Douce France

12 enero, 2015

La France des écoliers et des lycéens
des enfants que tous les matins
arrivent avec leurs cartables.

La France des bistrots, des croissants
inimitables, des petit déjeuners sur le boulevard

La France des maisons mansardées en gris plomb

La Seine

La Seine

aux reflets d’un ciel de nacre

La France des livres et des librairies
sentant le papier, l’encre et la colle

Les belles aux yeux rieurs,
Des paysages imaginés pour les peindre
Les tournesols d’Arles
Les falaises normandes
La brume bretonne

Et ils chantaient et ils chanteront toujours

…Les belles auront la folie en tête
Et les amoureux le soleil au coeur… (Le temps des cerises)


Llueve en París, silencio, llueve silencio

12 enero, 2015

llueve en París, silencio, llueve silencio,

llueve parís y llueve 

un poco de silencio y de parís por el resto del mundo.

 

Félix Grande, poeta español (+2014), en homenaje antiguo a César Vallejo

[pero podría aplicarse hoy a lo que allí sucede, en la París de la libertad]


Charlie Hebdo, on a voulu assassiner la liberté, mais elle vit toujours.

7 enero, 2015

images-2


Hace cien años: el tributo a París de Luis Bello

12 diciembre, 2014

Luis Bello nació en Alba de Tormes en 1872 y murió en Madrid el 5 de noviembre de 1935). Periodista, dirigió las revistas Política y Luz, y fue sobre todo conocido como redactor de El Sol. Llegó a ser diputado independiente por Lérida durante la Segunda República. Viajó por España y rindió un trabajo llamado Viaje por las escuelas de España, de sumo interés para conocer la situación de la enseñanza en lugares atrasados del país, como Galicia o la Sierra de Segura, en Jaén. Fue llamado el don Quijote de la Escuela, por su gran ardor e ilusión en la mejora del sistema educativo español. IMG_1251De su primera estancia en París dejó también un libro, Tributo a París.

Don Luis Bello, diputado a Cortes, socialista, ilustrado, viajó a Francia y a Bélgica antes de la primera Guerra Mundial. De su periplo nos dejó unas páginas, hoy casi inencontrables, publicadas por Biblioteca Nueva en 1907 (editor M. Pérez Villavicencio. Tipografía en la calle de las Infantas, número 42).

Otra España, otro Madrid y, sin embargo, el mismo París. Ensalza la capital francesa por razones aún hoy vigentes, como sus librerías (abundantes, gracias a que el Estado puso coto a la FNAC y supermercados, y ahora a Amazon, por medio de la Ley Lang, en 1982). Destaca detalles que aún hoy permanecen. Nos habla de un mundo parisino que, si cambiamos los ómnibus y las berlinas por los autobuses y el metro, no es demasiado diferente. Quizás Luis Bello haya sabido captar el alma de la ciudad y por eso sus observaciones aún sean sustentables.

A don Luis Bello le llaman la atención la mezcla de razas, los estudiantes negros de la Sorbonne, “los elegantes de color en los teatros”.

Habla de las calles siniestras, esas que Baroja también describiría por aquellos años. Hoy todavía hay calles siniestras, dulces de día, oscuras y solitarias de noche. De los mendigos y clochards, que entonces se metían en las salas del Louvre en los días de frío.

Murió en su domicilio madrileño de la calle López de Hoyos; afortunadamente, no vió la guerra que se avecinaba. Su hijo sólo pudo asistir al entierro con autorización judicial pues estaba preso, condenado a diez años, por los acontecimientos de octubre de 1934 (la revolución de Asturias).


La búsqueda del coche perdido. Renault Dauphine (15ª entrega)

5 enero, 2014

“El comunista”, así llamaban cruelmente en los años sesenta al Renault Dauphine, aunque tuviera un nombre tan de la realeza como Dauphine, Delfín; entre otros mi primo Ramón Olivares, un gran amante de las motos – ¡ah, aquella Sanglas negra!- y de los automóviles (poseyó, entre otros, un MG Midget y un Floride) porque “mataba señoritos” (en España, en los últimos cincuenta, los que tenían coche eran todavía calificados de señoritos, como un maligno recuerdo de la guerra) o “el de las viudas”, que así llamaban también al Dauphine.Dauphine

El Dauphine en efecto corría demasiado para lo poco que pesaba y levantaba el morro cuando iba a más de 90 y en las curvas había que tener mucho cuidado, porque derrapaba que daba gusto. Volaban, por eso muchos franceses les ponían un par de plomos bajo el capot delantero, sobre las ruedas. El Dauphine fue mi primer coche, que a las cinco semanas me lo puse por montera en la Universitaria de Madrid, al tomar la curva del Paraninfo con excesiva velocidad. Un record de longevidad. En la compañía de seguros, cómo no, le dieron siniestro total y estuvo un par de meses frente a un chapista de la calle Castelló hasta que se lo llevaron a algún desguace de la carretera de Andalucía.

El antecesor del Dauphine, el 4/4, el cuatro cuatro, 4 4llamado joaninha en Portugal (a la burra se le solía llamar a minha joana) fue el primer utilitario fabricado bajo licencia en España en 1951. Aún recuerdo un viaje en una tórrida noche de verano, por Toledo, apretujado con los primos en el 4/4 del tío Ernesto, matrícula J-8008. El 4/4, con 747 cc y 27 litros en el depósito, tenía poca autonomía pero hacía su apaño. A mí me recordaba, con su especie de sonrisa, al anuncio de Netol. El segundo 4/4 que se cruzó en mi vida fue el de primo Quique, con el que llegamos hasta Benidorm en una Semana Santa del 72 –con las debidas paradas de refrescos para nosotros y para el auto, como en las postas antiguas-. El ‘margarito’, como lo bautizó mi ocurrente primo, ha terminado sus días abandonado en una almazara cerrada y hoy cuesta restaurarlo más que comprar uno en buen estado.

El Cuatro Cuatro ganó el Rally de Montecarlo de 1949 en su categoría. En 1950 representaba ya la tercera parte de la producción francesa, con los más de trescientos autos por día que salían de la fábricas de Boulogne Billancourt, en las afueras de París.

El nombre Dauphine no es nuevo, ya hubo un Berliet Dauphine en 1937 que era un coche de bellas líneas; el actual, según cuentan, fue inspirado por uno de los directivos de la Régie Renault que habría dicho: “puisque la 4 CV est la reine du marché, cette voiture s’appellera la Dauphine” (ya que el 4/4 es el rey del mercado, éste será el Delfín, es decir, el heredero al trono). Pero el Dauphine nunca lograría desbancar al pequeño cuatro-cuatro en la galería de honor de la casa.

Con mi Dauphine gris oscuro bajaba a la Facultad de Derecho e intentaba ligar con las chicas. Yo hubiera querido, como Yves Duteuil, pasearlas y tomar las curvas cerradas:

… tu est presque appuyée sur moi

Un virage à droite un peu sec

tu te planques à moi

Je voudrais que ce virage n’en finisse pas…

(Virages)

Pero me duró tan poco que no me dio tiempo a echarme novia. Ahorraba para gasolina, me pasaba los ratos perdidos metido en él, limpiándolo, quitándole el olor a tabaco que había dejado su anterior propietario, nuestro buen amigo José Checa, de Linares. Cuando los domingos veo ahora algún jubilado dedicado a cuidar su coche eternamente aparcado, los comprendo muy bien, aunque me da un poco pena que estén tan aburridos; pero alguien ha dicho que la vejez es aburrimiento. En sus estrechos pisos no tienen espacio, su utilitario casi olvidado, dominguero, en la calle, es su último territorio privado, donde se libran de que la mujer les diga, “oye ahora que no estás haciendo nada por qué no me bajas del altillo…”. Cuántas personas miden las etapas de su vida en coches y dicen “cuando teníamos el 600” o cuando compramos el 2 CV, significando, cuando éramos jóvenes y pobres pero con tantas ilusiones, o “éste será mi último coche así que me lo compraré como siempre he querido”, para justificar que se han comprado un coche más grande y más caro del que realmente necesitan. Al final, la vida activa de un hombre moderno se puede medir en seis o siete coches.Dauphine en Bxl

La versión playera, veraniega, del Dauphine fué el Renault Floride, delicado y esbelto de formas y de colores innovadores. Mi primo Ramón Olivares nos paseaba en su Floride color amarillo verdoso descapotado con lo que tragábamos abundante polvo por esas carreteras andaluzas aparte de casi pillar una insolación. El sol y el polvo han sido los tradicionales enemigos de los descapotables en España.

Renault ha sido junto con Citroën la marca francesa por excelencia. Nació con el automóvil y sigue fabricando hoy coches fiables, económicos e innovadores. Louis Renault (nacido en París en 1877 y fallecido en prisión el 24 de octubre de 1944) su creador, construyó su primer automóvil en 1898 y formó con sus hermanos la firma Renault Frères. Durante la Gran Guerra, sus coches se hicieron famosos cuando el general Gallieni requisa para la batalla del Marne 600 taxis de París que sirvieron para llevar los soldados al frente, operación genial y rápida que sorprendió a los alemanes, logró detener su ofensiva y la ocupación de la capital. Renault fabricó vehículos militares, bombas, motores de avión y, en 1918, un tanque que entraría en acción en los últimos meses de la contienda.

Sin título-Escaneado-12Tras continuar fabricando todo tipo de motores y vehículos industriales y agrícolas, además de automóviles, su lógica productiva le llevó a continuar su producción trabajando sin ninguna limitación bajo la ocupación alemana a partir de 1940, lo que hizo que Louis Renault fuera encarcelado por colaboracionista al final de la guerra, muriendo en la cárcel en espera de juicio. Bajo el control de Daimler Benz fabricó tanques, tanquetas, piezas diversas e incluso unos aparentemente inocuos tubos de escape que luego eran rellenados con fósforo por los alemanes que los transformaban en temibles bombas incendiarias; en 1943 suministró a la Wehrmacht 150.000 camiones y 20.000 vehículos militares (de éstos ya había entregado 200.000 desde la capitulación de junio de 1940); además, había que contar los 180.000 vehículos suministrados a la organización alemana Todt en Francia, encargada de la confiscación, trabajo obligatorio y deportaciones de mano de obra. La fábrica había sufrido fuertes bombardeos aliados, en particular uno en la citada planta de Boulogne-Billancourt, el 3 de marzo de 1942 en el que murieron 700 trabajadores, lo que fué utilizado por la propaganda alemana y la de Vichy para enajenar los franceses a De Gaulle y a los aliados británicos.

FlorideComo consecuencia – o con ese pretexto, que la caída en desgracia de Renault todavía es casi un tabú en Francia- de este entusiasmo fabril hacia el ocupante la empresa fue nacionalizada bajo el nombre de Régie Nationale des Usines Renault. Los alemanes, a través de la compra de acciones, de la ocupación pura y simple o de la toma de control de los demás fabricantes franceses de medios de transporte habían así dirigido la producción de Citroën (bajo la dirección de Auto Union), de Peugeot (bajo la de Volkswagen), Berliet, Unic, etcétera, facilitando a Alemania hasta tractores agrícolas para labrar en la Ucrania conquistada.

Libro completo en formato kindle, en http://www.amazon.com/dp/B00WM9SGA8

(continuará…)


Azorín pasa la guerra de España en París

31 julio, 2012

En su segunda y última estancia en París, durante los años de la guerra civil española, Azorín viviría en un barrio con poca alma. Se alojaba en el hotel Buckingham, en el 45-47 de la rue des Mathurins, frente a la Capilla Expiatoria, panteón de Luis XVI y María Antonieta, cuyos cuerpos decapitados fueron llevados años después a ese lugar. Por allí vivió Godoy, según el Marqués de Rochegude que en su Guide pratique à travers le vieux Paris (Hachette, 1903) nos informa de que la apertura de la calle Scribe hizo desaparecer el palacete de Manuel Godoï, “prince de la Paix”. Su descendiente, monsieur Philippe Godoy, afirma que su antepasado, olvidado por la Corte española y por el infame Fernando VII, vivió en la mayor pobreza sus últimos años, habiendo abandonado dicho palacete cuando se arruinó por culpa de Pepita Tudó, su segunda esposa, que se largó con el último dinero que le quedaba de sus cuentas francesas e inglesas que le había administrado Cabarrús.

Azorín busca libros viejos en los puestos del Sena

Azorín en los puestos de libros de lance del Sena

Después moraría Azorín en el Hotel Peiffer, situado en un callejón de la Madeleine, cerca de Les Arcades. Este era unos de los grandes barrios elegantes de París, de la nobleza del Imperio. Son barrios fríos como aburridos salones burgueses, de una sequedad cartesiana. No muy lejos está la iglesia de Saint Philippe du Roule, triste, envarada. Allí enterraron a Balzac, y fue el lugar donde se celebraron los funerales de la mujer y gran amor de otro gran –e injustamente- olvidado, Pierre Benoit.

Azorín se acercaba algunos días al número 112 del cercano Bulevar Malesherbes, donde su amigo Sebastián Miranda esculpía su busto. Quizás la elección de los barrios y calles donde moró Azorín, le dificultaron relacionarse con los intelectuales franceses y con el resto de españoles que pululaban por París, entre Montparnasse y sobre todo por Saint Michel y Saint Germain. Su amigo Baroja, a pesar de ser huraño, sí los encontró de vez en cuando.

Tampoco se mezcla Azorín con el pueblo francés vivo y voluptuoso, sino con los modestos artesanos, trabajadores como él, de la minucia y el detalle. Admira al zapatero, al ebanista, a la coqueta telefonista o a la joven modista que va en un autobús. Y, contemplativo, se detiene en los squares, esas pequeñas plazuelas silenciosas, con jardín, que para él son el culmen de la civilidad, pues invitan al descanso, a la lectura y permiten el juego de los niños (Azorín, sin hijos, sí gustaba de los niños, de su alegría y sus juegos). Prefería el square Carpeaux, pero el viajero de París puede encontrar estos oasis por toda la ciudad, a espaldas de una iglesia o una de esas escuelas centenarias, de ladrillo. Los squares, para Azorín, forman parte de la narrativa de la ciudad. Fueron creados en la época de Haussmann para amenizar los bulevares y los barrios, dotándolos de arbolado, zona de juegos, una fuente y bancos.

Con un libro de Azorín en la mano redescubriremos aquel París amable, suavemente gris y otoñal. Sumergirse en el pasado para volver al presente.


Paseos barojianos por París

14 mayo, 2012
Pío Baroja en París. Port Royal y Parc Montsouris.-
 
La última época que pasó Pío Baroja en París, durante la guerra civil española –don Pío tuvo que pasar apresuradamente a Francia ante el peligroso acoso de unos carlistas con exceso de celo-, y hasta poco antes de la entrada de los alemanes en la capital, vive de nuevo en el distrito XIV, en la Cité Universitaire. Su novela Susana se desarrolla entre los distritos XIII, el este del XIV y el V. Es decir, un cuadrilátero formado entre la Porte d’Orléans, la Porte d’Italie, la estación de Austerlitz y el Odeón.
 

Portada de Ricardo Baroja
eds Caro Raggio

 
Por el bulevar de l’Hôpital, pasada la Salpêtrière, en las noches de invierno la nieve se arremolinaba silenciosa vaciando esas aceras a lo largo de muros sin fin. Baroja subía hacia Denfert solo, como siempre, siguiendo los bulevares de Saint Marcel y de Arago, o el siniestro bulevar Blanqui, cortando por la gélida rue de la Glacière, con su abrigo largo, su boina y una bufanda oscura. Los días del invierno de 1939 eran muy largos.
 
El XIV es un barrio de hospitales, prisiones, manicomios, como un centro de experimentación para Michel Foucault en tamaño real. No es un barrio alegre. Sobre él parecen flotar todas las desgracias encerradas tras tan largos y altos muros, una energía negativa se desprende, que no ha disipado la nueva construcción, antes al contrario. No es casual que hubiera una rue d’Enfer, del Infierno, hoy desaparecida bajo, ¿azar, casualidad toponímica municipal? la plaza Denfert. No muy lejos está aún el Passage d’Enfer, junto al cual vivió César González Ruano, en el 23 de la rue Campagne Prémière, Montparnasse, traficando con pasaportes y visados falsos para judíos que escapaban al holocausto. Un buen nombre para este personaje.
 
Tras recogerse en las iglesias de Saint Séverin y la ortodoxa de St. Julien le Pauvre, aléjese del tumulto y suba el paseante por la calle de St. Jacques, por la Sorbona. Es una calle recta, antigua vía romana, el milenario camino de Santiago de Compostela. Cuando cambia el nombre por el de rue du Faubourg St. Jacques, ya estamos en el antiguo extramuros de París. Dejará a la derecha, en el número 38, el veterano Hotel de Massa, sede hoy de la Societé des Gens de Lettres de France, ocupando parte del magnífico jardín que hay detrás del Observatorio astronómico. Allí termina la calle, en cuya plaza del mismo nombre tenían lugar a principios del siglo XX las ejecuciones. 

Muy cerca está la prisión de la Santé, en el Bulevar Arago que ha cantado Yves Duteuil en Le mur de la prison d’en face. Un aire sombrío parece envolver aún el barrio. Su continuación es la rue de La Tombe-Issoire, tan caminada y citada por don Pío. Hoy modernizada, pero silenciosa todavía, apartada. Para darse cuenta de lo que podría ser este barrio el caminante tiene que entrar en las bocacalles, como la Cité Annibal o la Villa Seurat. Las villas, cités, impasses y passages, son a menudo los únicos pequeños rincones donde subsiste, agazapada, el alma de los barrios que cayeron en el campo de honor ante las excavadoras. Como Baroja decía, “por todas partes ahora en París derriban rincones oscuros y sombríos, pero que tienen carácter. Aumenta la limpieza de la ciudad y su higiene, aunque pierda su aspecto pintoresco”.
 
El distrito XIV de París
El distrito catorce oriental es una sucesión de largas aceras vacías, que bordean muros de hospitales y casas de reposo, la prisión, dos cementerios (Montparnasse y Montrouge), el Observatorio, con calles que no van a ninguna parte, caprichosamente trazadas entre los grandes bulevares grises, como la rue Flatters (un explorador del Sahara) donde viviera el escritor veinte años antes. Nadie parece pasear por esas calles y por los bulevares, al atardecer, los escasos transeúntes se escurren como sombras y los vehículos se deslizan como cruzando tierra de nadie. Arriba, la antigua Cité Universitaire y el parque Montsouris.
 
Si el caminante opta en cambio por el oeste, pasando la plaza Denfert Rochereau, de fieros leones, entrará por la animada rue Daguerre, otro mundo, más alegre, más juvenil, con pequeños restaurantes en las inmediaciones, como L’Entêtée, en la rue Danville, o el bar y casa de comidas Aux vins des rues, en la rue Boulard. La rue Daguerre, con muchos comercios y artesanos (como Divine, fabricante de sombreros) que parecen resistir resistido la uniformización, corre paralela al cementerio de Montparnasse (donde reto al lector a que encuentre la tumba de Julio Cortázar –otro paseante parisino que fuera vecino del barrio- que, a pesar de estar señalizada, parece eludir al curioso).
 

Baroja ha salvado la memoria de esos antiguos suburbios donde, con tranquilidad, podemos aún descubrir la rue des Artistes, intocada felizmente, donde él instala a su amada (¿imaginaria?), Susana, con la que pasea por el Parque de Montsouris. Es un parque con cascada, con un peristilo de castaños dispuestos de extraña forma, como incitadores a practicar cultos perdidos y secretos. Me queda la duda de si esta novela no encubrirá, púdicamente, un último amor platónico del desengañado y melancólico don Pío. Susana muere en la novela en un accidente de automóvil en Egipto, mientras en una carta a Baroja, una amiga americana le dice:

“No sé si sabrá que la señora suiza aquella que quería casarse con usted murió en un choque de su auto con un tranvía”.
 
 
En el triángulo formado por la avenida René Coty o bulevar del Parc Montsouris, la rue d’Alésia y el bulevar del General Leclerc, acérquese por las calles de d’Alembert y la rue Hallé y se hará una idea de cómo era en la época de Baroja. Explore las calles de La Tombe-Issoire y de Alésia, calle donde vivió un tiempo la escritora Françoise Sagan (que solía almorzar con Sartre en la triple esquina de éstas con la calle Sarrette; ahora hay un restaurante Les trois XIV, que no tiene nada que ver). Por los altos de este barrio subsisten muy pocos bistrots, lo que le resta atractivo pues éstos son casi tan importantes como los monumentos o los museos en una ciudad. Una ciudad sin brasseries, sin establecimientos donde comer honestamente lejos del mundanal turismo, es peligrosamente desoladora.
 
Entre los pocos edificios destacables del lugar, fuera de la Cité Universitaire, en la rue Marie Rose hay que mencionar la extraordinaria capilla de los Franciscanos (1934), en bello ladrillo rojo, piedra rosa de Borgoña y piedra roja de Préty. Entre sus muros, la Gestapo abatió en junio de 1944 al capellán, el padre Corentin, resistente. Justo en frente, en el número 4, segundo piso, había vivido Lenin entre 1909 y 1912.
 
 

La pluma del cormorán

Lecturas y paisajes

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

A %d blogueros les gusta esto: