y el ritmo incluso en sus versos libres, hay que leer y releer para mejor apreciar lo que está detrás de sus versos y estrofas. Pero sin anatomizar sus poemas ni diseccionarlos, que es algo parecido a una autopsia, esas “glosas escolásticas” que tapan más que iluminan.

Un cierto amargor se cuela a veces en sus poemas porque se sintió, con razón, algo relegado, como leemos en Exorcismos, 1972, Aviso de porta de livraria, o el tremendo O desejado túmulo, de 1971.

Es preciso que en España ahondemos en la literatura portuguesa más allá del tándem Pessoa-Saramago, esa hegemonía avasalladora que nubla a todos los demás poetas y escritores. Pessoa, incluso, para nuestra desgracia, se ha convertido en un reclamo turístico algo patético, con merchandising, objetos, camisetas e incluso una estatua en el Chiado de Lisboa que sirve para que se hagan fotos risueños turistas que no saben ni quién era. Algo parecido a esos ayuntamientos manchegos que se reclaman de Don Quijote, se inventan letreros y gastronomía, aunque se cuenten con los dedos de la mano los que han leído la novela.

No se trata de Jorge de Sena solamente, sino que hay muchos poetas portugueses prácticamente desconocidos en España, como Ruy Belo –que vivió en Madrid y escribió muchos poemas sobre esta ciudad-, e incluso Sophia de Mello Breyner, Ruy Cinatti, Herberto Hélder o Eugenio de Andrade, o el mismo Fernando Assis Pacheco, que conocía España su cultura, sus ciudades, sus vinos y comidas mejor que muchos de nosotros y no ha merecido apenas alguna reseña en nuestro país. Y también escritores, como Rodrigues Miguéis o Almeida Faria, el primero totalmente inédito y el segundo con muy pocas obras traducidas al español.

Queda en el tintero otro artículo sobre este desconocimiento primario de las literaturas de expresión portuguesa de que adolecemos en España, como sucede también con la brasileña, en parte porque fue excluída de nuestro “boom sudamericano” de hace medio siglo, que solamente se centró en los que escribían en español.


[1] Portugal vendió a España en 2017, por valor de 12.200 mil millones de euros y compró por valor de 24.200 mil millones de euros. Hay un déficit comercial muy elevado, y más si tenemos en cuenta que España es el primer proveedor (32% de la importaciones portuguesas vienen de España, frente al 14% de Alemania y 7,8% de Francia).

[2] La única Antología de poemas de Jorge de Sena publicada es de Martín López Vega, en Pre Textos, 180 páginas, 2013, y representa solamente el 10% de la obra poética del autor y, como todas las antologías, es necesariamente limitada y subjetiva.


El egregio murmullo de Almeida Faria

24 junio, 2019

Hace algún tiempo tuve la impertinencia de abordar a Almeida Faria, sin conocerle más que de lectura, en la feria de libros viejos de la rua Anchieta de Lisboa. Es un hombre afable, derecho como una tabla, de una austeridad elegante, que escribe en su portugués depurado, donde cada palabra encaja sin sinónimos posibles, sin metáforas muertas. Abordar su obra es complejo porque se resiste a encajar en categorías al uso.

Tras un relativo largo silencio, su último libro, O murmúrio do mundo, El murmullo del mundo, es el relato de su viaje a Bombay, Goa y Cochim en 2012, en contrapunto con las citas y diarios de otros escritores y viajeros de entonces y de ahora, desde el legendario Mendes Pinto hasta Borges o Conrad.

Goa fue el último enclave portugués en la India, arrebatado en una rápida operación militar de Nehru en 1961. Las huellas portuguesas han sido conservadas y protegidas y Goa sigue siendo una referencia cultural. Muchos goeses viven en Portugal, con nacionalidad portuguesa, venidos de Goa y de Mozambique, donde se establecieron sobre todo desde 1961 hasta 1976, cuando éste era todavía colonia. Era un trayecto común de la India al Africa austral, que también se produjo en las antiguas colonias inglesas.

En O murmúrio do mundo –que espero merezca la atención de un editor español-, se manifiesta, además de su estilo, el humor de Almeida Faria, su saludable distancia ante los mitos, rompiendo con el discurso nostalgioso habitual de quienes evocan del Imperio perdido (él llama al Portugal de entonces ‘provincia-imperio’). No quiere hacer mendespintismo, (del libro Peregrinação, 1554, donde este misterioso mercader de Indias, Fernão Mendes Pinto, de Montemor o Velho, -Almeida Faria es de Montemor o Novo, 1943- relató sus viajes, o incluso se los inventó), sino simplemente contar lo que ve, pues cada viajero ve lo que quiere ver.

Su primera novela, Rumor branco, revolucionó en 1962 la literatura portuguesa. Era otra escritura, no canónica, y era la historia de una desesperación, una auténtica metáfora de aquel Portugal salazarista. Se puede leer de nuevo porque no ha envejecido pues, aparte de la historia de fondo, la forma de expresar los sentimientos y describir el campo, las chabolas, la cárcel, los sentimientos íntimos, es singular. Algunos de los siete fragmentos en que se divide se pueden leer incluso como un largo poema, especialmente el séptimo.

Tetralogía Lusitana (Paixão, Cortes, Lusitânia y Cavaleiro Andante), publicada en 1983, es un cuadro perfecto de la sociedad portuguesa de los sesenta y en torno al 25 de abril de 1974, con el trasfondo de la guerra colonial. Es un mosaico compuesto con las piezas, teselas, de unas vidas, con una imaginación rica, imprevisible, pero enraigada en lo real. Los personajes encarnan diferentes papeles y distintas visiones de lo que está sucediendo, como en un drama. Arminda es el sentimiento, Marta, lo onírico, André el caballero andante, Tiago, el niño testigo de la ocupación de tierras, etcétera. La obra, compuesta por diarios, sueños, monólogos interiores, cartas y observaciones del narrador puede leerse de adelante hacia atrás, por trozos, o de forma tradicional, del principio al fin. Me parece que expone bien esa tensión entre ciudad y campo tan presente en Portugal, dos mundos que se cruzaban pero no se mezclaban, así como el contraste entre el país de entonces, cerrado, y el extranjero, Italia sobre todo. Y todas las contradicciones de aquel proceso revolucionario que había comenzado, no con un movimiento del pueblo, sino como un golpe militar. La complejidad y riqueza de su escritura se prestaría a esos cuatro niveles de interpretación utilizados en la mística judía, aplicables al análisis de textos: la lectura simple o lineal, la que sigue los indicios dejados por el autor, más allá de lo inmediato, la que es indagatoria o comparativa (en las alegorías) y finalmente, la de descubrir el significado secreto o incluso místico, las claves de su mensaje. En la obra de Almeida Faria creo que se dan todos esos niveles de posible lectura.

Almeida Faria, incluyendo lo histórico con lo alegórico, con las metáforas, ha ido siempre a contrapelo, a contracorriente. No se ha sometido a ese cierto conformismo intelectual de sentido único que prevalecíó -y aún existe- tras el 25 de abril de 1974, cuando lo que era ‘subversivo’ era no justificar todas y cada una de las actuaciones, y errores crasos, que se llevaban a cabo en nombre de la revolución. Nos describe la atmósfera pesada, incluso de miedo, que empapaba el Alentejo y Lisboa en noviembre de 1975, y revela la auténtica desbandada que fue la descolonización, sobre lo que se guarda en Portugal un relativo y quizás culpable silencio.

Ilustración de Mário Botas

Pone boca abajo y patas arriba los mitos nacionales tanto antiguos como actuales, incluido el ‘sebastianismo’, pues observa su país sin anteojeras. Todo esto hace que una cierta crítica literaria “de sacristía” le haya pasado factura pues si fustigó el colonialismo y la dictadura, también ironizó sobre los lugares comunes de la izquierda. Su obra, aunque consciente social y políticamente, nada etérea o abstracta, es más lírica y psicológica, superando la obviedad y la inmediatez política. No acepta una catalogación fácil y resiste a tantos prejuicios que sólo encubren la debilidad teórica de muchos de esos críticos ‘administrativos’.

Innovador, Almeida Faria lee en seis idiomas, ha seguido las pistas abiertas por escritores europeos que rompieron muchos moldes. Además, como ha sido profesor de filosofía -“esa ilusión de poder conocer mejor el mundo”-, su obra tiene siempre, además del enfoque estrictamente literario, descriptivo, unas referencias y evocaciones culturales de fondo.

Esa mezcla de cosmopolitismo cultural y su origen alentejano, de una ciudad pequeña, Montemor-o-Novo, bella pero recatada, se manifiesta en su obra, que, sin perder las raíces, vuela con perspectivas universales, sin quedar encerrada en Portugal.

En la obra de Almeida Faria encontramos la indagación de los sentimientos sobre el telón de fondo de la realidad del momento, cruda, evidente (como las tierras ocupadas y la persecución de propietarios, no sólo de los terratenientes, en el Alentejo de 1975), la huida despavorida de los civiles de Luanda y el ejército portugués cruzado de brazos; en suma, la sociedad estremecida de aquellos años. En la Tetralogía, al final, parece planear ese sentimiento de salvarse del miedo, de una cierta resignación y el deseo de vivir, eso mismo que vemos en Chéjov, por ejemplo, “mis queridas hermanas, nuestra vida no se ha acabado todavía. ¡Viviremos! La música es tan agradable, tan alegre, que creeríamos estar a punto de saber por qué vivimos, por qué sufrimos… ¡Si lo pudiéramos  saber, si lo pudiéramos saber!” (Las tres hermanas).

Ha publicado también relatos. Vanitas, 51, avenue d’na, por ejemplo, es la mejor guía para visitar la Fundación Gulbenkian, una especie de ekphrasis de algunas de las obras más queridas de Caluste Gulbenkian, entre ellos los cuadros de Fantin-Latour. Los paseos de un soñador solitario es un relato de tipo borgiano, donde sale a relucir, con ironía, la persona de un hijo de Rousseau (quien estaba tan preocupado del bien común que abandonó varios en la Inclusa, por aquello Émile ou de l’éducation). Ambos han sido publicados en España por una pequeña editorial –parece que son siempre las pequeñas las que osan- pues sólo Alfaguara se atrevió en 1985 a publicar Lusitania, lo que además no tenía mucho sentido editorial por ser solamente el tercer volumen del cuarteto o tetralogía. El foso comercial entre creación y edición sigue siendo demasiado ancho y, salvo los dos escritores más conocidos, Pessoa o Saramago, siguen pesando bastante esas ‘costas voltadas’, ese dar la espalda, de España hacia Portugal.

Entre sus amigos se contó el novelista Vergílio Ferreira, y hoy el escritor brasileño Raduan Nassar (Brasil ocupa un lugar importante en el imaginario de Almeida Faria), así como los españoles César Antonio Molina y Adolfo García Ortega. También, Eduardo Lourenço, el pensador y analista literario más importante de Portugal, que ha escrito los prefacios de algunos de sus libros, entre ellos al Murmullo del mundo. Y entre sus influencias podemos rastrear a Faulkner, mas también a Shakespeare y Cervantes, además de ciertas preferencias por René Char o Saint-John Perse.

Almeida Faria nunca ha alzado la voz, es demasiado elegante para ello, ni impreca ni imparte sermones y consejos. Es un librepensador sin presunción alguna. A través de su obra, con una lírica que denota su gran acervo cultural, su profundidad y sensibilidad, de un murmullo constante, egregio, nos acerca a la historia de Portugal. ¿Es su obra ficción o documento? Los acontecimientos están siempre ahí, en la realidad más vivos que la propia ficción.

Para terminar, leamos un párrafo de su primer libro, Rumor branco, que expresa muy bien ese deseo irrefrenable, la necesidad, de escribir, que comparten tantos escritores:

escrever como derradeiro desafio. desejo de construir deitando tudo abaixo. escrevo como se fosse chorar ou dar um grito largo ou emudecer e isso se nota no que escrevo. esse fim de mim e começo de mim.

[escribir como el desafío final. deseo de construir echando todo abajo. escribo como si fuese a llorar o a dar un grito largo o a enmudecer y eso se nota en lo que escribo. ese fin de mi y ese comienzo de mi.]


Ílhavo y Aveiro, esa luz atlántica

9 junio, 2019

(Fue publicada otra versión en El Laberinto español, suplemento de http://www.cronicapopular.es)

Portugal es un país de luz, pero algunos lugares parece que han sido hechos de y por la luz, como la ría de Aveiro e Ílhavo. La luz cambia con las nubes, el curso del sol, las tempestades. Cada día es diferente, como es cada estación del año. Al despedirse el sol, nos deja la inmensa noche atlántica sobre el mar oscuro. A lo lejos, la ráfaga del faro más alto del país. En los días de niebla parece querernos recordar las playas belgas de Knocke le Zoute, tras las dunas y con el océano gris. No es casual que toda la poesía portuguesa haya cantado el mar, desde Camões hasta Ruy Belo o Sophia de Melo Breyner, pasando por Álvaro de Campos (Pessoa) y Nuno Júdice. La “mar océana” ha sido la gran protagonista de la historia del país, y en Aveiro e Ílhavo el viajero sensible lo siente.

A unos cincuenta kilómetros al sur de Oporto, en una costa cuya luz que Raul Brandão llamaba “dorada y viva, hecha de agua azul y traspasada de sol”, se encuentra la ciudad de Aveiro y su Ría de características muy especiales en cuanto a la geología, el mar y el clima. El paisaje es singular, con una barra de arena que corre paralela a la costa, llamada Costa Nova.

Aveiro

En la Barra o Costa Nova, las casas pintadas con bandas verticales de color, los palheiros, se fueron construyendo a partir de 1808, cuando los más importantes pescadores allí se trasladaron desde Aveiro. Hacia 1822 empieza el uso balneario, compatible entonces con las faenas pesqueras. Los palheiros son modestos edificios de dos plantas que antes fueron casetas de pescadores en las que guardaban el pescado para secar y salar. Tienen dos pisos como máximo, una balaustrada, un porche y unas mansardas (en Portugal llamadas con el sugestivo nombre de aguas furtadas). Son de tablas de madera, de bandas pintadas de blanco y rojo, o blanco y azul, aunque las antiguas eran de un solo color. Hace muchos años, la arquitectura y el gusto eran peculiares, las casas se construían a gusto del dueño, no del arquitecto y éste, profesional raro, más escaso que hoy, era ilustrado, veía revistas extranjeras, viajaba. Entonces, los arquitectos constituían una cierta élite. Las buenas influencias estéticas llegaban hasta el extremo occidental de Europa.

Aveiro y su vecina Ílhavo son los dos centros ancestrales de la pesca del bacalao por los mares de Groenlandia y Terra Nova. Era la llamada ‘faena mayor’. Junto a ella, la pesca de altura más cercana, y la de bajura, con las famosas xávegas, nombre de los barcos y de esas redes de arrastre que se lanzan al mar y se recogen gracias a las yuntas de bueyes que tiran del copo en la playa, escena tantas veces reproducida en las guías turísticas. En Ílhavo, además de apreciar sus casas modernistas, una visita a su Museu Marítimo será la parada necesaria para entender mejor la industria e historia de la zona, la historia de Portugal.

Palheiros, Costa Nova, Ílhavo

La Gafanha de Nazaré está formada por aldeas de pescadores en torno a la Ría en lo que fueran zonas pantanosas y arenosas, hoy plantadas de inmensos pinares, pero donde también proliferan acacias y cambrones. El observador de aves saldrá también satisfecho.

La segunda industria floreciente fueron las salinas, de las cuales hay ya registro en el siglo X, aunque hoy quedan muy pocas, habiendo sido muchas de sus balsas convertidas en piscifactorías. La sal, monopolio real, fue un producto estratégico sobre todo para un imperio marítimo como el portugués.

Una tercera industria es la cerámica fina. La fábrica de cerámica de Vista Alegre, fundada en 1824, continúa activa y con buena salud aunque la propiedad haya cambiado. Las primeras instalaciones respondían a ese capitalismo algo filantrópico que era capaz de hacer compatible el trabajo infantil -véanse las fotografía de la exposición permanente- con la protección social, con la construcción de viviendas para los obreros en una especie de ciudad-jardín idealizada, con su iglesia y sus escuelas. Hoy también hay un bello hotel, el Montebelo, anexo a la fábrica, moderno, sin impacto paisajístico y muy bien acondicionado.

Aquí la industria prosperó gracias a las inversiones del Estado, a los pinares que suministraban combustible para la cerámica y el cristal. Es una manifestación práctica de lo que Mariana Mazzucato ha señalado en El Estado emprendedor de que es gracias al Estado, a las inversiones estatales, como las empresas privadas han podido prosperar. Así, las infraestructuras, la protección del paisaje y las plantaciones los extensos pinares-, los espigones para impedir que desaparezcan las playas, amenazadas por la construcción de edificios y bloques. Esto ha sucedido en las Landas francesas y también en toda esta costa portuguesa.

Tras la Primera Guerra Mundial, Portugal se enriqueció, Inglaterra era su mejor aliado y sus colonias eran rentables. Flotaba un cierto optimismo que la nueva República (fundada en 1910), bastante inestable, no llegó a desmoronar. De ahí tanta construcción modernista y luego Déco. De hecho, el llamado Estado Novo, la dictadura de Salazar, siguió impulsando una cierta modernidad –a veces teñida de imperialismo y nostalgia- y no travó ni el Art Nouveau ni el Art Déco.

De estos dos movimientos quedan muchas trazas en Aveiro y en la cercana Ílhavo. Todo es de una volumetría sensata, con equilibrio, sin destrozos demasiado visibles pues los portugueses han tenido el gusto de conservar el decoro.

No muy lejos está la Pousada –Parador- que data de 1960 y es un edificio moderno pero de buen gusto, leve, bien construido, junto a la Reserva Natural das Dunas de São Jacinto. En el lado sur de la bocana, el Farol da Barra, el faro más alto de Portugal, que se puede ver desde muy lejos.

Todas estas tierras son de una belleza sin pretensiones, callada, recogida, con la luz del océano como gran protectora. El escritor Eça de Queiroz, que había nacido no muy lejos de allí, en Póvoa de Varzim, consideraba que la “Costa Nova era uno de los lugares más deliciosos del planeta”. Sin embargo, su amigo y compañero de pluma, Ramalho Ortigão, no habla de ella en su libro-guía Las playas de Portugal. Todavía no tenía la consideración de zona balnearia.

En Aveiro, veremos los moliceiros, especie de grandes góndolas decoradas y pintadas con ingenio y gracia que recorren el canal y la ría. Se llaman así porque antiguamente transportaban el moliço, una mezcla de limo, algas y sargazos que se utilizaba como abono. Hoy son una atracción turística. Aquí hay que probar los dulces a base de yema de huevo (entre ellos esa rosca imponente, la lampreia de ovos), el barquillo –llamado bolacha americana-, y experimentar los restaurantes (yo me quedo con el más auténtico, lleno de portugueses que vienen en familia, O Mercantel, en un primer piso de una sosegada calle, la rua António Lé). Habrá que probar el bacalao, pero sin olvidar el rodaballo o los mariscos. Y quien guste, las anguilas.

Los moliceiros

Al ayuntamiento de Aveiro se le antojó hace unos pocos años autorizar el mamotreto del Fórum, un centro comercial con aparcamiento subterráneo. Ocurrencias que tienen los alcaldes en busca de inmortalidad. Pero pasemos por alto ese exabrupto arquitectónico y fijémonos en todo lo que hay de bello y apacible, que representa mucho mejor la esencia del alma portuguesa.
Para los aficionados a los automóviles antiguos, hay que recordar que en Aveiro se celebra cada primavera la feria más importante de toda la península ibérica, la Feira de Autos Clássicos.

Sobre los riesgos de saturación, hace quince años la experta medioambiental portuguesa Luisa Schmidt ya alertó y prestó su pluma para alertar de los riesgos de sobreedificación en la Barra de la Ría de Aveiro que, como toda esa zona, corre el riesgo de una grave erosión costera. El Ayuntamiento de Aveiro, en un afán de modernidad mal entendida, decidió autorizar la ocupación inmobiliaria de la Costa Nova y de muchos espacios junto a la Ría que beneficiaban solamente a las empresas constructoras y no añadían nada, sino que restan, al paisaje.

El viajero desearía que se estén quietos y paren con los afanes de atraer más turismo de masas, que puede acabar con el encanto sosegado de esas playas, gafanhas y barras. El viajero busca sosiego, serenidad, que para movimiento ya tiene las mareas, los vientos, la luz siempre cambiante, del alba al crepúsculo .


‘O vento assobiando nas gruas’, el viento silbando entre las grúas, novela de Lídia Jorge

17 octubre, 2018

Una anciana se escapa de un asilo y aparece muerta frente al edificio abandonado de la fábrica de conservas de la aún es propietaria. Su nieta, Milene, es encontrada vagando, medio perdida, buscando a su abuela por las inmediaciones y es recogida por la familia que ocupa ahora los bajos de la fábrica, a modo de vivienda de fortuna. Estamos en el Algarve, Portugal, hacia finales de los años ochenta del pasado siglo XX.

download-1Los hijos de la anciana dona Regina están más preocupados que afligidos. Por el qué dirán y por cómo repartirse su pingüe herencia. Algo avergonzados de que se sepa que no estaban presentes cuando ocurrió el óbito. Tuvo que ser la GNR (equivalente a la Guardia Civil) quien se encargase de todo. Estaban de vacaciones en el extranjero.

Tras el entierro y muchas incidencias familiares, resulta que la nieta, medio perdida y con algo de parvulez, se enamora de uno de los ocupantes de la fábrica, que encima es negro, caboverdiano, lo que es ultrajante para tan notable familia. Un tío es el alcalde, otro un empresario que ha hecho su fortuna en Angola y Suráfrica. Toda la novela gira en torno a esas dos familias, los caboverdianos pobres, desordenados, que viven un poco tribalmente, y los burgueses de pretendida alcurnia, cuyo único afán es hacer dinero con la especulación inmobiliaria.

Por todos lados, en medio de tierras abandonadas, de rastrojos, se alzan urbanizaciones, hoteles. Aparecen unos inversores holandeses asociados a la familia que sobrevuelan en helicóptero, como rapaces, la vieja fábrica y todas las tierras que quieren comprar para edificar. La familia venderá y la plusvalía irá a manos extranjeras, como siempre.

Al morir dona Regina se han derrumbado los restos de un mundo. Los sucesores son meramente parásitos que quieren vivir alimentándose de lo que hicieron sus antepasados. Es lo que está pasando en muchos países, y en Portugal, que asume su modernidad un poco exageradamente, con el turismo y el inmobiliario como principal motor, a pesar del paisaje, de las costas (como en Comporta, cuya zona protegida va a ser privatizada para riquísimos), a pesar de las ciudades que tenían alma, aunque fuera algo melancólica y hubiera edificios medio en ruinas.

Pero antes habrá que resolver, a toda costa, el para ellos absurdo enamoramiento con un africano de la nieta de doña Regina, huérfana y algo inocente.

Al final, como nos advierte nuestra amiga Francisca, lectora sagaz que ha participado de la lectura y de esta conversación literaria, todo resolverá mediante la fórmula tan portuguesa del “entendimento”, de conciliar lo inconciliable.

Lidia Jorge, de Boliqueime, Algarve (1946), nos ha relatado esa historia familiar, que es un trasunto de la historia de Portugal, de la decadencia de las viejas familias, esas tres oleadas (revolución industrial tardía, ocupación en la revolución de los claveles y abandono, y ocupación por inmigrantes pobres gracias a un sentido de la justicia de la anciana desaparecida, que los protege).download

O vento assobiando nas gruas, El viento silbando entre las grúas (470 páginas) es una crónica de ese Algarve sometido a la codicia y la especulación. Las grúas son las de las construcciones. La escritora se refiere constantemente a la polvareda, las chabolas, la basura, las carreteras desfondadas, el pasto quemado, las cunetas sucias, las dunas, los hierbajos, las obras, las grúas y los bulldozers. El libro me hace evocar otro, El astillero, de Onetti, donde también los antiguos empleados venden al peso la maquinaria como chatarra.

No es la de Lidia Jorge una escritura diáfana, pero sí eficaz para introducir al lector en ese ambiente cargado, como de aire viciado, que ensombrece toda la novela. A veces intenta enviar el haz de luz sobre demasiadas cosas, demasiados personajes, de los que sólo sobresalen unos pocos, la abuela caboverdiana Ana Mata, don Silvestre, principalmente, el resto es comparsa, pero pueden llegar a confundir al lector. De hecho, es en el llamado post scriptum donde se desvelan muchas de las claves del libro.

Su obra literaria es perfectamente contemporánea, desde su primera novela, 1980, O dia dos prodígios, pasando por A costa dos murmúrios, hasta hoy. Como dicen algunos críticos, es una verdadera cronista del Portugal de hoy. En Os memoráveis habló de todos esos tiempos heroicos de abril (25 de abril de 1974) y en lo que han acabado. En su última novela, Estuário (2018), el mar, la costa, también están presentes. De hecho, ella dice haberse inspirado en la Ode Marítima, de Alvaro de Campos (un heterónimo de Pessoa). En fin, en sus páginas, como en muchos escritores portugueses, siempre afloran el mar y Africa.

 


José Rodrigues Miguéis, escritor portugués

27 junio, 2018

Nadie es profeta en su tierra – y mucho menos en la ajena

José Rodrigues Miguéis

 

La literatura portuguesa de antes del 25 de abril es, salvo contadas excepciones, prácticamente desconocida en España. Era la época en que estábamos de ‘costas voltadas’, dándonos la espalda.

Por António Trindade, librero lisboeta que sabe compartir sus amplios conocimientos de libros y de historia, he descubierto a un escritor casi olvidado en Portugal. Los catálogos y las clasificaciones de los críticos literarios a veces juegan malas pasadas porque José Rodrigues Miguéis (1901-1978) estuvo, como él mismo decía, entre esa generación de Eça de Queiroz (que muere un año antes de su nacimiento) y los neorrealistas más estrictos, como Fernando Namora, Alves Redol o Vitórino Nemésio. En ese sentido ha sido víctima de la ‘temporalidad’ de los gustos y de la crítica. Y quizá pueda ser considerado como el epígono de la literatura queirosiana. Vivió gran parte de su vida en Nueva York y estuvo alejado de todos los cenáculos y ambientes literarios portugueses, aunque colaboró con el grupo literario de Seara Nova.

 

 

La novela O milagre segundo Salomé sólo pudo ser publicada después de la Revolución de Abril de 1974. El hilo conductor es una historia un tanto utópica de la pobre Dores dos Santos (Dolores de los Santos, nombre que no es escogido por el autor al azar) que deviene meretriz, con el alias de Salomé, luego amante de un rico comerciante y al final se redime gracias  al verdadero amor. Describe perfectamente el amor algo patético de los viejos, la redención individual gracias al periodista Gabriel Arcanjo (un ‘arcángel’, en ese juego de palabras y apellidos que Miguéis domina a la perfección, personaje en el que quizás se retrata algo a sí mismo).  Pero el escritor va más allá y retrata la vida portuguesa de la época. Si el libro hubiese sido publicado antes, hubiera provocado más reacciones, pero cuando salió ya era un testimonio de otra época, aunque algunos de los tipos y personajes aun se puedan encontrar en la realidad. Es una novela ajena a las vanguardias literarias, un relato casi de género, al estilo diría, de Theodor Fontane, distantes en el tiempo, lugar y en la ideología subyacentes.

1_7a3Y2C7etRRaOhEymbi9eQObra prismática donde, entrelazado con la historia del prostíbulo -picante, humana y divertida-, del nuevo rico Zambujeira, aparece el trasfondo histórico del primer cuarto del siglo XX luso, tan convulso y rico en acontecimientos -como en toda Europa- y tan fértil en algunos aspectos. La historia de Portugal es enrevesada y muy interesante desde hace mil años, y los primeros años del siglo XX fueron complejos. Leer la historia del país es a menudo mejor que leer una novela, pues la realidad supera la ficción, como ya nos lo mostró el historiador Oliveira Martins. Esta novela, sin poder calificarse de ‘novela histórica’, término tan manido y casi desprestigiado, sí podría calificarse de ‘novela política’.

En esos años hubo atentados (asesinato del rey don Carlos en 1908 y proclamación de la República en 1910), revoluciones, guerra (en Flandes, donde las mal pertrechadas y peor entrenadas tropas portuguesas se hicieron masacrar por los howitzer alemanes), huelgas, intentos de golpes militares hasta 1926 en que todo termina por acomodarse con la escenificación del fracaso, la implantación de la Dictadura Nacional que daría paso al Estado Novo de Salazar y que duraría medio siglo. Pero, al mismo tiempo fueron tiempos fértiles en la cultura y el arte. Por ejemplo, en la arquitectura y en la medicina hubo avances considerables y muy positivos.

Rodrigues Miguéis, hijo de un inmigrante gallego, necesita contar sus orígenes, las vidas difíciles en la Lisboa de la Ribeira Velha, de Alfama y Mouraria del cambio de siglo, nos describe sus calles donde ha andado desde niño. Esa Lisboa que amaba y evoca el doctor Juvenal Esteves en un bonito libro perdido, Anamnesis, Memória e historia (Bertrand Editora, 1992).

Se podría incluso considerar un roman à clé, si pudiéramos descubrir quién se oculta tras determinados personajes, Severino Zambujeira, el general ABC, Ferrabrás, etcétera. El cosmopolitismo de Lisboa queda de manifiesto en los negocios coloniales y europeos de los protagonistas. Es una Lisboa mercantil más que industrial (lo que era el norte del país), esa que precisa de pactar con militares, eclesiásticos, periodistas -el inefable Mota-Santos, con su puro y sus dos mujeres- y con los inversores extranjeros. Y siempre con los polos eternos de fricción, temor y aprehensión: Inglaterra y España.

Los personajes no son demasiado profundos, pero son muy plásticos. Zambujeira es más astuto que inteligente, en su ambición y petulancia, Salomé no es inteligente, es solamente buena, además de bella, Arcanjo es un mero testigo. Quizá el personaje más inteligente sea el del periodista, Mota-Santos. Al final, transpira en la novela un cierto desánimo. Los burdeles, la pobreza, seguirán existiendo, como la corrupción y el agio, como la política de los negocios, sin democracia ni libertad. La salvación sólo es individual.

Su escritura ágil, rica, está llena de vocablos y expresiones muy lisboetas, muchos de ellos ya casi en desuso. Sus descripciones de la ciudad, en mi opinión, no han sido superadas. Realistas pero líricas, coloridas, en las que se puede casi apreciar el ambiente cálido de las tardes de calma, o la neblina o el sol, según los días, sobre el Tajo. La novela va concatenando y alternando los capítulos con ‘entremeses’ y con ‘retrospectos’, que van tejiendo el tapiz de fondo político, militar y económico de la vida lisboeta de la época.

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La vieja casa de la Travessa da Queimada, que responde a la descripción en la novela O milagre segundo Salomé

Quizá lo que indignó a la puritana censura de entonces, más que las escenas del burdel de la Travessa da Queimada (esta casa del Bairro Alto aún está en pie, cayéndose en pedazos, está en venta y yo la he visitado, con sus cuartos con números en las viejas puertas, como un hotel), fue la versión jocosa e irreverente de la aparición de Fátima, así como los pingües negocios que se harían a costa de ese nuevo centro de peregrinación. Hubo ese afán, como dice el empresario y nuevo rico Zambujeira, de “republicanizar el fenómeno religioso”, aliando especuladores y eclesiásticos. Fátima fue un gran negocio social (contra el bolchevismo), económico (hoteles, construcción, turismo) y político (como una especie de sebastianismo).

Muchos de sus libros fueron editados por la soberbia casa Estúdios Cor, hoy extinguida, y están, como el que aparece en la ilustración, bien encuadernados con buena tipografía y portadas de buen gusto. Otro libro interesante es Nikalai, Nikalai, una parodia del ambiente de unos rusos blancos en Bruselas en 1930 que quieren reponer al Zar, algo que Miguéis conoció de primera mano pues vivió en Bruselas antes de la Segunda Guerra mundial. Además, fueron publicadas varias colecciones de cuentos y relatos, como los recogidos en Léah e outras histórias o en O espelho poliédrico (Crónicas),

José Rodrigues Miguéis que se sepa, no ha sido traducido al castellano, es inhallable. Sería un trabajo necesario para algún buen editor , ya que ha habido y hay vida literaria en Portugal más allá de Pessoa y de Saramago (que precisamente admiraba a nuestro autor).

 

P.S.- Después de escribir estas notas, encuentro un magnífico libro, José Rodrigues Miguéis: Lisboa en Manhattan, coordinado por Onésimo Teotónio Pereira, con los resultados de un congreso que tuvo lugar en Nueva York en 1981 sobre el autor portugués. Rodrigues MigueisLos artículos son todos interesantes, desde el análisis de ‘Las marcas del exilio’, por Eduardo Lourenço , ‘La América de Rodrigues Miguéis’, de Raymond Sayers, ‘Las mujeres en su obra’, por María Angelina Duarte, y un largo etcétera. El libro de de la Editorial Estampa, de Lisboa, y fue publicado en 2001.


El antiguo cinema París, de Lisboa

16 junio, 2018

El Cinema Paris de Lisboa fue construido en 1931, según el proyecto del arquitecto Victor Manuel Carvalho Piloto, con murales de Paulo Guilherme d’Eça Leal. Fue uno de los ex-libris del barrio del Campo de Ourique, hasta el punto que Wim Wenders sitúa en él parte de su película Lisbon Story (1994).

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(Óleo 70 x 50, año 2000, del autor)

Hay muchos más detalles en el excelente libro de Margarida Acciaiuoli, Os cinemas de Lisboa, un fenómeno urbano do século XX (Editorial Bizâncio, Lisboa, 2012). Era la época dorada del cine y, como señala Acciaiouli, en 1950 llegó a dar 786 espectáculos. Los cines de barrio eran parte del alma de la ciudad que hoy el turismo de masas y la consiguiente burbuja inmobiliaria están anulando.

A pesar de ser un edificio emblemático (de propiedad privada), ya está en ruina, ruina provocada deliberadamente por los propietarios -truco habitual para hacer imposible su restauración o su catalogación como edificio protegido-. Va a ser demolido para construir un edificio de apartamentos de lujo, bien banal y vano, mucho cristal y todo cuadrado y macizo, con bajos comerciales feos y garajes, como podemos ver en los paneles que anuncian con arrogancia el edificio que lo suplantará. Apartamentos, evidentemente, de altos precios para continuar el proceso de gentilización o gentryfication de Lisboa, la especulación inmobiliaria y el desalojo de los habitantes más modestos.

Este cine fue incluido en la zona de Protección de la Basílica de Estrela, por Orden de 14 de diciembre de 1955. Pero nunca fue declarado Inmueble de Interés Público. Numerosos artículos en la prensa lisboeta han venido denunciando su degradación deliberada y este triste negocio. En vano.

Vaya aquí este pequeño homenaje, en un óleo pintado cuando aun no estaba del todo destruido.


Vista de Salvador de Bahía

9 junio, 2018

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(Acrílico sobre tela, 60 x  50)

Podría ser Lisboa, pero es una vista de Salvador de Bahía, que fue la capital del Brasil colonial hasta que João VI, que había huido de las tropas francesas de Junot en 1808, hizo trasladar su corte a Rio de Janeiro. Bahía fue construida a imagen y semejanza de Lisboa. Hasta los nombres de sus calles y jardines, la invocación de sus iglesias, es casi la misma.

Se sugiere la lectura de Jorge Amado para descubrir la ciudad, como su novela A tenda dos milagres.


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