El primer diccionario español-portugués y otras curiosidades.

28 marzo, 2020

Hace un par de meses, cuando podíamos salir, en la feria de trastos viejos de Paço d’Arcos, cerca de Lisboa, encontré el primer diccionario español-portugués, que fue editado en 1864 por la Imprensa Nacional, en Lisboa.

Hasta entonces no existía una obra así, luso-española, lo que no es sorprendente dada la animadversión que latía –y a veces aún late – entre los dos países vecinos. Tengamos en cuenta que había habido una larga y costosa guerra de independencia contra España durante casi treinta años, desde 1640 hasta casi 1700, además de la luctuosa Guerra de las Naranjas, que hizo que España se quedara con Olivenza, u Olivença. Pero un cierto iberismo, un pequeño acercamiento, surge en el siglo XIX, quizás consecuencia de la guerra Peninsular, como llaman aquí –a la inglesa- a la guerra contra Napoleón. Esto propició que finalmente alguien emprendiese esta magna obra, una primicia.

Este diccionario en tres tomos es obra de don Manuel do Canto e Castro Mascarenhas e Valdez, nacido por el azar de la invasión francesa en Río de Janeiro, quien al regresar a Lisboa se dedicó a los estudios filológicos y lexicográficos. En su prólogo, el autor afirma que se ha servido de varios diccionarios, y en su prólogo dice admirarse que hasta no haya habido quien hiciese este importante servicio a las dos naciones.

Además del interés histórico, este diccionario es muy útil pues Do Canto incluye frases y términos anticuados que los diccionarios españoles omiten y “al haberse escrito en español, desde los primeros siglos de la monarquía, tantas páginas gloriosas para nuestra historia (la portuguesa), y tantos documentos de erudición de muchos portugueses de aquellas eras, debía traer los vocablos anticuados y obsoletos, pues de lo contrario quedaría una laguna que no perdonarían los amantes de la historia y de la literatura antiguas”.

Organizado en tres columnas, es de una gran riqueza; muchos vocablos incluyen también su etimología o las frases en que fueron utilizados por autores clásicos. Hay palabras tan curiosas como:

Alhorma: campo militar de los moros. Maurorum castra.

Canalla: gente de mala conducta, gente baja y ruin, peligrosa para la sociedad. Populi, civitatis foex. (Caza, antiguo): jauría, conjunto de perros con los que el cazador va a cazar.

Sicinnis: danza grotesca de los antiguos, que se ejecutaba al son de un solo instrumento.

Para el vocablo soga, por ejemplo, usa casi 400 palabras, explicando todos sus usos, algún refrán y expresiones en que se usa. Las sogas y cuerdas, en esos tiempos, eran de primordial importancia, y más en un país marinero. Ya figura el telégrafo, incluido el eléctrico. Pero ‘plástico’ es definido como “el nombre con que a veces se designa la fuerza generadora de los cuerpos organizados”. El diccionario tiene tantas explicaciones que sirve también al español que desee encontrar palabras difuntas, extinguidas, el origen y contexto en que se usaban, así como, en muchos casos, su analogía.

Sobre este gran filólogo ha escrito el profesor Ignacio Vázquez Diéguez una tesis doctoral (consultar  https://bvfe.es/component/mtree/ ).  Parece que Do Canto se sirvió de cuatro grandes obras españolas: el Diccionario Académico de 1852, el Nuevo de la lengua castellana, de 1846, el Nacional de 1849 y el Enciclopédico de 1855.

Un diccionario es un libro utilitario, que se usa para buscar o confirmar el significado de un vocablo. Suelen caer en desuso y por eso usados se venden por cuatro perras y nadie los quiere. Algunos, sin embargo, son monumentos, están bien encuadernados y tienen una información compleja y profunda. Y muchos son inspiradores, descubriéndonos nuevas posibilidades del lenguaje (inmediatamente me pondré a buscar lo que dijo Barthes sobre los diccionarios). Es como las enciclopedias, caídas en desuso por internet, pero cuyos contenidos no igualan a los de la Encyclopedia Britannica, cuyos textos son interesantes, sugestivos y están muy bien escritos. Ya no existe, claro, en papel; pocos tienen casas para albergar esos ilustres e ilustrados mamotretos. Yo guardo la mía de 1982, en treinta volúmenes.

Diccionario viene de Dictio, acción de decir, de dico que tiene dos acepciones, consagrar, pero también decir. De ahí, dictado, dictador, dictamen (sentencia), dictus (precepto, aforismo), juez (ius dice), jurisdicción, iuris dictio.

La importancia del diccionario y las gramáticas en la consolidación de las naciones, en su afirmación como pueblo y en sus relaciones culturales y políticas es innegable. En España recordemos solamente a Antonio de Nebrija o a Pompeu Fabra. En Inglaterra recordemos la reverencia que tienen por Samuel Johnson, el gran árbitro de la opinión y del lenguaje del siglo XVIII; hoy, para el inglés yo me quedaría con The Chambers, publicado por primera vez en 1901 (el año de la muerte de la reina Victoria). En cada vocablo incluye la pronunciación, la definición y la etimología. Incluye las versiones inglesas de América, Suráfrica, Oceanía y Asia, así como un repertorio de frases y citas procedentes de otras lenguas que se usan en la vida corriente (latinas y francesas, sobre todo).

Los norteamericanos tienen un especial respeto por Noah Webster, que emprendió la tarea de hacer un diccionario que incluyese los términos yanquis, con sus versiones específicas de cómo hablaban en el nuevo país y como deletreaban las mismas palabras, como color, en vez de colour, o theater en vez del británico theatre, por ejemplo. El diccionario apareció, con 2000 páginas, en 1828 (ver The Dictionary wars: the American fight over the English language, de Peter Martin).

Los franceses tienen a Littré (1801-1881) que empezó siendo miembro de l’Académie des Inscriptions, esa gran institución tan esencialmente francesa creada por Colbert para tratar de las inscripciones y medallas en tiempos de Louis XIV, que después se ha dedicado a la historia y la arqueología (el historiador J. H. Elliott ha dicho que ese afán archivístico, racionalista, ha hecho la delicia de los archiveros y la desgracia de los historiadores, pero por lo menos se conservan). En su discurso de recepción en l’Académie Française, bajo la famosa Coupole, Littré dijo que “no había que confundir el uso con el arcaísmo y no había que pretender renovar la lengua envejeciéndola” y que un diccionario debía incluir tanto el neologismo autorizado como el arcaísmo digno de revivir. El otro gran lexicógrafo francés vendría un siglo después, en la persona de Paul Robert (1910-1980), nacido en Orléansville (hoy Chlef, oeste de Argelia), que en 1964 lanza el Gran Diccionario Alfabético y analógico de la lengua francesa, en ocho volúmenes. En efecto, Robert y sus sucesores siempre han prestado una gran atención no sólo a los vocablos sino a la asociación de ideas, para la que un buen diccionario es una herramienta preciosa. Como curiosidad, Robert, cuando fue movilizado en 1940, trabajó en el servicio de mensajes cifrados del ejército francés.

Curiosamente, los portugueses y brasileños no tienen claramente delimitada ni siquiera su ortografía, como lo demuestra el muy discutido Acuerdo Ortográfico. Los brasileños, además de hablar con otro acento, lo cual es lógico entre todos los países de la misma lengua, escriben muchas palabras de forma diferente, a veces provocando malentendidos. Pero en la lengua portuguesa el asunto sigue sin ser pacífico.

El español más clásico es el de la Lengua Castellana, de la Real Academia, cuya primera edición data de 1770. Uno de estos ejemplares, editado por Joaquín Ibarra, en un solo volumen, que perteneció a la escritora doña Carolina Coronado, lo tiene a la venta el librero lisboeta António Trindade en la rua do Alecrim. Carolina Coronado, como es sabido, pacense, murió en Lisboa en 1911.

Pero yo echo de menos esos diccionarios con ilustraciones, como el de Vox de 1945, que viene acompañado de cuadros con dibujos relativos al arte, las caballerías, los navíos, las piezas de un telégrafo, etcétera, y que ayudan al lector y al escritor a encontrar no ya sólo el significado de los vocablos, sino a encontrar nuevos. El diccionario de María Moliner me ha frustrado, entre otras cosas porque nunca he comprendido muy bien su clasificación, y otros muchos me han decepcionado, incluso el de la Real Acedemia; por ejemplo, cuando busco palabras que usa Azorín.

La ventaja del diccionario de la Real Academia, al que le faltan muchos vocablos, no ofrece analogías y a veces incluye o excluye términos de forma muy discutible, es que acepta todas las versiones para denominar un objeto, una fruta, un animal, usadas en los países de habla española, reconocidas por sus respectivas y correspondientes academias.


Wuhan en la poesía de Nuno Júdice

3 marzo, 2020

Siempre se ha dicho que el poeta es casi más que un filósofo y que la poesía va más allá del tiempo. Su intemporalidad se puede comprobar, por un hallazgo casual, en un poema que Nuno Júdice escribió hace un año.


Este poema se convierte hoy en un homenaje a una ciudad que -me dice- es bella y de gentes simpáticas, que evoca y recuerda el poeta. Las ciudades, los lugares, ocupan en la poesía de Júdice un lugar por derecho propio, sus plazas, sus calles, siempre son algo más que un lugar. Y esta ciudad china, de la que rara vez habíamos oído hablar hasta que se desencadenó esta misteriosa enfermedad, emerge, como por encanto en la poesía, con sus mujeres, su luz, sus lagos y sus avenidas, con la memoria que deja.

El poeta me ha autorizado personalmente a incluirlo en esta página y traducirlo. El poema en portugués, seguido de su versión en castellano.


O nome de wuhan


no centro de wuhan no centro
da minha cabeça no próprio centro
da memória no centro mais concreto
do poema no centro das palavras


agarro as mãos das luzes de wuhan
as mãos de todas as janelas iluminadas
de wuhan as mãos das sombras
que passeiam nos corredores de wuhan
as mãos dos poetas que recitam
com todas as vozes de wuhan


encontro nos rostos das mulheres
de wuhan a beleza de todos os rostos
das mulheres de rostos iluminados pelos
projectores da imaginação a beleza
de todos os rostos de todas as estátuas
de mulheres que povoam as cidades
sem fim da poesia do mundo


as mãos tranquilas as mãos suadas
as mãos indecisas quando a luz
as coloca no centro do mundo à luz
única da madrugada de wuhan quando
o sol começa a cair sobre os lagos de wuhan
os lagos de luz de wuhan os longos
lagos da memória que se leva de wuhan


com o rosto da manhã com as mãos
da tarde com o cair da noite iluminada
nas longas avenidas da memória
de wuhan.

***

el nombre de wuhan


en el centro de wuhan en el centro
de mi cabeza en el mismo centro
de la memoria en el centro más concreto
del poema en el centro de las palabras


agarro las manos de las luces de wuhan
las manos de todas las ventanas iluminadas
de wuhan las manos de las sombras
que pasean por los pasillos de wuhan
las manos de los poetas que recitan
con todas las voces de wuhan


encuentro en los rostros de las mujeres
de wuhan la belleza de todos los rostros
de las mujeres de rostros iluminados por los
proyectores de la imaginación la belleza
de todos los rostros de todas las estatuas
de mujeres que pueblan las ciudades
sin fin con la poesía del mundo

las manos tranquilas las manos sudadas
las manos indecisas cuando la luz
las pone en el centro del mundo a la luz
única de la madrugada de wuhan cuando
el sol empieza a caer sobre los lagos de wuhan
los lagos de luz de wuhan los largos
lagos de la memoria que se lleva de wuhan


con el rostro de la mañana con las manos
de la tarde con la caída de la noche iluminada
en las largas avenidas de la memoria
de wuhan


Nuno Júdice
O Coro da Desordem
2019


Un poema de Nuno Júdice

17 febrero, 2020

Nuno Júdice, poeta portugués bien conocido (le han sido concedidos el Premio Nacional de Poesía en España y el Rosalía de Castro), con el que me encuentro casualmente por librerías lisboetas, me ha autorizado generosamente a traducir y publicar su poema Exercício de Astronomia.

Esperemos que un día se traduzca toda su poesía en España (en México ya hay publicada una gran parte de su prosa y de su poesía).

Para Nuno Júdice, la poesía significa la sobrevivencia del yo a través de la lengua, sin que la comunicación sea la prioridad. Hay en ella siempre un ritmo, un latido que es la respiración, la oralidad, algo así como las olas del mar (muy presente también en su poesía, como en toda la poesía portuguesa). Es, nos reitera, la mejor forma de darnos a conocer.

En su escritura, prosa o verso, hay a menudo una especie de evocación del pasado, que no es nostalgia, sino recuperación de la historia, de las vidas de personas singulares, especiales, de pueblos y campos, de las costas atlánticas. Los elementos, la luz, la lluvia, el viento, la intemperie, entran en su universo lírico, lo mismo que las calles, las plazas, los pueblos, sus cafés solitarios. Leer a Júdice es entrar en la lírica portuguesa más genuina, en ese Portugal que amamos y él nos hace apreciar.

Optimista, positivo, nos ha dicho que contrariamente a lo que parece un lugar común, los jóvenes leen poesía, se interesan por esa forma de expresarse.

Sería imposible en tres párrafos dar una idea de su poesía (y de su prosa, entre la que ahora recuerdo O anjo das tempestades, El ángel de las tempestades), pero como resumen reproduzco aquí un poema, entre los cientos que podría escoger:

EJERCICIO DE ASTRONOMÍA

por Nuno Iúdice

Ahora que es de noche, las luces se apagan en la plaza

y los autobuses pasan completamente vacíos

camino de las cocheras. Con la oscuridad, veo

todas las estrellas sobre mí. Adivino el brillo

de las que no veo en los mantos de niebla de remotas

vías lácteas; y oigo la música de las constelaciones

más cercanas. Hay estrellas que dejan en su rastro

el color liso de la piel de mujeres evasivas, y

si las mirase más despacio tal vez descendiesen

hasta mí, con sus manos de fuego perdiendo

fuerza y con sus ojos acostumbrados a la sequedad

del infinito deshaciéndose en un agua nebulosa.

Mas no recuerdo ninguno de sus nombres, y

busco sólo la luz fija de uno de mis pálidos

planetas de la noche, lo que no detiene su lenta

rotación en el fondo de mi cabeza y lleva

a cuestas su cuerpo que amé hasta quedar exhausto. Tiene

la luz de las tardes más frías del otoño, y me hace

ir hasta el centro de la plaza donde se reúnen los que

perdieron el abrigo de la memoria, y gastan los labios

repitiendo el mismo nombre, en un murmullo, como

si alguien los oyese bajo el suelo. También

diré tu nombre, y oigo partirse sus sílabas

en el suelo de piedra, perdiéndose para siempre.


El zapatero de portal (tercer retrato lisboeta)

14 enero, 2020

Siempre ha habido un cierto menosprecio por esta profesión tan imprescindible de zapatero. “Zapatero remendón”, “zapatero a tus zapatos”, son frases que encarnan ese concepto algo peyorativo del que nos ayuda andar bien, a no torcernos la columna, a no resbalarnos. Y que ayuda –o ayudaba- a la prestancia del bien trajeado. Este menosprecio de los oficios individuales y sobre todo de los manuales va aumentando a medida que la globalización y la llamada inteligencia artificial se adueñan de la producción.

Los zapateros de portal trabajan en un rincón cerca del vano o hueco de la escalera, una especie de cuchitril donde acumulan zapatos torcidos, desangelados, atribulados, pero que resucitan en sus manos. Pero ya no hay casi zapateros remendones porque las suelas están pegadas, no cosidas y porque las llamadas ‘deportivas’ las usan hasta los jubilados.

Por llevar la contraria, acabo de hacerme lustrar los zapatos con el señor Alberto, que es un zapatero de portal. En Lisboa todavía existen algunos. Me siento en la pequeña butaca o taburete, según el limpia. Coloco los pies en los pitones o pies de hierro con forma de suela. El lustrado consta de ocho capítulos:

  1. El limpia inserta las lengüetas de cuero blando (antiguas suelas reutilizadas) en el zapato para proteger los calcetines del cliente.
  2. Se quita el polvo con un cepillo algo duro.
  3. Se extiende la densa crema líquida Viriato de bote con un cepillo viejísimo, ya bastante mocho.
  4. Se cepilla de nuevo para quitar los restos húmedos de la crema.
  5. Se unta crema de lata Galgo con un paño viejo, amarronado y abatanado, que se sujeta a los dedos corazón y anular haciendo casi un nudo.
  6. Con un cepillo duro se frota bien la crema, para quitar los posibles grumos.
  7. Se pasa enérgicamente un cepillo blando para dar brillo.
  8. Se frota con una bayeta bien abatanada, que se sujeta con las dos manos, para terminar de lustrarlos.

Precio: dos euros y medio.

En este campo del oficio hay dos escuelas. Los limpiabotas que usan primero la crema Viriato, negra o marrón, según el cuero, que es bastante líquida. Y otros, como el senhor Silva, que sostienen con vehemencia que jamás ha de aplicarse líquido a un zapato, por muy denso que sea, y pasan directamente, tras un enérgico cepillado para quitar el polvo o el barro, a la crema. Al final, además de otro cepillado en el que el cepillo baila de una a otra mano a velocidad pasmosa, con esa habilidad del limpiabotas con sus dedos ennegrecidos del betún, se debe efectuar un frotado enérgico con un trapo coriáceo que ha trabajado ya en muchas limpiezas, lo que deja el zapato reluciente.

Pero también he sido testigo, estupefacto, de cómo el senhor  Silva, de la Oficina do Calçado de la avenida Alvares Cabral ha cogido diligente un papel de lija para quitar las manchas de unos zapatos de ante.

El arte del limpiabotas se va perdiendo. Ha habido doctas interpretaciones marxistas de dónde encuadrar al limpiabotas y al zapatero en la escala de clases sociales. Para los ortodoxos podrían estar en un segmento, como dicen, entre el lumpenproletario y el trabajador no proletario. Sólo Baroja habla con admiración en Las figuras de cera, de un zapatero de Bayona, Palassou, un sansimoniano. Tengo que rebuscar en Galdós, que seguramente los menciona.

Para la mayoría, como decía al principio, los zapateros son personas sin mayor importancia. Y, sin embargo, el zapatero sabe cómo andamos, de qué pie cojeamos, si apoyamos la punta o el talón. El andar de una persona revela bastante de su personalidad, cohibido, arrogante (“pisar fuerte”), estúpido (“un tuercebotas”), sensato (“con pies de plomo”), insensato (“la cabeza caliente y los pies fríos”), desganado (“arrastrando los pies”).

El calzado ha constituido siempre un medio de distinción y diferencia, social. Recuerdo cómo en el campo andaluz eran la alpargata y las abarcas (con suela de rueda de coche) lo que predominaba. Los ‘zapatos de material’, es decir, de cuero, eran raros y sólo se usaban en bodas y funerales. En Rusia, las suelas eran de corteza de abedul (lapti).

Hoy día debido a varias causas, los zapateros y los limpiabotas desaparecen. Primero, por el desarrollo económico y la mejora gradual –no muy rápida, pero gradual- del nivel de vida. Segundo, porque a ningún joven se le ocurre, aunque se encuentre en la más abyecta precariedad, aprender este oficio en que hay que agacharse ante el cliente, casi en genuflexión servil; prefiere estar en el paro eterno. Tercero, porque muchísima gente se ha pasado a las ’deportivas’, cómodas pero ramplonas.

La zapatería del senhor Alberto en Lisboa

Llevar los zapatos limpios, relucientes, denota al caballero. En algunas reuniones de cierto postín he comprobado, en efecto, que al ser presentado a los viejos aristócratas y algunos diplomáticos, éstos miran rápidamente a la cara y después bajan la mirada hacia los zapatos. Curiosamente, también he leído por ahí que los estudiantes de la Torah y el Talmud, en los viejos y embarrados shtels de Polonia y Bielorrusia, debían llevar los zapatos bien bruñidos. Los zapatos son también una muestra del diablo, sobre todo si son rojos, y quien haya leído El maestro y Margarita, de Bulgákov, lo sabe. Ese libro lo tituló provisionalmente su autor El consejero con pezuñas. Pezuñas, en francés, también significa zuecos (sabots). Hay múltiples alusiones a cómo ese ‘extranjero’, el diablo, va calzado: “grises, de fabricación extranjera”, “rojos, mal lustrados”, “zapatos barnizados”, “centenas de zapatos –negros, blancos, amarillos, de cuero, de satén, de ante, de seda-“ y hasta pantuflas.

P.S.- Tras redactar este artículo me he enterado que el padre de Stalin era zapatero.


Un portugués de Ultramar (segundo retrato lisboeta)

16 diciembre, 2019


Tiene una pequeña tienda de electricidad en el barrio algo triste de Campolide, en una de las vilas –Vila Taborda- que todavía quedan antes de que las derriben para hacer pisos de lujo, en la rua General Taborda. Las ‘vilas’ son como patios de vecindad, con casas de una planta, que alegran y esponjan los barrios lisboetas. Los buitres de la especulación planean sobre ella para demolerlas y arrasar y construir.


En la vila donde vive el señor Alves viven mujeres de limpieza, algún albañil, un cartero, una familia caboverdiana que lleva en Portugal medio siglo, y muchos viejos. Hay un fregadero, una parrilla para asar sardinas y macetas en los alféizares y dos o tres gatos tranquilos que liberan de roedores la vila. En algunas casas sólo hay luz eléctrica desde hace cinco años y todavían guardan sus lámpara de Petromax, por si acaso. A la entrada, en un viejo arco de chapa oscurecida por el óxido, la inscripción medio borrada ‘Vila Taborda’.


Su tienda, mejor taller, atestada de aparatos, da siempre una sensación de sosiego, de una cierta tranquilidad, un lugar para detenerse y conversar. Con su arte y oficio, António Alves, en la soledad de su taller, no es el vendedor apresurado, hipócritamente amable, sino que pasa los ratos arreglando máquinas que le traen los vecinos –esas que dicen que no vale la pena repararlas sino que hay comprar unas nuevas-. Más que tienda tiene su oficina, lo que en portugués llaman al taller. Palabra que no designa un despacho sino el lugar donde se ejerce un oficio, un officium, de ob facere.


De vez en cuando vende algo, poca cosa, un tostador de pan (ya se sabe que duran dos temporadas, están hechos adrede para durar poco), una pilas, un exprimidor. El senhor Alves devuelve a su establecimiento el sentido que siempre tuvo, no un lugar donde se entra, se compra y se paga, sino algo mucho más humano. No es uno de esos templos del consumo impersonales, con muzak de fondo y dependientes mal pagados que proliferan en los centros comerciales de Portugal.


El mostrador lo ha convertido en un banco de trabajo donde se acumulan piezas sueltas, alicates finos y destornilladores, medidores de tensión, condensadores, lámparas catódicas, válvulas de radios viejas, conmutadores, diferenciales destripados, transformadores que todavía sirven, alguna bombilla, un par de reostatos para medir la resistencia. Por la tienda hay aparatos en cajas, unos nuevos, otros para reparar. El señor Alves sabe cómo funcionan todos y cada uno, su potencia, su capacidad real, su consumo. Sabe descifrar la información abstrusa de tanto catálogo que para los legos nos es indescifrable, ininteligible. En su sótano tiene más material, además de un pulcro retrete y lavabo.


A pesar de su edad, 77 años, el señor Alves se pasa el día de pie, reparando aparatos, soldando conexiones rotas con estaño, facilitándole la vida a los vecinos. La tienda-taller del señor Alves es un servicio público, comunitario.
El señor Alves es capaz de explicar, de manera muy didáctica, lo que significan el voltio, el amperio, el vatio y el ohmio.


El vatio o watio, me cuenta, es la cantidad de energía eléctrica que fluye, el amperio, la intensidad, el voltio es la presión, como la presión del agua, y el ohmio es la resistencia al paso de la electricidad (imagínese un tubo de agua, me dice). El ohmio expresa la relación entre tensión, intensidad y resistencia, que son los tres elementos de todo circuito. Cuando vamos por el culombio, algo que me dice “determina la magnitud de energía entre dos cuerpos de polaridad opuesta”, ya me he perdido. Veo, entre sus papeles y cuadernos, numerosos dibujos de circuitos, perfectamente trazados a dos tintas, indescifrables para mí como un jeroglífico. Mientras conversamos, escuchamos en el fondo una música agradable. Son Juan Francisco Torreblanca y Simón Díaz, magníficos cantores que dominaron el arpa, las maracas y el cuatro, la guitarra venezolana de cuatro cuerdas.

El senhor Alves, enjuto, con el pelo de una blancura impecable, plateada, es el portugués por antonomasia: educado, cosmopolita, viajero, con un vínculo africano que se inició cuando sirvió en el ejército en el Norte de Angola bajo el mariscal António de Spínola. Spínola, con su monóculo, recordemos, fue uno de los más prestigiados militares de Salazar –había sido observador en la campaña alemana en Rusia, antes de Stalingrado-, aunque luego fue el promotor del 25 de abril (Portugal e o futuro), cuya revolución lo devoró, teniendo que marchar al exilio. Tras el episodio angoleño, Alves trabajó varios años en una fábrica de locomotoras en Salisbury, en la Rhodesia del Sur de Ian Smith, que hoy languidece y se empobrece bajo el nombre de Harare. Ya no hay fábricas de locomotoras y el legendario hotel Meikles está hoy medio abandonado. Conserva una fotografía dedicada de Ian Smith de cuando éste visitó la fábrica y una metopa con el escudo de la reserva nacional de Hwange (creada por los ingleses en 1928 con el nombre Wankie Game Reserve) y recuerda haberle visto entrar varias veces en aquel hotel. Fundado en 1915 por un escocés llamado Meikle parece que va a resucitar ahora de manos de unos inversores de Dubai. Por aquellos dichosos años, el senhor Alves conducía incluso un flamante Plymouth Valiant, fabricado en Canadá.

Metopa del Wankie Game Reserve, con la siiueta de una palanca negra.


Cuando la descolonización, el senhor Alves, en vez de volver a Portugal, a la metrópoli, encontró trabajo en Venezuela, en una de las fábricas de la cerveza Polar, en la agradable ciudad de Valencia, “es la que tiene el mejor clima del país”, me dice. De entonces le viene la afición por una de las mejores músicas de América Latina.


Los portugueses de Africa, de las entonces llamadas provincias de Ultramar, se dispersaron por medio mundo tras 1976, cuando la descolonización se desorganizó desde los despachos de Lisboa, y se perpetró como una auténtica desbandada. Los retornados a Portugal fueron la mitad; los demás se fueron a Suráfrica, a Brasil, a Canadá, incluso a Australia. Tras muchos años de silencio, ahora se empieza a escribir sobre aquel éxodo de miles de modestas familias portuguesas –un millón de personas- que salieron con lo puesto ante la impasibilidad de los políticos de la metrópoli. Lean, para muestra, uno de los más recientes, O retorno, de la escritora Dulce María Cardoso. El senhor Alves, como tantos retornados, guarda un discreto silencio sobre aquellos años del retorno.


Tras mucho bregar y caminar, el senhor Alves lleva esa vida tranquila de barrio en su pequeño establecimiento, con la satisfacción diaria de hacer que un aparato vuelva a funcionar, de reparar cosas y facilitar la vida de sus vecinos y clientes. La gran sombra de su vida fue quedarse viudo hace unos años, pero sus dos hijos son su satisfacción.


Maciel y el esperanto (retrato lisboeta)

25 noviembre, 2019

Paseando por Boavista, barrio que en los tiempos de Eça de Queiroz llamaban el Aterro, me topo con su almacén. Está encerrado en su garita acristalada que le separa del ruidoso taller con sus notas, facturas y albaranes, en la nave tres obreros cortan, doblan y moldean hojalata y latón. Su cuchitril está atestado de viejas piezas y herramientas, con estantes donde reposan polvorientos unos libros desencuadernados, amarillentos, junto a un pequeño busto de escayola pintado de marrón.

Con el achaque de comprarle un farol entablo conversación con el señor Maciel. Es más bien bajo, con el pelo blanco algo ensortijado. En la calle, y a veces también en el taller, cuando hace frío, se cubre con una gorra oscura. Dos pares de gafas viejas junto a las plumas y lapiceros atestiguan su vista cansada.

Me explica cómo se trabaja la hojalata, una aleación de acero y estaño, y el latón, que es una aleación de aproximadamente un 60% de cobre y un 40% de zinc. Su familia es latonera desde hace varias generaciones. Aun conserva las facturas de finales del siglo XVIII cuando traían el zinc de un pequeño pueblo no lejos de Maastricht, de lo que ahora es Bélgica y que entonces pertenecía probablemente a Prusia, porque eran tierras de los Hohenzollern (Hohenzollernsche Lande Preussen, según describe mi viejo atlas de F. W. Putzgers).

Su hijo lee en un rincón un viejo libro sobre las formas de plantar y cultivar el café, con unas bellas estampas coloreadas que me muestra con satisfacción. Los rebusca por los alfarrabistas, o libreros de lance que hay por el centro. Es un amante de los libros, como su padre. El que preside el estante, me dice, es el Fundamento de Esperanto, el libro de Zamenhof, en una vieja edición portuguesa de 1905.

Sólo en la periferia de Portugal, que fue asolado por la Inquisición hasta hace doscientos años, en los confines pedregosos y montuosos del país, puede imaginarse la vida de Maciel, de su vieja familia en Tras-os-Montes, acogidos a la benevolencia del Conde de S. Todavía reciben alheiras de caça, esos embutidos que disimulaban la ausencia de cerdo, de unos lejanos parientes de Freixo. Aquí tiene poca familia, sólo una prima, Raquel, que vive cerca de la Feira de Ladra, en los altos de Alfama, casada con un Abecassis que se dedica a las antigüedades inglesas.

Tras el primer encuentro, he recalado a menudo en su taller, donde hablamos un rato, cuando las cuentas del latón le dan asueto. Otras nos hemos ido paseando hacia la Baixa o nos hemos metido en un café silencioso a tomar um chá de limão o una Agua das Pedras.

El señor Maciel tiene muchos recuerdos personales; pero que no se le pregunte por el Estado Novo, ni por los años de la Segunda Guerra, cuando Lisboa era puerto de tránsito de exiliados, perseguidos, refugiados. Su historia, y toda la historia para él, es una sucesión de retazos, de anécdotas, de personas que conoció, de casas en las que instaló sus faroles y donde conoció a clientes imposibles, raros o extraordinarios. De su infancia más arriba de Peso da Régua sólo recuerda cuando en la escuela le prepararon para hacer la Primera Comunión y su madre disgustada se fingió enferma para excusarse de asistir. O cuando el Padre Isidoro la emprendía con él a pescozones porque confundía el Padre Nuestro con el Credo.

La madre –me dice- también hacía unos preciosos centros de mesa precisamente en octubre con mirto, limones y si encontraba una palma, aún mejor. “A mi madre nunca la entendí muy bien, tenía unas costumbres extrañas, que imponía a mi padre, quien las acataba sumiso y sin discutir”, me comentaba el señor Maciel una tarde en que se le deshizo algo su reservada lengua con unas ginginhas cerca del Rossío. En realidad lo que me contaba el señor Maciel no era sino las viejas costumbres de los anusim de Tras-os-Montes, convertidos al cristianismo, pero que conservaron costumbres que a veces ni ellos mismos sabían de dónde procedían.

Maciel me contó una tarde lluviosa, en uno de los cafés que aun hay por la Baixa, su violín de Ingres, su afición casi oculta: el esperanto. De joven, tuvo la curiosidad de estudiar esa lengua creada por Luis Lázaro Zamenhof, también llamado Rehov Eliezer. De ahí que entre sus libros de cuentas esté el misterioso busto en escayola. El esperanto fue quizás soñado como un yiddish para gentiles, una lengua franca que sólo se le podía ocurrir a una persona como Zamenhof, que hablaba varias lenguas, siendo la suya materna el yiddish. Una lengua, lingvo internacia Esperanto, que serviría, pensaba, para detener las persecuciones, evitar los pogroms, y para que no hubiera más guerras. Lengua de una esperanza que destruiría la Gran Guerra de 1914, como el Imperio Ruso, dentro de cuyas fronteras –en Byalistok, hoy Polonia- había nacido su inventor y cuya utopía, de haberse convertido en realidad, podría haber salvado el Imperio que se desmoronaba entre luchas étnicas y lingüísticas. Una lengua artificial que parece creada para apátridas, una especie de pasaporte Nansen hecho diccionario para personas a las que les robaron la lengua. Como los que perdieron el castellano y el hebreo y tuvieron que hablar en yiddish o en ladino.

Esta afición esperantista le viene del amigo de su padre, Acácio Lobo con quien, recuerda, tenían una tertulia en los Restauradores a la que también asistía otro gran amigo, Teófilo Gomes; Lobo se dedicó a escribir manuales y guías de conversación, entre ellas una del Esperanto. En 1942, aquella tertulia se enriqueció temporalmente con la presencia de algunos centroeuropeos y alemanes que esperaban visados para Brasil y Argentina, entre ellos Peter Frey, un escritor esperantista danés.

En aquellos años cincuenta en Lisboa no había gran cosa que hacer, salvo las revistas del Coliseu y los teatros del Parque Mayer, de los que Maciel nunca gustó por chabacanos. El esperanto era entretenido y, al igual que los radioaficionados de la Citizen Band, le permitía cartearse con gentes de muchos países, coleccionar tarjetas postales de los lugares más impensables y salir de la monotonía. Su sueño era pasar al esperanto Os Maias, pero fue tarea ímproba.

Al señor Maciel se le ocurrió organizar hace años, antes del 25 de abril, otra tertulia de esperanto, para lo que se requería saber hablarlo, al menos un poco. Era en el Café Raiano, local algo apartado y discreto (que ya no existe, como otros tantos), por la rua Possidónio da Silva, esa calle que honra la memoria de un ilustrado masón –del rito irlandés-. Pero, a pesar de eso, o por eso mismo, provocó la curiosidad de un agente de la PIDE, fumador empedernido que se sentaba al fondo del café con un vaso de agua y que casi les daba lástima.

Pero él me dijo con cierta sorna, que muchos de los que se reían de su esperantismo al fin y al cabo no eran sino nietos de aquellos que vendían dátiles –tâmaras, les llamaban, los daktilos en esperanto- por el Arco da Graça hace cien años, venidos de Tánger y Gibraltar, que hablaban una mezcla de maltés, inglés y español, de cualquier manera, y que ahora se las daban de distinguidos y se habían mudado más lejos de Martim Moniz para borrar sus orígenes de vendedores ambulantes.

Maciel esperaba que una lengua única, un solo idioma para los comerciantes, esos mismos que habían popularizado el telégrafo, el teléfono, los ordenadores, fuera en beneficio del mundo. Pero el inglés llegó en los remolques de los ejércitos aliados en la Segunda Guerra (EEUU y la Commonwealth). Los comerciantes eligieron el inglés.

Acariciaron la idea de crear una radio en esperanto en Lisboa, La onda de Lisbono, pero no tuvieron fondos. De los tiempos del esperanto ya no queda nada, aunque el señor Maciel conserva unos cuadernos donde fue anotando las palabras y las frases más utilizadas: zinko, su material de base, tre bone, danke, que siempre da las gracias a sus clientes, urbdomo Lisbono, el ayuntamiento que le trae por la calle de la amargura con tantas reglas, cu vi havas tason kafo?, porque le gusta el café y se toma varias tazas al día (que compra en el tostadero de un amigo en la Travessa do Pasteleiro, por Madragoa), kion vi devos fari?, siempre con cosas que hacer, y así sucesivamente, hasta su vendis tre malkara lampeto, lumsirmilo kaj kandelingo, pues vende barato sus lámparas, pantallas y candelabros.

El señor Maciel, cuando tenga algunos ahorros y con el pretexto de alguna partida de las que exporta, no quiere morirse sin ir a ver el Museo del Esperanto en el Hofburg de Viena. Entre sus libros tiene además una curiosa biografía del general francés Hyppolite Sebert –un gran defensor de Dreyfus, me dice- gran esperantista, que su diligente hijo ha encontrado en la Feria da Ladra, en el puesto del señor Luis, librero ambulante.

En fin, esta es una de las personas que todavía encuentro por las calles, cafés y establecimientos de apartadas calles de Lisboa.

Para más información sobre el esperanto: https://eo.wikipedia.org/wiki/Vikipedio:%C4%88efpa%C4%9Do


El poeta José Bento (1932-2019)

14 noviembre, 2019

José Bento, quizás el hispanista más relevante de Portugal, ha muerto hace unas semanas, el 26 de octubre. Poeta, recibió muchos premios en ambos países. Pero ahora parece como si nadie le recordase en España, como si los premios bastasen y ya no hubiera que recordarlo más. Lo que además de ingrato es injusto, pues Bento ha dado a conocer nuestra poesía del Siglo de Oro, a Lorca, a Eloy Sánchez Rosillo, a Octavio Paz, y hasta a Ortega y Gasset y María Zambrano. Es difícil encontrar un poeta y escritor portugués que conociese mejor nuestras letras. Ha sido el perfecto embajador de nuestra poesía en el mundo lusófono.

Su trabajo inmenso de traductor ha impregnado también su propia obra, como a veces suele acontecer. ¿No decía Javier Marías hace poco en una entrevista a un medio portugués que trabajar en la traducción literaria es la mejor escuela de escritura? En muchos poemas se trasluce un clasicismo que evoca la poesía española y a  portuguesa de siglos pasados, sin caer en la nostalgia ni el pastiche.

Recuerdo en 2000, cuando hicimos un viaje cervantino con otros escritores y poetas portugueses como Hélia Correia, Maria Fernanda de Abreu, Francisco Belard y Casimiro de Brito, bajo un cielo invernal siempre azul, los kilómetros por las rectas carreteras de La Mancha se nos hicieron muy agradables hablando de Cervantes, de literatura y de poesía tanto españolas como portuguesas.

Cuando llegamos a El  Toboso, en que José Bento empezó a leernos, “estaba el pueblo en un sosegado silencio…”. Así titularía después una colección de poemas de asunto cervantino. Estuvimos en Infantes, Argamasilla de Alba, San Carlos del Valle, en La Torre de Juan Abad y, claro, en El Toboso. El día anterior, en una librería de Toledo, si no encontramos los papeles de Cide Hamete Benengeli sí hicieron un acopio de libros de literatura española, que los portugueses estiman y conocen muy bien.

José Bento, con Francisco Belard, año 2000

José Bento, hombre amable, discreto, y trabajador esforzado, tradujo también el Quijote en 2004, obra que hizo decir al escritor portugués Almeida Faria que “es una traducción bella, excelente y fiel”.

En lo que ahora es una ciudad dormitorio, Mem Martins, entre Lisboa y Sintra, alejado del mundanal ruido, seguía escribiendo, leyendo, siempre alerta, con una delicadeza especial que su amable mirada azul. Era el perfecto compañero de viaje, en el sentido más noble de la palabra, para recorrer España y Portugal, sus pueblos y sus letras. Su rigor lingüístico, su buen gusto literario, eran de una especial, considerable importancia, que se plasmaron en sus traducciones.

Su poesía es difícil, a veces fría, a menudo enigmática, tan enigmática como es la vida, lo que infunde en el lector atento una sensación más alta, más espiritual, como un deseo de meditación. En sus poemas resaltan también las sombras, esas sombras que añaden resalte a los objetos e ideas; palabras que tiene varios significados, con sus claros y sus sombras, como la propia vida. Así como la luz del alba y la del crepúsculo destacan los volúmenes, los perfiles. Pero, efectivamente, son más difíciles de delimitar pues derivan de la luz. Pero también sus poemas son como cristales de aumento sobre sensaciones que si no desaparecerían de nuestra vista.

No son poemas para leer una vez (como nunca lo es un buen poema, al que siempre hay que volver porque depende hasta del estado de ánimo del lector para adentrarse más o menos en él). Es también difícil porque no es narrativa y es más de sentimiento y pensamiento que de comunicación. Bento recupera, rescata palabras portuguesas casi olvidadas en el lenguaje corriente. En su poesía hay mucho de ensueño e introspección, además de evocaciones del pasado cultural, de la Biblia y de la música.

Su colección O enterro do Senhor de Orgaz es la mejor reflexión lírica sobre esta pintura. Es una auténtica ekphrasis en verso (que es la descripción de una obra de arte como ejercicio retórico, la descripción verbal de una pintura a menudo hecha por medio de un poema). Se trata de una serie de diez largos poemas en verso libre, donde no solamente se describe la pintura sino que se deja hablar al Greco. Con esos versos, el libro de Gregorio Marañón (El Greco y Toledo), y el de Manuel B. Cossío, ya nos podemos adentrar en el mundo del pintor.

En otro libro, Sítios, nos ofrece el poeta sus versos más abiertos, hablando de lugares, aldeas y rincones. Difícil de encontrar, pues las tiradas son escasas y los libreros escogen lo más vendible.

Una curiosidad sobre José Bento me la contó él mismo. Hace muchos años escribió un libro o manual de contabilidad, muchas veces reimpreso, cuyos derechos de autor le han permitido tener unos ingresos complementarios para su vida cotidiana, que de poeta no se gana  mucho. Una profesión tan prosaica –contabilidad- que contrasta con la creatividad de un poeta o escritor la encontramos en numerosos casos, como T.S. Eliot, trabajando de bancario, Faulkner en una oficina de correos, Kafka en los seguros o García Hortelano como funcionario del Estado, entre centenares de ejemplos.

También ha dedicado poemas a Bilbao, Secuencia de Bilbao, donde hay muchas alusiones a su admirado Miguel de Unamuno. Pero también Andalucía (Arcos de la Frontera) y muchos pueblos de Ciudad Real.

La ciudad, como tal, le provoca versos y poemas, que recorren todas sus colecciones. Así, no resisto transcribir parte de un poema que debería ser leído por alcaldes y constructores: el poema a la destrucción de barrios y casas inmemoriales, algo que está sucediendo en todas las ciudades de España y Portugal, dejadas a la codicia y al mal gusto de los especuladores inmobiliarios (en Silabário):

Donde la ciudad a borbotones pierde su nombre

y el crepúsculo recupera la amplitud de sus pulsaciones

-entre tímidos arbustos, montones de chatarra,

patios donde los niños montan alegres campos de batalla-

fue derribada una casa:

                                    se abrió una herida

que nadie sabe cuánto le va a doler

al avaro coleccionista de imágenes recordadas

que con penosas búsquedas defiende su frágil patrimonio.

Ahí se borrarán las callejuelas para infligir avenidas,

paredes usurpadas hasta los cimientos

por la avidez de los edificios formulados por la regla del interés,

piedras queridas por manos y por miradas

yacen y callan sus inscripciones

de adolescencias y abandonos, de desvaríos y agonías.

(…)

O éste, que reivindica el universo, si no virgiliano, al menos acogedor, de los paisajes prístinos que van desapareciendo:

La ciudad es negra y crece hacia adentro

con calles cada vez menos de cada hombre,

donde nunca amanece y siempre está anocheciendo

-un atardecer tardío por la sangre que escurre de los anuncios luminosos.

Las casas que se elevan sofocan avenidas,

quiebran los vientos, apagan el sol entre sus brazos,

no multiplican las estrellas en sus techos de cemento,

oscurecen arboledas, y aliñan sólo frutos amargos de carbón.

El horizonte está más cerca por el humo envenenado

que abate las aves que intentan huir (…)

José Bento, de un iberismo no ideológico ni trasnochado, fue amigo de muchos poetas españoles, en especial de Eloy Sánchez Rosillo, su “excelente amigo”, del que tradujo Las cosas como fueron (magníficamente editado en bilingüe por Assirio & Alvim); si no supiéramos que Rosillo es español, no notaríamos que la versión de Bento es una traducción. Es, en mi opinión, una traducción de poesía –ese trabajo casi imposible- perfecta, invisible. Como dicen only poet can translate poet.

También era amigo de Carlos Bousoño, de Angel Crespo (nuestro gran especialista en las letras portuguesas), de su mujer, la también poeta y traductora, Pilar Gómez Bedate, y de Francisco Brines, entre otros muchos.

A pesar de su hispanismo, hay muy poca obra suya publicada en España. El Entierro fue publicada en El Ferrol en 1986, pero poco más. Tampoco tenemos constancia de que los medios españoles se hayan hecho eco de su desaparición; pero aun hay tiempo, paciencia, alguien lo recordará.

Pero ni en Portugal, salvo el diario Público, le han dedicado mucho espacio –por ahora-. Así, Expresso se ha contentado con una breve nota de obituario, lo que aquí llaman un rodapié, y Jornal de Letras con un tercio de página (que contrasta con la atención que prestan a otros escritores y poetas de menos envergadura). Esperemos que en las próximas semanas alguien se acerque a su obra.


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