El pintor Andrew Wyeth en la Thyssen, una conmoción

17 marzo, 2016

Andrew Wyeth era un perfecto desconocido en España y en Europa. Su obra apenas salió del país, siendo solamente Tokio uno de los lugares donde periódicamente se exhibían sus obras. Una vez fue algún cuadro suyo a Berlín, a una exposición colectiva, en 1951, y en Londres y en la galería Claude Bernard de París en 1980. Y poco más.

La elección de este norteamericano es, pues, un gran acierto y una novedad en el Viejo Continente. En España, con la escasez de pintura norteamericana en las colecciones públicas y privadas, es doblemente bienvenido.

También en los Estados Unidos fue bastante ignorado por la crítica artísticamente correcta. Los críticos –que viven casi todos en Manhattan, como es sabido- se centraban en los expresionistas abstractos (Pollock, De Kooning, Kline, etc) mientras que casi pensaban que Wyeth era una especie de pintor rural. El pintó como quiso, lo que quiso, de forma muy subjetiva, y apartado de las corrientes de moda. Fue conservador y algunos le acusaron de representar el puritanismo.

Nacido en Pennsylvania en 1917, falleció en 2009 mientras dormía, en donde nació, Chadds Ford. Pasó la vida pintando, usando sobre todo tempera sobre tabla (tempera: pigmento, agua destilada y yema de huevo) y la acuarela. Ambas técnicas requieren un minucioso estudio previo y el temple, una paciencia en las capas sucesivas, hasta encontrar la luminosidad requerida. El temple o tempera se presta a pintar estados de ánimo en lo que en principio es algo inanimado, como una granja o un almacén (barn).

Andrew Wyeth 1972Además de su oficio (su padre, Newell Convers Wyeth, pintor e ilustrador, le enseñó a dibujar y pintar), sorprende la calidad humana de su pintura. La América profunda, rural (tan opuesto a Warhol, el artista de la ciudad por antonomasia, cuyos retratos por el hijo, Jamie Wyeth, se exponen en el Thyssen) las personas que le rodeaban, trabajadores, granjeros, niños, desde un mendigo, Tom Clark, hasta un indio, Nogeeshik, pasando por el viejo soldado alemán.

No hay improvisación en su arte, sino que, como él decía, algunas imágenes iban madurando lentamente, semanas, meses, hasta que algo las precipitaba. Visité su casa en Maine cuando él aun vivía. La guía nos contaba que a veces, se levantaba repentinamente del almuerzo para ir al estudio a dar las pinceladas que iban fermentando en su interior. Trabajó toda su vida en el arte, lo que le hizo vivir largos años, 91 (murió mientras dormía). Para él, pintar era una necesidad, era su forma de expresarse.

El decía que pretendía siempre mostrar la verdad que hay debajo de los hechos, de los meros datos físicos. Desde la ternura en los retratos de Christina Olson, la inválida de polio que fuera su modelo y amiga durante décadas, o el de su hijo Jamie, Lejanía, o Faraway (1952), que ilustra el folleto de la exposición, hasta los retratos inquietantes de Karl Kuerner y su extraña mujer, o la sensualidad de sus desnudos, tanto de Siri como de Helga o de Eric. Los animales fueron también parte de su interés, pues los amaba como hombre del campo; así como los paisajes de Pennsylvania y Maine, invernales, a menudo solitarios y siempre evocadores de algo indefinible, que deja soñar al contemplador.

Wyeth 1983., por Bruce Weber

Wyeth, 1983, por Bruce Webwe

Efectivamente, hay una poesía, una cierta magia que prevalece en sus pinturas, en las que el espectador está fuera pues Wyeth lo coloca en un ángulo extraño, casi irreal a pesar del realismo de lo pintado. Hay siempre un cierto misterio, una tensión no explicable en los retratos y en los paisajes, en los que nos transmite su sentimiento y una gran fuerza dramática. Por eso sería erróneo considerarlo un nostálgico de la América preindustrial o un pintor realista.

Se perciben paralelismos con los paisajes de Patinir –a través de las ventanas abiertas a la lejanía- o los interiores de Vermeer, así como con los grabados de Durero.

Y no dejen, en fin, de apreciar también muchos de los marcos, perfectos para los motivos y escogidos para que haya una cierta continuidad entre la pintura y su borde. Muchos de ellos, por su madera, parecen haber salido de los mismos árboles que pintaba.

La exposición, muy bien presentada por la Fundación y con unos textos adecuados, sin aplastar bajo el saber, continúa hasta el 19 de junio.http://www.museothyssen.org

 


Oviedo: dos pintores de Jaén

6 julio, 2015
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El cazador, de Rafael Zabaleta

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Retrato, por Cristóbal Ruiz

Asturias siempre sorprende. Por su paisaje, cada vez más cuidado, sin una aldea que desentone, por la limpieza de sus pueblos y ciudades, por la simpatía de sus gentes. Efectivamente, estas cosas, viniendo de Madrid, sorprenden. Otra agradable sorpresa nos espera en el museo de Bellas Artes de Asturias y en la Fundación Velarde, que ahora va a recibir otra donación del mecenas Plácido Arango. En el museo de Oviedo hay dos cuadros de sendos pintores jiennenses, uno completamente olvidado, como Cristóbal Ruiz, de Villacarrillo, que murió en el exilio; otro algo más conocido, Rafael Zabaleta, que vivió en Quesada. De éste hay un museo digno en el pueblo, al pie de Cazorla, pero que languidece; de Cristóbal Ruiz, casi ni rastro, ni se habla ni hay casi nada en su memoria aunque un Instituto de enseñanza lleva su nombre. Una enteca publicación de la Diputación, inhallable, es la única confirmación de su existencia.

Sobre el museo tripartito de Oviedo sólo cabe decir que deberían cobrar algo de entrada, que los que viajamos tampoco estamos tan pobres.


Los memorables de Daniel Vázquez Díaz (José Antonio Primo de Rivera)

17 febrero, 2014

José Antonio Primo de Rivera (Madrid, 1903 – 1936, Alicante).-

Este es un capítulo, para muestra y promoción, del libro Los memorables de Vázquez Díaz. Una mirada al siglo XX. Portada Vázquez Díaz 19 11 13Escrito por Rui Vaz de Cunha (heterónimo de Ignacio Vázquez Moliní y de Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye).

Se vende en la librería Pérgamo de Madrid y lo vende también el editor, Romero Libros, que es de Jabugo (Huelva), romeroediciones@telefonica.net.

Rui es un portugués reaccionario pero liberal, nada carca y bastante europeista (dentro de un orden) ; le gusta romper moldes y no ser políticamente correcto, esa plaga del pensamiento actual que paraliza las mentes más lúcidas (si Allen Ginsberg volviera escribiera otra vez Aullido -Howl– empezaría así: “Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la corrección política y la opinión pública, miedosas, reprimidas, culpables…”.

Rui Vaz de Cunha

Rui Vaz de Cunha

Tanto Rui como Ignacio Vázquez colaboran en www.estrelladigital.es con sendos blogs Cartas desde Lisboa y La mirada tranquila.-

El dirigente de la Falange, gran admirador de Rudyard Kipling, orteguiano, distinguido, de belleza clásica y visionario, fue como la némesis de Franco. A pesar de su apellido y parentesco –hijo del dictador y nieto de militares, como don Fernando Primo de Rivera, gobernador militar de Madrid y Castilla la Nueva en 1874-, no era un señorito ni un militar golpista sino una especie de filósofo de la acción futurista, un Marinetti de la política que, como él, quería “romper la superficie de la convención” (el futurista italiano se murió oportunamente en 1944, librándose probablemente del oprobio de la purga de la postguerra italiana), que, evidentemente, no pudo arraigar en la España de los terratenientes, de los clérigos de mesa camilla, de los banqueros vascongados y de políticos comilones. Su inspiración era dorsiana, como subraya Dionisio Ridruejo, con una gran influencia vascongada (los Mourlane, Maeztu, Sánchez Mazas, etc). Les robaba a las izquierdas votos en sus propios cazaderos y no gustaba del militarismo. Su muerte, execrable crimen y gran error, les hizo un favor a todos. Les vino bien. Curiosamente en Madrid, donde proliferan las placas romboidales conmemorando efímeros pasajes de algunos artistas y políticos perfectamente dispensables, no hay ninguna en la casa de la calle de Génova donde viviera José Antonio, a pesar de ese ejercicio penitente del que gustan tanto a nuestros hermanos españoles, siempre algo necrófilos, de memorias históricas y fusilados de hace ochenta años. En Portugal no tuvimos ningún equivalente a José Antonio (Homem Christo murió a tiempo en un accidente de automóvil en Italia), a pesar de tener un régimen dictatorial –teñido de un cierto despotismo ilustrado muy pombalino, a fin de cuentas- como el Estado Novo. A lo más que llegamos fue a los partidarios de la restauración de la monarquía, con Paiva Couceiro, y a los ‘viriatos’, una especie de juventudes uniformadas, más parecidos a boy scouts que a camisas pardas, negras o azules. Somos, efectivamente, un país de brandos costumes, bastante suave en comparación con otros.

Boceto al óleo

Boceto al óleo

José Antonio no creía en la igualdad –aunque sí en el control de las riquezas de los poderosos y en la protección de los trabajadores- ni en la democracia, simple juego de multitudes sometido a la demagogia de cuatro charlatanes y las cantinelas de fabuladores políticos. Creía en el deber de las élites de prestar su servicio a las masas, guiándolas. Las necesidades del combate dialéctico, la premura de la lucha casi callejera, hicieron que José Antonio no puliera más sus escritos ni profundizase más en sus ideas, distantes del nazismo y del fascismo italiano entre otras cosas, porque reconocía la esencia cristiana de España y veía con enorme desconfianza el nihilismo nazi. Sus escritos, inmediatos, efímeros, de brega, parecen hoy demasiado panfletarios, aunque escritos en buen castellano. El, para combatir la vieja España, quería imponer la verdad por la fuerza, con la energía organizativa que limpiase el rancio polvo de la corte, la decadencia de los terratenientes holgazanes y la avaricia de banqueros sin escrúpulos. Ni adulaba ni halagaba. En cierto modo, creó una nueva estética política, una retórica, diferente de las decimonónicas monárquica y republicana. No era actor de la política. En ese sentido, era el anti-orador.

Yo recuerdo haber leído hace muchos años uno de sus libros. Tal vez Nicolás Franco, en los muchos años en los que fue embajador en Lisboa, se lo regalaría a mi padre. Luego se perdería entre el desorden inexcusable de los anaqueles de mi biblioteca de Alcácer, que algún día prometo remediar. El libro se titulaba La hora de los enanos. En un pequeño volumen bien encuadernado se reproducían los que hubieran sido discursos parlamentarios de José Antonio. Se había presentado a diputado en las Cortes constituyentes de la República Española con el objetivo único de reivindicar la memoria de su padre, el general Primo de Rivera fallecido en el exilio de París, dictador militar desde 1923. Sin embargo, al no conseguir el acta de diputado, José Antonio decidió pronunciar una serie de conferencias y publicar multitud de artículos con el propósito de honrar la memoria paterna. Todo aquello ocurrió varios años antes de la fundación de la Falange, en una etapa que algunos han denominado prefascista. Refiriéndose a los nuevos diputados republicanos, encabezados por Ortega y Gasset, afirmará aquello de “aquí están los ridículos intelectuales, henchidos de pedantería. Son la descendencia, venida a menos, de aquellos intelectuales que negaron la movilidad de la tierra y su redondez, y la posibilidad del ferrocarril, porque todo ello pugnaba con las fórmulas. ¡Pobrecillos!”

Poco después José Antonio Primo de Rivera apostaría definitivamente por el fascismo.

Todo ello se vino abajo con la guerra y el franquismo, quedando en boca de unos cuantos decepcionados seguidores, como la “revolución pendiente”, una especie de mesianismo político que alimentó unas cuantas mentes. Heredero de la tradición heleno-latina, detestaba las imposiciones germánicas y el racismo. En el fondo, fue mejor que no viviese para ver a muchos de sus secuaces convertidos en ministros, en adoradores del Tercer Reich o en estraperlistas , o en las tres cosas a la vez. Quiero pensar que, de haber vivido, hubiera sido más como Dionisio Ridruejo quien, dicho sea de paso, es un gran ausente en la galería de retratos de Vázquez Díaz.

El retrato expresa muy bien esa especie de figura apolínea del adalid de la Falange. De hecho, el cuadro pintado en 1944 se titula ‘Retrato espiritual de José Antonio’. Sin aditivos pilosos -a los que tan aficionados eran los viejos políticos de toda laya-, con un perfil de torero y una mirada fría, es el retrato de un desaparecido. José Antonio, hombre de alcurnia, era singular en la España de entonces. Conducía un descapotable rojo (escarlata, dice Ernesto Giménez Caballero), sabía vestir tanto el smoking como el mono azul, leía mucho. Además de ser un hombre con grandes dones de simpatía y buena educación, gracejo, decían algunos, emanaba de él una sinceridad que hasta sus adversarios, socialistas y nacionalistas no podían por menos que admirar. Su última carta expresa bien su carácter: “…esta muerte en la que no cabe la ironía (…) me horripila morir fulminado por el trallazo de las balas, bajo el sol triste de los fusilamientos, frente a caras desconocidas y haciendo una macabra pirueta…”. Tras su muerte (el recurso de casación había sido visto, pues estaba señalado par el 24 de julio de 1936, el director de la cárcel de Alicante entregó sus últimos escritos a Indalecio Prieto, quien los reproduce: “(los sublevados) un grupo de generales de honrada intención, pero de desoladora mediocridad política” (…) detrás está el viejo carlismo intransigente, cerril, antipático; las clases conservadoras, interesadas, cortas de vista, perezosas; el capitalismo agrario y financiero, es decir, la clausura en unos años de de toda posibilidad de edificación de la España moderna” y proponía “la deposición de las hostilidades y el arranque de una época de reconstrucción política y económica nacional sin persecuciones, sin ánimo de represalias, que haga de España un país tranquilo, libre y atareado”. No tenía nada que ver con lo que luego devendrían muchos falangistas de la segunda hora, revanchistas y aprovechados.


Labores del invierno

19 diciembre, 2013

El vaho oloroso de la tierra oscura, excavada,

el ruido sordo y útil de la azada que abre un hoyo cuadrado, profundo,

raíces tiernas y blancas asoman entre los gasones.

Labores del invierno, gestos antiguos,

idénticos desde que se trabaja el campo.

Allí ponemos con cuidado el árbol frágil,

protegido, envuelto en trapos

que cubren su niñez. La tierra lo acoge, tibia, estremecida

en la tarde fría que se acaba.

El campo, como nosotros, necesita de cuidados, de humedad, de humus,

de donde procede –recordemos siempre-

la palabra hombre.

Para que un día, cuando ya no estemos,

su sombra acoja a los nietos,

que de nuevo plantarán árboles.IMG_1661


El olivo, árbol sanador

13 febrero, 2013
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El olivo azulado, óleo de J.A. Ruiz Baudrihaye

Originario de Siria, el olivo – olea europea– es mencionado en la Biblia, sobrevive al Diluvio, es símbolo de paz (errado, pues era el general romano victorioso el coronado por una rama de olivo, lo que significaba que esa pax romana era posible tras la aniquilación del enemigo), y ha sido siempre, el aceite, un elemento curativo. Desde los sacrificios propiciatorios, a las lámparas votivas alimentadas con aceite, desde los ungüentos hasta los Santos Óleos, el aceite de oliva, ha sido apreciado por sus propiedades curativas.

En la terapia a base de esencias florales –la inicial, más conocida, es el sistema floral del doctor Bach-, la flor del olivo es una de las siete ayudas o siete remedios. Se usa para paliar el cansancio, causado por la falta de sueño, tras haber dedicado mucho tiempo a cuidar un enfermo, o tras un esfuerzo excesivo, mental, físico o espiritual.

El olivo, árbol humilde, de hoja perenne, que resiste todas las inclemencias, que crece en tierras pobres, duras, es símbolo de resistencia, de arraigo, de fuerza y de regeneración. Se planta con un esqueje, una rama con una yema y agarra casi siempre. Es también un especial símbolo de la permanencia pues, desde hace miles de años se viene cultivando igual.

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Añoso tronco de olivo. Sierra de Segura, Andalucía.

Curiosamente, es un árbol que tiene los dos géneros en español, pudiendo decirse olivo u oliva. Algo parecido a la palabra mar, que puede ser el o la mar.

Por último, como señalaba Aldous Huxley (The olive tree), es el árbol ideal para ser pintado, poniendo de ejemplo a Cézanne. Muchos artistas se sintieron atraídos por el olivo, y no precisamente mediterráneos, como Van Gogh o John Silver Sargent, el norteamericano amigo de Sorolla.

 


Cristóbal Ruiz, un pintor jiennense olvidado

12 enero, 2013

Admirado por Azorín, consagrado hace muchos años a la altura de Daniel Vázquez Díaz, Solana o Zuloaga o de su también amigo, el escultor Victorio Macho, hoy nadie se acuerda de él.

C Ruiz PulidoUn magnífico opúsculo de Juan Antonio Gaya Nuño, publicado en 1987 por la Diputación de Jaén, es lo único que resta de la memoria de este pintor.imgres-2

Cristóbal Ruiz Pulido nació en Villacarrillo. Tras pintar en la provincia y en Madrid, llegó la guerra que desbarató vidas, haciendas y el país entero. De Madrid iría a Valencia y Barcelona. Colaboró en la salvación de obras de arte amenazadas por los bombardeos indiscriminados sobre Madrid. Era un hombre pacífico, pero tuvo que salir de España en 1938 rumbo a Nueva York y después hacia las Antillas, en Puerto Rico, donde vivió el resto de sus días. Allí fallecería en 1962. Su alejamiento de los grupos más activos del exilio, en México, así como su espíritu independiente, poco gregario e ideológico, le dejó en cierta soledad y hoy nos resulta casi desconocido.imgres

Gaya Nuño, el gran historiador y crítico de arte, ya describió perfectamente la obra de Ruiz, por lo que sobran aquí comentarios artísticos, que serían necesariamente aproximativos. Pero sí hay que destacar su talante machadiano, como el gran poeta que también anduvo por aquellos olivares de la Loma de Úbeda, del que dejó un bello retrato de cuerpo entero.

Es curioso, y positivo, que le hayan hecho recientemente un homenaje en Jaén (ver diario Jaén, de 10 de enero de 2013), políticamente explotable, mientras el libro de Gaya Nuño, la única pieza que hay escrita sobre Cristóbal Ruiz, duerme en los almacenes de la Diputación Provincial, sin ser distribuido a las librerías, desde que fue publicado en 1987, hace dieciséis años.


En los acantilados de Caspar David Friedrich

16 agosto, 2012

La tarde cae sobre el Báltico con tonos grises y dorados. A lo lejos, se van desdibujando algunas siluetas de oscuros barcos. Son los colores que parecen sacados del ámbar tan ubicuo de estos fondos marinos, que nos ha dejado Caspar David Friedrich.

El gran pintor del Romanticismo alemán nació el 5 de septiembre de 1774, en Greifswald, ciudad hanseática sobre el Báltico que entonces todavía pertenecía a Suecia. Es el oeste de la Pomerania (del eslavo Pomarski, cerca del mar), que alcanza hasta Stralsund, por el Oeste y hasta el Vístula al Este. Tres cuartas partes de la Pomerania pertenecen hoy a Polonia. Esta histórica provincia fue siempre disputada. Los polacos fueron cediendo territorio a los prusianos y en el siglo XVII fue escenario de la encarnizada Guerra de los Treinta Años, permaneciendo gran parte de ella en poder de los suecos, hasta que en 1815 los últimos restos, Stralsund, Greifswald y la isla de Rügen, son entregados a Prusia. Su capital administrativa y militar era Stettin, hoy Szczecin, en Polonia.

Todos hemos visto cuadros de Friedrich. Algunos, ya en el dominio público, ilustran portadas de libros que a veces nada tienen que ver con Alemania por ser consideradas como el romanticismo por antonomasia. Para sacar al pintor de esta trivialidad (algo parecido pasa con Van Gogh, convertido en tema de carteles, ilustraciones de objetos de cocina y escritorio y un sin fin de pacotilla) hay que visitar los escenarios en los que se inspiró su pintura.

IMG_0715Muchos de sus cuadros nos traen las luces cenitales de ese mar del Este, el Ostsee, como llaman al Báltico y de la cercana isla de Rügen, que ofrece al viajero una luminosidad extraña. La naturaleza, más que nunca, imita al arte de Friedrich. Nos pinta la Naturaleza, que ejerce sobre el hombre un poder sublime, ante el cual sólo queda la admiración y la sensación de nuestra pequeñez, todo bañado en luz y silencio. Al mismo tiempo, con sus luces y contraluces (como una equivalencia de los contrapuntos musicales), inaugura el paisajismo del siglo XIX, que inspirará a los grandes pintores norteamericanos, así como a Constable y Turner. El romanticismo de Friedrich reivindica la Naturaleza indómita, salvaje, el caos, los acantilados dramáticos, frente al racionalismo y uniformización que representaba la invasión napoleónica, con sus códigos y su cartesianismo. La Naturaleza es el símbolo de la divinidad y de la esencia del hombre. Sería, pues, simplista reducirlo a pintor de paisajes. Todos sus cuadros son metáforas de estados del alma. Son, aunque efectivamente muy alemanes, plenamente universales en su visión panteísta. Friedrich creía, en efecto, que el arte venía de dentro y que dependía de los valores morales o religiosos de cada uno. Pero no hay que interpretar demasiado sino dejarse llevar por esos paisajes lejanos, boreales, que encontramos en la isla de Rügen.

La isla sobre el Báltico se divisa desde Greifswald. Cuando Friedrich pinta los acantilados, precisamente durante su viaje de novios a Rügen, en 1818, hace tres años que ha vuelto al regazo de Prusia, tras la Conferencia de Viena de 1815. La pequeña localidad balnearia de Sassnitz es la más cercana al parque natural de Jasmund (www.nationalpark-jasmund.de ), donde aquellos se encuentran. Todos sus cuadros encierran un simbolismo deliberado, en los que las figuras, los árboles, las ruinas, nunca son casuales sino premeditadas y cargadas de significado.

Hoy nos sorprende una cierta tosquedad, no desagradable, pero llamativa, de las gentes de la isla. Quizás los largos años de dictadura continuada, primero la hitleriana, luego la comunista, les ha hecho algo más huraños. Se nota como una cierta modestia, una restricción austera en toda la isla. La modernidad sin embargo sí aparece, algo más, pero sólo un poco, en Binz, un ejemplo de lo que fueron todas las colonias de playa del Báltico donde veraneaba la burguesía hace cien años. Prora, la colonia nazi de vacaciones, estaba a cuatro kilómetros de allí y los edificios grises se mantienen en pie (ver el post del 15 de junio 2012).

Siguiendo la costa, en una pequeña península, llegaremos a Putbus,

una ciudad creada ex profeso en el siglo XVIII, de edificios neoclásicos, con un inmenso parque. Es el racionalismo urbanístico en medio de esa isla tan natural. Lo opuesto a Prora pero, en el fondo, la misma ansia humana de ‘civilizar’ el paisaje. Su blancura, la soledad y silencio de sus amplias avenidas tienen algo de onírico, de irreal, algo que parece evocar un poeta tan mediterráneo y lejano como J.V. Foix :

“Pistas desiertas, avenidas muertas,

sombras sin sombra en las calas y playas (…)”

El Báltico y sus luces han inspirado, y siguen inspirando, a muchos pintores alemanes, además de a Friedrich, como a Erich Heckel o Emil Nolde. Hoy, el gran pintor danés Per Kirkeby vive en la isla de Laeso, también sobre el que llaman Ostsee, mar del Este.


La pluma del cormorán

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La Estirga Burlona

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Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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